La veo de lejos, estirada, tratando de extraer de la alta estantería un libro de tal vez más peso que su esbelta figura. Lo aprieta contra su pecho, caminando despacio hacia la mesa, provocando que su falda baile al compás de las caderas que mueve juguetona, provocadora y pícara. Se sienta en una de las sillas de la biblioteca, mientras me mira fugazmente a los ojos invitándome, quizás, a que la acompañe. Cambia el cruce de miradas por uno de piernas, inclinándose sobre la madera y abriendo el volumen por la primera página. Me espera. Ambos lo sabemos.

—¿Sabes? Sueño contigo cada noche desde el primer día que te vi —me mira con los ojos como platos mientras me siento frente a ella, expectante ante lo que acabo de soltar—. No, no te extrañes de mis palabras, cariño. Sueño con tu cuerpo pegado al mío cada mañana, tu pelo alborotado sobre las sábanas que te arropan, suaves, cálidas. Sueño que la envidia me carcome por ser ellas quienes tocan cada rincón de tu piel, acariciándote. Me haces estremecer. Sueño con mirarte dormir en mi cama, respirando de cerca los suaves ronroneos que salen de tu boca emulando suspiros de ángel. Y entonces yo soy quien suspira. —Ella está anonadada. Su pecho se infla y desinfla emocionada, mientras me agarra una mano entre las suyas—. Y…

—¿Y qué? —pregunta curiosa, sin dejar de mirarme.

—Sueño con poder ver todos los amaneceres del mundo a tu lado y obviar todas las puestas de sol porque me estás besando. Sueño con formar una familia contigo, con hacerte el amor suave y lento, pero…

—¿Pero…? ¿Qué ocurre, Fred?

—Pero es sólo un sueño y eso es lo bueno. No es real. Así que olvídame.

Me levanto sin perderla de vista, disfrutando de cómo boquea igual que un pez y trata de poner orden a las últimas palabras que he dicho.