Capítulo III.
(Por Katica&Katika)
Tsubasa arqueó las cejas, sorprendido. Se puso de pie de inmediato y le abrió caballerosamente la silla a Sanae. Pero ella no mostraba señales de querer sentarse.
-No hay prisa- le dijo al ver que ella le miraba con ojos insistentes- O por lo menos yo no tengo.
Sanae suspiró. Aceptó la invitación a sentarse y puso su bolso a un costado de la silla. Tsubasa tenía la mirada fija en ella- ¿Cómo estás, Sanae?
Por el tono de la pregunta, Sanae entendió que no sólo se refería al bienestar físico, sino a su vida en general, en todo sentido.
-En realidad estoy muy bien. Vivo cómodamente, tengo unos amigos excepcionales, trabajo en mi propia empresa y creo que hasta he superado mis expectativas, y he de decirte que eran bastante ambiciosas.
Un camarero se acercó a tomarles la orden, pero ellos se conformaron sólo con una copa de vino para cada uno. Unos segundos después, las dos copas yacían servidas en la mesa, esperando ser consumidas.
Tsubasa le dio un sorbo sin apartar los ojos de Sanae, que removía su copa suavemente, tratando de captar el olor de la bebida.
-¿Sabes, Tsubasa? Ahora que lo pienso, me convenzo más de eso que dicen que no hay mal que por bien no venga.
-Si te refieres a lo nuestro, lo dices como si hubiera sido una pérdida de tiempo.
Sanae dejó la copa en la mesa, cruzó sus brazos y se echó hacia atrás hasta quedar apoyada en el respaldo de la silla. Una breve sonrisa apareció en su rostro, que enseguida se tornó serio.
-Dímelo tú.
-¿Que si fue una pérdida de tiempo? No, no lo creo. Aún hoy sigo preguntándome qué hice mal para que todo acabara así.
Sanae tenía cara de sorpresa. Ladeó un poco la cabeza y se inclinó ligeramente hacia adelante, sin descruzar los brazos.
-¿En serio acabas de decir eso? ¿Cómo puede ser que aún hoy, cinco años después, te lo estés preguntando? Sí que me has dado un buen motivo para reír- Sanae se dejó caer nuevamente al respaldo de la silla. Su expresión se hizo aún más seria, y un leve atisbo de rabia se asomaba en sus ojos cafés.
Tsubasa tenía la boca entreabierta. No se esperaba esa reacción. Quizá había sido muy iluso, (demasiado de hecho), para pensar que Sanae le correspondería bien, o por lo menos un poco mejor de lo que ahora.
Parpadeó un par de veces, e intentó decir algo, pero no sabía qué. Su mente estaba en blanco, ella le había aniquilado cualquier esperanza. Al parecer le tocaría volver a empezar.
Respiró profundamente y habló luego con decisión. Al igual que en un partido de fútbol, (aunque la comparación no venía a cuento), no pensaba rendirse y mucho menos si no habría cronómetro que le marcara los 90 minutos. Tenía tiempo, todo el que quisiera, antes de volver a marcharse. Y esta vez había decidido irse con ella.
-Es normal, ¿no?- le dijo jugueteando con los cubiertos envueltos cuidadosamente en una servilleta- Has tenido cinco años para explicarte, pero nunca lo haces lo suficiente como para que quede claro.
-¿Y es que acaso tengo que hacértelo en plastilina?- Sanae estaba furiosa. Resultaba entonces que la culpable era ella. ¡Lo que le faltaba!
-Sólo basta con que lo digas una sola vez, pausadamente y con las palabras adecuadas. No todos tenemos sillas preferenciales en tu cerebro para ver y escuchar lo que estás pensando todo el tiempo.
Sanae se pasó una mano por el cabello. Estaba al límite. Respiró ruidosamente y ocultó su rostro entre sus manos, tratando de guardar compostura y no armar un escándalo.
-Me hace gracia, ¿sabes? No pensé que tuvieras un balón por cerebro. Hoy lo confirmo- Se puso de pie y recogió su bolso. Tsubasa ya no la miraba. Se había concentrado en observar las burbujitas que subían y acababan perdiéndose en la espuma dentro de la copa.
Sanae salió a prisa del lugar. Recordó su conversación con Gabriela y se dijo para sí que había sido un completo error haber aceptado la invitación de Tsubasa. Ahora le había dejado claro que seguía dolida, que no había olvidado.
"Seguro que su cerebro ya está buscando la forma de volver a empezar. Pero se equivoca. Los balones no hacen más que rebotar". Se detuvo en el semáforo para cruzar la calle, y se río en baja voz de su ocurrencia. Balones. ¿Hace cuánto había dejado de pensar en ellos?
Gabriela, por su parte, había regresado hacía mucho a su departamento. En cuanto llegó se puso cómoda y prendió el estéreo. Se tumbó en el sofá y empezó a tararear algunos versos de las canciones. No podía concentrarse en algo tan fácil, no después de encontrarse cara a cara con Genzo. Antes, cuando sintió superado el fracaso, pensó que volverlo a ver sería una excelente oportunidad para probarse a sí misma que no le afectaba en lo más mínimo, así como las fotografías en el periódico, o los reportes de los noticieros, o las transmisiones de los partidos ya no le incomodaba. Pero se equivocó. Una cosa era verlo desde lejos, y otra muy diferente era tenerlo en vivo y en directo ante ella, con su imponencia y su media sonrisa aturdidora.
Cerró los ojos por un instante y sacudió la cabeza para borrar sus pensamientos. Si por algo había que empezar era por sacarle de su mente. Todo un reto a decir verdad.
Se dio la vuelta, quedando de frente al respaldo del sofá. Ya iba quedándose dormida, cuando la alerta de un mensaje de texto en su celular la sobresaltó. Se levantó con pereza y buscó el móvil que estaba sobre la mesa. Lo abrió y leyó el mensaje:
"Nos vemos mañana, donde siempre. Love you. E."
Lo había olvidado por completo. Ese día había estado tan lleno de sorpresas (con nombre propio) que olvidó todo lo sucedido antes de que su mundo decidiera ponerse de cabeza. Olvidó que esa misma mañana se había encontrado con Eisen, el chico con el que ahora "tonteaba". No era una relación sólida, ni con mucho compromiso, pero en los últimos días estaba adquiriendo giros inesperados.
La complicidad de los primeros momentos había aumentado, fortalecida por la convicción de Gabriela de olvidar a toda costa todo lo referente a Genzo, dándole paso a encuentros mucho más íntimos como el de un par de noches atrás, que pasada de copas, se entregó a él en la pequeña salita del departamento de su compañero.
Ahora la relación amistosa había quedado en el pasado, y aquel encuentro sexual sugería un cambio mayor. Cambio que era imposible realizar, mucho menos con el "huracán Genzo" devastando todo lo que había construido hacía unos años. Devastando su calma.
Apagó el estéreo y las luces del salón, y se fue a su dormitorio para intentar conciliar el sueño. Se recostó en la cama, se acurrucó bajo las sábanas y apagó la lámpara del nochero. Cerró los ojos dispuesta a descansar. Ya mañana sería otro día.
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La mañana se sentía fresca, aunque el sol arremetía con fuerza desde lo alto.
Genzo descansaba en una de las bancas del parque, mientras se abanicaba con una pequeña toalla. Había salido a caminar, y más que costumbre, lo hacía para no perder el físico y sufrir con los primeros días de entrenamiento con el equipo. Se llevó la botella de agua a la boca y bebió un trago largo, con los ojos cerrados. Pero justo al abrirlos, algo llamó su atención.
Unos cuantos metros más abajo del lugar en el que estaba, había una pareja hablando animadamente. La chica vestía unos shorts de jean y una blusa azul algodonada. Su cabello recogido en una cola de caballo se movía agitadamente cada que soplaba la brisa. De un momento a otro, el chico que la acompañaba se puso de pie y se alejó del lugar, seguramente con el pretexto de volver.
Genzo aprovechó el momento, y bajó por la escalerilla de piedras que recorría el lugar. La chica también se había puesto de pie para devolver un frisbee que había llegado a sus pies y le pertenecía a unos niños.
Genzo estaba a pocos pasos. Ella se dio la vuelta y se encontró con el par de ojos negros que la observaban divertidos. Volteó los ojos con gesto de hastío y se cruzó de brazos.
-Si las miradas mataran…- dijo él con expresión socarrona.
-Hace mucho tiempo que tu madre estaría llevándote flores al cementerio- le contestó fríamente. Genzo sonrió divertido.
-Me alegro de verte, Gaby. ¿Acaso tú no?
El rostro de Gabriela era severo, y casi que arrogante.
-Mírame y dedúcelo- le retó.
Genzo fingió mirarle intensamente, como si tratara de adivinar en una bola mágica.
-Las apariencias engañan, guapa.
Gabriela ignoró el comentario, y empezó a buscar con la mirada a su compañero.
-Ah, sí. También me fijé que no venías sola. Al parecer se está tardando, ¿no crees?- Genzo se sentó en la grama. Gabriela le taladró con la mirada, y él hizo un gesto para que se sentara a su lado- Ven, te vas a cansar.
-¿Qué es lo que quieres, Wakabayashi?- le preguntó hastiada.
-Hablemos. No sabía que mi nombre se había vuelto impronunciable. En fin, ¿qué tal vas con él?- En vista que Gabriela no se sentaba, volvió a ponerse en pie- ¿Te trata bien?
Gabriela volvió a mirarle. Le hizo frente, sin intimidarse.
-¡¿Y a ti qué te importa?- le preguntó tajante.
-Bueno, yo sólo decía. Pero, ¿te trata bien?... Tú sabes… sexualmente. Lo digo porque como tú y yo si nos la pasamos bien cada que nos acostábam…
El golpe seco de una cachetada se escuchó fuerte y claro. Genzo sentía su mejilla arder y en un acto reflejo, llevó su mano a ella, pero el escozor no le permitía tocarle. Miró a Gabriela. Estaba roja de ira. Sabía que se había pasado y que sus palabras fueron hirientes, pero la rabia que sentía en aquel momento había dominado sus pensamientos.
-¿Cómo te atreves? ¿Insinúas que soy una zorra? Has llegado lejos, Wakabayashi, y te aseguro que vas a arrepentirte en algún momento- Gabriela empezó a caminar de prisa y Genzo no la siguió. Mejor así. Quizá se iría con su "amiguito" y en vez de arreglar las cosas, las empeoraría porque la rabia y los celos acabarían por hacerle perder el control una vez más.
Deshizo sus pasos y volvió a la banca. Tomó aire lenta y pausadamente, y decidió irse. Luego encontraría la forma de disculparse, pero por ahora sólo le quedaba recriminar sus actos.
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La noche, al igual que el día, permanecía fresca, aunque un poco más helada. El cielo estaba despejado, y la ciudad empezaba a envolverse entre las luces de neón que anunciaban la vida nocturna en cada establecimiento.
Tsubasa recorría las calles de Tokio, en busca del hotel en el que se hospedaba su amigo. Se había comunicado con Genzo hacia el mediodía, y éste le había contado a grandes rasgos lo acontecido con Gabriela en la mañana. Ambos atravesaban una situación que no esperaban encontrar, cuando cinco años antes eran precisamente ellos los que disfrutaban de una vida amorosa envidiable.
Entró al hotel y se anunció, pero al parecer Genzo no estaba en la habitación. Un botones lo guió hasta el restaurante del hotel, donde unos minutos antes había visto a Genzo. Tsubasa lo divisó al fondo del lugar, en el balcón, apoyado contra el barandal.
-¿Esperando una estrella fugaz para que se te cumpla la fantasía?- le dijo, mientras le saludaba con una palmada en el hombro.
Genzo se giró y le sonrió forzadamente.
-Entonces ven a acompañarme, porque por lo que veo tú también la necesitas.
Tsubasa asintió con la cabeza. Se apoyó también al barandal, pero de espaldas.
-No sabía que Gabriela estaba saliendo con otro- dijo Genzo a modo de comentario.
-¿Y eso te afecta?
Genzo se enderezó y se cruzó de brazos.
-¿Acaso ves alguna sonrisa de felicidad en mi rostro? ¡Claro que me afecta! En realidad, no me lo esperaba.
Tsubasa sonrió tristemente. Un camarero pasó a su lado con una bandeja llena de cigarrillos, y él le arrebató uno. Buscó el encendedor, también en la bandeja, y se llevó el cigarro a la boca para prenderlo.
Genzo lo miró sorprendido.
-¿Desde cuándo fumas?
Tsubasa aspiró un poco, pero el humo se le atoró en la garganta y empezó a toser.
-Desde… ahora- dijo entrecortadamente, tratando de respirar.
Genzo le quitó el cigarrillo, y también aspiró un poco, con el mismo efecto que Tsubasa. Ambos tosían en medio de la risa.
-Estamos jodidos.- dijo Tsubasa con los ojos lagrimosos debido a la tos.
-Completamente- respondió Genzo, tapándose la boca, en un intento por no toser.
Una vez pasada la crisis, se quedaron en silencio. Genzo volvió a hablar al cabo de unos minutos.
-¿Y cuál es tu problema, em? ¿Ahora qué le hiciste a Sanae?
Tsubasa le miró con reproche.
-¡Me ha dicho que tengo por cerebro un balón, y yo soy el malo de la película!
Genzo río, pero Tsubasa parecía haberse perdido en el recuerdo de esa conversación.
-No sé cuál es el problema. Ella tiene razón. Eres un poco tarado, Tsubasa. A tu manera, pero tarado al fin.- Ahora fue Genzo quien le dio una palmada en el hombro a Tsubasa.
-¿He venido a que hablemos, o a que me insultes? No cambias, Wakabayashi.
-Ese es el problema: no he cambiado.
Tsubasa le miró contrariado. La mirada de Genzo estaba perdida en el horizonte que se divisaba desde el balcón. Luego de unos segundos, susurró para sí.
-¡Mujeres! Algo más imposible que una Copa Mundial.
Genzo le miró de reojo. Tirando la colilla del cigarro que no se fumaron, le respondió.
-Imposibles, sí. Pero no inalcanzables.
