Capítulo V
(Por Katica&Katika)
Sanae se removió incómoda en el sofá. Llevaba varios minutos sinpoder conciliar el sueño y se movía de un lado a otro sin hallar una posición que le agradase. El brazo del sofá le elevaba demasiado la cabeza, y los dolores en la espalda y columna no se hacían esperar. Al final, decidió no recostarse en el brazo, sino en el cojín, y subió los pies al otro brazo del sillón, tropezando algunas porcelanas que yacían en la mesita de centro.
-¿Sanae?- Tsubasa se despertó con el ruido ocasionado por las porcelanas.
-¿Mm? ¿Te pasa algo?- Se sentó en el sofá y se recogió el cabello en una cola de caballo algo desordenada.
-No, es sólo que…- Tsubasa se incorporó y logró descrifrar la silueta de ella gracias al haz de luz que llegaba a él- ¿Sabes? No pensé llegar a este punto. Nunca necesité emborracharme para desechar de mi mente muchas cosas, pero no sé en qué momento toda esta tontería se me hizo tan grande.
-Ya no digas más y duérmete.- Sanae volvió a recostarse al brazo del sillón, y dejó escapar un quejido de dolor.
-¿Estás bien?- Tsubasa encendió la lámpara del nochero más cercano, iluminando tenuemente la habitación. De esa forma logró descubrir la mala posición en la que pretendía dormir Sanae.- ¿En serio vas a dormir así? ¿Acaso quieres amanecer torcida mañana?
-Te dije hace un rato que te callaras. Así estoy bien- Sanae se acomodó de modo que el respaldo del sofá tapara su rostro.
-Ven aquí, no seas pesada- El chico dio dos golpecitos al colchón, indicándole a ella que había espacio.- En serio, no te voy a comer aunque quisiera.
Sanae volvió a sentarse en el sofá y le miró por un momento. Tsubasa le miraba con ojos insistentes desde la cama (que lucía verdaderamente cómoda) y a ella no le quedó más que aceptar la invitación.
Caminó pesarosamente hasta la cama, y se acostó al lado de Tsubasa que sonreía disimuladamente por haberla convencido.
Cierto era que aún se sentía mareado. Era normal, no estaba acostumbrado a beber tanto. Siempre consideró que el alcohol no era una buena salida a los problemas, pero una vez se sintió acorralado por su desastrosa vida amorosa, no se opuso a intentar nuevos métodos para convencerse que todo estaba perdido.
Y ahora que la vida le había hecho dormir a su lado una vez más sintió que todo era una simple jugarreta del destino para recordarle de lo que se había perdido desde hacía cinco años.
-Después de que no te pases de allí, todo estará bien- Sanae colocaba la última almohada en la barrera que había construido con ellas.
-¿Es en serio? No soy un depravado, Sanae.
-Yo sé que no, pero no quiero correr riesgos- Se recostó en la cama y se cubrió con la cobija hasta los hombros. Tsubasa la miraba desconcertado.
-¿De cuáles riesgos hablas? Acaso… ¿Te sientes tentada cuando estoy tan cerca a ti?- Se subió a la barrera de almohadas, y le hablaba cerca al oído. Sanae intentó moverse un poco más, pero le esperaba el suelo si seguía rodándose.
-Ya basta, Tsubasa. No quiero correr riesgos de acercarme a un borracho. Sabes cómo detesto eso.- Lo empujó, haciendo que volviera a acostarse del otro lado de la cama.
-¿Ni porque el borracho soy yo?
Sanae enarcó una ceja.
-¿Qué dices? ¡Con más razón!
-¿Tanto me odias?- Tsubasa se sentó para poder verla mejor.
-Desde hoy te prohibo cualquier clase de licor. ¡Sí que te pones preguntón!- Una de las almohadas de la barrera fue a dar a la cara de Tsubasa, que no se esperaba el golpe.
-Con que quieres jugar… No sabes con quién te has metido, novata- Tsubasa tomó una de las almohadas con la intención de aventársela a Sanae.
-¿Novata? ¿Así me has dicho? ¡Cómo si nunca hubiera ido a una pijamada!- Sanae también tomó la almohada que antes le había arrojado, y lanzó el primer golpe directo a la cabeza de Tsubasa.
Un par de plumas salieron de la almohada, y con el golpe de Tsubasa volaron varias más.
Sanae rió. Arrojó una vez más la almohada, pero fue esquivada por Tsubasa que si le atinó a su otra lanzada.
Con el siguiente golpe lanzado hacia Tsubasa, Sanae descargó un poco la rabia que llevaba desde hacia tiempo contra él. Le atinó otro más, y otro, seguidamente mientras le gritaba cosas del tipo: "Traidor", "grosero", "odioso", "estúpido", y algunos otros insultos, mientras Tsubasa recibía perplejo todos los golpes.
En el último intento, detuvo a Sanae tomándola de las muñecas. La sostuvo mientras encendía la lámpara y observaba las lágrimas que corrían por el rostro de la chica.
-¿Qué…?- Limpió una de las lágrimas con su pulgar, mientras Sanae lo miraba con rabia.
-¿Por qué te fuiste, Tsubasa? ¿Por qué me hiciste todo eso? ¿Por qué pretendes volver ahora como si nada, como si lo que yo sentía no valiera un pito?
Tsubasa suspiró y bajó la mirada. Soltó un poco el amarre que había hecho con sus manos, y le devolvió la mirada.
De pronto, sin decir más, la tomó del rostro y la besó con intensidad. Sanae intentaba alejarlo, hasta que se resignó y se entregó al beso sin reprochar.
Tsubasa la llevó hasta la cama, sin desprender el beso y la retuvo bajo él unos minutos más, hasta que las manos de ella le impidieron continuar. La miró fijamente desde arriba, pero ella esquivó la mirada.
-Ya no más, por favor.
El chico se apartó, dándole vía libre a ella para alejarse. No comprendía la actitud de Sanae, y aunque quisiera que no, sí le importaba. Necesitaba saber qué habían sido esas preguntas, porqué las hacía en un momento así, y cuando fue que su humor cambió en el momento de la pelea de almohadas. Luego el beso era loq ue más le confundía.
-Sanae, yo…
-Sabía que era un error haberme metido a la cama- Volvió a construir la barrera de almohadas y esta vez se cubrió con la cobija de pies a cabeza, esperando que la fina tela blanca le alejara de lo demás. Le alejara de él.
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El sol ya se había puesto en lo alto, y sus rayos no encontraban impedimento ni siquiera en las persianas, para transmitir su claridad. A eso podía sumarse el sopor que generaban y que hacían que Genzo se removiera en su cama, intentando no morir con cada movimiento.
La resaca era indefinible. Por poco y no abría los ojos debido a que la más tenue luz le parecía un reflector dispuesto a quemarle la visión.
De a poco se acostumbro a la claridad, y lentamente se sentó en la cama procurando que su cabeza no estallara de dolor. Justo cuando se dirigía al baño, su móvil sonó.
-Maldición, Tsubasa. ¿Cómo se te ocurre llamarme a estas horas?
-No es precisamente porque haya amanecido de maravillas. Sanae se despertó temprano y corrió las cortinas. Está enojada desde anoche, y no sé porqué.
-¿De qué hablas? ¿Cuál Sanae? ¿De qué me perdí?- Genzo se recostó en la cama nuevamente, mientras tanteaba en la mesita de noche buscando el teléfono.
-Bueno, es algo raro, pero ayer cuando iba en el taxi la descubrí en un café, y fui a hablarle. A la final me trajo a su habitación para que no saliera a la calle así, y bueno, pasaron muchas cosas.- El tono de Tsubasa era un poco sombrío. Aunque Genzo se lo tomara como una tontería, para él si había sido una noche importante.
-¿Te acostaste con ella? Porque sí es así, déjame llamarte de ahora en adelante "Maestro"- con el teléfono en la mano, marcó al número de la recepción- Espera un momento, le hablaré a la recepcionista para pedir mi desayuno.
La mujer le contestó con las palabras memorizadas, y le indicó que en poco tiempo alguien le llevaría el desayuno a la habitación. Cerró la llamada, y continuó con la charla.
-No, pero si ella no se hubiera detenido, ya habría sido otra la historia. Y puedes llamarme "Maestro" desde ya, si quieres- Tsubasa volvió a su tono de burla.
-No seas pendejo, hombre. Aunque si me dices cómo diablos quitarme esta maldita resaca, en este instante, te hago placa honorífica.
-Bah, si estoy igual o peor. Si a la resaca le sumas que te dejen con las ganas, tienes un suicidio seguro. A todas estas, ¿no has hablado con Gabriela?
-La verdad no lo sé. No lo recuerdo. Espero que no, porque ya te digo que habría sido capaz de decirle cosas que no debería. Más tarde me encargo de averiguar qué hice. Hasta ahora tengo en la conciencia que fui todo un angelito.
Ambos rieron. Después de un cruce de palabras más, se despidieron para poder descansar la resaca.
A Genzo no se le quitó la idea de saber qué había hecho la noche anterior, así que se dedicó a buscar en su teléfono algún indicio. Luego no encontrar nada en los mensajes enviados y los recibidos, buscó entre las llamadas realizadas, encontrándose con el número de Gabriela en primer lugar.
-¿Y ahora qué hice?- arrojó el móvil en la cama, y cerró los ojos. No quería pensar en las cosas que habría dicho, mucho menos si había hablado de sus sentimientos. Si bien quería a Gabriela de vuelta, no pretendía darle el gusto de verse pisoteado y humillado, aún cuando se lo mereciera.
Era consciente de que se había equivocado en el pasado, pero para él ya había hecho todo lo que estaba a su alcance y no le daría a Gabriela el gusto de rebajarse unpoco más. Un pensamiento completamente egoísta, pero que lo tenía allí, como último recurso antes de resignarse y admitir "la derrota".
Miró el móvil tendido en la cama y se decidió a marcarle. La chica contestó la llamada y Genzo se demoró en responderle unos segundos.
-¿Me vas a hablar o qué? Sino, llámame cuando te decidas.- Gabriela estaba a punto de cerrar la llamada, pero la voz de Genzo le hizo detenerse.
-La verdad es que no tengo nada qué decir. Sólo vi en mi móvil que ayer te había llamado y quería saber de qué habíamos hablado- Dos golpes en la puerta le indicaron que el empleado del hotel traía su desayuno recién servido. Le abrió y le hizo señas que dejara el carrito con la bandeja dentro.
-Bueno, nada interesante… Hablamos de cuán dulce soy para ti y de si quería follar contigo y así. Creo que nada importante. ¿Contento?
-Espera… ¿Qué dices? ¿Cómo es eso de si queríamos follar? ¿Tú querías?
-¡No seas baboso, Genzo! No sé ni para qué llamas, ahora no me vengas con eso de que no recuerdas nada. Claro, todo con tal de que no te lo sume como una más de las que me debes.
Genzo permaneció en silencio. Algo le había llamado la atención. Mientras Gabriela hablaba, al fondo había escuchado una voz masculina que preguntaba "¿Otra vez él?" en tono de reproche y que ella había ignorado.
-No sabía que tenías compañía- dijo altaneramente.
-Nunca estoy sola, por si no lo recuerdas.
-Sí, ya veo que hombres no te faltan. Es que una vez los gatos se van, los ratones hacen fiesta- Caminó hasta la bandeja del desayuno y tomó su porción de fruta.
-¿Sabes una cosa, Wakabayashi? Dejemos esto así, ¿sí? Ya me cansé de tener que aguantarme tus insultos. ¿Acaso no te ha bastado con todo el daño que me has hecho? Porque hasta el resentimiento tiene límites, por si no sabías.
-No sé de resentimientos porque no los tengo. Y no entiendo de qué me hablas, sólo hablo lo que sé- Se llevó un pedazo de manzana a la boca y tomó otro entre sus dedos.
-Bravo, "Sócrates". Sigue haciéndolo así, que vas muy bien.
El silencio en el móvil le indicó que Gabriela le había colgado.
Después de la conversación, el pensar si haberla llamado había sido lo correcto o no era algo en lo que no quería gastar mente. Era obvio que las cosas estaban perdidas con ella, y por más que quisiera darse por vencido, algo en su interior le gritaba a voces que lo estaba haciendo mal. Muy mal.
Ignoró la bandeja que estaba a un lado, cerca al mueble de la televisión, y se metió a la cama nuevamente.
-Creo que la verdadera resaca acaba de empezar.
