A partir de este punto, me he guiado por ese brevísimo recuerdo de Lancer que aparece en el capítulo número nueve de Fate/Zero.

Summary:

No tengo odio por nadie. Sin embargo, el destino fue demasiado cruel.


The Pursuit

.

Waver soltó un suspiro pero a diferencia de aquellos que sonaban agotados y frustrados, el de aquel momento llegó cargado de un extraño relajamiento que sólo obtenía luego de un baño caliente y de unos minutos, largos minutos, en los que podía tener privacidad. Obviamente los primeros días había tenido que echar a Rider del diminuto baño, alegando que no estaban lejos en una casa cuyas paredes parecían de papel.

Y es que Rider no conocía la frase "espacio personal".

Sin humor para tensarse, con el estómago lleno y el cuerpor relajado, abrió la puerta de la habitación esperando encontrar al mayor enfrascado en algún noticiero de los abundaban en la televisión a esa hora.

—Rider, el abuelo ha dicho que dejaría… deja-…

Frío, todo el calor del baño desapareció.

—¡Rider! —Waver alzó la voz sintiendo que tenía razones de sobra para alamarse—, ¿¡qué hace aquí!? ¿¡Por qué le muestras nuestro escondite!? ¡¿Recuerdas quién es su Master?! ¡Rider! ¡Rider!

El mundo se estaba escurriendo en una espiral descendente, arrastrando a Waver mientras Lancer y Rider simplemente le observaban desde el lugar en donde los había encontrado al entrar; sentados en el suelo, con una mesita baja de por medio.

—Chico —el mayor le llamó, palmeando el lugar a su lado—, deja el escándalo y ven a sentarte. Yo le he invitado.

—¿Aquí?...

Lancer había arqueado una ceja, aparentemente incómodo cuando todo aquello realmente había sido una invitación en boca de Rider.

—¿Y dónde más? —sin esfuerzo el pelirrojo jaló del menor para sentarlo.

—Aún en tiempos de guerra hay reuniones que pueden darse en paz —sereno y pausado, Lancer levantó el vaso del que había estado bebiendo antes de toda aquella interrupción—. Uno no ataca a quien lo ha invitado a su… —moviendo el vaso al tenerlo aún en la mano, el pelinegro señaló el cuarto sin saber bien como llamarlo—, hogar.

—Es una cuestión de honor.

Rider rellenó el vaso ajeno al hablar y Waver reconoció aquella sonrisa que cruzaba por el rostro del mayor cuando tenía a alguien justo en la posición que quería; para el menor fue extraño pero, por una vez se alegró de no ser él quien estuviera bajo el escrutiño del Rey de los Conquistadores.

Por ello cedió, no le quedaba otra opción, y sin decir más Waver alargó la diestra hacia el plato con pequeños sandwiches que ninguno de los dos hombres había tocado…, momentos atrás había estado a punto decir que el abuelo los dejaría en el cuarto para él.

Ellos, Waver en ocasiones sentía que el anciano entendía más de lo que su hechizo debía de permitirle.

—Comprendí la grandeza del mundo en ese momento —Rider se cruzó de brazos, cerrando los ojos como si pudiera rememorar el pasado y tocarlo mientras continuaba con su historia—, de pie en la cima de esa montaña y con todo cuanto conocía a espaldas… al frente, sólo podía imaginar las cosas de las que me habían hablado cuando era niño —hizo una pausa, lleno de ese sentir—. ¿Quién podría detenerse cuando ya se había llegado tan lejos?, retroceder era…

—Cuánta ambición —Lancer, interrumpiéndole, sonrió—, devorar el mundo…

—¡Eh! ¡Pues esa es la diferencia entre un rey y un vasallo!

Waver pensó que eso sería el fin de la conversación, que existía una gran ofensa de por medio, pero Rider soltó una risota y Lancer sólo extendió el vaso pidiendo más de lo que bebían. Y así, luego de un buen rato, escuchando a su Servant hablar de las conquistas que había hecho el menor comenzó a sentir la cabeza pesada por el sueño y el cuerpo nuevamente relajado; había algo en la voz grave de Rider que hacía solemne sus historias pero eran tan largas que le sorprendía como Lancer podía permanecer sereno simplemente escuchando.

De hecho, Waver arqueó una ceja, era el mayor quien hablaba y hablaba pero el Servant de El-Melloi simplemente hacía pequeñas intervenciones; Rider no iba a obtener lo que querían, no si seguía así…, y obviamente no tenía intenciones de cambiar el rumbo.

Cansado y sin ganas de recibir un empujón cuando Rider no le hiciera caso, se levantó y batió la mano sin escuchar lo que éste preguntaba.

—Me voy a la cama —anunció.

Suave, mullida y deliciosa cama.

Rider sonrió de buena gana cuando escuchó un pequeño y familiar suspiro proveniente del bulto entre las sábanas pero, fue Lancer quién observó aquello como si estuviera ante lo más extraño del mundo; no se suponía que un señor se comportara así, como el menor lo hacía, ni que un caballero actuara con tan poco respeto ante la persona a la que le juraba lealtad.

—Ustedes son extraños —comentó regresando la mirada a Rider—, le tratas con demasiada familiaridad.

—¿Y eso te parece algo malo?

—Por supuesto. No hay límites, tampoco pareces respetarlo. No puedes ser leal a quien no respetas y sin lealtad no hay honor —Lancer lo explicó de forma sencilla, siendo tan obvio como él lo veía—. Una relación así no es buena para ninguno, es… confusa.

Rider le miró serio y luego soltó una carcajada que sí descolocó a Lancer.

—Ya veo porque te entiendes tan bien con Saber, ambos tienen ideas tan rígidas —Rider recuperó algo de seriedad, soltando un suspiro—. Dime Diarmuid…

Y a pesar de que eran obvias sus respectivas identidades, la mención en voz alta sorprendió a Lancer.

—¿Acaso tú no confiabas en tu señor y eras capaz de seguirle a cualquier parte?

—Por mi honor —afirmó.

—Bien —Rider bebió un sorbo largo y luego se explicó—, yo tenía un ejército de hombres honorables y leales que me siguieron en vida y que juraron hacerlo también aún después de la muerte. A todos ellos, les trataba igual que a este muchacho.

Amigos, parecía arrastrar la afirmación de Rider.

—En mi experiencia no funciona así —Lancer se rascó la mejilla—, ¿negarás que tuviste problemas?

—Claro que no. Tuve muchos , era rey entre hombres libres.

—Con un sólo problema es suficiente.

—¿Uno con nombre de mujer? —inquirió.

Lancer se tensó, por primera vez incómodo, el gran Iskander no era precisamente alguien que se manejara con modos discretos y le había arrastrado en una conversación que desenvocaba en una pregunta directa que podía darse el lujo de no responder.

Sin embargo, Rider no le estaba juzgando ni mucho menos se burlaba.

—Gráinne…

.

..

I

.

La hija del Rey Cormac MacAirt era descrita como una doncella hermosa, agraciada y joven, inspiradora de canciones y ladrona de corazones que jamás serían correspondidos porque eran muy pocos los que podrían aspirar a alguien en su posición pero, por supuesto, se decía lo mismo de toda joven en edad casadera y el rumor no había despertado ninguna clase de curiosidad o admiración en Diarmuid.

Además, era su señor quien la desposaría y la principal razón de encontrarse en ese viaje rumbo al norte.

Su juramento le guiaba y Diarmuid estaba orgulloso de mantenerlo al pie de la letra pues habían sobrevivido batallas y emboscadas y era ahora cuando, finalmente, un aparente tiempo de paz aparecía en los planes.

—Acamparemos al llegar al río —Lord Fionn dio la indicación, volviendo hacia el grupo al tirar de las riendas de su garañón—, Diarmuid hará la primera guardía. Sigan sus indicaciones y mantengan los ojos abiertos.

Diarmuid inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y respeto.

Una afirmación grupal se elevó y la cabalgata apretó el paso ante la promesa de un descanso; los corceles esquivaban los árboles altos agilmente pues estaban acostumbrados a correr por el bosque y en donde no había senderos, la marcha se prolongó alrededor de una hora y cuando el olor húmedo llegó junto con el viento Diarmuid se colocó a la cabeza, levantó la diestra llamando a dos arqueros y se adelantó con ellos para asegurarse de que el terreno fuera seguro.

Que el rey le hubiera dispuesto un matrimonio, no significaba que el resto de los nobles estuvieran de acuerdo con la unión; el peligro latente se encontraba en todas partes y lo natural era esperar que la cabeza de Lord Fionn quisiera verse rodar.

Acostumbrados a esas campañas, se instalaron en el terreno despejado y pronto Diarmuid pudo caminar entre los hombres que levantaban tiendas, armaban fogatas y regresaban con algún venado incauto que había sido lo suficientemente confiado para quedarse cerca del río; ese era su hogar, sin importar que no hubiera un techo fijo y que las batallas nunca cesaran, Diarmuid siempre sonreía cuando se detenía para contemplar lo familiar que le resultaba el campamento lleno de vida..

—Diarmuid, Lord Fionn te busca…

—¿Y la razón?

El hombre se encogió de hombros y como respuesta se limitó a señalar el toldo bajo el cual se encontraba una mesa con sillas, baules apilados y armas que reposaban un poco más atrás en torno al tronco de un árbol; agradeció el mensaje al mover la cabeza y encaminar sus pasos en esa dirección.

Lord Fionn le miró desde el instante en el que se acercaba pero eso no impidió que Diarmuid, al llegar ante él, cerrara el puño y cruzara el brazo derecho contra el pecho a modo de saludo.

—Mi Lord.

El mayor lo invitó a pasar aunque no había puertas que retuvieran a Diarmuid. Lord Fionn MacCumhaill era un hombre alto, de porte regio y severo, rondaba los cuarenta y tantos y aún poseía destreza en el campo de batalla aunque su físico comenzaba a tornarse más grueso y regordete de lo que debería ser…, esa cuestión bien podía deberse al número de hombres que peleaban a su nombre y al que ahora observara el campo de batalla desde atrás.

—El terreno es seguro —Diarmuid inició la charla mientras lo observaba sentarse—, pero lo ideal sería moverse antes del amanecer. Con el castillo a un día de distancia y apurando el paso podríamos llegar al atardecer.

—Parece un plan perfecto.

El pelinegro afirmó con un movimiento de cabeza, tomando el halagado pero sin darse más aires de los necesarios.

—Con eso en marcha —Lord Fionn entrelazó los dedos, apoyando las manos en su abdomen—, te confiaré una misión delicada.

—Por supuesto…

Diarmuid no hubiera rechazado orden alguna, así ésta significara ir hasta al otro lado del mundo, y aunque Lord Fion lo sabía le contempló en silencio como cavilando si estaba o no tomando la decisión acertada antes de ponerla en palabras.

El murmullo de los hombres en el campamento y algunas canciones a media voz se alzaban sobre el silencio.

—Escoltarás a Lady Gráinne hasta el castillo —anunció, finalmente.

—Mi Lord —el pelinegro cuidó la forma de lo que diría—, pensé que su futura esposa se encontraba ya en ese lugar.

—El Rey Cormac cree en las antiguas tradiciones —explicó sin ahondar en detalles mientras observa a Diarmuid—. Te llevarás a cuatro hombres y esperaras en el paso a Carailand, te unirás a la caravana de Lady Gráinne y la escoltarás el resto del camino.

Por sobre la mesa, el Lord corrió un bulto de tela que Diarmuid tomó y desenvolvió, era la prueba que hacía oficial su misión.

—Volveremos a encontrarnos en Rodan.

Como de costumbre, Diarmuid tenía un plan sencillo y concreto a seguir.

—Eres el único en quien confió para esto —Lord Fionn lo añadió sin inmutarse mientras rozaba con el pulgar uno de los anillos que llevaba en la misma mano—. Te recuerdo no cometer errores.

Diarmuid se sintió golpeado en su orgullo y no porque fuera habitual equivocarse sino porque Lord Fionn estaba puntualizando un único detalle que siempre estaría en boca de todos por lo evidente que resultaba.

Tentado estuvo a tocarse el rostro pero simplemente inhaló a discreción.

—Entiendo —respondió.

—¿Cuento contigo para esto?

—Por supuesto mi Lord —Diarmuid afirmó bien plantado—, la llevaré con bien ante usted.

El hombre afirmó frotándose la barba.

—Descansen unas horas antes de partir.

Con el brazo al pecho Diarmuid se despidió, retirándose de la vista del mayor.

Misiones había tenido muchas pero esa era, con toda seguridad, la primera que implicaba a una mujer; Diarmuid entrelazó las manos y estiró los brazos por encima de su cabeza buscando sacar la tensión pues, era una tonteria sentirse abrumado por ello…, era una doncella noble, que regresaba a casa luego de un ritual de purificación, lo más seguro era que viajaría en una carreta perfectamente cerrada y que nadie la vería en lo que duraba el viaje.

Además muchos hombres matarían por ese geis y él estaba ahí, preocupándose; inconscientemente se encontró rozando el lunar bajo el ojo derecho y esbozando una sonrisa al descartar cualquier problema.

Debía de concentrarse sólo en lo importante y por el momento, las prioridades eran comer y descansar.

II

.

La pequeña compañía se detuvo en la cima de la colina, el estándarte de Lord Fionn MacCumhaill ondeaba con el viento y era la primera pausa que hacían desde el instante en el que abandonaron el campamento, horas antes del amanecer; frente a ellos y descendiendo en linea recta, a poco más de una milla se encontraba el puente que unía el paso de Carailand con el camino a Rodan.

Diarmuid encabezó el descenso, el sendero estaba extrañamente silencioso y esa era la primera señal de que algo inusual ocurría; en el bosque podía haber paz pero no silencio, éste siempre precedía a los problemas.

Y como si hubiera invocado aquello, un relincho atravesó el bosque y un par de segundos después el imponente animal apareció con la montura puesta pero sin jinete, el potro llevaba un corte sangrante en el cuello y corría como poseído huyendo de manera descontrolada; Diarmuid y el grupo cruzaron miradas, desenvainaron las armas y cabalgaron en sentido opuesto al corcel para hacerle frente al peligro.

El chasquido de las espadas fue lo primero en llegar, el último guardía cayó herido al suelo y los hombres que atacaban la carreta volvieron el ataque sobre ellos; aparentemente, éstos no pensaban dejar a nadie con vida. Diarmud frenó un espadazo interponiendo a Gae Buideh pero a tan corta distancia y montando a caballo era imposible atacar con Gae Dearg, así que no dudó en soltar las riendas y usar la zurda para empuñar la espada.

Hirió al hombre, quien tosió un borbotón de sangre y cayó del corcel con expresión aún confundida; hubo un grito que llamó la atención del pelinegro, un hombre que se sostenía de manera temblorosa en la puerta de la carreta tiraba del brazo de un muchacha, éste la arrojó al camino y luego el extraño la siguió cuando Fay, uno de sus hombres, lanzó una flecha directo al cuello regordete.

Lady Gráinne seguía dentro y la carreta, desvocada por la marcha de los corceles sin dirección, se bamboleaba sobre el camino irregular; Diarmud colocó las lanzas a su espalda, y tiró de las riendas de su corcel para hacerlo girar siguiendo la carreta.

Era una mujer la que estaba en peligro pero también su honor, al haber jurado que llevaría con bien a la prometida de su señor.

Lyon, su corcel, galopaba a toda marcha resoplando pesadamente pero era un animal inteligente al que había cuidado desde que era un potrillo y Diarmuid confiaba en éste; le acarició el cuello y lo acercó tanto como era posible a la inestable carrera, fue soltando las riendas y alcanzó a aferrarse de la baranda lateral para saltar al asiento del conductor…, recuperó las riendas de la carreta pero no puedo frenar a los animales que seguían asustados.

—¡Diarmuid!

El gritó llegó desde su lateral, Klein le había dado alcance.

—¡Tienes que cortarlos! —exclamó—. ¡Hay que detenerles antes de llegar al puente! ¡Córtalos ahora!

—¡Entiendo! —Klein afirmó.

La tarea quedó en manos del rubio.

Klein había sido el último en unirse al grupo y era el menor en edad, provenía de una familia númerosa y lo que le había hecho emprender esa clase de vida riesgosa era en realidad la necesidad de desahogar los gastos familiares; el muchacho tenía apenas dieciseis pero era un buen jinete, agil para trepar y escabullirse y estaba aprendiendo a manejarse con la espada.

Repentinamente la carreta se sintió más pesada, dio un saltó brusco sobre el camino y la marcha animoró al tener sólo dos corceles con los cuales lidiar; tiró de las riendas y el resoplar agitado de los potros le arrancó una sonrisa, Diarmuid sabía que aquello podría haber terminado mal.

—Bien hecho —Diarmuid felicitó al chico que se había quedado algo rezagado—, ¿y el resto de… —mas por el rabillo del ojo notó lo que ocurría, lo que le pasara a Lady Gránnie era su responsabilidad y no podía permitir que recayera sobre Klein u otra persona—. ¡No! —frenó al rubio—. ¡Yo voy por ella!

En menos de un minuto, el tiempo que había transcurrido desde el momento en el que se detuvieron, Lady Gránnie había abandonado la carreta para correr lejos quizás suponiendo que ellos eran los que habían comenzado el ataque y que su vida peligraba aún. Diarmuid corrió para darle alcance, la vio tropezar y ponerse en pie, luchar con los faldones del vestido y volver a correr hasta tropezar por segunda vez pero ahora dentro del río.

Avanzó despacio cuando la castaña permaneció inmovil, el cabello largo caía a los lados de su rostro y los hombros delgados se sacudían.

—Lady Gráin-…

—¡Aléjate! ¡No te acerques más!

Aguda y temblorosa, el tono alarmado de la voz fue lo que frenó a Diarmuid hasta que recordó que no ayudaba en nada el permitir que siguiera creyéndole alguien peligroso. Coló la mano dentro de sus ropas y se acercó mientras desenvolvía el diminuto paquete que Lord Fion le había entregado.

De pie, siempre dejando espacio entre él y la menor, permitió que el medallón colgara a la altura del rostro ajeno.

—Lord MacCumhaill, su futuro esposo, nos envió para protegerla.

La chica no se movió, por el contrario, pareció encogerse y volverse más menuda de lo que ya era.

—Acompáñeme —pidió—, la escoltaremos a...

—No.

Lady Gránnie se removió, sin levantar la vista, sólo meciéndose ligeramente como si el movimiento le diera alguna clase de extraño consuelo; Diarmuid la observó, tratándo de adivinar que tan prudente sería simplemente levantarla y sacarla de ahí.

—No quiero ir —el murmullo bajo se fue aclarando—, no quiero hacerlo. Fue mi padre quien acordó ese matrimonio, ni siquiera conozco al Lord…

Por un segundo Diarmuid consideró que se encontraba frente a una doncella caprichosa, que tenía más de niña que de mujer pero luego, al darle una segunda mirada y reparar en los hombros que se sacudían por ese llanto mudo… sintió algo cercano a la empatía.

La vida no siempre era justa, pero todos tenían un destino a seguir.

—No me haga regresar.

—Si no vuelve, si esa boda no se cumple… comenzará una guerra y será su reino el que caerá —Diarmuid no le amenazaba, esa era la verdad—. El rey decidió la unión porque a pesar de poseer una corona, no cuenta con el apoyo suficiente para sostenerla. Si nadie se tomó la molestía de explicarle esto antes, téngalo en cuenta a partir de ahora.

—¡Es injusto!

—Tan injusto como lo sería morir en una guerra que pudo evitarse —le reprendió con voz serena—. Mi Lady, cumpla con tu deber.

Diarmuid evitó soltar un suspiro, de cansancio o quizás frustración, cuando la menor perdió el control de las lágrimas permitiendo que el sollozo se volviera más alto y notorio. Tal vez no debía pero, quitándose el capote para colocarlo sobre los hombros estrechos, estiró la diestra apoyando la mano en la cabeza ajena.

—Le aseguro que Lord Fionn MacCumhaill no es un mal hombre.

No había sentido la lluvia hasta ese momento, probablemente porque era hasta ahora cuando comenzaba a perder el calor de la batalla.

Era eso, o el ver a Lady Gráinne llorar.

—Hay que marcharse ya.

Acomodó la capucha cubriendo a la menor de la lluvia y retrocedió unos pasos para cederle espacio.

Más despacio de lo que Diarmuid lo hubiera deseado, Lady Gráinne se levantó poco a poco y ligeramente tambaleante dio los primeros pasos con el faldón del vestido y las mangas largas empapadas.

La carreta esperaba, la menor subió y la puerta se cerró tras ella.

Diarmuid volvió la atención a los hombres que le habían acompañado, de los cuatro faltaba uno y cuando Duncan negó, omitiendo las palabras, no preguntó más; una baja era lamentable pero al mismo tiempo resultaba un alivio que el número no fuera mayor aunque no estaba contando a los caballeros que acompañaban a Lady Gráinne ni a la doncella.

—Démonos prisa.

—Sí, todos queremos abandonar este lugar —Duncan montó, era un hombre alto y fornido que lucía inmenso sobre un corcel.

Klein le entregó las riendas de Lyon y Diarmuid le agradeció el gesto, aún cuando Duncan constantemente reprendiera al muchacho por actuar como un paje en lugar de un Caballero de Fianna; Fay, silencioso y con el costado herido cerraba la marcha de esa nueva caravana.