Sin más interrupciones, continúemos…


III

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El salón vibraba por el bullicio de la gente que celebraba, bebiendo y comiendo como si no hubiera un mañana; el rey había anunciado con júbilo el compromiso de su hija, Lady Gráinne con Lord Fionn MacCumhaill, héroe de Aillen y líder de los Caballeros de Fianna; sin embargo, a pesar del rostro sonriente del hombre que portaba la corona, la figura menuda sentada al lado de Lord Fionn parecía ausente.

Y aunque nadie lo diría en voz alta, por que ese tipo de diferencias eran muy habituales, era obvio el desagrado de la jovencita; Lord Fionn, con sus cuatro décadas a cuestas parecía más un padre que un esposo.

Diarmuid, con la incómoda sensación de sentirse observado, levantó el tarro para el brindis junto al resto de los presentes.

—El hombre con el lunar debajo de su ojo… —Lady Gráinne hizo una pausa—, ¿cuál es su nombre?

La moza volvió la mirada hacia el grupo de ruidosos caballeros que ocupaban una mesa cercana.

—Es un Caballero de Fianna —respondió sonrojada—, Diarmuid Ua Duibhne.

—Diarmuid…

—¿No lo recuerda mi Lady? —la rubia se inclinó, fingiendo llenar la copa de su señora— es el Caballero que la escoltó desde Carailand.

Escapando de la mirada de Lord Fionn, la moza se levantó a prisa sosteniendo el tarro con vino para perderse entre la multitud que seguía pidiendo bebida y comida; esa celebración duraría hasta el amanecer y apenas comenzaba.

Diarmuid dió un trago largo y para cuando volvió a sentarse, pescó la charla que entretenía a sus hombres aunque Duncan, Fay y el joven Klein eran en realidad como una familia para él.

—Es tan hermosa como dicen.

Klein, absorto en la idea, no vio llegar el codazo de Duncan y derramó el tarro sobre la mesa.

—No te hagas ilusiones —replicó—, lo más cerca que estarás de una doncella como esa es… bueno, ¡nunca en esta vida!

—Ni en las siguientes —Fay intervinó—, es la hija de un rey.

—¡Nunca dije que quisiera algo así! —el chico, indignado, se estiró para tomar una pieza de carne—. Sólo digo que es hermosa, y lo es. ¿O no Diarmuid?

Aludido pero sin ganas de responder algo así, el pelinegro arqueó una ceja.

—Klein —Duncan trató de sonar serio aunque no era parte de su personalidad—, no le preguntes algo así al hombre que las tiene haciendo fila y puede escoger.

El menor se fijó en el rostro ajeno y en el lunar del que todos sabían pero que, a simple vista y quizás como hombre, no le parecía gran cosa; aunque claro, ya había presenciado en primera fila la manera en la que las mujeres cambiaban de expresión cuando cruzaban la mirada con Diarmuid, parecían derretirse, endulzar la voz y resbalar hasta los brazos del otro.

Klein rodó los ojos y subió una pierna a la banca en donde estaban sentados.

—Por Diarmuid —levantó el tarro—, ¡el del punto del amor!

Un gran "¡Hooo!" se elevó incluso de las mesas cercanas, el rumor de poder tener a cualquier mujer siempre parecía causar admiración pero Diarmuid apenas se dio por aludido…, un geis como aquel no siempre traía consigo felicidad o al menos no la verdadera.

—Te lo presto el día que quieras Klein.

Duncan soltó una risota y Fay sonrió a su manera, con los labios muy apretados, por la ocurrencia de Diarmuid.

—Ya dejen el tema —Fay aflojó los hombros, era el más serio y seco para hablar pero también solía actuar como la voz de la razón—. Será la esposa de nuestro Lord.

Hubo una afirmación grupal y la charla finalmente se desvió.

Horas más tarde Diarmuid abandonó el salón pues si bien beber era uno de esos placeres que había en la vida, él había aprendido que la moderación resultaba un mal necesario; además, aunque estaban en un lugar seguro, le resultaba imposible quedarse quieto y relajarse…, tal vez se debía a las batallas vividas y a las experiencias en éstas.

Sentirse cómodo provocaba bajar la guardía, perder terreno y correr riesgos, y él no podía permitirse algo como aquello cuando había jurado lealtad a Lord Fionn MacCumhaill; su tarea jamás terminaría porque ésta se encontraba unida a la vida del mayor y, en todo caso, sería él quien dejaría el mundo primero por proteger al Lord.

Mas ser leal no era algo que le pesara, lo había elegido por voluntad.

Lord Fionn le daría unidad a los clanes, fortalecería el reino y así serían fuertes contra los invasores cuyos ataques se estaban volviendo frecuentes; si lo resumía, estaba apoyando a la persona correcta.

Diarmuid se recargó en la baranda de piedra, el pasillo tenía grandes arcos que se abrían como ventanales con vista al jardín interior del castillo de donde un olor dulzón se elevaba; los cardos abriéndose, vistosos por su color morado entre el resto de las flores, dejaban escapar ese aroma.

Después de la boda, cuando Lord Fionn se estableciera, seguramente pasarían mucho tiempo bajo techo y en ese castillo.

Un ruido, pasos en realidad, hicieron que Diarmuid volviera la mirada hacia la oscuridad y que se apartara de la tea para no quedar a descubierto; cualquiera diría que era innecesario mantenerse siempre a la defensiva pero prefería prevenir que lamentar…, claro que la sorpresa fue enorme y desconcertante, Diarmuid hubiera preferido encontrarse cara a cara con la muerte o sentir el ardor del arma afilada que cegaría su vida.

Contrario a ello, el cuerpo pequeño que chocó contra él le hizo reconocer de inmediato que no se trataba de un enemigo pero cuando dio un paso atrás y esa persona le siguió, rodeándole el cuello y colocándose en puntas para besarle..., un extraño pánico le invadió.

No era una moza ni era una doncella cualquiera, era Lady Gráinne entregada a él.

¿Qué habría ocurrido primero?, ¿el que ella le viera a la cara en algún momento de descuido o ese beso, tras el cual se encontraron frente a frente? Ya no importaba, en realidad no había diferencia entre un momento y otro.

Diarmuid la apartó y la menor trató de acercarse.

—Diarmuid Ua Duibhne.

—Basta —le frenó.

A lo largo de la noche, esa era la primera vez que el rostro de Lady Gráinne se llenaba de emoción pero ya conocía esa mirada, la sonrisa suave y el tono de voz de una mujer presa del geis que él portaba.

Y eso no era amor, sino un hechizo.

—Ahora sé porque no puedo casarme —la chica se llevó una mano al pecho—, no amo a Lord Fionn. Pero Diarmuid, mi señor, yo…

—¡No! ¡No, ni siquiera lo diga! —Diarmuid se acercó, apretándo la mandibula.

—Yo le amo.

Irguiéndose, tensando los hombros, Diarmuid mantuvo la serenidad aunque esa situación le colocara entre la espalda y la pared o, mejor dicho, colocara una soga en torno a su cuello que en el peor momento se apretaría hasta ahorcarle.

—Escapemos…

—No.

—Diarmuid —la chica trató en vano de sujetar la mano ajena—, estamos destinados a estar juntos… lo he visto, sé que así debe de ser…

—No —el mayor fue claro por segunda vez—. Soy un Caballero de Fianna, he jurado lealtad a Lord Fionn MacCumhaill. Mi deber es hacia él, mi vida misma le pertenece, jamás aceptaría algo tan descabellado…

—Diarmuid, se lo suplico.

Lágrimas y un apremiante sollozo parecían estar a flor de piel pero Diarmuid hizo caso omiso a ello, no podía razonar con alguien bajo la influencia del geis y mucho menos con una mujer que al no querer casarse encontraba en el hechizo un escape hacia un mundo de fantasia en donde le arrastraba a él.

—Usted pronto será su esposa —continuó—, así que les deseo felicidad y prosperidad.

—Por favor, no lo haga —Lady Gráinne miró hacia atrás, por el oscuro pasillo alguien avanzaba con una tea temblorosa iluminando el camino—. Por favor…

Diarmuid negó y le dio la espalda alejándose, los pasos ajenos se apresuraron y alcanzó a reconocer que era otro andar femenino, probablemente el de alguna moza que trataba de encontrar a Lady Gráinne.

Toda esa situación, sólo significaba problemas para él.

IV

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El castillo entero hacía los últimos preparativos para la boda. Las cocinas eran un casos extrañamente ordenado, décenas de cocineros revisaban los platillos y daban ordenes a las mozas sobre como servir tal o cual cosa; el jardín, decorado con rosales en flor que habían estado transplantando durante la mañana, contrastaba en color con la palidez de la nieve que había caído la noche anterior.

Diarmuid había pasado esas últimas semanas fuera del castillo, acompañando a Lord Fionn como acostumbraba hacer; agradecía el aire fresco y también la sana distancia que le brindaba aquello.

En la medida lo posible, por su integridad y honor, había evitado a Lady Gráinne y esperaba que la boda pusiera fin a ese problema.

Era una cuestión de horas…

—Escuché que cuando Lord Fionn se convierta en rey, planea entregar tierras a algunos de sus caballeros —Klein, sentado en el ventanal de piedra sonrió arrancando a Diarmuid de sus pensamientos—. ¿Crees que estarás en su lista?

—Lo ignoro —respondió sincero—, un título y tierras no es algo que me interese.

—Hmm. Puede que no —el chico se cruzó de brazos, meditando en voz alta—, pero has sido su mano derecha durante mucho tiempo… te corresponde.

—Es un honor ser Caballero de Fainna.

—¿Así nada más? —la sonrisa se acrecentó ligeramente—. Te admiro. A mi no me molestaría una porción de tierra y el título… —Klein se encogió de hombros—, tampoco sienta mal. Quizás no tengo madera de Caballero.

—Tienes honor, ¿o me equivoco?

—Lo tengo.

—¿Y sigues a un hombre en el que crees? —inquirió.

—Por supuesto.

—Entonces —Diarmuid le concedió una sonrisa—, ya llegará tu momento.

Klein sonrió y bajó del ventanal, metió las manos en los bolsillos de su pantalón y cuando estuvo a punto de responder, escuchó el grito con el que Duncan le llamaba.

—¡Voy! —replicó con medio cuerpo hacia el exterior, luego volvió la mirada hacia el mayor—. Olvidé que prometí ayudarle. Nos vemos después Diarmuid.

Y aunque permaneció en el aire esa ligera sensación de que Klein había estado a punto de decir algo importante, Diarmuid volvió la mirada hacia los jardines consciente de que pronto anochecería; algunos invitados habían comenzado a llegar y era ahora cuando ya no había marcha atrás.

La boda tendría lugar y se evitarían batallas innecesarias entre clanes que, a final de cuentas, eran hermanos.

Diarmuid se estiró, soltó un suspiro y con tiempo libre optó por encontrar algo en lo que pudiera ser útil aunque antes de ello dobló los pasos por el pasillo que le encaminaba a su habitación; era peculiar tener un techo como aquel, un lugar que en realidad estaba vacío porque no tenía grandes pertenencias y al que muchas noches no acudía porque estaba más acostumbrado a dormir bajo las estrellas, haciendo guardía o algo similar.

Y tal vez había sido el destino el que le empujó a tomar esa dirección, a entrar al cuarto antes y a contener el aliento cuando sintió las manos pequeñas aferrándose a su torso tras haber chocado en la oscuridad.

—Diarmuid…

—Lady Gráinne —se apartó, encontró la lampara de aceite en la mesita a su costado y aunque pensó en encenderla decidió optar por lo contrario y abandonar el cuarto—, no debe estar aquí.

—Por favor, escúcheme.

Diarmuid frenó en el pasillo aunque sabía que no tenía nada que escuchar, que cualquier palabra de amor o promesa sonaría irreal y que aunque fueran sinceras, él no correspondía a la castaña ni mucho menos lo haría si eso implicaba traicionar a Lord Fionn.

Pero aunque se sentía preparado para todo, le descolocó la imagen de las manos finas ofreciéndole un pañuelo doblado por la mitad.

—Tómelo —Lady Gráinne insistió—, vea lo que guarda.

Y si bien la curiosidad picó en el pecho de Diarmuid, detuvo esa sensación y no se aventuró a tocar las manos delgadas ni el pañuelo; la menor se desesperó, otra vez esas lágrimas amenazaron con escapar, y fue ella misma quién destapó el objeto.

Era frágil, tan viejo incluso que Diarmuid creyó estar viendo algo irreal.

—Tú me lo diste.

Elevó la vista hacia Lady Gráinne, incrédulo al no terminar de entender.

—No, ella era…

—Era yo —la castaña sonrió—, ella era yo.

Diarmuid tenía la mente en blanco pues, era difícil creer en el amor cuando todo lo que tenía era pasión.

Claro que podía elegir a la mujer que quisiera, a todas les resultaba irresistible pero ninguna le amaría realmente y él tampoco la amaría; había creído que siempre sería así pero ahí estaba, de la nada había aparecido ese pequeño e insignifiante anillo que él mismo hizo, y éste era la prueba de que había amado a alguien de una forma pura y sincera.

Sonrió sujetando la frágil alianza, obviamente no podía quedarle ahora pues él se lo habia dado a una niña y los años habían pasado ya.

Diarmuid no supó en que momento Lady Gránnie volvió a acercarse pero, en esta ocasión, cuando la tuvo contra el pecho cerró el abrazo y volvió a experimentar esa sensación cálida que nacía sobre el corazón y se extendía incluso sobrepasándole a él; en aquel entonces no había preguntado su nombre ni la menor el suyo, eran niños y él había tenido que marcharse aún antes de poder despedirse o pactar un reencuentro.

—Llévame contigo.

Lady Gránnie lo pidió ahogadamente, contemplándole.

—¡Y escapemos!

Diarmuid lo sabía, entendía perfectamente todo lo que eso ocasionaría, pero aún antes de poder tomar una decisión el ruido de una bandeja estrellándose en el suelo les arrancó del momento y antes de que pudiera actuar la doncella desapareció por el pasillo; les había visto, y no callaría algo así.

Una vez más observó a Lady Gráinne, los ojos de la chica delataban su miedo pero también el amor que le profesaba y en el que ahora él creía; así que afirmó, lo hizo una vez para sí mismo y una segunda ocasión para la menor.

La sujetó por la diestra y jaló de ella al avanzar con grandes zancadas rumbo a los establos, tenían todo en contra y minutos para salir de ahí.

Estaba rompiendo con un geis autoimpuesto, aquel con el que juraba ser leal a su señor, y aunque esa podía ser su perdición la mano que aferraba era pequeña, cálida y le resultaba imposible de soltar; Diarmuid había elegido y aún así sintió un sobresalto cuando la alarma resonó en las paredes del castillo.

Alcanzaron el exterior unos segundos después y aunque era consciente de que Lady Gráinne tropezaba, no la soltó ni aminoró el paso.

—¿Diarmuid? —Duncan fue el primero en verle, retrocediendo cuando el pelinegro entró a las caballerizas—, ¿Lady…

Tanto éste como Klein miraron a Diarmuid en busca de una explicación que nunca llegó; Diarmuid simplemente saltó al establo de Lyon, le colocó la silla de montar al garañón y tomó uno de los capotes colgados para cubrir a Lady Gráinne, la ayudó a montar y subió tras ella.

—¿Qué estás haciendo? —Duncan tiró de las riendas de Lyon—. ¿A dónde la llevas?

—¡Apártate! —gritó.

—¡No! ¡Responde primero! —exigió, reteniéndole—. ¿Lord Fionn te lo ha ordenado? ¡Diarmiud!

—¡Traidor!

La voz llegó desde el frente y Diarmuid aprovechó el desconcierto para soltar las riendas de las manos de Duncan, montar, azotar a Lyon y emprender la huída; lo primero era salir del castillo pero luego necesitaban atravesar la ciudad para abandonar la fortaleza antes de que las puertas se cerraran.

—¡Duncan! —Klein pasó a un lado del mayor, cabalgando y siguiendo el camino que Diarmuid había tomado.

—¡Eh!, ¿qué haces?

Duncan maldijó por lo alto pero no dudó en seguirles.

Las puertas de la fortaleza no podrían cerrarse a prisa, caravanas entraban rumbo a la boda, campesinos regresaban con las cosechas del día y con el puente ocupado resultaba imposible levantarlo o bloquearlo con guardías; Diarmuid sintió el cuerpo pequeño recargándose en su pecho y aferrándo bien las riendas apresuró la carrera de Lyon, las patas fuertes del corcel eran una bendición en ese momento.

Atravesaron la agitada ciudad con calles estrechas y concurridas, tendiendo que serpentear entre éstas para evadir a otros jinetes; la gente se quitaba del camino, corrían asustados y confundidos.

—¡Despejen el lugar!

—¡Hay que bajar el puente!

Una tercera voz se sumó desde la torre de la fortaleza:

—¡Ahora! ¡Hagánlo ahora!

Le resultaba imposible mirar atrás pero la entrada se encontraba a unos metros y cuando un par de guardías aparecieron, tomó a Gae Buideh para atacar y abrir camino; hirió a uno de los dos hombres, el otro se había apartado.

De esa forma atravesaron la entrada y el terreno plano se extendió al frente, Diarmuid escuchó el silbido de una flecha cortando el aire y enterrándose en el suelo muy cerca de ellos; Lyon relinchó asustado y casi tropezó al frenar, levantándose en las patas traseras. Logró controlarlo antes de que les arrojara, sentía su propio corazón latiendo descontrolado y seguro Lady Gráinne podía escucharlo al tener el rostro apretado contra su pecho.

Una segunda tanda de flechas zurcó el cielo y una voz familiar, una exclamació en realidad, le pareció mucho más cercana y clara de lo que debería ser; bajó la vista hacia la menor y por la capucha no pudo contemplarle pero siendo menuda y yendo frente a él era poco probable que resultara herida.

Y aparentemente, aunque no pudieran detenerse aún, habían escapado.

El bullicio de la ciudad se apagaba, sólo quedaba la respiración pesada de Lyon, el latir de su corazón y el viento que golpeaba contra ellos al cabalgar.

—Lo hemos hecho —la afirmación llegó con una sonrisa de alivio.

—Diarmuid…

Ahora ansiaba ese beso robado, devolverle algo de color al rostro de Lady Gráinne, pero esa clase de gestos tendrían que esperar; debían mantener la ventaja que habían ganado y eso significaba internarse en el bosque aprovechando la noche.

—¡Diarmuid!

La voz fue clara y casi una orden, pero antes de que pudiera frenar la marcha Duncan llegó a su lado cargando un fardo enrojecido en el regazo; uno con piernas, brazos y un cabello alborotado que él conocía.

Tardó un momento, unos pocos segundos, en entender.

—¿Klein?

El chico no se movía y al recorrerlo con la mirada encontró la flecha incrustrada a la altura de la espalda.

—¡No tenía que hacerlo! —replicó—. ¡Debiste detenerlo!

—¡Idiota! —un puñetazo se inscrutró en el rostro de Diarmuid—. ¡Siempre estamos contigo! ¡Nosotros te seguimos!

Y a pesar de la mandíbula que le cimbraba, Diarmuid rememoró el momento en el que Klein había tratado de decirle precisamente aquello hacía tan sólo una hora atrás; era Diarmuid quien seguía a Lord Fionn pero ellos, simplemente, le seguían a él.

Diarmuid volvió a observar a Klein mientras Lyon, inquieto, se movía dando pasos hacia adelante y atrás.

—Llévalo a un lugar seguro, luego nos reuniremos en Úlster.

—¿Comprendes que esto terminará mal? —Duncan recalcó lo obvio.

—Ya no hay marcha atrás…

Aún si Duncan regresaba ahora alegando que habían tratado de detenerle, Lord Fionn no les creería pues ahora corrían la misma suerte que él y serían considerados traidores; acababa de llevarse a Lady Gráinne, a la futura esposa del Lord, así que su cabeza tenía precio junto con la de Duncan y Klein.

Ahora la carga era más pesada para Diarmuid, no sólo le había dado la espalda a su señor sino que había enredado el destino de dos personas -que le importaban- con el propio.

Diarmuid observó a Klein una vez más, esperando que sobreviviera.

Si ya les estan tomando cariño, debo decirles que Klein, Duncan y Fay son personajes originales… no van a encontrarlos cuando lean sobre Diarmuid, Gráinne o Fionn.

Sin más, les dejo continuar.

V

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Morir por una causa era honorable y dar la vida por un gran señor, también… pero, Diarmuid sabía que Klein no había tenido una causa propia y que él no era ese gran señor al que éste creía seguir.

Él había huído de manera egoísta, le había dado la espalda a sus juramentos y sí, se había llevado consigo a una mujer que iba a ser entregada a otro hombre.

El vientro sopló con fuerza, levantó el polvo alrededor de la tumba y los sumió en un silencio aún más profundo del que les había rodeado mientras cavaban y enterraban al muchacho; Klein tan sólo había tenido dieciseis años y aunque un caballero sabía que podía morir en cualquier momento, en batalla, en un atraco o hasta en un pleito entre bebidas, Diarmuid sentía que esos eran muy pocos años de vida.

—Él creía en ti.

Diarmuid afirmó, sin más.

—Merece una explicación —Duncan fue tajante en ello—. Klein merece saber por qué era tan importante esa mujer y qué fue lo que te empujó a semejante estupidez. Diarmuid… —el mayor se esforzó en ser menos viceral—, trato de entender pero no lo comprendo. Lady Gráinne era la prometida de Lord Fionn, nunca la habías mirado y de repente…, ¿huyes con ella?

—Es ella.

—¿Quién? —Duncan dudó, porque las palabras de Diarmuid no tenían sentido.

—La correcta.

—Klein está muerto —recalcó con el enfado palpable en la voz—, se pudre bajo tierra, ¿¡y eso es todo lo que puedes decir!? ¿¡Lady Gráinne es la correcta!?

—Sí —afirmó.

Duncan bufó, el enfado seguía ahí por la muerte del muchacho pero si algo sabía era que Diarmuid jamás había considerado a una mujer como la elegida; tal vez era culpa del geis que el pelinegro llevaba pues amar, enamorarse en sí, no era algo que pareciera estar en el camino de éste y probablemente aferrarse a ese amor iba a llevar a Diarmuid en picada.

Aún cuando todavía quería darle otro puñetazo, Duncan sintió algo de compasión; luchar contra el destino era una empresa pérdida y tratar de escapar de Lord Fionn también.

Suspiró y apoyó la mano en el hombro de Diarmuid.

—Hay por lo menos una veintena de hombres persiguiéndote —apretó el hombro, antes de soltar el gesto—. Ha colocado dos Caballeros de Fianna en cada puesto de vigilancia y juró que te haría sufrir por esta afrenta.

—Espera todo eso —Diarmuid le observó—, y más.

—No es todo…

Con un suspiró pesado, Duncan soltó el aire.

—Fay encabeza el grupo.

Hubo un breve silencio y luego la afirmación del pelinegro, no podía sentir rencor hacia Fay cuando seguramente él hubiera actuado igual.

—Entiendo… —respondió.

—Hablé con él en Úlster —Duncan se frotó el rostro recordando con cierta incomodidad el encuentro—, me contó lo que ocurrió en el castillo luego de huir. Y ya sabes como es Fay, dice que has hecho algo imperdonable en términos de honor pero… sigues siendo familia, supongo que esto te convierte en el hermano con la cabeza dura.

Duncan sonrió, probablemente eso les dejaba en una posición aún más tensa; era fácil herir y asesinar a un hombre que consideraban su enemigo pero levantar la espada en contra de un hermano, eso lo complicaba todo.

—¿Y ahora?, ¿qué sigue? —llevó una mano a la empuñadura de su espada—. Siempre me ha gustado conocer el plan.

—¿A pesar de todo vendrás?

—De cualquier forma no es como si pueda regresar —Duncan lo recalcó sonriente—. Además, terminaré lo que Klein empezó…

Diarmuid sabía que existían razones de sobra para que Duncan tomara su propio camino y para que le odiara en el proceso pero a pesar de ello, el mayor seguía a su lado y era algo que tenía que agradecer.

Nunca había estado sólo, hasta ahora reconocía el valor de eso.

—Es mi esposa —Diarmuid lo murmuró, cuando reparó en que los ojos verdes de Duncan habían ido a parar en la figurita dormida al pie de un árbol.

—¿Te casaste? —con sorpresa, Duncan sonrió—. Sé que lo que diría Klein en un momento así… —observó la tumba improvisada y añadió—: "Ella sí es muy, muy hermosa. ¿Verdad Diarmuid?"

En respuesta, Diarmuid sonrió y afirmó.

Gráinne era una mujer hermosa, por supuesto, pero no había sido motivo suficiente como para faltar a su honor y abandonarlo todo; no, la razón verdadera la llevaba envuelta en el pañuelo blanco y apretada contra el pecho.

Enamorado del amor, quizás eso dirían de él en el futuro.

VI

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Dos años y medio era el tiempo ya transcurrido.

La temporada de lluvias había comenzado por tercera vez y ellos habían recorrido todo el territorio siendo obligados a retroceder cuando lograban salir del reino, en esas condiciones alcanzar la costa resultaba imposible, de la misma forma que lo era el embarcarse pero si acaso había algo a su favor, eso eran los problemas que había causado el que no se llevara a cabo el matrimonio de Gráinne y Lord Fionn; las pequeñas batallas internas, entre clanes y territorios, hacían más fácil pasar desapercibidos.

La rutina diaria estaba lejos de ser ideal, escondiéndose, viviéndo en el bosque, comiendo lo que cazaban o lo poco que podían comprar antes de que apareciera algún guardía que daría pie a otra pelea y a una nueva huida; pero aún eran libres, estaban juntos y en algún momento las cosas tendrían que empezar a mejorar.

Gráinne siempre lo decía, y Diarmuid quería creer que de verdad ocurriría; y en momentos como aquel, cuando le perseguían, lo repetía hasta que el futuro parecía claro.

A pesar de la lluvía fría que caía con fuerza, corría con el cuerpo agitado y caliente por el esfuerzo. Había tenido que vender a Lyon el invierno anterior y el corcel que había comprado para reemplazarle, viejo y sin experiencia en trotes de batalla, murió poco antes de salir del bosque cuando habían sido atacados.

No importaba si en cada encuentro liquidaba a cinco o seis hombres, en la siguiente cacería la cuenta volvía a ser la misma e incluso el número aumentaba; Diarmuid se decidió a hacerles frente, cesando su avance, porque necesitaba recuperar espacio.

El primer hombre cayó por un corte largo en el torso, el segundo lo hizo cuando la punta de Gae Dearg se enterró en su costado y un tercero cuando Diarmuid giró y el filo, manchado de sangre, hirió la avertura sin armadura en las piernas ajenas; volvió a correr por el claro, si salía de éste tendría más oportunidad de escapar pero sabía que eran demasiados, que algunos traían monturas y que pronto se vería acorralado.

Mas si ese era el final, caería de pie…

Apretó las manos sobre sobre Gae Buideh y Gae Dearg, elevó la zurda y bloqueó un ataque para devolverlo con la diestra; giró en su lugar, esquivó un golpe directo al pecho pero sintió el ardor del metal contra su brazo.

Luego llegó un golpe seco, su vista se nubló por un momento, sintió la sangre bajando por su sien y aunque se tambaleó, embistió con Gae Dearg al frente.

—¡Diarmuid!

El mundo aún se movía bajo sus pies cuando su nombre llegó en ese grito, volvió a escuchar el sonido métalico y cuando un par de jinetes encapuchados cayeron del suelo, logró enfocar su vista para ver a Duncan abriendo camino hasta él.

Dos años y medio, y sorprendentemente aún le cubría la espalda. Desmontando y colocándose a su lado, Duncan atacó cubriendo el flanco que Diarmuid dejaba abierto.

—Tienes que salir de aquí…

Cruzaron miradas, Diarmuid le escuchó pero sentía que no lo había hecho.

—Tienes que salir, ¡ahora! —Duncan golpeó uno de los rostro enmascarados con la empuñadura de su espada, haciendo al hombre retroceder—. En la entrada a Eirú te espera Fay, debes hablar con él.

—¿Fay?

—Estos hombres no pertenecen a Lord Fionn, no son Caballeros de Fianna.

Diarmuid reparó en ese detalle por primera vez, en las ropas, las capuchas y las máscaras de metal; parecían mercenarios y no caballeros cumpliendo las ordenes de un Lord…, la diferencia era obvia pero, con el tiempo había comenzado a omitar esos detalles puesto que todos eran enemigos.

—¡No te dejaré! —replicó, jadeando ante su último ataque corto con Gae Buideh.

—¡No seas estúpido! —Duncan sujetó las riendas de uno de los corceles, tirando del animal para acercarlo al menor—, perdiste tu honor. No me quites el mío.

Diarmuid tragó amargó y afirmó.

—Nos reuniremos pronto —musitó, esperaba que fuera en esa vida.

Guardó las lanzas, montó y escuchó la palmada que esa enorme mano asentaba sobre el garañón; no volvió la mirada atrás pero si recordó que se necesitaban al menos tres hombres para derribar a Duncan.

Llovía cuando abandonó el claro y siguió haciéndolo todo el camino hacia Eirú.

La pequeña ciudad lucía muerta, a comparación de años atrás, y se debía a que se había convertido en un lugar de paso situado entre los clanes en guerra; nadie quería estar ahí, pero era inevitable cruzar para ahorrar tiempo y acortar distancias.

Reconoció a Fay al instante, alto y con ese rostro serio pero ahora un poco más cansado; observó a su alrededor y sin encontrar razones para temer una emboscada le siguió hasta la taberna. Aún tenía heridas que sangraban y escocían pero bajo el capote no se notaban, y el dolor era algo pasajero con lo que ya había aprendidoa lidiar.

Se sentaron, y si bien Fay no era de hablar mucho, ahora eran dos extraños que no tenían nada que decirle el uno al otro.

Seguramente hubieran pasado de largo, si no existiera una razón de peso para ese encuentro.

—Te escucho.

—Tengo un mensaje de Lord Fionn…

Fay se detuvo cuando una mujer regordeta asentó en la mesa dos tarros que ninguno había pedido, esperó a que se marchara y luego de observar al otro, continuó.

—Él sabe del matrimonio y quiere paz. Pronto será rey y existen peores problemas que una novia robada —Fay le miró a los ojos—. Todo esto ha durado demasiado.

—¿Por qué habría de confiar?

—Una vez lo hiciste…

—Las cosas eran diferentes —Diarmuid sostuvo la mirada ajena, aunque la expresión de Fay no cambió.

—¿Aún recuerdas cómo comenzó todo?

Llegando a ese punto muerto, porque no tenía sentido remontarse al pasado y discutir lo obvio, Fay bebió del tarro hasta acabarlo.

—Dime Diarmuid, ¿no crees que ha sido suficiente?

No había necesidad de ponerlo en palabras pero ya no estaba sólo y huir, pelear, no tener un lugar…, no era justo para Gráinne y no era eso lo que él deseaba para la mujer que era su esposa; quería un hogar, una familia.

Quería paz, y quizás Fay lo adivinaba al preguntar algo así.

—Dentro de dos días, al amanecer, Lord Fionn estara en el paso a Carailand. Es tu decisión terminar con todo esto, o seguir…

Confiar, o no.