Capítulo 3: La Boda, parte II


Tal y como Effie había previsto, a los 30 minutos un enorme desayuno subió a mi habitación. Minutos después llegaron mis amigas. Glimmer estaba contentísima, por supuesto, dado que había de todo. Fruta, café, leche, infusiones, huevos revueltos, tostadas, beicon, salchichas… aquello era un desayuno con mayúsculas, y a mí no me entraba ni una tila. ¡Era el jodido día de mi boda! Todo el mundo comería cosas deliciosas menos yo.

—Me están entrando náuseas —confesé al rato de ver a mis amigas comer— creo que voy a ir a vomitar.

—Cariño, no estarás embarazada, ¿no?

—No caerá esa breva —dije poniendo los ojos en blanco— solo es que tanta comida, tanta presión… dios, necesito vomitar.

Me encerré en el baño y abrí el agua de la ducha a tope, solo para no oír a mis amigas hablar sobre mí en mi dormitorio. Quería un momento de intimidad antes de que todo se hiciese terriblemente real, antes de peinarme, maquillarme, vestirme, y finalmente casarme. Un momento para mí. Finalmente las arcadas se hicieron notar y un reguero de vómito subió por mi garganta. Me acerqué a la taza del váter y vacié el contenido de mi estómago. Las cosas empezaban a mejorar.

Salí del baño una vez me hube lavado los dientes a conciencia. Glimmer seguía comiendo y yo no pude evitar poner los ojos en blanco. Era un pozo sin fondo, y lo peor era que, a pesar de estar embarazada de 6 meses, estaba delgada. Sí, tenía un barrigón enorme, pero no estaba gorda. De hecho, estaba tan delgada que parecía que tenía aún más barriga. Era odiosa.

—No te quedes con hambre, ¿eh cariño? —le dije irónicamente. Ella se limitó a sonreír con la boca llena.

—¿Cómo estás, cariño? ¿Te encuentras mejor? ¿Has vomitado? —Effie me sonrió. Se notaba que su preocupación era sincera.

—Sí, todo va bien. He vomitado todo el desayuno —hice una mueca— pero de verdad, estoy bien. Son los nervios… me están matando.

—Cariño, tranquila… sé que es muy fácil de decir, todo el rollo ese de "tranquila, todo saldrá bien, bla bla bla", pero es que es en serio: todo saldrá bien. ¡Lo tengo todo controlado! ¿Crees que dejaría algún detalle suelto? Ni muerta. Puedes dar gracias de que sea parte de tu familia, te estoy salvando el culo en esta boda, me debes una muy gorda.

Muy a mi pesar, Effie tenía razón. Lo había organizado todo, la velada iba a ser perfecta. Desde la mantelería hasta la distribución de los invitados en la mesa, todo estaba organizado a la perfección. Iba a ser la boda perfecta. Siguiendo con la agenda de Effie, unos 10 minutos después llegó Cinna, mi estilista, encargado de peinarme y maquillarme para mi gran día. Me costó mucho encontrar al peluquero adecuado, pero con la ayuda de mis amigas y de las páginas amarillas, dimos sin duda con el que debía ser el mejor peluquero de Nueva York.

Cinna no era como los estilistas normales. Sí, era muy, y cuando digo "muy" quiero decir rematada y casi insoportablemente gay, pero por lo demás no se parecía a nadie que hubiese conocido antes, peluquero o no. Para empezar, era el primer hombre al que había conocido que llevase delineador de ojos —de color dorado, además— sin parecer una drag-queen o una reinona marica. Siempre vestía de riguroso negro, a pesar de tener la piel oscura, y llevaba el pelo muy corto. No era dado a las sonrisas, pero cuando lo hacía, sus labios mostraban una dentadura blanca y perfecta que era realmente contagiosa. A Cinna la sonrisa siempre le llegaba a los ojos. Se tomaba muy en serio su trabajo. Según lo que él mismo me había contando en una ocasión —en una de las múltiples pruebas de peinado que tuvimos en los meses previos de la boda—, su trabajo no era peinar a las novias para que los demás las vieran guapas, su trabajo era peinarlas para que ellas mismas se vieran guapas. Él sacaba la belleza de dentro de cada mujer y se la enseñaba a todos. Incluyendo a la dueña de tal belleza.

Sin duda hacía su trabajo realmente bien, porque hasta yo misma lograba verme bella durante más de cinco minutos. En ocasiones, cuando me arreglaba para salir con Peeta, o con mis amigas, quedaba satisfecha frente al espejo. Mi miraba tímidamente sabiendo que iba realmente guapa, contenta con el resultado de mi pelo o mi maquillaje. Pero después, al pasar por delante de cualquier superficie reflectante, me miraba y no me gustaba nada lo que veía. ¿Cómo coño había pensado antes que iba guapa? Era un maldito orco de Mordor. Flacucha, ojerosa, con un pelo asquerosamente normal sin forma ni volumen y cuerpo que pasaba desapercibido. Ese era, al menos, el concepto que yo tenía de mi misma la mayoría de veces.

Cinna cambió por completo ese autoconcepto que yo tenía de mi misma, al menos cuando sus milagrosas manos modificaban mi piel. Tenía razón. No se trataba de tapar mi piel con productos, se trataba de realzarla. Mis ojos se veían más grises que nunca, mi sonrisa, radiante, mis pómulos, altísimos. Mi pelo lucía increíble en un semi-recogido coronado con una diadema a conjunto con el vestido.

—Obras milagros, Cinna, en serio —le dije con una sonrisa—. Nadie me habría podido dejar como tú. Tan…

—¿Guapa? —terminó por mí sonriendo él también.

—Sí, supongo que esa es la palabra. Gracias. Y a ti también, Portia. Grandísimo trabajo.

—Es un placer trabajar con alguien como tú —contestó ella amablemente. Era mujer de pocas palabras.

Me senté delante del espejo sin dejar de mirarme, como las niñas pequeñas, mientras Cinna y Portia maquillaban a las damas de honor. ¿Seguiría estando igual de guapa en 5, 10, 20 años? Era imposible saberlo. Lo único que esperaba era que Peeta me siguiese amando, que siguiésemos juntos, que todo fuese tan perfecto como ahora. Porque a pesar de todo lo que habíamos pasado juntos, a pesar de los años, aquí estábamos, al punto de casarnos.

Un rato después llegó mi madre, que iba guapísima, ataviada en un vestido color vino. Me abrazó y me miró, tan incrédula como yo por lo guapa que iba.

—Hija, estás…

—Ya sé mamá, ya sé. Estoy muy guapa. Gracias.

—Ay, hija. Ojalá tu padre te viese. Eres toda una mujer, has terminado tu carrera, te vas a casar, dentro de unos años tendrás hijos y me harás abuela… —unas lágrimas empezaron a brotar de los ojos de mi madre, y yo peligraba a terminar de la misma manera, cosa que provocaría echar por tierra todo mi maquillaje—. Pero no hablemos de cosas tristes. Hoy es un día muy especial, hoy es tu día. ¿Lo tienes todo listo?

—Sí, creo que sí. Solo falta el capullo de mi hermano.

—¡No hables así de Cato! —me reprendió mi madre.

—Mamá, no te imaginas la que lió ayer en el hotel. Entre mi hermano y la guarra de su mujer, me traen loca.

—¡Te he oído! ¡Guarra tú! —gritó Effie desde el otro lado de la habitación.

—Pues te está bien empleado por lo que hiciste —contesté enfadada—. Los pillé haciendo cosas en un sitio prohibido, aquí, en el hotel —susurré a modo de confidencia— mientras estábamos cenando en el restaurante. ¡La muy guarra! Y cuando los pillé en el acto, tu querido hijo no hacía más que reírse. Tan típico de Cato, no hay nada que se tome en serio.

Me crucé de brazos y puse cara de enfurruñada —la misma que ponía de pequeña, cuando me enfadaba con mi hermano mayor— cuando oí una sonora carcajada detrás de mí. Cato había estado escuchando todo el rato, como el viejo cotilla que era, sin decir nada. Me giré en redondo sobre mis tacones y le pegué una patada en la espinilla. I regret nothing.

—Cato Everdeen, ¡eres lo puto peor! Si no te quisiese tanto, maldito, ibas a ver lo que mis puños son capaces de hacer. Te lo advierto. Nada de jueguecitos hoy.

—Vamos hermanita —dijo mientras se sobaba la espinilla—, no pienso hacer nada, te llevaré al altar y ya está, hoy es tu día, te lo prometo. Nada de cosas como las de anoche.

—¿Tienes los anillos? —le pregunté con el ceño fruncido. Él se limitó a palmearse el bolsillo del traje.

—Todo está preparado. Por cierto, estás muy guapa.

Cato me besó en la mejilla y me permití relajarme por primera vez en toda la mañana. Mi madre nos miró de arriba abajo, negando con la cabeza y diciendo algo sobre las juventudes de hoy en día. Yo me abracé brevemente a mi hermano, sintiéndome segura entre sus brazos, sabiendo que todo iría bien y que en ningún momento me abandonaría. Todo iba a ser perfecto. Me miré en el espejo y me encontré con la mirada de Cato, ambos sonreímos. Sí, mi hermano tenía razón, iba realmente guapa, y me moría de ganas de ver lo guapísimo que tenía que ir Peeta.

Un par de horas después se hizo oficial: todo estaba listo. Entre todos me ayudaron a enfundarme en mis perfectas medias, mi flamante y voluptuoso traje de novia, mis tacones y mi velo. Era una auténtica novia, como la de las revistas, pintada, peinada y arreglada. Lo último en llegar fue el ramo, fresco y recién hecho para que las flores no se marchitaran antes de tiempo. Finalmente, logramos subirnos todos a la limusina —blanca también, cómo no— y llegar a la iglesia sólo 15 minutos tarde. Empecé a hiperventilar nada más aparcar delante de la iglesia. De pronto el vestido me apretaba, los zapatos me dolían, el peinado se me antojaba demasiado y el maquillaje me quedaba horrendo. ¿Y si no gustaba a Peeta? ¿Cómo demonios iba a aguantarme toda la vida? ¡Si era insoportable! Me pasaba el día quejándome de todo, nunca quería fregar los platos, dejaba la ropa sucia desperdigada por ahí y no la llevaba al cesto, vivía prácticamente a base de comida china y luego obligaba a Peeta a pagarla… era lo peor, definitivamente.

—Katniss, ¿va todo bien? Te has puesto más blanca que tu vestido —me preguntó Glimmer mientras se comía una chocolatina. Puse los ojos en blanco e intenté hacer algún comentario ingenioso, pero nada me salió.

—Sí, todo va bien, estoy un poco nerviosa, eso es todo.

—Oh vamos, todo está perfecto Kat, no tienes que preocuparte de nada. ¡Lo he organizado yo! Solo falta la novia en el altar, así que no hagamos esperar más a Peeta, ¿quieres?

—Vale Effie, gracias por tan alentadoras palabras —contesté casi sin aliento— solo dame un momento, ¿quieres? Quiero… quiero estar segura, quiero saber que esto está bien. Que esto saldrá bien.

No sé de dónde carajo salieron aquellos nervios tan inoportunos, pero desde luego me estaban jodiendo el gran momento. Intenté respirar hondo, aunque era un poco complicado con aquel vestido tan apretado. Agarré con fuerza el asiento de la limusina rezando por no ponerme a vomitar en aquel preciso momento y cerré los ojos. "Katniss, Peeta te quiere. Te ama, desde siempre. Desde antes de que tú te dieras cuenta. Esto saldrá bien. Tiene que salir bien. Me aguanta todos los días, aunque deje pelos en el lavabo, ropa sucia en el suelo, tazas de café por todos lados. Y yo también le aguanto a él, ¡faltaría más! Es un desastre con sus pinturas, lo deja todo por en medio, lápices, pinceles, lienzos. Y aún así… quiero seguir despertando a su lado todos los días de mi vida. Sí, Kat. Puedes hacer esto. Te apuesto cinco pavos a que saldrá bien. Saldrá bien. Recuerda quién eres. Recuerda que eres su chica misteriosa."

Así que después de mi monólogo interno abrí los ojos y salí del coche, decidida a caminar hasta el altar. Sin saber realmente a dónde iba, ni mirar a la gente que me rodeaba, cogí el brazo de mi hermano y me adentré en aquella iglesia. Fue un camino muy corto —aunque en realidad, apenas lo recuerdo— porque antes de que pudiese darme cuenta, estaba en el altar, al lado de Peeta. Decir que iba guapo era quedarse muy, muy corto. Nunca lo había visto tan deslumbrante, tan feliz, sonriente, y sin duda alguna, apuesto. Nos limitamos a mirarnos, visiblemente nerviosos, mientras la ceremonia seguía adelante.

Logré que la voz no me temblase cuando pronuncié mis votos, pero no pude evitar que mis manos bailasen a su gusto cuando tuve que ponerle el anillo a Peeta. Aquello parecía una misión imposible, el maldito anillo no entraba de ninguna manera. Peeta ahogó una risita que solamente el pastor y yo escuchamos, y pese a que estuve tentada de darle un pisotón, acabé riendo yo también. Era el día de mi boda, por el amor de dios, fuera el estrés y los nervios.

Para ser totalmente sincera, recuerdo poco de toda la ceremonia. ¡Estaba tan nerviosa! Más que las palabras del pastor, recuerdo la mirada de Peeta, cómo acariciaba mi mano con la suya, cómo me susurró al oído que estaba preciosa y me hizo sonrojar hasta la raíz del pelo, las ganas que sentí de que fuese por fin mi marido. Ya era hora de dejar a un lado nuestra historia adolescente y empezar a vivir nuestra vida real, nuestra vida adulta. Sin misterios.

—¿Eres feliz? —me preguntó Peeta una vez estuvimos sentados en la limusina que nos llevaba de vuelta al hotel, casados por fin. Apenas habíamos tenido tiempo de hablar desde la noche anterior, y dudaba mucho que tuviésemos tiempo una vez llegásemos al banquete. Iba a ser un día muy largo, con mucha familia, fotos, y demás. Realmente estaba esperando que llegase a su fin, aunque por otra parte no quería que terminase.

—Sí, lo soy. Mucho —sonreí sincera—. Gracias por dejarme ser tu esposa.

—No, gracias a ti Kat —Peeta se acercó a mí y pegó su frente con la mía y me cogió las manos—, por… por todo. No tengo palabras. Simplemente gracias por querer estar conmigo el resto de nuestras vidas. O al menos hasta que pidas el divorcio.

Me reí por su comentario y le di un golpe en el brazo. Hacía menos de una hora que estábamos casados y ya decía la palabra prohibida. Sí, ese era mi Peeta, sin duda.

—Entonces, ¿planeas aguantarme mucho tiempo? —me preguntó con cara divertida. Sabía que estaba bromeando, pero también sabía que iba en serio, que quería saber si estábamos bien, si aquello era de verdad. Detrás de aquella sonrisa traviesa veía cómo sus ojos azules brillaban por la emoción, casi a punto de llorar. Me acerqué y lo besé suavemente en los labios.

—Bastante tiempo, sí. Tanto como quieras aguantarme tú —contesté. Peeta me miró a los ojos con semblante bastante serio y se acercó a mí para volverme a besar, esta vez con más intensidad, más profundamente, y con mucho más sentimiento. Quise arrancarle el traje allí mismo y follármelo de una vez por todas, pero me contuve. Más que nada porque el conductor estaba allí, nuestra limusina no tenía cristal chachi aisla-todo. Eso sí, se me mojaron las bragas que dio gusto.

—Para siempre —me susurró en el oído cuando, una eternidad más tarde, el beso se terminó.

Me abaniqué con la mano y me toqué las mejillas con los dedos, estaban ardiendo. Una cosa estaba clara: la pasión que Peeta y yo teníamos no había decaído nada en absoluto en los años que llevábamos de relación, y esperaba que no lo hiciese nunca. Para muestra, un botón. Con una sola mirada me derretía por completo y me hacía perder la cabeza. Sí, cada vez tenía más ganas de que el día acabase y encerrarme con mi ya marido en nuestra suite.

El día fue realmente fantástico. No solo nos juntamos toda la familia, también nos reencontramos con multitud de amigos a los que hacía siglos que no veíamos. La vieja pandilla unida de nuevo, en esta ocasión para celebrar mi boda.

—Felicidades chicos —dijo Marvel abrazándonos a los dos desde sus alturas—, ya era hora de que entraseis en el club de los casados. Parece mentira, somos unos putos viejos… ¿Cuándo fue que acabamos la universidad y nos convertimos en el tipo de gente que se casa?

—Y tiene hijos —dije señalando a Glimmer con la cabeza. Estaba sentada en una mesa, con aspecto de estar agotada, acariciando su enorme barriga. Marvel la miró y esbozó una media sonrisa.

—Lo sé, quién lo iba a decir. En fin chicos, lo dicho, en serio, me alegro mucho por vosotros. Espero que sigáis así de felices mucho más tiempo. Y no os olvidéis de nosotros ahora que estáis casados, ¿eh? Que lo del domingo que viene sigue en pie.

—Tranquilo Marv, que no nos olvidamos. Nuestra vida será igual que siempre —dijo Peeta besándome la punta de la nariz—, solo que ahora por fin Katniss será mía para siempre.

Marvel y yo nos miramos y compartimos una mirada cómplice, yo me encogí de hombros y simplemente sonreí. Seguíamos siendo los mismos niños que una vez nos conocimos en la universidad, en versión más o menos adulta.

Después de Marvel vino mucha más gente a felicitarnos. Pese a que habían estado conmigo toda la mañana, Effie y Cato no pudieron faltar, estuvimos hablando con ellos cerca de 20 minutos, recordando historietas y recabando consejos para tener un matrimonio estable y con futuro. Sin duda ellos sabían bastante de eso. Nadie —o al menos yo, he de reconocerlo— hubiese esperado jamás que alguien como mi hermano lograse comprometerse tanto a algo o a alguien, pero lo había hecho. No solo seguía con Effie a lo largo de los años, si no que estaban mejor que nunca. Cato había ganado una pareja, y el resto habíamos ganado a una amiga genial. Era muy feliz con ellos.

—¿Iréis ahora a por el bebé? —me preguntó mi amiga dándome un toquecito en la tripa. Yo me sonrojé un poco—. Uh, ¡eso es que sí! ¡Voy a ser tía! No me lo creo, cariño, puede que en un año seamos tíos, ¿no es emocionante?

Mi hermano me miró con cara de "¿es en serio?" y yo sonreí. Ya me dolía la cara de tanto hacerlo, pero era el único gesto que me salía. Finnick y Annie también estuvieron hablando un rato con nosotros, dándonos la enhorabuena y, cómo no, hablando sobre nuestros proyectos del futuro. A ellos les iba muy bien, pero eso ya lo sabíamos. Estaban hechos el uno para el otro. El día que esa pareja se rompiese perdería toda mi fe en el amor.

Muchos otros amigos —de la facultad, del trabajo, o simplemente los que habíamos forjado a lo largo de los años— vinieron a nuestra boda y hablaron con nosotros. La pila de regalos llegaba casi hasta el techo y seguían llegando, Peeta tenía los bolsillos de su traje llenos de sobres con dinero y yo ya estaba mareada de tanto bailar con los invitados.

Apenas comí nada, tenía un nudo en el estómago que me impedía saborear los deliciosos platos que se sirvieron en mi propia boda, pero de lo que sí que me comí un buen cacho fue de tarta nupcial. Después de todo el rollo de la espada, cortarla juntos, bla bla bla, nos servimos dos trozos y nos fuimos a una mesa que estaba vacía y retirada a comerla.

—Que sepas que esto no es mi postre —dijo Peeta llevándose el tenedor a la boca.

—¿Ah no? ¿Y cuál tienes planeado que sea?

Formulé la pregunta con total inocencia, sin entender el significado subyacente de su afirmación, hasta que mis ojos se cruzaron con los suyos. Había tanta intensidad en su mirada que casi escupo la tarta.

—Ahora ya sabes cuál será mi verdadero postre. La verdad, estoy deseando despedirme de toda esta gente y desaparecer tras las puertas de nuestra habitación, desnudarte y hacerte el amor hasta caer rendido, que después me lo hagas tú, y dormir 12 horas seguidas abrazado a tu cuerpo.

—Creo que me apunto a ese plan tuyo.

Recosté mi cabeza en su hombro y me relajé un poco, cosa que no era muy sencilla. La música estaba muy alta, la gente gritaba, baila, iba borracha y hacía todas las típicas cosas que se hacen en una boda. Podía ver cómo Marvel ya llevaba su corbata en la cabeza y encabezaba una conga —con Glimmer justo destrás suya, ya sin tacones y con el pelo como El Rey León—, cómo unos amigos del trabajo de Peeta se lo estaban montando disimuladamente detrás de un biombio que había, y cómo una chica, que no tenía ni idea de quién era, vomitaba en una cubitera.

Creí que por fin podríamos irnos a la cama hasta que Annie me arrastró al centro de la pista de baile y me sentó en una silla. Si quería bailar, lo tendríamos mal, porque me dolían los pies un huevo y porque sentada no iba a poder hacer mucho. Me levantó la falda del vestido hasta mitad del muslo y gritó para todos:

—¡Es hora de que el novio le quite la liga a la novia!

Casi me muero de vergüenza. Conocía esa parte del "ritual", por llamarlo de alguna manera, en la que el novio le quita con los dientes a la novia la dichosa liga de color rojo, pero no esperaba tener que hacerla. No me avergonzaba el hecho en sí de hacerlo, era por toda la gente que me estaba mirando, y lo que era peor, lo estaba disfrutando. Morbosos de mierda, se les salían los ojos de las órbitas viendo mis piernas casi desnudas, manchadas por aquel pequeño trozo de tela roja. Por un segundo esperé y recé para que Peeta se negase. Cuando vi su cara supe no solo que no iba a negarse, si no que lo iba a hacer encantado. Quise morirme. Se acercó a mí y me dio un casto beso en los labios, entonces bajó a mis muslos.

—¡Sin manos! —gritó alguien.

Peeta se llevó las manos a la espalda y bajó su boca hasta mi muslo. Yo creí que sería fácil, cosa de unos segundos, coger la tela con los dientes, bajar, y listo. Pero no. Cuando noté los labios de Peeta sobre mi piel ahogué un jadeo que quiso escapar de mis labios y miré a todos para ver si se habían dado cuenta. Todo iba bien. Mi marido empezó a dar pequeños mordiscos —en parte para coger la liga, en parte para hacerme sufrir, su cara lo decía— pero no lograba acertar. Estuve tentada de ayudarlo, de cogerla yo misma y quitármela, pero lo que estaba haciendo era tan jodidamente erótico que no quería que parase nunca. De hecho estaba pensando en pedirle que luego me quitase las medias con los dientes también. Unos cuantos minutos después logró enganchar la dichosa liga entre sus dientes y la bajó hasta el suelo, haciendo que todo el mundo aplaudiese y vitorease como nunca. Yo miré a Peeta y me mordí el labio con fuerza, apretando mis muslos y deseando largarme de allí.

Aún tardamos una hora más, el reloj marcaba las 4:22 de la madrugada —casi temprano para tratarse de una boda— pero finalmente nos subimos en el ascensor camino de la última planta. Tal y como marca la tradición, Peeta me levantó en vilo, yo metí la llave magnética en la puerta, y entramos en nuestra preciosa suite. La habitación era preciosa, pero lo que más me gustó fueron los dos detalles que vi primero: el jacuzzi y la cesta de fruta y comida que había sobre la mesa del salón. Porque sí, la habitación tenía salón, con su sofá y televisión, y después un enorme dormitorio con una cama preciosa de color blanco inmaculado, un tocador y un armario. Todo era simplemente perfecto.

—Ya sé que te lo he preguntado antes —empezó Peeta dejándome suavemente sobre la cama—, pero ¿eres feliz? Feliz del todo, me refiero. En cada aspecto de tu vida… ¿eres totalmente feliz?

—Sí, Peeta —me puse de rodillas en la cama, tirando los tacones a un lado—. Soy muy feliz. Aquí, contigo, casada, en casa, donde quiera que estemos, como quiera que estemos… soy feliz. Y quiero seguir siendo feliz siempre.

—Y pensar que si no llega a ser por el idiota de tu hermano nunca te hubiese dicho nada… —Peeta juntó su frente con la mía y yo acorté la distancia que nos separaba para besarlo.

—Aquello fue hace mucho tiempo —sí, sabía que todo era gracias a Cato, pero me daba rabia pensarlo porque sentía que le debía algo. Y odiaba deberle nada a mi hermano, algo tan importante.

—Me sigue pareciendo que fue ayer, aquella noche, aquella fiesta, aquella declaración, no lo olvidaré nunca. Te sigo queriendo igual.

Aquellas palabras me hicieron estremecer y volví a besarlo con más intensidad. No hablamos más, no dijimos nada más —con algún sentido al menos— y nos limitamos a besarnos y sobarnos por encima de la ropa durante un buen rato. Descargamos toda la pasión y tensión que habíamos acumulado durante todo el día, nos desnudamos el uno al otro con rudeza, con prisa, con ansia. Debería ser un momento bonito… eh, espera, estaba siendo un momento bonito, un momento nuestro, que reflejaba exactamente cómo éramos nosotros y cómo éramos entre nosotros.

Me tragué entera la polla de Peeta sin miramientos mientras él acariciaba mi clítoris con la lengua. Oh, dios bendiga el 69, en serio. Tuve que parar en un par de ocasiones —porque creo que hasta que no lo experimentas, no te das cuenta de lo mucho que cuesta chupar una polla y correrte a la vez—, para poder correrme a gusto, y después seguí, con el coño hinchado y palpitando, hasta que Peeta se corrió en mi garganta y yo me lo tragué todo. Después de eso, hicimos el amor, lento, pausado, ya calmados por fin, amándonos y dándonos todo el amor que éramos capaces de dar al otro. Como debía ser. Como fue.

En resumen, fue un gran día.


Hola a todos. En primer lugar, tengo una noticia importante que dar. Es un poco triste, pero he tenido que tomar esta decisión: este será, por ahora, el último capítulo de 'Después de la Chica Misteriosa'. Ahora mismo no tengo tiempo, ni inspiración, ni ganas para seguir con la historia, así que le vamos a dar al pause por un tiempo. Me gustaría, una vez acabe alguna otra de las historias que tengo, seguir con esta de manera continuada, sin One-shots, que se convierta en una historia más. Pero ya veremos. Por ahora lo siento, pero va a seguir cerrada.

Después de este notición, os pregunto, ¿os ha gustado? ¿Ha estado a la altura de vuestras expectativas? No es fácil relatar una boda, y menos cuando yo apenas he vivido unas pocas, pero espero haber captado ese espíritu que tienen y espero haberlo transmitido bien.

Poco más me queda por decir, ya sabéis, si os ha molao, dejadme un review, y no os enfadéis conmigo porque 1) no os valdrá de nada, seguiré cerrando la historia y 2) me sentiré muy mal, y no quiero hacerlo. Quiero sentirme bien y tener tiempo para mí y todo eso.

Reviews:

Torposoplo12: Respira Laura respiiiiiiiiiiiiiiira! Sé que me ibas a matar, lo sé, lo veía venir xD Y sí, están casados, están locos, follan por ahí en hoteles y se ríen de ello, son maravillosos. Bueno, no de "son los maravillosos" que ya sabemos quienes son pero me entiendes xD Espero que no tengas que esperar mucho para LCM porque aún me queda pa terminar el siguiente capi pero prometo que intentaré que sea rápido. Te amo. Ah, y espero que te haga gustao el capi xD

Charlotte8800: Gracias, otro abrazo para ti :)

soderita: Jajajajaja están locos! Gracias por pasarte!

Lali weasly: Ya tienes la segunda parte, perdón por tardar!

MarianUchiha: Guau, gracias por todo :D Sé que tardo mucho u.u pero es que tengo mil cosas en la cabeza y llevo cuatro historias a la vez y uff se me hace complicado, pero aquí está :D espero que te guste mucho, esta parte está más centrada en la boda y eso pero a mi me gusta igual :) Un beso!

SlendyH: Gracias!

lgandara93: ¡¿You here?! No me lo creo. Peeta para ti, ya lo sabes, yo quiero a Jack/Marv. Te hamo.


Hasta más ver

Marv