Sombras
—¿Zuko? —Katara se asomó por la puerta, después de tocar suavemente. Zuko levantó la cabeza del papel en el que había estado escribiendo hasta entonces. Esperó a que ella hablara—. Creo que Sokka y yo nos vamos. Queremos volver al Polo Sur por un tiempo, para ayudar en la reconstrucción de nuestro hogar.
Zuko suspiro imperceptiblemente, sin mirarla; Katara no lo notó en absoluto. Él se puso en pie y se acerco a la chica, que seguía parada en el umbral de la puerta de aquella habitación, sin hacer nada.
—Sabía que este movimiento llegaría —dijo, con un tono un tanto nostálgico que, sin embargo, jamás le llegó a los ojos—, todos nos vamos a empezar a dispersar por el mundo. Aunque las cosas recién han empezado a ponerse bien.
—Las guerras sólo generan más peleas —dijo Katara—, sólo dejan destrucción a su paso y desgracia… hay heridas, hay muertos, hay personas que una medianoche desaparecieron sin dejar ningún rastro. —Bajó la vista—. Y hay sombras. Te dejan sombras en tu corazón.
Nunca olvides quien eres…
Zuko la miró con comprensión, pero Katara no vio esa mirada y, entonces, con un falso tono afable, que indicaba el fin de la conversación, le dijo que la acompañaría hasta donde la esperaban. No le dijo lo que pensaba en realidad, pero él también tenía su propia sombra personal.
No podía dormir. Había dado ya mis vueltas en la cama y no conseguía conciliar el sueño. Estaba incomodo en aquella cama, y no había ninguna razón aparente para eso. Llevaba días meditando muchas cosas, y una de ellas esa su madre. Si aún estaba viva, deseaba encontrarla. Y por otra parte… había vuelto a quedarse sólo. Su tío estaba en Ban Sing Se, y los demás habían partido aquella mañana. Él no podía, ahora era el Señor del Fuego. Aunque le habría encantado acompañarlos.
Pero era sólo el insomnio lo que lo comía por dentro. Estaba empezando a pensar que eran mejores las pesadillas, que el insomnio, lleno de sombras que no tenían forma. Y esa voz en su cerebro, la voz de su madre, que cada vez recordaba con mayor frecuencia.
No olvides quien eres…
Algunas veces intentaba descifrar que le había intentado decir aquella noche, la que desapareció de su vida. Pero por alguna razón, estaba seguro de que la buscaría, así fuera en el fin del mundo. Tenía que estar viva aún, escondida en alguna parte del reino Tierra.
Se dio otra vuelta en la cama, sin poder dormir. El insomnio lo estaba matando por dentro. Finalmente se sentó en la cama, incapaz de seguir allí acostado por más tiempo, sin poder dormir. Necesitaba hacer algo, para encontrar a su madre o para cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Debía de hacer algo.
No olvides quien eres…
Aquella noche ella no podía dormir. Se quedo acostada, mirando las estrellas, porque no quería que nadie le preguntara por qué no podía dormir. En realidad no lo sabía. No tenía ninguna razón para quedarse despierta toda la noche, pues suponía que con lo cansada que estaba, caería dormida en cuanto tocara un lugar acogedor donde poderse dormir.
La noche estaba estrellada y luminosa, a pesar de que aún faltaba para la luna llena. Tal vez demasiado luminosa para que sólo hubiera estrellas. Suspiró levemente, dándose la vuelta, hasta quedar de costado. Estaba extraña y sabía que había una razón para que estuviera así.
El paisaje parecía lleno de sombras y recuerdos sin sentido alguno. El paisaje parecía recordarle cada momento de su vida, hasta llegar al presente. Suspiró de nuevo, notando como se movía la hierba enfrente de sus ojos. Aquel momento estaba lleno de sombras que esperaba borrar.
Las guerras siempre dejaban sombras. Las guerras siempre traían desgracia y muerte a su paso. Y las guerras jamás solucionaban nada. Aquella sólo había terminado y lo que venía era la calma después de la tempestad. Una calma llena de muerte y de sombras, pero también un poco de esperanza.
Y estaba allí, sin saber que estaba compartiendo aquel insomnio con alguien más.
