Insomnio
—Aún tienes algo que contestarme —le dijo Zuko a su padre con una mirada fría—. ¿Dónde está mi madre?
Estaba dispuesto a buscarla, así fuera en el fin del mundo.
—¿Cuándo llegaremos a Ban Sing Se? —preguntó Sokka, cansado. Hacía mucho que no se quejaba de las distancias. Katara no le respondió, y Aang, concentrado en el rumbo, tampoco le dijo nada. Y le pregunta se quedo sin respuesta. Katara apenas la oyó, mientras navegaba en el fondo de sus pensamientos.
—Pronto, seguro —respondió Toph a la pregunta de Sokka—. Nos tendremos que separar allí —dijo la chica, haciendo que todos le prestasen atención por un momento—, ustedes piensan ir al Polo Sur, y allí me sentiría verdaderamente ciega. No hay tierra con la que yo pueda ver. Y quiero intentar volver con mis padres…
—Si así lo decides —dijo Aang—, entiendo que no haya nada de atractivo para ti en el Polo.
Era de noche. De nuevo. Era una de esas interminables noches de insomnio, en las que sólo se podían mirar las estrellas. Katara suspiró, detestaba no poder dormir en días como esos, cuando estaba tan cansada, pero el insomnio, una y otra vez la acosaba desde hacía tiempo. Aang, Sokka —en especial este— y Toph dormían profundamente tumbados sobre la hierba.
Katara, con un suspiro de hastío se puso en pie para alejarse de allí, para caminar un poco e intentar despejarse. Se internó entre los árboles, sintiendo la hierba bajo sus pies descalzos. Un par de ruidos se oyeron en la noche, pero ella no se inmutó; en otro tiempo, se habría alejado, pero después de tanto tiempo en tensión, le apetecía relajarse. Sin embargo, se topó con una sombra en el bosque.
—¿Katara? —musitó una voz que ella bien conocía.
—Eres tú —dijo ella—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en el Reino Fuego? —Se prendió un fuego ante ella, que le permitió ver el rostro de Zuko.
—Debería —dijo él, evadiéndose—. No sabía que estaban acampando cerca de aquí. —Se sentó en la hierba y Katara lo imitó—. ¿Qué haces despierta a estas horas? —preguntó.
—Yo podría preguntarte exactamente lo mismo —dijo ella, sin responder.
—No podía dormir —respondió Zuko, con sencillez—. Desde hace días que me pasa. Simplemente el sueño se niega a llegar. Y contando lo de…—se calló abruptamente, para después corregirse—. Bueno, en total llevo una semana de mal sueño —concluyó, dando el tema por zanjado.
—¿Contando lo de…? —preguntó Katara, convencida de que había algo que Zuko se negaba a decirle—. ¿Contando lo de qué?
—Nada, nada.
—Sé que ibas a decir algo.
—La verdad es que no quise decir nada.
—Zuko…
—¡Lo de las pesadillas! —explotó él, haciendo que la llama que los alumbraba creciera abruptamente. Katara se quedó callada al oír eso.
—¿Pesadillas? ¿Qué tipo de pesadillas?
Zuko desvió la mirada. No le apetecía hablar de eso. Ahora simplemente solía oír la voz de su madre en sueños. Muchas de las veces la voz de Ursa le pedía ayuda desde un lugar lejano. Y él sólo veía sombras que le cortaban el camino abruptamente. Como si algo se interpusiera entre él y su madre. Katara notó su indisposición para hablar del tema y se acercó hasta él, rodeando el fuego.
—Debí haber curado esa cicatriz cuando tuve ocasión —murmuró ella, aproximándose hasta él—, en Ban Sing Se.
—No tiene sentido pensar en eso —murmuró él—, allí cometí el peor error de mi vida. —Zuko bajó la cabeza y dejó que el cabello ocultara su rostro.
—¿Qué tipo de pesadillas tienes? —preguntó Katara, cambiando de tema.
—Sueño con mi madre… con su voz —respondió él tras un instante de vacilación—. Siempre es diferente. Y no es que tenga miedo… sino que, me confunden demasiado los sueños.
—Ya —musitó Karata.
—Nunca te di las gracias por salvarme de Azula —suspiró él. Le dirigió una mirada intensa a Katara—. De no ser por ti yo no estaría en este momento aquí. —Bajó la vista de nuevo—. No sé como agradecerte eso.
—No tienes porque agradecerme nada —dijo ella, rodeándolo con brazos. Él la estrechó y Katara pudo comprender que había un miedo dentro de él difícil de comprender, que ni él mismo aceptaba que existía. Por eso se mostraba reacio a hablar de todo aquello.
Fue en apenas un segundo que sus labios se rozaron. También ese momento duró un segundo; pero ambos fueron capaces de sentir la sensación tan turbadora que los había envuelto. Por un momento los brazos de Zuko parecieron no querer soltarla. Fue sólo un momento en que los labios de ambos se rozaron… pero bastó para ambos.
—Lo mejor es que vuelvas —dijo él, volteando la mirada. Pero Katara vio que aún sonreía. Cuando ella se alejó, aún tenía una sonrisa boba en su cara.
