Sumary: Ella se sentía sola, desprotegida y abandonada en aquella jaula de cristal, apenas sobreviviendo entre las memorias de su pasado. Él cargaba un pasado oscuro y tenebroso lleno de enemigos... era un ser destructivo dispuesto a manchar lo más puro, angelical y hermoso que hayan visto sus ojos, jugando con la más pecaminosa traición. B/E
Capítulo beteado por Carla Liñán [MaeCllnWay], Beta FFAD
www facebook com / groups / betasffaddiction
Shadows on the Road.
By
MarieElizabethCS
Frío y Calor.
Charlie se cruzó de brazos y me miró de manera inquisitiva, sin murmurar ni una sola palabra. Sus ojos penetrantes simularon gozar de algún tipo de poder mental, porque no dejó de mirarme. Era como si intentara sacarme la verdad a través del pensamiento. Me enfureció que se pusiera en esa actitud prepotente, cuando lo único que yo deseaba era encerrarme en mi habitación, ponerle seguro a la puerta y esconderme entre las cobijas. ¿No entendía lo afectada que me encontraba? Sin embargo, no cambió de posición mientras me estudiaba, a pesar de la mueca de irritación en mi rostro.
En ese plan de 'todo poderoso', no pude evitar compáralo con el personaje de Vito Corleone, el de la película de "El Padrino". Con el bigote negro bien perfilado y los rasgos angulares en completa tensión, el parecido era demasiado impresionante para pasarlo por alto. No obstante, no estaba de ánimo para hacerle saber mi pequeño desvarío. Por mucho que quisiera ataviar la conversación hacía otro sentido, no era prudente de mi parte romper el silencio con semejante delusorio producido por mis crecientes nervios, y la turbia tensión diseminada en el ambiente.
Acomodé mis brazos, imitando la postura de Charlie, colocando mis manos estratégicamente sobre el nudo de mi bata con disimulo y sin apartar mis ojos de los suyos. Desde que habíamos ingresado a su estudio, un par de minutos atrás, Charlie en ningún momento dejó de cuestionarme con la mirada sobre lo sucedido, esperando intimidarme sin éxito alguno. Puse los ojos en blanco, airando un poco la patente furia escondida tras los rasgos tensionados de mi padre.
Después de gruñirle a Edward unos cuantos improperios, tratarlo como basura y amenazarlo a punta de gritos que le destrozaría hasta el último hueso sano de su cuerpo, Charlie me arrastró a volandas fuera de mi cuarto hasta su estudio. No tenía fuerzas para enfrentarlo. ¿Qué más podía hacer? No quería verle la cara a Edward, así que en vez de soltarle algún insulto de los míos y criticar la brusca manera de llevarme, se lo agradecí. Cerró las puertas detrás nosotros de una patada. Esperé a que me dijera algo… pero eso no sucedió.
Lo miré ir y venir, moviéndose incómodamente en el espacio como un tigre recién capturado, sumido en un estado pasivo-agresivo y a punto de estallar en llamas ante cualquier estímulo. Prácticamente me estaba ignorando.
Pero yo no estaba mejor que él. Con la cabeza embotada, apenas y le presté atención a sus movimientos. Me senté en el sillón y dejé ir mis pensamientos por otros caminos, alejados lo más posible de lo ocurrido. Charlie dejó de gastar la alfombra en algún momento y se había sentado al otro lado del escritorio, mirándome en busca de respuestas.
—Ya basta de rodeos, Bella. En este mismo instante, me vas a decir qué fue lo que pasó entre Edward y tú —me amenazó con voz forzada, mientras las venas en su frente se acentuaban, al igual que las de cuello. No cabía duda que Charlie estaba a un pelo de perder la paciencia sino le aclaraba la horrible escena en la que me acababa de pillar.
—No quiero hablar sobre eso —dije, sin parpadear. Charlie hizo un sonido de impaciencia, provocando una oleada de temor en mi cuerpo, pero no me dejé amedrantar por su cara enrojecida.
—Bella… no me hagas perder más la paciencia. ¡Dime ya qué carajos fue lo que te hizo Edward! —elevó la voz de manera contundente, sin importarle en lo absoluto mi negativa—. No voy a permitir que ese… inepto agravie el nombre de nuestra familia. Te juro que si se pasó de la raya, no voy dudar ni un segundo en mandarlo a la puta cárcel. ¡¿Me escuchaste?!
Charlie se puso en pie como un remolino titánico, dejándome asombrada y clavada en la silla. Me impresionó el hecho de que se tomara en serio lo que me sucedía, al menos por una vez en su vida. No era común en él. Aunque en realidad, lo que más le preocupaba, era el nombre de la familia y la buena apariencia que se mataba por mantener. Por primera vez, sentí que le importaba algo.
Mentiría si dijera que no me agradó la idea de sentirme apoyada por Charlie. Él era mi padre, a pesar de todo, y su aprecio era algo con lo que había soñado cuando era una niña. Sin embargo, ahora esas pretensiones ya no cuadraban dentro de mi vida. Le agradecía el haberme auxiliado antes, pues no sabía qué hubiese sucedido de no haber llegado justo en ese instante, pero sabía que algo se tramaba tras su quisquillosa indagación de los hechos. Muchas veces, Charlie hablaba solo por hablar.
Fue hasta el pequeño bar que estaba en el rincón, en busca de un trago que lo calmara. Abrió la vitrina, sacó una botella de Vodka y un pequeño vaso de cristal, se sirvió un buen tajo de la misma y, sin demorarse mucho, la empujó por su garganta.
—Quiero saber qué hace Edward Cullen en mi casa —le pregunté, finalmente, utilizando un tono bajo y calmado, aunque por dentro, la marea de dolor se materializó al solo decir su nombre. Aún me era irreal pensar que el niño cariñoso y soñador que había conocido en mi infancia hubiese perpetrado en contra mía con semejante ataque. Me obligué a mirar la espalda de mi padre mientras me ponía en pie. Ya era bastante absurdo que me estuviese interrogando sobre la brutalidad enajenada de Edward, cuando él tampoco me proporcionaba las respuestas que necesitaba.
En primer lugar… ¿Qué hacía Edward aquí?
Charlie se giró, sosteniendo entre sus manos la botella de aquel líquido amargo y potente. Sus ojos centellaron con alerta por una fracción de segundo, pero que luego se convirtió en calma bien fingida.
—No cambies el tema, Bella, lo que realmente importa aquí es que me digas qué fue lo que sucedió. Si te hizo algo, necesito que me lo digas ahora.
Su tono amenazador me sacó de casillas. Caminé hasta quedar a menos de un metro de él y lo miré fríamente, fijando mi hostilidad en su rostro. Charlie se sirvió otro trago, escapando de mis ojos por unos segundos, hasta que se lo zampó en la garganta.
—Sabes perfectamente que me agredió. Tú mismo lo viste y escuchaste. Edward pensaba que era alguna clase de mujerzuela enviada para quién sabe qué cosa. Así que no me vengas con que necesitas de mi confirmación, porque sabes a la perfección que ese imbécil me atacó pensando que era una extraña —gruñí, viendo con placer la desfiguración paulatina de su rostro—. De haber tenido la mínima intención de llamar a la policía o enviarlo a la cárcel, como tanto te jactas de chillar, lo habrías hecho en el mismo instante en que entraste a mi recámara. Así que mejor guárdate tus amenazas para algún idiota que se las crea.
Di media vuelta, me encaminé hasta el escritorio y descolgué la bocina del teléfono para llamar a la policía, dispuesta a denunciarlo. Si Charlie no lo iba a hacer, no me quedaría de brazos cruzados como él.
— ¿Qué vas a hacer? —preguntó con alarma.
— ¿Qué te parece que voy hacer? Voy a llamar a la policía —marqué el número de emergencia, deseando que la operadora contestara enseguida. No quería ver otra vez a Edward Cullen. Se me ponía la piel de gallina de solo recordar que se encontraba a unos pasos de distancia, afuera del recinto.
—Buenas noches…
—No puedes hacerlo —Charlie me arrebató la bocina y colgó ruidosamente la llamada. Lo miré con los ojos bien abiertos, sorprendida que me hubiese despojado del aparato—. Nadie puede enterarse que Edward Cullen se encuentra en el pueblo. Sería demasiado peligroso.
— ¿Por qué te importa tanto que se enteren? ¡Por Dios, Papá! Él se merece ir a la cárcel por lo que me hizo —Charlie me lanzó una mirada cansada, hundiendo la cabeza en sus hombros, como si le pesaran mis palabras—. ¿Por qué demonios te empeñas en colocar cualquier excusa antes que a mí? ¡¿Por qué nunca puedo ser prioridad en tu vida?!
Charlie intentó sujetar mi brazo, pero no se lo permití. El corazón me latió desbocado por la furia y la indignación por ser siempre la maldita piedra en su camino. Siempre había considerado que no necesitaba de su aceptación, ni mucho menos de su protección. Con los años, había logrado prescindir de ellos, tachando de mi vida cualquier sentimiento de pérdida o abandono que me hiciera menos fuerte.
Era más fácil vivir obviando el hecho de ser menos preciada por él único familiar que tenía con vida, en lugar de perderme en la oscuridad tratando de averiguar la razón de ello.
Entonces, ¿por qué me afectaba tanto que antepusiera a Edward, de entre todas las personas, por encima de mí?
—Bella, por favor, no digas esas cosas. Sé que no te he dado razones para que me creas, pero para mí tú eres lo más importante…
Lo miré como si hubiese lanzado una bomba hilarante llena de eufemismo. No tenía idea que Charlie fuese tan cínico. Sonreí forzosamente, a pesar de mi malestar.
—Tienes toda la razón, Charlie. Tú nunca me has dado una sola razón para creerte. Al contrario, siempre te has esmerado en derrochar tu desprecio sobre todo lo que he hecho en la vida —me lanzó una mirada herida, antes de dejar la botella costosa en el escritorio—. Eres un hipócrita y, en lo que a mi concierna, el peor padre que alguien puede tener. Incluso ahora, cuando necesito que me apoyes, simplemente me das la espalda para cubrir el error de Edward. ¡De Edward Cullen!
Charlie pasó sus manos con desespero por la cara, suspiró resignado y cerró los ojos por un momento. No negó ninguna acusación que le lancé, lo cual me hizo hundirme más en la furia.
—Nadie puede saber que Edward se encuentra en el pueblo —repitió, a pesar de mi mirada desafiante—. Verás… Edward se encuentra amenazado de muerte, ¿entiendes? Todos los Cullen están bajo la mira de un mafioso italiano llamado Aro Volturi —pensé que se trataba de una tonta excusa teatral, pero al ver su rostro compungido, esperé a que continuara—. Si su nombre llega a los oídos equivocados o si lo denunciamos, sabrán dónde se encuentra de inmediato.
El silencio se plantó tan profundo entre nosotros como un puto rascacielos. Lentamente, todo empezó a caer en su lugar, como un juego de rompecabezas: la discusión que tuvimos sobre ayudarlos, el hermetismo de Charlie, su llegada precipitada y la forma desagradable en la que me embaucó ayer en la mañana. ¿Era eso lo que me había querido decir?
—Tú me dijiste que se trataba de problemas económicos. ¡No mencionaste nada sobre amenazas de muerte! —de haber sabido eso, quizás lo hubiese escuchado con más atención. Charlie levantó ambas cejas al escuchar mi reacción.
—Tú no me lo permitiste. Hiciste un berrinche monumental, ¿recuerdas? Te fuiste de la casa antes de que pudiera explicarte todo —bramó, con un reproche mal disfrazado—. Edward ya venía de camino a casa, su avión estaba por aterrizar en Seattle. No quería que te encontraras con él en la casa sin que supieras lo que pasaba.
Mi sonrisa se estiró hipócritamente.
— ¡Y vaya que me lo encontré! —dije con saña, haciendo referencia a lo que había sucedido. A Charlie se le llenó el rostro de culpabilidad.
—No pensé nunca que él reaccionaría de esa forma. Debes entender que se encuentra a la defensiva por todo lo que ha sucedido.
¿Me estaba diciendo que debía poner sus razones por sobre las mías? Comprendía el nefasto error que había cometido Edward. Pero, ¿solo por eso debía dejar correr todo sin que fuese castigado? Claramente, Edward iba a salir libre de toda culpa y, para colmo, tendría que aguantar su presencia por un tiempo indefinido. La situación era irrisoria, incómoda e irritante. Y, sobre todo, surrealista. ¿Quién diría que volvería a ver a Edward Cullen de nuevo, después de ocho años y en medio de este contexto dramático?
— ¿Cuánto tiempo va a quedarse? —pregunté sin rodeos.
—No lo sé. He cortado comunicación con Carlisle hace cinco días, con el fin de no levantar sospechas. Esme y él se encuentran en alguna parte de Alaska, mientras que Alice y Emmett se encuentran repartidos por Europa. No sé su ubicación exacta y tampoco debo saberlo, por seguridad. Lo que sí es de mi conocimiento es que dentro de algunas semanas, Alice y Emmett se reunirán aquí con Edward.
Rodeé los ojos. Por supuesto que todo podía empeorar. ¿Acaso la vida no me lo había enseñado? No solo tendré que soportar la infortunada presencia de Edward, sino también la de sus hermanos.
—Genial, Charlie —dije con sorna, caminado hacía la puerta.
—Espero que sepas disculpar a Edward por lo sucedido —me pidió con cautela, hablando tácitamente en su nombre. Sentí una punzada de traición. ¿Dónde había dejado su furia anterior?
—Claro, Charlie. Intentaré ser la mejor anfitriona posible —Charlie captó mi cinismo entre líneas, pues me miró desconfiado.
—Bella…
—No te preocupes, Charlie. Olvidaré lo que me hizo ese idiota... supongo —dije, dejando en el aire mi hipocresía.
Salí del estudio, dejando a Charlie algo consternado por mis intenciones. Le era tan fácil perder la cabeza cuando lo empujaba un poco sobre sus límites, que me agradó dejarle en claro que no olvidaría la forma rápida como diluyó el asunto, sin mucho esfuerzo.
En el pasillo, el frío era más notorio. Eran casi las cinco de la mañana, por lo que la temperatura era más baja antes del amanecer.
El corazón dio un tumbo exagerado en mi pecho al ver a la persona oculta en la semi oscuridad. Fue como un sórdido déjà vu. La piel se me erizó tanto por recordar lo que había sucedido, como por la mirada verde que centellaba en mi dirección. Edward estaba recostado contra la pared opuesta al estudio, los brazos los mantenía cruzados distendidamente sobre su pecho y la mirada la mantenía fija en los míos... calculando.
No había notado antes la ropa informal que traía puesta, obviamente. Estando a oscuras y muerta de miedo, eso no había sido algo que me importara en ese momento. Sin embargo, ahora que lo tenía de frente, me fue imposible no detallar los vaqueros que abrazaban sus poderosas piernas con recelo, la camiseta gris amoldada a su trabajado torso y los zapatos deportivos a juego. Bajo la luz tenue que nos rodeaba, Edward no lucía tan intimidante como lo percibí anteriormente. Al contrario, conesa vestimenta, parecía más bien un adolescente cualquiera que alguna persona siniestra o agresiva. Podía pasar por un chico bueno a simple vista, capaz de engañar a todos. Obviando su atractivo, Edward podría pasar por un chico normal.
Entrecerré los ojos. Él podía engañar a todos, pero no a mí.
Tomé una bocanada de aire y caminé en su dirección. De inmediato, capté el leve movimiento de sus ojos, recorriendo cada porción de mi cuerpo con perspicacia y deteniéndose más tiempo del requerido sobre mis piernas desnudas. La intensidad en su mirada me hizo tensar y un leve cosquilleó surcó por mi abdomen, descolocándome por un segundo. Con la carga masculina de su mirada, me sorprendió que aún pudiese respirar y moverme sin paralizarme bajo su escrutinio.
¿Por qué me sentía tan sofocada?
Después de repasar mis piernas descubiertas, nuestras miradas se encontraron de nuevo. Parpadeé, sacándome sus ojos presuntuosos de la cabeza. No había que ser un genio para descifrar la sensualidad presente en esos pozos verdes.
¿Cómo se atrevía? ¿No sentía vergüenza acaso? ¿Era tan descarado que no le importaba en lo absoluto mirarme de aquella forma… intensa, después de que todo lo sucedido? Alcé una ceja, entre irritada y media sorprendida de su desfachatez. Era el colmo que no se guardara sus bajas costumbres para sí mismo.
—No te quiero cerca de mí. No deseo que me mires, ni que me hables. Puede que Charlie se olvide que lo sucedió fácilmente, pero yo no soy ninguna idiota lambiscona como él —ladeé el rostro, sin dejar de lanzarle punzadas con los ojos. Edward frunció el ceño, pero no me pareció imperativo detenerme—. Si dependiera de mí, hace rato que estuvieses lejos de mi casa.
La rabia, ira e indignación que tenía por lo que me había hecho explotó sin querer a través de mis palabras.
Apenas había cerrado la boca, cuando Edward dejó de apoyarse en la pared, acercándose unos centímetros más a mí. Me sentí orgullosa al no retroceder ni un milímetro, a pesar de su altura atemorizante y de su cuerpo sardónicamente precioso.
—Me parece perfecto. No quiero juntarme con un niña mimada, quien además es una pueblerina —sonrió, mostrándome sus dientes blancos y bien alineados, con intención cínica—. No tengo ninguna intención de recordar viejos tiempos, ni de congraciarme contigo por lo que pasó. Me encuentro aquí en contra de mi voluntad, pero de no ser así, créeme que jamás hubiese pisado esta casa llena de arpías traidoras.
Contuve el aliento, sin poder dar crédito a sus palabras mal intencionadas. Niña mimada… pueblerina… viejos tiempos… arpías traidoras… ¡Dios bendito! Pero, ¿qué clase de bestia sanguinaria habían criado Esme y Carlisle? Por un momento, quise llorar desconsolada al ver la cruda imagen del hombre frente a mis narices. La mandíbula varonil y fuerte, que antes me había llamado la atención, ahora la tenía excesivamente apretada. Y sus ojos… el odio que habitaba allí posiblemente rayaba con la mayor de las repugnancias. Un puño cerrado impactó en mi corazón fisurado al percatarme que mi Edward, aquel que tanto había querido y conocido, ya no existía. Había sido reemplazado por este bruto insensible y despojado de memorias, lleno de odios extraños a los que no le encontré sentido.
Bajé la mirada ante un momento de debilidad, recogiendo en mi interior cada pieza de mi corazón roto. El corazón roto de aquella niña infeliz que esperó con ansias el regreso de su preciado Edward.
Lo tienes frente a ti, querida… ya no debes esperar más. Eso es todo lo que hay.
Me dolió infinitamente tener que dejarlo ir. Tragué pesado antes de levantar nuevamente la mirada. Edward me observaba sin perderme de vista, mirándome fijo como un halcón, estudiando mis reacciones. No quería que atestiguara la muerte de la niña dentro de mí, no después de lo que dijo. Cuidadosamente, coloqué un velo de indiferencia en mi rostro, cubriéndome de sus ataques profundos. Sus ojos todavía mantenían la misma agresividad, sin embargo, su rostro se encontraba menos rígido ahora.
—Lo que tú digas, Edward. Me importa en lo más mínimo tu opinión. Simplemente, mantente fuera de mi vista y de mis asuntos, porque yo no voy a tener la misma paciencia que Charlie tuvo esta noche.
Sonreí, poniendo los ojos en blanco de manera incipiente, antes de girarme para irme. La voz de Edward me detuvo.
—Lamento haberte confundido con una de las putas de Aro —avanzó hasta mi posición y se detuvo justo detrás de mí, provocando que un nido inesperado de mariposas me tomara por sorpresa en el estómago. ¿Por qué me sentía tan ligera? Cerré los ojos con fuerza, descompuesta por la cercanía que traspasaba su calor a mi piel sin siquiera tocarme—. Pero, si no vistieras como una, tal vez hubiese previsto quién eras realmente.
Tomó una gran respiración sobre mi cabello, haciéndome temblar. Por instinto, mis manos sujetaron el nudo de mi bata.
¿Así que, según él, tenía aspecto de una mujerzuela de la calle?
—Idiota —susurré entre dientes, con un nudo tenso en la garganta.
Me encaminé, lejos de él y de la extraña sujeción que había lanzado sobre mi cuerpo. Cuando di vuelta en la esquina, escuché a lo lejos una suave risa burlesca que provenía de mi indeseable invitado.
..::..
Desperté con un terrible dolor en la espalda, punzante y reiterado, que no me dejó dormir enteramente como habría deseado, sobre todo después de tan extenuante noche. Me estiré suavemente y abrí los ojos, irritados por el desvelo. De seguro, ya se me habían formado las horripilantes bolsas moradas que tanto despreciaba bajo los ojos, pues sentía que me hacían ver vieja.
Los pobres y tenues rayos del sol atravesaban las puertas de vidrio, desapareciendo antes de poder rozar la alfombra. De inmediato, recordé cada detalle de la noche anterior: el desconocido, el miedo, el dolor, la indignación… todo me sobrevino, provocándome un peso adicional sobre los hombros.
Edward…
Una extraña combinación de miedo, ansiedad, ira e indignación me golpeó con tan solo nombrarlo en mis pensamientos. Nunca me imaginé que pudiese asociarlo a esos sentimientos, sobre todo cuando me había entristecido profundamente con su partida. Jamás hubiese pasado por mi mente que algún día iba a sentir miedo de él, de sus palabras hirientes y la frialdad postrada en sus ojos verdes. Aquellos ojos que antes solo me provocaban seguridad, paz y ternura, recordé con pesar. ¿Dónde había quedado el Edward que conocía? ¿Qué le había sucedido?
Mi Edward… el que adoraba, que me hacía suspirar entre recuerdos sombreados con su partida y que tenía incrustado en lo más inocente del corazón, jamás hubiese actuado como el desconocido de ayer. Ese no era Edward, al menos no el que recordaba. Me negaba a creer que mi niño dulce se hubiese convertido en ese ser despiadado, cruel y cínico.
¿Se puede cambiar del Cielo a la Tierra? Aparentemente, sí.
Sacudí la cabeza. Eso no debería importarme… es más, no me importa en lo absoluto, determiné en mi interior. Y con eso en mente, me dirigí al baño para tomar una extensa y bien merecida ducha caliente, dejando fuera todo lo demás.
Bajé las escaleras media hora después, olvidando por un momento que no estaba sola en casa. Suspiré y dejé correr una maldición. Ahora no solo huía de Charlie. Lamentablemente, anoche se había sumado un invitado más despreciable que mi propio padre. Uno que, aunque no reconociera, era más temible y brutal. Los cardenales en mis brazos lo corroboraban.
Estiré las mangas de mi blusa antes de entrar a la deshabitada cocina. No quería que se me notaran las horribles marcas en la piel que me había dejado Edward, cuando me inmovilizó contra mi cama. Un temblor me atravesó de solo rememorar y nuevamente me sentí vulnerable, a pesar de saber que se trató de un error. Pero, ¿quién me aseguraba que no volvería hacerlo?
Tal vez vuelva a perder la razón. Tal vez pueda enfurecerse de nuevo. Y lo peor era que yo estaría indefensa, sin contar con Charlie, en mi propia casa.
Dejé de pensar en ello. No estaba bien que me dejara amedrentar. Respiré profundamente. Me repetí por varios minutos que no volvería a suceder, hasta que conseguí sentirme mejor.
Era domingo, así que Sue tenía el día libre para pasarlo en su propia casa. La extrañaba mucho, sobre todo cuando no venía a pasar el día conmigo y Betty. Las tres siempre nos las arreglábamos para pasar un buen rato frente a la televisión o en el parque, para aprovechar el escaso sol de Forks. Casi siempre nos acompañaba Riley, aunque me costaba un poco sacarlo temprano de la cama, gruñendo sobre la paz de su cama, pero nunca fallaba en reunirse conmigo.
Me preparé un emparedado y agarré un poco de jugo de naranja del refrigerador. La comida me supo a gloria, pues tenía el estómago vacío desde ayer, así que cualquier clase de comida fue más que bienvenida en mi sistema. Cuando acabé con mi desayuno, dejé el plato sobre la encimera. No tenía ganas de quedarme en casa y tener que soportar a ese par. No iban a terminar de joder mi fin de semana. Mañana tenía clases y me negaba desviar el curso de mi vida por el alcahueta de mi padre y su malvado invitado.
Bajé de la butaca, decidida a irme de paseo con Riley a Port Angeles. Hacía tiempo que no íbamos y de seguro a mi mejor amigo le encantaría la idea de abandonar el salvaje verde del pueblo.
En la puerta de la cocina, me quedé estática, sin poder seguir. Ahí, abarcando casi todo el espacio, se encontraba Edward, con los brazos entrecruzados. Un escalofrío me azotó en las piernas, aflojando la tensión de mis músculos y rodillas, y dejándome en riesgo de caerme. Me miró de arriba hacia abajo, escociéndome la piel justo donde posaba su mirada. Tragué pesado, confundida por la mirada que me dirigía. ¿Por qué tenía que mirarme de esa manera tan… carnal? Después de todo, él me odiaba. Me dijo claramente que era una pueblerina y una arpía… no debería mirarme de esa forma.
Me sonrojé violentamente sin poderlo evitar. Me golpeé internamente por la reacción insensata de mi cuerpo y me arrepentí de haberme puesto estos pantalones demasiado ajustados.
¿Qué carajos me estaba sucediendo?
Lo miré detenidamente, moviendo nerviosamente mi pie derecho contra la baldosa, viéndome imposibilitada de decir o hacer algo al respecto. ¿Qué le podía decir sin quedar en ridículo? Porque seguramente, si le reclamaba algo, me lo devolvería venenosamente.
Hey, Edward, ¿será que puedes dejar de mirarme como un león hambriento? Gracias.
Obviamente no.
Sus ojos atraparon los míos y, lentamente, fui testigo del cambio abrupto en su postura: elevó su barbilla con superioridad y sus hombros se cuadraron, enderezándole la columna. Pareció transformarse en un ser diferente y más amenazador. De inmediato, me puse en guardia, sopesando la posibilidad de empujarlo y salir corriendo como alma acosada por el diablo.
— ¿Necesitas decirme algo? —inquirí con sorna, ocupando el papel de indiferencia. Entorné los ojos con frialdad. Necesitaba tener el control de la situación pero, si él seguía mirándome de esa forma, no estaba segura de poder ocultar mi miedo.
Apartó sus ojos esmeraldas de mis caderas y apretó los labios en una línea recta y mordaz, denotando la molestia que le produjo mi pregunta.
—Ahora que lo dices, sí —se adelantó unos pasos, quedando a escasos metros, y retrocedí disimuladamente—. ¿Conoces alguna chica… ya sabes, hermosa y sexy, con la que pueda pasar el rato? No llevo ni veinticuatro horas en este pueblo y me estoy muriendo del aburrimiento. No hay nada interesante en este lugar… ¿no es así, Isabella?
Prácticamente escupió mi nombre con asco. Parpadeé, sin apartar la mirada, por mucho que lo quisiera.
— ¿Quieres que te consiga una chica? —chillé, perdiendo los estribos.
¿Acaso tenía cara de casamentera? Entrecerré los ojos. ¡Maldito hombre del infierno! ¿Cómo se atrevía a pedirme semejante desfachatez?
Edward sonrió, disfrutando de mi ira.
—Sería muy amable de tu parte que me presentaras a alguna —se acercó temiblemente a mi cuerpo y mordí mi labio, nerviosa. Su aliento rozaba en mi sien y sus ojos no dejaron de taladrarme—. Aunque, preferiría una rubia, de ojos azules y cuerpo bien desarrollado, si no es demasiada molestia.
Abrí totalmente los ojos, sin pasar por alto la irónica comparación que hizo mientras me observaba. Él deseaba a una chica totalmente opuesta a mí. Me enorgullecía de mis pechos, pequeños y redondeados, pero su acotación me hizo sentir un poco insegura. Sentí que una punzada se instalaba en mi pecho, sin motivo alguno.
Debía admitir que Edward sabía muy bien cómo herir. No obstante, nunca le demostraría el dolor que me produjo su comentario. En su lugar, sonreí mínimamente, sorprendiéndolo, a juzgar por sus cejas alzadas.
— ¡Oh, claro! ¡Quieres a una bimbo! Una rubia hueca y hermosa… ¡¿cómo no lo adiviné antes?! Es obvio que son tu tipo —sonreí con hipocresía, mirándolo de detenidamente—. De esas hay muchas en la escuela. Lamentablemente, yo no me junto con esas descerebradas… —añadí, como si me embargara la pena. Edward me miró ceñudo y abrió los labios, pero no lo dejé hablar—. Siento no poder serte de ayuda, pero creo que tú puedes arreglártelas solo. Puedes ir al centro comercial, si lo deseas. Las animadoras siempre se la pasan de compras —me encogí de hombros, dando por finalizada la conversación, moviéndome para salir de la semi cárcel que había creado entre su cuerpo y la encimera.
—Tomaré tu palabra —respondió entusiasmado, poco antes de que atravesara la salida de la cocina. Apreté las manos, enfurecida—. Creo que me divertiré demasiado en este pueblo, después de todo —giré la cabeza, solo para verlo sonreír arrogantemente. Él podía hacer lo que se le diera la gana. Me daba igual.
Subí la escaleras de dos en dos, resonando mis pasos bajo la madera. Había dejado el teléfono en mi habitación y deseaba llamar a Riley cuanto antes. Necesitaba irme. No soportaba la mala vibra que Edward me producía. Ni siquiera tenía que esforzarse demasiado para sacarme de quicio, y eso era lo más lamentable de todo.
Para mi mala suerte, Charlie me vio antes de poder cerrar la puerta con llave.
—Tenemos que hablar sobre Edward —anunció, entrando detrás de mí. Rodeé los ojos y me encogí de hombros, restándole importancia. No me apetecía hablar de Edward, pues sentía que la rabia aún recorría mi cuerpo por el mero hecho de discutir sobre ese… Neanderthal calenturiento.
—Ahora no, Charlie, voy a salir con Riley —si es que puedo comunicarme con él—. Después hablamos.
Le mentí. No tenía ni una sola intención de hablar con él sobre nada, mucho menos del individuo ese.
Tomé mi chaqueta gris del clóset. Hacía un poco de sol, pero el frío era el mismo de todos los días.
—Es importante, Bella. No vuelvas a hacer lo mismo que ayer —me sostuvo del brazo, con tal fuerza que grité de inmediato por el dolor.
Charlie se apartó, pero no lo suficientemente rápido. Sus dedos me habían agarrado donde tenía los cardenales que me había hecho Edward, provocando que una corriente de ardor inmenso me atravesara y que los ojos se me aguaran un poco. Mi reacción fue tan sorpresiva para mí como para Charlie. No me imaginaba lo mucho dolía hasta que me tocó.
—Lo siento, Bella, no sabía que…
—Sí lo sabías, Charlie —dije encolerizada, sosteniendo mi brazo contra mi pecho—, pero igual no te ha importado en lo más mínimo que Edward me haya hecho daño.
Abrió la boca, pero se arrepintió en el último momento. No podía debatir algo que él mismo había propiciado.
—Olvídalo —murmuré, al ver que se había quedado callado.
Salí de mi habitación con la cabeza agachada, aun sosteniendo mi brazo contra mí, pues todavía me dolía. Era increíble la forma en que Charlie se hacía de la vista gorda, ignorando cualquier situación inconveniente dentro de sus planes de ayudar a los Cullen.
Suspiré. Debería estar acostumbrada a su forma de ser. Después de todo, llevaba toda una vida de lo mismo, incluso desde antes de la muerte de mi madre. Todo el tiempo pasando por alto mis necesidades…
Alcé la mirada, encontrándome con dos pozos verdes y neutros. De alguna extraña manera, me inquietó el hecho no encontrar ira en ellos. En todas las ocasiones en las que nuestros ojos se encontraban, Edward me observaba con frialdad o con ardor, pero en ninguna de ellas así, tan pasivo. No estaba de ganas para otra conversación de las suyas. Me sentía un poco quebrada por él, por Charlie y toda la estúpida situación que nos enlazaba.
—Edward, le debes una disculpa a Bella —exigió Charlie.
¿Disculparse? No bufé, simplemente porque sería desgastarme más. Una disculpa sería lo último que podría esperar de él. Miré a Edward por un breve instante. Su rostro no cambió en lo absoluto. Era como si no sintiera nada, con expresión taciturna y extrañamente relajada.
Volví mi vista a Charlie, después de un momento. Parecía abominable, con la cara arrugada de la exasperación. No obstante, ninguno de los dos dijo nada más. Bajé de nuevo la vista y seguí caminando, escaleras abajo. Edward ni se inmutó, como lo esperé. Le importaba un comino lo que me había hecho.
Marqué el número de Riley, esperando a que contestara. Después de dos intentos, en los que no me contestó, decidí que iría de paseo sola. No me importaba salir con el frío que hacía. Para mí era refrescante inspirar el aire puro de la naturaleza, aunque me congelara.
El resto del día se me pasó relativamente en calma. Solo me preocupó el hecho de que Riley no hubiese contestado el teléfono. Le había dejado por lo menos diez mensajes de texto, preguntándole si todo estaba bien o si había sucedido algo en su casa… pero por más que esperé, no me respondió.
Regresé a casa alrededor de las siete de la noche, después de la solitaria caminata por el bosque aledaño a mi casa. Aclaró un poco mi cabeza; entre los árboles y las hojas secas que encontré a mi paso, deduje que no debía afectarme lo sucedido con Edward ni sus insinuaciones, como tampoco el desprecio de Charlie hacía mi seguridad. Nada ganaba con mortificarme, a excepción de estrés y una vida miserable, así que lo dejaría correr.
Había llegado a la contundente conclusión: ninguno de los dos importaba realmente. Fue como ver la luz al final del camino. Charlie siempre había sido una persona ajena a mi vida, sin preocuparse por mi bienestar, ni por compartir su vida conmigo. En cuanto a Edward… él no era nadie. Tan simple como eso. Puede que me haya afectado su cambio en un principio, pero ahora lo podía ver objetivamente sin los recuerdos de antaño de por medio. Edward era un desconocido, del que solo sabía su nombre. Habían pasado ocho años, después de todo, y eso era demasiado tiempo.
Mi Edward había desaparecido… e iba a tener que aceptarlo.
Ascendí por las escaleras, pasando de largo por el recibidor y la sala de estar. No quise mirar otra cosa que no fueran los escalones de madera cubiertos por la gruesa alfombra.
— ¿Se puede saber dónde te encontrabas y por qué llegas a esta hora? No ves que ya es entrada la noche. No deberías caminar sola por allí, es peligroso —Charlie me reprendió desde el tope de las escaleras, con voz contenida. Cerré los ojos por un instante, aferrándome a la paz que había conseguido, y subí los tres escalones que me faltaban. ¿Quién podía entenderlo? Deja que me agredan en mi propia casa, pero le asusta el peligro de la noche—. ¿Riley te trajo?
—No.
—Entonces estabas sola —sentenció, con mal humor.
Bufé, finalmente enfrentándolo con la mirada.
—Sí, estaba sola. Siempre ha sido de ese modo, así que no sé por qué te molestas ahora —dije cansinamente—. ¿Acabaste el interrogatorio? Me quiero ir a dormir.
—No hemos terminado, Bella. Tenemos una conversación pendiente —gruñó, dando media vuelta. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Seguirlo? ¿Me creía su secretaria o su asistente? Alcé una ceja en su dirección, aún estática en mi lugar. ¿Eso era una orden?—. Edward ya nos está esperando en el estudio.
Caminé detrás de él, siguiendo sus pasos y mascullando bajo mi aliento, sin saber exactamente por qué. Lo seguí por pura curiosidad, más que otra cosa.
Al entrar en el estudio, mis ojos enseguida se incrustaron en el muchacho sentado en una de las sillas de cuero. Edward miraba el retrato que estaba detrás del escritorio. Era una hermosa imagen de mi madre, que cubría gran parte de la pared. Tenía puesto un vestido crema que le llegaba hasta las rodillas, y sobre su cabeza tenía un sombrero de paja, sujeto a su cuello con un lazo suelto que la protegía del sol. En su rostro, una delicada sonrisa iluminaba sus facciones hermosas, mientras regaba algunas rosas blancas que estaban sembradas en el antejardín. La jardinería había sido su pasión más arraigada.
Suspiré al recordar aquellos días. Cuando todo era tan… colorido.
—Toma asiento para que podamos empezar —la voz de Charlie me hizo apartar la mirada del cuadro. Me había hundido sin querer en mis pensamientos. Charlie me miró con impaciencia, lo cual me hizo obedecer a su orden.
Miré de reojo a Edward, quien no dejaba de mirar atentamente al cuadro. Su ceño se encontraba fruncido. ¿Qué le pasaba? Dejé de observarlo y me regañé internamente por darle tanta importancia a lo que hacía.
—Como ya te he explicado antes, Bella, los Cullen se encuentran en una situación muy grave —Charlie se aclaró la garganta, viendo a Edward. Él apartó la mirada del cuadro, como si saliera de alguna clase de ensoñación, y posó sus ojos penetrantes en mi padre—. Absolutamente nadie puede enterarse que Edward se encuentra aquí. Se convertiría en un blanco fácil.
Edward lo interrumpió.
—No pienso quedarme encerrado todo el día. De por sí no hay nada qué hacer en este pueblo perdido, como para que también tenga que quedarme confinado dentro de estas paredes —hizo un berrinche y apretó los puños con rabia.
Rodeé los ojos y me recargué contra la silla. Era obvio que el encierro sería demasiado para un niño mimado y citadino como él.
—En ningún momento he dicho eso, Edward —Charlie graznó, tomando un sobre de manila que no había notado antes en el escritorio—. Para asegurarnos de que no puedan encontrarte, me he tomado el trabajo de contactar a un viejo amigo mío para que nos ayudara.
Charlie le tendió el sobre. Edward lo vio con duda y sus ojos viajaron de Charlie al sobre en varias ocasiones, antes de cogerlo por fin.
—Esto es…
Charlie suspiró.
—Así es. Son tus nuevos documentos: partida de nacimiento, certificado de bautizo, credencial de identidad, pase de conducción... todo bajo el nombre de Anthony Swan. Ese será tu nuevo nombre de ahora en adelante, por lo menos hasta que todo este lío se resuelva —terminó, con un deje de inquietud.
Edward tomó los papeles y los revisó uno a uno. Lo observé poner muecas de sorpresa cada que analizaba los diferentes papeles.
—No me gusta ese nombre —fue todo lo que dijo, después de un tenso silencio.
—Es tu segundo nombre —se me salió sin querer. Volteó a verme, con incredulidad, antes de negar lentamente.
—Pero nunca me ha gustado —Lo sé, quise decirle, pero me contuve. Siempre lo repetía cuando éramos niños. Se quejaba y pataleaba cada vez que alguien lo llamaba por su nombre completo.
Giré mi cabeza para ver a Charlie. Por su mirada interrogante, supe que no se perdió nada de nuestro intercambio. Me sentí extraña. Era la primera vez que me hablaba sin ánimos de discutir.
—Entonces, eso quiere decir que tengo un nuevo familiar —dije irónicamente, sintiendo todavía los ojos de Edward sobre mí. Retorcí mis manos, entrelazándolas y soltándolas repetidamente. Su intensidad me tenía un poco mareada.
—Más exactamente, un primo lejano. Uno que no conocíamos. Será la excusa perfecta para acallar preguntas inconvenientes.
Asentí, aprendiendo la nueva información. De soslayo, vi que Edward aún permanecía en la misma posición, con sus ojos anclados agudamente sobre mi cara. Tragué pesado y me esforcé por ocultarle mis crecientes nervios. Charlie siguió hablando, pero estaba más que segura que Edward tampoco lo escuchó.
—Como Edward terminó la escuela el año pasado, no habrá inconvenientes de clases ni nada por el estilo.
Miré raudamente a mi padre, sin poder creerlo. ¡¿Edward había terminado antes que yo?! ¡Pero si teníamos la misma edad! ¡Era una blasfemia!
—Adelanté clases desde casa —me respondió, con voz aterciopelada, suave y tintineante. Se encogió de hombros, sonriendo de medio lado.
¡Jodida mierda!
Algo no identificado bajó por mis bragas, el corazón se me desbocó y el aliento se me atoró abruptamente en alguna parte de la tráquea. Temblaba irremediablemente. Su atractivo rostro, repentinamente se convirtió en un desfajo de masculinidad. Pero su sonrisa… ¡Dios! ¡Su sonrisa! Fue una explosión de energía sexual, una que me impactó como un camión de cien mil toneladas, atropellándome sin compasión. Me sonrojé furiosamente, mirándolo sin parpadear.
¿Explotó una bomba a mi lado, acaso?
En algún momento, después de varios segundos cubiertos por su energía envolvente y abrazadora, conseguí correr mi cabello del hombro y ocultarme tras él.
La voz de Charlie resonó en la habitación, pero no fui consciente de sus palabras. Aún me sentía presa en una cárcel de un calor desconocido, rodeada de unos ojos verde bosque que me incitaban y me asfixiaban, empujando mis límites. Nunca había experimentado semejante sentimiento calando en mi interior. No podía respirar bien, prácticamente boqueaba por aire.
— ¡Tengo clases mañana! —grité, poniéndome de pie. Charlie me miró sorprendido y medio asustado, pero asintió levemente. Me sonrojé de nuevo, recobrando el rojo sangre que antes había inundado mis mejillas y cuello. ¡Debía parecer una loca, por el amor a Dios! Pero era la única manera de escapar de la potente mirada de Edward.
Evité sus ojos, aunque lo sentí estudiar milímetro a milímetro cada segmento de mi cuerpo, como evaluándome, pero no me fijé en su rostro.
—Bueno, uhm… ya he dicho lo más importante, así que puedes retirarte, si quieres.
No esperé a que dijera más, empujé la silla de cuero y salí disparada hacía la puerta.
—Recuerda lo que te dije. Para que sea más creíble, deben ser amables frente a los demás —apenas y lo miré—. No quiero rumores sobre peleas entre ustedes por el pueblo, ni chismes escandalosos que puedan llamar demasiado la atención. Ya de por sí será un inconveniente la llegada de un nuevo familiar, como para que le agreguemos más problemas.
Asentí una y otra vez, exasperada. ¡Quería irme ya! ¿No veía mi ansiedad?
—Buenas noches —susurré, bajando la mirada.
Me escurrí por la puerta, poniendo distancia entre la peligrosa mirada de Edward y mi cuerpo tembloroso. Con paso trémulo, me apresuré para llegar pronto a mi habitación.
¿Qué me había sucedido? ¿Qué era este calor… qué era esta contradicción? ¿Por qué sentí que el corazón me iba a estallar? Empuñé la tela que se hallaba sobre mi órgano bombeante.
¡Por Dios! Era el hombre que me había maltratado, juzgado y marcado con sus dedos… ¡Él no podía despertar eso en mí! ¡Carajo!
Había llegado a una conclusión absoluta: él no era nadie. No podía afectarme, no podía lastimarme y tampoco podía hacerme vibrar de esta manera. Punto.
—Isabella…
Salté de la impresión.
Volteé mi rostro. ¡Oh, no! Venía en mi dirección, con todo su metro ochenta, cuerpo de infarto, sonrisa ladina, avanzando fuertemente por el pasillo. Parecía un hombre de caza y al acecho, con su andar felino y seguridad en sí mismo.
¿Qué podía hacer? ¡Dios! ¿Por qué no me deja en paz?
— ¿Puedo ir contigo mañana a tu escuela? —los ojos se me abrieron de golpe. ¿Quería escoltarme a la escuela? Lo miré, sin entender, totalmente petrificada y sin palabras inteligentes para devolverle. ¿Por qué quería hacerlo? ¿En verdad deseaba mi compañía? Me sonrió enigmáticamente, acentuando la duda que me recorría entera—. Es que así podría resultarme más fácil… ya sabes, congeniar con una animadora… mucho más que si me presentara por mi cuenta ¿Entiendes?
Un balde de agua fría. Sí, eso fue lo que sentí. Como un duro golpe en el estómago. ¿Se estaba burlando de mí? Apreté los labios, escondiendo la rabia que me embargó. Este imbécil… ¿por quién me tomaba? Temblé un poco, pero esta vez por la ira.
¿Qué demonios pensabas, Bella? ¿Pensaste que quería pasar un rato contigo, pasarla bien mientras recordaban los viejos tiempos? ¡Eres una idiota! Está claro que él es un depredador, un mujeriego sin sentimientos que solo le importa follarse a cualquier mujer hueca y rubia. ¡Él no es tu jodido Edward! ¡Ese niño ya no existe! ¡Despierta!
Despojé mi rostro de cualquier tensión. Noté que mis músculos se aflojaron y poco a poco la tensión me abandonó el cuerpo. El velo de indiferencia hizo nuevamente su aparición, en el momento más preciso. Le devolví la mirada, sin expresión e impasible, pero a la vez con confianza. Le sonreí, estirando los labios sardónicamente.
—Por supuesto, Edward. Aunque no dudo de tus capacidades románticas, supongo que sería mucho mejor si te echo una mano, ¿no? —la sonrisa confianzuda se desvaneció de su rostro, transformándose en tenebrosa seriedad.
—Y no deberías dudar. Puedo tener a cualquier mujer que desee, cuando y como yo quiera —adelantó los dos pasos que nos separaban, marcando cada palabra. Su cercanía hizo tambalear mi confianza, sin embargo, me las arreglé para no exteriorizarlo—. Puedo hacerlo solo, ¿sabes? Solo basta con abrir la boca, susurrarle unas cuantas palabras y llenarla de halagos —se acercó más, tanto que mi espacio personal se entrelazó con el suyo, juntándonos y casi rozándonos. Tragué y me alarmé al sentir el ritmo alocado de mi corazón, golpeando mis costillas—. Le diría al oído que es la mujer más hermosa que he tenido el placer de conocer —su aliento bordeó mi oído, provocando un par de escalofríos—. Sería tan fácil… tan divertido y deleitoso, cogerla en la oscuridad de un callejón… embestir contra su suavidad… —ronroneó, suspirando sobre mi piel.
Apreté las piernas. Estaba encandilada. ¡Y solo por sus palabras! Sentía que mi ropa interior se humedecía y mis senos peleaban contra el sostén, completamente adoloridos.
Este hombre era peligroso… era malditamente amenazante.
Acarició superficialmente la piel de mi cuello con sus labios tentadores y casi grité de satisfacción.
—Sería tan bueno llevarla a mi cama. Amasar su piel caliente y joderla toda la noche hasta el amanecer —su voz se tornó más y más ronca a medida que sus labios me tocaban la piel, dando besos continuos.
¿Qué estaba sucediendo aquí? Gritó una vocecita muy lejana en mi cabeza.
—Lo que daría por tenerla una noche en mi cama.
Abrí los ojos, después de haberlos cerrados inconscientemente, y me aparté dolorosamente lejos de él, dando un paso hacia atrás.
Una noche…
Eso era lo único que le interesaba a un hombre como Edward. Entonces, ¿por qué me sentía tan decepcionada de repente? Quizás porque esperaba que algo más… algo diferente de él.
Sonreí con amargura. Edward deseaba a una mujer que no le importara ser el trapo de turno, tener relaciones y ser despachada antes de que el sol saliera. Y estaba jodidamente segura de que esa mujer no era yo.
No sé qué había pasado hace un momento, pero no estaba segura de quererlo averiguar. Mi mano tocó el lugar donde me había besado tiernamente, dejando besos suaves y cadenciosos como mariposas. ¿Cómo se las arreglaba para ser tan tierno y brutal a la vez?
—Es… está claro que no tendrás ningún problema. Puedes conseguir a la mujer que quieras sin mi ayuda —dije con voz plana, esperando a que dijera algo. Sin embargo, eso no sucedió—. Buenas noches.
Entré a mi habitación en dos zancadas, sin mirar atrás. Puse el seguro y me hundí en la cama, sintiendo un dolor tenue y pasivo comenzar a penetrar en mi pecho. Era como un veneno, profundizándose en mis tejidos, escociendo terriblemente y anudando algo en mi garganta. Me quedé dormida, intranquila y un poco más… infeliz.
Nota de autora:
Hola, aquí les dejo el nuevo capi, espero que lo hayan disfrutado, como yo lo hice al escribirlo. ¿Qué les pareció? Por fin conocimos algo más de este semidesconocido- frío- Bruto Edward... Mi pobre Bella esta un poco mareada por su culpa...
Gracias inmensas por sus comentarios, de verdad que son el aliciente más poderoso, Gracias por su apoyo :´).
A mi linda, querida Carla, muchas gracias ¡Te quedó genial!
Att:
MarieElizabethCs.
