Los personajes son de Stephenie Meyer. Solo la trama es de mi autoría.

Capítulo beteado por Carla Liñán [MaeCllnWay], Beta FFAD

www facebook com / groups / betasffaddiction


Después de todo, él no volverá

By MarieElizabethCS


— ¿Acampaste y no me invitaste?

Abrí los ojos y sonreí. Riley me observaba burlonamente de pie, desde su metro setenta y cinco, a un paso de donde me encontraba acostada. Mantenía una mueca divertida, como si quisiera disimular una sonrisa más evidente.

— Lo siento —me disculpé con una pequeña sonrisa, siguiéndole el juego. Me senté sobre el césped y le hice una seña para que me acompañara. Lo hizo enseguida, acomodándose a mi lado, se inclinó ligeramente sobre mí y plantó un dulce beso en mi sien.

— ¿Qué hacías aquí tan temprano? —preguntó enseguida, sin alejarse, dejando la broma atrás pero aún sonriente. Lo miré sin parpadear, pensando con cuidado lo siguiente que le diría.

¿Debería decirle? Pensé, mirando sus ojos azules expectantes.

Había salido de casa temprano, incluso antes de que dieran las seis de la mañana, para no tener que encontrarme con Edward. La verdad, lo había hecho por el temor a que cumpliera su palabra y se me pegara, viniendo conmigo a la escuela en plan de conquistador, y me pusiera en ridículo frente a todos. Además, no sabía exactamente por qué, pero me molestaba la idea de tenerlo nuevamente cerca.

Lo que daría por tenerla una noche en mi cama.

Oh, cierto… era por eso.

Asqueroso, pervertido, arrogante, caliente y sexy hijo de puta. Me hizo perder la cabeza por unos segundos con sus palabras sedosas, susurradas al oído… era un condenado manipulador. Me di cuenta más tarde: Edward Cullen era un maquinista de primera categoría. Uno al que debía de temer con todas las pulsaciones de mi corazón. No podía permitir que me envolviera de nuevo, ni tampoco darle alguna oportunidad de acecharme como había hecho ayer por la noche y parte del día.

Él no perdería otra oportunidad para saltarme al cuello.

De todas formas, eso no tenía importancia ahora. No era relevante justo ahora que el idiota de Edward me hiciera sentir tantas cosas. Ya encontraría algún momento para pensar sobre ello más adelante.

Borré al idiota de Cullen de mis pensamientos lo mejor que pude, enfocándome en Riley. Él sí que era una prioridad máxima en mi vida, y al que le debía más de lo que alguna vez podría retribuirle.

Había pasado toda la noche y parte de la mañana pensando si era correcto decirle o no a Riley lo que había sucedido en casa durante el fin de semana. Él era mi mejor amigo después de todo, mi confidente, al que nunca le había guardado secretos, pero ahora… simplemente no sabía qué hacer. ¿Lo expondría a algún peligro? Esa era la duda que me carcomía y por la cual no había podido dormir por más de dos horas continuas. Pensar que Riley pudiera ser lastimado por culpa mía o de Edward, me mataba. Pero cada vez que sopesaba la idea de no revelarle lo que tenía dentro me sentía aún más desolada, inquieta y llena de remordimientos.

Lo último que deseaba era interponer secretos entre nosotros.

Riley me observó sin perder detalle, haciendo que me tensara.

¿Desahogarme y vomitar todo, o mentirle y hacerle creer que nada había pasado?

Dejarlo fuera, y seguro, de mi drama familiar.

Los segundos transcurrieron. Abrí la boca, sabiendo que la veracidad de mis siguientes palabras no sería la misma que en otras de nuestras conversaciones. Hablé, sin dejar de sonreír.

—No quería encontrarme con Charlie, ya sabes cómo es de pesado.

Me mordí el labio, sabiendo que un gran hoyo se abismaría sobre nuestra amistad de ahora en adelante. Todo por culpa del maldito engendro que era Cullen.

Se irguió, enderezando su columna y sin apartar ni un segundo la mirada. Oh-oh, yo conocía demasiado bien esa mirada. Él estaba tratando de leerme a través de sus pestañas rubias, con sus ojos relampagueando con desconfianza.

— ¿Charlie te hizo algo? Es que... siento que hay algo más que no me estás diciendo —su mirada intensa y preocupada me ganó la batalla y me vi obligada a dejar de mirarlo por unos segundos.

— ¿Qué? Son solo imaginaciones tuyas. Charlie se ha comportado como… Charlie. Ignorándome y comportándose como el rey de la casa. Nada fuera de lo común —para hacer más realista la desastrosa mentira, rodeé los ojos con hastío, esperando a que me creyera.

Riley me miró por un momento, analizando mis palabras. Soltó una risita, mostrándome sus dientes en una hermosa sonrisa. El alivio sobrevino a mi cuerpo como una ventisca.

—Por un momento pensé que algo muy malo te había sucedido este fin de semana —con un brazo, me apretó contra su pecho, tomándome desprevenida. Mi mejilla se adhirió completamente en su camiseta gris, al nivel de su corazón. De inmediato, el color rosa se extendió por mi rostro como una reacción alérgica e incómoda que su cercanía siempre me producía—. Me he preocupado por nada, entonces. Así que Charlie sigue siendo el mismo imbécil de siempre —jocoso, me apretó más contra él, riendo como un niño de cinco años, lo cual me hizo hundir más en la culpa. Entrecerré los ojos, conteniendo mi lengua.

—El mismo idiota de siempre —dije en voz más baja, debo admitir, un poco trastornada por la cercanía de mi amigo. No era algo extraño entre nosotros, pero nunca me acostumbraría a sus arranques de cariño. Menos ahora, cuando le mentía descaradamente.

—Hola chicos —saludó Ángela, llegando y llevando consigo su maleta, con expresión cansada. Dibujó una linda sonrisa, mientras que sus ojos, semi ocultos tras sus lentes de pasta negra, brillaron con suspicacia al notar nuestro abrazo—. ¿Cómo les fue este fin de semana? —dejó caer su bolso con pesadez, frente a nosotros.

Le respondimos positivamente. Internamente, esperé que alguien allá arriba no se molestara demasiado con mis mentiras. Había sido un fin de semana de porquería, muy alejado del glorioso bien que le había respondido a mi amiga. Hablamos sobre lo que habíamos hecho en los días libres. Bueno, más bien ellos hablaron sobre lo que hicieron, mientras que yo los escuchaba atentamente, sin intervenir. Al parecer, Riley había tenido que acompañar a su madre a hacerse algunos chequeos médicos en el hospital Grace, en Seattle, durante todo el día, por lo que regresaron muy tarde en la noche. Habían pasado el día entre citas médicas, exámenes y consultas con especialistas. Riley pasó todo el tiempo con ella, escuchando lo que decían los doctores sobre la condición de su mamá.

Reprimí una mueca.

La señora Monique sufría de una enfermedad respiratoria crónica, consecuencia de tantos años de abuso del cigarrillo. Tenía citas de control, medicamentos por montones, inhaladores y en su cuarto tenía una bala de oxigeno enorme, por si le entraba alguna crisis. Riley se tomaba muy en serio la enfermedad de su madre y siempre estaba al pendiente de ella. Estaba de más preguntarle por qué no me había contestado las llamadas el día anterior.

Fuimos a clases poco después. A Jessica y a Mike no se les veía por ningún lado, lo cual fue extraño ya que ellos siempre llegaban temprano, incluso antes que nosotros.

Para la primera clase, la señora Leslie, la profesora de literatura, nos pidió redactar un resumen sobre la obra La Divina comedia, que previamente ya había dejado como lectura para la casa. Decir que me jacté escribiendo sobre Dante, los infiernos, los sub-círculos y el tan anhelado paraíso, fue quedarse cortos. Había leído esa novela hacía una semana y media y me había parecido muy creativa, consistente y llena de misticismo. Sin embargo, no fue del todo de mi gusto, aunque no por ello poco entretenida. Prefería las novelas románticas y un poco más… vivas.

Me demoré casi toda la hora escribiéndolo a detalle. Cuando le entregué a la profesora las dos hojas con mi resumen, ella me miró con la ceja alzada, algo sorprendida por la rapidez con la que había trabajado. Era una mujer de treinta y tantos años, pero era obvio que la profesión que había escogido la había hecho envejecer antes de tiempo; las marcas entre las cejas y la adusta manera de presionar los labios la hacía parecer una institutriz de cincuenta años y no una joven recién casada. No dejó de estudiarme, mientras vigilaba de reojo a los demás. Todos aún se encontraban de cabeza en su propio escrito. Me encogí de hombros y salí del aula para tomar la siguiente clase que me tocaba.

Las horas pasaron y en un abrir y cerrar de ojos ya era medio día. Hoy no me tocaban clases con ninguno de mi amigos; por el contrario, la única hora que podíamos compartir todos juntos era la hora del almuerzo. Riley me molestaba sobre haberlo abandonado en sus clases de relleno, pero eran materias que yo había tomado en el verano anterior para no tener que verlas durante todo el año escolar, pero principalmente para graduarme lo antes posible. Me molestaba el hecho de que

Edward hubiese terminado la escuela antes que yo, y eso era algo que no me perdonaría nunca. El solo recordarlo me hizo apretar las manos con fuerza, y salí del aula de matemáticas, sin dirigirle la mirada a nada ni nadie.

Los pasillos se encontraban atestados de estudiantes, la mayoría se dirigía a la cafetería, al igual que yo. Debido al tumulto de gente en mi camino, llegué unos minutos más tarde de lo habitual.

—Pensé que no habían venido a clases —dije, sorprendida de ver a Jessica y a Mike en nuestra mesa habitual. Puse la bandeja con comida sobre la mesa, mientras me sentaba. Riley llegó justo detrás de mí, cargando también una bandeja como la mía. Abrió los ojos con sorpresa, viendo de igual forma a nuestros amigos.

—Nos saltamos la primera hora porque no pudimos terminar el trabajo de ciencias. El señor Banner es muy estricto y no queríamos sacar una mala nota a estas alturas, así que vamos a entregarlo mañana temprano —respondió Mike, un tanto avergonzado, mientras que Jessica sonreía entre dientes. Algo se traían estos dos. No había duda que entre ellos existía algo más que amistad. Era evidente para todos nosotros con tan solo mirarlos interactuar. No dije nada, haciéndome la desentendida. Seguramente se les había hecho tarde por andar tonteando en algún lado.

—Sí, claro… —antes de que Riley soltara una frase sarcásticas de las suyas, le propiné un codazo para que callara—. ¡Auch! Pero, ¿qué...?

Le envié una mirada severa, haciendo que cerrara la boca.

Cuando el ambiente se distendió, luego de la escenita de miradas mordaces entre

Riley y yo, conversamos sobre cosas banales. Después de un rato largo, Ángela llegó acompañada de Ben, su novio. Ella también se sorprendió al ver a nuestros amigos allí, sentados como si nada. Los saludó, algo confundida, pero no preguntó nada. Supuse que era evidente para ella también lo que ambos ocultaban.

— ¡Vamos, chicas, más arriba! ¡Es que tengo que hacerlo todo yo! Dios, ¡son una vergüenza para la escuela! —despegué la vista por un momento de mi libro al escuchar los gritos provenientes del grupo de barbies reunidas en la cancha de baloncesto.

Las porristas —o como yo les digo 'mujeres operadas de todo menos del cerebro'— estaban ensayando una nueva rutina, y Lauren, la capitana del equipo, estaba más encabronada que de costumbre. Movía su cabello rubio, sujeto en una coleta alta, de un lado a otro. Giró exasperadamente su cabeza en señal de impaciencia, despotricando palabras bajo su aliento.

Me encontraba en la hora de gimnasia y se suponía que debería estar corriendo por la cancha cubierta, entrenando para la prueba de atletismo que tenía a finales del mes. Sin embargo, me encontraba aquí, sentada en las gradas altas y leyendo 'Cumbres borrascosas'. Lamentablemente, si obviamos mi sarcasmo, la profesora Carlie no había podido asistir porque se encontraba indispuesta. Así que nos encontrábamos sin nada que hacer y pasando el tiempo por los alrededores, solo esperando a que la hora y media de gimnasia terminara para poder irnos.

— ¿Qué les cuesta poner una maldita sonrisa en el rostro? ¡Es demasiado pedir! Estúpidas… —susurró la última palabra, aunque fue obvio que todos la escucharon también. Si sus palabras habían llegado hasta mis oídos, entonces todos los presentes —unas veinte personas, sin contar a las porristas— también lo hicieron.

Lauren había tomado la cancha cubierta de baloncesto sin pedir permiso a nadie, aprovechando la ausencia de la profesora para hacer de las suyas, con sus descerebradas compañeras... unas lacayas bien entrenadas por ella.

El grupo de animadoras estaban practicando una especie de pirámide, pero desde lejos se notaba lo descoordinadas y lo poco preparadas que estaban para realizarla. La jodida figura temblaba como una hoja al viento, desde las tres chicas en la base hasta la pelinegra ubicada en la parte más alta; absolutamente todas temblaban como gatos recién bañados. Eso sería un desastre en cualquier momento.

Justo cuando pensaba en lo doloroso que sería verlas caer, una chica rubia, tetas grandes y trasero deforme por cirugías, que estaba ubicada un poco más arriba de la mitad de la estructura, se tambaleó peligrosamente hacia delante, provocando una sucesión de inestabilidad en todas las demás. Algunas se quejaron, otras chillaron, pero ninguna cayó al suelo. Fue patético verlas chillar, con miedo de caer, mientras mantenían su sonrisa tonta y lunática.

—Me siento más inteligente con solo verlas —giré mi rostro y me encontré con Seth, un compañero de la clase de gimnasia. Era alto, de cabello negro al igual que sus ojos, y a pesar de que teníamos la misma edad, su rostro todavía era algo aniñado.

Sonreí, viendo el espectáculo frente a nosotros.

—Ni que lo digas. Parecen un grupo de monos. No, perdón… eso sería insultar a esos pobres animalitos —solté una risita, mientras que Seth soltó una carcajada demasiado alta. Varios de nuestros compañeros se giraron hacia donde estábamos, incluyendo a las tontas de la pirámide movediza.

— ¡Ups! Creo que se enfadaron.

—No, más bien creo que quieren sacarnos los ojos —otra oleada de risas nos sobrevino al ver las caras deformes, pero todavía sonrientes, de las porristas. La verdad es que era algo ridículo, pero me resultó imposible detenerme. Las carcajadas salían y brotaban sin control de solo verlas intentar mantener el equilibrio una sobre la otra.

No me di cuenta en qué momento sucedió, estaba demasiado distraída intentando recuperar el aliento como para fijarme en algo más que no fuera respirar; pero el hecho era que Lauren en algún instante de locura empezó a escalar enérgicamente por la pirámide moviendo sus brazos y piernas al mismo tiempo sin chistar, sosteniéndose del cabello, hombros y cabezas de las demás mientras ascendía, sin el mínimo miedo a caerse, ni remordimiento por el maltrato hacia sus súbditas. A Seth se le desencajó la quijada al verla, mi expresión no difería demasiado a la suya.

—Debe querer morir hoy, ¿no es así? —murmuró, mientras calmaba su respiración

agitada. Lauren llegó hasta la mitad de la figura, sin parpadear siquiera. Vi con horror que aumentaba la velocidad, escalando al doble de rápido.

Varias chicas se tambalearon a su paso, moviéndose peligrosamente hacia el frente y hacia atrás, mientras soportaban el peso y las manotadas de Lauren al subir. Estaba esperando el desastre, la caída de cinco metros y medio iba a ser épica, y lo mejor de todo era que yo lo iba a presenciar. No era propio de mí desearles cosas malas a las personas pero... ¡estábamos hablando de Lauren, por Dios! Lauren "zorrita" Sloan iba a caer sobre su culo como una jodida papaya, y por una vez en su vida iba a hacer el ridículo frente a los demás, en lugar de humillar a otras personas, como era su costumbre. Bueno… eso era lo que esperaba ver, sin embargo, justo en el momento más emocionante —cuando la chica en la cima perdía el equilibrio—, por el rabillo del ojo capté un borrón cobrizo entrando intempestivamente por la puerta principal de la cancha. La sonrisa se esfumó de mi rostro, al igual que mi buen estado de ánimo.

El tormento que invadía mis pensamientos cada pocos minutos, y que me hacía rabiar con solo recordarlo, se encontraba de pie en la entrada, luciendo algo perdido y un tanto ansioso.

Bastaba verlo para saber que no se sentía del todo seguro como pretendía hacer creer. Giraba la cabeza cada tanto, de un lado a otro, asegurándose las espaldas de enemigos potenciales y pareciendo un leopardo temeroso de ser atrapado por otro cazador aún más peligroso. Lo sabía muy bien… él todavía no se fía de nadie, pensé, recordando la noche en que llegó a mi casa.

¿Qué estaba haciendo Edward aquí?

Arrugué los labios y, de inmediato, pensé lo peor de él. ¿Había venido para cumplir su palabra sobre las animadoras? De repente, me molestó idea de que Edward hiciera el tonto con alguna de las plásticas sin cerebro. Apreté las manos en puños, deseando romper algo sólido o encajar mis uñas en su rostro. Pero me paralicé. Era absurdo que él me hiciera sentir de esa forma tan poco... yo. Nunca me habían invadido estos sentimientos desconocidos, ni estas ganas de estrangularlo sin motivo alguno. Me enloquecía de furia cuando sus ojos brillaban con arrogancia, poderío y lujuria, como si yo fuera un insulso objeto más de una vitrina sucia. Me enervaba que se sintiera tan seguro de sí mismo cuando me acorralaba, pavoneándose de su hermosura casi insultante en mis narices, o cuando decía alguna de sus oraciones inteligentes y denigrantes, siempre con la intención de herirme. En momentos así, lo único que podía ver, oler y percibir era la sangre palpitándome en la sien. No obstante, justo ahora, no estaba haciendo nada malo para merecerlo. Y no entendía la razón de mi ira, si ni siquiera había hecho nada todavía.

Es un hombre, sexy, hermoso... ¿Cuánto tardarán las féminas del instituto en lanzarse a sus pies?

Me mordí el labio, rechazando esa posibilidad.

Sentí desprecio y molestia, pero al mismo tiempo sentía emociones inexplicables que ni yo misma podía descifrar. Se trataba de un sentir igual de potente y desbordante como todas las demás; me asaltaba el deseo de hacer algo urgente contra esa sonrisa matadora y torcida que nunca fallaba en aparecer. Pero no podía decidir entre hacerla desaparecer de un golpe en la quijada o lanzarme a él para acallarlo de cualquier otra manera. Deseaba estrujar sus brazos fuertes y probar al tacto aquel embravecido cabello que nunca lograba domar. Deseaba, quería, anhelaba demasiadas cosas incoherentes que para nada iban conmigo. La incógnita de no saber qué me sucedía me enfurecía todavía más que la sola presencia de Edward. No podía silenciar tampoco la irrefrenable molestia ni las ganas de querer patearlo en el trasero y enviarlo de vuelta a su estúpida casa, de donde nunca debió haber salido. No obstante, tampoco deseaba que algo malo le sucediese.

¡Ash! ¿Qué carajos me estaba sucediendo?

No tenía ningún derecho de molestarme con Edward, ni por sus planes de conquista, cuando él evidentemente no significaba absolutamente nada en mi vida. Ni yo para él, lo cual era un punto más que claro. Pero, ¿por qué no se iba? De nuevo, sentía ese malestar quisquilloso en el pecho que no me permitía dejarlo ir.

¿Estaba perdiendo la cabeza? ¿Las hormonas me estaban pasando una muy, muy mala jugada?

Mi mente había sido perturbada por algo en el ambiente. Sí, debía ser eso. Algún virus mortal que atacaba las neuronas y luego a los órganos resguardados en mi caja torácica... porque, de ninguna manera, lo que sentía podía ser normal. Nunca había sentido ese malestar en el estómago, ni los cosquilleos en la planta de los pies, mucho menos el calor y el frío luchando una batalla campal en mi cabeza... todo solo por el simple hecho de verlo a él. Si algo había descubierto en los últimos días era que me había convertido en una pobre masoquista. Lo sé, yo también sentía lástima de mí misma.

Así que, como una débil niñita babosa, me quedé viéndolo más de la cuenta. Su cabello se veía brillante, como si acabara de salir de la ducha; desordenado y sin forma específica, viéndose simplemente caliente. ¿Acaso lo hacía a propósito para volver idiotas a las mujeres?

Me diagnostiqué rápidamente. Malestar general, opresión en el pecho y en el estómago, y cosquilleo irregular. Sí, era definitivo: el muy desgraciado lo hacía adrede. Él conocía las reacciones que generaba su sola apariencia… y no perdía provecho de ello, por lo visto.

Sus ojos escanearon el área de izquierda a derecha, dirigiendo sus ojos hacía los baños que estaban junto a la entrada hasta las gradas. Parecía estar buscando algo, como si intentara rastrear un rostro en específico.

¿Estaría sopesando alguna presa? ¿Esa era su manera de ir de cacería? ¿Las porristas eran su objetivo? ¿Alguna rubia de senos gigantes?

¡¿Cómo se le ocurría aparecer aquí como si nada pasara, y para colmo de todo con esa actitud de rompecorazones buscando a su presa?!

Agarré mi bolso y el libro abandonado sobre las gradas antes de correr en su dirección, sintiéndome de repente enferma y con un dolor punzante en la cabeza. De ninguna manera iba a permitir que llevara a cabo sus planes, no cuando podía evitarlos de raíz. Se suponía que él debía mantener un perfil bajo y, por lo tanto, andarse con cuidado; fuera de escándalos, como dijo Charlie. Ya iba a ser molesto el tema de "un primo lejano recién conocido", como para agregarle un lío de faldas o un asesinato a sangre fría, eso por parte mía.

Llegué a él a toda prisa, esperando que nadie más, y solo yo, lo hubiese visto entrar, aunque lo dudaba seriamente.

Edward estaba mirando hacia otra dirección cuando me planté cerca de él y, sin darle ninguna oportunidad de resistirse, lo tomé del brazo, aprovechando que se encontraba desprevenido, y lo arrastré detrás de la puerta principal de la cancha, donde nadie podía vernos.

Me aseguré por encima de mi hombro que nadie hubiese sido testigo de mi arranque. Al parecer, todos estaban demasiado entretenidos con el circo que habían montado las animadoras como para percatarse de lo sucedido.

He sido cuidadosa y sorpresivamente ágil, pensé irónicamente.

— ¿Debería sentirme halagado o ultrajado? No sé por cuál de las dos decidirme —dijo con voz aterciopelada, baja y sugerente—. Según lo entiendo, me has secuestrado a plena luz del día... para aprovecharte de mí, ¿tal vez? No me opongo para nada, si es lo que deseas. Pero, tengo una duda: ¿Es parte de tu plan maestro violarme detrás de una puerta de metal o tienes algún otro lugar más privado? Aquí no hay casi espacio —me giré, completamente encabronada. ¿Cómo se atrevía?

Edward estaba recostado contra la puerta, con una sonrisa torcida tatuada en su rostro, rebosante de arrogancia.

Tomé una respiración profunda, intentando contener la lava hirviendo que recorría a mil por horas todo mi sistema circulatorio y lo rocé sin querer. El espacio era mínimo, como él muy bien había dicho, así que nos tocábamos con tan solo respirar. Estaba demasiado cerca. Podía oler su colonia, su aroma natural desprendiéndose en una deliciosa conjugación hasta mi nariz, provocando la expansión de un cosquilleo tenue por toda mi piel.

Engreído del infierno.

En esta ocasión, y para mi total orgullo, no me dejé dominar por las sensaciones que me invadieron con su cercanía. Lo miré con toda la furia que llevaba amasando en mi interior desde ayer y, de haber tenido un objeto filoso en mi mano, lo hubiese hundido hasta la empuñadura en su garganta blanquecina, sin pesar alguno. No obstante, en lugar de un cuchillo estilo carnicero, tenía un libro de pasta dura que no dudé en utilizar en su contra, propinándole un golpe en el brazo que no vio venir. Sus ojos verdes se agrandaron con sorpresa.

—Deja de decir estupideces. Nada te gustaría más que eso, ¿verdad? ¡Pervertido! Pero, para que lo sepas, ¡no me interesas en lo más mínimo! —le grité en la cara, con las mejillas encendidas de la ira, sintiendo que la vergüenza burbujeaba debido a sus palabras depravadas. Yo nunca pensaría en algo así, por lo menos estando cuerda y en mis cinco sentidos.

— ¿Me golpeaste? —preguntó atónito, viéndome y sin parpadear, con sus ojos trabados en los míos. Mordí mi labio con fuerza, súbitamente azorada.

—Te lo merecías. Además, ¿por qué siempre tienes que insinuar tus cochinadas? ¡No quiero escuchar ninguna de tus desagradables insinuaciones! ¡Asno! —le volví dar un golpe. Ya estaba casi por propinarle el tercero, pero me detuvo. Me quitó el libro y me agarró de la mano con fuerza, pero sin llegar a lastimarme, mientras me jalaba a su cuerpo. Mi frente colisionó contra su pecho con un golpe seco, mientras que todas mis extremidades impactaban contra las suyas.

—Definitivamente, me inclino por la opción de ultrajado —rió por encima de mi cabeza, bastante complacido. Debo admitir que me quedé un poco ausente, mientras procesaba lo que sucedía—. ¡Cielos! ¡Cómo te extrañé en lo de Charlie! Sin ti, esa casa es como una tumba fría y sin diversión. Eso sin mencionar la cara agria que siempre carga tu padre —dijo con hastío.

Fue ahí cuando intenté alejarme, pero él me lo impidió, pasando un brazo por mi cintura.

—Soy tu muñeca de entretenimiento, entonces —dije indignada, forcejeando porque me dejara ir—. ¡Suéltame, Edward! No es gracioso.

Apretó más su agarre sobre mi cintura, y por un momento pensé que me encarcelaría entre sus brazos por un buen largo rato. Sin embargo, en vez de eso, en dos segundos me dejó libre. En cuanto su calor me abandonó, lo empujé contra la puerta, perdiendo la poca paciencia que tenía.

— ¿Qué carajos haces aquí, Edward? ¿Acaso viniste a liarte con alguna animadora? Si es por eso, te lo advierto desde ahora: no cuentas conmigo. No estoy dispuesta a secundarte en tus… jueguitos —lo miré despectivamente, recogiendo mi libro del piso.

— ¿Eso es lo que te tiene de tan mal humor? ¿Piensas que vine a ver las porristas? —soltó una risa pendeja que me enervó—. No será acaso que… ¿estás celosa, Isabella? —sonrió burlón, pero alcancé a percibir un tinte de temor en sus palabras. Rodeé los ojos como respuesta automática a su alusión descabellada.

—Primero, mi mal humor no es asunto tuyo. Segundo, no me preocupa en lo más mínimo lo que hagas o dejes de hacer. Por mí, te puedes tirar a cualquier mujer que se te pase por el frente —abrió la boca, de seguro para referirse a algo como "Tú eres la única que tengo al frente"—. Tercero, ten por seguro que yo nunca sería esa mujer, así que ahórrate la molestia y, por favor, no me dirijas ninguna indirecta, que no me interesa. Además, te recuerdo que tú mismo me dijiste que querías salir con una porrista, así que no te hagas el desentendido.

Edward sonrió como si supiera algo que yo no, y mi corazón giró en mi pecho como un mini tornado destructivo.

— ¿Viniste aquí solo para fastidiarme? —siseé.

—No. En realidad, estoy aquí porque necesitaba verte —respondió como si nada. Su mirada se trasladó de mi rostro hasta alguna zona en mi cuello, intensamente.

Disimulé mi incomodidad lo mejor que pude. Su mirada me trastornaba con facilidad.

— ¿Oh, sí? ¿Desde cuándo esta pueblerina traicionera es de tu agrado? —dije sarcásticamente, refiriéndome a las palabras que me atizó días atrás—. Según recuerdo, soy una persona despreciable que no merece ni siquiera una disculpa por todo el daño que me hiciste —añadí con tono bajo y con desdén, como si no me importara, a pesar de que sabía que no era así. Todavía me herían sus palabras, al igual que la forma en que me trató el día que regresó a mi vida.

Esperé a que dijera algo, algún reproche o negativa, pero se limitó a fruncir el ceño y apretar los labios con dureza, dejando atrás la burla y sus bajas insinuaciones.

Lo había dejado callado.

Bella: 2. Edward: 3

Me regocijé por dentro, dando un punto a mi favor. Su rostro se distorsionó en una mueca de aprehensión. No había nada mejor que pisotearle el ego a Edward "Jodido" Cullen. La sensación era... sublime.

Negué con la cabeza, demasiado divertida como para dejarlo pasar. Pero, al ver su rostro todavía demasiado serio, me retracté a último momento. No deseaba desatar a la bestia.

Un silencio incómodo nos envolvió.

—Será mejor irnos, antes de que alguien nos vea —murmuré con cuidado, unos minutos después, rompiendo el silencio que era amortiguado por las risas de afuera.

Temí que Riley o alguno de mis amigos me viera y empezara a cuestionarme sobre Edward. Sin importarme sus quejas, lo jalé, tomándolo de la manga de su camiseta, y lo hice salir junto conmigo. De reojo, corroboré si alguien conocido se encontraba por los alrededores, pero para mi suerte nada más estaba Seth, tan distraído, burlándose de las porristas, así que no me pareció un riesgo mayor.

Salimos del reducido espacio, escuchando algunas risas, y nos dirigimos directo al parqueadero. A mitad de camino hacía mi auto, Edward empezó a resistirse, tratando de apartar mi mano.

—No soy un jodido crío para que me lleves —refunfuñó, soltándose de mi agarre con un tirón.

—Lo pareces casi siempre —lo regañé, colocando mis manos sobre las caderas—. ¡No es seguro que vengas a mi escuela así como así! Sin embargo, aquí estás, intentando ponerte en la mirilla de algún asesino —sabía que me estaba pasando de la raya. No era de mi incumbencia lo referente a su seguridad. Él podía ser un cretino arrogante y simular ser un chaleco antibalas andante, pero me molestaba que se tomara las cosas tan a la ligera. No era solo su trasero el que estaba en juego, sino también el mío y el de Charlie... aunque eso no me molestara demasiado.

Era el de toda su condenada familia.

Pero eso no parecía importarle a Edward. Para él, solo existían primero: Edward; segundo: Edward, y tercero: Edward… no había espacio, ni hendidura, para algo más que no fuese su gran ego.

—Debemos irnos —musité, dándole una mirada fría y apretando los dientes.

Me di la vuelta y seguí caminando hasta mi auto, sin mirarlo. Destrabé la alarma a distancia, la cual mantenía segura a mi querida Louis, mi Chevrolet color rojo, del año sesenta, que me había vendido un anciano de la reserva en la Push hace unos años. No la sacaba a pasear demasiado, pues la pobre vieja a veces ni siquiera encendía. Pero así la amaba y lo seguiría haciendo por muchos años más. No se comparaba con ningún otro auto, ni siquiera con los últimos modelos que Charlie siempre intentaba meterme por los ojos.

"Son más seguros, Bella", me decía siempre que podía. ¡Ja! Nunca traicionaría a mi bella Louis.

— ¿Qué es ese adefesio prehistórico? —dijo burlón, detrás de mí, riéndose abiertamente. Cerré los ojos con fuerza, con las ansias de asesinarlo regresando con más empuje.

—Cállate.

Me subí a la camioneta, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Miré al frente, esperando a que el saco de petulancia subiera también antes de que decidiera atropellarlo con mi Louis. Edward me observó a través del parabrisas, sin poder creer que en verdad ese fuera mi auto. Puse los ojos en blanco. Era obvio que Edward estaba muy acostumbrado a otro tipo de autos, más llamativos y actuales, como todo buen niño riquillo y pretencioso. Cuando se dio cuenta que no tenía otra opción, a no ser que quisiera regresar caminando hasta casa, su rostro esbozó un gesto de resignación. Entró al auto, en silencio y con lentitud, como si estuviera alargando una condena, y cerró la puerta con más brusquedad de la que yo lo había hecho.

El camino a casa fue silencioso, más silencioso de lo que jamás había estado entre nosotros. No era cómodo, ni asfixiante, sino más bien… lleno de suspenso. Me concentré en el sonido tosco que producía la caja de cambios, en vez de prestarle atención a lo que él estaba haciendo. Pero de reojo, noté cómo miraba por la ventanilla, con interés.

Pasamos por el enorme parque, aquel que me encantaba visitar con Riley. Como era habitual, para esta hora de la tarde se encontraba vacío, sin los molestos niños corriendo por todos lados. Se veía todavía más pacífico.

—Detente —susurró Edward, pero no le hice caso—. ¿Podrías detenerte un momento? —insistió con reproche, mirándome serio. Suspiré y aparqué a un lado de la acera

— ¿Qué te sucede ahora, Cullen? Si te sientes mal o vas a vomitar, te sugiero que…

—El hada del bosque… —susurró, cortando mis palabras. Lo miré sin entender, con las cejas fruncidas. ¿Qué hada? ¿Qué cosa?

Me miró rabioso. No, él parecía más que rabioso. Edward parecía muy furioso, y no entendía la razón.

— ¿No lo recuerdas? —preguntó entre dientes, con el rostro de color rosa debido a la furia.

Tragué pesado, intimidada.

— ¿Recordar qué? —entrecerró los ojos—. ¡¿Qué?! No recuerdo nada de ninguna hada… o lo que sea que estás intentando decirme.

—Joder —gritó, golpeando el tablero del auto, tan malditamente fuerte que pudo haberlo partido en dos con solo un miligramo más de fuerza. Pegué un salto en mi asiento, consternada por su modo de actuar.

—Cálmate, Edward. ¿Qué te sucede? —inquirí pausadamente, apartándome un poco más de lo necesario. De repente, estaba atemorizada de lo que pudiera hacerme. Ya tenía una gran idea de lo que Edward podría hacer en una situación llena de estrés, y de cualquier manera no deseaba volver a vivirlo.

No apartó su mirada envenenada de mis ojos. Pensé que se lanzaría encima de mí y me mataría. El color negro, que se fundía con el verde esmeralda en su mirada, se hizo más y más notable a medida que los segundos transcurrieron. De la nada, dio un suspiro extenso, pesado y contenido, para luego bajar del auto sin emitir otro sonido, yéndose como alma acechada por el diablo.

Me quedé observando el lugar donde había estado sentado, en shock, sin poder unir el rompecabezas que Edward representaba. Entenderlo era casi como intentar leer egeo antiguo: confuso e irritante.

— ¡Edward! —lo llamé desde mi asiento, solo para verlo entrar con pasos aún más urgentes al parque. Ash… ¿qué demonios le sucedía?—. ¡Mierda!

Bajé del auto y seguí sus pasos con premura, mientras internamente me convencía de que perseguirlo en ese estado no era una mala idea. Él ya iba bastante lejos, rumbo a lo más profundo del bosque. Seguí el camino de piedras, trotando en su dirección. A medida que avanzamos, el camino se volvió más y más estrecho; los enormes árboles de vegetación frondosa comenzaron a cubrirnos por entero, ocultando el cielo gris que antes nos acompañaba. Las raíces en el suelo se tornaron cada vez más protuberantes, provocándome uno que otro tropiezo inesperado.

— ¡Edward! —lo llamé por segunda vez, agotada, esperando a que se detuviera y hablara conmigo de manera calmada. Sin embargo, siguió caminando apresuradamente, ignorando mi presencia.

Nos seguimos introduciendo aún más en el bosque a medida que pasaban los minutos. Todo lo que podía percibir era verde, marrón y neblina. De un momento a otro, se me hizo difícil mirar más allá de la espalda de Edward, debido a la bruma que envolvía el ambiente. Temí perderme entre tanta neblina, pero me tranquilizó el hecho de poder ver a Edward delante de mí.

No me di cuenta en qué segundo Edward se había detenido. Si no hubiese sido por una rama en el camino que me obligó a detenerme, me hubiese estampado contra él.

Me acerqué lentamente, no queriendo perturbarlo demasiado.

Edward estaba tocando un árbol con sus dedos largos, como si lo acariciara. Fruncí el ceño y observé con más detenimiento la figura tallada sobre el tronco robusto del árbol. Entonces… recordé. Me sobrevino un tumulto de nostalgia en cuanto detallé la figura con cuidado.

—Yo la hice para ti —susurró, aún ensimismado y rozando la pequeña hada, que ahora recordaba. Él la había tallado en aquel árbol con mucho esfuerzo, días antes de que se fuera para siempre de mi vida, hacía muchos años atrás—. No puedo creer que lo hayas olvidado.

Me sentí fatal. Todos estos años reprimiendo recuerdos, recuerdos de una vida totalmente diferente a la actual, me habían hecho difuminar memorias tan importantes como ésta de mi mente. Suspiré y mi mano se movió por sí sola hasta la pequeña hada del bosque que mi antiguo mejor amigo de la infancia había realizado para mí como un regalo por nuestra amistad inquebrantable.

¿Se había molestado porque no la recordaba? Yo lo hubiera hecho si el caso hubiese sido al revés.

Nuestras manos se tocaron sin querer, provocando que un cosquilleo recorriera parte de mi extremidad hasta alojarse ardientemente en mi pecho. Alcé la mirada hasta la suya, y Edward contemplaba con demasiada atención el punto de conexión entre nuestras manos, con el ceño fruncido.

¿A él también le sucedía? ¿También podía percibir lo mismo que yo sentía? La posibilidad de sentirnos igual golpeó en lo más profundo de mí ser. El corazón revoloteó en mi pecho como un colibrí.

—Al parecer, nuestra amistad no significó nada para ti —me reprochó, apartando la mano con hastío y dando media vuelta.

Abrí los ojos, total y enteramente consternada.

— ¡Tú no tienes ningún jodido derecho, Edward Cullen! —arremetí en su contra, pero ni siquiera se inmutó ante mi empujón. Solo me devolvió la mirada—. Tú, entre todas las personas de este maldito planeta, eres el menos indicado para decirme eso. ¿Es que acaso tengo que recordarte cómo fueron las cosas? —sin poder contener las ganas, la furia, la ira y la indignación que rebosaban en mi interior, lo tomé del cuello de la camiseta, logrando que él abriera totalmente los ojos, pues no se esperaba eso de mí—. Te importó una mierda largarte y desaparecer de mi vida, el día que más te necesitaba. ¡Te fuiste! Sin decir nada, sin despedirte… solo te esfumaste… —mi voz se me quebró un poco al final, debido al dolor que de repente me golpeó por recordar vívidamente aquellas escenas sombrías de mi niñez.

Las memorias danzaron con frialdad en mi cabeza…

Reneé, viéndose pálida, fría… muerta en aquel cajón.

Charlie, dejándome apartada de todo.

Mi abuela, intentado infructuosamente de darme un consuelo.

Edward, dejándome… sin mirar atrás.

Un mareo me obligó a cerrar los ojos. Perdí las fuerzas y, por inercia, el agarre de mis manos se distendió. Retrocedí, apartándome de él por completo. Necesitaba irme de inmediato. No quería verlo… lo deseaba lejos de mí, a miles de kilómetros de nuevo… quería que nunca más me dirigiera la palabra y que olvidara que existía.

Los recuerdos eran mejor así… siendo recuerdos. No debían ser sacados a la luz nunca más, mucho menos por él, a quien nada le importó dejarme fuera de su vida una vez. Además, no sabía cuánto tiempo más iba a poder contenerme antes de empezar a llorar. No le daría el gusto de verme quebrada otra vez. Nunca más. Escuché el crujir de ramas rotas bajo su peso, sonando como si se acercara

— ¡No! Aléjate, Edward, déjame en paz por una vez.

Sin embargo, no me escuchó. Se acercó más, obligándome a abrir los ojos de nuevo. Posó sus manos sobre mis hombros con suavidad y sus ojos verdes brillaron con aprensión mientras me contemplaban.

—No lo voy a hacer, Isabella —dijo en tono bajo, a la vez que sus ojos estudiaban mi expresión tensionada—. No sabía lo que pasaba. Un día tan solo… Carlisle decidió que era hora de marcharnos. No dijo por qué, simplemente nos exigió que recogiéramos algo de ropa y subiéramos al auto —negué con la cabeza, gritándole que me dejara ir, pero su agarre se volvió pesado sobre mí—. ¡Era un jodido niño, Isabella! No sabía lo que sucedía…

Dejé de forcejear. El pecho me dolía, las piernas las sentía flojas y mis manos me temblaban terriblemente. Edward tenía toda la razón. Fue una decisión de sus padres, no de él. Eso lo había comprendido a la perfección.

—Lo entiendo.

Él alzó las cejas, sin dejar de sostenerme.

—Lo entiendo… —repetí—, pero… tú me acusas de haber denigrado nuestra amistad, de haberme olvidado, cuando tú ni siquiera miraste atrás. Ni una sola llamada, Edward, ni una carta o correo. Tú te fuiste de Forks por decisión de tus padres, es cierto, pero te olvidaste de mí por tu propia elección, y la de nadie más.

Diciendo eso, me miró consternado y dolido. Dejó caer sus manos en seguida.

—Solo… solo olvídalo, Edward —dije agotada, mientras retrocedía. Deseaba irme de allí.

—Espera, Isabella. No fue mi intención. ¡Diablos! —exclamó, sin saber qué más decir. Se agarró el cabello con una mano, jalándoselo con desesperación. Por mi parte, negué con la cabeza, apartando la mirada.

—Eso ya no tiene importancia. De todas formas, eso sucedió hace mucho tiempo y no vale la pena discutir por algo que no se puede cambiar.

Me di vuelta, retomando el camino hacia mi auto. Sentía que mis pasos eran más pesados que antes.

Aquel que creí que había sido mi mejor amigo de la infancia, en verdad había sido solo un estafador. Uno que me había olvidado fácilmente, que hizo una nueva vida, nuevos amigos, nuevos pasatiempos, y disfrutó de lo que la vida y las experiencias le regalaban junto a su hermosa familia. Mientras tanto, yo me había quedado sola, sobreviviendo gracias a los recuerdos… y con la inquebrantable ayuda de mi amigo Riley, quien estuvo en los momentos más difíciles.

Justo ahí mi corazón palpitó con entendimiento. Todo este tiempo había extrañado la presencia de Edward en mi vida, no dejándolo ir del todo y siempre reteniéndolo con el pensamiento cada vez que podía… cuando mi único y verdadero amigo siempre había sido Riley Bierbs.

Y nada era más cierto que eso.


Gracias a todas por sus mensajitos ;) y gracias a mi Beta Carla muaxxx te quiero mucho :)