Los personajes son de Stephenie Meyer. Solo la trama es de mi autoría.

Capítulo beteado por Manue Peralta, Beta FFAD; www facebook com / groups / betasffaddiction


Eres la sombra que en todos lados me hace compañía; pero no te puedo tocar, no te puedo oler, ni siquiera alcanzar... nunca desapareces por completo y sin embargo no intervienes en mi presente

¿Qué puedo hacer?

¿Dimelo?

¿Que deseas?

Si solo eres... un fantasma en el camino.


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De pesadillas y fantasías.

By

MarieElizabethCS

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Shadows on the Road.


Apenas me podía mantener en pie, me pesaban las piernas y las rodillas se me doblaban a cada zancada que daba. Para colmo también me encontraba toda sofocada, con las mejillas que me ardían de tanto sonrojarme. Me sentía abochornada, sudorosa, ¡horriblemente asquerosa! Era irónico, pues, hacía un día ventoso, frío. Debería tener la piel congelada de lo templado que sentía el viento en la cara, sin embargo, nada de eso me acontecía. Todo lo contrario. ¡Sino fuera porque sentía el crujir de las ramas bajos mis pies, pensaría que en vez de andar en el bosque me había volcado hacia las brasas hirviendo de algún volcán!

Hacía demasiada temperatura y en definitiva no se trataba de cuestiones climáticas, deduje quitándome un mechón pegajoso de la frente. Uhg… que malestar insufrible.

Dios… casi había olvidado los estragos que provocaba la vergüenza en mí. La última vez que me había sucedido pensé que mi mundo se había acabado y las consecuencias de ello me alcanzaron por meses….

Fue cuando tenía doce… irónicamente en un día hermoso y soleado lleno con cantos de aves. Todos nos encontrábamos tomando un poco de sol sobre el césped a la hora del descanso, al igual que todos los demás estudiantes de preparatoria aprovechamos que hacía bien tiempo para despejarnos un poco. Todo iba perfecto, el entorno distendido en conversaciones banales sin preocupaciones importantes, cuando de repente Mike, ubicado al extremo contrario de donde me hallaba, se levantó caminando hacia mí para después arrodillarse a mis pies. Su cara fue un poema del mal presagio que avecinaba, hizo una mueca torpe en la cara antes de tomarme de la mano, para a continuación gritarme—con un poco de babas incluidas—: ¡Te amo! Eres lo más importante en mi vida, mi fijación, mi ángel soñado.

Sus cuerdas vocales resintieron al final como un grito de un perro moribundo estallando en mis oídos como una bomba.

Creí que moriría de humillación. El pulso se me aceleró y los segundos de silencio solo lo hicieron empeorar. Nadie dijo nada. El sonido del bosque y las aves se hicieron aún más nítidos bajo el mutismo colectivo. Docenas de pares de ojos mirándome con atención, esperando a que me moviera o dijera algo.

Entré en pánico.

Y lo siguiente que supe es encontrarme bañada en mi propio sudor, con un terrible ardor extendiéndose por mi cara, cuello y pecho como fuego quemándome la piel. Cerré los ojos y le empujé lejos, lo más fuerte que pude y salí corriendo de la escena como una bala mal dirigida, dejando un revuelo de risas y uno que otro lamento tras mis pasos torpes.

No pude levantar la mirada por una semana entera, y por si fuera poco, tuve que soportar las habladurías, chistes y bromas que se gastaban en mis narices.

Y ahora parecía que estaba sufriendo una repetición de aquel episodio oscuro de mi existencia, me encontraba transpirando como una cerda en verano, mientras huía despavorida del lugar; con la repetición instantánea de lo que le había confesado rodándose en mi retina con pasmosa exactitud: Te importó una mierda largarte y desaparecer de mi vida el día que más te necesitaba. ¡Te fuiste! Sin decir nada, sin despedirte… solo te esfumaste…

¡Que alguien me dispare en la jodida frente!

¡Sería la guinda perfecta del pastel!

Sacudí la cabeza de un lado a otro, sin éxito. Podía escucharme diciendo la verborrea claramente, las palabras saliendo de mis labios, y la mirada encabronada y medio desesperada de Edward.

Había dado en el blanco, era obvio que lo habían afectado mis palabras. Pude sentir su ansiedad y desesperación emanando de él. Pero sus ojos apesadumbrados llenos de remordimiento me tomaron por sorpresa… así como yo a él. Me sentí bien al verlo en ese estado. No lo niego. Algo se hubo libreado dentro de mí al manifestar lo que en realidad pensaba, sentía… lo que llevaba guardado con llave en lo más recóndito de mi pecho.

Sin embargo, al mismo tiempo, me clavé un puñal al abrirle la puerta a mis sentimientos. No lo pensé—nada—bien, y ¡splash! Solté todo el rollo de su partida sin medir las consecuencias. No tenía idea dónde meter la cabeza después. De repente, el mundo se hizo un lugar demasiado pequeño, angosto y vibrante, más estando frente a él, cara a cara, devanándome entera con su mirada extrañada y oscura. Fue allí cuando empecé a sentir el calor perpetuarse en mi cara.

Necesitaba irme. Volando de ser posible.

Un. Par .De. Alas. Por. Favor.

¡Y las quiero ahora!

— ¡Isabella! —Pegué un respingo que por poco me hace caer sobre mis rodillas. ¿Qué demonios quiere ahora? ¿Reírse en mi cara?

Abrigué las fuerzas que me quedaban y seguí intentado perderme de su vista.

¡Camina! ¡No mires hacía él! ¡Ni se te ocurra darte por enterada!, Me dije mientras apresuraba el paso.

—Por un demonio, ¡tenemos que hablar Isabella Swan! —Su voz se escuchó atronadora a mi espalda y casi me doy de bruces contra un árbol mohoso del susto. No tenía cara para mirarlo ahora que él sabía lo mucho que me había dolido su partida, su abandono… ¡No iba a dejar que se burlara de mí! No señor, primero muerta que humillada por ese pervertido descarado. Salté algunas ramas, esquivé otras, pero en ninguna ocasión me detuve. Eso sería perder el tiempo y con Edward pisándome los talones no tenía otra opción más que olvidarme de la torpeza natural que padecía.

Alcancé el caminillo de piedras que juntaba el parque de Forks, con lo profundo del bosque y sentí que el alivio me invadía al escuchar los gritos alegres de los niños que debían estar jugando entre los columpios.

Maldita ironía, lo sé. Odiaba esos chillidos infantiles casi todo el tiempo, porque nunca me dejaban leer con tranquilidad y cada vez que venía atinaba a encontrarme con los más gritones de la cuadra. Sin embargo, ahora, en estos momentos, esa misma algarabía incesante me deleitaban los oídos como la más bella de las sinfonías.

Tomé una bocanada de aire cuando atravesé el césped a toda prisa, repasé de reojo el lugar y como lo deduje antes de verlos, había un grupo de niños jugando por doquier. Pasé por las rejas metálicas de la entrada cerca de donde había dejado a Lois mal estacionada. Mi querida la había dejado abandonada en un mal sitio y expuesta a que cualquier poli de tránsito se la llevara a los patios.

Mi linda Lois… ¡Perdóname, no fue culpa mía! Ha sido Edward, ¡lo juro! No sé qué haría si algo malo le sucediese.

Cerré los ojos con miedo de ver…

Oh…

Abrí los ojos un segundo luego… Y allí estaba. ¡Santo cielo, se encuentra a salvo! Casi salté en un pie —no muy alto debido a la fatiga— al divisarla a salvo en el mismo sitio de antes y estacionada casi en el medio de la carretera. ¿Cómo demonios la había podido dejarla así, por todo lo santo? Pero no importaba, mi Lois estaba a salv…

No pude terminar mi celebración. Edward me detuvo antes de poder hacer nada más. Me sostuvo del antebrazo y me hizo girar sin mayor esfuerzo. Grité y maldije bajo mi aliento… Tan cerca. Me estrellé contra unos ojos verdes relampagueantes de frustración.

— ¿Podrías dejar de comportarte como una cría idiota? —Gritó tan cerca de mi cara que apenas pude ser consciente que la presión bajo su mano aumentaba sobre mi piel. Abrí los ojos bien grandes, sorprendida de que me llamara de esa forma. ¿Pero qué esperabas…? Es… Edward… El imbécil bruto, pervertido y grosero.

Su rostro se desfiguró, sus cejas cobrizas y muy pobladas se juntaron al máximo y sus esmeraldas se abrieron tanto como mis ojos, luciendo despavorido por alguna razón.

—Mierda… lo si-siento Bella… —tartamudeó sin saber qué más decir y acto seguido bajó la mirada. Edward Cullen tartamudeó y… ¿eso ero un sonrojo lo que se veía aparecer en sus mejillas? Oh Por Dios, ¡sí, sí lo era! ¡Estaba avergonzado! Que hermoso se ve con las mejillas sonrojadas. Aahhh… ¡Al punto Swan! No te distraigas tanto…

—Eres tan… despreciable, bruto, grosero como un jodido grano en el trasero —le solté sin compasión, olvidando por completo que nos encontrábamos a tan solo metros de los niños en el parque y que podrían escucharme maldiciendo, pero no me importó nada en realidad, ya estaba bueno de tratarme mal cada vez que él quisiera y esos cambios de humor eran como punzadas en el cuello. ¡Ya no soportaba más de eso!

Edward dejó de observar el pavimento y me miró con la misma expresión de antes, con ojos apesadumbrados, sonrojo mermado, y casi… casi me arrepiento de haberle insultado, pese a eso, continué —Y es mi problema sino deseo hablar sobre nada ahorita y tú Edward, no eres nadie para obligarme.

Escuché aplausos dentro de mi cráneo, me sentí satisfecha conmigo misma.

Nos miramos directo a los ojos, me sostuvo la mirada sin todavía reaccionar a lo que le dije; fue extraño, ya que tampoco pude leer nada en sus esmeraldas, ni siquiera una pista que me dijera que sentía o en qué pensaba, parecía encontrarse en blanco.

Algo cambió de repente. Sus ojos…

Él todavía me sostenía con fuerza, y yo solo deseaba que dejara de tocarme porque el calor comenzaba a tornarse insoportable en esa zona de mi cuerpo. Pero la cosa era que también me agradaba la cercanía que teníamos los dos en ese instante, me sentía más ligera y pesada a la vez… tan difícil de explicar; como si todo perdiera importancia por segundos y la gravedad me atrajera hacía él sin remedio obligándome a mantenerme más cerca de lo que ya nos encontrábamos. Su calor me irradiaba como un manto en el que solo deseaba refugiarme. Fue allí cuando me percaté que la distancia entre nuestros cuerpos se había convertido en una fina línea casi inexistente.

¿Quién se había acercado? ¿Edward o yo?

Me encogí de hombros mentalmente, le resté relevancia y seguí digiriendo los colores verdes y caramelos en su iris que me invitaban a perderme en ellos hasta el infinito. Las pulsaciones se aceleraron en mi cuello al percibir su respiración sobre mi frente, como un viento cálido con olor a menta golpeándome suave en la piel.

Abrió sus labios mínimamente y yo seguí el movimiento con las entrañas apretadas.

—Debemos aclarar todo —susurró sobre mi piel, rozándome levemente con sus pecaminosos labios rosas. Asentí con parsimonia, atontada, imberbe como un vegetal. Idiota… ¿Y en dónde quedó eso de"no eres nadie para obligarme"? Ushh has quedado como una mierd…. —Vamos —sentenció posando sus labios sobre mi coronilla, dejando un beso ligero—y para mi desgracia— demasiado corto.

Cerré los ojos, de repente aliviada y feliz con la vida, como si algo grandioso acabara de sucederme.

¡Que alguien me drene la estupidez!

Acallé la vocecita intrépida para cuando Edward me guió hasta el auto. No sé en realidad cómo sucedió, pero la cuestión es que él estaba manejando. Sip. Mi querida Lois estaba siendo conducida por Edward y demonios, ¡la había traicionado! Pero qué más daba, se veía tan sexy al volante que realmente no importaba de todas formas. Edward tenía la mirada puesta en la carretera, una mano al volante de cuero beige y la otra sobre la palanca de cambios, sus cejas se encontraban fruncidas y sus ojos un poco empequeñecidos debido a la gran sonrisa que irradiaba todo su rostro. Él se veía caliente. Suspiré sin importarme que me viera comiéndomelo con los ojos.

— ¿Qué sucede? —Alzó una ceja cuando me vio toda sonrojada. ¡Me había visto!

— ¿De qué hablas? —Me hice la desentendida.

— ¿Por qué me miras tanto? —Pareció divertido mientras miraba al frente.

—Umm… no lo sé.

Sonrió más amplio, de medio lado esta vez. Oh señor, ¿dónde habían quedado mis bragas…?

— ¿Es algo malo? —Inquirió divertido.

No, en realidad, pensé enseguida y la alarma resonó en mi cabeza. Me mordí el labio, no debería pensar en esa forma sobre Edward… y es que ¡vamos! La verdad era que el tío era un grosero antipático —una rata si lo comparaba con mi dulce Edward de antaño—. Él era un engreído y morboso de primera categoría más que otra cosa.

—No… es solo que… me confundes —respondí con total sinceridad.

Giró su rostro hacía mí por un segundo, me miró con una ceja arqueada antes de volver a su posición inicial observando hacia el camino desierto. Su sonrisa disminuyó significativamente.

— ¿Crees que puedas perdonarme algún día? —Inquirió oscuro, sin dejar de mirar al frente.

La pregunta me congeló en mi lugar.

—Edward… —fue todo lo que pude susurrarle. En realidad jamás me habría esperado que me preguntara aquello, no sabía cómo sentirme al respecto y la mirada intensa que me dirigía Edward no ayuda en nada, sino más bien, aumentaba el montón de sentimientos encontrados. Ahora menos que nunca deseaba tocar ese tema.

—Solo quiero saber. ¿Por qué es tan difícil para ti decirme? —Siseó entre dientes arrugando el ceño de mala manera, exigente. Ya no se veía tan sexy. Dejé ir un suspiro exasperado y giré a ver a la ventana humedecida, deseando que todo desapareciera y mi casa apareciera de un segundo a otro.

–Porque sí Edward, se suponía que eras la persona en quien más confiaba… la que más necesitaba; pero no estuviste para mí, ¡desapareciste de un día para otro! ¿Crees que es tan fácil responderte eso justo en este momento? ¿Umm? —Murmuré agobiada por la presión, sintiéndome ahogada de repente por su cercanía.

Deja de darle más información, por un demonio…

Él no dijo nada.

Hubo un silencio atronador entre nosotros que terminó por arruinar el buen ambiente de hace unos segundos.

Llegamos a casa con el estruendoso sonido de Lois al apagarse. Me bajé del auto, tomé mi mochila olvidada en el asiento trasero y corrí a dentro sin mirarlo. Subí las escaleras ignorando sus pasos también presurosos entrando por la puerta. Miré hacía él, que estaba al pie de las escaleras y sin tener más que sus ojos llameantes por evidencia, supe que no iba a dejarlo ir, él deseaba seguir con el mismo tema hasta hacerme enloquecer de ira. Le rodeé los ojos exasperada antes de girarme para alcanzar los dos últimos peldaños que me separaban del segundo piso y llegar a mi habitación.

—Todavía no hemos terminado de hablar, Isabella —empujó la puerta antes de que la lograra cerrar. ¿Cómo demonios llegó tan rápido? ¿Era alguna clase de ave?

—No hay nada de qué hablar —dije entre dientes mientras sostenía la puerta para que no entrara a mi habitación—. ¡Ya déjalo, Edward! —Exclamé cansada de que intentara arruinarme el día todavía más. ¿Qué ganaba con sacar el pasado ahorita cuando ya nada se podía hacer?

— ¡No! —Empujó más fuerte obligándome a retroceder. Ingresó como una fiera embravecida a mi habitación, con los ojos fríos y la mandíbula apretada— Te cuesta tratar los problemas porque eres una ¡resentida!; igual que una niña incapaz de enfrentarme —retrocedí dos pasos más ubicándome al pie de mi cama, herida por sus palabras y a la vez furiosa por su acusación. ¿Cómo se atrevía? Él no era nadie para hablarme así.

Entrecerré los ojos hacia él y coloqué las manos en mis caderas — ¿Soy una niña incapaz de enfrentarte? ¡Por favor! No digas estupideces —levanté mi barbilla, una clara señal de superioridad que lo hizo fruncir el ceño—. Además, tú no me conoces de nada y no tienes ningún derecho a hablarme de esa forma, mucho menos puedes venir aquí y pretender que te dé una respuesta cuando nunca he contemplado la posibilidad siquiera de perdonarte. ¿Comprendes o tengo que hacerte malditos dibujos al respecto?

Cerró los labios de golpe.

La tensión subió a la millonésima entre nosotros.

— ¿Piensas que no merezco tu perdón?

—No —dije rotunda, sin inflexión, sin pensarlo un segundo, ofuscada aún por sus palabras y con unas ganas severas de abofetearlo.

Se acercó y estuve tentada a retroceder, pero al final no lo hice. No le iba dar el gusto de atemorizarme.

De una zancada me alcanzó, con la respiración irregular y con las venas de la frente más sobresalientes en su piel pálida; sus ojos me taladraron como si quisiera arrancar una parte de mi alma, enardecidos. Me estremecí por la intensidad reflejada en sus esmeraldas, mi corazón bombeó enloquecido y de nuevo sentí que se me abochornaba el rostro como en el bosque… o peor.

— ¿Por qué? —Gruñó aún mirándome con los ojos entrecerrados— ¿Acaso no es suficiente con que te pida perdón?

—No voy a responderte eso —dije utilizando el mismo tono airoso que él.

Me siseó sobre la frente, sujetándome de los hombros.

— ¿Por qué no puedes aceptar el hecho de que no fue mi culpa? —Gritó como si yo no pudiese entender algo obvio. Lo miré enfurecida, mientras intentaba soltarme de su agarre electrizante.

— ¿Y tú por qué no puedes dejar el pasado donde pertenece? ¡Igual nada me devolverá a mi mejor amigo porque simplemente él ya no existe! —Tras mi declaración precipitada sucedieron dos cosas a la vez: Edward soltó un rugido apabullante desde su pecho que provocó un ataque de pánico, para luego jalarme contra su cuerpo envolviéndome de un todo entre sus brazos poderosos. El olor de su esencia me llenó los sentidos por segunda vez en el día, emborrachándome con satisfacción.

—Aquí estoy Isabella; nunca he podido olvidarte. Jamás. Nunca pude dejar de pensarte… ni de añorarte como la primera vez. ¡Fue un jodido infierno dejarte también! ¿Acaso no has pensado que yo también sufrí por las decisiones de mis padres? ¿Que no los odié por separarme de tu lado? —Murmuró contra mi oído mientras me sostenía con fuerza como si me fuese a esfumar en cualquier segundo. Un nudo implacable engulló mi garganta por entera, como si una bola de tenis se hubiese atorado en ella dejándome casi sin poder respirar. Cerré los ojos y paré de removerme entre sus brazos, de repente las energías me abandonaron dejándome cansada; me dejé apoyar contra todo él buscando un consuelo que nadie, solo Riley, podía solventar.

Él tenía razón. Siempre supuse que su vida había estado llena de felicidad, y que en comparación a la mía, había sido magnifica y perfecta. Pero no me había puesto a pensar en su dolor, en lo que sintió cuando nuestros caminos se bifurcaron en direcciones opuestas cuando todo se había ido al infierno. ¿Edward sufrió lo mismo que yo? Acaso, ¿Yo había estado actuando como una perra egoísta todo este tiempo llenándome de rencor hacia él?

Edward me acunó contra su pecho, no supe en qué momento me había tomado entre sus brazos, pero me sentí tan endeble y agotada que no supe cómo no había desfallecido antes. Se sentó en el borde de mi cama aún sujetando mi cuerpo contra el suyo para luego mecerme tiernamente de un lado a otro como una nena desprotegida.

Después de minutos solo escuchando su respiración regular y tranquila, lo sentí inclinarse contra mí, respiró profundo sobre mis cabellos. Suspiré abriendo los ojos.

—Siento haberte dejado ese día —susurró quedito sobre mi cabeza. Cerré los ojos antes de que las lágrimas salieran; de solo recordar aquel día, cuando mi madre falleció, cuando me dejó sola… de solo rememorarlo en mi mente, el frío y la tristeza me envolvían de nuevo como una noche eterna y desoladora—. Siento haber perdido contacto… siento haberte lastimado aquella noche…

Con cada frase que decía, me apretaba más y más contra él.

Y yo me rendí al dolor, la nostalgia… a sus palabras; esta vez dejé que las lágrimas salieran libres como un río desbordado… porque simplemente ya no pude soportar un minuto más así, ahogándome, quemándome por dentro. Lloré deshaciéndome en sus brazos cálidos que me sostenían con más fuerza de la necesaria.

Apreté su camiseta en puños y dejé fluir todo hacia afuera.

— ¿Qué está sucediendo aquí? —La voz siseante taladró entre nosotros desde la puerta de mi habitación hasta enterrarse en mi corazón como una espina envenenada.

¿Qué hacía él aquí?


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Hola niñas por aquí le dejo el nuevo capi… espero que lo hayan disfrutado porque en serio que me costo demasiado escribirlo… ummm creo que tengo un poco de estrés laboral… bueno en fin gracias por los mensajitos y por las palabras de apoyo, eso y mis ganas de ser mejora cada días son lo que me animan a seguir.

A mi nueva Beta Manue ¡Eres un Flash! Gracias por arreglar mis locuras tan rápido muaxxx

ATT: MarieElizabethCS