Me desperté a media noche, se oían unos sollozos estridentes que estaban intentando ser apagados en un cojín, pero no era así.

Hasta que los ojos no se me acostumbraron a la oscuridad no pude ver de dónde venían, pero al cabo de pocos minutos vi que provenían de Albert, que se había hecho llamar Al.

Yo fui uno de los pocos que conservé mi nombre real después de haberme lanzado de aquella terraza, no me podía creer que yo lo hubiese hecho, pero sin embargo lo hice sin dudarlo. Al llegar a la red me preguntaron mi nombre y respondí el mío, el real, ya que era la única cosa que podía conservar de mi facción, y a la vez de mi familia.

Nunca había creído en la frase que me habían inculcado des de pequeño de facción antes que sangre, creía que mi procedencia era algo que no debía olvidar, pero también sabía que debía mantener este sentimiento como un secreto, ya que si esto se descubría podían desterrarme y hacerme ser un sin facción, y no me podía imaginar nada peor que eso.

En este instante, con ese pensamiento en mente rompí a llorar. Los recuerdos aparecieron por mi mente, los momentos mágicos con mi familia, mis cumpleaños con aquel pastel de manzana que me hacía mi madre, las charlas que siempre eran sinceras, cosa segura en mi antigua facción, Verdad. Todo lo echaba de menos, y una pequeña duda apareció ante mí, ¿y si no había hecho bien abandonándoles?

Aun tener esa duda no podía echarme atrás, ya había tomado una decisión y debía aceptarla lo más pronto posible, así que me concentré en aquello que me había hecho decidirme, ella. Me tranquilicé en pensar que la tenía cerca, y me dormí.

Sé que estuve soñando, y que era algo desagradable ya que cuando me despertaron Molly y Drew tenía la boca seca y estaba cubierto de sudor frío, aun así fingí que estaba bien, salté de la litera y me fui hacia el centro del pozo, lugar donde se centraba toda la vida del cuartel general de Osadía.

Nos dirigimos al comedor, de hecho tenía mucha hambre, el día anterior no había conseguido ingerir nada de los nervios, y mis tripas se quejaban. Cogí cuatro tostadas y un par de madalenas y me senté junto a mis viejos amigos en una mesa central mientras hablábamos de todo aquello que nos esperaba el día.

No sabíamos que nos deparaba la iniciación, así que fuimos, muy animados y yo un poco preocupado, cosa que no podía mostrar, hacía la sala de entrenamientos.

Cuatro nos explicó que la primera fase consistía en la fuerza, que deberíamos luchar unos contra los otros con el fin de ganar un puesto en la clasificación. Pensé que tenía alguna ventaja, se me daba bien luchar, sin embargo tuve miedo al saber que los dos últimos de la clasificación quedarían eliminados.

Ese día nos enseñaron una serie de golpes, debíamos practicarlos con un saco y descubrir cuáles eran nuestras mayores ventajas enfrente los demás.

Descubrí que se me daba muy bien todo el tema de la lucha, y eso me encorajó, pero a la vez ese entrenamiento me desanimó. Veía que ella no sabía cómo usar su fuerza, no sabía luchar y mucho menos sabía explotar sus puntos fuertes, y me preocupé por ella.

De repente vi como Cuatro se acercaba hacia ella, creí que le echaría bronca o algo así, pero fue al contrario. La agarró por la cintura y le enseñó cómo aprovechar su rapidez. Eso debería haberme tranquilizado, pero fue todo lo contrario, empecé a molestarme, un sentimiento que hasta entonces no había conocido apareció ante mí, estaba celoso.

Empecé a golpear el saco para sacar mi ira, pero no funcionaba. Me puse rojo, y cada vez que veía como avanzaba la escena me iba ruborizando más y más, hasta que con un puntapié desenganché el saco, y todos se quedaron mirándome. Los colores me iban subiendo más y más, suerte que anunciaron el final del entrenamiento y Tris, el nombre que se había puesto, se fue con sus amigos en vez de con Cuatro, si no hubiese sido así hubiese podido hacer alguna locura.

Cogí la puerta a la mínima que pude y eche a correr. Necesitaba estar solo y pensar y creí que el mejor lugar para hacerlo era el precipicio del río, allí no había casi nadie nunca.

Llegué allí y aun no he descubierto porque pero tuve que chillar. Grité con todas mis fuerzas y descargué toda la rabia contenida, al menos tenía la certeza de que mis gritos no se oirían en medio del estruendo que había del río chocando contra las rocas, pero de repente oí unos pasos.

Molly y Drew aparecieron tras de mí, y me empecé a poner nervioso, ya que ya sabía que tocaría responder una serie de preguntas incomodas las cuales no me apetecía nada contestar así que simplemente les miré, les sonreí y me fui.

No sabía dónde iba, pero llegué hasta la tienda de tatuajes, y ahí decidí que era lo que debía hacer para pasar a ser un osado de los pies a la cabeza y, además, llevarla siempre cerca de mí. Pedí a una chica joven, Tori creo que se llamaba, que me tatuara el signo de Abnegación y el de Verdad uno en cada pectoral, y luego me tatué en el centro el de Osadía.