¡Feliz domingo a todos!
Aquí vengo con el capítulo dos, que nuevamente hará que todos queráis matarme cuando lleguéis al final de la página, así que, una vez más, os aviso de que tengáis cuidado con él. Es Angst, mucho más que el primero.
Y dicho esto, solo me queda darles las gracias a todos aquellos que participaron en el TT de felicitación a Amber. Este lunes es el de Chord, a ver si tenemos suerte también. Que por cierto, ¿visteis los tweets Rileystreet? Más doble sentido no podrían tener omg! lol
Y nada más, quién se anime a leer el capi, que me regale un review contándole qué le ha parecido ^.^
Recordad que los pensamientos siempre van en letra cursiva.
Disclaimer: Glee no me pertenece.
Capítulo 2: Recupérala
Los amores de verano duelen, sobre todo los que nunca llegaron a ser del todo correspondidos. Duelen y no se olvidan. Permanecen en el corazón de la persona durante toda su vida. Y algunos, traicioneros, crecen todavía más con el tiempo, destrozando todos y cada uno de los intentos por seguir adelante.
El corazón de Sam Evans jamás dejó de latir por ella. La chica cantarina que se tendía en su toalla al lado de su torre tarde tras tarde, leyendo y devorando libros mientras él la observaba reír. Como un idiota, su corazón había seguido buscándola en aquella playa, aun sabiendo que ella se había marchado lejos. Como un tonto, él había tratado de seguir adelante, solo para conseguir hacerles daño a todas aquellas chicas que querían ocupar un lugar en su corazón. Éste seguía perteneciéndole a ella, aún después de tanto tiempo.
Sam suspiró de nuevo, mirando su foto en el periódico. Estaba preciosa, tal y como la recordaba, y lo había conseguido. Había triunfado. Su nombre empezaba a ser muy conocido y él no podía dejar de mirar aquella foto sin que los recuerdos de aquella noche lo asaltasen.
—Está aquí —habló en voz alta, pasándole el periódico a su amigo Puck para que él también la viese.
El chico empezó a leer para sí todo lo que ponía el artículo, mientras Sam le observaba desde lejos.
—Sí, actuará aquí cerca —le informó, mirando ahora la foto de la chica—. Tienes que ir a verla, Sam. Hablar con ella.
Aquello era todo lo que Sam quería. Verla una vez más, aunque ella terminase de nuevo partiéndole el corazón. El mismo que le engañaba una y otra vez haciéndole creer que ella sí le quería. Que ella sí le había amado. El mismo que le aseguraba que ella le había mentido y que estaba asustada, tanto como él.
—No puedo estar sin ella —dijo, sabiendo que aquello era una realidad que le acompañaría durante el resto de su vida.
—Ve a buscarla. Dile la verdad —Puck no sabía cómo ayudar a su amigo. Le había visto darse cabezazos contra la vez durante años tratando de olvidarla sin conseguirlo—. Estoy seguro de que te gustará verte allí. Eras su amigo.
—Sí, lo fui —respondió él, triste—. Y luego lo jodí todo.
—Probaste suerte y no sucedió, hermano. Pasa todo el tiempo —Puck se levantó del sofá, dejando el periódico en la mesa y dándole una palmada en el hombro.
—Fui yo quien la alejé de mí —admitió Sam, observando la foto de Mercedes delante de él.
—Recupérala —respondió su mejor amigo, esperando que el chico le hiciese caso de una vez por todas.
Y él lo hizo. Presentándose en aquella actuación, con su mejor traje y un ramo de rosas rojas tan hermosas como él la recordaba a ella.
Todo el mundo la adoraba, y él la observó emocionado, sabiendo que por fin la chica había conseguido cumplir su sueño.
Brillar.
Cantar sus propias canciones. Enamorarles a todos con ellas.
A él.
Llegar a su camerino no fue fácil, ni tampoco cruzar las puertas que le permitirían verla. Guardias de seguridad le imposibilitaban la entrada, mientras recibía empujones de delante y de atrás.
—¡Es ella! —Gritó uno de los fans, provocando una revuelta en las filas que esperaban una foto, una firma, o incluso la oportunidad de tocarla.
En cuestión de segundos, los guardias abrieron paso para que la chica pudiese entrar en su camerino sin ningún contratiempo. Y él la vio pasar a su lado, acompañada de un chico que la separaba de las masas y al que ella se abrazaba en busca de protección. Un chico que le miró y luego siguió andando, perdiéndose en el interior del camerino.
Ella no estaba sola. Había encontrado a alguien.
Sam tragó saliva, bajando las flores que había apretado contra su pecho. Había tenido la ilusión de que ella lo viese, pero no había sido así, y ahora, todos los fans habían deshecho la fila, tratando de conseguir que les dejasen pasar a saludarla.
—¡La puerta! —Volvieron a gritar, casi dejándole sordo, al tiempo que veía cómo ésta se abría y de ella salía el chico que había entrado con ella segundos antes. Éste se detenía a su lado y agarraba su brazo con su mano para llevarle lejos del gentío.
—Espera... espera. No soy un acosador —le dijo, pensando que seguramente eso sería lo que habría pensado el chico al verle con aquellas flores. Este era mayor que él, y sin dudar tenía mucha más fuerza. Un gigante de color, que le llevo hacia un lado y lo miró de arriba abajo, esperando que se callase. Cosa que él no hizo—. Yo la conozco. La conocí hace años —le explicó—. Solo quería verla y darle la enhorabuena.
—Y esas flores —dijo el gigante, con voz grave.
—Sí, supongo que sí. Eso es lo que hacen los fans, ¿verdad? —el chico sonrió, empezando a marcharse. No tenía sentido seguir allí. No tenía sentido remover el pasado, no cuando ella ya tenía a otra persona a su lado. No cuando había pasado página como no había podido hacerlo él.
—Espera, Sam.
Su voz retumbó en sus oídos, provocando que el chico se girase de nuevo, asombrado.
—¿Cómo sabes mi...? ¿Nos conocemos?
—Mírame bien —dijo el moreno, sonriente—. ¿No te recuerdo a alguien?
—¿Bobby? —¿Era Bobby? ¿El hermano de Mercedes?
Sam solo había podido verle en fotos, pero la chica solo hablaba de él cada vez que el chico le preguntaba por su familia. De su sonrisa, de lo enorme que era. De la fuerza que tenía... Sam había podido comprobarla segundos atrás, y ahora no podía dejar de sonreír, aliviado. El chico que la había acompañado era su hermano.
—Creí que eras—
—¿Su novio? —Preguntó, recibiendo un asentimiento por parte del chico—. No hay ningún hombre en su vida, Sam. Solo yo y tus recuerdos. Tus fotos. Me alegro de que hayas venido hoy. Tienes que ir y entregarle esas flores —sonrió, animándole a que le acompañase de vuelta.
—Yo... No entiendo.
—Quise llamarte mil veces, explicarte la razón por la que mi hermana había sido tan tonta, pero cada vez que lo hacía, ella estaba allí para impedírmelo. Y luego me lo prohibió, borrando tu número de su teléfono móvil —Sam escuchaba atónito aquellas explicaciones como si de verdad el chico no se las estuviera dando a él. Estaba en otro mundo, en otro lugar. Después de tanto tiempo, él seguía sin poder entenderlo—. Me dijo que te había hecho muchísimo daño, y que jamás conseguiría que tú la perdonases. Por eso no te llamaba, por eso no volvió a por ti —Bobby negó con la cabeza, tocándole el hombro con su mano derecha para que lo mirase a él—. Sam, Mercedes cree que la odias.
—Yo no la odio —respondió el chico, alucinado.
—A juzgar por esas flores, no —dijo Bobby, observando a la vez cómo el pétalo de una de ellas se desprendía y caía al suelo—. Hagamos una cosa —empezó a decir, mientras Sam le escuchaba atentamente—. Yo se las daré, o no conseguirán pasar vivas esa montaña de fans, y tú saldrás por esa puerta. Es la salida de emergencia y da a un callejón en el que espero, no haya ningún fan escondido. Cuando estés abajo, tuerce a la derecha y sal a la calle, nosotros te estaremos esperando en el restaurante que queda justo enfrente. ¿Lo has entendido todo?
Sam asintió con la cabeza, guardando nota mental de todo lo que Bobby le había dicho.
—No quiero que nada te pase —le explicó él, aceptando las flores que el chico le ofrecía—. Han visto que hemos estado hablando, lo mejor es que piensen que eres uno más de los que echo fuera todo el tiempo.
—Dile que...
Dile que la quiero, que siempre la he querido. Dile que no la odio. ¿Cómo podría?
—No. Nada. No le digas nada —le pidió en cambio, dirigiéndose ya hacia la puerta.
Todo aquello podría decírselo él mismo, en cuestión de minutos. Todas aquellas cosas podría repetírselas una vez más, a riesgo de que ella volviese a romper su corazón de nuevo.
Salió al callejón, dónde para su suerte, no había ningún fan esperando, y siguió andando hasta llegar a la calle, encontrándose con la carretera que tenía que cruzar. Al otro lado estaba el restaurante donde se encontrarían. El restaurante donde él podría volver a luchar por ella. Al otro lado de la carretera estaba la esperanza de poder pasar la vida a su lado.
Ni siquiera se fijó en que el semáforo acababa de ponerse en rojo en ese mismo instante. La sensación de felicidad que le causaba el estar tan cerca de conseguir su sueño, le empujó a cruzar aquel paso de cebra. Y sin tiempo a reaccionar, el coche que venía a toda velocidad por la carretera colisionó contra él, lanzándole lejos. Sus ojos se cerraron, segundos después, hundiéndolo en una fría oscuridad.
Cuando volvió a abrirlos, después de parpadear varias veces acostumbrándose a la luz de la habitación, pudo ver que descansaba en una cama de hospital, con tubos conectados a su cuerpo y una mascarilla que le ayudaba a respirar. Su madre sostenía su mano, sentada en la silla al lado de su cama, mientras dormía esperando que él se despertase.
Sam se movió, tratando de apartarla de su nariz, y el gesto la despertó, levantando la cabeza para mirar a su hijo al tiempo que sus ojos se le llenaban de lágrimas.
—Cariño... Oh, cariño, estás despierto.
—Mamá... —Habló él, tosiendo ligeramente al conseguir sacarse por fin la mascarilla—. ¿Qué me ha pasado?
—Tuviste un accidente, Sam. Un coche te atropelló mientras cruzabas la calle.
—Oh... La calle.
Mercy.
Él estaba cruzando la calle. Estaba... Iba... Iban a volver a verse. Ella estaba esperando por él.
Sam quiso levantarse, enderezar su cuerpo para averiguar la hora. Ni siquiera sabía si a ella le habrían contado sobre el accidente.
—Mamá...
—No, Sam. No intentes levantarte —le pidió su madre, sin conseguirlo. El chico estaba más que decidido a hacerlo y ella no podría impedírselo. Nadie podría, excepto él mismo.
—Mamá... —La llamó con miedo, tratando de levantarse, a la vez que notaba cómo su cuerpo no le obedecía—. No puedo moverme.
—Vuelve a tumbarte, Sam. Los médicos vendrán en unos segundos —le pidió, a la vez que pulsaba el timbre de la sala de enfermeras, esperando que una de ellas acudiese lo más pronto posible.
—No puedo mover mis piernas —dijo, al mismo tiempo que alejaba sus manos de él y destapaba las sábanas para buscar sus extremidades. Éstas permanecían intactas como si no les hubiese pasado nada en absoluto, pero inmóviles—. ¿Por qué no puedo mover mis piernas? —Preguntó, empezando a frotarlas con sus dos manos, sin obtener respuesta—. Mamá, no las siento. ¡Oh, Dios mío, mamá! ¡No puedo moverlas!
—Cariño, cálmate. Mírame —le obligó, sosteniendo su rostro entre sus manos—. ¡Mírame! Tienes que calmarte, ¿sí? Tienes que parar o te harás daño.
La mujer había conseguido por fin que el chico la mirase, y ahora él podía ver en ellos la inmensa tristeza que los invadía.
—¿Qué me pasa, mamá? —Preguntó, mientras permitía que ella le abrazase y él se secaba las lágrimas que había derramado sin darse cuenta.
—Sam, aún es pronto para saberlo. Tienes que descansar.
—¿Qué me pasa? Dime la verdad —Insistió, obligándola a que le mirase a los ojos—. ¿No voy a volver a caminar? ¿Es eso?
—Sam...
—¡¿Es eso?!
—Lo siento mucho, cariño —le respondió, sintiendo cómo su corazón se rompía en mil pedazos.
—Oh Dios, oh Dios —sus manos buscaron su pelo a la vez que tiraban fuerte de él, mientras se balanceaba hacia delante y hacia atrás—. Oh Dios.
—Sam... —Su madre trataba de separárselas, intentaba alejarlas de su bonito pelo rubio, pero él no se lo permitía.
—¡Déjame! —Le gritó, empujándola lejos.
—Hijo, por favor —le suplicó.
Pero él no la escucharía. No lo haría.
El chico estaba dolido, lastimado y roto como solo lo había estado una vez en su vida. Aquella noche en la que Mercedes Jones se había marchado de su lado.
—Vete —susurró con voz débil.
—Cariño...
—¡Vete! —Gritó esta vez, sabiendo que de ninguna otra manera conseguiría que se fuese. Quería que se marchase, que todos lo hiciesen. Sus padres, sus hermanos...
Mercedes.
Oh, Dios mío, no podía andar. No podría volver a caminar.
Había querido darle todo y ahora ya no tenía nada. No podría ofrecerle nada.
—¡Moveos, maldita sea! ¡Despertad! —Gritó desesperado, golpeando sus piernas con toda la rabia que sentía dentro—. ¡Despertad! —Pudo decir una vez más, antes de que la enfermera entrase por fin en la habitación acompañada de su madre, y el médico lo sostuviese, ayudándole a la chica a suministrarle un calmante.
Uno que le llevó de nuevo a la oscuridad.
El tiempo pasó, y Sam pudo salir al fin de aquel hospital con la ilusión de poder regresar a su casa.
No soportaba las miradas de la gente. Necesitaba salir de allí y alejarse de todos aquellos que le trataban con lástima.
—No vas a vivir allí, Sam —le oyó decir a su madre, mientras ésta bajaba la silla del coche y su padre lo sostenía entre sus brazos antes de dejarlo en ella.
—¿Por qué no? —Preguntó, mirando a todos lados sin poder reconocer el lugar dónde se habían detenido. Todo era extraño para él. Aquel jardín, aquella casa...
—Cariño, no puedes vivir allí —Mary Evans le hablaba mientras su marido hacía rodar la silla de su hijo hacia la puerta principal de aquella enorme casa—. No está adaptada.
—Podemos adaptarla —dijo con rapidez, casi atropellándose con las palabras. Sus manos habían detenido el avance de la silla y sus ojos los miraban suplicantes—. Papá, dile que podemos adaptarla.
—Sam, vas a vivir aquí ahora —le respondió él, a la vez que elevaba la mano para señalarle su nueva casa.
—¿Aquí? No... ¡No! Yo no tengo con qué pagarla —dijo él, siendo conducido hacia el interior de la casa sin poder hacer nada por evitarlo.
—No te preocupes por eso —Mary Evans trató de calmarle, a la vez que se colocaba delante de él e impedía que el chico continuase observando la estancia. Los ojos de él se habían detenido durante unos segundos en el elevador situado junto a las escaleras que llevaban al piso de arriba y ahora la miraba a ella, mientras trataba de recuperar el poder sobre aquella maldita silla con la intención de poder salir de aquella casa.
—¿Cómo no me voy a preocupar? Vosotros tampoco lo tenéis. ¿Quién se supone que va a pagarla? —Preguntó, a la vez que en la habitación reinaba el silencio durante unos segundos. Ninguno de sus padres quería responder a aquella pregunta—. ¡¿Quién?!
—Mercedes la compró para ti, hijo —fue su padre quién habló por fin, acabando con todas sus dudas.
—No... No, papá —El chico negó con la cabeza, enérgicamente. No le valía aquella respuesta. No quería aquella respuesta.
—Sam, ella... —Su madre trató de hablar, pero su silla ya se movía con dirección a la entrada principal, decidido a largarse de allí.
—¿Por qué le dejasteis? —Gritó, sin poder contener en su interior su furia y su decepción. Su padre lo atrapó incluso antes de que pudiese salir por la puerta, y aquel gesto hizo que su corazón y su mente se sintiesen encarcelados. Una prisión que ella misma le había brindado.
—Sam... —Su madre quería hacerle entrar en razón, pero el chico se negaba a concedérselo.
—¡No quiero que lo haga! —Exclamó, mientras el eco de sus palabras rebotaba contra las paredes de aquella enorme casa. Necesitaba irse de allí. Necesitaba volver a casa. ¡A la suya! Aunque fuese sin la ayuda de nadie.
—Lo siento, Sam —le oyó decir a su padre, a la vez que él se detenía de nuevo enfrente del chico y afincaba sus manos en la silla para detenerla—, pero queremos lo mejor para ti y ella es quién puede proporcionártelo.
—No... ¡No, papá! No quiero nada de ella. ¿No lo entendéis? ¡No quiero nada que venga de ella! No quiero su dinero, no quiero su culpabilidad. Yo... Yo quería... Solo quería... Pero ahora... Ella... —No podía completar sus frases. Sus sueños... Cada uno de ellos se había roto. Ya no le quedaba nada. Nada por lo que luchar.
—Sam, recuerda lo que te dijo el doctor. Respira, cariño. Por favor —le pidió Mary, verdaderamente preocupada, viendo cómo el aire se le hacía insuficiente a su hijo.
—Haz lo que tu madre te dice, Sam —habló su padre, junto a él, agachándose ligeramente hasta quedar a su altura.
—Dejadme... Solo... Por favor —les pidió, deseando poder desaparecer. Deseando que todos dejasen de tratarle como si fuese un bebé.
—¿Solo? —Su madre no disimuló el cariño con el que salieron aquellas palabras de su boca—. No, Sam. ¿Cómo te vamos a dejar solo? —Mary también se agachó a su lado, al tiempo que su hijo intentaba que ella no lo hiciese—. Escúchame bien, cariño. Jamás estarás solo. Nos tienes a tu padre y a mí. A Stevie y a Stacy, que te adoran y te quieren. No les apartes de ti —le pidió, secando una de las lágrimas que había dejado resbalar por su mejilla.
—Siento haberos gritado —dijo él, odiándose por hacerle daño a su propia familia. Ellos eran lo que más quería en el mundo y él no había hecho más que rechazarles y tratarles como un trapo.
—Que no vuelva a pasar —le advirtió Stacy, desde lo alto de las escaleras. Su hermano Stevie no tardó en aparecer a su lado con una sonrisa enorme para él.
—Sam, tío, tienes que probar el elevador. ¡Mola que te cagas! —exclamó, a la vez que se montaba en él y bajaba a buscarle.
—Menudo morro que tienes, Stevie —su hermana rió, a la vez que bajaba con rapidez aquellas escaleras para abrazar a su hermano.
—Lo siento mucho, Stace —susurró junto a su oreja en el abrazo, apretándola contra sí y acariciando su pelo rubio con cariño.
—Shhh... Todo está bien, todo está bien —respondió ella, dejando un beso en su mejilla, antes de regalarle la más bonita de las sonrisas—. Acepta la casa, ¿sí? Hazlo por mí, es preciosa.
Sam no pudo hacer otra cosa más que aceptar con la cabeza, triste.
Y cuando se quedó por fin solo, lloró. Dejó salir todas aquellas lágrimas que le destrozaban por dentro.
Mercedes se sentía culpable y le tenía lástima. Ella se sentía culpable por lo sucedido y había encontrado la manera de pagarle.
Sam solo había deseado su corazón pero éste nunca había sido suyo.
—Ahora quieres dármelo todo cuando yo ya no tengo nada para darte —susurró, mientras sentía cómo sus mejillas se humedecían y él intentaba secarlas, odiándose por ser tan débil.
Ya no volvería a caminar, ni a nadar. Ya no volvería a sonreír, ni a ser feliz. Dios le había arrebatado su única oportunidad para conseguirlo.
Cerrando los ojos durante unos instantes, respiró profundamente, a la vez que recordaba cada uno de los momentos vividos junto a ella. Quería olvidarla, pero no podía. Quería borrar aquellos recuerdos, pero éstos regresaban a su cabeza una y otra vez.
Su sonrisa, sus rizos negros.
Sus preciosos ojos.
Su canción.
Sam nunca llegaría a saber cuál era aquella canción que ella le tarareaba cada tarde.
Mercedes.
Abriendo los ojos de nuevo, se los secó con sus manos, prometiéndose a sí mismo el no volver a llorar. El no volver a luchar.
Iba a dejarla ir, como debía haberlo hecho hace muchos años. Iba a dejarla ir. Ya no lucharía por ella. No cuando ya no le quedaba nada para ofrecerle.
Una vida juntos.
Una familia.
Felicidad, cariño, pasión.
La había deseado tanto.
Sus manos apretaron con fuerza las ruedas de la silla, haciéndole ver que aquella era su nueva realidad. La única para él. Una en la que ella no tenía cabida.
Me compró una casa.
Se recordó, a la vez que sus ojos escudriñaban la habitación que tenía delante de él.
Era la suya.
Stacy se lo había asegurado momentos antes, mientras su hermano Stevie lo empujaba hacia el interior con la intención de enseñársela. Y sus ojos se posaban rápidamente en aquella cama, imaginándosela junto a él, a su lado cada mañana al despertarse.
Imaginándose que su sueño se cumplía, que aquella casa era de los dos. Deseando que todo lo sucedido fuese una pesadilla y no la cruda realidad. Una que le rompía por dentro y le hacía querer desaparecer. Haberse muerto en aquel accidente. Para no tener que ver lo que ella realmente sentía por él. Para no tener que sufrir aquel dolor en su pecho. Para poder borrarla para siempre de su estúpido corazón.
Pero Dios no se lo había permitido. Él lo había dejado allí, en aquella silla de ruedas y ella le había comprado una casa. Una que se le hacía más grande a cada segundo y le hacía recordar todo lo que él ya no podría darle. Una jodida casa que le demostraba lo único que ella sentía y sentiría por él algún día.
Lástima y culpabilidad.
—Duelen más que el odio —susurró, cansado.
Dolían más que la indiferencia. Más aún que aquellos años vividos sin ella. Ella sentía lástima por él y Sam se odiaba a sí mismo por no poder dejar de amarla.
—¿Hasta cuándo? —Se preguntó, dejando atrás aquella habitación y haciendo rodar su silla en dirección al elevador. No tenía ningún hambre, pero se obligaría a comer por su familia.
El timbre de la casa sonó al tiempo que el elevador lo dejaba ya en el piso de abajo. Llamaban con insistencia, como si la persona que estuviese esperando del otro lado de la puerta hubiese pulsado el botón y su dedo se le hubiese quedado pegado a él. Era un ruido estridente, uno que hacía que Sam rodase con mayor velocidad las ruedas de la silla para poder llegar antes. Uno que cesó de repente en el mismo momento en el que el chico abrió por fin la puerta y se hizo a un lado con la silla, observando a la persona que tenía enfrente de él.
—Sam... —susurró Mercedes, sonriéndole con cariño a la vez que notaba cómo los ojos comenzaban a aguársele.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó él, sin poder creerse lo que estaba pasando.
La chica quiso hablar, pero él no le dejó, buscando la puerta con su mano.
—¿Has venido a comprobar que todo está en orden? —Preguntó, con rabia.
Las palabras del chico causaron un gran impacto en ella, provocando que Mercedes abriese la boca varias veces, sintiéndose como una estúpida. ¿Realmente había pensado que él podría olvidar algún día todo el daño que ella le había hecho? Bobby le había asegurado una y otra vez que Sam no la odiaba, pero ella no podía creerle. ¿Cómo podría hacerlo, después de ver cómo él la estaba mirando? Con dolor, con rabia. Como ella misma se había visto en el espejo durante todos aquellos años. Con odio, con desilusión. No se lo merecía, pero su corazón le empujaba a luchar por él. Después de tantos años... su corazón seguía latiendo como un loco al oír su voz y sus palabras. Aunque éstas le atravesasen el pecho y le hiciesen sentir aún más culpable por el dolor que ella le había causado.
—He venido a verte —dijo por fin, sacando fuerzas de dónde no tenía, decidida a recuperarle.
—Y lo has hecho. Ya puedes irte —respondió él, levantando su mano para señalarle el camino de vuelta.
—Sam...
—¿No me oyes? Quiero que te vayas.
¿Qué venía a buscar? ¿Por qué no podía irse y dejarle en paz? Él solo quería olvidarla, borrarla de su mente, pero ésta no se lo permitiría, y Mercedes tampoco quería ponérselo fácil. Se había ido una vez, ¿por qué no podía hacerlo una segunda? ¡Que se marchase de una vez, y que se llevase con ella su lástima y su culpabilidad! ¡Sam no las quería!
—¡Vete! —Chilló, haciéndose a un lado para cerrar la puerta y reprochándose a la vez el haber sido tan estúpido al abrirla.
Continuará.
Lo sé, lo sé. Me estáis odiando como nunca antes. u.u En mi defensa diré que el tercero os gustará más. O eso espero. Nunca creí que le tendría tanto cariño a este fic, pero supongo que después de tanto tiempo dando vueltas la historia en mi cabeza termina por suceder.
Os animo a dejar un review comentando qué os ha parecido. O incluso amenazándome con que lo remedie. Los reviews siempre serán amor y a los escritores (o algo parecido) nos dan vida :3
Agradecimientos:
Gracias a todos aquellos que me habéis regalado RT's y favoritos en twitter, y a aquellos que me habéis comentado el capi por allí. Gracias también a aquellos que me habéis hecho reblogs en tumblr.
Y gracias de verdad por vuestros reviews que dejan una sonrisa en mí todo el tiempo. Gracias a Ale (Que me llamó de todo y aun así le encantó el fic. Sé que soy mala, Ale, me gusta demasiado el Angst, debería mirármelo :S :S Pobres mis niños, te prometo darles un buen final, uno que espero que no os decepcione. Mil gracias por leerlo, aunque fuese demasiado para ti. No me odies por el final de hoy…¡Un abrazo grande!); a Maru (Ay, pobre tu sobrina. Y pobre tú, que acabaste llorando. Lo siento mucho T.T Todas me decís que Merce le quiere, ¿qué os hace pensar eso? xDD ¿Quieres que luche? No sé yo si él estará muy por la labor u.u Gracias por leerlo, Maru. Un besito ^.^); a Stephanie (A mí también me gustan más las pequeñas historias, supongo que será porque tienen lo interesante en pocos capítulos ^.^ Umm, a ver qué opinas de este segundo capi. ¡Gracias por leerlo! Un besito :3); a Rosa Elena (Otra que me dice que es obvio que sí le quiere… Ayns, no sé yo, eh. La chica parecía muy convencida de que no. Sorry por dejarte con angustia, vas a querer matarme por el final de este capi, lo sé :S Os prometo que lo arreglaré de verdad. ¡Un besito y un abrazo para ti!); a AmberRileyRules (No te quiero matar :S :S Y noooo, reemplazar a Rib sería mucho trabajo jejejeje A ver qué te parece este. ¡Un besito!); a Cassandra (jajajaja Sam con traje de baño es morir, ¿verdad? xDD ¿Tú también crees que ella le quiere? Todas lo pensáis y me hace gracia porque ella se empeña demasiado en hacerle ver lo contrario xD Y no, Chloe no es nada al lado de Mercy. Ella será para siempre la única para él. ¿Al final subiste las dos fotos en twitter?No las vi. Ya me dirás qué te parece este segundo capi. No me mates :S ¡Un besito!).
Nos vemos pronto.
Syl
