La historia no me pertenece es obra de Isabelle Rae y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

Capítulo 3

Entonces, dónde vais exactamente? —me preguntó Kate mientras estaba tendida sobre mi cama mientras yo miraba dentro del closet. —No tengo ni la menor idea, él no me lo dijo. —La miré por encima del hombro, lanzando una mirada desesperada. Kate y yo estábamos tratando de elegir algo para que me vistiera durante la última hora; yo estaba volviéndome más y más estresada con cada minuto que pasaba. —Bueno, primera cita a una boda, segunda cita ¿quizás la ópera? —ofreció ella riéndose. — ¡No me estás ayudando para nada!Kate, en serio, si vas a sentarte ahí haciéndome comentarios estúpidos entonces, ¿cuál es el punto de que hayas venido a ayudarme? —Me quejé, lanzándole un par de calcetines. Ella los atrapó y me las volvió a tirar a mí. —Deja de estresarte, es sólo un chico —replicó, rodando los ojos. La miré y cerré los ojos. Tiene razón. Tengo que ponerme a pensar en otra cosa. Claro, él parece amable y es jodidamente caliente, pero casi no sé nada acerca de él. Respiré hondo y caí de espaldas sobre la cama. —Tienes razón, voy a ponerme los pantalones negros y la camisa roja —decidí, harta de tanto pensar en ello. Apenas había dormido algo la otra noche porque estaba tan excitada con la cita y cada segundo del día se había alargado a causa de eso. Todavía tenía aún una hora y media para esperar hasta que él me recogiera. Kate asintió. —Buena idea. Ponte la camisa con el primer botón de abajo abierto para que pueda echar un vistazo al ombligo y al piercing —instruyó ella, guiñándome un ojo—. Ya sabes que un chico no puede resistirse a eso. Asentí y me dirigí a la ducha. Cuando salí, Kate me ayudó con el pelo, alisándolo todo. Una vez vestida, la miré e hice un leve giro, esperando su aprobación. — ¿Qué opinas? —le pregunté, mordiéndome el labio.

—Yo me lo haría contigo —replicó, entrecerrando sus ojos hacia mi juguetonamente—. Espera, otro botón de abajo. Se inclinó, desabrochó otro botón de más abajo, por lo que me quedé solamente con dos botones abrochados, cubriendo mis pechos. Me burlé y alejé sus manos. —Kate, de verdad, no quiero darle una impresión equivocada. Probablemente ya piense que me voy a acostar con él esta noche, no quiero mostrárselas en su cara — protesté, abrochándome los botones. Ella suspiró. —De acuerdo, pero no sé por qué no quieres hacerlo con él esta noche. Necesitas acostarte con alguien. Te relajaría y pondría una sonrisa en su cara. El timbre sonó antes de que pudiera responder. La miré nerviosa, mi corazón latía con rapidez. Ella me dio la cartera y colocó mi chaqueta negra en mis manos. —Anda, diviértete y no hagas nada que yo no haría —me aconsejó y me guiñó. — ¿Hay algo que tú no harías? —bromeé. —No —replicó ella, riéndose y mirando hacia mi ventana. —Voy estar mirando desde la ventana. Él no puede ser tan caliente como tú dices que es. Sacudió la cabeza. Yo sonreí, sabiendo que no iba a verlo en ese momento, él estaba debajo del porche, esperando en la puerta principal. —De acuerdo, cierra la puerta cuando te vayas, ¿vale? —le dije mientras saltaba los escalones y llegaba la puerta principal. Mis padres habían salido esta noche y yo estaba secretamente agradecida. Ya había conocido a sus padres pero definitivamente no estaba preparada para que conociera a los míos. Mi padre era embarazosamente protector sobre el tema de los chicos, y no se cortaba mucho al hablar sobre castraciones por aprovecharse de mí o lastimarme. Generalmente esto me dejaba paralizada, lo cual era indudablemente horrible para todas las partes implicadas. Abrí la puerta y ahí estaba él parado, luciendo increíblemente caliente con sus jeans y su camisa blanca ajustada y una camisa azul de cuadros por encima. La llevaba desabrochada, de forma que se podía ver a través de la camisa abierta su cuerpo bronceado. Yo apenas podía respirar; estaba tan excitada que me balanceaba entre un pie y el otro, no sabiendo qué decir. —Guau, estás increíble —me halagó, mirándome de arriba abajo muy despacio —. Traje esto para ti. —Me tendió un ramo de flores multicolores.

¿Flores? Esta ya es la mejor cita que he tenido.

—Gracias, Edward, eso es increíblemente dulce, no deberías haberlo hecho. Tomé el ramo que me tendía, las olí y le sonreí gratamente.

—No sabía cuál era tu flor favorita o tu color favorito, así que elegí un ramo con cada una —admitió él sonriendo.

¿Ohhh, podría ser mejor?

—Gracias. Déjame colocarlas en agua y luego estaré lista. Abrí la puerta un poco más, haciendo que él pasara. Lo guie hasta la cocina y coloqué las flores en un jarrón de vidrio que rellené con agua. Las arreglaría apropiadamente cuando llegara más tarde a casa. Edward estaba apoyado en la encimera, mirándome. — ¿Entonces a dónde vamos? —Bueno, había pensado que podríamos ir a cenar, y que tal vez si tú estás lista para ello, podríamos ir a hacer mi cosa más favorita en el mundo —replicó, sonriéndome. Yo solté un grito ahogado, mirándolo sorprendida de que pudiera ser tan directo —. ¡No voy a tener sexo contigo después de cenar! Él sonrió y se acercó a mí, colocando sus manos en la encimera a ambos lados de mi cuerpo, inclinándose hacia delante y apretándome con su cuerpo el mío. Mi aliento quedó atrapado en mi garganta mientras él acercaba su cara más a la mía. Podía oler su loción para después del afeitado. La especiada y masculina fragancia embargó mis pulmones y me dejó casi inconsciente. Mi cuerpo entero temblaba de emoción, esperando que él me besara. Cerré mis ojos cuando su boca apenas rozó la mía. Su aliento mentolado sopló a través de mis labios. El tiempo parecía haberse detenido mientras esperaba y esperaba que sus labios conectaran con los míos. Finalmente sus labios rozaron los míos, tan suavemente que apenas pude sentirlo. —Realmente tienes una mente sucia, Bella, ¿por qué piensas al instante en el sexo? —susurró, alejándose rápidamente y sacudiendo mi nariz. Mis ojos se abrieron de golpe cuando él dio un paso atrás riendo malvadamente. Me sonrojé como una loca y le di una palmada en el pecho. —Esa fue una broma pesada. —Fruncí el ceño e hice un mohín. Él sonrió, encogiéndose de hombros. —Apuesto que incluso has soñado con eso anoche, ¿no? —me preguntó.

En realidad, sí, pero no voy a admitirlo ante ti, ¡machote! Hice un ruido de burla y negué con la cabeza.

—Edward, ¿quieres salir esta noche o no? En este preciso momento estoy considerando un cambio de planes —le dije y levanté una ceja, deseando que eso cambiara el tema antes de que él se diera cuenta de que había dado en el clavo con su línea de preguntas.

— ¿Tratando de evadir la pregunta, Bella? —se burló—. Y sí, quiero ir a cenar contigo esta noche. Ahora que sé lo pervertida que eres, estoy ansioso por ver qué ocurre el resto de la noche —agregó, guiñándome un ojo. Di un grito ahogado y solté una risita tonta. —Te lo voy a decir ahora: no soy del tipo de chica que lo hace en la segunda cita. —Qué coincidencia, yo tampoco soy de esa clase de chicas. —Sonrió y sus ojos brillaron de humor. Yo me reí y puse los ojos en blanco. —De cualquier manera, vamos, pervertida, antes que den a otros nuestra mesa —sugirió él, tendiéndome la mano para que yo la tomara. Le aparté la mano y le sonreí. —Vas a tener que volver a caerme en gracia antes de que tengamos otra vez algún contacto físico. Castigo por hacerme una broma —le rechacé, caminando hacia la puerta y riéndome de sus muecas. Me siguió detrás y esperó mientras yo cerraba con llave la puerta. Caminamos hacia su auto en silencio. Le lancé una mirada solamente para ver que él ya me estaba mirando. Cuando nuestros ojos se encontraron, me sonrió con una hermosa sonrisa, haciendo que el corazón se me acelerara. Cuando nos acercamos al auto, abrió la puerta para mí. —Mi señora —dijo en un falso acento británico, haciéndome una reverencia. Sonreí y me reí a carcajadas mientras subía al auto. Mientras caminaba hacia el otro lado de la puerta del conductor, saludé a Kate, que estaba en la ventana de mi habitación mirándonos. No me saludó como respuesta, así que asumí que no nos veía muy bien en la oscura noche. Edward subió al auto y se ajustó el cinturón de seguridad. — ¿Te gusta la comida mexicana? Si no podemos ir a otro lugar —sugirió, encendió el auto y me miró preocupado. — ¿En serio? ¡Me encanta la comida mexicana! —exclamé. Ahora estaba más excitada que nunca. La mexicana era mi favorita. Fuimos al restaurante que él eligió. Era un lugar rústico y extremadamente tierno. Sólo había otra pareja en el lugar. —Es mi restaurante favorito de siempre —me dijo mientras mirábamos los menús. — ¿Sí? ¿Y qué es lo bueno de aquí? —le pregunté mirando el menú. Se me estaba haciendo la boca agua con solo pensar en las enchiladas y las tortillas de patatas fritas con crema. —Todo está buenísimo, pide lo que quieras —me respondió sonriéndome y colocando el menú hacia abajo, apenas mirándolo. — ¿Qué es lo que vas a pedir tú? —le pregunté unos minutos más tarde, aún indecisa. —Quesadillas de queso y tomate para empezar y luego fajitas de pollo —me respondió sonriéndome alegremente.

Finalmente, el camarero vino hacia nosotros para anotar el pedido. Él era bastante joven y coqueteaba descaradamente conmigo durante todo el tiempo que estuvo de pie. A tal punto que Edward tuvo que aclarar su garganta dramáticamente para desviar la atención que el mozo tenía sobre mis pechos. El chico finalmente se escabulló. Me reí malvadamente. — ¿Era eso realmente necesario? —preguntó Edward sonriendo. — ¿El qué era necesario? —pregunté, pretendiendo estar confundida. Él suspiró y sacudió la cabeza. —Puedo ver que eres una chica difícil. Me va a costar bastante cazarte, ¿no? —Balanceándose en su silla entrecerrando los ojos al mirarme. — ¿Cazarme? ¿Es algún término sexual del que no he oído hablar? —Le pregunté confundida. Él se rio y sacudió la cabeza. —No, pervertida, significa que me lo pondrás difícil para ganarte y que te enamores de mí —me explicó sonriéndome. Le sonreí, tomando un trago de mi refresco de cola. —Bueno si vale la pena tener algo, vale la pena esforzarse por ello. —Me gustan los desafíos. Una vez que veo algo que me gusta, no renuncio hasta que lo tengo —me advirtió él. Me incliné hacia delante, mirándolo curiosamente. — ¿No eres el tipo de los que una vez que lo han conseguido no vuelven a llamar como yo pensaba? — ¿Quieres que te conteste honestamente? —me preguntó, levantando una ceja. Yo asentí. Genuinamente quería saber si era un jugador o no, porque algunas veces pensaba que definitivamente lo era y otras veces parecía realmente dulce y genuino. —Nunca he tenido una novia en serio y sí, he jugado un poco. Simplemente nunca conocía a nadie con la quisiera ser exclusivo. —Parecía estar observando mi reacción mientras hablaba. Estaba realmente un poco sorprendida por su respuesta. Nunca había esperado que lo admitiera frente a mí. Seguramente él tenía que saber que acaba de ponérselo más difícil a sí mismo. —Y con ese pequeño discurso acabas de ponerte a ti mismo más difícil cazarme, como tú lo llamas. —Todos los pensamientos acerca de acostarnos desaparecieron por completo de mi mente. Ciertamente le haría trabajar duro para ello. Me sonrió, parecía despreocupado. —Pienso que sí, pero tú querías que fuera sincero, así que no mentí como normalmente habría hecho si una chica me hubiese hecho esa pregunta. Se inclinó hacia delante y ladeó la cabeza hacia un lado, obviamente esperando mi reacción.

Yo no sabía cómo reaccionar. Sí, él había admitido que era un jugador, pero, por otra parte, también me había dicho la verdad sabiendo que yo reaccionaría mal ante eso. Entonces, ¿qué es lo que él quería decir exactamente? ¡Maldición, este chico es muy confuso! —Bueno, supongo que veremos cuán duro deseas trabajar ahora —dije sonriendo. El parecía estar un poco relajado cuando lo dije, tal vez estaba esperando que yo le exigiera que me llevara a casa o algo por el estilo—. Además, estoy interesada en ver cuál es la cosa favorita que deseas hacer, si no son mujeres — agregué, sonriéndole. Él se rio. —Con suerte te gustará; si no luego podemos ir a ver una película o algo. Afortunadamente la comida llegó entonces, lo que nos dio algo más de que hablar. Hablamos y coqueteamos durante la cena. Hablamos acerca de películas, música, y al azar de las cosas que nos gustaban o no nos gustaban. Disfruté increíblemente el tiempo que estuve comiendo con él. Además de la comida, que fue increíble; yo no dudaba en que volvería a este lugar otra vez. Cuando terminamos de cenar, me guio hasta su auto, saliendo del estacionamiento del restaurante con una gran sonrisa en el rostro. Obviamente estaba excitado acerca de lo que iba a ocurrir a continuación. Cuando el auto se detuvo, levanté la vista hacia el edificio asombrada. — ¿Una pista de esquí cubierta? —medité mientras lo miraba nerviosa, estaba más que intimidada al ver la altura del edificio y era solo el exterior. Él sonrió y salió del auto, caminó hacia el otro lado abriéndome la puerta antes de dirigirse hacia el maletero. Sacó un grueso suéter de lana y me lo dio. —Hace un poco de frío ahí dentro —dijo, mirando el edificio. Lo tomé y me lo puse, tragando saliva con fuerza. Me voy a romper una pierna, lo estoy viendo venir. En silencio agradecí a Kate por sugerirme que llevara zapatos planos esta noche en caso de que tuviéramos que caminar por algún lugar. Lo miré mientras él se colocaba el suéter encima y me tendía la mano. La miré y le sonreí. —Oh no, todavía no terminaste de tomarme el pelo —decliné y me crucé de brazos. Él se rio y colocó sus manos en mis hombros, empujándome hacia el edificio. Mis nervios se hacían más pronunciados a cada paso. Una vez dentro, me guio más allá del mostrador. —Ey, Mac, vamos a entrar un rato, ¿vale? —dijo mientras me conducía hacia la puerta de "sólo personal". Lo miré confusa. — ¿Trabajas aquí? —pregunté, mirando alrededor nerviosa. Nadie parecía estar gritándonos que saliéramos del área del personal, así que debía ser así. El asintió. —Sí, doy lecciones.

¿Lecciones?

— ¿De verdad? ¿De qué clase? —le pregunté mientras caminábamos hacia una enorme armario de tablas de snowboard. Se encogió de hombros. —Ski, snowboard, y también superviso las clases de tubing, que es lo que vamos a hacer esta noche —dijo, moviendo sus cejas hacia mí. Vale, ¿qué diablos es tubing? Suena a algo doloroso. Él me sonrió ante mi obvia cara de preocupación. —No te preocupes, Preciosa, yo cuidaré de ti —prometió, sonriendo mientras me daba un golpecito en la nariz. Se dio la vuelta y caminó hacia una enorme pila de flotadores de goma. —Oh, hombre, ¿de verdad? —musité, volviéndome hacia la pila. Él se rio y tomo dos flotadores, señalando con la cabeza hacia otra puerta. Abrí la puerta y caminé a través de ella, el frío inmediatamente atacó mi sistema haciéndome inhalar una inspiración brusca y haciendo que mis codos se colocaran al costado de mi cuerpo, hundiendo mis hombros. Le agradecí con los ojos en silencio por haberme dado el suéter. Señaló con la cabeza una esquina así que caminé hacia esa dirección. Cuando doblé hacia la esquina, me detuve otra vez, abriendo mi boca por el asombro. Había una enorme montaña de nieve, gente esquiando y haciendo snowboarding. Había un ventilador de nieve en lo alto haciendo que pareciera que estaba nevando dentro. Era precioso. — ¡Mierda, no sabía siquiera que existía este lugar! —grité excitadísima—. ¿Es nieve de verdad? — Inmediatamente me agaché, tome un puñado de nieve, esperando que fuera esa nieve falsa de plástico que utilizan en las películas. Aunque no lo era, era nieve en polvo de verdad, que instantáneamente hizo que mis dedos se enfriaran. Reí y la aplasté haciendo una bola y lanzándosela a la espalda mientras caminaba delante de mí. —Eh, Bella, no tires bolas de nieve, o tendré que pedirte que te vayas —dijo, regañándome y señalándome un cartel que estaba en la pared. Tenía imágenes de las cosas que estaban prohibidas hacer. Arriba en lo alto estaba lanzar bolas de nieve, a continuación hacer ángeles en la nieve. —Oh, no, ¿no me digas que ni siquiera se puede hacer un ángel? —me enfurruñé. Ok, ¡estaba a punto de hacer eso!

Negó con la cabeza. —Reglas de la casa, vamos. —Sonrió y subimos por una escalera mecánica que lentamente se movía hacia la cima de la montaña. Salté detrás de él, rodando la nieve entre mis manos, resistiéndome a la urgente necesidad de tirársela a su pequeño y comestible trasero. Cuando llegamos a la cima el colocó los anillos en el suelo. Miré inmediatamente hacia abajo y me golpeó una ola de vértigo. Estábamos tan alto que mi estómago empezó a temblar. Yo era el tipo de persona que podría romperse huesos con facilidad con los más improbables eventos como bailar, así que esto era como tentar al destino.

—Um, esto es realmente alto, no creo que pueda —gimoteé, alejándome del borde y sacudiendo la cabeza. —Bella, te prometo que te encantará, solamente necesitas intentarlo. Si no te gusta nos iremos —dijo persuadiéndome, caminando hacia mí e inclinándose para mirarme a los ojos. Sus hermosos ojos grises taladraron los míos, fue como si tratase de hipnotizarme o algo parecido. —No puedo —susurré, mirando atrás en dirección a la montaña. No puedo sentarme en esta rueda llena de aire y tirarme por esa colina, no, de ninguna manera.

Él me sonrió tranquilizador. —Le doy lecciones a niños de seis años. A todos les gusta el tubing. Vamos, te prometo que estarás bien. Sólo necesitas confiar en mí. Me tomó de la mano y tiró de mí más cerca de su pecho. Extrañamente, su olor era en cierto modo relajante. —Puedes confiar en mí —susurró, cubriendo mi mejilla con su otra mano.

Oh basta ya, Bella, estás pareciéndote a un pelele.

— ¿Los niños realmente hacen esto? —le pregunté mirándolo a la cara para ver si me estaba mintiendo. Él asintió. —Los niños lo hacen todo el tiempo. —Se inclinó más sobre mí. Sus ojos mirando hacia mis labios haciendo clara su intención. Cuando sus labios iban a tocar los míos giré mi cabeza así que me besó la mejilla. Se rio y sacudió la cabeza—. Todavía no estás de humor por las bromas, ¿no? —Exacto. —Vamos, preciosa, dale una oportunidad. ¿Quieres que vayamos juntos? Puedes sentarte en mi regazo si no quieres ir por tu cuenta —ofreció levantando una ceja. Él estaba tan sexy que para mis adentros hice una pequeña danza. —No tientes tu suerte, Edward —me burlé—. Vamos, hagamos esto antes de que cambie de idea. Si no me gusta entonces vamos a ver una película, ¿trato? —negocié. Él asintió y colocó el más pequeño de los flotadores para que yo pudiera subir. —Párate de frente y abre las piernas, relájate, y luego te sientas encima —me instruyó. Reí maliciosamente. —Seguro, apuesto a que se lo dices a todas las chicas. Él se rio. —Solamente a las guapas —replicó guiñándome un ojo astutamente. Me bajé hasta el flotador agarrando los asideros como si me fuera la vida en ello. —Oh mierda —musité una y otra vez. Traté de ignorar a Edward riéndose de mí. Él estaba a punto de empujarme por el borde cuando grité, agarrándome a la pernera de sus pantalones vaqueros. — ¡No! ¿No vas a venir tú también? —chillé, poniéndole mi cara de súplica.

—Maldición, esa es una linda cara —dijo riéndose y sacudiendo la cabeza hacia mí. — ¡Por favor! ¿Podemos ir los dos juntos al mismo tiempo? —imploré, forcejeando por salir del flotador. Fruncí el ceño. Guau, salir de uno de estos no es la cosa más fácil del mundo. Edward colocó su mano sobre mi hombro, empujándome de nuevo al anillo. Se inclinó hacia mí sonriéndome maliciosamente y susurrándome me dijo: —Eso te costara algo —su cara estaba apenas unos centímetros de la mía, sus ojos fueron directos hacia mis labios por una milésima de segundo. Asentí rápidamente y agarré la parte delantera de su sweater, trayéndolo hacia mí de forma que sus labios chocaron con los míos. Él sonrió contra mis labios y se apartó con una risita—: Yo estaba pensando más bien en cinco dólares, pero, oye, esto también funciona —bromeó, riéndose. Presionó nuevamente sus labios a los míos por un segundo y luego se levantó. Miré como él se ubicaba en su anillo, usando sus pies para evitar caer por el borde de la colina. Agarró mi mano, entrelazando nuestros dedos. — ¿Lista? —me preguntó. Asentí. Inmediatamente levantó sus pies. Su manó tiró de la mía y de repente estábamos ambos precipitándonos colina abajo. Íbamos tan rápido que apenas podía respirar, pero no podía parar de reírme con ese miedo divertido que te dan las montañas rusas. Probamente le haya lastimado la mano porque se la tenía fuertemente apretada pero él no se quejó. En apenas unos pocos segundos estábamos abajo. No podía parar de reírme. ¡Fue asombroso! Salté torpemente de mi anillo, gritando excitadamente: — ¡Oh Dios, quiero hacerlo otra vez! ¿Podemos ir otra vez? —le pregunté riéndome y girándome hacia él. Tan pronto como giré, una bola de nieve me golpeó la pierna derecha. Chillé por el asombro mirando a Edward confundida. ¿Me la ha tirado a mí? — ¿Pensé que habías dicho que estaba prohibido hacerlo? —Tan pronto como pronuncié las palabras que salieron de mi boca otra bola de nieve me golpeó. Apenas tuve tiempo de cubrir mi cara antes de que me golpeara por detrás—. ¡Oh, el juego empieza! —grité, agarrando un montón de nieve y lanzándoselo. Tuvimos una enorme pelea de bolas de nieve al pie de la colina. Uno de mis lanzamientos pasó cerca de él y golpeó a un niño con esquíes. El niño me miró asombrado, le sonreí y señalé a Edward, sonrojada como una loca intentando aparentar inocencia. Edward se estaba partiendo el culo de risa. El niño comenzó a reírse mientras se sacaba los esquíes y se unía a la lucha de bolas de nieve. Después de eso, casi todo el mundo en el lugar se nos había unido, sacándose los esquíes y las tablas de snowboard, corriendo alrededor y tratando de arrojarse nieve unos a otros. Enseguida nos dividimos en dos grupos, chicos contra chicas, lo cual debo decir que fue lo bastante justo a mi manera, considerando que había casi el doble de chicas que de chicos. Le tiré un par de bolas a los niños y unas pocas a los padres, pero mi atención estaba firmemente centrada en Edward, quien actualmente parecía contento solo con golpear a tanta gente como le fuera posible, chicos o chicas, no parecía importarle. Me deslicé por detrás y le di golpecitos en el hombro, él se dio vuelta riéndose. —Ey —susurré, mordiéndome el labio para parecer sexy. Mi plan funcionó porque sus ojos fueron directos hacia mis labios. Levanté una ceja y él sonrió antes de inclinarse y apoyar suavemente sus labios en los míos. Casi me olvidé de lo que estaba intentando hacer porque el beso era tan dulce. Cuando recobré la compostura, le sonreí contra sus labios y lo empujé rápidamente, aplastando el puñado de nieve por detrás de su cabeza. Me reí incontrolablemente cuando la nieve comenzó a caer por detrás de su sweater. Él jadeó y se sacudió hacia delante. Sus amplios ojos eran una mezcla de acusación y diversión. La mirada de shock que tenía me hizo reír tan fuerte que apenas podía respirar. Él se recompuso rápidamente, y me agarró, derribándome hacia el suelo con cuidado. Su cuerpo apretado contra el mío mientras me presionaba con su peso. Intenté escabullirme de debajo de él pero me tenía inmovilizada con facilidad, agarrándome por los brazos y sujetándolos por encima de mi cabeza. Liberó una de sus manos y agarró un puñado de nieve. Todavía apretando hacia abajo mis manos, inclinó su cabeza, tirando con los dientes suavemente de la lana, dejando al descubierto mi estómago. Me retorcí y me reí como una loca mientras su mano frotaba la nieve fría sobre mi estómago. —Para, para —chillé sin aliento. Él paró, pero no porque yo se lo hubiese pedido. Su mano dejó de moverse y le sentí pasar un dedo sobre mi vientre, mirándome un poco sorprendido. — ¿Tienes un piercing? —preguntó, dejando libres mis manos e impulsándose para levantarse ya que todavía estaba a horcajadas apretando mis piernas contra el suelo congelado. Yo podía sentir la humedad empapando mi ropa, pero no me importaba, en todo lo que podía enfocarme era la expresión de lujuria de su cara cuando me levantó la camiseta más arriba para echar un vistazo a la barra de platino que tenía sobre mi ombligo. A él definitivamente le gustaba, y a mí me gustaba que a él le gustara. Mi cuerpo entero empezó a calentarse y mi boca se hizo agua, él todavía no me había quitado los ojos, o los dedos, de encima. Tomé ventaja de la distracción de Edward y me giré hacia otro lado, tirándolo de encima de mí. Chillé y me levanté de un salto, corriendo tan rápido como podía hacia el pequeño grupo de las chicas que estaban del otro lado. Pude oírle reír detrás de mí. Luego de otra media hora, mis manos tenían punzadas por el frío. Podía ver a Edward agazapado con el grupo de chicos y sus padres del otro lado de la pista. Había cerca de cincuenta bolas de nieve todas listas frente a ellos, esperando para ser lanzadas.

Oh, no, de verdad ya he tenido suficiente. Mi cuerpo entero estaba temblando de frío, mis ropas estaban mojadas, mi perfecto pelo lacio estaba ahora goteando y colgando como colas de rata alrededor de mi cara ¡Debo parecer extremadamente atractiva! —Edward, ya tuve suficiente —grité. Yo a propósito me había quedado escondida en un lugar seguro y agazapada detrás de una de las vallas del lado de la pendiente. —Vale, de acuerdo, vamos —gritó en respuesta. Su voz era divertida pero a la vez desafiante.

No parece querer decir eso, solo quiere que yo salga de mi lugar seguro. Maldito chico competitivo.

—En serio, ya tuve suficiente, tengo frío. —Me volví y eché un vistazo en dirección en dónde Edward estaba escondido. Una bola de nieve zumbaba en mi dirección. Me las arreglé justo a tiempo para mantener mi cabeza por detrás de la valla. Dios, es un buen tirador. —Edward, por favor, ¿podemos irnos? Te prometo que tuve suficiente —rogué. — ¿Es un truco? —No, lo prometo —me comprometí—. Estoy saliendo. —Me impulsé fuera, saliendo con las manos arriba en señal de rendición. Casi inmediatamente diez bolas de nieves volaron hacia mí. Grité y salté otra vez tras la valla. Gemí. ¡No quiero quedarme toda la noche aquí!— Edward, ¡tengo que hacer pis! gimoteé. Podía escuchar a Edward riéndose y hablando con los chicos de su equipo. —Vale, ven entonces, sal, y nos iremos —gritó, sonando más genuino esta vez. Salté de nuevo la valla. Nada voló en dirección hacia mí así que salí lentamente. Exhalé un suspiro de alivio cuando no pasó nada mientras caminaba hacia él. Él estaba de pie en un lado esperando por mí junto a la puerta del personal. Yo estaba a mitad de camino cuando el equipo de los chicos dio con todo. No había ningún lugar donde cubrirse. Todo lo que pude hacer fue volver mi espalda y cubrirme la cabeza mientras era cubierta por todas partes con nieve. De repente, unos brazos me envolvieron, volviéndome a un lado. Giré mi cabeza para ver que Edward me había envuelto alrededor de forma que los misiles le estaban dando a él en vez de a mí. Estaba riéndose lo cual hacía que su pecho vibrara contra mi espalda mientras presionaba su mejilla en lo alto de mi cabeza, cubriéndome completamente. —Parará en un minuto, luego huirán corriendo y entonces nosotros correremos para irnos —aseguró todavía riéndose. — ¿Este era tu plan? ¿Traerme a campo abierto? Lo acusé falsamente, jugando, presionándolo más cerca, adorando la sensación de su calidez contra mi cuerpo frío. —No, les dije que íbamos a parar, estuvimos de acuerdo, luego todos empezaron a tirarte cuando tú estabas a mitad de camino —replicó sacudiendo la cabeza—. Están parando; prepárate para correr por la puerta del personal.

Luego de algunos segundos, se separó de mí y agarró mi mano arrastrándome a toda velocidad hacia la salida. —A la misma hora la semana que viene, chicos —les gritó cuando llegamos a la puerta. Me empujó primero y cerró la puerta de un golpe cuando unas pocas bolas de nieve chocaron contra la puerta causando un gran estruendo. Estallé de risa. —Eso en serio fue divertido —admití, agitando mis manos, tratando de calentármelas. Caminó hacia mí y tomó mi cara entre sus manos. —Parece que estás congelada. —Me siento congelada. Mis dedos están adormecidos —dije haciendo un mohín. Él sonrió y tomó una de mis manos que estaban rojas, levantándola hacia sus labios, colocó dos de mis dedos en su boca. Estaba tan caliente que jadeé excitada. Sus ojos nunca abandonaron los míos mientras sacaba y se colocaba otros dos. No tenía la menor idea acerca de lo caliente que estaba que coloqué mi otra mano en su camisa, luego por su estómago, tratando de no mostrarme desesperada a la reacción que me hacían sus músculos, y sentirlo. Edward gruñó y su cuerpo se puso rígido, duro, sus ojos se ensancharon mientras mi mano calentaba su cuerpo y él me chupaba los dedos. Podía sentir mi cuerpo caliente, temblando. Edward sacó mi mano de su boca. — ¿Mejor? —me preguntó. Su voz era tan roca y sexy que mi cuerpo inmediatamente comenzó a temblar de nuevo, pero no era por el frío esta vez. Asentí. —Mis labios están un poco fríos —le dije burlándome. Edward sonrió. — ¿En serio? Los míos también —susurró mientras inclinaba su cabeza y besaba mis labios. Envolví mis brazos alrededor de su cuello, agarrando con mis manos su pelo mojado, presionando mi cuerpo al suyo. Me arrinconó suavemente contra la pared, besándome profundamente. Sus besos eran tan hermosos que casi me hacen perderme en ellos. Una de sus manos frías voló debajo de mi top, sus dedos jugaban con el botón de mi estómago. Le sonreí a través de sus labios, me besó en la frente. Sus ojos brillaban de pasión y lujuria. Debo decir que fue muy duro para Edward parar, pero lo más probable era que no quisiera apurarme después de lo que me había dicho de que era un jugador. —Debería, probablemente, llevarte a tu casa antes de que te pesques una neumonía, tus ropas están mojadas —sugirió mientras me miraba muy despacio. —Tú también estás mojado —comenté, limpiándole hielo de su hombro. —Eso es lo que ella dijo. Puse mis ojos en blanco y traté de no sonreír. —Odio esas bromas.

—Sí yo también, pero en realidad no puedo creer que yo lo haya dicho. —Movió su cabeza riéndose. Cuando dio un paso hacia atrás, me tomó de nuevo la mano, mirándome esperanzado. Le sonreí y coloqué mis manos sobre las suyas. — ¿Entonces te has olvidado de gastarme bromas ahora? —me preguntó mientras caminábamos fuera del edificio en la noche fría. Entrecerré mis ojos hacia él juguetona. —No, realmente, aún tienes algo que hacer. —Asombroso. Eso es lo que estaba esperando que dijeras —me respondió sonriendo y abrió la puerta del coche para que yo subiera. — ¿Sí? ¿Qué es lo que quieres decir? —Significa que tienes que verme de nuevo. —Con su sonrisa engreída, encendió el motor, calentándolo incluso el aire que respirábamos. Me mordí el labio porque era un tierno movimiento que él había hecho. De camino a casa, me calenté mis manos y retiré los pedazos de hielo de mi pelo. Se estacionó y apagó el motor. — ¿Vas a invitarme a calentarme? —lo dijo flirteando conmigo. —De acuerdo ¿por qué no? Mis padres están en casa así que tú puedes pasar y calentarte con ellos… — haciendo un mohín y viendo el auto de ellos. Él se rio y me desabrochó el cinturón de seguridad y alcanzando la manija de la puerta la abrió. —Espera, qué, ¿en serio? —Comencé a entrar en pánico. No podía dejar que mi padre lo asustara todavía. —Whoa, un poco temprano para conocer a los padres —dije rápidamente. Se rio incrédulamente. —Tú conociste a los míos ayer —él respondió encogiéndose de hombros con facilidad. Tragué saliva, asentí y le dije hundiéndome en el asiento: —Sí, pero tus padres no amenazan con cortar los genitales como desea mi papá… Su mano se movió de nuevo al lado de la manija de la puerta y sonrió tímidamente. —Bien, bien, lo dejaremos por esta noche entonces. Me reí. —Debilucho —bromeé, inclinándome hacia él, presioné mis labios a los suyos de nuevo. Edward enredó su mano en la parte de atrás de mi cabello haciendo que mi cuerpo se quemara y vibrara de emoción. Por Dios ¿cómo diablos me estaba haciendo esto a mí? ¿Cómo se puede simplemente ser un vals en mi vida y hacerme sentir de esta manera? Esto no era justo. —Entonces…. ¿Mañana por la noche? —me preguntó esperanzado cuando yo me aparté.

Asentí con la cabeza sonriéndole mientras salté de su jeep y prácticamente corrí por el camino a mi casa. Me giré cuando llegué a la puerta y lo saludé con la mano antes de entrar a mi casa. Suspiré contenta al oír que su coche estaba lejos. Una sonrisa de dibujó en mi rostro cuando llegué a la cocina para arreglar las flores. Mi madre entró en la cocina mientras yo estaba terminando de darle unos toques a las flores. — ¿Qué diablos te ocurrió? —me preguntó con sus ojos bien abiertos mientras miraba mi pelo despeinado y mojado con hielo. Suspiré soñadora. Esta noche tuve la mejor cita que jamás he tenido, eso es lo que pasó —me brotó una sonrisa de lado a lado. Tomé el jarrón y me lo llevé a mi habitación, no sin antes darle un beso en su mejilla mientras pasaba delante de ella. —Buenas noches, te quiero mamá —le dije antes de subir las escaleras bailando.