Día 2: Cuddling somewhere / Acurrucarse, abrazar con suavidad, acariciar, hacer mimos...
Palabras: 556
De verdad fue un verdadero reto escribir a Romano tan meloso, pero era lo que se requería(?
El silencio, reinaba la habitación en donde un italiano tomaba su siesta, como todos los días, a la misma hora, sin falta.
El sonido de su respiración tranquila y su cara sin fruncir el ceño, hacían que a Lovino pareciera el ser más inocente del planeta. ¡Y lo es! Ó al menos para España.
España lo observaba -acosaba, espiaba- desde uno de los sofás en la esquina de la habitación, mirando al menor dormir
Y eso es lo que hacía desde hace un tiempo. Cuando la hora llegaba, todos los días, sabía que su novio estaba en su habitación, o mejor dicho, la habitación que compartían.
Verlo tan apacible era de los mejores momentos que tenía en el día. Y lo mejor, Lovino no se daba cuenta, o al menos eso pensaba él.
La desventaja de eso, es que no podía ir a abrazarlo y acurrucarse junto a él, puesto que esto mismo había sido pedido (prohibido) por el Italo, con tal de tener un buen descanso.
Lo que no sabía España, era que Romano lo sabía. Lo supo desde hace una semana, cuando el español hizo más ruido del normal al entrar. Y cuando este se preparaba para darle el sermón de su vida, se quedo callado al notar que su novio sólo se sentaba en el sofá y lo observaba.
No era precisamente muy cómodo tenerlo ahí mirando, pero se sentía más... a gusto, cuando el venía y lo observaba, sonreía o susurraba algo que el italiano no era capaz de escuchar.
Pero ese día, algo era diferente. A pesar de la época primaveral, el frío en la habitación se hacía notar poco a poco, haciendo que el menor se estremeciera en su lugar, incapaz de saber si el español sentía lo mismo.
Pero decidió arriesgarse.
— ¿España, por que estas aquí? — Inquirió, sorprendiendo a España.
— ¡Lovi! Yo eh, — Se levantó del sofá y comenzó a caminar de un lado a otro — ¡Sólo buscaba algo, ya me iba!
— Ajá, si, ¿buscabas sentando el sillón sin mover un sólo dedo?
España suspiró resignado. Romano sabía perfectamente la verdad y para el mayor mentirle era muy difícil.
Romano se sentó en la cama, mirando directamente a su amante e invitándolo a que se sentará junto a él.
España obedeció, haciéndose lugar entre las colchas .
— No me molesta que lo hagas... — Romano, sería perfectamente comparado con un tomate de temporada en ese momento debido a su sonrojo — En realidad, me agradas que te quedes aquí mientas duermo. Me hace sentir de alguna manera... mejor. ¡Pero no te creas tanto, bastardo.
No recibió respuesta, si no una gran sonrisa dedicada por su amante y un abrazo. Un cálido y envolvente abraza. Lo hizo sentir mejor de inmediato, recobrando el sueño perdido.
— Lo siento, interrumpí tu siesta...
— No. — Romano negó con la cabeza. — Esta bien, s-sólo que tendrás que quedarte aquí ahora, bastardo.
"¿Aquí?" el español se preguntó, pero el italiano lo jalo hasta quedar recostados. Romano lo volvió a abrazar, sintiendo el maravilloso olor a tomate que desprendía su novio.
Y se quedaron así, acurrucados, Romano en el pecho del otro, mientras el mayor acariciaba la cabeza del menor, tratando de dormirlo nuevamente, y sujetándose de él como si de eso dependiera...
— Gracias, Spagna bastardo... — susurró casi inaudible, abrazando más a su amante.
Los abrazos de España son únicos
