3. MÁRTIRES

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Kanon y su peculiar aprehensión por Saga, desde niños había sido así, ambos siempre juntos, distintos como el agua y el aceite, pero juntos, siempre… el uno y el otro eran como partes separadas de un mismo ser, moviéndose siempre a la par, hacía el mismo lugar.

A veces, cuando Saga pensaba en ello, cuando se sentía nostálgico, se encerraba en las termas y pasaba horas ahí, en el agua, como si ello significara que volvía al seno materno y así, permanecía en un estado embrionario en el que no era necesario tomar decisión alguna acerca de su destino, o el de Kanon, o el suyo… del de nadie.

Las cefaleas recurrentes lo tenían mareado, el dolor al principio le causaba náuseas, con el paso del tiempo empezó a dejar de tenerlas, y simplemente las dejaba pasar, a lo que nunca se pudo acostumbrar era la espantosa voz cavernosa que escuchaba dentro de sí. Esa nunca acabó por ser una costumbre… había veces, las más graves, en las que tenía periodos completos de olvido, en los cuales no recordaba absolutamente nada de lo que había pasado consigo… simplemente despertaba entre sus sábanas, totalmente revueltas, en la cama… con dudosa compañía…

El sexo siempre había sido una parte de su vida, no la única o la más importante… pero a raíz de aquel intercambio con Kanon, las cosas habían cambiado, sus vidas cambiaron en su totalidad… el convertido en el recipiente… tal vez había tenido más consecuencias de las que ellos dos tomaron en cuenta.

Se hundió por completo en el agua tibia, dejó los brazos afuera, abiertos, apoyados en el pretil.

Cerró los ojos un momento y deseó desaparecer en el agua, o de menos, metamorfosearse en ella, afuera, el sonido de la lluvia estival, al parecer el mal tiempo empezaba… para él todo se había convertido en un mal tiempo, en un torrente de demencial de tormentas personales, y dicho sea de paso, no estaba seguro de hacia dónde le llevarían.

El sueño le iba venciendo, los cabellos se flotaban a su alrededor con la misma quietud con la que el agua parecía mecerlos.

Ritos inconfesables, promesas inenarrables, intercambios abominables… eso era lo que terminaron haciendo, esa era su única opción hasta ese momento, a pesar de que Kanon mismo había aceptado cargar con ese sino, con el de ser el recipiente de Ares, Saga no lo permitió… así como le había dicho al Juez del Inframundo, y que en su momento, en su niñez, no sabía quién era exactamente: él siempre lo salvaría, siempre lo protegería… siempre estarían juntos… siempre.

Pasó tantos días con sus noches metido en la Biblioteca del Santuario, incluso se había aventurado a violar la seguridad de la Cámara Prohibida, en donde estaban los libros ocultos de muchos siglos de historia, de muchos secretos sin revelar… al final perdió la cuenta de cuánto tiempo había pasado ahí.

Kanon era fuerte, la fortaleza de espíritu que poseía era envidiable, pero también sabía que la misma predisposición que poseía para ello, era exactamente igual a su tendencia hacia lo no ortodoxo, hacia lo más egoísta de sí mismo.

Eso era lo que le preocupaba. En su afán de mantenerlo siempre consigo, era capaz de cualquier cosa, visto estaba que no había tenido reparos en acabar con los días del anterior Arconte de Géminis: Egisto.

Y ¿Qué hizo Saga? Nada, no hizo absolutamente nada, sólo se quedó ahí contemplando la escena, callado, exangüe, exsanguis, la locución latina de donde venía esa última palabra: sin sangre, así se sintió.

Aunque… siempre sospechó que Egisto sabía exactamente qué era lo que iba a suceder con él mismo, con ellos, con Saga y Kanon… y también dejó que las cosas sucedieran, era tan jodidamente retorcido como todos los géminis.

Saga terminó por desplomarse en el piso del templo de los Dioscuros, un templo perdido, escondido, y que pocos sabían de su existencia, de las ruinas que de él quedaban, y que curiosamente, lo que había sobrevivido al paso de los siglos, había sido el altar de consagración.

Los brazos le pesaban, las piernas no le respondían, la sangre le escurría por entre las piernas, por la nariz, por la boca… por los lagrimales… Kanon tuvo que salir de inmediato de su interior, de golpe, con la garganta completamente seca.

—Saga… ¡Saga! —Lo llamaba. Pero Saga no se sentía dueño de ese nombre, tampoco se sentía señor de ese cuerpo, incluso le parecía que todo lo estaba contemplando desde afuera de su cuerpo.

Las entrañas se agitaban en su cuerpo, el dolor que había comenzado con los cortes a lo largo de todos los puntos vitales, de todas las estrellas de Géminis, no era nada con lo que estaba sintiendo, ni siquiera le preocupó el hecho de acostarse con su propio hermano, ya antes habían tenido algunos acercamientos no precisamente fraternales, así que lo de menos era terminar con su propio hermano dentro…

—Saga… ¿me escuchas? Joder… —el arcadio le dio la vuelta a Saga, lo colocó boca arriba, encima del altar, sus ojos estaban perdidos, sus pupilas dilatadas, parecía que ni siquiera respiraba, su estado era catatónico. — De verdad no voy a llevarte de regreso al Santuario en este estado… —se inclinó sobre él, desnudo como estaba, con la erección entre sus piernas perdiendo firmeza.

De pronto el cuerpo de Saga comenzó a agitarse, el cielo estrellado, la cúpula Celeste bajo la que se resguardaban se vio iluminada por una breve lluvia de estrellas… parecía que los ojos de su hermano se incendiaban y un halo rojizo rodeo el cuerpo desnudo, el estallido de luz que parecía provenir de su cuerpo fue tan fuerte que le obligo a dar un par de pasos hacia atrás, acabó trastabillando y cayendo, se cubrió los ojos con una mano, la luz era tan cegadora.

—¿Kanon…? —pronunció con voz temblorosa.

Ante aquellas palabras su hermano gemelo se puso en pie, se acercó hasta él dubitativo, tocó su rostro, con suavidad, con tanta delicadeza…

—¿Cuánto tiempo llevo aquí… así?

—Poco, unos minutos a penas… después de… lo último te quedaste como fardo, ¿no recuerdas nada?

—No mucho… cosas sueltas, ¿crees que haya funcionado…? ¿Crees que…? —Con lentitud, el arcadio se incorporó sentándose con las piernas colgantes.

Se llevó la mano a la cabeza, le dolía, le pareció escuchar una voz.

—¿Qué dijiste?

—¿Yo? Nada… ¿Escuchaste algo? —Kanon se volvió hacia todos los rincones del viejo templo, pero no vio nada, ni escuchó nada, cerró los ojos y trató de detectar a alguien, algo con su cosmos, estaban solos.

—No sé, creí escuchar un murmullo…

Un murmullo que con el tiempo se volvió una voz clara… una voz que se volvió una forma de vida…

Saga se llevó la mano de nueva cuenta a la frente, trataba de concentrar un poco de su propio cosmos y llenar de energía su cuerpo, partiendo del punto desde el cuál iniciaba el dolor corriendo rápidamente por los nervios.

Se acomodó de nuevo, extendió las piernas, cruzándolas debajo del agua, el delicado movimiento bastó para mover el agua de la poza en su totalidad, y con ella, los largos cabellos que rodeaban su excelso cuerpo. Ni siquiera tenía veinte años… y tenía todo el poder… todo bajo control… o eso quería creer.

Recordó a Shion en medio del dolor y de sus recuerdos con la certeza de la invasión de su memoria.

Lo había seguido hasta Starhill, lo había cazado… y cuando estuvieron a solas lo encaró, la adrenalina, el huésped que tenía consigo… todo ello había sido un aliciente, pero lo que más llamó su atención fueron sus palabras.

"Sé a qué vienes Saga, sé que es lo que quieres… sé quién eres", era como si siempre hubiese sabido que aquello sucedería, ni siquiera había opuesto resistencia, no siquiera se había sorprendido. Parecía todo parte de una tragedia, y parecía que aquel acto había sido previamente ensayado como parte de una gran obra.

Mientras el Strategos Shion resbalaba en sus brazos, simplemente le dijo: "Volveremos a encontrarnos", sólo eso durante el breve instante en el que la vida se le escapaba del cuerpo.

Recargó la espalda de manera que pudiese estar más cómodo, su cuerpo se acomodó concienzudamente en el enorme espejo de agua en el que estaba hundido.

—Pensarán que te has vuelto loco… y pensarán que has sido un traidor… —las palabras de Saga sonaban a veredicto final, y a pesar de todo, parecía que ni así se amilanaba su hermano.

—Ya lo sé, pero de eso se trata, ¿no?, ese es el plan… que nadie lo sepa, que todos piensen que… así es como debe ser, que yo soy un traidor, que tú y yo hemos vendido el Santuario… yo me pregunto… si tú podrás con ello…

—Lo haré, haré lo que debo hacer…

—¿Y Aioros?

—No lo sé, déjalo fuera…

—¿Le has dicho? —Cuestionó Kanon acercándose peligrosamente a él, tan cerca que casi lo tenía acorralado.

—No, no sabe nada, ni siquiera le he hablado de ti.

—Muy bien, Saga, habla bien de ti que ni aunque te lo estés follando le digas nada —bromeó con cierto mohín de celos.

—¿Y si lo nombran como futuro Strategos, qué harás? No quiero venir a joderte tu precioso mundo de ensueño… pero los rumores…

—No lo sé Kanon —Zanjó fastidiado— ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

—¿El qué? ¿Qué me encierres en Sunion? Eso acordamos… que me haga feliz es otra cosa…

—Es necesario, tienes que lograr atraer la atención de Poseidón, de otra manera… estaremos jodidos y el que yo me deshaga de Shion será en vano… si los estúpidos esbirros de Hades logran concretar una alianza…

—Déjamelo a mí… pero antes… quiero algo a cambio…

—¿Qué?

—A ti… porque eres mío, ¿ves?, mío aunque te acuestes con la mitad de la Hélade, aunque otro caliente tu cama —le susurró al oído, y ante ese pequeño gesto, bastaron segundos para que Saga tuviese entre las piernas un evidente problema.

Pero debió imaginar que dada la retorcida personalidad de Kanon… sus celos y otras cualidades dignas de las Erinias… el hecho de vivir escondido no era algo que le gustara, mucho menos cuando dentro de tan poco tiempo acabaría encerrado en la maldita prisión…

Quizás sabía lo que seguía… y quizás lo dejó continuar… la parte más enferma de sí mismo…

Lo primero que escuchó cuando entró al noveno templo, al de Aioros, fue el disco puesto a un volumen más allá de lo que normalmente el griego solía escuchar, lo cual fue extraño ya de por sí.

La música… y no es que Aioros tuviera mal gusto pero… ¿Carmina Burana?

Y no fue sino hasta que aguzó el oído que fue consciente…

El cuerpo comenzó a temblarle de rabia, pensó en sí mismo como en una olla de presión que estaba por estallar, cerró los puños, apretándolos hasta que los nudillos estaban blancos, hasta que casi los huesos se escapaban de la piel.

A medida que avanzaba por los pasillos escuchó con claridad, debajo de la música, los gemidos de Aioros… y no sólo los de él… también los de alguien más… los de Kanon seguramente…

Apretó los labios, cerró los ojos… y más que nunca deseó asesinarlo, tal como aquella voz cavernosa se lo decía: "Mátalo, puedes ser el único, no lo necesitas".

Se quedó recargado contra la pared, resbalando lentamente por ella, hasta quedar sentado en el piso, las manos estaban en sus sienes, sus bellos ojos azules se incendiaron, como una llama infernal, el cabello se volvió ceniciento… estaba tan conectado con Kanon, que estaba seguro de que éste, en medio de su faena fingiendo ser él, ya se habría dado cuenta de su presencia en el mismo templo…

¡Y no le importó!

Al final Kanon… siempre había sido Kanon…

El tiempo era algo de lo que no era muy consciente últimamente, quizás porque había dejado de importarle, cuando uno a uno todos empezaron a desaparecer a su alrededor, el tiempo dejó de ser parte de su vida, simplemente se concretaba a vivir… a tratar de sobrevivir… cuando cada vez era más difícil evitar que aquello que habían sembrado en su cuerpo, cambiando de recipiente con Kanon, se apoderara del todo de sí mismo…

Se puso en pie y salió de las termas, tomó una toalla que estaba cercana a la orilla, la enredó en su cintura, caminó unos metros más, sobre las baldosas, dejando un camino de agua a su paso, se quedó recargado en una de las columnas estriadas, clásicas griegas, observando la lluvia caer… un torrente de lágrimas le parecía a él.

Un auténtico torrente de lágrimas, un luto extraño con el que el Santuario parecía cubierto.

Ni personas, ni alcohol, ni sexo, podían hacer desaparecer ese luto que él mismo sentía al interior de su cuerpo.

Aioros tenía el claro presentimiento de que las cosas no estaban bien, las estrellas incluso brillaban de una manera distinta, la perturbación a nivel cósmico era imposible de ignorar. Él no leía las estrellas con la exactitud que lo hacía Shion, pero al menos era un alumno lo suficientemente avezado, era capaz de encontrar que las estrellas estaban en un punto tan cambiante… que cualquier cosa podía suceder.

Así se lo había dicho una tarde a Shura, aunque éste lo tildó de paranoico.

Aun así… nadie le quitaba de la cabeza que… las cosas ya no andaban bien… y las esporádicas apariciones de Saga eran algo que si bien antes le agradaban, ahora las encontraba terriblemente sórdidas.

Algo en él no acababa de cuajar… el sexo era más que bueno, era jodidamente bueno, había encontrado en Saga la justa medida a sus deseos, a sus exigencias, a todo aquello a lo que le daban rienda suelta, pero… tampoco podía decir que era lo único entre ellos, al menos no era así en un principio, después… sólo fue eso, un polvo de pisa y corre, una venida garantizada y el culo adolorado…

Quizás por ello es que en determinado punto, cuando se sentía tan solo, tan perdido… fue que sus ojos se posaron en Shura… y de alguna manera Saga lo supo… no entendía cómo es que al final el arcadio terminaba enterándose de todo, si sus desapariciones eran muchas, y según Shura, él era una especie de semidiós, dado que de vez en cuando aparecía delante de los mortales…

Por supuesto Aioros era lo suficientemente listo como para no hacer algo tan evidente como acabar en la cama de su compañero…

—No por ahora… —se dijo con descaro.

—¿Por qué te ríes solo? Pareces idiota… —le soltó Aioria, con todos los cabellos desordenados y hecho un franco lío, como cualquier niño, aunque… Aioria no era cualquier niño.

—¿Parezco…? Aioria, vuele a repetir eso y te juro que te azotaré hasta que no te queden nalgas en las cuales sentarte… —le riñó.

—¡Bah! ¿Y de qué te reías? —Quiso saber.

—Nada que te incumba… ahora, vete a lavar, a arreglar ese desorden que es tu persona y a cenar, después, a la cama… ¿entendido?

—Ya… ¿Vas a salir?

—Sólo voy al Templo del Patriarca a consultar algo, y quiero encontrarte en la cama… ¿De acuerdo?

—Sí, bien… —respondió entornando los ojos verdes, arrastrando los pies hacia el baño.

Aioros negó con la cabeza y lo vio perderse.

Desde hacía días que había tenido la clara impresión de que Shion ya no estaba, o que había desaparecido, aquella era un impresión bizarra… el Patriarca seguía ahí, lo había visto… y sin embargo, algo en la constelación de Aries no era normal.

Por ello es que fue a dar esa noche hasta el Templo del Pontífice, al templo del Strategos… y confirmó lo que venía sospechando, que Shion no era el mismo, que de hecho… no era él… no lo era…

No se había vuelto hacia él, ni siquiera le había dirigido una mirada, sólo observó el yelmo por detrás, fríamente le había indicado un sobre con papeles encima de la mesa, algo que según le dijo… era necesario que revisara.

Saga sospechaba que lo sabía… que se había dado cuenta… que el suplantarlo al final no había sido tan fácil, y casi estaba seguro… es última conversación entre ellos fue algo que siempre rememoraría… y que siempre le haría preguntarse si él lo supo, y aun así continuó… o sí sólo lo sospechó… y lo confirmó mucho después, en la habitación de Atenea.

—Revisa el perfil de ese hombre, es alguien sorprendente —ironizó Saga, dándole la espalda a Aioros.

—Señor... —contestó el griego— ¿Mitsumasa Kido…? ¿Qué tiene que ver con el Santuario este magnate? —Quiso saber.

—Búscalo… es todo lo que te puedo decir…

—¿Qué está pasando…? Hay ciertas perturbaciones estelares que…

—Las hay Aioros…

—Puede confiar en mí, yo…

—¿En serio? ¿Puedo confiar en ti? —Una vez pronunciadas esas palabras, las anchas espaldas de Saga se giraron, observó de frente al joven moreno que tenía delante, que le dirigía una mirada escéptica.

—Puede…

—A veces Aioros, se necesita de mártires para iniciar las peleas más grandes de la humanidad… nosotros mismos somos mártires en muchos aspectos…

—Sería capaz de ser un mártir, Strategos, si mi muerte sirviese para un fin mayor… —le contestó sin siquiera dudarlo.

—Escribe un mensaje en los muros de tu templo… escribe un mensaje para alguien que lo encontrará cuando hayamos desaparecido…

—¿Y qué debería decir ese mensaje…?

—Debe decir…

Caminó de regresó, volvió sobre sus propios pasos. Se agachó para levantar la túnica papal, el collar de las Naciones, y el yelmo, se llevó todo bajo el brazo, cómo le pesaban aquellos objetos, era como si estuviese cargando un centenar de bloques de cemento, jalados sólo por sus brazos.

La culpa, los crímenes, todo ello le pesaba a Saga Stefanes, sufriente, el hombre desasosegado, nostálgico, solitario de bienes nunca obtenidos hasta entonces, resignado a padecer un amor sin correspondencia, en sus términos últimos se consideró a sí mismo el cuerpo de la muerte, sin remedio, sin extinción.

De cualquier modo, Saga siempre fue víctima de agobiadores desastres sentimentales… y del conjunto de sus estados interiores, y de los que a él eran atribuidos…

Simplemente la respuesta tendría que ser que… era Géminis… cómo los que estuvieron antes que él…

FIN