Juniper
Las hojas crujieron como palomitas bajo sus pies, arañando su estómago como si de una tortura china se tratase. Juniper estaba al borde de las lágrimas (que va, ¡Del mismísimo diluvio!) mientras hipaba tratando de no estropear más las pocas hojas verdes que tenía. Esa había sido una temporada terrible para ella, tanto estrés y desesperación por la guerra, las noches en vela tratando de encontrar espíritus de la naturaleza que les ayudasen a vencer a Kronos y aun teniendo a solo unas pocas de sus hermanas en la batalla, habían salido victoriosos.
Gran alivio para ella, pensó, pero también había percudido con su aspecto, haciéndola ver como un viejo árbol de cincuenta años. Sus hojas siempre verdes habían perdido el lindo color como también lo había hecho su piel, volviéndose de un tono marrón y opaco poco atractivo que (seguramente) Grover notaría enseguida.
No es que Grover fuera de lo más meticuloso con su aspecto, pero había veces en las que no podía evitar pensar si estaría mirando a las otras Dríades descaradas, que el lanzaban besos y flores cuando pasaba. Claro que esas cosas no ocurrían antes de que encontrara a Pan, Grover no resaltaba ni un poquito más que cuando le llamaban la atención, y esas locas no volteaban o agitaban una pestaña por él. Hipócritas hasta las raíces.
Juniper confiaba plenamente en su novio, pero no confiaba en aquellas resbalosas que ponían sus coquetas flores sobre él, atrayéndolo con sus suaves olores y halagos, llenándole la cabeza de aire caliente del cual tenía que encargarse después. Y pensaban que su única competencia era la Señorita Artemisa.
Ahora, sentada como flor marchita bajo su propio árbol, se lamentaba así misma de su terrible aspecto. ¡Ella era linda! O al menos, eso le había dicho Grover, pero las hojas caducas bajo sus pies le recordaban lo tenebrosa que se veía, ¿Cómo rayos iba a defenderse de esas enredaderas tan vistosas y verdes? Si ella fuera un sátiro, también se sentiría atraída. A veces pensaba que se preocupaban por verse bien solo para hacerla querer explotar ahí mismo, y (el pobre) Grover no podía evitar admirarlas diciéndoles lo maravillosos que eran sus colores, ¡Si supiera que eran simple maleza!
Trató de no deprimirse. Los semidioses se le quedaban mirando preocupados por su mal aspecto, Juniper siempre traía una sonrisa en su rostro, pero al parecer el otoño había llegado más rápido que de costumbre.
Lacy, una de las hijas de Afrodita, se le quedó mirando. Los descendientes de Afrodita nunca habían mostrado mayor interés en la naturaleza (o en otra cosa que no fuera su apariencia), pero Lacy la observaba tan concentrada que pronto tuvo la sensación de incomodidad de quien te está analizando como una muestra de laboratorio. Deseó que se detuviera y se largase, y luego se sintió mal por ser tan ruda, pero la hija de la diosa del amor estaba parada y completamente plantada frente a ella. ¿Qué era lo qué quería?
—¿Se te ofrece algo?
Lacy ladeó la cabeza. Juniper quiso darse la vuelta e ignorarla, pero, sus penetrantes ojos la tenían aterrorizada (¿o atraída?). Volvió a intentar entablar una conversación inteligente con ella.
—Eh, Linda, ¿Necesitas algo?—preguntó con más fuerza, su voz aún flaqueaba del llanto que había soltado.
—Deja de hablar, estoy tratando ver verlo—
Juniper frunció el ceño, ¿Estaba chiflada? No le importaba, en esos instantes sí que quería darle unos buenos ramazos con el tronco más duro que pudiera encontrar. La niña del amor la escaneó de arriba hacia abajo y luego volvió a inclinar su cabeza unas cuantas veces. Paró de seco y sonrió mostrando sus aparatos en una encantadora sonrisa que solo ella, por la madre que tenía, podía lucir de esa manera.
—¡Ajá! ¡Lo sabía!
—¿Disculpa?—preguntó un tanto (enormemente) fastidiada. Lacy se acercó corriendo y le tomó la mano.
—Te ayudaré, ¡Sí que te ayudaré!— le explicó gritando, emocionada por algo que Juniper no entendía—
—¿De qué estás hablando? ¿Para qué querría yo tu ayuda?
—Cariño, tu sabes perfectamente de lo que hablo—le dijo con mucha seguridad, mirándole el color castaño que se le formaba en las uñas— Puedo oler la falta de seguridad a un kilómetro a la redonda.
—¡Eso es muy grosero!—le respondió indignada, pero la chica no dejaba de sonreír— ¿Por qué querrías ayudarme? ¿Qué podrías hacer tú?
—Esta es la semana de "Haz los sueños realidad" de la cabaña Diez, y la persona que haga la mejor transformación ganará la colección de Primavera-Verano de la nueva pasarela en el Olimpo de mi Madre—Explotó, atiborrando las palabras en su boca— y tú, Juniper, serás mi objetivo.
No supo qué decir ( o qué sentir), más la confusión y el enojo pasaron rápidamente a la timidez y los nervios. Lacy brillaba con una luz de esperanza tan atrayente que casi dijo que sí al instante, pero luego recayó en la realidad de que ella era un árbol y el maquillaje o la ropa linda no le harían gran cosa.
—Suena genial, pero sigo sin comprender cómo podrías ayudarme—suspiró con pesadez (y otras hojas cayeron)—No creo que ni los mejores zapatos puedan arreglar esto.
—Linda, primero tenemos que arreglar esa actitud tan negativa. No es nada bueno para el cutis—le acarició la mano con amabilidad y le sonrió— Sé que no es común, pero Mi madre no distingue nunca entre vanidades como lo son el género o la especie, así como yo tampoco. Cualquiera se daría cuenta de que hay una chica guapa que necesita un empujón para que crea que lo es, ¡Entonces es mi labor hacer que lo entienda!
Juniper dudó, pero El buen humor y los ánimos de Lacy habían hecho que algunos de sus tallos enverdecieran del gusto. Sonrió como nunca lo había hecho en semanas y meneó la cabeza en un "Sí", a lo que la hija de afrodita chilló emocionada.
Pasaron el resto del día platicando, practicando y entrenando. Todo lo que la pobre Juniper necesitaba entender de una buena autoestima lo estaba aprendiendo tan rápido como la boca de Lacy se movía. Le explicó las diferentes formas de coquetear y sentirse linda, de cómo jugar con sus pestañas y caminar meneando las caderas. Sabía que Grover no se fijaba en esas trivialidades, pero le pareció tan divertido saberlas y que (posiblemente) en un futuro las utilizaría.
Su color regresó, más vibrante y maravilloso que nunca. Lacy la despidió deseándose buena suerte y pactando que al día siguiente iría a su cabaña a testiguar el momento que habían pasado juntas. Le dio las infinitas gracias por hacerla sentir espléndida y poderosa de nuevo, pero sobretodo, por hacerla ver hermosa siendo el espíritu de la naturaleza que era.
Le dedicó un pensamiento a la Diosa del amor, esperando que le diera fuerzas.
Grover volvió de uno de sus tantos viajes, no sin antes de que todas las Ninfas corrieran chillando y saltando alrededor de él. Juniper se tragó su ira, plantó la espalda y se hizo presencia ante todos esos locos arbustos llenos de hormonas esperando que notasen su presencia. Lo hicieron, a la par de que se hicieron a un lado, formando un camino en donde al final, Grover la veía con los ojos bien abiertos.
Caminó como Lacy le había dicho, lenta y elegantemente, sintiendo como su fuerza se concentraba en sus hombros y su cuello, tratando de lucir todo su esplendor. El calor que subía de sus pies se hizo intenso, como si algo estuviera creciendo dentro de ella, brotando igual que una hermosa flor.
Las vio a la cara, y pudo notar que la miraban anonada. ¿Era su confianza arrolladora? ¿ o su distintivo color verde que había vuelto? No, sintió sus piernas chocar con algo y al bajar la mirada pudo ver cómo su sencillo vestido se había vuelto un mar de florecillas, que crecían en una cola hasta dejar rastro. Confundida, miró sus manos que brillaban con una luz encantadora, y crecían pequeñas ramitas de las cuales brotaban curiosas hojas.
Grover no emitió ni una palabra, más que un contundente "¡Beee!"
—Ay, dioses… Juniper, estás…—su labio temblaba, y ella soltó una risita—
—Te extrañé mucho—abrió sus brazos para darle un abrazo y muchas mariposas volaron al instante—
Grover abrió la boca y su mandíbula cayó. Juniper soltó un regocijo y le abrazó como nunca, clavando la mirada en aquellas enredaderas que no podían ni articular palabra.
Agradeció con todo su corazón aquel maravilloso gesto de Afrodita, quien nunca se olvidaba ni de las más pequeñas criaturas, Pues la vieja Diosa le había regalado el mejor momento de su vida y seguramente (muy seguramente) seguiría participando en las actividades de su cabaña.
E hizo crecer una flor, no muy grande ni muy chica, pero esperaba que a la diosa de amor le fuese suficiente. Porque no importaba si era arpía o una Náyade, Afrodita siempre daba su mano cuando en él amor había dificultades.
La de Juniper me quedó cortita, pero dije que iba a hacer de todas
así que me plantee otro reto, espero haberlo superado.
¡No puedo creer que hayan tantas personas que les guste la idea! muchias grachias a todos/as que leen esta humilde historia, espero no decepcionarlos.
y pues, si no puedo actualizar muy rápido es por que no he leído todos los libros hasta ahora (oséase, apenas estoy entrando al hijo de neptuno y conociendo a Hazel Que por cierto, AMO MUCHO) y la siguiente historia sería Rachel, pero la idea que tengo planeada sería totalmente imaginaria por que no tengo idea de qué es lo que está actualmente (y no me lo digan, por favor, lo leeré a su tiempo,por que si sé algunos spoilers).
Si no cuento mal, me hacen falta Annabeth, Hazel, Thalia y Reyna, por lo que quedan cuatro capítulos más.
Tengo otra historia sobre Leo que espero que les guste (: La publicaré cuando termine.
Muchos besos y résenle a Afrodita para que les cumpla sus deseos.
gracias ante todo.
