Las manos le sudaban sobre los reposa brazos de su gran trono de piedra. Las sentía duras y ásperas, llenas de vejez, impotencia y un atisbo de miedo. Quien hubiese llegado a imaginar que su reinado iba a conllevar tantos desastres para el pueblo. Pronto, a este paso, le debería pasar el relevo a uno de sus hijos. Pero ¿A cual? ¿A un obsesivo de la lucha? Tiene la fuerza necesaria para gobernar, aunque seguramente demasiado orgullo y altanería como para sentir empatia hacia el pueblo. ¿Al liberal? Quiere trasladar la ciudad entera a otro lugar, ¿Como podría? Este era el lugar de miles de personas, el lugar que su padre dejó como herencia, para que él y su hermano cuidasen. Supuestamente. ¿Al bebé? Quien sabe, tal vez, visto lo visto, fuese el más capacitado.

Solo quedaba una opción, una pequeña y problemática ¿La bastarda? Dios, no, Qeiwen se subiría por las paredes. Ya quiso matarlo por haber tenido una hija con una humana. Eran tiempos difíciles, ¿Qué iba a hacer? ¿Dejar abandonada a aquella pobre criatura en medio de un bosque del Makai? Los jefes también cometían errores, pero no cometería el error de dejar que ella ocupara el trono, ¿Qué pasaría con la poca reputación que le quedaba?¿Y qué sería de su pueblo? Nadie en el Makai sigue a un líder medio-demonio. Sin embargo, había sido ella la que optó por salir y buscar ayuda. Además de ser ella quién se empeñaba en salir a luchar y, para colmo, la heredera de sus poderes, esto a sus hermanos no les hacía ninguna gracia ¿Pero que le iba a hacer? No era su culpa. Genética.

Ya que su hija se había tomado la molestia de hablar con Koenma, recibiría – algo a regañadientes – los detectives que esta fue a buscar y allí estaba esperando, con su armadura y su mejor túnica.

La sala del trono era considerablemente grande, este se alzaba al final, de modo que fuese lo primero en ver al entrar a la sala. Cuatro columnas salomónicas se retorcían paralelamente a ambos lados de la tela roja que cubría la mitad de la sala. Las paredes de piedra estaban repletas de escudos , armas y algunas cortinas. El arma más importante era la enorme hacha que se posaba detrás de él, con una gema naranja incrustada en el centro, el hacha de Riotuhs, el Gran Okami, el Lobo de Fuego, el jefe, él. La puerta de madera tallada se abrió unos centímetros, por donde un pequeño mayordomo pasó:

- Señor, mi señor – Hizo una reverencia. - La bast... - Reaccionó y se aclaró la voz, si su señor oyese esa palabra, montaría en cólera. - Su hija, ha llegado, pide permiso para entrar. - Se quedó con la cabeza agachada, inmóvil, como una columna más.

- De acuerdo, que pase. - Se llevó una mano a la barba, acariciándola. Tenía curiosidad, después de todo. Escuchó unos pequeños, pero seguros pasos y unas manos decididas, abrieron la puerta de par en par.

- Hola, padre – Saludó Iariber con una amplia sonrisa. A ambos lados, tres hombres miraban distraídos el lugar, mientras otro, que estaba más atrás, se limitaba a mirarle. También estaba Bryke, el muchacho tullido.

- Hola, Iariber – Nunca le llamaba hija. Se puso de pié y a los chicos les pareció una montaña. Mediría más de tres metros. Sus ojos rojos curioseaban a los muchachos, volvió a acariciarse la larga y pelirroja barba. - ¿Estos son los hombres enviados por el Príncipe Koenma?

-Así es. - Respondió, inclinando algo la cabeza.

-¿Quién es el líder?

-¡Soy yo! - Respondió el muchacho de la camiseta amarilla. - Aunque no me considero como tal. - Soltó una carcajada y se pasó la mano por la nuca avergonzado. Intentó ponerse serio. - Mi nombre es Yusuke Urameshi, fui nombrado detective espiritual por Koenma, quien nos encomendó la misión de ayudar a su hija... y aquí estamos. No le quepa duda que tanto mi equipo como yo, estaremos dispuestos a hacer cualquier cosa para que esta ciudad vuelva a la normalidad.

-Eres muy atrevido, chico. - La voz del gigante hacía eco en las paredes, era imponente, pero Yusuke a penas se inmutó y mostraba su sonrisa decidida de siempre. - ¿Qué hay de los demás?

-Oh, pues... - Dirigió su mirada a quien tenía más cerca. - Este es Kurama, Señor. Es un demonio zorro y un ladrón muy conocido por el Makai, o eso tengo entendido. - Kurama sonrió algo preocupado e hizo una reverencia.

-Vaya y tanto que he oído hablar de él: "el bandido legendario" vaya, vaya, decían que habías sido forzado a poseer un cuerpo humano, veo que es cierto. - Kurama asintió y agradeció que el padre de Iariber no se echara a reír.

-Este es Kazuma Kuwabara – Prosiguió Yusuke. - Es un humano con una fuerte sensibilidad espiritual, algo así como un humano psíquico. - Kuwabara permanecía inmóvil hasta que hizo una reverencia super exagerada. - También es un poco tonto.

-¡Serás! - Exclamó, nervioso.

-¡Y por último! - Alzó la voz, para que no se escuchase a Kuwabara. - Aquella sombra negra del fondo, con cara de pocos amigos, es Hiei...

-¿Hiei? - Cortó el señor del bosque maldito. - Vaya, muchacho. - Exclamó sonriente, mientras se dirigía hacia él. - ¡Cuanto tiempo sin verte! - Le dió una palmada al muchacho. - ¿Quien iba a decir que nos encontraríamos en unas circunstancias tan extrañas, verdad?

-Quien lo iba a decir, señor. - Dijo, con su natural seriedad e indiferencia.

-¡Anda, no seas tan serio! - Posó agarró con fuerza al chico del hombro. Todos se quedaron boquiabiertos. - Muy bien, muchachos – Siguió refiriéndose a los demás. - Bienvenidos a mi ciudad, el mayordomo os indicaran donde podéis instalaros mientras estáis aquí. Tu quédate Iariber, creo que tienes que contarme los detalles del viaje y tu, Bryke, de vuelta al trabajo. Vamos.

El pequeño hombrecillo volvió a aparecer por la puerta y se llevó a los detectives de la sala mientras Iariber le contaba a su padre todo, desde que habló personalmente con Koenma, como empezó con mal pie en el templo de Genkai y el encuentro con los esbirros del hermano de su padre.

Los chicos fueron a parar a un pasillo de piedra iluminado con velas, el mayordomo abrió una de las miles de puertas que habían, y les indicó que entrasen. Era una estancia bastante aceptable, contaba de varias habitaciones, cosa que les pareció magnifica, puesto que Kuwabara y Yusuke roncaban como verdaderos demonios, también tenían una sala de estar y un baño. El pequeño demonio les dejó allí y les indicó que le llamasen si necesitaban cualquier cosa.

Todos rezaban para que las camas no fuesen de piedra también, al entrar vieron que cada habitación contaba con un baúl, una cama y unas velas. La cama era de madera y plumas. Una vez inspeccionado todo, estaba claro qué iban a hacer:

-Bueno, bueno... - Empezó Kurama. Yusuke y Kuwabara rieron. Todos empezaron a acercarse a Hiei, este, extrañado, iba alejándose cada vez más.

-¿Qué queréis? - Preguntó. De tanto que había retrocedido, se había acabado sentando en el sofá de plumas que había en mitad de la sala de estar. Se sentaron a su lado.

- ¿A qué vienen tantas confianzas con el Jefe? - Comentó Yusuke, con una sonrisa socarrona.

- Eso, eso... Parecíais íntimos amigos.. - Siguió Kuwabara.

- Tsk. - Rodó los ojos. - Ya lo expliqué antes. Trabajé para él.

- ¿Sobre qué? ¡Cuéntanos! - Exigía Yusuke.

- No. - Cruzó los brazos. - No es asunto vuestro.

- Hay una cosa que me inquieta... - Kurama empezó a hablar, algo intrigado y con una risita picarona. - Si antes estuviste aquí... ¿Cómo es que no viste a Iariber?

- Yo que sé.

- ¿Seguro que no la conocías de antes? - Yusuke pinchó a Hiei.

- No, ¡maldita sea! - Se levantó de golpe. Se sentía molesto con el tono de esas preguntas ¿Es que le intentaban tomar el pelo? se fue.

Realmente no conocía a Iariber, él fue a esa ciudad muchísimo antes de la guerra, cuando proclamaron a Riotuhs el jefe de los Bosques Malditos. No fue una tarea fácil transportar "eso" hasta su destino. Fue una misión secreta, nadie sabía del contenido de la caja que transportaba, ni si quiera Hiei, no al menos hasta que lo entregó. Si hubiese robado "eso" seguramente hubiese tenido la posibilidad de vivir sin preocupaciones el resto de su vida, bueno, sin preocupaciones, exceptuando de el hecho de ser perseguido por todo el Makai. No se percató que al echar a andar fue a parar fuera del castillo, no le gustaba ver todo aquello, pero peor se sentiría si estuviese dentro, ajeno a toda la miseria que invadía aquel lugar. Sintió que alguien le empujó por detrás y se giró de golpe, molesto, pero bajo la guardia al ver que solo se trataba de un niño que había tropezado con él. El chiquillo se llevo la mano a los ojos y se los restregó, miró hacia atrás y echó a correr de nuevo, divertido, mientras otro le perseguía. Curioso, y tal vez algo divertido, los siguió desde lejos.

Fueron a parar a un lugar apartado de las demás casas, donde una parte del bosque entraba dentro de la fortaleza - ¿Se podrá saltar la muralla por encima? - Pensó. Aunque estuvo más pendiente de como los niños entraron en el pequeño bosque. Se subió a un árbol y los observó desde ahí, para su sorpresa, alguien más se hallaba en ese lugar. Iariber, estaba entrenando en un tronco tallado, justo en mitad de aquel lugar, los dos niños se juntaron con bastante más, formando un corro al rededor suya.

Esta, algo molesta, levantó la vista, muy seria y serena. Los niños empezaron a sacar piedras de los bolsillos y a lanzarlas contra ella. Hiei se sorprendió, ¿Qué demonios pretendían esos críos? Pero todavía entendía menos el comportamiento de Iariber: ¿Por qué dejaba que le tiraran piedras sin hacer nada? Sin duda, él ya les hubiese dado una buena zurra. Una de las piedras dio en la frente de la medio-demonio, abriéndole una pequeña brecha, seguía sin inmutarse, y cuando la piedra cayó de su frente, la cogió y miró a los niños, a quienes les faltaron piernas para salir corriendo. El moreno observó detenidamente a la chica, ¿Sufría maltrato por parte de su pueblo acaso? Y ¿Por qué ese afán de salvarlo, si era así? ¿Qué trataba de lograr?

De repente ella se giró bruscamente en dirección donde él se encontraba - ¿Me ha visto? - Exclamó en su mente. No podía ser, había escondido su aura, siempre lo hacía. Nadie era capaz de encontrarlo. Su idea se desvaneció cuando vio que se trataba de nuevo de los niños de antes, ahora volvían con palos. Uno de ellos le saltó encima, Iariber lo había visto, y aun y así no se apartó, le dio un buen golpe en la cabeza y, aunque consciente, ella se dejó caer al suelo, mientras todos le aporreaban. Sin saber por qué, él empezó a apretar fuertemente el árbol, pero aun y así no bajó a ayudarla.

Pasado un rato, los niños, ya cansados, se fueron, y Iariber, llena de heridas, seguía acostada en el suelo. Se abrazó ella misma, incluso se clavó las uñas en los brazos, apretó fuertemente los dientes y rugió, cuando quiso darse cuenta, el cuerpo de la muchacha estaba envuelto en unas llamas intensas que bailaban por todo su cuerpo, parecía no dolerle, su ropa no se calcinaba, sin embargo era su alma la parecía arder y salir de su cuerpo, rugió tan fuerte que parecía que le iba la vida en ello, no parecía importar que le escucharan. Ese horrible sonido causaría un escalofrío en cualquiera.

...

La noche ese cernió sobre el bosque, se escuchaban sonidos extraños de criaturas todavía más extrañas que habitaban fuera de la ciudad. En la oscuridad, donde nadie podía verlos y donde no podían atacar, cosa de la cual, Kuwabara se alegraba el que más.

El Gran Okami de Fuego, se disculpó con sus invitados por la escasez de comida, solían conseguir muy poca carne de las pocas criaturas comestibles de allí, además, con la guerra, sus huertos se habían secado y sus animales acabaron muertos y ya devorados. La poca comida que llega (aunque ya se encargaba el enemigo de que no llegase), se repartía en los hogares, para el palacio solo quedaban los restos, pero así lo había ordenado el jefe.

Encima de la largar mesa del comedor, habían unas cuantas barras de pan, algo de fruta y unos muslos, acompañados de un jugo morado en unos cuencos.

-Comed vosotros. - Ordenó Riotuhs. - Los demonios como yo, no necesitan alimentarse. - Vacilaron un poco, pero empezaron con la cena. - Bueno, viejo amigo. - Ahora se dirigía a Hiei. - Cuéntame como acabaste siendo uno de los perros de Koenma. - Rió.

-Hn. - tragó la comida. - Me pillaron y tuve que ceder.

-Oh, en algo turbio ¿eh? Ya te dije que ser mercenario te traería problemas.

-Tal vez.

-Siempre fuiste de pocas palabras, muchacho. - Dijo el jefe, sonriendo cálidamente. - ¿Qué me decís chicos, os trata bien el Príncipe?

-Es un niño malcriado. - Ladró Yusuke. Cosa que provocó que Riotuhs casi escupiese su bebida de la risa.

-Sin duda, pero es un buen hombre. - Se limpió la boca. - Ahora Iariber deberá trabajar para él, como precio por vuestros servicios. Me alegraría que encontrase un buen trabajo, a si que si es su decisión, veo bien que se marche y entre al servicio de Koenma...

-Espero no ser muy descortés, mi señor. - Comentó Kurama. - Pero hay algo que me gustaría preguntarle desde que he llegado.

-Siéntete libre, muchacho. - Soltó una risotada y su barba se agitó. - No muerdo, a no ser que me pongas la mano en la boca, claro.- Bromeó.

-De acuerdo. - Todo el mundo calló. - Iariber nos comentó que tenia tres hermanos, además que usted, tenía una esposa. ¿Por qué no los hemos visto todavía? - Sabia que iba a decirle que no era de su incumbencia, sin embargo, apoyó los codos en la mesa y unió sus manos, apoyando su mentón sobre ellas, esperando una respuesta.

-No suelen pasarse por aquí, no en mi presencia, vaya. - Contestó Iariber, que su padre diese explicaciones. Todos quedaron boquiabiertos, ¿tanta desdicha y deshonor provocaba una simple muchacha?

-Mi segundo hijo estableció una base para la familia en un valle a las afueras de este bosque, está empeñado en que tenemos que trasladar allí la fortaleza, pero eso es imposible, esta tierra las conquistaron mis antepasados, mi abuelo forjó esta ciudad y mi padre la alzó a lo más alto, claro que quiero que mi pueblo se salve, pero quiero conservar lo que es mio. Es por eso que, a parte de en el campo de batalla, no creo que veáis a nadie de mi familia, todos se mudaron allí cuando nació Iariber. Supongo que es mi castigo. Si me disculpáis... - Riotuhs se levantó de su enorme silla y salió acompañado por su sirviente, cerrando la puerta tras él.

-¿Qué demonios fue eso? - refunfuñó Yusuke, algo molesto.

-Así son las cosas. - Respondió la muchacha, más pendiente de terminarse la pieza de fruta que de la reacción de sus compañeros.

-Pero...

-No, Yusuke, no sigas. - Kurama frenó a su amigo apoyándole la mano en el hombro. Con la mirada, Kurama le indicó que mirara a Hiei. El demonio de fuego estaba apretado los puños con mucha fuerza sobre la mesa.