Ni la historia ni los personajes me pertenecen. La historia es de Jennifer Probst y los personajes de la grandísima Stephenie Meyer. Yo solo adapto la historia.
Capitulo dos
Edward miró a su alrededor, satisfecho con el resultado. Su sala de conferencias privada proporcionaba un bien ambiente de negocios, y el ramo de flores frescas que su secretaria había colocado en el centro de mesa ofrecía un toque personal contra la alfombra de felpa de color vino, el brillo de la rica madera de cerezo, y las sillas de cuero de color mantequilla. Los contratos se colocaron ordenadamente, junto a una bandeja de plata elegante llena de té, café, y una variedad de pasteles. Formal pero amistoso, que reflejaba el tono de su matrimonio.
Pasó por alto el pinchazo profundo en su estómago cuando pensaba en encontrarse con Bella Swan otra vez. Se preguntó cómo se había criado. Las historias que su hermana compartió con él pintaron un cuadro de una imprudente e impulsiva mujer. Al principio se resistió a la sugerencia de Alice; Bella no encajaba en la imagen que necesitaba. Recuerdos de una niña de coletas, obstinada y de espíritu libre atormentaban a pesar de que sabía que era dueña de una respetable librería. Todavía pensaba en ella como compañera de juego de Alice, aunque el no la había visto en años. Pero el tiempo se estaba acabando.
Ellos compartieron un pasado lejano, y sintió que se podía confiar en Bella. Ella no se ajustaba a su idea de la esposa perfecta, pero necesitaba el dinero. Rápido. Alice permaneció en silencio respecto a la razón, pero pintaba a Bella como desesperada. Se sentía cómodo con la necesidad de dinero en efectivo: era blanco y negro. No gris. Sin ideas de intimidad entre ellos. Una transacción comercial formal entre viejos amigos. Edward podría vivir con eso.
Alargó la mano hacia el intercomunicador para llamar a su secretaria, pero al mismo tiempo que lo hizo la pesada puerta se abrió sin problemas y se cerró con un sólido clic. Se dio la vuelta.
Unos profundos ojos color chocolate le miraban directamente con un poco de vacilación y con una claridad que le dijo que esta mujer perdería cualquier juego de póquer, ella era brutalmente honesta y sin voluntad de farol. Reconoció su mirada lo suficientemente bien, pero la edad había cambiado los colores a una inquietante mezcla de color café y miel. Sus ojos se dirigieron a su cabello color castaño oscuro, que consistía en tirabuzones que caían en sus hombros y enmarcaban su rostro con forma acorazonada. Los pómulos altos destacaban su boca rosada y labios rellenos. Solía preguntarle si le había picado una abeja, para a continuación reírse a carcajada limpia. La broma era para él. Calientes fantasías masculinas fueron construidas alrededor de una boca como la de ella, y no tenía nada que ver con las abejas. Solo la miel. Preferiblemente la miel caliente y pegajosa que vertía sobre sus labios rellenos y poco a poco pasaban por fuera de la lengua.
¡Ah, mierda!
Se resigno y termino su inspección. Recordó torturándola cuando se entero de que tenía que usar sostén. Le había estado torturando por su descubrimiento desde el principio, y había usado la información de forma inteligente en su contra. Ahora ya no era gracioso. Sus pechos eran tan rellenos como su boca, y coincidían con la curva de sus caderas. Era un poco alta, casi como él, y este paquete de tentación femenina vino, todo ello en vuelto en un vestido rojo fuego que hacía hincapié en el escote, pegado por encima de sus caderas, hasta llegar al suelo. Las uñas de sus pies de color escarlata se asomaban a través de unas brillantes sandalias rojas. Ella permaneció inmóvil en la puerta de entrada, como si le permitiera deleitarse hasta hartarse antes de que ella se decidiera a hablar.
Sintiéndose algo escalonado, Edward peleó más allá de su desconcierto y se basó en la profesionalidad de ocultar su reacción. Isabella Marie Swan había crecido muy bien. Un poco demasiado bien para su gusto. Pero no hubo necesidad de hacérselo saber.
Le ofreció la misma sonrisa neutra que ofrecía a cualquier socio de negocios.
—Hola, Bella. Ha pasado mucho tiempo.
Ella le devolvió la sonrisa, pero no llegaba a sus ojos. Movió sus pies y cerro sus manos.
—Hola, Edward. ¿Cómo estás?
—Estoy bien. Por favor, siéntate. ¿Puedo servirte algo de café? ¿Té?
—Café, por favor.
— ¿Con leche? ¿Azúcar?
—Leche. Gracias. —Ella se deslizó con gracia en la silla acolchonada, se giró hacia el escritorio y cruzo las piernas. Su vestido rojo se subió un poco y le dio a él un vistazo de la piel oliva, suave y en forma.
Se concentro en el café.
— ¿Napoleón? ¿Boñuelos de manzana? Son de la panadería de la calle.
—No, gracias.
— ¿Seguro?
—Sí. Nunca sería capaz de comer solo uno. He aprendido a no tentarme.
La palabra tentación salía de sus labios, en una baja y ronca voz que acaricio sus oídos. Sus pantalones se apretaron en una muesca y se dio cuenta de que su voz acaricio otros lugares. Completamente desconcertado por su reacción hacia una mujer con la que no quería ningún contacto físico se centro en la preparación de su café y se sentó frente a ella.
Ellos se estudiaron el uno al otro por unos minutos y el alargó el silencio. Ella tocó la delicada pulsea de oro que rodeaba su muñeca.
—Siento lo de tu tío Anthony.
—Gracias. ¿Te informó Alice sobre los detalles?
—Todo esto parece una locura.
—Lo es. Mi tío Anthony cree en la familia, y antes de su muerte estaba convencido de que nunca iba a sentar cabeza. Por lo tanto, decidió que un fuerte impulso sería por mi propio bien.
— ¿No crees en el matrimonio?
—El matrimonio no es necesario. El sueño de "para siempre", es un cuento de hadas. Los caballeros de brillante armadura y la monogamia no existen.
Ella se echó hacia atrás por la sorpresa.
— ¿No crees en hacer un compromiso con otra persona?
—Los compromisos son de corta duración. Claro, la gente lo dice en serio cuando se confiesan amor y la devoción, pero con el tiempo se erosiona todo lo bueno y deja lo malo. ¿Conoces a alguien que esté felizmente casado?
Ella abrió los labios, y luego se quedó en silencio.
— ¿Además de mis padres? Supongo que no. Pero eso no significa que no hay parejas felices.
—Tal vez —. Su tono contradijo su acuerdo parcial.
—Supongo que hay un montón de cosas en las que no estamos de acuerdo —dijo, se movió en su asiento y volvió a cruzar las piernas—. Vamos a necesitar algo de tiempo juntos para ver si esto va a funcionar.
—No tenemos tiempo. La boda tiene que tener lugar a finales de la próxima semana. No importa si nos llevamos bien. Esto es estrictamente un acuerdo de negocios.
Ella entrecerró los ojos.
—Veo que eres el mismo matón prepotente que me molestaba por el tamaño de mis pechos. Algunas cosas no cambian.
Centro su atención en la caída de su vestido.
-Supongo que tienes razón. Algunas cosas siguen siendo las mismas. Otras se mantienen en expansión.
Se quedo sin aliento pero ella lo sorprendió cuando sonrió.
—Y otras cosas siguen siendo pequeñas. —Su mirada resuelta señalo directamente el bulto en el centro de sus pantalones.
Edward casi escupió el café pero se las arreglo para bajar la taza con tranquila dignidad. Una oleada de calor le golpeó el estómago al recordad el día en la piscina cuando eran niños.
Él había estado tomándole el pelo sin piedad a Bella sobre los cambios en su cuerpo cuando Alice se coló detrás de él y le bajo el bañador. Expuesto en todos los sentidos de la palabra, se alejó y fingió que todo el episodio no le molestaba. Pero la memoria seguía estando catalogada como el momento más embarazoso.
Hizo una seña a los papeles que tenía delante.
—Alice me dijo que necesitabas una cantidad específica de dinero. Esto sigue siendo un negocio.
Una extraña expresión cruzó su rostro. Apretó sus rasgos, y luego dijo:
— ¿Es este el contrato?
Asintió con la cabeza.
—Sé que necesitas a tu abogado para que lo examine.
—No hay necesidad. Un amigo mío es abogado. Aprendí lo suficiente, ya que le ayudé a estudiar para el examen. ¿Puedo verlo?
Deslizó los papeles sobre la madera pulida. Ella buscó en su bolso un par de pequeñas y negras gafas de lectura y las empujo hasta el puente de su nariz. Pasaron los minutos mientras estudiaba el contrato. Aprovechó la oportunidad para estudiarla. Si fuerte atracción le irritaba. Isabella no era su tipo. Ella tenía demasiadas curvas, era demasiado directa, era demasiado… real. Le gustaba saber que estaba a salvo en cualquier arrebato emocional, si algo no iba a su manera. Incluso cuando Tanya se molestó, siempre se manejaba con moderación. Bella le daba un miedo terrorífico. Algo en sus entrañas le susurro que no sería fácil de manejar.
Ella habló y expuso sus emociones sin pensar. Tales reacciones causaban peligro, caos y desorden. Las últimas cosas que necesitaba en un matrimonio.
Aunque…
Él confiaba en ella. Esos ojos color chocolate transmitían determinación y justicia. Su promesa significaba algo. Después de un año, sabía que ella se alejaría sin mirar atrás o con deseo de más dinero. La balanza se balanceaba a su favor.
Una uña color rojo cereza golpeteaba el borde de la pagina en un ritmo tranquilo. Ella levantó la mirada. Edward se preguntó por qué su piel tomó un tono tan pálido cuando se veía tan ruborizada y saludable hace un momento.
— ¿Tienes una lista de requisitos? —lo dijo como si lo estuviera acusando de un crimen capital en lugar de hacer una lista de bienes y compromisos.
Se aclaró la garganta.
—Sólo un par de cualidades que me gustaría que mi esposa tuviera. —Ella abrió su boca para hablar pero las palabras no salieron. Parecía luchar para dejarlas salir.
— ¿Quieres una ama de casa, una huérfana y un robot todo en uno? ¿Eso es justo?
Tomo una respiración profunda.
—Estás exagerando. Sólo porque me gustaría casarme con alguien con gracia y sentido del negocio, no quiere decir que sea un monstruo.
Ella soltó un bufido muy poco femenino.
—Quieres una esposa sumisa son sexo. ¿No has aprendido nada sobre las mujeres desde que tenías catorce?
—Aprendí bastante. Por eso es que el tío Anthony tuvo que forzarme en una institución que favorece a las mujeres en primer lugar.
Ella contuvo el aliento.
— ¡Los hombres consiguen mucho con el matrimonio!
— ¿Cómo qué?
—Sexo estable y compañerismo.
—Después de seis meses los dolores de cabeza empiezan y se enfadan unos a otros hasta las lágrimas.
—Los hombres nunca quieren envejecer. Por eso es que se mantienen persiguiendo a mujeres más jóvenes.
Si boca cayó abierta. La cerró con un rápido chasquido.
—Niños… una familia… alguien que te amara en la salud y en la enfermedad.
—Alguien que gasta todo tu dinero y te regaña cada noche y es una perra sobre limpiar tu desorden.
—Estás enfermo.
—Estás engañada.
Sacudió su cabeza, haciendo que sus sedosos rizos castaños cayeran alrededor de su cara, luego se asentaron lentamente. El sonrojo estaba de vuelta en su piel.
—Dios, tus padres realmente te arruinaron —murmuró.
—Gracias, Freud.*
— ¿Y qué si no encajo en todas estas categorías?
—Trabajaremos en eso.
Sus ojos se estrecharon y se mordió el labio inferior. Edward recordó la primera vez que la había besado, cuando tenía dieciséis años. Como su boca se había presionado contra la de ella, sintiéndola estremecerse. Sus dedos acariciando suevamente la piel desnuda de sus hombros. El aroma fresco y limpio de las flores y el jabón. Después, sus facciones brillaban con inocencia, belleza y pureza. Esperando la parte del felices por siempre.
Entonces ella le sonrió y le dijo que lo amaba. Que quería casarse con él. Debió haberle dado unas palmaditas en la cabeza, decir algo lindo y seguir su camino. En cambio, su comentario sobre el matrimonio había sido dulce y tentador de una manera que había asustado a la mierda de él. Incluso a los dieciséis, Edward sabia que las relaciones que podían ser siempre hermosas, todas tarde o temprano se volvían horribles. Se había reído, la había llamado bebé, y la había dejado sola en el bosque. La vulnerabilidad y el dolor en su rostro habían roto su corazón, pero él tuvo que retener la emoción.
Mientras más aprendiera, mejor.
Edward se había asegurado que ese día ambos aprendieran duras lecciones.
Alejó ese recuerdo y se concentró en el presente.
— ¿Por qué no me dices que buscas en este matrimonio?
—Ciento cincuenta mil dólares. Efectivo. El frente y no al final del año.
Se inclinó más cerca de ella, intrigado.
—Demonios, es mucho dinero. ¿Deudas de juego?
Una pared invisible se estrelló entre ellos.
—No.
— ¿Compras?
La ira se encendió en sus ojos.
—No es de tu incumbencia. Parte del trato es que no me hagas preguntas de dinero o como pretendo usarlo.
—Hmmm, ¿algo más?
— ¿Dónde viviremos?
—En mi casa.
—No voy a renunciar a mi departamento. Pagaré la renta como lo hago normalmente.
La sorpresa se disparo a través de él.
—Como mi esposa, necesitaras un guardarropa apropiado. Recibirás un subsidio y tendrás acceso a mi comprador personal.
—Usaré lo que quiera, cuando quiera y lo pagare de mi maldita manera.
Luchó contra una sonrisa. Casi disfrutaba la pelea de mentes, al igual que como lo hacía en los viejos tiempos.
—Vas a ser la anfitriona de mis socios de negocios. Tengo un gran asunto en línea, así que tendrás que llevarte bien con las otras personas.
—Puedo manejar y mantener mis codos fuera de la mesa y reírme de sus estúpidas bromas. Pero necesito ser libre de llevar mi propio negocio y disfrutar de mi propia vida social.
—Por supuesto. Espero que puedas llevar tu estilo de vida individual.
— ¿Mientras no te avergüence?
—Exactamente.
—Golpeteó su pie al ritmo de sus uñas.
—Tengo algunos problemas con esta lista.
—Soy una persona flexible.
—Soy muy cercana a mi familia y ellos necesitan una buena razón para creer que me estoy casado de repente.
—Sólo diles que nos encontramos después de todos estos años y decidimos casarnos.
Bella puso los ojos en blanco.
—No tienen permitido saber sobre este acuerdo, así que tienen que creer que estamos locamente enamorados. Tienes que venir a la cena para que así podamos hacer el anuncio. Y necesita ser convincente.
El recordó que su padre los había dejando por la botella y los había abandonado a ella y a su familia.
— ¿Todavía hablas con tu padre?
—Sí.
—Solía hacerlo. Hizo las paces. Decidí perdonarlo. Como sea, mi hermano, mi cuñada, mi sobrina y los gemelos todos viven con mis padres. Harán un millón de preguntas y tendrás que ser convincente.
Frunció el ceño.
—No me gustan las complicaciones.
—Mala suerte. Es parte del trato.
Edward pensó que le daría esa pequeña victoria.
—Bien. ¿Algo más?
—Sí. Tendré una boda real.
Sus ojos se estrecharon.
—Estaba pensando en un juez de paz.
—Yo estaba pensando en un vestido blanco en el exterior acompañada de mi familia y con Alice como mi dama de honor.
—No me gusta las bodas.
—Ya lo has dicho. Mi familia jamás creerá que me fugué. Tenemos que hacer esto por ellos.
—Me estoy casando contigo por razones de negocios, Isabella. No por tu familia.
Su mentón se elevo. Hizo una nota mental del gesto. Parecía advertencia antes de que ella cargara la batalla.
—Créeme, tampoco estoy feliz sobre esto, pero tenemos que interpretar el papel si la gente va a pensar que esto es real.
Sus facciones se tensaron, pero se las arreglo para asentir.
—Bien. —Su voz goteaba sarcasmo—. ¿Algo más?
Se veía un poco nerviosa y le dio un vistazo, entonces se levanto de la silla y él empezó a caminar por la habitación. Su enfoque cambio a su parte posterior, balanceándose adelante y atrás, su cremallera se tenso con incomodidad.
Su último fugaz pensamiento racional deshizo su visión. Corta tus perdidas aquí y ahora y camina hacia la puerta. Esta mujer va a voltear tu vida patas arriba, en diagonal y hacia los lados, y siempre has odiado la casa de la risa.
Edward luchó contra el aumento repentino de miedo y espero su respuesta.
….
Ah, demonios.
¿Por qué tenía que ser tan endemoniadamente maravilloso?
Le dio un vistazo a huertillas mientras él se paseaba. Una vulgar maldición salió de sus labios pero se obligo a echarse atrás. Al crecer, ella solía llamarlo Niño bonito por su cabello dorado. Esos jóvenes mechones domesticados en un corto, conservador corte, pero algunas revoltosas hebras caían de un lado a otro de su frente en una tenaz rebelión. Los colores se habían profundizado con el tiempo, pero recordó su cereal mezclado de Chex, anillos de miel dorada con trigo. Sus rasgos se endurecieron, su mandibular ahora un poco cincelada. Sis dientes perfectos y blancos brillaron durante una breve sonrisa. Sus ojos eran de algún profundo verde, y sus secretos se mantenían firmemente velados detrás de una pared. Pero su cuerpo…
El siempre estaba activo, pero cuando cruzo la sala, sus elegantes pantalones de tela color avena se movieron y se doblegaron a su voluntad, delineando largas piernas musculosas y tirantes nalgas. El suéter de cuello V canela era a la vez casual y apropiado para un sábado de oficina.
Algunas partes eran totalmente inapropiadas. La longitud de sus brazos, los anchos hombros y el pecho que se extendía y moldeaba en el tejido. Edward Cullen era todo un hombre apasionado, y todavía la miraba como la péquela compañera de juegos de Alice. Cuando sus miradas se cruzaron, no hubo ningún reconocimiento, ninguna apreciación. Solo una amistad distante que proporciono alguien de su pasado.
Bueno, ella estaba condenada su dejaba que su lengua se arrellanara fuera de su boca, solo porque era atractivo. Su personalidad todavía apestaba. La gran A de Aburrido. La gran S para sordo. La gran…
Empujo el pensamiento fuera de su mente.
Bella odiaba el hecho de que su presencia la hiciera sentir nerviosa y un poco mareada. Hace una semana que había lanzado un hechizo de amor, y la Madre Tierra la había escuchado. Ella tenía su dinero y podría salvar la casa de su familia. ¿Pero qué demonios había pasado con su lista?
El hombre ante ella golpeó todo en lo que creía. Esto no era un matrimonio por amor. No, esto era un negocio puro, simple y muy frio.
Mientras el recuerdo de su primer beso se arrastraba desde el escondrijo de su mente, apostaba que él se había olvidado por completo del momento. La humillación se meneaba a través de sí. No más. ¿En realidad, la Madre Tierra no podría permitir el requisito numero uno en su lista? Tomo una profunda respiración y habló:
—Una cosa más.
— ¿Sí? —preguntó.
— ¿Ves beisbol?
—Por supuesto.
Su estómago inclinado en tensión.
— ¿Tienes un equipo favorito?
Sonrió. Literalmente sonrió.
—Solo hay un equipo de NY.
Bella lucho más allá de las nauseas y preguntó:
— ¿Cuál es?
—Los Yankees, por supuesto. Es el único que gana. Ese es el único que me importa.
*: Sigmund Freud: fue un médico neurólogo austriaco, padre del psicoanálisis y una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX.
BUENO AQUI TIENEN LO PROMETIDO, UN BESO A TODOS.
