Ni la historia ni los personajes me pertenecen. La historia es de Jennifer Probst y los personajes de la grandísima Stephenie Meyer. Yo solo adapto la historia.
Capitulo tres
Ella respiró hondo e infló el vientre. Lo había aprendido en clase de yoga. ¿Se podría casar con un fan de los Yankees? ¿Podría renunciar a todas sus costumbres y ética? ¿Podría soportar estar casada con un hombre que pensaba que Dios y la monogamia era algo femenino?
— Bella, ¿Estás bien?
Lo silenció con una mano y pasó, buscando desesperadamente por respuestas. Si ella se fuera ahora, no habría otra opcion que vender la casa. ¿Podría vivir con ella misma, sabiendo que era tan egoísta cómo para hacer un sacrificio por su familia? ¿Tenía opción?
— ¿Bella?
Giró sobre su talón. La impaciencia tallada en las lineas de su rostro. Este hombre no tiene tolerancia con los arrebatos emocionales. Tan caliente como se veía, sería un gran dolor en el culo, tal como había ido creciendo. Probablemente el programaba sus días por minuto. Probablemente no sabía lo que significaba la palabra impulsivo. ¿Podrían vivir en la misma casa un año? ¿Se rasgarían en partes el uno al otro antes de que los 365 días pasaran? ¿Y si los Yankees llegaban a la Serie Mundial este año? Tendría que lidiar con su pésima arrogancia y sonrisas condescendientes. Oh, Dios…
Cruzó los brazos en frente de su pecho.
— No me digas, eres fan de los Mets.
Se estremeció al oír su tono.
— Me niego a hablar de beisbol contigo. No podrás usar nada de los Yankees cuando estés conmigo. ¿Entiendes?
— No te preocupes, que me la pondré cuando no andes cerca.
El silencio se estableció en el cuarto. Se arriesgó a mirar en su dirección. La miró, como si de su cabello hubieran brotado serpientes de Medusa.
— ¿Estás bromeando?
Tocó su cabeza con tentativa.
— No.
— ¿Ni siquiera estoy autorizado a usar mi gorra de los Yankees?
— Así es.
—Estás demente —dijo.
— Palos y piedras.* Dime ahora, antes de perder más tiempo.
Entonces hizo algo que ella no había visto desde que el matón del barrio se cayó de su bicicleta y estalló en tontas lagrimas femeninas.
Edward Cullen rió. No era un atisbo de diversión, o una sonrisa alrededor de sus labios. Esta fue una carcajada, profunda y masculina. El sonido llenó la habitación y bombeó con vitalidad. Bella luchó con su propia sonrisa, sobre todo porque su humor iba dirigido a ella.
Demonios, se veía bien cuando bajaba su altanería.
Finalmente se sosegó, parecía sobre pensar la opción, y establecer una solución.
— No usaré nada de los Yankees, pero lo mismo se aplica a ti. Nada de la basura de los Mets. Ni siquiera los quiero ver en una taza de café o en un llavero de mi casa. ¿Lo tienes?
Estaba a punto de explotar con enojo. De alguna manera, el trato había sido en torno a ella.
— Discrepo. No ganamos una Serie desde 1986. Consigues suficiente gloria, no necesitas más.
— Lindo trato, pero no soy uno de los Twinkies con los que estás acostumbrada a salir. No Yankees, no Mets. Tómalo o déjalo.
— No salgo con Twinkies.
Encogió los hombros.
— No te preocupes.
Ella saltaba de un pie a otro y apenas consiguió mantener sus manos rizándolas en sus puños. Estaba tan condenadamente separados ¿Cómo pudo parecer tan sabroso? Sin embargo, recuerden que la manzana envenenada de Blancanieves fue ofrecida.
— Bueno, ¿quieres dormir en esto o lo que sea que hacen las mujeres cuando no pueden tomar una decisión?
— Ella mordió su labio, fuerte, y forzó a las palabras a salir.
— Bien, tienes un trato.
— ¿Algo más?
— Supongo que lo cubre.
— No exactamente. —Hizo una pausa, como si estuviera a punto de abordar un tema muy delicado. Bella juró que mantendría la calma, no importa lo que diga. Dos podían jugar a este juego. Sería una reina del hielo, incluso si verbalmente la torturaba. Tomó una respiración y se deslizó en su silla, luego cogió su copa de café para tomar el preparado.
Él juntó sus dedos y tomó una respiración.
— Quiero hablar contigo acerca de sexo.
— ¿Sexo? —la palabra cayó de sus labios y se disparó en el aire como una balazo. Parpadeó, pero se negó a mostrar un cambio en su expresión.
Saltó de su asiento y cambió de lugar, mientras se paseaba por la alfombra color vino de lujo.
— Ya veo, necesitamos ser extremadamente discretos con, uh..., nuestras actividades extracurriculares.
— ¿Discretos?
— Si. Trato con algunos clientes de alta gama, y tengo una reputación que proteger. Por no hablar que los términos del trato se rompieran si nuestro matrimonio se viese cuestionado. Creo que es mejor si accedes a permanecer célibe por un año. Es posible, ¿Qué piensas?
El dio una obvia risa fingida y se preguntó si ella cogió un brillo sudoroso en su frente o fuera solo un efecto de la luz. Dejo de caminar y la observó casi con cautela. De repente, el verdadero significado de sus palabras cayó como fuego en su cerebro y el pararrayos del conocimiento chisporroteó. Edward quiere que sea su esposa perfecta, que incluya una casta cama de matrimonio bajo su astucia.
Pero él no menciono su propio celibato. Alice tenía derramados todos los detalles sobre Tanya, así que ella sabía que él estuvo involucrado en una relación. Bella todavía no entendía porque no quería casarse con su novia, pero su elección no era para que ella la juzgara. Lo único que importaba era el chauvinista, el cerdo macho ante ella y su deseo de poner todo el asunto fuera.
Casi.
Se sacudió enojada, pero mantuvo su rostro sereno. Edward Cullen quería llegar a acuerdos. Bien. Porque cuando ella cruzó esa puerta Edward había firmado el acuerdo de su vida.
Ella sonrió.
— Entiendo.
Su cara prácticamente se iluminó.
— ¿Lo haces?
— Por supuesto. Si el matrimonio se supone que sea real, ¿Cómo luciría encontrarle a tu esposa el rumor de una aventura tan pronto después de la boda?
— Exactamente.
— Y no deberías de tener que lidiar con las preguntas humillantes cuestionando tu hombría. Si tu esposa está durmiendo con otros, es obvio cual es el problema. Ella no está obteniendo nada bueno de esa casa.
El asintió a medias.
— Eso creo.
— Entonces, ¿Qué hay de Tanya?
Él se echó hacia atrás con sorpresa.
— ¿Cómo supiste sobre ella?
— Alice.
— No te preocupes por Tanya. Me haré cargo de ella.
— ¿Estás durmiendo con ella?
Él se estremeció, luego trató de pretender que no le importaba.
— ¿Eso importa?
Ella levantó las manos a la defensiva.
— Quiero aclarar el asunto del sexo. Al menos he llenado el punto número uno y el dos. Estoy segura como el infierno que no te amo, y no nos sentimos atraídos hacia el otro. Tu estas diciendo que si quiero tener una noche jovial, no puedo hacerlo. Entonces, ¿Cuáles son las reglas para ti?
Bella frunció sus labios y se preguntó cómo el hombre intentaría salirse de su tumba recién cavada.
...
Edward se quedó viendo a la mujer delante de él y trató de tragar. Su humeante voz dio pie a imágenes incluso más humeantes de ella desnuda y demandando y… retozando.
Dejó salir una maldición y se acerco para obtener más café, tratando de comprar algo de tiempo. Todo su porte gritaba sexo. La inocencia de la juventud se había evaporado y había dejado atrás a una mujer de pura sangre con necesidades de pura sangre. Él se preguntaba qué tipo de hombre satisfacía esas necesidades. Se preguntaba también cuan maduros se sentirían sus pechos en sus manos, o como sabrían sus labios bajo los suyos. Que usaba bajo el ajustado vestido rojo...
— Edward.
— ¿Hmmm?
— ¿Me escuchaste?
— Si. Sexo. Te prometo que jamás te encontraras en una situación incómoda.
— Entonces, ¿estás diciéndome que aún pretendes dormir con Tanya?
— Tanya y yo estamos envueltos en una relación.
— Pero no te casaras con ella.
La tensión rompió el aire alrededor de ellos. Él tomó unos cuantos pasos lejos, desesperado por algo de distancia.
— No es ese tipo de relación.
— Hmmm, interesante. Entonces, ¿estás diciendo que yo no puedo follar por ahí porque no tengo a nadie estable para follar?
Si hubiese cubos de hielo disponibles él los hubiese chupado uno por uno. Su acusación hizo que un extraño calor subiera por su piel. Su tono era suave.
Su sonrisa parecía fácil y genuina. Edward se sintió balanceándose en el borde de algún viaje de poder femenino, y reconoció que estaba perdiendo terreno.
El jugó su mejor mano.
— Si tienes a alguien estable en tu vida, resolveremos la situación. Pero lo extraños son demasiados peligrosos. Puedo garantizar que Tanya sabe como guardar un secreto.
Ella sonrió entonces. Una deliciosa sonrisa femenina que prometía placeres más allá de la imaginación, y se lo prometía todo a él. Su corazón se detuvo, se pausó, luego continuó latiendo. Fascinado, espero sus siguientes palabras.
— De ninguna manera, bebé.
Él lucho por concentración mientras la negación se deslizó de esa suculenta boca.
— ¿Disculpa?
— No sexo para mí, no sexo para ti. No me importa si es Tanya o una desnudista o el maldito amor de tu vida. Si yo no tengo ninguna diversión, tú tampoco. Tú solo tendrás lo que salga de este muy apropiado matrimonio de negocios y construir tus edificios. —Ella hizo una pausa—. ¿Entendido?
Él lo entendió. Decidió no aceptarlo. Y se dio cuenta que este era un juego, y necesitaba ganar. Su sonrisa prometía compasión y comprensión y el dinero que ella necesitaba.
— Isabella, entiendo que esto no te parece justo. Pero un hombre es diferente. Tanya tiene una reputación que mantener, también, entonces tu jamás estarás en una mala posición. ¿Lo entiendes?
— Si.
— ¿Entonces aceptarás los términos?
— No.
Él estrecho los ojos y la estudió. Luego decidió ir por el cierre.
— Hemos ido capaces de ponernos de acuerdo en todo lo demás. Nos hemos comprometido. Es solamente un año, y luego puedes irte y tener una maldita orgía si quieres.
Helados ojos color chocolate lo vieron de regreso con terquedad pura y férrea determinación.
— Si tú llegas a tener tus orgias, obtengo las mías. Si tú quieres ser célibe, también lo seré. No me importa acerca de tu mierda de hombres y mujeres y sus diferencias. Si tengo que irme a la cama sola los trescientos sesenta y cuatro noches, también lo harás tu. Y si quieres acción, tendrás que recurrir a tu propia esposa.
Ella sacudió la cabeza como un semental que acaba de salir de la puerta.
— Y desde que sabemos que no estamos atraídos por el otro, tendrás que encontrar otras formas de aliviar la presión. Usa un poco de creatividad. El celibato debe abrir otros puntos de vista. —sonrío—. Porque eso es todo lo que vas a obtener.
Obviamente, ella no tenía idea de que él era un experto jugando al póker, y había pasado los últimos años desahogándose en juegos donde la noche se convertía en día y salido siendo mas rico. Como su viejo hábito de fumar, el póker lo llamaba y el usaba el vicio por placer, no por ganancias.
Se negó a dejarla vencerlo, y sintió la victoria cerca. Fué por la yugular.
- ¿No quieres ser razonable? Bien. El trato se acabó. Dale un beso de despedida a tu dinero. Solo tendré que manejar la junta por un tiempo.
Ella se deslizó de la silla, colgó el bolso en su hombro y se puso de pie antes que él.
— Fue lindo verte de nuevo, Niño Bonito.
Golpe directo.
Él se preguntó si ella sabía que su apodo burlón lo irritaba y lo hacía querer sacudirla hasta que lo retirara. Incluso cuando niño, lo odiaba, y los años no habían apagado la agudeza del insulto. Como hacia cuando era más joven, apretó los dientes y oculto la molestia con una sonrisa fácil.
— Si, fue lindo. Pasa por aquí alguna vez. No te conviertas en una extraña.
— No lo haré. —Ella hizo una pausa—. Nos vemos.
Ese fue el momento en que Edward supo que estaba equivocado. Muy equivocado. Isabella Marie Swan podía ganas una partida de póker, no porque mintiera, sino porque estaba dispuesta a perder.
Ella también jugaba al vil juego del pollo.
Ella se dio vuelta. Se dirigió a la puerta. Giró el pomo. Luego…
— Está bien. —Las palabras salieron de su boca antes de que tuviera tiempo de pensar.
Algo le dijo que ella se hubiera ido y no llamaría después para decir que había cambiado de parecer. Y demonios, Bella era su única candidata. Un año de su vida no era nada comparado con el regalo de un futuro de hacer lo que siempre había soñado.
Le dio crédito. Ella ni siquiera se relamió.
Ella se dio vuelta y hablo en un fresco tono de negocios.
— Sé que el contrato no contiene nuestro nuevo acuerdo. ¿Me das tu palabra de que te apegarás a los nuevos términos?
— Puedo elaborar un documento revisado.
— No hay necesidad. ¿Me das tu palabra?
Su figura tembló con energía. Edward se dio cuenta que confiaba en él de la misma manera en que él confiaba en ella. Un cosquilleo de satisfacción corrió a través de él.
— Te doy mi palabra.
— Entonces estoy dentro. Oh, ¿y la disolución del matrimonio después del año? Mi familia no puede ser herida por esta ilusión. Citaremos diferencias irreconciliables y pretenderemos seguir siendo amigos.
— Puedo vivir con eso.
— Bien. Recógeme esta noche a las siete e iremos a ver a mi familia para darles la noticia. Me encargaré de todos los arreglos de la boda.
Él asintió, su cerebro un poco confuso por su decisión y su cercanía. ¿Era vainilla esa sutil fragancia de su piel? ¿O canela? Vio aturdido, mientras ella dejó caer una tarjeta de presentación en la mesa de madera de cerezo.
— Mi dirección de la librería —le dijo—. Te veré esta noche.
Aclaró garganta para responder, pero ya era tarde. Ella se había ido.
*: Palos y piedras (Sticks and Stones): se refiere a una rima infantil: Sticks and stones may break my bones / but words will never hurt me - Palos y piedras pueden romper mis huesos / pero las palabras nunca me lastimarán.
Después de 46854146843 años actualizo. PERDÓN T.T Me voy a poner las pilas lo prometo.
