4. PORTUGAL
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Para los cinco meses que llevaba fuera de Atenas, ya estaba empezando a sentir la nostalgia por Atenas, y por Saga, por el condenado mojigato de Saga, lo último que había sabido de él era que no contestó el teléfono de su departamento y en su lugar un mensaje grabado le había recibido: "Hola, por el momento no me encuentro en el país, ya sabes que hacer después de tono, si eres Kanon, no regresaré la llamada."
Estaba por dejarle un mensaje agónico pidiéndole que volvieran, que se encontraran en algún lugar, en algún país… pero después de escuchar esas enervantes palabras lo único que deseó decirle fue: "Ándate al carajo".
Colgó el teléfono de monedas, estaba haciendo una escala en París antes de embarcarse a Portugal, su colección de fotos era impresionante, pero su acervo de notas periodísticas era muy pobre, y se había dedicado más bien a llenar la Moleskine con sus memorias amatorias, de esas que había obtenido de cama en cama por el mundo… pensó en que tal vez debería hacer un artículo sobre el sexo en el mundo.
Nuevamente se encontraba gritando en el mostrador de la aerolínea que había perdido su maleta desde Grecia, para lo cual la pobre mujer que trataba de contenerle sonreía y le ofrecía afiches de Francia y de paseos turísticos así como de cruceros por el mediterráneo a precios de risa.
—¡Que no! ¡No quiero paseos románticos por Francia, quiero mi maldita maleta! —Rugió golpeando el mostrador.
Por otro lado justo en ese instante Saga acababa de bajar del avión para darse cuenta de que había tomado un vuelo realmente inútil que hacía escala en Francia… sólo porque era más barato viajar hasta donde él iba…
Escuchó a lo lejos los gritos desaforados de algún turista que estaba pelando en uno de los mostradores, no pudo evitar reír un poco de lo cómico que le resultaba.
—Pobre diablo. —Dijo en voz alta arrastrando tras de sí la maleta, para echar raíces en algún asiento de la sala de espera en lo que salía su vuelo, en un par de horas.
Se preguntaba qué estaría haciendo Kanon, y en qué parte del mundo estaría… lo echaba de menos, y seguramente el otro idiota ni siquiera pensaba en él, con aquello de que encontraba gracioso enviarle fotos de él follando con una horda de desconocidos, Sodoma y Gomorra eran el reino de Kanon y un gran falo su cetro.
Cinco semanas pasó Kanon en Portugal, más de un mes, había tantas cosas por recorrer, tantas, que sentía que el tiempo le faltaba, un día antes de salir de ahí se aventuró a una de las playas nudistas: Playa da Ilha de Tavira, aunque en Grecia las había, nunca se había dado el tiempo de visitar una, así que allá fue a dar.
Se quitó la ropa, se dejó únicamente las sandalias y se enredó la toalla en la cintura, dejó todo dentro del auto que rentó, luego subió a una de las pequeñas embarcaciones que le llevarían a la paradisiaca playa semivirgen de oleaje moderado.
Muy orgulloso de su cuerpo apolíneo y de lo que tenía entre las piernas, pasó gran parte del día dorándose al sol, cubierto de aceite, viendo pasar a las mujeres, a unas con disimulo, a otras no, lo mismo que a los hombres, justamente estaba perdido viendo el preciosista trasero de un hombre moreno que le recordaba a Aioros… ni siquiera se dio cuenta de que la ola venía, tan atento estaba analizando a todo el que pasaba delante de él, la ola salvajemente lo engulló con todo y lo poco que tenía…
Lo único que sintió fue que daba grandes tragos de agua salada y que iba exfoliándose la piel por la arena, a medida que la corriente lo revolcaba… hasta que el brazo de alguien lo jaló cuando estaba por ser devorado una segunda vez… ¡Lo habían jalado por el cabello!
Un joven gordinflón lo había rescatado… Kanon tosía y se atragantaba, sentía que tenía arena hasta el culo, de hecho era así, en cada orificio de su cuerpo había arena… el momento sensual había terminado en un revolcón indignante.
Fue muy tarde cuando se dio cuenta de que la toalla, las sandalias, el dinero y las llaves del auto se habían ido mar adentro… imposible rescatarlas, gritó, hasta que se cansó… al final, el mismo hombre gordinflón se apiadó de él y le dio una playera enorme que prácticamente le cubría todo, era suya, y pagó su pasaje en la embarcación, después tuvo que llamar al seguro del auto para que fueran por él… y para que abrieran el auto.
—¿Qué le ha pasado? —Preguntó el joven del seguro, que llegó una hora después.
—¿Qué crees que me ha pasado? Me encanta andar caminando desnudo por la vida…
—Está un poco raspado de ahí… —le señaló las piernas—, y de ahí, —señaló esta vez un brazo— también de ahí —indicó su rostro y su ojo derramado.
—¿Qué crees que no me doy cuenta? Abre eso…
En ese viaje no hubo fotos para Saga, tuvo el deseo mezquino de enviarle una de su rostro tallado y de su ojo derramado, sólo para ser miserable y hacerlo sentir mal… pero pensó que de por sí la situación era ya muy humillante…
