Ni la historia ni los personajes me pertenecen. La historia es de Jennifer Probst y los personajes de la grandísima Stephenie Meyer. Yo solo adapto la historia.


Capitulo cuatro.

Bella se retorció en su asiento, mientras el silencio en el negro BMW se extendía entre ellos. Su futuro marido parecía incómodo y eligió concentrar su energía en el reproductor de MP3. Trató de no contraerse cuando finalmente puso una de Debussy. Él de verdad disfrutaba de la música sin palabras. Casi se estremeció de nuevo cuando pensó en compartir la misma residencia que él.

Por. Un. Año. Entero.

— ¿Tienes algo de los Black Eyed Peas?

Parecía desconcertado por la pregunta.

— ¿Para comer?

Ella contuvo un gemido.

— Incluso me conformo con algunos de los clásicos. Sinatra, Bennet, Martin…

El siguió en silencio.

— ¿Eagles? ¿Bealtes? Solo grita si alguno de estos nombres te es familiar.

Sus hombros se pusieron rígidos.

— Sé quiénes son. ¿Preferirías a Beethoven?

— Olvídalo.

Volvieron de nuevo al silencio con un piano de fondo. Bella sabía que ambos estaban más nerviosos a medida que la distancia a la casa de sus padres se acortaba. Jugar a la pareja de enamorados no sería fácil, cuando ni siquiera podían mantener una conversación de dos minutos. Ella decidió intentarlo de nuevo.

— Alice dice que tienes un pez.

Esa observación la premió con una mirada escalofriante.

— Si.

— ¿Cuál es su nombre?

— Pez.

Ella parpadeó.

— ¿Ni siquiera le diste un nombre?

— ¿Cometí un crimen?

— ¿No sabes que los animales tienen sentimientos, al igual que las personas?

— No me gustan los animales —dijo.

— ¿Por qué? ¿Te dan miedo?

— Por supuesto que no.

— Tenías miedo de que pudiéramos encontrar una serpiente en los bosques. ¿Recuerdas cómo no te acercaste, y te inventaste alguna excusa para irte?

El aire en el auto pareció bajar unos grados.

— No tenía miedo, simplemente no me importaba. Te dije que no me gustan los animales.

Ella dio un bufido, luego se acomodó en silencio. Puso una cruz a otra cualidad de su lista. La Madre Tierra asqueaba. Bella decidió no hablarle a su futuro marido sobre el refugio de animales. Cuando tenían exceso de reservas, siempre escogía animales extra en su casa hasta que había espacio de nuevo.

Algo le dijo que a Edward le daría un ataque. Si alguna vez le superaba la suficiente emoción como para que perdiese el control.

La posibilidad le intrigaba.

— ¿Por qué estas sonriendo? —le preguntó.

— Nada. ¿Recuerdas todo de lo que hablamos?

Dió un suspiro de sufrimiento.

— Si. Repasamos a todos los miembros de tu familia detalladamente. Sé sus nombres y antecedentes generales. Por el amor de Dios, Bella, solía jugar en tu casa cuando éramos más jóvenes.

Ella resopló.

— Tú solo querías las galletas con chispas de chocolate de mi madre. Y te encantaba torturarnos a tu hermana y a mí. Además, eso fue hace años. No has tenido nada que ver con ellos en la última década. —Se esforzó de nuevo para morder la amargura, pero la facilidad con la que Edward había derramado su pasado sin mirar atrás. La dejó un poco molesta—. Hablando de eso, nunca mencionas a tus padres. ¿Has visto a tu padre últimamente?

Se preguntó si era posible quemarse por el frío que él emanaba.

— No.

Se quedó esperando por más, pero no obtuvo respuesta.

— ¿Qué tal tu madre? ¿Se volvió a casar?

— No. No quiero hablar de mis padres. No tiene sentido.

— Maravilloso. ¿Qué se supone que le diremos a mi familia sobre eso? Preguntarán.

Sus palabras estaban fragmentadas.

— Diles que mi padre está descansando en México y que mi madre está fuera, en algún lugar con su nuevo novio. Diles lo que quieras. No estarán en la boda, de todos modos.

Ella abrió su boca pero su mirada de advertencia le dijo que la conversación había terminado. Genial. Simplemente adoraba su charlatanería.

Bella apuntó hacia la señal de la siguiente calle.

— Aquí está el desvío hacia la casa de mis padres.

Edward se detuvo en el camino de la entrada y apagó el motor. Ambos estudiaron la Victoriana casa blanca. Incluso desde el exterior, la estructura irradiaba una amable calidez desde cada pilar blanco clásico hasta el envolvente porque agraciado. Sauces llorones rodeaban los bordes del césped, inclinados, casi como una protección. Grandes ventanales con postigos verdes salpicaban el frente. La oscuridad ahora cubría con un velo los síntomas de abandono debido a las dificultades financieras. Esto ocultó la pintura blanca descascarada en las columnas, el paso de grietas en la parte superior del patio y el techo desgastado. Ella dio un profundo suspiro mientras el hogar de su infancia se hundía a si alrededor como una manta reconfortante.

— ¿Estamos listos? —preguntó él.

Ella le echó una mirada. Su rostro estaba cerrado, sus ojos distantes. Él lucía moderno y casual en sus Dockers kaki, camiseta blanca Calvin Klein y náuticos de cuero. Su cabello color broncíneo estaba desordenado perfectamente y algunos rizos sobre su frente. Su pecho llenaba la camisa muy bien. Un poco demasiado bien para su gusto. Obviamente, levantaba pesas. Se preguntó si él tendría el estómago como una tableta de chocolate, pero el pensamiento hizo cosas malas en su propia barriga, por lo que rechazó la idea y se concentró en su problema inmediato.

— Parece que hubieras pisado una mierda de perro.

Su expresión neutral resbaló. La comisura de su boca respingó una pulgada.

— Hmmm, Alice dijo que escribías poesía.

— Se supone que debemos estar locamente enamorados. Si sospechan que es de otra manera no puedo casarme contigo, y mi madre haría de mi vida un infierno. Así que haz una buena actuación. Oh, y no tenias miedo de tocarme. Te prometo que no tengo piojos.

— No tengo miedo a…

Su aliento silbó mientras ella se acercó y apartó el rizo de cabello fuera de sus ojos. La sensación sedosa de su cabello mientras se deslizaba entre sus dedos le agradó. La expresión de asombro en su rostro la tentó a continuar la caricia, deslizando el dorso de su mano por su mejilla con un movimiento lento. Su piel se sentía, a la vez, suave y áspera al tacto.

— ¿Ves? No es gran cosa.

Sus labios se apretaron con lo que ella pensaba que era enfado. Obviamente, Edward Cullen no la miraba como una mujer adulta, más bien como a un ser humano asexual. Como una ameba.

Ella abrió la puerta y corto su respuesta.

— Hora del espectáculo.

Él murmuró algo entre dientes y la siguió.

No tenía que preocuparse de tocar el timbre. Su familia salió por la puerta uno por uno, hasta el porche delantero desbordado con sus chillona hermana. Bella había llamado con anticipación para avisar de su compromiso. Había venido con la historia de haber estado viendo a Edward a escondidas, haber tenido un romance relámpago y un compromiso impulsivo. Exageró su pasado para que sus padres creyeran que habían estado en contacto a través de los años como amigos.

Edward trató de acurrucarse, pero su hermano se negó a consentirlo. Taylor se lanzó en sus brazos por un gran abrazo, charlando a la vez.

— ¡Felicidades!

— ¡Bienvenido a la familia!

— ¿Ya tienen fecha para la boda? ¿Puedo estar en la fiesta nupcial?

Parecía como si Edward estuviera a punto de saltar por encima de la entrada y escaparse.

Bella se derrumbó en una carcajada. Aisló a su hermana más joven, empujándola hacia ella para un abrazo.

— Deja de asustarlo, Tay. Finalmente conseguí novio. No arruines esto por mí.

Se rió. La visión de la chica de dieciséis años, con cabello marrón, ojos castaños y largas piernas delgadas estaba ante ella. Un grito demandante atrajo su atención. Ella levantó el angelito rubio a sus pies y cubrió a su sobrina de tres años con besos.

— Elly, la Alborotadora —dijo—, ven a conocer a Edward Cullen. Tío Ed para ti, pequeña.

Ellie lo miró por encima con la atención cuidadosa que solo un niño exuda. Edward esperó a si juicio con paciencia. Entonces su rostro se rompió en una sonrisa radiante.

— ¡Hola, tío Ed!

Él sonrió de vuelta.

— Hola, Elly.

— Aprobación otorgada —dijo Bella. Instó a Edward—. Permíteme hacer el resto de las presentaciones. Mi hermana Taylor, ahora es adulta y está fuera de los pañales —Ignoro el gemido y sonrió—. Mi cuñada, Rosalie, y conoces a mi hermano Emmet y a mis padres. Todos, este es Edward Cullen, mi prometido.

Ni siquiera tropezó con la palabra.

Su madre tomó las mejillas de Edward y le dio un sonoro beso.

— Ed, como has crecido. —Abrió sus brazos en señal de bienvenida—. Y eres tan apuesto.

Bella se preguntó si eso era un toque rojo en las mejillas de Edward, luego rechazó la idea.

Se aclaró la garganta.

— Umm, gracias, Sra Swan. Ha pasado mucho tiempo.

Emmet le dio un puñetazo amistoso en el hombro.

— Hey, Ed, no te he visto en siglos. Escuché que ahora serás parte de la familia. Felicidades.

— Gracias.

Su padre se acercó y le tendió la mano.

— Recuerdo que solías torturar a mi niña en muchas ocasiones. Creo que su primera palabrota oficial salió teniéndote en mente.

— Creo que todavía tengo ese efecto —dijo Edward con ironía.

Su padre se echó a reír. Rosalie escapó del brazo de Emmet para darle un gran abrazo.

— Ahora, tal vez, tendré a alguien para igualar las posibilidades por aquí —dijo ella. Sus ojos azules brillaban —. Puedes conseguir ser superado en número en las reuniones familiares.

— Sigue siendo un hombre, Rose. Créeme, va a ponerse del lado de Em en todo momento.

Emmet agarró a su esposa y envolvió sus brazos alrededor de su cintura.

— Las posibilidades están cambiando, nena. Finalmente llegó otro hombre a la casa para batallar contra todos los sindromas premenstruales.

Bella le dio un puñetazo en el brazo. Rosalie golpeó el otro.

Reené casqueó la lengua.

— Em, los hombres no hablan así con damas alrededor.

— ¿Qué damas?

Reené le dio un manotazo en la parte trasera.

— Todo el mundo dentro. Vamos a brindar con champán, comer y luego tomarnos un buen expresso.

— ¿Puedo tomar champán?

Reené sacudió su cabeza a la chica suplicando a sus pies.

— Vas a tomar una espumosa sidra de manzana. Compré una botella para esta ocasión.

— ¡Yo también! ¡Yo también!

Bella sonrió a la niña de ojos brillantes en sus brazos.

— Está bien, chiquitina. Jugo de manzana para ti también.

Puso a su sobrina en el suelo y observó su carrera a la cocina para entrar emocionada. El calor abrazador de su clan se asentó alrededor de ella como una capa difusa, y luchó contra los nervios que saltaban en su vientre.

¿Podía sacar esto adelante? Lanzar un hechizo de amor para conocer a un hombre sin nombre, sin rostro, con el dinero suficiente para rescatar a su familia era una cosa. Edward Cullen en carne y hueso era otra. Si sus padres se enteraran que había hecho un matrimonio negociado para salvar la casa, nunca la perdonarían. Ni a ellos mismos.

Con el flujo constante de gastos médicos por la condición de su corazón, el orgullo de la familia los había llevado a rechazar cualquier ayuda de otros. Saber que su hija sacrificó su integridad para rescatarlos les rompería el corazón.

Edward la miró con una extraña expresión en el rostro, como si tratara de descifrar algo. Sus dedos estaban apretados como si intentara evitar tocarla.

— ¿Estás bien? —preguntó ella.

— Estoy bien, entremos.

Ella camino dentro y trato de no sentirse herida por sus cortantes palabras. Él ya le había advertido que no le gustaban las familias numerosas. No debería tomar sus acciones como algo personal.

Ella tensó su barbilla a propósito y lo siguió. Las horas pasaron con abundante lasaña italiana, pan de ajo fresco con queso e hierbas, y una botella de Chianti. En el momento en que se retiró de la sala por un expresso y un Sambuca, un agradable zumbido tarareaba en su sangre, impulsando por la buena comida y la buena conversación. Miro a Edward cuando él mismo se instaló a su lado en el sofá desgastado de color beige a una distancia prudencial.

La miseria grabada fuera de sus rasgos.

Él escuchó cortésmente, rió en los momentos adecuados, e hizo un perfecto trabajo pareciendo un caballero. Excepto que no la miró a los ojos, se apartó de ella cuando trató de tocarlo y no actuó en absoluto como el enamorado prometido que se suponía iba a ser.

Charlie Swan tomó un sorbo de su expresso con un comportamiento distraído.

— Así que, Edward, háblame de tu trabajo.

— Papá…

— No, está bien. —Edward giró el rostro a su padre—. Dreamscape es una empresa de arquitectura que diseña edificios en el Hudson Valley, hemos diseñado el restaurante japonés en la parte superior de la montaña en Suffern.

El rostro de su padre se iluminó.

— Maravilloso lugar para comer. A Reené siempre le encantaron los jardines de allí. —Hizo una pausa—. Así que, ¿Qué piensas de las pinturas de Bella?

Ella ocultó una mueca de dolor. Oh, Dios, esto estaba mal. Muy mal. Su pintura era un intento fútil de la expresión artística, y la mayoría estuvo de acuerdo en que apestaba. Pintaba más por su propia terapia que por el "¡Guau!" de otros. Se maldijo por no dejarlo recogerla en su apartamento en lugar de su librería. Como un consejero alcohólico, Charlie se enfocaba en las debilidades, como un buitre entrenado y ahora perfumado de sangre.

Edward mantuvo la sonrisa.

— Son fantásticos. Siempre le he dicho que podría colgarlos en una galería.

Charlie cruzó los brazos.

— Te gustan, ¿eh? ¿Cuál de ellos te gusta más?

— Papá…

— Uno de un paisaje. Definitivamente le hace justicia al panorama.

El pánico coqueteó con su zumbido ligero mientras su padre captaba la tensión entre ellos y se alejó como un depredador. Ella le dio crédito a Edward por intentarlo, pero estaba acabado antes de empezar. El resto de su familia como siempre, observaban como comenzaba el proceso.

— No pinta paisajes

Las palabras quedaron volando en el aire como un cañonazo.

La sonrisa de Edward nunca vaciló.

— Está intentando hacer paisajes. Cariño, ¿no se lo dijiste?

Ella luchó contra el pánico.

— No, lo siento, papá, no te he puesto al corriente. Ahora estoy pintando paisajes de montañas.

— Odias los paisajes.

— Ya no. —Alcanzó a decir alegremente—. Tengo una nueva apreciación por los paisajes desde que conozco a un arquitecto.

Su comentario solo provocó un bufido antes de que él continuara.

— Así que, Edward. ¿Fan del beisbol o fútbol?

— Las dos cosas.

— Gran temporada para los Giants, ¿eh? Estoy esperando por otra Super Bowl en Nueva York. Oye ¿has leído el nuevo poema de Bella?

— ¿Cuál?

— El de la tormenta.

— Oh, sí. Pensé que era maravilloso.

— Nunca escribió un poema sobre una tormenta. Escribe sobre experiencias en la vida relacionadas con el amor o la perdida. Nunca ha escrito un poema de la naturaleza, aligual que nunca ha pintado un paisaje.

Bella resopló el resto de su sambuca, ignoró el café expreso, y esperó que el licor la alcanzara hasta el fin de la noche.

—Umm, papá, acabo de escribir uno sobre una tormenta.

— ¿En serio? ¿Podrías recitarlo para nosotros? Tu madre y yo no hemos escuchado alguno de tus nuevos trabajos.

Ella tragó.

—Bueno, todavía está en el modo de creación. Lo compartiré absolutamente tan pronto como esté perfeccionado.

— Pero le permitiste a Nick verlo.

El malestar rasgó en sus entrañas, y rezó por escapar. Sus palmas se humedecieron aún más.

— Si. Bueno, Ed, será mejor que nos vayamos. Ya es tarde y tenemos un montón de planes para la boda que hacer.

Charlie puso los codos sobre sus rodillas. El corrillo se detuvo y se lanzó a matar. El resto de la familia miraba esperando la muerte inminente. La mirada comprensiva en el rostro de su hermano le dijo que no pensaba que hubiera una boda por mucho tiempo. Envolvió sus brazos alrededor de la cintura de su esposa como si reviviera su propio horror cuando había anunciado que estaba embarazada y se iban a casar. Annie estaba ocupada con sus Legos e hizp caso omiso de la crisis.

— Quería preguntarte acerca de la boda —dijo Charlie—. La tiene planeada para de aquí a una semana. ¿Por qué no darnos a todos un tiempo para conocer a Edward y darle la bienvenida a la familia? ¿Por qué tanta prisa?

Edward trató de salvarlos a ambos.

— Entiendo, Charlie, pero Bella y yo hablamos sobre esto y ninguno de los dos queremos una fiesta por todo lo alto. Hemos decidido que queremos estar juntos y empezar nuestra vida de inmediato.

— Es romántico, papá —aventuró Taylor.

Bella articuló su agradecimiento, pero estuvo de repente cubierta por ambos flancos.

— Estoy de acuerdo. —Reené sostenía un limpión entre sus manos mientras permanecía de pie en la puerta de la cocina—. Vamos a disfrutar de la boda. Nos encantaría hacerte una fiesta de compromiso en la que Edward pueda conocer el resto de la familia. Solo que no hay tiempo para que todo el mundo aparezca el sábado. Todos tus primos se la perderían.

Charlie se levantó.

— Entonces, está arreglado. Pospondrán la fecha.

Reené asintió.

— Excelente idea.

Bella agarró la mano de Edward.

— Cariño, ¿te puedo ver en el dormitorio por un segundo?

— Por supuesto, querida.

Lo arrastró por el pasillo y lo empujó hacia el dormitorio. La puerta osciló parcialmente cerrada.

— Has echado todo a perder —susurró ella con furia—. ¡Te dije que fingieras, pero eres malísimo y ahora mis padres saben que no estamos enamorados!

— ¿Qué soy malísimo? Estas actuando como si esta fuera una estúpida obra que hubieras preparado para los vecinos. Esta es la vida real, y estoy haciéndolo lo mejor que puedo.

— Mis obras no son estúpidas. Hemos hecho un montón de dinero en boletos de entrada. Pensé que Annie era excelente.

Él soltó un bufido.

— Ni siquiera sabes cantar y te contrataste a ti misma como Annie.

— Todavía estas molesto porque no te dejaré interpretar a Daddy Warbucks*.

Se pasó los diez dedos por su cabello e hizo un ruido profundo en su garganta.

— ¿Cómo demonios me metiste en estos ridículos asuntos?

— Es mejor que salgas con algo rápido. Dios ¿no sabes cómo tratar a una novia? Actuaste como si yo fuera una amable desconocida. ¡No es de extrañar que mis padres sospechen!

— Eres una adulta ahora, Isabella, y él todavía interroga a tus novios. No necesitamos su permiso. Nos casamos el sábado y si a tus padres no les gusta, mala suerte.

— ¡Quiero que mi padre me lleve por el pasillo!

— ¡No es ni siquiera una boda real!

— ¡Eso es lo mejor que voy a conseguir ahora mismo!

El dolor se filtró por un momento a medida que la verdad de su difícil situación golpeaba con toda su fuerza. Este jamás seria un verdadero matrimonio, y algo se arruinaría para siempre una vez que el anillo de Edward se deslizara en su dedo. Siempre había soñado con el amor eterno, vallas pintadas de blanco, y toneladas de niños. En cambio, consiguió dinero contante y sonante, y un marido que educadamente la toleraba. Que la condenen si su sacrificio fallaba por su incapacidad a fingir suficiente emoción ante sus padres.

Se puso de puntillas y agarro la parte superior de las mangas de su camiseta. Las uñas se clavaron en la tela y en su carne.

— Es mejor que arregles esto —dijo entre dientes.

— ¿Qué quieres que hagas?

Ella parpadeó. Sus labios temblaron mientras soltaba las palabras entre dientes.

— ¡Haz algo, maldita sea! Demuéstrale a mi padre que esto será un verdadero matrimonio o…

— ¿Bella?

El eco de su nombre flotó desde el pasillo hasta la puerta abierta, era la voz suave y preocupada de su madre comprobando si estaba bien.

— Tu madre está viniendo —dijo él.

— Lo sé, probablemente nos oyó discutir. ¡Haz algo!

— ¿Qué?

— ¡Lo que sea!

— ¡Muy bien!

La agarró de la cintura, arrastró su cuerpo contra el suyo, y agachó la cabeza. Sus labios aplastaron los de ella, así como sus manos se envolvieron a su alrededor con fuerza, de modo que estuvieron pegados el uno contra el otro, cadera con cadera, muslo con muslo, pecho con pecho.

La respiración salió de golpe de sus pulmones y se balanceó a medida que sus pies la aplacaban. Esperaba un beso preciso y controlado, para mostrar con tranquilidad a su madre que eran amantes. En su lugar obtuvo uno ardiente, lleno de testosterona y de pura energía sexual. Obtuvo unos labios cálidos fundidos sobre los suyos. Sus dientes mordisquearon. Su lengua se enterró en su interior y se lanzó entrando y saliendo con absoluto dominio, doblándole la espalda sobre su brazo para tomar hasta la última gota de su voluntad.

Ella aguantó y se lo dio todo de vuelta. Voraz por su tacto, se emborracho bajo su olor almizclado y su sabor, se deleitó bajo la dura longitud de su cuerpo a medida que un calor animal se elevaba entre ellos y los empujaba al límite.

Gimió profundamente en su garganta. El deslizo sus dedos por su cabello para sostener quieta su cabeza mientras continuaba su sensual invasión. Sus senos de pronto se sentían pesados y llenos, y un calor líquido se encendió entre sus muslos.

— Bella, yo… ¡oh!

Edward separo su boca de la suya. Aturdida, Bella miró su rostro en busca de algún signo de emoción, pero él estaba mirando a su madre.

— Lo siento, Reené. —Su sonrisa era torcida y totalmente masculina.

Reené se rio y miró a su hija, aun acunada entre los fuertes brazos.

— Perdón por interrumpir. Ven con nosotros cuando estén listos.

Bella escuchó los pasos alejándose. Lentamente, la mirada de Edward bajó hasta ella.

Se estremeció. Esperaba ver una niebla de pasión. En vez de eso, los ojos esmeraldas estaban alertas. Su rostro parecía tranquilo. Si no fuera por la dura longitud presionándose contra su muslo, Bella pensaría que el beso no le había afectado. Se sintió arrastrada hacia otro tiempo y otro lugar, algún lugar profundo en el bosque, donde sus pensamientos fueron hablados libremente y su confianza destrozada. Aquel primero roce de esos labios sobre los suyos, el olor a colonia de muchacho en su nariz, el toque apacible de sus dedos en sus caderas mientras la sostenía.

Un gélido temor se deslizo por su espalda. Si se reía de ella otra vez, cancelaria todo el asunto. Si él se reía…

Sus brazos la soltaron, entonces retrocedió. El silencio se encrespo entre ellos como una pesada ola ganando velocidad y preparándose para arremeter.

— Creo que resolvimos nuestro problema —dijo.

Ella no respondió.

— ¿No era esto lo que querías?

Elevó su mentón y oculto cada una de las complicadas emociones que se retorcían como serpientes en su estomago.

— Supongo que sí.

Él se detuvo, entonces se estiró hacia ella.

— Será mejor que presentemos un frente unido.

Cinco dedos se cerraron alrededor de los suyos con una elegante fuerza que hizo que sus ojos se humedecieran. Luchó contra esto y decidió que probablemente estuviera en modo síndrome premenstrual. No había ninguna otra razón por la cual un beso de Edward Cullen pudiera darle tanto placer, y sin embrago lastimarla tan profundamente.

— ¿Estás bien?

Ella apretó los dientes y sonrió tan brillantemente que podría haberse escapado de un anuncio de pasta dental.

— Por supuesto. A propósito, brillante idea.

— Gracias.

— Sólo no te quedes frio como un cadáver otra vez ahí afuera. Imagina que soy Tanya.

— Jamás podría confundirte con Tanya.

La cortante observación le dolió, pero se negó a mostrar debilidad.

— Estoy segura de que tienes razón. Pero tú tampoco eres ninguna fantasía para mi Chico Guapo.

— No me refería a…

— Olvidalo. —Lo dirigió nuevamente a la sala—. Perdón por la interrupción chicos. Creo que deberíamos irnos, se hace tarde.

Todos se acercaron para despedirse. Reené beso su mejilla y le giñó un ojo en señal de aprobación.

— Puede que no me guste tanta prisa —le susurró—, pero ya eres una mujer adulta. Ignora a tu padre y haz lo que te diga tu corazón.

Su garganta se sintió apretada al oírlo.

— Gracias, mamá. Tenemos mucho que hacer esta semana.

— No te preocupes, cariño.

Estaban casi en la puerta cuando Charlie hizo un último intento.

— Isabella, lo menos que podrías hacer es aplazar la boda unas semanas, por la familia. Edward, estoy seguro de que estás de acuerdo…

Edward apoyó una mano en el hombro de Charlie. La otra sujetaba firmemente a su prometida.

— Entiendo por qué quiere que esperemos, Charlie. Pero, verá, estoy locamente enamorado de su hija, y me casaré con ella el sábado. Realmente deseamos su bendición.

Todos se quedaron en silencio. Incluso Elly dejó de balbucear para observar la escena ante ella. Bella espero la inevitable explosión.

Charlie asintió.

— De acuerdo. ¿Puedo hablar a solas contigo un momento?

— Papá…

— Sólo un minuto.

Edward siguió a Charlie hasta la cocina.


* Daddy Warbucks: Personaje de la tira cómica Little Orphan Annie. Inspiró un programa de radio en 1930, adaptaciones cinematográficas de RKO en 1932 y de Paramount en 1938 y un musical en Broadway, Annie, en 1977. Annie lo llama "Daddy", y es su benefactor, de ahó que lo compara con él, ya que es un hombre rico y poderoso.

Hola chicas, les cuento que tuve que cortar el capitulo porque es muy largo:/

¿ Ustedes que creen de estos dos? :P y ese Charlie tan observador :P Voy a demorar al menos una semana en actualizar, ya que me voy de viaje y adonde voy no hay internet D: Les prometo que en cuanto pueda actualizo. Bechos.

PD: Perdón si encuentran alguna que otra fallita de ortografía.