5. MOSCÚ
.
.
.
—¿En verdad no quieres alcanzarme? Aquí se está muy bien… —las palabras fluidas en un francés perfecto, aunque el pelirrojo no dejaba de sentir cierto desdén en la respuesta de su interlocutor. — No entiendo qué es lo que tienes que hacer tan importante allá —ironizó, se acabó el cigarrillo, lo apagó y tiró la colilla en el contenedor de basura.
Entornó los ojos ante la respuesta que obtuvo. Si tan sólo no fuera tan tozudo, y si tan solo no fuese tan jodidamente guapo.
—¿Localizar una maleta dices? ¡Vamos, Milo! ¿De verdad te estás perdiendo la vista del Kremlin porque alguno de tus amigos de baja estofa te pidió localizar una maleta? No me jodas. —Empezaba a temblar de rabia— Como quieras, a ver si yo tengo tiempo de visitarte después, o tal vez haga una escala a Grecia antes de llegar a Italia, ¿qué te parece? Para localizar una maleta con todo y el tipo que la arrastra…
Se refería a Aioria Deligiannis, un publicista que conoció algunos años atrás en un viaje a Grecia para posicionar una campaña de botellas plásticas biodegradables, él se había encargado de la fotografía, y poco después terminaron en donde debían terminar: en la cama. Había dejado su natal Marsella para tomar las fotografías de una guía turística de Moscú.
—Disculpa… ¿qué hora tienes? —inquirió en ruso al hombre que se aproximaba por las escaleras del imponente Teatro Bolshói.
Saga no entendió ni un ápice, así que con toda la desfachatez de la que era capaz le respondió en griego.
—Lo siento, no te entiendo. —Siguió de largo. El joven francés colgó el teléfono en medio de los gritos desaforados de Milo.
—¿Griego? Vaya, tenía mucho que no escuchaba a alguien hablar en griego, ¿qué hora tienes? —Insistió con una sonrisa afable, casi seductora.
—La hora de entrar al teatro, ¿vienes? —Coqueteó Saga, a él también le apetecía hablar con alguien en griego.
—Seguro.
No, no terminó en sexo, aunque era cierto que había química y que si por Camus hubiese sido, realmente habrían terminado rompiendo las patas de alguna cama, se llamaba Camus Etienne Valois, era francés, oriundo de Marsella y era fotógrafo, le gustaba el vino tinto y le encantaba el vodka, su vida amorosa era un desastre y le gustaba follar por diversión y consideraba que no recibía el suficiente sexo oral que merecía. De todo eso se enteró Saga en las salidas turísticas y entre uno que otro beso turbio que pretendía ser algo más.
—Entonces, escapaste de Atenas y estás rodando por el mundo sin rumbo fijo, quién como tú, mon ami.
—¡Bah! No es tan divertido, la verdad es que dejé atrás una historia familiar que parece perseguirme de todos modos.
—Touché, ¿historia familiar o historia amorosa? Pareces triste al hablar de ello.
—Las dos cosas.
—Yo estaré unos días más por aquí, después me voy a Canadá, ¿quieres venir?
—Tengo boleto para Sídney, igual salgo en unos días.
Justo en ese momento entró la una llamada a su móvil, estaban en una mesa cómodamente sentados en la pequeña cafetería del Monasterio Sretensky, la señal era mala… se trataba de Kanon.
Y lo único que pudo distinguir en medio de la interferencia, era la voz medio cortada, casi de ultratumba, de su hermano preguntando si estaba bien, no distinguió lo segundo… después simplemente se cortó la llamada.
Se encogió de hombros, pensó que tal vez se lo merecía, se merecía no saber nada de él, después de siete meses separados.
—¿Algún viejo amante? —Quiso saber el francés, mientras le daba un trago al vaso con vodka que tenía entre los dedos.
—Un hermano amante, digamos —respondió entre risas, literalmente, lo era.
