8. GRECIA.

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Más de ocho horas de vuelo eran para poner de pésimo humor a cualquiera, pero tal vez era la emoción de volver al lugar conocido, a los brazos conocidos, en vísperas de Navidad, lo que le mantenía de buen humor y, sin que lo deseara del todo, también estaba ansioso por retomar la vida que tenía antes de su larga escapada por el mundo… aunque no se arrepentía de haber torturado a su hermano enviándole fotos pornográficas sólo por fastidiar, al menos algo tendría que pagar…

Saga, por su parte, se mantenía en un status quo de confusión constante y de preguntas a sí mismo que no tenían respuesta; lo único claro era que ese trotar por el mundo, cada vez más lejos, llegaba a su fin. La verdad es que ni siquiera estaba seguro de por qué estaba corriendo al igual que Kanon, tal vez por no pasar por el hermano idiota que se quedaba en casa esperando, como esposa, hasta que al otro se le pasara el berrinche y regresara… y era también para demostrarse a sí mismo que sí tenía una vida sin Kanon, después de Kanon…

Bueno… no, no la tenía, pero le gustaba pensar que sí.

Al menos, en esa última ocasión, no compró un boleto con escalas que parecían castigos divinos, era una pena que hubiese descubierto su error hacia el final de su viaje, si hubiese sabido desde el principio… al fin terminaba ese rodar por el mundo… al fin…

—Son doscientos treinta y dos euros por el sobrepeso de equipaje señor, ¿desea pagar en efectivo o con tarjeta? Le recordamos que tenemos una promoción de…

—¿Qué? ¡¿Cuánto…?! —estaba indignado… y él que estaba pensando en perdonar todas las guarradas de Kanon, pero ciertamente entre sus planes no estaba pagar esa ridícula cantidad por la mentada maleta.

Alargó la tarjeta y dijo que sí a toda la letanía de promociones que la chica del mostrador le estaba ofreciendo, había dejado de escucharle y sólo rumiaba.

Kanon dormía a pierna tirante en el avión, en un aparente estado comatoso que nadie se atrevía a interrumpir; él, a diferencia de Saga, no se iba carcomiendo los sesos pensando en encontrarse y soltarse una retahíla de frases románticas… para él todo era tan claro como confirmar su "te lo dije, no podemos estar separados".

La sobrecargo acabó moviéndole por el hombro para despertarle. Al abrir los ojos, la primera visión del griego fue un escote que le saludaba y unos turgentes senos que se asomaban por el discreto uniforme de la mujer, que inclinada hacia él, le sonreía y le preguntaba surrealistamente si prefería pescado o ternera, aunque lo único que tenía en mente en esos momentos eran esos dos montículos de carne… para comer.

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Aioros, de alguna manera poco ortodoxa, había terminado cambiando el boleto con un turista que viajaba de Sídney a Atenas, lo había convencido a punta de pistola al pobre… y hacia allá iba, hacia donde estaba la maleta que llevaba toda su vida. Dado que Milo había cumplido su parte del trato llevando la condenada maleta hacia Sídney, lo había dejado solo y se había desentendido de todo; pero él, que no era de rendirse, ya había acordado con alguien del aeropuerto de Atenas que detuvieran la maleta de Kanon Stefanes…

Aeropuerto Internacional de Atenas Eleftherios Venizelos…

Kanon llegó antes… sólo para enterarse de que nuevamente su maleta se había extraviado… ¡Otra vez! Tuvo que pasar una gloriosa hora gritando como poseso en el mostrador… de la misma aerolínea, aquello era mucha maldita suerte, dos veces en el mismo aeropuerto, la misma aerolínea, había perdido su maleta.

—¡Apenas he recuperado la otra maleta! ¡Después de casi un año! Y usted me dice que tendré que esperar nuevamente para recuperar ésta… ¡Otra vez!

Después de ladrar un poco más, acabó rendido llevando tras de sí a la única sobreviviente de ese vuelo fatídico.

Cuando llegó a la zona de arribos Kanon marcó el teléfono de su hermano, estaba seguro de que estaba ahí, entre un mar de gente que llegaba y se perdía, algunos corrían rumbo a la banda de equipaje, otros caminaban a paso veloz hacia la sala de espera en lo que aguardaban para la escala, y otros caminaban emocionados hacia la salida; pero tenía la certeza de que estaría por ahí…

Al escuchar el timbre(1) ridículo a lo lejos… supo que tenía razón.

Casi se rió de imaginar a Saga peleando con el móvil, tratando de sacarlo del pantalón o la chamarra mientras todos le miraban extrañados ante la ridícula música que tenía y que se negaba a quitar.

Esperó un timbrazo, dos, tres… cuatro.

—Ho…la —respondió nervioso.

—Hola, todo el aeropuerto se ha enterado de que tienes una llamada, ¿eh?

—¿En dónde estás? —inquirió observando hacia todos lados, incluso bajó la vista… dudaba que su hermano estuviese escondido por ahí en el piso.

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Para ese momento, Aioros salía del aeropuerto llevando la maleta en la mano, complacido de al fin haber podido dar con ella, usaba las gafas de sol Dolce & Gabbana, que tanto le gustaban, subió al Mercedes negro que le esperaba, junto a su guardaespaldas tan peculiar, sacado de cualquier película de matones profesionales. Metió primero la maleta y después se acomodó en los asientos de piel, literalmente se desparramó… suspiró y acarició la maleta, encendió un cigarrillo, se rió de la ridícula aventura de perseguir el equipaje de alguien más, que había utilizado para su propio beneficio…

Quitó los sellos de seguridad de la aerolínea y abrió…

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—Estoy justo detrás de ti… como siempre… detrás de ti… —le susurró Kanon a Saga, a su espalda, se había acercado a él acechándolo, mientras hablaban por teléfono.

La mirada azul de Saga se perdió en la de su gemelo, su otra parte, le sonrió… ambos sabían que era una tregua, quizás duraría poco, pero valía la pena una nueva tregua para esa vieja guerra.

—Casi un año —pronunció Saga.

—Casi… y entonces, creo que… nos vamos a casa y buscamos qué vamos a preparar para navidad ¿No? —lo abrazó con fuerza, desmesuradamente, sin decir más… —Odio esa música —soltó de improviso mientras en los altavoces de la sala en donde estaban se escuchaba una de esas canciones navideñas(2) que ponían en todos lados hasta el hartazgo… de hecho Saga tenía uno de esos discos.

Saga lo apretujó también y se rió, después le pasó la maleta de su propiedad.

—No la voy a cargar más, pesa demasiado.

—¡Qué raro! Sólo es ropa… —se encogió de hombros, llevando a rastras todo el equipaje y a Saga con él, ambos riendo de cualquier estupidez mientras buscaban un taxi para ir finalmente a casa.

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El alarido de espanto de Aioros hizo que Aioria colgara el teléfono, iba hablando con él acerca de sus planes para el futuro y de todo lo que haría ahora que estaba libre… y que tenía la maleta que se supone habían robado para meter infinidad de euros, cheques al portador, las claves de las cuentas en Suiza, cocaína pura y la urna con las cenizas de su madre, cabe destacar que dentro de la urna también iba un buen paquete de cocaína colombiana…

¡El dinero! ¡El dinero de toda su vida delictuosa!

¡Sus cuentas!

¡Su madre!

—¡Gira de inmediato! ¡Regresa al aeropuerto! —gritó impávido el griego, dentro de la jodida maleta lo único que había era ropa, suvenires… y de más porquerías —¡Se equivocaron de maleta! ¡Joder! La maleta que me dieron sí es de ese tipo pero no es la que llegó desde Sídney… —gimió desconsolado.

Tal vez todavía podría encontrar a Kanon por ahí, tal vez aún podría recuperar la maleta.

El Mercedes llegó rechinando las llantas a la entrada del aeropuerto… mientras Aioros bajaba casi con el auto en marcha, dejó tirada una camiseta con la leyenda: "I love Canada"…

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Saga le hizo la parada a un taxi, justo al mismo tiempo en el que Aioros entraba corriendo, a lo lejos, al aeropuerto; los gemelos subieron al taxi con todo y el equipaje.

Kanon lo besó en los labios sin importarle si el chofer les miraba o no por el retrovisor, le venía dando lo mismo, ambos estaban muy ensimismados en tratar de reconocer el viejo tacto, el de toda la vida, y ya sabían qué era lo que seguía: al llegar al departamento arrojarían las maletas y acabarían en el recibidor follando como faunos en primavera.

Sin poder resistir más la curiosidad, Kanon terminó por cortar los cintillos de seguridad de su equipaje perdido… y cuando vio su contenido… se quedó boquiabierto, lo mismo que Saga, quien le miró interrogante.

—No tengo idea —fue lo único que pudo responder, al notar que lo que llevaba ahí no era su ropa sino… una nueva vida.

—¿Sabes? Creo que sería buena idea buscar otra casa, en otro lugar… y hacer otra vida —farfulló.

—¿Traficas algo? —inquirió bajito.

—No… ahora ya…

Ambos se encogieron de hombros, dejaron de lado la idea de cocinar algo para Navidad, y pensaron que tal vez sería buena idea ir a cenar a otro lado, a otro lugar, de ser posible, a otro país…

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FIN

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(1)El timbre que lleva Saga en el móvil es la versión instrumental de Summer Residents canción incluida en el álbum Dachniki, 2000, del grupo ruso Leningrad.

(2)La canción a la que hace referencia Kanon es: Little drummer boy, del saxofonista Kenny G, incluida en su álbum navideño Miracles: The Holiday Album, 1994.