Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son obra de la magnífica Rumiko Takahashi.

La historia fue inspirada en un capítulo del libro "A tumba abierta" del autor Albert Hitchcock.

Importante: Debido a varios comentarios recibidos en el capítulo anterior, me he visto en la obligación de aclarar el pairing, a pesar de que ya está expresado en el inicio. La pareja central de este fans fics es y será Inuyasha y Kagome.

Un secuestro improvisado

By Darkis-chan

III

Nunca imaginé que Texas estuviera tan lejos. Sí, había ido varias veces cuando era un crío, pero no recordaba lo estúpidamente lejos que se encontraba. El viaje fue increíblemente largo y agotador. Miroku y yo tuvimos que intercambiar puestos varias veces, ya que el cansancio era abismal. El carro se recalentó al menos cuatro veces, por su culpa tuvimos que parar. Todo eso y ella no decía nada. No me miraba, no miraba a Miroku, no alzaba la cabeza ni siquiera para ver el paisaje; quería hacerme sentir culpable, y sí que lo estaba logrando.

Cuando llegamos creí que sería el hombre más feliz del mundo. Tenía el cuerpo entumecido y unas horribles ganas de darme una buena ducha. Salí del carro, ella también lo hizo, pero continuó con su molesta actitud. Guardé el arma en mis pantalones, realmente no creí que la fuese a necesitar. Su comportamiento sumiso no era el único indicio, pues ese lugar era tan inhóspito que con mucha suerte lograría escapar de allí. No había nadie en Kilómetros, eso era bueno, al menos para nosotros.

—Es horrible —pronuncié al abrir la puerta de lo que se supone era la vivienda principal.

Todo estaba lleno de telarañas y un montón de polvo. No había electricidad por lo que tuvimos que usar velas, ni si quiera servían los baños; una catástrofe.

—Es mejor que nada —susurró Miroku con su sonrisa positivista.

—Recuerdo que había un río cerca de aquí, allí podremos bañarnos mientras solucionamos el problema del baño —sugerí.

Vi como su cara comenzó a teñirse de rojo, y eso me alegró un poco. Aún así su boca se mantuvo cerrada. Deseaba oírla gritar otra vez, esa Kikyo callada y sumisa me estaba comenzando a enfermar. Sí, suena bastante estúpido, pero así lo era.

—Lo mejor será que acompañes a la señorita a darse un baño. Mientras, yo trataré de limpiar un poco las habitaciones superiores, para poder usarlas esta noche.

Refunfuñé. La cogí de la muñeca y me acerqué al equipaje que ya habíamos descargado y estaba tirado junto a la puerta. Saqué dos de mis camisas, unos jabones, unos pantalones —uno mío y el otro de Miroku— y ropa interior. Tomé dos de las velas que habíamos encendido momentos atrás y nos encaminamos al arroyo, que aunque era algo ancho y profundo, no tenía demasiada corriente.

Con cada paso que dábamos ella se ponía más y más nerviosa; sentía como se tensaba a través de su muñeca. Miraba hacia el suelo y sus manos se pusieron frías, o al menos eso me pareció sentir. No tenía ni idea de qué estaba pasando y tampoco me interesaba saberlo, sólo pensaba en la rica agua, que aunque fría, serviría para limpiarme.

Al llegar no pude evitar soltar las cosas de un sopetón, que por cierto cayeron al suelo esparciéndose por todas partes. No me importó en lo absoluto, estaba demasiado ansioso como para estar al pendiente de nimiedades.

Me quité la camisa rápidamente y vi como ella ladeo la cara para no verme, eso me hizo sentir extraño; feliz, pero extraño. Me quité el pantalón igualmente y en menos de un segundo estaba entrando al agua con mis bóxers.

—¿No piensas bañarte? —le comenté al ver que no movía ni un musculo.

—Creo que prefiero quedarme así. Gracias. —expresó sin ni siquiera mirarme.

—Si pretendes escapar, déjame decirte que no podrás hacer nada —hablé para llamar su atención— Aunque corras, en menos de un segundo estaré a tu lado; además, no hay nadie en kilómetros a la redonda, así que nadie va a poder ayudarte. —Utilicé un tono arrogante para dejarle claro quién mandaba allí.

—No estaba pensando en escapar —mencionó con amargura—… sólo pensé que sería más idóneo esperar hasta mañana para darme un baño, no quiero resfriarme. —No necesité un manual para saber que mentía.

Salí del agua y me acerqué a ella. Así como estaba, muy mojado, la tomé por los hombros la volteé para que pudiera mirarme y comencé a quitarle la ropa.

—¡¿Q-qué h-haces? —Un timbre nervioso se apoderó de ella.

—Desvistiéndote, ¿no es obvio? —susurré sarcástico.

Entre los forcejeos logré arrancarle el sobretodo y pude tocar la delicada piel de sus hombros. Dejé de zarandearla, pero me quedé sosteniéndola mientras le miraba a la cara.

—N-n-no tienes que hacerlo —explicó luego del horrible silencio—. Entraré al agua por las buenas, pero me gustaría que no miraras.

La solté y me lancé rápidamente al agua, me sumergí en la parte más profunda, mientras ella comenzaba a sacarse la ropa. Comencé a nadar por los alrededores para evitar espiarla, pero mi curiosidad fue demasiado para mí y no pude evitar echarle un vistazo.

Quedé fascinado ante la imagen que mis ojos, muy amablemente, llevaban a mi cerebro. Ella estaba de espalda, desnuda de la cintura para arriba, con el cabello recogido en una cebolla. Se masajeaba los hombros con el jabón que había llevado para bañarnos. No podía dejar de mirar esa perfecta espalda que se me hacía demasiado sensual. Sus suaves movimientos provocaban algo inexplicable en mí. Me sentía como un adolescente viendo una película pornográfica.

No pude apartar la mirada y ella no se había dado cuenta; por lo que no tenía problemas. Salvo, por puesto, mi pequeño amigo que comenzaba a levantarse de su sueño profundo. ¡Era demasiado incómodo! Quería dejar de mirarla, pero simplemente no podía. Jamás había experimentados tantas sensaciones con sólo mirar a una mujer. Mi mente no quería aceptarlo, aunque mi cuerpo… Él era completamente diferente.

Comenzó a quitarse el resto del jabón que aún permanecía en su cuerpo con un poco de agua del río. Podía ver como se estremecía ante el contacto con el frío líquido.

—Mejor húndete de una vez, así tu cuerpo se acostumbrará a la temperatura del agua —solté sin pensar.

Ella se dio la vuelta y quedó frente a mí, con una cara bastante sorprendida; luego recordó su desnudes y se hundió de inmediato. Lamentablemente para mí, fui demasiado lento como para poder ver algo, aunque ella creyó que sí lo había hecho.

—¡¿Cómo rayos se te ocurre asustarme así? —gritó muy sonrojada— ¡Eres un imbécil!

—No fue esa mi intención, muchacha. —Traté de explicarme mientras me acercaba a ella.

—¡Oh, claro que sí lo fue! ¡Eres un depravado, pervertido! ¡No se te ocurra acercarte! —Su tono demostraba un evidente enfado, pero su cara mostraba la vergüenza que en verdad sentía.

—No vi nada… ¡Te lo juro! —Quise arreglar las cosas.

Se alejó de mi vista sin decir ni una palabra más. Me sentía realmente frustrado ¡Ella armó semejante alboroto y ni si quiera había visto nada!

Salí del agua y comencé a secarme con una de las toallas. Miré en su dirección y la encontré echándose agua nuevamente. Volteé la mirada para evitar otro mal entendido, revisé mi propio estado y vi que mi amiguito había vuelto a su descanso, seguro que por culpa de la fría agua. Me coloqué una camisa y la ropa interior seca; estaba listo para partir. Una fría brisa, que llegaba hasta los huesos, sopló. Sentí como mi cuerpo se retorcía por la baja temperatura.

—Es hora de irnos, pequeña. Vamos a resfriarnos si seguimos aquí. —le grité para llamar su atención, pero ella no respondió. Supuse que quería un poco de intimidad, así que me desplacé unos metros. Ella estaba advertida, por lo que estaba seguro de que no escaparía.

En pocos minutos se acercó a mí. Traía una camisa de tirantes roja, la que estaba debajo del sobretodo, y uno de los shorts de Miroku. Se veía muy cómica, pues le quedaba exuberantemente grande, a pesar que mi amigo era menos corpulento que yo.

—Estoy lista —comentó aún sonrojada y tratando de desviar la vista.

No le dije nada. No sabía qué decir para romper el hielo. Las mujeres que veía desnudas nunca me habían gritado de esa forma, y normalmente lo hacía porque ellas se desnudaban para mí; así que no estaba acostumbrado a ese tipo de sensaciones de culpa.

Llegamos a la casa y Miroku había adelantado gran parte del trabajo. La planta de arriba estaba prácticamente limpia y la de abajo iba por el mismo camino. Agradecí a mi amigo, porque yo no tenía ánimos ni para cambiar una sábana. La chica, el largo trayecto y el reciente alboroto de mi amiguito; habían sido suficientes para dejarme exhausto.

—Falta demasiada mano para que esta casa quede limpia, pero con esto será suficiente para dormir esta noche —explicó Miroku tranquilamente.

Ella comenzó a observar la habitación en dónde estábamos: la sala. La casa estaba hecha de madera y las decoraciones eran muy viejas para decir que se sentía acogedora. Más que amparo daba terror. En el centro de la habitación se encontraban unos muebles de madera cubiertos por una sábana blanca, al igual que una mesita de centro hecha del mismo material. Se acercó a la ventana para ver el paisaje, a pesar de que todo estaba oscuro afuera.

—¿Qué vamos a hacer con ella esta noche? —susurró mi amigo— No podemos dejar que ande a sus anchas en esta casa, puede escapar mientras dormimos o peor aún ¡puede matarnos! —Evidentemente, el tranquilo y positivista Miroku estaba preocupado por la situación.

—Tendrá que dormir atada a la cama —dije—. Sinceramente, no podré conciliar el sueño sabiendo que ella estará por ahí —confesé.

—No será un trato agradable, pero es necesario para nuestra seguridad —concluyó mi amigo.

No dijo nada cuando le avisamos de su situación, esa actitud de sometimiento volvió. ¡Cómo odiaba esa faceta de ella! Aunque creía saber el porqué de su situación; ella se sentía culpable. Sabía que gracias a su bella bocaza estaba en ese atolladero; por lo que aceptaba todo lo malo que esto acarreaba. Era desesperante ver cómo se sometía a nuestra voluntad sin decir ni una palabra. La atamos de pies y manos a la cama y ella como si nada hubiera pasado.

—¿Estás cómoda? —pregunté sin ningún aire de sarcasmo.

—Lo suficiente. —Su voz salió agria.

Esa noche me costó dormirme, pero cuando por fin lo hice, caí como un tronco hasta el día siguiente.

Me acerqué a su habitación para ver cómo seguía. Imaginé que no habría pasado una buena noche. Ella estaba dormida, o al menos eso creí. Desaté las sogas que le imposibilitaban los movimientos y luego bajé para prepararme un poco de café. La sorpresa fue encontrarme a mi amigo, que parecía haber tenido la misma idea que yo.

—¿Dormiste bien? —sonrió como siempre mientras me servía un poco del líquido castaño.

—Algo. —No estaba de humor para hablar demasiado.

Tomé asiento en la mesa del comedor mientras degustaba mi café.

Un fuerte silencio se mantuvo entre nosotros, Hasta que Miroku decidió romperlo.

—No sé, Inuyasha, pero creo que lo mejor es devolver a la chica.

Tomé aire. Traté de calmarme, pero creo que no dio resultado.

—¿Devolverla? ¡¿Te volviste loco? ¡Esa mujer es la única esperanza que tenemos y no pienso renunciar a ella! —grité.

Mi amigo agachó la cabeza, él me conocía demasiado y sabía de antemano que no cambiaría de opinión tan fácilmente. Me miró fijamente y luego contestó:

—¿De qué nos vale salir de Naraku, si luego tendremos a la policía detrás nuestro? —Justo en el clavo, como siempre.

Estaba furioso. En mis planes nunca figuró la policía y mucho menos el futuro de la chica, sólo quería obtener el dinero. Di un fuerte puñetazo en la mesa, lo que ocasionó un reguero de café por toda la habitación. Miroku no se inmutó ante mi comportamiento, pues siguió tan tranquilo como siempre.

—La policía no estará detrás de nosotros —expresé más para mí que para él.

—¿Cómo lo sabes? —susurró.

—Porque ella no abrirá la boca. De eso voy a encargarme.

Soltar palabras sin pensar parecía ser mi pasatiempo favorito, pues no dejaba de hacerlo. Lamentablemente, era algo innato en mí y no podía contrarrestarlo.

Salió de la habitación claramente enfadado, mientras yo me dirigí al cuarto de la cautiva. Ella seguía en la misma posición, cosa que me extrañó, debido al alboroto que había armado tan sólo segundos atrás.

Me acerqué más a su cama y vi que estaba completamente sudada. No pude evitar preocuparme por ella.

—¿Estás bien, Kikyo? —Coloqué una mano en su frente para medir su temperatura, que por cierto parecía estar bastante alta.

—Ka-ka-go-me, Kagome —comenzó a delirar mientras susurraba ese extraño nombre.

No pude evitar preguntarme: ¿quién coño es Kagome?

Continuará.

N/A: Sorry por la demora. Sí, sí, sé que no tengo excusas, pero la Uni es la Uni y los exámenes son los exámenes. Ya se imaginarán la causa de la demora :role eyes:.

Bueno, bueno, espero que les guste el capítulo. Dedicado a todas aquellas personas que están sufriendo con sus exámenes. xDD

Saludos.