Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son obra de la magnífica Rumiko Takahashi.
La historia fue inspirada en un capítulo del libro "A tumba abierta" del autor Albert Hitchcock.
Un secuestro improvisado
By Darkis-chan
IV
Verla en ese estado me hacía sentir culpable. Temblaba y no dejaba de decir incoherencias que comencé a ignorar para mantener mi mente en buen estado. ¡Y Miroku había desaparecido! Siempre había sido demasiado malo para enfermedades, enfermos y hospitales. Simplemente, no tenía idea de qué hacer con ella. Sabía que si no recibía atención podría empeorar y no quería cargar en mi conciencia con la muerte de la chica, aunque suene bastante estúpido proviniendo de mi parte.
—¡Rayos! —bufé mientras le colocaba un paño húmedo en la frente—. Está demasiado caliente.
Mis nervios comenzaban a matarme. Debía actuar inmediatamente, pero no sabía cómo. Me controlé hasta que comenzó a gritar, aunque esta vez su voz sonaba a súplica.
—N-no, por favor. ¡Aléjate de mí!
La fiebre la estaba haciendo delirar nuevamente, así que me tomé la atribución de quitarle las sábanas de encima, al igual que la ropa. Decidí dejarla sólo con la esencial, me pareció que sería más conveniente.
¿Tenía frío o calor? Realmente no podía asegurarlo; tiritaba como si tuviera frío, pero sudaba como si hubiese corrido en un maratón.
Mi desesperación llegó al punto de volverse locura. Quería y necesitaba a Miroku; él siempre sabía qué hacer. Pero tenía que ser estúpido y molestarme con él para provocar su ausencia en el momento menos indicado.
Entonces, como arte de magia, volvió a mi mente una escena de mi último refriado. Yo estaba prendido en fiebre y Miroku me había obligado a tomar un baño para bajar la temperatura.
Eso hice… La levanté en mis brazos y me dirigí a al río. No me importó mi ropa, mucho menos la de ella. Dejé que el agua tocara mis caderas y comencé a bajarla lentamente, para que la tocara a ella también.
Abrió los ojos de inmediato; estos estaban rojos. Me miró extrañada.
—T-tengo mucho frío… —susurró apenas.
—También tienes mucha fiebre —traté de decirle, aunque había cerrado los ojos de nuevo.
Miré su cuerpo prácticamente desnudo y algo en mi se encendió. ¡Vamos, soy hombre después de todo! Sus cabellos estaban sueltos y caían hasta ligarse con el frío líquido; se veía extremadamente hermosa.
Contuve la respiración para intentar controlarme, pues no todo el tiempo tienes en tus brazos a una mujer así y además… ¡medio desnuda! Fue una difícil situación, sin embargo supe portarme a la altura.
Comencé a agacharme mientras cuidaba no hundirla demasiado. Me senté en una roca que estaba en el fondo y a ella la coloqué sobre mis piernas. Con mis manos fui distribuyendo el agua alrededor de su cuerpo de forma más o menos equitativa. Quería que la fiebre se bajara, no deseaba nada más que eso.
Luego de algunos minutos, decidí volver a la casa. La sequé con una toalla, aunque no me atreví a quitarle la poca ropa que estaba mojada. La dejé en la cama y la cubrí con al menos dos edredones.
Toqué su frente y comprobé que su temperatura había disminuido, aunque aún estaba algo fuera de los límites normales. Un gran alivio recorrió mi cuerpo. Sabía que era culpable de su situación y eso me hacía sentir demasiado mal; a pesar de eso, ver que se mejoraba era una clara muestra de que todo iba a estar bien. Sí, lo sé, Miroku estaba contagiándome.
La tarde llegó y con ella regresó Miroku, quién parecía sorprendido al ver el estado de la chica.
—Bueno… Al menos supiste manejar la situación —confesó con una sonrisa.
Mi amigo era así; estaba molesto, pero luego lo olvidaba todo y volvía a sonreír como siempre. Lo admiraba, pues yo no podía ser tan pasivo.
—¿Crees que se pondrá bien? —Dejé salir toda la preocupación que había estado carcomiéndome—. Me refiero, a que si pondrá bien sin ayuda médica. No podemos llevarla a ningún centro hospitalario.
—Es sólo un resfriado, Inuyasha; tampoco es que tiene una enfermedad que está en etapa terminal —sonrió nuevamente—. Además, lo has hecho muy bien. Seguro que para mañana estará mejor.
Se fue a la cocina y le preparó un extraño caldo; la hizo beberlo sin rechistar. Yo aún estaba nervioso, aunque Miroku controlaba todo muy bien.
—Creo que ya estoy mejor. Gracias. —comentó con una voz apenas audible. Era evidente que no se había recuperado del todo.
Aún así, fue suficiente el verla despierta. Recordé los momentos de angustia que había pasado y ahora sólo me reía de lo estúpidamente asustado que me había puesto y sin necesidad. Vaya, me sentía como un verdadero idiota, aunque ella estaba bien y eso me daba paz interna.
Al día siguiente, la chica estaba completamente recuperada. Las medicinas extrañas y asquerosas de Miroku habían resultado de maravilla. Al ver su repentina mejoría, insistió en que la acompañara al río para lavar su ropa y yo no pude negarme. Allí fuimos a parar.
Estaba sentada en una roca en la orilla. Llevaba una camiseta blanca perteneciente a mi persona, y no puedo negar que se le veía muy bien, y un short corto de mi compañero. Estregaba la ropa de una manera muy sensual, o al menos eso me pareció a mí. Lo hacía, y en ese momento un bombillo se prendió en mi cabeza:
—Para ser una niña mimada, sabes muy bien el arte de lavar la ropa —lancé en voz alta y firme. Vi como su cuerpo se tensó ante mis palabras, pero rápidamente volvió a su estado normal.
—Que mi padre tenga dinero ahora, no significa que antes lo tuviese —contestó igual de firme—. Viví una difícil infancia y tuve que aprender a hacer cosas, como lavar la ropa.
La forma en que lo pronunció no dejó dudas en mí y su actitud sólo confirmó lo que ya pensaba. Seguí observándola por largo rato y ella me ignoró completamente.
La camisa se le había humedecido en gran parte del abdomen y el pecho, mientras yo sólo trataba de no mirar la lujuriosa zona. Se levantó, se posó frente a mí y me dirigió una cálida sonrisa, sin ni siquiera sospechar las malas intenciones que rondaban mi loca cabeza.
—Vamos, necesito tender la ropa.
Asentí aunque realmente no estaba seguro de por qué. Llegamos a la parte trasera de la casa donde habían unas cuerdas perfectas para realizar la tarea que ella se había propuesto. Luego de tender la ropa regresamos a la casa y por más extraño que parezca, ambos estuvimos en un horrible silencio que hacia al ambiente tan denso como el de un cubo de plomo.
Miroku estaba tratando de arreglar la electricidad, así que traté de ayudarle. Ella se sentó en uno de los muebles y se dedicó a observarnos por largo rato; cuando por fin se cansó de sólo observar, comenzó a quitar las sábanas blancas que cubrían los muebles de la sala donde nos encontrábamos.
—No deberías hacerlo; puedes volver a enfermarte —expresó mi compañero.
—Si los dejo como están es más seguro de que vuelva a enfermar —sonrió.
La tarde transcurrió así; ella sacudiendo y quitando el polvo, mientras nosotros tratábamos de hacer de electricistas. De vez en cuando ella me miraba y yo hacía lo mismo, aunque eran miradas que no pasaban de ser inocentes. Miroku decía algún chiste, por lo que ambos reíamos. No pude evitar divertirme y olvidarme de tantos problemas que rondaban mi cabeza.
Al caer la noche, y con mucho pesar, tuve que atarla nuevamente. La mirada que me dirigió me hacía sentir muy mal y no quería dejarla así; pero no podía fallarle a mi compañero. No otra vez. Con todo el dolor de mi alma, la dejé allí, maniatada a la cama.
Cuando desperté y me encontré en su habitación no pude evitar sorprenderme. Lo peor del caso es que ella ni si quiera estaba allí. Vamos, que no es normal acostarse en un lugar y despertar en otro.
Me levanté del frío piso, porque además estaba durmiendo allí, y bajé directo a la cocina. Sólo buscaba indicios de vida. La encontré sentada en uno de los bancos de madera que se encontraban cerca del mesón. Llevaba su ropa, la que había lavado el día anterior, y no pude evitar sentir como mi estómago se retorcía. Algo en ella me había cautivado. Además, esa vestimenta le quedaba muy hermosa.
—Buenos días —me sonrió—. ¿Quieres un poco de café? —comentó mientras me mostraba la taza que ella estaba consumiendo.
—¿También eres maniática del café? —le pregunté con un tinte de sarcasmo.
—Sí, es peor que yo —respondió Miroku, a quien había ignorado completamente—. Esa es su segunda taza —señaló al lugar indicado.
—Los constantes desvelos me han vuelto una adicta al café, ¿qué puedo decir?
—¿Desvelos? —preguntó mi amigo interesado en el tema.
Ella acercó la taza de café a su boca y comenzó a saborear la bebida. Lo miró fijamente y contestó:
—Sí, la universidad y esas cosas hacen que deba dejar de lados mis ganas de dormir —tomó un sorbo antes de continuar—. El café es mi único compañero y creo que lo he utilizado demasiado —sonrió nerviosa.
—El café y los desvelos no son buenos para la imagen de una hermosa señorita como usted —comenzó Miroku. Luego de allí siguió una charla de por qué el café era nocivo para la salud. ¡Como si él no lo bebiera tres veces al día!
Miroku comentó que estaba haciendo los preparativos para instalar agua directa para la casa, pues nos habían imposibilitado el servicio por las deudas de mis familiares, los dueños del lugar.
Desayunamos y este inmediatamente partió hacia el pueblo, para seguir con sus cosas. Estábamos nuevamente solos. No sabía si él estaba haciéndolo a propósito, pero lo hacía y la situación no era muy cómoda.
—Para ser un secuestrador, eres demasiado amable —expresó con ironía, recordando el evento anterior en el río.
No pude evitar reírme estrepitosamente.
—Ciertamente, no tengo madera de secuestrador. —Hice énfasis en la palabra secuestrador.
—Ni siquiera sé por qué lo hiciste —comentó muy bajo. Tanto así, que se me hizo muy difícil descifrarlo.
Yo tampoco lo sabía. ¿Era realmente por Miroku, porque quería sacarlo de ese problema o era por mí, porque era yo quién no quería vivir huyendo? En ese momento me sentí egoísta, porque descubrí que ninguna de las razones anteriores eran acertadas. Sí, lo descubrí. Nada tenía que ver Naraku en la decisión apresurada que había tomado, él sólo era una excusa. Yo… la quería a ella. Era egoísta, lo sé; pero la quería para mí. Lo supe desde el momento que la vi levantarse de nuestro asiento trasero, aunque no fui lo suficientemente valiente como para darme cuenta de ello al instante.
—Inuyasha… —pronunció de manera muy dulce, como si estuviera leyendo mis pensamientos.
Se acercó a mí lentamente. Su mirada traviesa recorrió mi cuerpo y yo sentí que comenzaba a excitarme. Vamos, aquella minifalda era estupendamente sensual. La camiseta roja se adhería perfectamente a su figura, dejando una buena vista de su torso. ¿Quién no podría sentir deseo por esa fémina tan encantadora?
Sus ojos color chocolates se toparon con los míos, que eran de color ámbar. Le mostré mis dientes en un intento de hacer una sonrisa, aunque era lo que menos estaba saliéndome.
Cuando colocó sus finos dedos en mi pecho creí que iba a morir de un infarto. Su mirada recorrió mi rostro y bajó por mi cuerpo hasta llegar a mis pies. Escuché su respiración entrecortada, ¿ella sentía lo mismo que yo?
—Quiero besarte —susurró. En ese instante vi el cielo.
Su cara comenzó a acercarse a la mía y no pude esperar para lanzarme a sus labios y comenzar a devorarlos. Los necesitaba como nunca había necesitado algo.
Mis manos se posaron en su espalda y la acerqué a mi cuerpo a través de ese agarre. Recorrí su boca con mi lengua mientras ella dejaba escapar gemidos que me hacían sentir grande y llevaban mi ego a lo alto de la mesosfera. No sabía si reír o disfrutar el momento. El sentimiento de triunfo era tal, que se podía comparar con la suma que le debía a Naraku.
El beso se intensificó cada vez más, al igual que las ganas de poseerla. Sin darnos cuentas comenzamos a movilizarnos por la habitación y rápidamente la tenía acorralada en una de las paredes mientras no dejaba de besar su deliciosa boca. Bajé por su cuello y ella no paraba de gemir; era como si suplicase que la tomara de una vez y… ¡yo lo deseaba demasiado!
—K-Kikyou… —dejé escapar un gemido ronco.
—N-no me llames así —escupió con claros síntomas de enfado. Sin embargo se alzó y besó mis labios de una manera tan brusca que no me dejó pensar a qué venía ese comentario.
No recuerdo exactamente como carajo subimos las escaleras, pero sé que llegamos al piso de arriba; a su habitación. Las sábanas blancas daban un aspecto lúgubre y la luz del sol se colaba por la ventana haciendo el lugar poco romántico. Eso no impidió el desarrollo de nuestros deseos. Es más, ni si quiera nos importó.
Antes de que me diera cuenta la había recostado en la cama y estaba sacándole la camiseta. Desabroché su brasier sin perder el tiempo y dejé miles de besos húmedos alrededor de sus blancos y perfectos senos. Recorrí su cuello, sus senos, su vientre, su cara, sus brazos, sus piernas; en fin, me deleite besando cada proporción de su carne que me parecía apetitosa.
Cuando bajé su falda, la imagen del momento donde estábamos en el río tratando de quitarle la fiebre volvió a mí y se hizo muy intensa. ¡No sabía qué parte tocar! Todo era demasiado tentador para mí. Quería recorrer sus mulos con las yemas de mis dedos, o tal vez acariciarle la entrepierna para prepararla para el acto, también deseaba besar su vientre plano y masajear sus pechos con mi boca. Pero sin duda alguna, lo que más deseaba era estar dentro de ella y sentir que sólo era mía.
Mis manos comenzaron a moverse solas y recorrieron cada centímetro de piel a la vista. Ella no paraba de gemir, cosa que estaba desesperándome. Sin embargo, lo que me hizo perder el control fue su voz melodiosa al pronunciar aquello que tanto deseaba:
—Inuyasha… ¡Por favor! —¡Sus ojos parecían estar dilatados y su mirada era tan suplicante!
¡Me volví loco! En definitiva, un demonio había poseído mi cuerpo. Le arranqué lo que le quedaba de ropa interior de una manera salvaje y poco estética. La besé hasta que sus labios se pusieron tan rojos como el color de la misma sangre. El deseo era tan fuerte que me dolía, sentía que si no la tenía en ese instante iba a morir.
Y… lo hice. Me posicioné en su entrada y arremetí contra ella sin ninguna contemplación, porque realmente no podía soportarlo ni un minuto más. Sin embargo me llevé una sorpresa al encontrarme con una barrera que me había dificultado el paso; una barrera que sólo poseen las mujeres inocentes.
Continuará.
N/A: ¡Por Dios! ¡Realmente pensé que nunca terminaría el capítulo! Lo siento, queridos, pero la universidad me ha estado consumiendo brutalmente.
Espero y este sea de su agrado, ya que me ha llevado mucho completarlo. Ya saben: falta de inspiración, clases, exámenes, reuniones familiares… En fin, miles de cosas se han puesto en contra. ¡Contra viento y marea he tenido que luchar!
Hasta el próximo capítulo que trataré de no demorar tanto xDD.
Saludos, queridos.
