Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son obra de la magnífica Rumiko Takahashi.
La historia fue inspirada en un capítulo del libro "A tumba abierta" del autor Albert Hitchcock.
Un secuestro improvisado
By Darkis-chan
V
Me senté en una de las frías rocas; estaba demasiado confundido, por lo que necesitaba reflexionar. Simplemente no podía superar la sorpresa; estaba abrumado. No pude evitar recordar su hermosa cara cuando yo… había destruido sin ninguna contemplación su inocencia. Me deprimí aún más.
No consideré que la chica fuese virgen; ni si quiera había pasado esa posibilidad por mi cabeza. Y sí, me sentía verdaderamente culpable por haber sido tan tonto y no sospechar la realidad.
Tomé una de las piedras pequeñas que se encontraban cerca de mis pies. Luego la miré durante un segundo, tratando de traspasarle toda la ira que sentía hacia mí mismo. La arrojé al río para que se perdiera junto con las horribles sensaciones que estaba sintiendo; pero sólo se hundió la piedra, pues mis sentimientos quedaron intactos.
Me sentía culpable por haberlo disfrutado tanto. Porque a pesar de que estaba mal lo que había hecho, eso no me quitaba la satisfacción de hacer el amor con esa preciosa mujer. Más aún, la satisfacción de enterarme que sólo yo había tocado ese cuerpo. Me sentí viril y poderoso, pero luego esos sentimientos desaparecían para dejarme culpa y pena.
Sólo pensaba en que había utilizado a uno inocente virgen, le había quitado su inocencia para luego marcharme campante como hacían los demás. Claro, exactamente lo mismo que mi padre le hizo a mi madre. ¡QUÉ OPORTUNO!
No entendía cómo era posible que no me fijase en su inocencia, ya que al verla advertido, si quiera, nada de esa situación hubiese sucedido. Busqué rastros, pero no los encontré. Simplemente o no estaban allí o yo no quería verlos. La chica parecía tan segura de sí misma, ¿quién sospecharía? Nadie con dos dedos de frente.
Se había acercado a mí sin ninguna razón y pidió que la besara; ¡las vírgenes no hacían eso! También, tocó mi cuerpo como toda una experta; sus movimientos eran firmes y lejanos a la temeridad. ¡Las doncellas no reaccionaban así! Y mucho menos suplicaban porque las tomara… Entonces, su imagen volvió como un relámpago segador:
—Inuyasha… ¡Por favor! —Sus ojos parecían estar dilatados y su mirada era tan suplicante!
La culpa, inevitablemente, volvió. Ella había suplicado, pero nunca dijo qué quería. A lo mejor entendí lo que quería entender y no me fijé en lo que ella, tal vez, quería decirme. Mi mente formó una imagen:
—Inuyasha… ¡Por favor, no sigas! —Sus ojos expresaban claras muestras del deseo de derramar lágrimas.
No pude evitar sostenerme la cabeza de la pura impotencia. ¡Había sido un estúpido! ¡Esta vez la había cagado feo! Le apunté con el arma, la secuestré y además abusé de ella; ¡qué más podría hacerle!
Tomé valor de donde no tenía y me dirigí a la casa. Ella había caído completamente dormida luego de conocer el mismo cielo a mi lado. Sabía que estaría agotada, pero no podía retrasar esa charla. La necesitaba para tener mi mente en paz.
Entré a su habitación. Los recientes recuerdos invadieron mi mente: ella acostada entre las finas sábanas blancas mientras nos movíamos en un ritmo frenético que nos hacía gemir sin parar. Me acerqué a la cama y la miré; dormía pacíficamente.
No quería despertarla, así que me contuve, aunque mi mente parecía carcomerme más y más, mientras le veía respirar profundamente. Fue hasta pasar más o menos una hora que despertó.
—¿Qué haces? —respondió observándome a la cara.
—Kikyou, yo… Debo pedirte perdón por lo que he hecho. —Me tragué mi orgullo—. Lamento haberte quitado la inocencia, lamento haberte usado de esa manera tan carnal para satisfacer mis deseos…
Sonrió. Lo hizo de una manera sensual pero a la vez perversa que no me dejaba claro qué estaba pasando.
—Así que crees que me usaste —sonrió nuevamente—; eres muy iluso, Inuyasha. —Lanzó una mirada aterradora—. Él único que fue usado aquí, fuiste tú.
Me esperaba miles de cosas: cachetadas, patadas, sollozos, insultos y otras cosas. Pero nunca, nunca sospeché semejante actitud. Le di el beneficio de la duda.
—¿Estás bien, cariño? —le toqué la frente para comprobar que no deliraba.
Apartó mi mano de un manotón. Me miró muy seria, para luego contestar:
—¡No me digas cariño! ¡Y… no te atrevas a tocarme nuevamente! —gritó con desdén.
Ok. Anteriormente estaba confundido, pero ahora estaba aterrado. Hace menos de dos horas ambos estábamos desnudos tocándonos como unos adolescente, sedientos del otro. Ahora la chica parecía molesta. Le acarreé a la pérdida de su inocencia, por lo que traté nuevamente.
—Sé que no puedo hacer nada para devolvértela y también sé que fui un idiota; pero no merezco que… —Fui interrumpido.
—Parece que no fui lo suficientemente clara: Tú sólo fuiste un medio para deshacerme de algo que me estorbaba. ¿No lo entiendes? —sus ojos relampaguearon como si estuviese conteniendo las lágrimas.
—¡No, no lo entiendo! ¿Podrías explicármelo? —susurré sarcástico. Estaba harto de tantas estupideces.
—No tengo ganas de hacerlo. Confórmate con saber que no tienes la culpa de nada y mucho menos tienes algún tipo de responsabilidad conmigo —explicó sorprendentemente seria.
Perdí la cordura. ¿Cómo era posible que dijese cosas tan frías después de lo que habíamos pasado? ¿Qué sucedió con la chica dulce que no paraba de sonreír? Di un fuerte puñetazo a la pared que la dejó sorprendida, al igual que a mí. Fue un golpe tremendo que destrozó mis nudillos pero ayudó a liberar la tensión que se contenía en mí.
—Vas a decirme que coño es toda esta mierda —pronuncié cada palabra con un aire de mandato.
Necesitaba dejarle claro mi papel de superior; el papel de captor. Claramente, también debía dejarle claro el de ella; el de cautiva. Pareció asustarse ante mi nueva actitud, pero sus labios permanecían sellados y eso comenzó a inquietarme.
—Habla de una maldita vez, mujer.
—N-necesitaba deshacerme de mi virginidad, por lo que te usé para eliminarla —comenzó con temor, aunque su carácter fue volviendo con cada sílaba que iba pronunciando.
Mi cara, al contrario, se iba desfigurando con cada palabra. ¡Eso era, en definitiva, lo más idiota que hubiese escuchado en la vida!
—¿Me estás diciendo que "necesitabas" entregarle tu inocencia a un hombre? ¡¿Por qué piensas que soy tan estúpido como para comerme semejante estupidez?
—No te metas en mis asuntos, Inuyasha, que nada tienen que ver contigo.
—Has olvidado que eres mi prisionera —resoné para obtener la autoridad que deseaba, aunque con poco éxito—. Vas a decirme que coño es eso de "necesitar perder tu virginidad" —solté—. Y lo harás ahora —hice ademán con las manos para acentuar las palabras que estaba pronunciando.
—No, no lo haré —susurró—. Ya te he dicho que nada tienes que ver en este asunto. Es algo personal de lo que no tengo, y mucho menos debo, conversar contigo. —Estaba decidida en no decirme nada.
La duda era peor que la culpa, o al menos estaban teniendo una feroz competencia; pero sacarle las palabras de la boca estaba resultando un dilema.
Luego de unos minutos reflexivos, en silencio, decidí tomarla por los hombros. La zarandeé, pues necesitaba esa información y, al igual que ella no quería compartirla, yo estaba empeñado en obtenerla.
—¡Habla de una maldita vez! —grité con todas mis fuerzas. Nuevamente, mi poca paciencia estaba saliendo a flote.
Su mirada era de frustración más que de asombro o temor. Quería que confesara todo, que se abriera conmigo como yo lo había hecho con ella. Sin embargo, eso parecía tan imposible en ese instante. ¡Romper esa barrera era aún más difícil que romper la primera!
La observé. Estaba desnuda, cubierta por sólo una pequeña sábana blanca, casi transparente. No pude evitar sentirme atraído nuevamente. Posé mis labios sobre los suyos, esperando, evidentemente, un rechazo. Pero eso no sucedió. Se estremeció bajos mis brazos y respondió a mis caricias con una ferviente pasión.
Olvidé lo que quería saber, también olvidé la culpa que había estado matándome por tanto rato; sólo quería estar con ella. Besar su boca se estaba volviendo una dulce tentación, además de una adicción. Nos besamos hasta que escuché una puerta cerrarse. Supuse que sería la de la entrada y que el culpable de la intromisión no era otro que mi camarada.
La miré. Sus labios estaban rojizos por lo chupetones que habíamos compartidos, su pecho subía y bajaba bastante agitado, mientras sus ojos reflejaban deseo. Fue casi una tortura tener que desprenderme de ella.
—Vístete, pues no quiero que Miroku te encuentre así —le mencioné en la entrada de la habitación.
Bajé las escaleras y allí estaba mi amigo.
—Traigo noticias que pueden perturbarte —comentó con aire serio.
—¿Estás bromeando? —pregunté al dudar su actitud— ¿Tantos problemas para colocarnos el agua? —Mi tono de irritación salió a flote.
—¡Quisiera yo que fuese eso! —exclamó—. Lo que tengo que contarte es algo completamente diferente a lo del problema del agua. Por cierto, eso ya está solucionado —añadió.
—¡Dilo de una vez!
Se acercó a mí y me susurró al oído que debíamos hablar del tema en un lugar donde nuestra huésped no pudiera escucharnos. Eso me sorprendió, aunque me hacía imaginarme lo que mi amigo quería compartirme.
—¿La dejaremos sola?
—Tú mismo has afirmado que es imposible escapar de aquí —me recordó.
No quería dejarla, pero no me quedó otra opción. Caminamos alrededor de quinientos metros o así. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos me fijé que estábamos internados en un pequeño bosque trasero. Los árboles daban un aspecto tétrico al lugar, pero confiábamos en que sería perfecto para que la chica no nos siguiera. Las nubes comenzaron a juntarse en el cielo, formando un color grisáceo que hacía aún peor el ambiente.
—Rápido. No quiero que vaya a llover y todavía estemos aquí.
Mi amigo me miró fijamente, dándome a entender que no sabía por dónde comenzar. Traía en sus manos un sobre amarillo, el que, por cierto, estaba apretando extrañamente ansioso.
—Sabes perfectamente como soy, por lo que decidí investigar acerca de la Señorita Takeda —empezó por fin— y… lo hice. Entré en un cyber e hice una fuerte investigación de los Takeda´s
—¡Ajá! —comenté para darle entender que siguiera.
—Ciertamente, la señorita Kikyo Takeda existe. Es una mujer de ojos marrones y cabello normalmente largo de un fuerte color negro.
—Eso se adecúa a la chica que tenemos prisionera.
Me miró por un momento algo pensativo. Me extrañó en demasía el verlo nervioso. Ese no era su comportamiento habitual y nadie mejor que yo para diferenciarlo.
—Sí, es verdad. Aún así, no pude conseguir ninguna foto que pudiese corroborar que, en efecto, ella es la misma mujer de la que hablamos —sonrió—. También investigué las empresas del padre. Las compañías Takeda´s son una especie de administradoras que llevan el control de varias zonas comerciales en la ciudad de New York y sus alrededores.
—Eso suena poco productivo —mi tono reflejó molestia.
—Y lo es. Parece que el gran empresario las usa como una tapadera para sus verdaderos negocios. Nadie sabe qué tipo de negocios, pero la gente murmura que son bastante turbios.
—Eso es muy conveniente para nosotros —expresé en tono sarcástico.
—Aún no sabes la mejor parte, amigo mío, y aguanta, porque vengo con todo.
No podía con tanta incertidumbre junta. Primero la chica y ahora mi amigo… ¿acaso se habían puesto de acuerdo para torturarme el mismo día?
—Mira esta foto. —Sacó del extraño sobre una fotografía impresa en una hoja tamaño carta.
—¿Qué es esto? —murmuré mientras tomaba en mis manos aquella foto.
—La encontré en internet. Fue en una donación que hizo hace poco.
En la imagen se observaba a un hombre de mediana edad; tal vez cuarenta años o un poco más. A su lado otro de aproximadamente la misma edad. Estrechaban sus manos mientras ambos sonreían. Se notaba lo forzado de la situación.
—El hombre de la derecha es Onigumo Takeda —señaló Miroku.
Su porte dejaba en claro que era un hombre imponente, muy lejos de mi realidad. Sus ojos, de color chocolate, expresaban algo que te hacía sentir temor. Era de contextura delgada, pero parecía ser muy alto. Su cabello era tan negro como la misma noche sin luna y su rostro era la viva imagen de la codicia.
—No puedes negar que se parece mucho a Kikyou —señalé al hacer una comparación.
—No es eso lo que quiero que veas, Inuyasha —pronunció quedadamente—. Fíjate en su mano izquierda. —hizo ademán con las cejas para que me fijara en la zona.
Bajé la mirada hasta su mano, esa que estaba estrechando con el otro hombre, y no podía creer lo que mis ojos veían. Allí se encontraba una cicatriz proveniente de una quemadura. Lo peor del caso es que la reconocí; la había visto en alguna parte y ya sabía dónde.
Sudé como nunca lo había hecho. Miré a mi compañero con dudas y él hizo lo mismo.
—¿No me dirás que crees que él es…? —pregunté, aunque no quería conocer su respuesta.
—Sí, Inuyasha. Esa cicatriz es única —aseguró igual de nervioso—. Ese hombre, Onigumo Takeda, es el mismísimo Naraku.
Continuará.
Estoy feliz. Primero, saqué 100/100 en mi examen de matemática III. Segundo, la inspiración llegó como nunca y pude escribir el capítulo rápidamente. También me llegaron MP´s que subieron mi ánimo como escritora. ¡Gracias a esas personas por ser tan amables ;D!.
¿Qué les pareció el capítulo? Traté de hacerlo interesante. Bueno, el lemon del capi anterior, y aunque no parezca, es el primero que escribo. Sorry si pareció aburrido o poco emocionante, pero lo mío, en definitiva, es la lectura.
¿Reviews? xDD
