Capítulo 4: En la enfermería. Tercera parte: Nuevas noticias, ¿buenas o malas?

Era un día común y corriente en la escuela Hogwarts de Magia y Hechicería: el sol brillaba, las aves cantaban y Hagrid alimentaba a los thestrals con grandes trozos de carne cruda; el calamar gigante estaba en la orilla del Lago Negro descansando bajo el sol y el Sauce Boxeador espantaba a cualquier ave que osara posarse en sus ramas.

Sí, era un día como cualquier otro en esta peculiar pero prestigiosa escuela. Y, como era domingo, se podía sentir un ambiente de paz y tranquilidad en todos los terrenos y en el castillo; absolutamente todo estaba en calma hasta que…

- ¡REMUS, DEVUÉLVEME MI REVISTA EN ESTE MOMENTO!

Ese fue el grito que se escuchó en la Sala Común de la Torre de Gryffindor, dicho nada más y nada menos que por uno de los integrantes del conocido grupo de los Merodeadores: Sirius Black. De inmediato, los estudiantes que se encontraban allí voltearon sus cabezas para observar la discusión que había roto la tranquilidad del castillo.

- No, no hasta que me devuelvas el chocolate que me quitaste -replicó Remus.

- Antes dame la revista, tú me la quitaste primero.

- Y te la quité con razón, si hubieras dejado de hacer ruidos cuando te lo pedí…

- ¡No es mi culpa que hayas decidido leer ese tonto libro mientras yo leía mi revista! -gritó el ojigris molesto.

- ¡Tampoco es culpa mía que no seas lo suficientemente maduro como para saber comportarte civilizadamente! -comenzando a molestarse.

- Miren todos, hablo el Señor Responsabilidad -se burló Sirius con acidez.

- Bueno, pues prefiero ser responsable y aburrido a ser un ególatra egoísta -el castaño podía tener mucha paciencia, pero no estaba dispuesto a aguantar los caprichos de Sirius.

La mayoría de los alumnos, en especial los de los años superiores que ya estaban acostumbrados a este tipo de discusiones por parte de ese par, continuaron con lo que estaban haciendo antes del grito.

Otros curiosos continuaron observando, esperando que alguna otra cosa sucediera; y estas personas no estaban tan equivocadas por pensar eso…

Pero antes de que este par armen un escándalo de proporciones apocalípticas, seguro que ustedes, mis queridos lectores, querrán saber qué fue lo que causó la pelea ¿verdad?

Bueno, como ustedes ya se podrán imaginar, el que provocó todo esto fue nuestro ojigris preferido: Sirius Black.

Resulta que el rebelde animago se encontraba con dos de sus mejores amigos en la sala común. Remus leía un libro de Runas Antiguas mientras mordisqueaba una barra de chocolate de Honeydukes, Peter escribía concentrado en su pergamino para después releerlo y tachar con la pluma varios de los párrafos; y el pelinegro antes mencionado estaba replantigado en el sillón hojeando una revista muggle de lo que parecían ser motos, de vez en cuando lanzando exclamaciones de asombro y frases de interés.

Remus, que trataba por todos los medios de concentrarse en su lectura, le había pedido ya varias veces a Sirius que intentara controlarse. Este se mantenía en silencio por unos minutos, pero luego, olvidándose de los demás, volvía a demostrar su admiración por las motos. Como podrán imaginar, cada vez que pasaba esto el ojimiel se llenaba de paciencia y volvía a pedirle a su amigo que se callara; pero nadie, por muy bueno que sea, tiene una paciencia infinita. Consecuencia: la paciencia de Remus se acababa con cada interrupción y su carácter de lobo estaba saliendo a flote, lo cual significaba problemas para Sirius…

De un momento a otro, se escuchó un ruido de hojas plásticas arrugadas seguido por un gritito de indignación. Apenas un segundo después se escuchó otro ruido, y entonces empezaron los gritos.

Remus al fin se había cansado y le había arrebatado la revista a Sirius, y el ojigris, luego de que se le pasara la sorpresa, le quitó la barra de chocolate de las manos en venganza…

Muy bien, ahora que ya están enterados de por qué el siempre tranquilo Lupin se comportó de esa manera con el siempre alborotador Black, podemos continuar con nuestra narración:

Mientras Sirius respiraba agitadamente por la ira, Remus decidió darle una hojeada a la revista que aún tenía en sus manos. Y cuál sería su sorpresa cuando, al pasar las páginas, encontró varias imágenes de chicas con ropa muy provocativa al lado de las distintas motos. Sus ojos se abrieron como platos al ver a todas esas modelos muggles que no tenían de que quejarse con la naturaleza, aunque quién sabe si fueran realmente naturales.

- Remus, devuélveme mi revista. -dijo Sirius tras estar algunos segundos tratando de controlarse. No había tenido mucho éxito, su voz sonaba forzada debido a la ira reprimida.

Él no le contestó, simplemente continuó pasando las hojas de la revista.

- Remus… -siseó esta vez Sirius con un tono peligroso.

- Bueno, ahora ya sé por qué estabas tan concentrado. -respondió él con tono burlón mientras señalaba con el dedo a una de las chicas de la revista, y esa fue la gota que derramó el vaso.

En el preciso instante en que Sirius se lanzaba contra Remus para arrebatarle la revista, el hueco del retrato se abría dando paso a James Potter que regresaba de un castigo de la profesora McGonnagall.

Era perfectamente entendible que, después de pasar tres horas limpiando excremento de lechuza por el simple hecho de haber dejado colgando en medio del Gran Comedor a unos cuántos alumnos de Slytherin, lo único que James deseara fuera tumbarse en una butaca frente a la chimenea y pasar un buen rato con sus amigos. Es por eso que, apenas vio a dos de sus amigos peleándose por quién sabe qué, se desordenó el cabello y soltó un suspiro de resignación.

- ¿Se puede saber qué diablos pasa con ustedes dos? -preguntó en voz alta a la vez que avanzaba hacia ellos por entre la gente que se había agrupado para ver la pelea. Llegó junto a ellos y vio a ambos con la ropa salida de su lugar y los cabellos alborotados- Lo mínimo que espero encontrar al regresar de limpiar el suelo de la lechuzería es un poco de paz y tranquilidad, pero no, llego y lo primero que encuentro son a un par de tontos peleándose.

- Tonta será tu abuela -masculló por lo bajo Sirius.

- ¿Qué le habrás hecho a este inofensivo cachorrito para que se te tire encima, eh Lunático? -continuó pasando su brazo por sobre los hombros del ojimiel. Al ver el magullado dulce aún entre las manos de su otro amigo pareció entender algo-. Oh, ya veo, se metió con tu chocolate. Muy mal, Canuto, sabes que ese es terreno sagrado para nuestro prefecto perfecto.

- Inmediatamente después de sus libros, sus deberes como prefecto, y… oh sí: sus planes para conquistar el mundo, con chocolate -dijo Sirius con sorna, dando así por terminada la pelea. James negó con la cabeza, sus amigos nunca cambiarían, pero por esa razón los quería tanto.

Pasaron el resto de la tarde en medio de bromas y algunos reproches por parte de Remus, más tranquilo ahora que tenía su chocolate de vuelta.

James se dejó caer en una butaca junto a sus amigos dispuesto a tener aunque sea unos minutos de descanso, en momentos así deseaba más que nunca estar solo, pero luego se decía a sí mismo que no sería nada sin sus amigos; por más que ellos no lo supieran.

Luego de un rato, Sirius sacó una bengala (quién sabe de dónde) y se puso a jugar con ella mientras el pequeño Pet trataba de terminar lo que parecía una redacción. De repente el pirotécnico se encendió por su cuenta y voló por toda la Sala Común, causando gritos de miedo por parte de los de primer año y miradas de expectación de los mayores. Segundos después, la bengala caía sobre el trabajo que tanto esfuerzo le había costado a Peter, el cual comenzó a arder hasta reducirse a cenizas.

James observó divertido desde su asiento como su pequeño amigo miraba atónito los restos de su redacción mientras Remus le lanzaba una mirada de reproche a Sirius. Luego, como salido de un trance, Colagusano se levantó de un salto y comenzó a perseguir a Sirius por toda la Sala Común mientras éste se reía esquivando al pequeño merodeador. Debido a su torpeza, Peter tropezaba a cada rato con todas las butacas y sillones, ocasionando las risas de los presentes.

James solo se recostó contra el respaldar y sonrió. Si alguien le preguntara que cosa no cambiaría jamás en su vida, él respondería que sus amigos. Podía pasarse toda la vida riendo por las tonterías de Canuto y ayudando a Peter en cada trabajo, tarea o examen que tuviera; inclusive, y con todo gusto, corriendo transformado en ciervo cada luna llena de lo que le quedara de vida al lado de Lunático. Fácilmente se podía imaginar de viejo teniendo siempre al lado a sus tres mejores amigos, y si a ese futuro le agregaba la idea de ser el marido de Lily Evans, podría considerarse el hombre más feliz y afortunado del mundo.

Se acomodó más cómodamente en su butaca y cerró los ojos, sintiéndose totalmente en paz y ansiando alejarse de todo y de todos por un momento…

- ¡James! ¡James! -el pelinegro escuchó una voz que los llamaba, una voz que se escuchaba cada vez más clara en su adormilado cerebro. Trató de ignorarla, pero el sueño ya se había alejado de él. Contra su voluntad abrió los ojos y se encontró con una alterada Alice que corría hacia él gritando su nombre sin parar.

- ¡James! -volvió a decir casi sin aliento cuando llegó frente a él, y sin siquiera detenerse a tomar aliento, comenzó a tirar de su brazo intentando que se levantara y la siguiera.

- Cálmate, Alice. ¿Qué es lo que sucede? -preguntó preocupado, tratando de que su nueva amiga se tranquilizara lo suficiente para hablar.

- Es Lily -consiguió decir un poco más tranquila, pero aún agitada por la carrera. El cuerpo de James se tensó, ansiando por alguna buena noticia-. Al fin ha despertado, pero no me dejaron entrar a la enfermería a verla.

Antes incluso de que Alice terminara de hablar, James ya había salido corriendo por el retrato de la Dama Gorda hacia la enfermería. Con un gruñido de cansancio Alice salió tras de él, siendo seguida por unos muy confundidos Remus, Sirius y Peter.

Se encontraban todos sentados en una sala oscura y fría, a pesar del fuego que crepitaba en la chimenea. Todos los presentes vestían largas túnicas negras, túnicas que impedían determinar si el que las vestía era hombre o mujer. Había alrededor de diez personas en el lugar, repartidos en los distintos sillones que allí había.

Algunos de los presentes llevaban puestas unas mascaras con apariencia de calavera negra, que cubrían sus rostros en su totalidad, pero la mayoría de ellos se las habían quitado y las mantenían a su lado o encima de su regazo, sin ninguna intención de ponérselas pronto. Nadie hablaba, no se habían dirigido la palabra desde que, uno a uno, empezaron a llegar a la habitación. Cada uno de ellos destilaba hostilidad, no había ninguna señal de que entre ellos hubiera algún tipo de relación medianamente cordial. La habitación estaba en silencio, se notaba la ansiedad que desprendía de todos ellos. Todos parecían estar a la espera de algo, impacientes y nerviosos.

Tres personas más entraron a la habitación, sentándose en sillones bastante separados entre ellos. Segundos después, las llamas crepitaron más fuertemente y se volvieron de color verde. Una figura alta se materializó de entre las llamas, y Lord Voldemort entró en la sala.

Todos los presentes se levantaron de sus asientos e hicieron una reverencia. Los rojos ojos de su líder refulgían con molestia, pero su expresión se mantenía tranquila. Avanzó hasta el otro lado de la habitación y se sentó en la silla dispuesta para él. Sus mortífagos volvieron a sentarse, mirándolo expectantes. Había convocado esa reunión sin decirles por qué, pero ahora iban a saber el motivo. A Lord Voldemort no le gustaba la desobediencia, y no le gustaban los cabos sueltos. Esperaba lealtad, y una total eficiencia por parte de sus seguidores. Y a todos ellos que fallaran, mejor que no esperaran misericordia de su parte.

- Lucius, Bella, acérquense.

Dos de los tres últimos en llegar se levantaron de sus asientos. Cuando llegaron frente a él, se postraron de rodillas a sus pies, quitándose sus máscaras y agachando la cabeza.

- Me siento… decepcionado… realmente decepcionado de ustedes dos -comenzó, su voz calmada, pero ese peligroso brillo aún se mantenía en sus ojos- Les mando hacer un trabajo simple, que no requiere ni del mínimo esfuerzo mental, y ustedes simplemente van y lo arruinan.

Ninguno de los dos se movió, ni tampoco los demás presentes. Así como cuando estas frente a una serpiente venenosa evitas moverte para no llamar su atención, nadie quería provocar la ira de su Señor. Y esa comparación nunca había sido tan acertada.

- El encargo ni siquiera era una misión en sí -continuó Lord Voldemort-. Lo único que tenían que hacer era comunicar mi mensaje a la gente del castillo que es fiel a mí sin llamar la atención de ese molesto anciano defensor de los muggles, nada complicado, y sin embargo, ¡van y lo echan todo a perder!

Esa pequeña explosión por su parte causó que un estremecimiento recorriera al grupo por completo. Sabían que habría un castigo por el error. Sabían que sería un castigo que recordarían para siempre.

- No entiendo cómo permitieron que alguien los escuchara. Y no cualquier persona, sino que los escuchó nada menos que una sangre sucia, una impura que se supone no posee la capacidad de enfrentarse a gente como nosotros. Una inmunda se enfrentó a ustedes, que tienen su sangre pura, y no hicieron nada al respecto. Y lo peor de todo, la chica sobrevivió, ¿se dan cuenta de lo que eso significa, inútiles?

Nadie habló, hasta ahora el único que había pronunciado alguna palabra había sido el Señor Oscuro, pero eso estaba a punto de cambiar.

- ¿No contestan? Parece que tendremos que aplicar otras medidas, entonces.

Antes de que cualquiera de ellos pudiera reaccionar, un rayo rojo les impactó con tanta fuerza que los hizo retorcerse en el suelo de dolor. La sonrisa en el pálido rostro de Voldemort era cruel, disfrutaba al ver a otros sufrir, disfrutaba castigando a aquellos que osaban desobedecerlo. Era necesario que lo respetaran, pero si eso no era posible, por lo menos haría que lo temieran.

- No son lo suficientemente fuertes como para resistir a una maldición, no me sorprende que no hayan podido con la mocosa, al fin y al cabo. Son una vergüenza, tal vez debería considerar reclutar a personas más competentes para que sean parte de mis mortífagos. No estoy contento con la basura inservible.

Por fin, dejó de apuntarlos con su varita y los alaridos cesaron.

- Apártense de mi vista ahora, si no quieren ver que es lo que realmente soy capaz de hacer con ustedes -luego de caminaran hasta sentarse de vuelta en los sillones, su expresión se calmó, pero aún seguía pareciendo muy peligrosa.

- Tú, ven acá.

La tercera persona encapuchada que llegó junto a los recién castigados se levantó de su asiento y se apresuró hacia él, postrándose a sus pies. Todos se preguntaban si también él, porque era un "él", iba a recibir un castigo y por qué no había sido llamado junto con los otros.

- ¿Cómo te llamas?

- Severus, señor, Severus Snape.

- Tengo entendido que fuiste tú el que lanzó la maldición final a la chica, la maldición que le hizo perder el conocimiento y le infligió las heridas más graves. ¿Estoy en lo cierto?

- Sí señor, un Sectumsempra.

- Jamás había escuchado sobre esa maldición en mi vida.

- Es una maldición de mi invención, Señor.

- Así que de tu invención, eh. Levántate. Tienes talento muchacho, mucho talento, me serás muy útil en el futuro. Me ha sido informado que eras amigo de esa sangre sucia en el pasado, pero ahora has recapacitado y comprendes que el poder nos pertenece a nosotros, a aquellos que permanecemos puros a pesar del tiempo y la contaminación que hemos sufrido por aquellos lo suficientemente estúpidos como para mezclarse con muggles. Es nuestro derecho gobernar, somos lo mejor de la raza mágica, solo debemos reclamar ese derecho y entonces llevaremos al mundo mágico a una nueva era. Una era en donde los muggles y los sangre-sucias serán nuestros esclavos y el mundo mágico será el único mundo en la Tierra.

Lord Voldemort sonrió mientras la sala se llenaba de aplausos y exclamaciones tras sus palabras. Era necesario mantener a sus mortífagos motivados, darles motivos por los que luchar. Como buenos Slytherins que eran, en su mayoría, la simple idea de alcanzar poder y gloria los convencía. Otros eran más difíciles de convencer, pero el siempre había sido bastante persuasivo cuando se lo proponía. Estaba totalmente convencido de lograr su objetivo, y estaba dispuesto a destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino hacia él. Nadie iba a arruinar sus planes, y menos esa mocosa de dieciséis años.

Estaba echada en su cama, plácidamente dormida. Había tenido un sueño muy extraño, no podía recordar muy bien de que trataba pero decidió simplemente olvidarlo. Se encontraba tan tranquila que no quería despertar, tenía el presentimiento de que, si lo hacía, algo malo iba a suceder, aunque no estaba muy segura del qué. Para no hacerse problemas, mejor se quedaba acostada un rato más. Al fin y al cabo, su madre aún no la llamaba para que bajara a desayunar.

Cuando giró a su otro costado, una molesta luz le dio directo en los ojos, haciendo que frunciera el ceño. Estaba segura de haber cerrado las cortinas de su cuarto antes de irse a la cama, tal vez Tuney se las había abierto para fastidiarla un rato. Dispuesta a quedarse en su cama un rato más, decidió pararse a cerrar las cortinas. Tal vez podría incluso quedarse dormida de nuevo y hasta podría soñar algo.

Se echó sobre su espalda para que la luz no la cegara y abrió sus ojos con pereza. Se los restregó con los puños cerrados para quitarse las legañas y se encontró mirando directamente al techo de su habitación. Solo que ese no era el techo de su habitación.

Confundida, volteó a mirar hacia donde se suponía debía estar su mesita de noche y se encontró con una mesita, sí, pero encima de ella habían un montón de frascos con líquidos desconocidos de varios colores y una lámpara de gas con la mecha apagada.

Ésa no era su habitación, y estaba comenzando a ponerse nerviosa, sobre todo cuando vio que no llevaba puesto su usual camisón y en su lugar tenía una bata de hospital. Se incorporó rápidamente en la cama, lo que le causó una punzada de dolor en la cabeza. Cuando levantó su brazo para sostenerla, se dio cuenta de que tenía un vendaje envuelto alrededor. Alarmada, revisó el resto de su cuerpo, encontrando varios moretones y heridas cicatrizadas. ¿Cómo y cuándo se había hecho todo eso?

Un sonido extraño, mitad alarido de dolor, mitad de incredulidad salió de su garganta. Inmediatamente después, una puerta se abrió y una mujer vestida en una túnica blanca y con una cofia en la cabeza se dirigió rápidamente hacia ella.

- ¡Señorita Evans! ¿Qué hace levantada?

La hizo sentarse otra vez en la camilla y midió su pulso. Luego, comenzó a revisarla con extraños instrumentos que se encontraban en la mesita a su costado. Cuando finalmente pareció decidir que estaba bien la dejó recostarse otra vez.

- ¿Cómo se encuentra, querida? -le preguntó amablemente.

- Estoy bien, solo un poco confundida. Disculpe, ¿dónde estamos?

- En Hogwarts, por supuesto, ¿dónde más íbamos a estar, señorita Evans?

- ¿Quién es usted? ¿Cómo sabe mi nombre?

La enfermera, porque era obvio que era una enfermera, la quedó mirando de una forma extraña y algo calculadora. Luego, comenzó a avanzar hacia la puerta de donde había salido antes.

- Espere un momento, y no se mueva, por favor -dijo antes de cerrar la puerta, desapareciendo en la habitación.

La cabeza de Lily no podía dar más vueltas, se sentía muy confundida y estaba comenzando a marearse. No entendía nada de lo que estaba pasando. ¿Cómo se había hecho esas heridas? ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué la había mirado de esa forma tan extraña antes de irse? Esas y muchas preguntas más no paraban de rondar por su mente, aumentando su dolor de cabeza. Cuando estaba empezando a sentir punzadas en la frente, la enfermera salió de lo que parecía ser su despacho con una mirada seria.

- El director está de camino, le gustaría tener unas palabras con usted.

- ¿El director? ¿Me puede decir que es todo lo que está pasando?

- Yo no puedo decirle nada, el director se encargará de explicarle todo en un momento.

Luego, se puso a ordenar algunos frascos colocados en un estante cerca de allí y no volvió a dirigirle la palabra ni volteó a mirarla ni una sola vez. Lily estaba empezando a pensar que era una mujer sumamente grosera.

Finalmente, las grandes puertas de madera que estaban del otro lado de la enfermería se abrieron y por ellas entró el que debía ser el director. Era un hombre muy extraño, con el cabello y la barba tan largos que le llegaban por debajo de la cintura, vestido con una túnica morada decorada con estrellas diminutas y con unas gafas de media luna sobre el puente de su nariz.

Se acercó hacia ella con una sonrisa amable, transmitiéndole seguridad.

- Veo que por fin ha despertado, señorita Evans. Poppy, ¿podrías dejarnos a solas un momento, por favor?

Con una última mirada extraña dirigida hacia ella, la mujer que aparentemente se llamaba Poppy entró en su despacho nuevamente y cerró la puerta tras de ella.

- Muy bien, ahora que estamos solos podremos charlar más a gusto -y diciendo esto, el director sacó de uno de sus bolsillos un palo alargado de madera (asumió que era una varita) y conjuró una silla en la que se sentó junto a ella.

- Disculpe señor, no pretendo ser grosera, pero, ¿quién es usted?

- Tan amable como siempre, señorita Evans, parece que no perderá esa característica pase lo que pase -le dijo con una sonrisa-. Permítame presentarme. Mi nombre es Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore, director del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, en cuya enfermería se encuentra usted en este momento, debo añadir.

- ¿Y por qué estoy en la enfermería, señor? ¿Cómo me hice todas estas heridas?

El director simplemente se la quedó mirando unos segundos, con una mirada tan penetrante que parecía poder leer todos sus pensamientos, antes de soltar un pequeño suspiro y acomodarse los lentes sobre el puente de la nariz.

- El asunto es, señorita Evans, que nadie más que usted puede decirnos exactamente lo que sucedió. Bueno, evidentemente, sin contar a las personas que le hicieron eso.

Un sentimiento de horror comenzó a crecer en el interior de Lily cuando comprendió la realidad de las palabras del profesor. Sintió cómo la sangre huía de su rostro y tuvo una sensación de frio que nada tenía que ver con la temperatura de la enfermería.

- ¿Quiere decir que fui, atacada? Pero, ¿por qué?

- No lo sabemos con exactitud, solo podemos hacer simples conjeturas.

- Pero no entiendo yo… yo no recuerdo nada.

- Lo sé, Madame Pomfrey me comentó algo de eso en su mensaje. Pero no debemos sorprendernos tanto, de todas formas, fue una herida bastante fea la que tenía en la cabeza.

Como un acto reflejo, su mano salió disparada hacia la venda que cubría su cabeza. Esta vez ya no sintió dolor, la herida debía haberse cerrado, lo cual la sorprendió ya que habían pasado solo unos pocos minutos desde que se había despertado. Supuso que debía ser obra de la magia.

- Es un órgano muy extraño, el cerebro -dijo el director-, extraño e impredecible. Nunca sabes cómo funciona en realidad, y nunca tienes idea de cómo se recuperará de algunas heridas.

- ¿Podré…? ¿seré capaz de recordar algo?

- Con el tiempo, esperemos que sí, pero no se preocupe, mientras tanto puede estar segura de que nos haremos cargo de que nada le pase.

Lily solo pudo asentir para indicar que lo habría entendido, tan perdida en sus pensamientos estaba que no pudo hacer más.

- ¿Profesor? -Dumbledore la observó, animándola a continuar- ¿Qué saben los demás estudiantes sobe esto?

- Bueno señorita Evans, me gustaría decirle que nadie sabe lo que le pasó, pero le estaría mintiendo. Un alumno se encontraba en la enfermería la noche en que la atacaron y nos escuchó hablar sobre usted. Como era de esperarse, el rumor no tardó en llegar al resto de la escuela.

- ¿Y eso no me pone en peligro, señor?

- Debo asegurarle que cuenta con toda la vigilancia y seguridad posible, señorita Evans. Hay muy pocas posibilidades de que le ocurra algo y no lo sepamos.

En el preciso momento en que Lily iba a responder diciendo que era imposible mantenerla vigilada las 24 horas del día, las puertas dobles de la enfermería se abrieron con gran estrépito y un chico de cabellos negros desordenados y lentes cuadrados entró en la habitación. Cuando sus ojos la encontraron se detuvo sorprendido, tan impactado como si hubiera visto a un fantasma.

- Lily… -eso fue lo único que pudo escucharlo susurrar antes de que dos chicos más seguidos por una chica entraran a la enfermería y se detuvieran junto a él. Cuando la vieron, sin embargo, sus reacciones fueron muy parecidas al del primer chico, como si su propia presencia fuera algo imposible o fuera de lo normal.

¿Quiénes eran aquellas personas?

Hola, aquí las dejé con el capítulo 4, ¿qué les pareció? La pelirroja ya despertó al fin y James está que se sube por las paredes de los nervios, ¿no es una ternurita? Además, les he puesto una escena de nuestros adorados mortífagos, y una bien merecida tortura para Lucius y Bella por parte de Voldy (jejejeje), esto recién comienza, así que no se sorprendan si de la nada ocurre algo que no esperaban ni de chiste.

Discúlpenme en serio por haber tardado tanto en actualizar, pero la escuela muggle me tenía consumida con tareas, exámenes y trabajos. Imagínense nomás que mi profesora de Psicología nos dejó como tarea escribir una monografía de 20 páginas y hacer una exposición sobre ella, quedé muerta después de eso.

Para colmo acaban de empezar las olimpiadas en mi colegio así que van a tener que tener un poquito de paciencia para el quinto capítulo. La inspiración no ha sido mi fiel compañera en este tiempo, pero ya volvió, así que pienso pasarme escribiendo todo lo posible antes de que decida tomarse otras vacaciones sorpresa.

No se preocupen, pienso continuar y terminar esta historia, he estado pensando en ella por lo menos un años, así que ya la tengo estructurada en mi cabeza, solo me queda escribirla y publicarla. Tengan confianza en ese aspecto.

Como siempre mil gracias a Charlotte que siempre está allí para animarme con sus comentarios, al igual que daniginny, son las mejores lectoras que uno podría desear.

Un saludo del tamaño de Madame Olympe para StefaniaPotter que se ha unido a esta loca idea y me dejó un comentario precioso en el anterior cap. Tus historias son geniales Stef, es un honor que estés leyendo una de las mías. Ahí está lo que querías, Lily ya despertó y en el siguiente veremos su reacción ante la atención que recibe de James.

Sin más, me despido de ustedes y les deseo una buena noche, tarde o día (en mi país son casi las 12 de la noche) y que los merodeadores siempre estén en sus pensamientos.

¡Hasta el siguiente capítulo!

Mafer (sip, ese es mi nombre)