Cap. 7 ¿Por qué?
-¡Homura-chan! ¡Madoka! – repetía Sayaka mientras golpeaba la puerta del pequeño departamento de la primera. –No contestan –informó preocupada a Mami y Kyoko cuando la alcanzaron.
-Abriré–dijo Kyoko, echó una pierna para atrás y tomando impulso pateó con fuerza la puerta, la cual cedió. El departamento estaba a oscuras, las cortinas estaban corridas, la televisión mostraba su programación a un público ausente y restos de la comida de la noche anterior empezaban a oler mal. –Creo que no están… -tomó una manzana a medio comer y mordió el lado que todavía tenía la cáscara.
-¡Madoka! –Sayaka corrió al cuarto y se asomó. –No está…
-Esto es sospechoso… -dijo Mami.
-¿Estarán bien?
-Sí… si hubiera pasado algo nos hubieran llamado.
-¡Encontré la ropa de Madoka!
Mami y Kyoko alcanzaron a Sayaka, efectivamente tenía la ropa de Madoka entre sus manos, se miraron confundidas ¿Qué significaba todo eso? Kyubey saltó a la cama de Homura y movió alegre su cola mientras las observaba, deseaba saber cuánto tardarían en darse cuenta de lo que ocurría. Las tres empezaron a revisar todo el lugar por completo, buscando pistas de lo que probablemente sucedía pero nada era claro. Mami fue la primera en darse cuenta de algo, el closet de Homura estaba falto de ropa, si acaso había ropa para dos días y en una esquina de la habitación había una cajita de madera, sin la tapadera, regando su contenido en la alfombra. Esculcó las cosillas, eran cintas de cabello, fotografías, cartas, recetas médicas y varios pares de anteojos.
-¿Sabemos algo de Akemi? –tomó las cartas y fotografías, se sentó en la cama a verlas con más detenimiento.
-Sabemos que la transfirieron –contestó Sayaka.
-No sabemos mucho de ella –Kyoko se paró a lado de su novia y recargó su brazo en su hombro, veía a Mami con interés.
-Tiene problemas del corazón al parecer –les pasó una carta de un médico. –Y aunque tiene familia no está viviendo con ellos –les dio una fotografía que resultó ser un retrato familiar: un señor alto y delgado, con lentes iguales a los que Homura tenía guardados, gesto serio y porte elegante parado junto a una mujer delgada y sofisticada, con sonrisa un tanto prepotente y unos ojos penetrantes, en medio de ellos estaba Akemi, sentada con el rostro tímido, las trenzas colgando a los lados de su cuello, cayendo con gracia sobre el vestido negro.
-Parece de buena familia –comentó Kyoko, mirando pensativa la fotografía. Sayaka leí las cartas.
-Creo que son de su madre –concluyó.
-Si Madoka y Homura fueron a algún lado… pudo ser a casa de la familia de Homura… -dijo Mami, se levantó y tomó una de las cartas. –Aquí tenemos que ir –señaló la dirección.
Se organizaron y en cuanto tuvieron una vaga idea de cómo llegar a ese lugar partieron en su búsqueda. Fue un largo viaje en autobús y luego caminar por largas cuadras llenas de casas grandes con jardines arreglados, carros estacionados y caminos llenos de piedras decorativas. La casa que encontraron perteneciente a esa dirección se veía acabada, como si llevara tiempo sin recibir visita de nadie. No sabían si se habían equivocado o si Homura les había dejado una pista falsa.
-¿Estás contenta? –dijo una vocecita quebrada en algún lugar fuera del mundo. -¿Estás feliz?
-Sí… Estoy ganando –respondió lanzando su larga melena sobre su hombro. –Mi hija… tu hija… nuestras hijas… -acarició la piel de su mejilla con sus uñas.
-Las estás matando –de una manotazo la alejó. –Merecen ser felices… -susurró.
Homura permaneció en silencio unos segundos, con su mirada paseándose en el afligido rostro de su amada Madoka. Extendió con fuerza sus oscuras alas en un movimiento fuerte, con furia. -¡Yo también! Siempre ganas tú… siempre tú… -sus ojos se llenaron de lágrimas. –Mi diosa… la diosa de la Tierra… la diosa de la bondad, siempre ganando…
-Homura –chan… Lo bueno siempre ha sido lo mejor…
-Tú vives por mí, vives por mi amor… -merezco ganar. -¡Homura tiene que ganar! –bajó a toda velocidad a tierra firme. Tras ella iba Madoka, impulsándose con las alas lo más que podía.
-¡Homura-chan! –descubrió pronto su objetivo: las chicas que buscaban a las desaparecidas. -¡Detente! –se acercaban a ellas quienes estaban tranquilas platicando dentro de un autobús.
Homura se preparó para materializarse, iba a derribarlas, le estorbaban, pero de pronto una flecha rozó su mejilla. Frenó en seco y miró tras su hombro para encontrarse la visión de un ángel colocando una nueva flecha en su arco. Pocas veces se había enojado con ella, pocas veces se habían peleado y generalmente esto habría derivado en la necesidad de reiniciar el mundo. Extendió sus alas a todo su largo y las agitó con fuerza, la onda de aire desestabilizó a Madoka y la hizo retroceder. Homura aprovechó su desconcierto para tomarla por el cuello del vestido.
-Detente –dijo entre dientes. –Voy a ganar esta vez –susurró antes de cubrir la distancia entre sus rostros y besarla con fiereza.
Por un momento Madoka se abandonó a sus muestras de amor pero las lejanas risas de las chicas la despertaron. Con un golpe del arco la apartó y le disparó rápidamente una flecha, pero ésta no tocó nada, Homura no estaba. Miró a su alrededor con desesperación y la vio reír mientras volaba hacia un puente, planeaba tirarlo. Madoka extendió sus alas en toda su longitud y se apresuró a alcanzarla. Poco antes de que el demonio tocara el puente, el ángel la alcanzó, rodeó su cintura con un brazo y jaló fuerte de ella hasta hacerla caer de espaldas sobre la dura tierra. Homura soltó un gemido, estaba emocionada y frustrada.
De una patada apartó a su amada de sobre ella y regresó a su labor. Madoka se levantó y se interpuso entre el puente y ella recibiendo un fuerte golpe en la mejilla. Homura la miró sorprendida y asustada, corrió hasta ella; estaba inconsciente. Sus tamaños se redujeron al de dos simples humanas, la besó con ternura. –Esta batalla la ganas… al final ganaré yo… -susurró mientras veía el autobús alejarse.
