Cap. 9 Sacrificio

Un aula de clases, en una escuela vacía, se convirtió en su refugio. Kyoko intentó atender las heridas de Sayaka pero era muy complicado lograr algo si no tenía equipo médico, si lo único que tenía era lo que había en ese salón de clases, su ropa y sus manos. Desesperada, Kyoko no dejaba de hablarle aunque no obtenía respuesta y la sangre que manchaba sus manos también lo hacían con su rostro cuando intentaba eliminar las lágrimas de sus mejillas.

-Sakura… -susurró con debilidad la chica del cabello azul mientras tomaba su mano, sonrió y le limpió una lágrima. –Sakura…

-¿Qué pasó? –preguntó Kyoko, intentando sonreír.

Sayaka no dijo nada, simplemente se incorporó un poco y se acercó a ella, sus narices se rosaban y sus alientos se entremezclaban. –Te amo –susurró y cerró la distancia. Sus labios danzaron lentamente pero cargados de sentimientos, hasta que su cabeza se fue hacia atrás y los cabellos se escurrieron entre los dedos de su amante. Y Kyoko lloró, gritó, preguntando a nadie en particular porqué las cosas tenían que ocurrir así, ahora estaba sola, simplemente sola. O eso creía, hasta que recordó a Madoka, todavía podía rescatarla y lo haría. Con decisión se levantó, se limpió las lágrimas y tomó su arma, un temblor la recorrió de pies a cabeza.

En la antigua casa de su familia, justo donde las chicas habían estado, Homura se encontraba preparando la tina de mármol con agua caliente y sales minerales, un baño relajante y reparador. Dejó que se adecuara y fue a su habitación, con una sonrisa observó al cuerpo que dormía sobre la cama. Pasó sus dedos por el cabello rosado, pasó por la mejilla, el cuello y regresó hasta llegar a los labios. –Una diosa… -susurró antes de depositar un beso en la frente descubierta. Le retiró el camisón azul que le había puesto, cargó el cuerpo desnudo y lo llevó hasta la tina. –Cuidaré de ti, lo haré –susurró una y otra vez mientras enjabonaba el cabello, asegurándose de retirar el exceso de espuma de su rostro. –Siempre y siempre, te cuidaré –canturreó mientras limpiaba todo el cuerpo con minucioso cuidado, con una suave toalla y un jabón perfumado. –Porque te amo, Madoka.

La sacó de la tina, la colocó con cuidado en la alfombra y la vistió. La llevó hasta su cuarto para sentarla en una silla frente al tocador, le cepilló el cabello mientras tarareaba una canción que alguna vez habían cantado juntas, le ató el cabello en dos coletas, maquilló un poco su rostro y acomodó las cintas del vestido. Se alejó unos pasos para ver si obra maestra, frente a ella parecía haber un pequeño ángel dormitando. Su corazón se aceleró y sintió una mezcla de temor, alegría, amor y culpa. –Tengo derecho a retenerla… -susurró.

-No puedes hacerlo por siempre –dijo Kyubey. –Su gema del alma llegará a ella de una forma u otra –saltó a las piernas de Madoka y se acostó.

Homura lo miró inexpresiva, quería darle un balazo justo entre los ojos pero si lo hacía heriría a Madoka. –El Walpurgis se acerca –apartó las cortinas de su ventana, el clima estaba tempestuoso. –Solamente tengo que mantenerla aquí hasta que termine.

-No habrá nada cuando termine.

-Madoka y yo estaremos aquí, lo que le pase al mundo no me importa –se dio media vuelta, cuando de pronto algo llamó su atención, regresó a la ventana para rectificar lo que había visto por el rabillo del ojo: a Kyoko acercándose con decisión a su casa. –Me encontró –dijo con fastidio antes de salir a interceptarla.

En pocos minutos quedaron frente a frente, en silencio, en guardia, sus miradas estaban fijas y encontradas como si mirándose pudieran transferirse sus pensamientos. –Voy a salvarla –dijeron y al mismo tiempo se lanzaron contra la otra. La lanza de Kyoko se estrelló contra el escudo de Homura, justo en el momento en que ésta detenía el tiempo. Se separaron y se prepararon para continuar con sus ataques, Kyoko lanzaba ataques a diestra y siniestra, esquivando con gran agilidad las flechas que Homura le disparaba, sacando todo el coraje que guardaba por la muerte de su amada. La sangre salpicaba la tierra, los alaridos momentáneos llenaban el aire junto con el olor a pólvora y los estadillos de las armas de fuego.

-¡Madoka! –gritó Kyoko en un acto desesperado, estaba muy herida y cansada, su visión fallaba a momentos y una de sus piernas apenas podía mantenerla en pie. Ocurrió lo que esperaba, Akemi volteó y en ese momento ella aprovechó para atravesarla con su lanza, un grito de dolor llegó a sus oídos y sonrió, había ganado. Se dejó caer de rodillas y de pronto escuchó una risita, miró con miedo a la persona frente a ella, su arma no la había herido de gravedad, sus ojos se llenaron de lágrimas. -¡Sayaka! –gritó antes de volver al presente y antes de sentir el golpe seco del escudo de Homura justo en la frente, perdió el conocimiento.

Tambaleándose Homura llegó a la puerta de su casa, Kyubey, la observaba desde el rellano, moviendo alegremente su cola de un lado a otro, con un objeto entre sus patas que ella conocía muy bien. -¿De dónde lo sacaste? –preguntó con la voz temblorosa y antes de que la criatura respondiera algo le disparó justo entre los ojos.

-¿Homura-chan?

Volteó con tal rapidez que cayó al suelo, frente a ella estaba Madoka, su ángel, tallándose un ojo con una mano y observando el cadáver inerte de lo que había sido ese incubador tan molesto. Madoka tomó entre sus manos su gema del alma y la observó confundida, caminó hacia Homura y extendió una mano para ayudarla a levantarse. –No estoy enojada, Homu… Akemi-chan –dijo con una sonrisa gentil. –En un sueño me dijiste todo.

-¿Te lo dije? –susurró, temerosa tomó su mano.

-Que quieres estar conmigo –los vidrios temblaron, a unos pocos kilómetros se formaba la bruja del Walpurgis. –Akemi, también quiero estar contigo –susurró, abrazándola con fuerza. Homura respondió al gesto antes de soltar gruesas lágrimas. –Akemi, ya no quiero que sigas pasando lo mismo una y otra vez… me rindo a ti…

-Madoka… -la besó entre lágrimas y su corazón se agitó al sentir respuesta por parte de ella. Sus mejillas se colorearon de rosado, tomó su gema del alma y cruzó su menique con el de la mano de Madoka que sostenía la suya. –Madoka…

-Lo entiendo.

Se miraron sonrientes, con amor, se tomaron por la mano libre y con fuerza estrellaron sus gemas contra el suelo. Una extraña sensación las invadió, una especie de odio y que, sin embargo, venía lleno de libertad. Sus cuerpos se deformaron hasta convertirse en dos brujas, más majestuosas y poderosas que la que ocasionaba el Walpurgis. La tierra se sacudió, vidrios se estrellaron, estructuras cayeron, los animales huían cuán rápido podían. Y una diosa lloraba mientras veía su creación caer.