El suelo era duro y áspero, estaba acostada en la tierra y el frío empezaba a calarme los huesos, con torpeza traté de levantarme, estaba mareada, mi cuerpo se sentía más ligero, me sentía como si había bajado unas cuantas libras, me apoyé sobre mi codo derecho y me levanté algo aturdida, sacudí mis manos, estaban sucias, parecía como si hubiera estado jugando con tierra. Me acomodé la chaqueta, la observé una vez más, hacia mucho que esta chaqueta había dejado de quedarme, había sido un regalo de mi abuela, pero ahora la traía puesta, eso era extraño. Froté mis ojos para poder ver mejor, no sabía dónde me encontraba, pero sabía que no era mi cama, incluso no estaba en el jardín de mi casa, a mi alrededor había demasiada vegetación, muchos árboles, ¿acaso estaba en el bosque? Pero, qué demonios estaría yo haciendo en el bosque a estas horas y en una noche tan fría. No traté de ponerle mucha importancia, ya demasiadas preguntas se venían a mi cabeza.

Caminé para encontrar el sendero que me llevaría a casa, pero parecía no encontrarlo, froté mis hombros, el frío estaba terrible estábamos a mediados de Enero, el frió te congelaba hasta los huesos en esta época. Mis pies se sentían tan pesados, parecían dos cementos, sentía que no avanzaba nada. Bajé la mirada hacia mis pies, abrí los ojos en sorpresa, esos eran unos zapatos que de igual forma había dejado de usar hacia muchísimo tiempo, recordaba, que aun tenia doce años cuando le dije a mi madre que necesitaba unos nuevos, porque esos no me quedaban mas, sabía que eran los mismos por que parecían unos zapatos de payaso, con agujetas de diferentes colores. Me empecé a inspeccionar, yo, yo me había encogido, toqué mi rostro algo alarmada, mi rostro era pequeño, mis facciones habían cambiado, yo me había encogido.

Mi respiración empezó a agitarse, me sentía asustada no podía ser, yo tenía doce años de nuevo. Un aullido se escuchó a lo lejos, mi corazón saltó del susto, me encorvé asustada tapando mis oídos, ese aullido había removido mi cerebro, mi piel se erizó, y el frió que sentía se empezó a congelar en mi piel, los bellos de mi cuerpo empezaron a encresparse y el ambiente se puso tenso, todo a mi alrededor se congeló en un nanosegundo, era como estar viendo todo en cámara lenta, el aire, las hojas de los arboles, nada se movía, era un circulo congelado, pero yo sabía que venía después de esto.

No, no quería verlo.

Respiré desesperada, una nube blanca empezó a salir de mis labios, con cada respiración se hacía aun más intensa, más espesa.

Agachada, me abracé a mí misma, no quería estar aquí, quería gritar pero no podía reunir el valor para hacerlo, ¿dónde estaba mi madre? ¿dónde estaba mi casa?

Apreté los ojos y los labios, mi cuerpo temblaba como una maraca. Un sonido lento y fluido se escuchó a mí alrededor, todo seguía congelado excepto yo. Abrí los ojos y lentamente alcé la mirada. Allí estaba, parado con una inminencia, dejándome saber que él era algo con lo que nadie se metía, sus ojos grises y profundos, el pelo negro como el carbón, no podía ver su nariz, ni su boca, todo su rostro era oscuro, siniestro, lo único que resaltaba eran sus ojos, y la silueta de su cuerpo. Me observaba detenidamente, sin mover ni un músculo, incomodándome, empecé a temblar con mas intensidad, mi quijada estaba incontrolable, mis dientes chocaban unos con otros, haciendo un ruido que sentía que se escuchaba en todo el bosque. Abrí la boca lentamente para hablarle, aunque sabía que nunca me contestaba, nada perdía en intentar, quería que me dijera qué era lo que siempre buscaba de mi.

—¿Qué-qué-quieres? —le pregunté asustada, mi voz salió en un susurro quebrado. El no me contestó, solo alzó lentamente su mano y me apuntó hacia el pecho. Mi corazón saltó. En su boca empezó a formarse una sonrisa, podía ver una fila de brillantes dientes formarse en una diabólica y siniestra mueca de burla. El era oscuro, eso ya lo sabía, pero nunca me hacía daño, tampoco nunca antes me había señalado, eso me asustaba, siempre que se aparecía ante mí, solo se quedaba observándome. Mis lágrimas empezaron a rodar por mi mejilla, él siempre me asustaba, a pesar de que nunca me tocaba, su sola presencia me desgastaba—. ¿Por favor, dime qué quieres? ¿por qué estás aquí? ¿por qué me asechas de nuevo? —no me contestó.

Él siguió sosteniendo la sonrisa diabólica, sus dientes eran filosos y puntiagudos, escalofriantes. Ladeó la cabeza, todavía sosteniendo esa expresión malévola, empezó acercarse a mí. No quería que me tocara. Pegué un grito cuando sentí su cercanía, alzó la mirada por arriba de mi hombro, y sus ojos se desorbitaron, se hizo unos pasos hacia atrás desesperado, como un animal asustado, hasta que se esfumó enfrente de mí.

Me puse una mano en el pecho algo aliviada, mientras sentía cómo un calor empezaba cobijarme, a llenar mi cuerpo. Sentí una presencia detrás, giré mi rostro para poder ver de quien se trataba, además había ahuyentado a ese ser siniestro.

Una luz me cegó de inmediato, mis ojos empezaron a arder y no pude ver más...

—¡Elena! ¡Elena! —abrí los ojos y me topé con la voz y el rostro de mi madre, abriendo las cortinas, el sol me pegó en la cara haciendo mis ojos arder, me tapé el rostro de nuevo con el cobertor.

—Mamá, ¿qué haces aquí? —pregunté con la voz algo apagada, mi garganta estaba seca, me ardía. El sabor de mi saliva al hablar, me había asqueado.

—Hija, tengo llamándote desde hace quince minutos, al ver que no me respondías subí a despertarte, llegarás tarde a la escuela —sentí el colchón hundirse. Mi madre me destapó lentamente, sus ojos se entrecerraron cuando se toparon con los míos, su ceño se frunció y una línea de duda corrió por su frente—. ¿Te sientes bien cariño? —acarició mi mejilla.

Sonreí mientras tapaba mi boca, apestaba.

—Si mamá, estoy bien, no te preocupes.

—¿Tuviste alguna pesadilla?

—¿Por qué lo preguntas?

—Cuando entré a tu habitación parecías perturbada, como si estuvieras teniendo un mal sueño —me senté en mi cama, y fingí una sonrisa.

—No te preocupes, estoy bien, solo estoy algo nerviosa por volver a la escuela después del descanso de Diciembre, es solo eso —sonrió de lado y tomó unas hebras de mi cabello, las colocó por detrás de mi oreja, suspiró resignada, no convencida del todo.

—Tienes razón —musitó—, bueno, arréglate y baja a desayunar —se levantó de la cama sonriendo.

Asentí con la cabeza, mientras la veía perderse por la puerta.

Me dejé caer en mi cama de nuevo dejando salir el aire en frustración, me puse una mano en la frente. Ese sueño de nuevo, ya llevaba dos semanas teniendo esas pesadillas y siempre eran repetidas, ese hombre, demonio, o ser, no estaba segura qué era, él aparecía en mis sueños.

—¡Elena! ¡quince minutos! —escuché la voz de mi madre de nuevo, ella sabía que si no salía de la cama me quedaría aquí todo el día.

Me levanté perezosa, me estiré crujiendo todos mis doloridos huesos, me sentía agotada, cuando esas pesadillas aparecían me dejaban agotada. Sin ganas arrastré mis pies hacia el baño, me di una ducha, lavé mis dientes, me cambié y peiné mi cabello, bajé las escaleras para ver a mi madre en la cocina ya en su uniforme de trabajo.

Ella era la Sheriff del pequeño pueblo donde residíamos. Vivía en un pequeño pueblo llamado Huntersville en el estado de Carolina del Norte, la verdad no era nada interesante, ¡Nada! solo árboles a donde voltearas, unas cuantas escuelas, centros comerciales y unos cuantos lugares de recreación, no la gran cosa, aunque para mi madre siempre había sido su santuario, ella amaba este lugar, decía que jamás había pensado en irse lejos, yo por el contrario siempre había querido irme a vivir a un estado donde solo saliera el sol. Florida, Miami, California, o Houston, que sabia yo.

—Mamá, ¿qué haces? —dije jalando una silla, para sentarme. Ella estaba cocinando, eso era extraño.

—Cocino —alce una ceja en duda.

—¿Tú? ¿Cocinando? qué pasó con mi madre, quiero que me la regresen.

—Elena, eso no es gracioso.

—No, lo que es gracioso, es que tú cocines —el sonido del timbre retumbó en toda la casa—. Yo abro —dije levantándome emocionada, tenía tantas ganas de verla, sabía que era ella.

Abrí la puerta y se tumbó en un abrazo arriba de mi. Su sonrisa era enorme sus ojos brillaban, ella siempre estaba de buen humor.

—Elena Gilbert, te he extrañado tanto. Casi, casi, como un adicto extraña el crack.

Caroline Forbes, mi mejor amiga desde que usábamos pañales, la que ahora estaba ahorcándome en un abrazo que me de seguro quebraría mi cuello, pero que al parecer para ella era amoroso.

—A mí también me da gusto verte, Caro —apenas y pude pronunciarle esas palabras.

La abracé de igual forma, apretujándola con todas mis fuerzas.

—Elena está bien, sé que me amas y somos almas gemelas, pero me estas sacando el aire —la solté. Ella deslizó su mochila por encima de su hombro—. ¡Y bien! ¿qué te parece? —apretó los labios—, primer día de clases después de las vacaciones de Invierno.

—Lo sé, es nuestro último año antes de empezar a buscar Universidades —repliqué desganada. No era que no pensara en mi futuro, se me hacía demasiado complicado y podía confesar que era algo perezosa—. Pasa, Mamá está cocinando —ella gruñó en disgusto, sabía que mi madre era pésima en la cocina.

Caminamos hasta la cocina, mi madre ya tenía los platos servidos de algo que parecía Avena, Pancakes y tocino algo chamuscado.

—¡Hola Miranda! —saludó Caro a mi madre jalando una silla para sentarse.

—¡Hola Caroline! ¿Cómo has estado? —Caro tomó la cuchara y la hundió en la avena.

—No me he metido en problemas, eso cuenta —rió divertida.

Caroline era como una segunda hija para mi madre, nos llevamos tan bien, a pesar de que ella tenía tres hermanos y una hermana. Muy al contrario mío, yo, era hija única.

Mi madre jaló la otra silla para sentarse, empezó a tomar de la taza de café que traía en sus manos.

—Creo que sí, eso basta —sus ojos marrones voltearon hacia mi rostro, observó mi plato al ver que todavía no le daba ni un mordisco a su intento de desayuno. Bueno, yo no era malvada, tomé un tocino y lo metí a mi boca. Sus ojos regresaron a Caroline, quien tenía la boca llena de Avena-. ¿Como están tus padres?

—Vivos y aburridos como todos los adultos.

—No somos tan aburridos —dijo mi madre mientras tomaba un pedazo de tocino.

—Claro que no mamá, son más divertidos que los minios —Caro y yo reímos en carcajadas.

—Chicas, estan locas.

—¿Que tal sus vacaciones? —preguntó Caro, tomando de su jugo.

—Bien —me adelante en contestar, no queriendo tocar mucho el tema.

No habían sido vacaciones exactamente, mi abuela había fallecido en Noviembre, y habíamos tenido que viajar a Virginia donde ella residía. Habíamos estado en la granja a donde se había mudado cuando yo tenía nueve años. Ese era un tema aun muy duro para mi madre, yo también amaba a la abuela, pero mi madre la adoraba, era lógico, era su madre, aun la herida estaba muy fresca, por esa misma razón no le había comentado de mis pesadillas, no quería darle más problemas a mi madre, ella todavía estaba dolida por la muerte de mi abuela. Su muerte había sido natural, ella ya era mayor. Caro al ver la cara de mi madre se quedó callada.

—Bien —replico algo cansada.

Me levanté para disipar el ambiente.

—¿Nos vamos? —pregunté, acercándome a mi madre para darle un beso en la mejilla.

—Si, vámonos —Caro me siguió, se levantó deslizando su mochila en su hombro—. Nos vemos Miranda, la avena estaba rica —se despidió de ella mientras caminaba hacia la puerta de la entrada.

—¡Adiós, que tengan un buen día! —sacudió un poco el rostro mientras me daba acceso a su mejilla—. ¡Pórtate mal! —replicó en un tono sarcástico.

—Siempre madre, no te preocupes, hoy mismo me veras con un tatuaje en la cadera —rió divertida mientras sus ojos brillaban—. Te amo mamá, no te portes mal —le reprendí con el dedo.

Mi madre y yo teníamos una relación como decirlo, extraña en cierta forma, éramos más que hija y madre, éramos muy buenas amigas. Tenía un padre, pero él no quería saber que tenía una hija, él nos había dejado cuando yo era muy pequeña, nunca más habíamos vuelto a saber mas nada de él.

Mi madre cumplía los dos papeles y no lo hacía mal, o tal vez era que yo era una buena hija, era muy aburrida, eso lo tenía en claro, ella no se tenía que preocupar por mí, mi madre era lo más importante para mí, así que no hacerla pasar malos ratos era mi prioridad.

Caminé hacia la puerta despidiéndome de ella, Caroline ya estaba afuera.

—Dime por favor que no la regué allí dentro —su rostro estaba pálido—, tengo una lengua tan floja, no pensé que al preguntar haría sentir mal a Miri —puse mi brazo por arriba de su hombro mientras caminábamos hacia la parada del autobús.

—No te preocupes, mi madre es fuerte, sé que la muerte de mi abuela le ha dolido pero está sanando, sabe que no lo hiciste por malvada, así que no te preocupes.

—¡Uff! qué bien, eso me asustó, no quiero que Miri me deteste, la quiero —reí mientras llegábamos a la parada del bus. Otros tres chicos ya estaban allí, al verme me saludaron sacudiendo la cabeza—. Tengo mucho que contarte —dirigí mis ojos al rostro de Caro.

—¿De qué va?

—Bueno, mientras no estabas pasaron tantas cosas, y algunas te involucran a ti —la intriga me llenó el cerebro, le di una mirada impaciente para que siguiera con el tema, qué cosas me involucraban a mí.

—¿De qué se trata?

—De Stefan —rodé los ojos, no me importaba si se trataba de Stefan, además, qué demonios tenía que ver yo, con uno de los chicos más populares de la escuela. Caroline me veía desesperada, como esperando una reacción más emocionada de mi persona. Fruncí las cejas y alcé los hombros —. En verdad no te emociona ni siquiera un poquito —tomó mi sudadera y la jaló de un lado para el otro.

—¿No entiendo que tiene que ver Stefan conmigo?, creo que las únicas palabras que he cruzado con él en toda mi vida son, ¡Cuidado Imbécil! —ella puso los ojos en blanco.

El autobús llegó a la parada, gracias a Dios, no quería seguir con el tema.

Subimos en éste. Todos me daban un pequeño saludo a su manera, algunos me alzaban la mano, otros el rostro, yo no era popular, pero tampoco era un cero a la izquierda, tenía unos cuantos amigos aparte de Caro, además, mi comunidad era tan pequeña que todo el mundo se había enterado de la muerte de la madre de la Sheriff.

Llegamos al asiento de en medio, nos sentamos. Tyler se deslizó por arriba del respaldo de nuestro asiento.

—Elena ¿cómo estas? —Tyler vivía dos cuadras abajo de mi casa. Él era un chico peculiar, moreno, formado y un monstruo en el fútbol americano. Lindo a su manera, aunque sus dientes eran demasiado grandes para mi gusto.

—Bien, Tyler —contesté algo aburrida. Me estaba comportando como una perra, pero empezaba a sentir que así sería mi regreso a clases, no quería lidiar con todos dándome sus pésames, si, podía ser una maldita cuando me lo proponía, pero bueno, las personas morían, aunque sonara cruel.

—Regresa a tu asiento, Ty —bufó Caro al ver mi rostro, ella sabía que no quería lidiar con preguntas.

—¡Cállate bruja!

—¡Mastodonte!

—¡Rubia descerebrada!

—¡Imbécil!

—¡Zorra!

—Pero no para ti —reí mientras ellos se mataban con la mirada, ellos siempre se portaban así, se insultaban aunque se llevaran bien. Tyler se dio por vencido y regresó a su asiento—. ¿En verdad estarás bien? —preguntó, tomando mi mano.

—Sí, claro —sonreí falsamente.

No era que no estuviera triste por lo de mi abuela, pero eso no era lo que me perturbaba. Lo que me sucedía era que no podía sacar de mi mente la pesadilla que había tenido, ya las tenía desde hacia dos semanas y el hombre o demonio, no estaba segura qué era, nunca había querido poner sus manos sobre mí, el sueño de anoche había sido distinto, él se había acercado con la intención de tocarme, eso me asustaba.

Sacudí la cabeza, para no pensar, debía sacar todo eso, no quería lidiar con esas cosas de nuevo. Fijé mi rostro hacia la ventana de mi lado y perdí mi mirada en ésta.

Llegamos a la escuela. Bajamos del autobús y para mi sorpresa nadie me había abarrotado de preguntas ni pésames, era genial que yo no les importara para nada.

Mi escuela no era muy grande, unas cuantas hectáreas, el edificio principal era de tres pisos, una cafetería hacia el lado izquierdo y el gran gimnasio hacia el lado derecho, no la gran cosa, así que era fácil y rápido llegar a las clases.

Caminé hasta mi salón, tratando de ignorar las miradas curiosas y unas cuantas suaves sonrisas. Gracias a los cielos mis primeras tres clases las tenía con Caroline, ella se sentaba atrás de mi.

Dejó caer su mochila pesadamente y se acomodó en su butaca. Yo solo me deslicé en mi asiento, saqué un cuaderno, un lápiz y me puse a garabatear en éste. Caro me picó con su pluma, me volteé algo desganada, sus ojos estaban brillosos.

—Bien ¿y no quieres saber que anda diciendo Stefan de ti? —¡Oh! era eso, se me había olvidado.

—La verdad es que no me interesa.

—Elena, no seas tan aburrida, Stefan está como quiere.

—¿Como es eso?

—Malditamente sexy.

—Dime, que no dijiste eso. Dime, que de sexy tiene estar lleno de bolas —no era que no se me hicieran atractivos los chicos musculosos, eran lindos, pero a mí me gustaban un poco menos y Stefan era de los que parecían que no salían del gimnasio.

—Eres una aguafiestas —ella se mordió el labio inferior, se inclino para hablar más secretamente, porque ya teníamos algunas miradas sobre nosotras—, Stefan quiere salir contigo.

—¡¿Qué?! —repliqué alarmada. Desde cuando Stefan quería salir conmigo, jamás había cruzado palabras con él, solo miradas cuando lo veía en los juegos o cuando iba a recoger a su perfecta novia Katherine Pierce, la líder del equipo de porristas a donde pertenecíamos Caro y yo—. ¿No entiendo? Stefan y yo no nos conocemos tan confiadamente, como para que haya dicho eso —un grito fuerte se escucho en el marco de la entrada del aula. Bonnie corrió abrazarme, si mis amigas era demasiado intensas.

—¡Lena, te extrañé! —ellas eran exageradas solo me había ido por mes y medio, y actuaban como si tenían un año sin verme.

Bonnie se sentó a mi lado, ella era mi otra amiga, muy linda, morena, su pelo negro y lacio resaltaba su perfilado rostro, ojos negros profundos, nariz perfilada, y piel brillosa, tenia un cuerpo tan bien formado que la envidiaba, a ella le quedaba todo. Yo por el contrario era delgada, me sentía hasta sin forma, no como Bonnie, ella era delgada curvilínea. Caroline también era guapa, hasta diría que sexy. Su porte de rubia le ayudaba mucho, ojos verdes claros. Yo no me consideraba lo más bello del mundo pero tampoco era que fuera fea, lo que podía decir sinceramente que me gusta de mi, eran mis ojos cafés, heredados de mi padre ya que mi madre los tenia marrones.

Bonnie me pasó su lápiz con plumas por la nariz para que saliera de mi trance.

—Bonnie, ¿adelgazaste? —le dije en broma, pues ella vivía quejándose que estaba pasada de su real peso, una locura porque ella era delgada.

—¡Que graciosa! —respondió jugando con el lápiz peludo en mi rostro.

—Yo también las extrañé chicas, quería tenerlas en la granja e ir a montar a caballo juntas.

—Eso estaría genial, si no les tuviera pavor —Caro se recostó en su butaca. Bonnie sonrió, mientras se acercaba a mí para murmurarme algo.

—¿Sabes que Stefan anda hablando de ti? —maldición de nuevo con el asunto de Sefan, así que las miradas de las personas no era por la muerte de mi abuela, si no que porque Stefan al parecer andaba diciendo que quería salir conmigo. Maldición que había hecho yo para merecer esto, no quería lidiar con una Katherine molesta en las prácticas cuando me tocara verla, después de todo ella era mi capitana.

—No sé qué rumor se traigan, pero les aseguro, que no tengo nada que ver —Caroline frunció las cejas negando con la cabeza.

El profesor entró en el aula, mandando de regreso a Bonnie a su clase, ella se despidió y quedamos de vernos en el almuerzo.

Todos empezaron a entrar al aula, mientras murmuraban y me veían como si yo fuera la celebridad de el día. Me sentía incómoda, no me agradaba ser el centro de atención de todos, o al menos de la clase.

Cuando la campana sonó anunciando que la clase había acabado, salí casi corriendo de el aula, Caro corrió detrás de mí para alcanzarme, mientras yo llegaba a mi casillero.

—¡Elena! ¡Espera!

—Caro, no quiero seguir hablando de Stefan, por favor dejemos el tema —ella rodó los ojos molesta mientras abría su casillero junto al mío.

Si, ella y yo compartíamos casi todo y no era por el destino, era porque su tía era la Directora de la Escuela y ella era su sobrina consentida.

Sacó los libros de su mochila y empujó la mochila adentro de éste.

—Aunque no quieras saber, tienes que estar preparada —le puse los ojos en blanco mientras tomaba mis libros. Un escándalo se escuchó en el pasillo, las dos volteamos el rostro hacia el sonido. Eran Stefan y Kai, ellos eran dos de los chicos más populares de la Escuela. Caroline se acercó a mí y me apretó el brazo—. Elena, es Stefan —alcé los hombros despreocupada, mientras cerraba mi casillero y caminaba hacia la otra dirección—. ¡Espera!, ¿no quieres saber que se trae contigo?

—No, ya te lo dije, a mi no me interesa Stefan.

Era cierto, a mí nunca me había interesado Stefan, más bien, creía que su amigo Kai, era más atractivo, bueno, hasta había tenido una pequeña esperanza que él se fijara en mi, dije pequeña.

Entré a mi siguiente clase, caminé casi corriendo hacia mi asiento que daba hacia la enorme ventana que abarcaba la mitad de la pared hacia arriba. Giré el rostro hacia la ventana, mis ojos se toparon con los de una joven que me observaba detenidamente, parpadeé varias veces para ver si no era mi imaginación, pero ella seguía sosteniendo su mirada hacia donde yo me encontraba. Empezó a caminar lentamente, como un zombi en una película de terror, los bellos de mis brazos se empezaron a encrespar y sentí un leve frío en el cuerpo. Sacudí el rostro para quitar el miedo que empezaba a alojarse en mi pecho. Volteé de nuevo el rostro y ella estaba más cerca, pero esta vez, podía ver una mancha de algo rojo por abajo de su estómago, en su vestido rosa veranero, ¿Qué hacia una chica a mediados de Enero con un vestido de verano?

Me di cuenta que ella estaba loca, tragué saliva mientras trataba de ignorarla dirigiendo mi rostro de nuevo al centro del salón. La curiosidad me ganó y de nuevo giré el rostro. Ella seguía allí, sus ojos en mí, brillando como dos bolas de disco, ella abrió los labios tan pausadamente, sentía que algo iba a salir de su boca, me señalo con un dedo, ¿qué le sucedía? ¿por qué me veía de esa forma?, yo no la conocía. Sus ojos empezaron a tornarse rojos, sentí una pequeña presión en el pecho y un revoloteo en el estómago. Su vestido empezó a cubrirse aun mas y mas con la mancha roja, era como una mancha de vino expandiéndose en un mantel, ella ladeó el rostro, sin despegar sus ojos de mi rostro mientras caminaba aun más hacia donde yo me encontraba, aunque nos separaba una gran pared, pero la sentía tan cerca, y eso me asustaba.

Caroline posó sus manos en mis hombros haciéndome saltar.

—¿Estás bien? —volteé el rostro y asentí con la cabeza, volví mi mirada hacia la ventana y la chica se había esfumado. Suspiré pesadamente, dejando salir el miedo y el nerviosismo que se habían apoderado de mí por un momento.

—¿Viste a la chica? —señalé hacia afuera, Caro me observó frunciendo las cejas.

—¿Cuál chica?

—Olvídalo —sacudí la mano—. ¿Crees que tendremos práctica hoy? —pregunté, ignorando lo que acababa de ver y al parecer Caro no había visto. Eso era mi imaginación, si, eso era, me trate de decir a mi misma, tratando de auto convencerme que lo que acababa de ver, no era real.

—Pues no lo sé, sé que tendremos competencia dentro de unas semanas ya que el clima ha estado un poco liviano.

—Si —lo sabía, pero tampoco hacía tanto calor como para que la chica que acababa de ver trajera un vestido de Verano.

—Katherine se va a morir cuando te vea, además los rumores se están haciendo más grandes.

—No quiero lidiar con les celos de Kat, por estúpidos rumores, puede hasta sacarme del equipo y mas porque he faltado a muchas prácticas —bufé poniendo los ojos en blanco.

Me hundí en mi butaca, esta escuela a veces podía ser terrible, tal vez Stefan solo había hecho un comentario y eso se había elevado hasta el nivel de decir que él quería salir conmigo.

Las Clases pasaron tan rápidas que no las sentí y la hora del almuerzo se llegó. Caminamos con Caroline hacia la cafetería, un lugar que apestaba a comida pre-calentada y a desinfectante, con tanto escándalo que no sé ni cómo se entendían lo que hablan el uno con el otro.

Hicimos la fila y tomamos la bandeja donde colocábamos el almuerzo.

—Macarrones con queso para el menú de hoy —musitó Caro algo disgustada, hice una mueca de disgusto al igual que ella—, al menos es mejor que los dedos de pescado —añadió, mientras ponía una manzana en su bandeja y me alcanzaba la leche con chocolate.

—¿Crees que nos dejen sentarnos afuera? —pregunté mientras ponía una manzana en mi bandeja.

—Si, no esta tan frío hoy —sus ojos viajaron por arriba de mi hombro y su rostro cambió en una sonrisa burlona. Sentí un leve rose en mi espalda, volteé el rostro y me tope con la sonrisa de Kai.

Él era atractivo no podía negarlo, me había cortado la respiración, sus facciones eran tan varoniles y tenía una sonrisa, que apostaría mi brazo izquierdo que derretía a mas de una.

—¡Hola Elena! —apreté los ojos antes de contestarle, y traté de buscar mi voz.

—¡Hola Kai! —mi voz salió tan torpe que me parecía increíble que él me hiciera hablar de esa forma.

—¿Que tal tus vacaciones de Invierno?

—Bien —respondí seca y nerviosa, antes de voltearme y deslizar mi bandeja. Caro sonreía burlona, le rodé los ojos disgustada.

—Siento lo de tu abuela —volvió hablar, pero esta vez estaba muy cerca de mi oreja, su aliento hizo que me bajara un calor por el cuerpo.

—Gracias —respondí, mi corazón ya estaba en mi garganta, pulsaba tan fuerte, que me costaba tragar saliva. Llegué hasta la caja de pago, saqué unos billetes de mi pantalón y se los entregué a la cajera—. Nos vemos, Kai —dije antes de llegar a un lado de Caroline

—Nos vemos, Elena —le sonreí y me volteé, pero aun podía sentir su mirada en mí, el calor invadió mis mejillas.

Caminé hasta la puerta de vidrio para salir hacia las bancas de almuerzo, dejé que el aire me pegara en la cara, eso se había sentido bien. Bonnie ya estaba sentada en una de las bancas, al menos sentía todo igual con mis amigas, cada vez que podíamos nos peleábamos por las bancas de afuera y en el tiempo de Verano, esa pelea era aun más feroz. Bonnie alzó una mano, dejándonos saber que estaba ahí.

—Podemos verte —replicó Caro con ironía mientras se deslizaba en la mesa de almuerzo, yo la seguí—. Ahora sí me puedes decir qué demonios fue todo eso allí atrás —Bonnie nos observó queriendo saber a qué se refería. Alcé los hombros mientras hundía el tenedor en el Macaron con queso—. Ellos están acechándote.

—¿Díganme de que me estoy perdiendo? —Bonnie abrió los ojos, quería saber de qué estábamos hablando.

—Nuestra Señorita popularidad aquí, al parecer se ha vuelto famosa entre los chicos populares —negué con la cabeza, mientras tomaba la manzana para morderla.

—Solo me dio el pésame, nos es la gran cosa.

—¿Quién te dio el pésame? —preguntaba Bonnie emocionada, e intrigada.

—Kai Parker —respondió Caro alzando una ceja mientras jugaba con sus Macarrones.

—Pero, ¿que no es Stefan el que quiere contigo? —rodé los ojos.

—No, y que Kai me haya dado el pésame no es la gran cosa.

—Elena, escucha esto, tú no eres mortal —reí al ver los ojos de Caro—. No entiendo cómo eres inmune a los encantos de esos chicos, ellos son demasiados calientes. Bonnie asintió con la cabeza, mientras comía de su ensalada, ella era vegetariana.

—No es que sea inmune, es solo que no me interesa —dije cuadrando los hombros, mientras me levantaba de la banca y me dirigía hacia los basureros dejando a Bonnie y Caro platicando de mis supuestos nuevos pretendientes.

Tiré la comida y alcé la vista hacia el estacionamiento de los estudiantes, los que ya podían portar con un permiso de conducir y tenían la maldita suerte de tener padres que les compraran un auto. Un chico estaba recostado en un auto negro, cruzado de brazos, su vista estaba hacia donde me encontraba yo, volteé el rostro para ver si estaba viendo a alguien detrás de mí, pero no había nadie más que la banca donde estaban Bonnie y Caroline. Volví la mirada hacia él, ahora sosteniéndola, él sonrió torciendo los labios, haciendo que se me formara una extraña sensación en el estómago, su presencia era imponente, se veía como de esos chicos rebeldes, pero atractivos, que al solo verlos no podías evitar tirar la baba.

No despegó su mirada de donde me encontraba, cosa que hizo que yo tampoco despegara la mía de la de él. Estaba como a quince metros de distancia. Se removió ladeando el rostro, eso indicaba que había ganado, sonreí y alcé la ceja en victoria.

—Lena, ¿Que tanto haces en el basurero, perdiste algo? —la voz de Bonnie me obligó a voltear a verla, le negué con la cabeza. Volví la mirada hacia el auto pero él ya no estaba. Dios, este día se ponía aun más raro, gente apareciendo y desapareciendo como si nada.

Caminé de vuelta a la banca con las chicas.

—Bueno, a qué hora será —preguntaba Bonnie a algo que no tenía ni idea, Caroline estaba hablando con alguien por el teléfono.

—A las nueve de la noche, genial allí estaremos —colgó la llamada y sus ojos se iluminaron—. Irán conmigo, ¿cierto? —preguntó mordiéndose los labios, yo aun no tenía idea de qué hablaban.

—¿De qué hablas? —pregunté intrigada.

—Al parecer los padres de Stefan están de viaje y hará una fiesta de cumpleaños —contestó Bonnie al ver que yo estaba interesada en lo que platicaban.

—Y estamos invitadas —chilló Caroline aferrándose a su celular mientras saltaba en su lugar—. ¡Vas a ir Elena! —me señaló desafiante, eso sonó mas a amenaza que a invitación.

—La verdad es que no estoy para fiestas, además no tenía idea que pronto seria el cumpleaños de Stefan —los ojos de Caroline se fruncieron.

—Lena debes ir, eso te relajara.

—Es cierto —afirmó Caro—, no me contestes aun, la fiesta es el viernes, así que tienes una semana para pensarlo y revolcarte en la duda —afirmó parándose para botar la comida en la basura—. Tengo Biología, las veo en la práctica —se acercó a mí y palmeó mi espalda—. Piénsalo Lena.

—Lo haré, lo prometo —dije resignada, sabía que si no le contestaba era más que seguro que ella no dejaría el tema. Ella era tan dramática, pero eso era lo que me encantaba de ella.

—Yo tengo música —Bonnie salió de la banca, tomé su bandeja.

—Yo la tiro por ti.

—Gracias Lena, nos vemos después —asentí con la cabeza, mientras las veía perderse.

Me levanté perezosamente y tiré la comida de Bonnie, alcé la mirada y busqué al chico con pinta rebelde, pero no lo vi.

Fruncí las cejas algo perturbada, ¿por qué quería verlo?, ni yo sabía.