Debo decir que cuando llegamos al gimnasio, lo que me esperaba era ver, a una Katherine molesta conmigo por tanto rumor sobre su novio y yo, pero muy al contrario, ella me saludó amable.

Nunca antes lo había hecho, joder, ella era una chica popular, pensaba que por la única razón de que ella me conocía y cruzaba algunas palabras conmigo, era porque estábamos en el equipo de porristas. Después de eso, ella hacia como si no existiera, y no era porque fuera una perra, era porque la verdad no se le daba la gana ser mi amiga y tampoco yo necesitaba que lo fuera.

Todas en el equipo me dieron su pésame, los recibí con una sonrisa fingida, ellas eran algo hipócritas.

—Se que te has saltado varias prácticas por qué no estabas, pero debes ponerte al día —la amabilidad de Kat llegaba hasta allí.

Si, ella tenia la típica actitud de chica presumida, pero no era una total perra, al menos nunca lo había sido conmigo. Era muy hermosa, de eso no había ni un rastro de duda, su piel era blanca, ojos color azulado, pelo rubio quebrado, cuerpo de Diosa, tal vez era por tanto ejercicio y lo poco que la conocía sabia que se cuidaba mucho.

—Lo sé Katherine, te aseguro que me pondré al día —me fingió una sonrisa y caminó al centro del gimnasio.

—¡Muy bien chicas, a practicar. Saben que pronto tendremos un juego y debemos animar a nuestros jugadores!

—¡Sí! —replicaron todas al unísono.

—Muy bien, a practicar ¡Vamos Titanes! —Kat se formó y empezó a hacer la rutina de nuestro equipo.

Mi escuela se llamaba Hopewell High y nuestro emblema eran los Titanes. Un Casco de caballero medieval, con unas lanzas a los lados, nuestro uniforme era azul cielo con blanco, bueno todos los uniformes eran de ese color, aunque los diseños varíaban

Katherine se había pasado, me había hecho practicar hasta que apenas y podía mover y sentir las piernas, no era justo.

Caminé hacia la fuente de agua, sosteniéndome el estómago, tenía un fuerte dolor, tenía ya mucho que no practicaba, estaba agotada, además empezaba a sentirme algo mareada, necesitaba aire, corrí hacia fuera del gimnasio. Mi respiración estaba descontrolada, en verdad estaba fuera de condición, me dolía el pecho, las piernas, el cuerpo entero. Me recosté sobre la pared y traté de estabilizar mi respiración. Alcé el rostro, y pude ver a un chico recostado hacia el otro extremo del gimnasio, se me hacía conocido, claro, era el mismo que había visto afuera de la cafetería, su mirada estaba fija en mí, incomodándome.

Me quedé observándolo detenidamente al igual que él a mí, quería jugar de nuevo el juego de las miradas. Su mirada cambió de dirección hacia la puerta del gimnasio, Caroline y Bonnie salieron buscándome con la mirada.

—Allí estas, estábamos buscándote como locas —Caro venía directo hacia mí, haciendo ademanes con sus manos.

—¿Qué te paso? —Preguntó Bonnie algo preocupada.

El chico seguía allí, parado, sin mover ningún músculo. Caroline me pasó una mano por el rostro, bajé la mirada para toparme con sus ojos alarmados, ella era un poco más bajita que yo.

—Estoy bien chicas, solo algo cansada, hace mucho que no practicaba la rutina se me hizo pesada.

—No, lo que pasó es que Katherine se mandó contigo, mira que ponerte a dar tanta pirueta sabiendo que apenas y regresaste.

—Eso me hace pensar que ella está molesta por los rumores de Stefan —agregó Bonnie, Caroline asintió con la cabeza.

Negué el rostro y volví a levantar la mirada, pero el chico se había esfumado de nuevo como la otra vez.

—Kat es una perra —bufo Caroline.

—Yo también lo creo —repitió Bonnie.

—¿Saben si tenemos algún compañero nuevo? —pregunté dejando de lado la discusión de si Katherine era una perra o no.

Las dos fruncieron las cejas.

—¿De nuestro año? —preguntó Bonnie.

—Sí.

—No que sepamos, al menos no en lo que tú estuviste ausente, ¿por qué preguntas? —ahora las pupilas de Caro brillaban queriendo saber.

—Por nada, olvídenlo —me hice paso en medio de mis amigas y caminé hacia dentro del gimnasio, Kat estaba con una mano en la cintura algo desesperada.

—Elena, ¿podemos hablar? —alcé una ceja en duda, no sabía si quería hablar con ella, pero me di por vencida, asentí con la cabeza—. Podrían dejarnos un momento —dijo a mis acompañantes que estaban muy atentas detrás de mí, las dos rodaron los ojos y caminaron dejándonos solas.

—¿Qué pasa, Katherine?

—Estuviste pésima —eso me cayó como un balde de agua fría, pero ella tenía razón, reí nerviosa.

—Si, lo sé. En verdad trataré de poner todo de mi parte para aprenderme la nueva rutina —ella apretó los ojos, se paso la legua por los labios.

—Tienes esta semana para mejorar, tenemos competencia el mes que viene y si tú no has mejorado, siento que tendrás que quedarte en la banca —sonrió, pero su sonrisa la sentía maliciosa.

—Pues, pondré todo de mi parte para que no sea así —concluí, pero sentía que ella quería decirme algo mas, sus ojos no dejaban de observarme, era como si estaba inspeccionándome—, Bueno, si eso es todo —dije para girarme, pero ella me detuvo sosteniendo mi hombro.

—¡Espera! —bajé la mirada a su mano y de nuevo la alcé a su rostro, levanté una ceja algo molesta—. Sabes los rumores que se escuchan en la escuela, ¿cierto? —¡Ding! ¡Ding! allí estaba el premio, ella quería hablar de eso. Maldición, desde cuando Stefan, se estaba volviendo el centro de mis problemas.

Sonreí negándole con la cabeza.

—Katherine, no sé lo que se rumoree, yo apenas acabo de llegar, no tengo ni idea.

—Lo sé, por eso te lo voy a decir —vaya, eso me aliviaba un poco—. Fue una semana después que te fueras al entierro de tu abuela, Stefan y yo tuvimos una discusión, entonces fue allí que resaltó tu nombre —genial, pero eso no me hacía sentir nada cómoda, saber que las personas están discutiendo y tu nombre sea mencionado, joder, estaba más que mal—. Stefan en un momento de rabia me gritó que si él me llegara a dejar, con la primera que saldría seria contigo —un malestar se empezó alojar en mi estómago, qué demonios o más bien, quién demonios se creía el cretino de Stefan para decir que saldría conmigo. Maldito presumido, un calor empezó a recorrer mis orejas, hasta llegar a mi cabeza. Stefan pensaba que era un maldito privilegio salir con él. Rechiné los dientes antes de contestarle a Katherine que continuaba hablando pero ya había perdido la concentración de la plática.

—¡Katherine! —dije callándola—. No sé por qué Stefan te dijo eso, pero jamás, jamás he cruzado más que dos palabras con él, así que créeme que aunque el haya dicho eso, yo tomo mis propias decisiones —ella levantó una ceja, en duda.

—¿No te gusta? —muy bien, eso era la gota que derramamaba el vaso.

—¡No! —contesté en un grito, todas voltearon a vernos—. Perdón, no, no me gusta —aclaré la garganta—. Me voy, se me hace tarde y mamá se preocupa si no llego temprano a casa — me di media vuelta y caminé hacia donde estaban Bonnie y Caroline fingiendo que hablaban muy animadas, cuando las había visto muy atentas a la conversación entre Kat y yo—. Me voy, nos vemos mañana.

Tomé mi mochila y me redirigí a la puerta, todavía me ardía la cara de coraje, salí por la puerta del gimnasio sin explicarles nada a mis amigas, pero no quería lidiar con más cosas. Nunca me había imaginado que mi regreso formara tanto revuelo o me agotara tanto.

Llegué a casa después de que encontrara a un amigo de mamá, de la jefatura, él me había dado un aventón a casa, ya que siempre tomaba el autobús, bueno, al menos cuando tenía práctica.

—¡Llegué! —dije soltando la mochila encima de la mesa.

Me dirigí a la nevera, una buena limonada no me caería mal, estaba cansada, agotada y todos los huesos me dolían.

—¿Cariño llegaste? —mi madre apareció por el marco de la puerta con una cesta llena de ropa.

—Mamá, deja, te ayudo con eso.

—No te preocupes, ya lo tengo —me paso por un lado hacia la lavandería—. Y bien, ¿que tal tu primer día? —su voz hizo eco en el pasillo. Mi día había estado terrible, estar de boca en boca no era lindo para nada, yo solo quería una vida normal como cualquier chica de High School, enamorarme tal vez, pero no de Stefan, no necesitaba al típico chico popular jugador de fútbol enamorado de la simplona porrista, yo quería, ¿qué demonios quería?, no lo sabía a mis diecisiete años, solo había tenido unos cuantos novios y con ninguno había durado más de ocho meses—. Listo, pensé que no terminaría hoy, es la última cesta —mi madre apareció sacudiendo sus manos.

—¿A qué hora llegaste? pensé que no te encontraría aquí —haló una silla para sentarse.

—Llegué hace tres horas, no había mucho que hacer en la Estación.

—¿Quieres? —pregunté alzando la jarra de limonada, mi madre asintió con el rostro, sus cejas se fruncieron, cuando dejé el vaso en la mesa.

—¡No te ves contenta! —su rostro preocupado apareció, ¡oh no!

—Estoy bien —halé la silla y me senté—. Es solo que no me sé la nueva rutina y me confundí demasiado, mi cuerpo está fuera de práctica, es solo eso —fingí una sonrisa, el rostro de mi madre se suavizó.

—Me da gusto, no quiero que te sientas incomoda —tomó mis manos y las apretó—. Debemos seguir adelante —eso se lo repetía seguido, sabía que lo decía, mas por ella, sus ojos se llenaron de agua y la vi tragarse el nudo que se le estaba formando en la garganta.

—Lo seremos mamá, no te preocupes —apreté sus manos de igual forma, le sonreí.

El radio de mi madre nos sacó de nuestras conmovedoras miradas. Tenía que ir a la estación al parecer una pareja de recién casados se habían sacado hasta los diente en una pelea.

—No quisiera dejarte sola cariño, pero al parecer fue demasiado grave la disputa —apreté los ojos y asentí con la cabeza.

—No te preocupes por mi mamá, además no es como si fuera la primera vez —reí algo cansada.

—Bueno, que no se te olvide darle de comer a Luna —claro Luna, mi gata negra con una mancha en la frente, por eso el nombre de Luna.

Me había olvidado de ella, a veces pensaba que ella trabajaba para una asociación gatuna secreta, vivía la mayoría del tiempo perdiéndose por algunas horas y después apareciendo de la nada. Tal vez era aliada de Sailor Moon.

—Esta bien, mamá —respondí con una sonrisa, ella se despidió dándome un beso en la frente, antes de perderse por la puerta. Dejé salir el aire frustrada, tenía que darme una ducha, además todavía estaba en mis pantalones flojos y la jersey que usamos para practicar, en el verano eran shorts y una top corta. Caminé hacia la parte trasera de mi casa, tenía que buscar a mi gata. — ¡Luna! ¡Luna! —la llamé varias veces para ver si podía escucharme. Me acerqué al roble que teníamos hacia un lado de la cerca que cubría nuestra propiedad, ella solía trepar y descansar allí. Alcé los ojos para ver si estaba, pero no la veía, un fuerte aire hizo que mi cabello volara cayéndome en la boca, me froté los hombros con las manos, ese aire había estado congelante, observé a mi alrededor sacándome los pelos de la boca, todo se empezó a detener, un escalofrió me empezó a invadir, una corriente eléctrica viajó por mi espina dorsal, mi respiración empezó a salir cortada, esto me asustaba, el ambiente no era normal, era como cuando soñaba, pero no estaba dormida. Mis bellos empezaron a encresparse, quise dar un paso, pero no podía moverme. —¿Qué-qué me pasa...? —musité para mí misma, pero sabía lo que me pasaba, bajé la mirada hacia mis pies para ver el motivo por el cual no podía moverme, pero no tenía nada. Alcé los ojos de nuevo, mi corazón saltó hasta mi boca, me puse una mano en esta para no dejar salir el grito que se quedó atorado en mi garganta. Y allí estaba la chica del vestido veranero, ella me observaba, deslizó una sonrisa en su rostro, mientras a mi me temblaban las piernas, ella siguío sonriendo se veía tan calmada y tétrica a la vez, giré mi rostro para un lado y para el otro, pero no había nadie, además, sentía que todo se había congelado. La chica empezó a caminar hacia mi dirección, quería salir corriendo, se paró a centímetros de mí. Mi pecho subía y bajaba incontrolable—. ¿Quién, quién eres? —le pregunté tratando de ver si podía ayudarla, tal vez así ella me dejaría en paz. Mis piernas empezaron a temblar mas ferozmente, ella negó con la cabeza. Me señaló con el dedo, mi corazón saltaba una y otra vez. Abrió la boca, pero nada salió, ni un sonido, ni un suspiro, su rostro se contrajo en frustración— ¡¿Llamaré a la policía si no te marchas?! —le señalé desafiante. Ella me observó molesta y negó de nuevo—.¡Vete! ¡Vete!—le ordené fuerte, mientras me tragaba el miedo. Un aullido se escuchó ensordeciéndome, me agaché y tapé mis oídos, eso me lastimaba— ¡Basta! —grité con lo que mis pulmones me permitieron, un gran viento se arremolinó donde me encontraba y de pronto todo estaba de nuevo a la normalidad. Me levanté sosteniéndome el pecho, abrí los ojos lentamente y la chica ya no estaba. Luna me acarició la pantorrilla, brinqué asustada—. Luna, me has dado el susto de mi vida —dije tomándola en mis brazos.

Estaba asustada, perturbada, todo eso había sido mi imaginación, no, me estaba queriendo engañar a mi misma, pero no era así, las pesadillas, la chica, esto solo significaba que de nuevo eso que había tratado de ignora, regresaba para atormentarme.