El olor de las violetas

Cap 2 El Pretendiente

Kristoff volvió a cumplir su promesa. Él regresó al castillo de Arandelle, y las salidas con la princesa continuaron. Sin embargo, las miradas eran mucho más distantes, y el contacto entre los dos prácticamente inexistente. La primavera estaba llegando a su fin, y el calor del verano comenzaba a imponerse. El recolector de hielo sabía que pronto sería el mejor momento para volver a las montañas.

Elsa no estaba contenta con el desenvolvimiento de aquella historia. Un par de encuentros más tarde, Kristoff se reunió con ella. La reina le entregó el usual bultico de monedas de oro. El recolector se sorprendió al ver su expresión preocupada.

— ¿Realmente deseabas rechazarla? — preguntó Elsa con el seño fruncido.

— No — respondió Kristoff escuetamente,

— Entonces, ¿por qué lo hiciste? — preguntó la reina sorprendida. Kristoff le explicó sus razones someramente. Elsa entendió la magnitud del problema.

—Yo no te detendré, así que no tienes de que preocuparte, me haré cargo de que nadie los moleste. Creo que eres una buena persona — opinó Elsa.

— Una buena persona jamás hubiera aceptado el dinero — intervino Kristoff, quien sintió como si el bulto de monedas de oro que tenía en el bolsillo le quemara la piel.

— Así que ese es el problema— comenzó Elsa — tu sufres de un complejo de inferioridad — afirmó la reina con aire de suficiencia.

— No es complejo de inferioridad — corrigió Kristoff molesto — solo soy realista.

— Realista o no, heriste a mi hermana, eso no me hace feliz — declaró la reina en tanto cruzaba los brazos.

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Anna sabía que su hermana y Kristoff siempre compartían una taza de té después de cada uno de sus encuentros. Al principio, la princesa pensó que era la forma en que ella hacía amigos, pero desde su desastroso viaje al lago Lenn. Anna pensó que podría existir algo entre los dos, algo secreto, y que no quería saber.

Aquella tarde, tras pasar todo el día con Anna en la playa que circundaba el castillo, Kristoff volvió al palacio y subió hasta el despacho de la reina. La princesa se reprendió a sí misma, pues los asuntos de su hermana no le correspondían más que a ella. Anna no tenía derecho a inmiscuirse en ellos. Sin embargo, su curiosidad fue más fuerte, y decidió seguir al recolector de hielo hasta que se encontró a un palmo de la entrada, en la antesala que precedía la oficina.

— Pensé que estarías complacida — opinó Kristoff.

— ¿Cómo habría de estarlo? Heriste a mi hermana —atacó Elsa.

— Cuando hicimos nuestro acuerdo inicial, me dijiste que no debía ser más que un amigo de Anna — le recordó el recolector. Anna abrió los ojos de par en par. ¿Acuerdo inicial? ¿qué acuerdo inicial? Se preguntó la chica.

— Lo sé. Yo nunca imaginé que ella pudiera enamorarse de ti, y que tu pudieras enamorarte de ella — dijo la reina.

— Yo la rechacé— comentó Kristoff sin emoción.

— Puede ser, pero la pregunta es: ¿querías hacerlo? — lo interrogó Elsa, quien se inclinó ligeramente hacía él, como si se encontrara impaciente por escuchar su respuesta.

— Ya te dije que no — repitió Kristoff.

— ¿Por qué? — preguntó Elsa.

— Tu misma lo dijiste. Yo estoy enamorado de ella — dijo el recolector. Al escuchar aquello, Anna se sorprendió pues no entendía nada de lo que estaba pasando.

—No puedo estar con ella en estas circunstancias. Anna es una noble y yo un recolector de hielo — comentó con un toque de desesperación — además, está el asunto de nuestro negocio, ¿cómo puedo estar con ella si toda nuestra relación tiene como base una mentira? — preguntó Kristoff molesto.

— Si te hace sentir mejor, puedo dejar de pagarte al finalizar cada encuentro. — sugirió Elsa. Anna escuchó aquellas palabras horrorizada, pues su amigo tan solo era un títere de la reina. Todo había sido una mentira.

— No voy a mentir, el dinero es importante, pero quiero a Anna, y quisiera poder cortejarla — dijo el muchacho.

— Por mi no hay ningún problema, tu me agradas — respondió la reina esbozando una ligera sonrisa.

— ¿De verdad? — preguntó Kristoff emocionado — ¿Y que hay de la nobleza? Ellos jamás me aceptarán, yo soy…

— No te preocupes por ellos — lo interrumpió la reina. — yo me encargaré, tan solo quiero que hagas a mi hermana muy feliz — comentó.

— Gracias, gracias— repitió —creo que tengo que devolverte esto— dijo el recolector en tanto sacaba el pequeño bulto de monedas de oro de su bolsillo.

—Quiero que todo empiece bien entre los dos, sin mentiras —concluyó.

Anna ya había escuchado todo lo que necesitaba. Se alejo silenciosamente de la habitación y atravesó el pasillo hacía su cuarto, mientras su mente revivía una y otra vez la escena. No podía creer que Elsa hubiera llegado a tal extremo, solo una persona bizarra y retorcida haría tal cosa. La princesa siempre había pensado que el comportamiento de su hermana era peculiar, pues su miedo irracional la llevaba a niveles inimaginables, pero nunca se creyó que llegara a tocarla de aquella manera. En ese momento, la princesa supo que Elsa debía guardar algún secreto, pues no había razón para obligarla a vivir dentro de puertas cerradas.

Kristoff la visitó un par de veces en aquella semana. Anna se negó a verlo, aún le dolía la conversación que escuchó en el despacho de Elsa. La princesa lo vio partir en la ventana de su habitación, llevaba los hombros caídos y el paso lento. Aún así, ella no sintió pena por el recolector.

— Anna — llamó una voz al otro lado de la puerta— ¿Puedo entrar? — preguntó la reina. Anna se vio tentada a decirle que se marchara, como Elsa lo hizo tantas veces, pero su hermana seguía siendo la reina, y ella una simple súbdita.

— Pasa — dijo Anna al tiempo que oía rechinar el picaporte.

— Pensé que saldrías con Kristoff — dijo Elsa quien se hizo el propósito de tratar aquel tema cuidadosamente.

— No estoy de humor.

— Tonterías — dijo la reina quien rio suavemente— tu siempre estás de humor para salir con Kristoff. Te encanta dejar este castillo.

— ¿Y tu como lo sabes? Escasamente cruzamos palabra. Yo nunca te he hablado de él — dijo la princesa de una forma más dura de lo que había planeado.

— Si, tienes razón, eso es cierto — aceptó Elsa quien se mordió el labio fuertemente — ¿estas molesta con él? — preguntó.

— No, realmente.

— Entonces, qué es lo que…

— Elsa —interrumpió Anna a su hermana — ¿ porque tienes tanto miedo de dejar este castillo? ¿por qué temes dejarme entrar? ¿qué es lo que te sucede? — preguntó la princesa.

— Yo… — comenzó la reina asustada— no quiero hablar de esto.

— ¿Por qué? — insistió la princesa, quien comenzó a perder la paciencia.

— Es suficiente, yo soy diferente a ti. No tengo la obligación de explicarte nada — contestó firmemente la reina. Elsa se puso de pie.

— Espera — pidió Anna — necesito que me digas la verdad. ¡Elsa! — alcanzó a gritar, pero ella ya había dejado la habitación.

Anna no podía creer la desfachatez de su hermana. Se había atrevido a escapar sin siquiera proporcionarle una palabra. Sabía que Elsa no se encontraba bien. De lo contrario, no habría recurrido a una táctica tan sucia para mantenerla entretenida y evitar que dejara el palacio. La pregunta clave era: ¿por qué?.

Tras unos días de confinamiento solitario que bien podía rivalizar con el de Elsa, Anna decidió salir al jardín, e incluso aceptó ver a Kristoff, puede que se hallara molesta con él, pero el recolector de hielo era la única opción disponible. La conversación entre los dos fue forzada. Anna no quería escucharlo, y Kristoff lo sentía, por lo que aplazó su declaración para un momento en que ella se hallara de mejor humor.

Aquella noche, Anna miró su calendario. Se dio cuenta de que pronto comenzaría la temporada de bailes . Aquel ritual era una tradición de la nobleza de Arandelle, en el que las familias más importantes del reino participaban con el fin de emparejar a sus hijas e hijos, y formar convenientes alianzas entre las casas nobles. Si los padres de Anna estuvieran con vida, ella sería una de las tantas chicas que se alineaban en los salones de fiestas para conseguir pareja. Sin embargo, Elsa no aprobaba aquella costumbre, la consideraba degradante, llegó al punto de decirle que no la dejaría exponerse como ganado puesto a la venta.

Si bien, Anna reconocía que su hermana tenía razón en ciertos puntos, ella no pensaba que fuera una mala idea asistir a unos cuantos bailes. La princesa se resistía a casarse por conveniencia, como lo hacían las nobles del continente, pero aquellas fiestas le darían la oportunidad de conocer amigos nuevos, a los que su hermana no les tuviera que pagar para que pasaran tiempo con ella.

— ¿Puedo ir? — preguntó Anna cuando llegó la primera tarjeta de invitación a uno de los bailes más esperados de la temporada — ya tengo dieciocho años, y aún no he sido presentada en sociedad. — se quejó la muchacha quien había pedido una audiencia con Elsa.

— Eres muy joven, ¿por qué tienes tanta prisa? — preguntó la reina restándole importancia al asunto.

— La mayoría de mujeres se casan a mi edad. Tu ya tienes veinte años y tampoco te han presentado en sociedad. De seguro somos el hazme reír de esta ciudad. La mayoría de chicas hacen su debut cuando tienen quince o dieciséis años — se quejó Anna frustrada.

— La mayoría de mujeres solo quieren casarse porque no tienen suficiente dinero para mantenerse a sí mismas, y no pueden trabajar para conseguirlo. De lo contrario, te aseguro que habría más mujeres solteras — respondió Elsa de manera tajante— pero tu y yo tenemos el dinero suficiente para hacer lo que nos plazca, hasta que encontremos una persona con la que queramos pasar el resto de nuestras vidas. — Anna sonrió al escuchar aquello, pues su hermana también era algo romántica, a pesar de su apariencia fría.

— No sé si voy a encontrar "a el indicado" en el baile de Lady Catherine, pero quiero tener una oportunidad — pidió Anna — quiero hablar con alguien, salir, bailar, escuchar música, hacer algo diferente y comer mucho chocolate.

— Te entiendo, cualquiera querría lo mismo — aceptó Elsa.

— Entonces, vamos juntas al baile — propuso Anna emocionada. Por una breve fracción de segundo, los ojos de la reina brillaron por la emoción. Ella deseaba acompañarla.

— Ni hablar, eso está por fuera de discusión — negó Elsa —aunque, podría arreglar todo para que fueras sola— propuso la reina confiada en que su hermana aceptaría de inmediato.

— No es lo mismo, pero puedo vivir con eso — comentó Anna — ¡Acepto! — exclamó emocionada. Elsa le dirigió una breve sonrisa.

Durante los días previos a la invitación, el modisto de la corte hizo acto de presencia en el castillo. Pronto sería la coronación de Elsa, así que el sujeto aprovechó la oportunidad para tomar las medidas de los vestidos para el evento. Adicionalmente, Anna gozó por primera vez de la vida de una cortesana corriente, y se preparó para la temporada de bailes encargando un par de vestidos nuevos. La princesa sabía que la mayoría de nobles ordenaba de cuatro a seis trajes, pero aquel sería un lujo innecesario. Elsa jamás le permitiría asistir a más de una fiesta.

Los vestidos llegaron el día anterior al baile de Lady Catherine. Su atuendo para la coronación era un vestido verde y negro, con escote bajo y de última moda, demasiado serio para su gusto, pero perfecto para la ocasión. El favorito de Anna, fue el que llevaría al baile de la condesa, era color marfil con una amplia falda y el mismo escote bajo que tanto gustaba en aquella época. Sin embargo, las malas noticias también llegaron el mismo día.

— ¿Qué quiere decir con que no puedo ir? — le preguntó Anna al encargado de protocolo y relaciones públicas de la corona.

— Su alteza, sea razonable, por favor — pidió el funcionario — usted aún no ha sido presentada en sociedad, y debe ser acompañada por alguna mujer mayor de su familia. Es la tradición.

— Elsa podría hacerlo — sugirió Anna.

— No, la reina no podrá, ella tampoco ha sido presentada en sociedad— le explicó el sujeto.

— Entonces, yo me presentaré a mi misma — gritó Anna perdiendo los estribos.

— Anna, cálmate — intervino la reina.

— Ya había contemplado esta eventualidad. Pensé que la coronación sería el momento adecuado de hacer la presentación en sociedad de ambas princesas, incluso, hay quienes piensan que no es adecuado llevar a la menor a eventos sin que la mayor se halla casado, pero las circunstancias no nos permiten seguir las reglas hasta tal extremo— comentó el encargado de protocolo quien tomo un sorbo de su taza de té.

— No es justo — se quejó Anna — yo he escuchado que hay personas que llevan a sus hijas a bailes sin respetar las reglas de protocolo.

—Alteza, el problema es que usted es la segunda princesa de Arandelle, no es una hija de algún mercader local — respondió el funcionario — se espera que usted se comporte con el mayor decoro.

— Además — continuo el sujeto — están los rumores… — comenzó el hombre en tanto dejaba la frase colgando en el aire.

— ¿Qué rumores? — preguntó Elsa molesta.

— Hay quienes dicen que la princesa pasa sus días con un leñador.

— No es un leñador, es…

— ¡Mentira! — exclamó Elsa antes de que Anna pudiera decir otra palabra.

— Oh, entonces, no me preocuparé — dijo el hombre riéndose— vaya rumores malintencionados — concluyó el funcionario.

Anna vio al encargado de protocolo salir del castillo desde la ventana de su habitación. Quería llorar, pero no iba a permitirse hacerlo, solo era un tonto baile. Para mejorar su estado de animo, la princesa decidió usar su vestido nuevo durante el día siguiente. Ella no podría ir al baile, pero no perdería la oportunidad de sentirse bien en aquel fino traje. El raso color blanco marfil se le veía hermoso, y una de sus mucamas le ayudó a hacerse un intrincado peinado en el que puso violetas que tomó de las enredaderas que adornaban el palacio. Anna sabía que debía parecer una loca vestida con un traje de noche durante el día, pero no le importó, ya que nadie podía verla, y ella se sentía feliz.

Aquella tarde, Anna recibió la visita de Kristoff. El recolector estaba impaciente por verla, pues la reina escribió una carta contándole las malas noticias. Él se encontraba seguro de que la princesa no se tomaría aquello de la mejor manera. Cuando Kristoff llegó al castillo, se sorprendió al encontrarla perfectamente vestida y arreglada como si fuera a ir al baile.

— Por favor, dime que no planeas hacer nada estúpido — pidió Kristoff quien supuso que ella trataría de escapar nuevamente.

— Claro que no — dijo Anna, — solo quería ponerme mi vestido nuevo. Es hermoso ¿no lo crees? — preguntó la princesa en tanto se daba la vuelta.

Kristoff se relajó al ver que ella no mentía. Sin embargo, las esperanzas del recolector se extinguieron, ya que la princesa volvió a tratarlo con la misma educada frialdad que usaba desde una semana atrás.

— ¿Quieres escuchar música? — preguntó Anna.

— Sí, claro — asintió el recolector. Kristoff siguió a Anna hacía uno de los tantos salones de música del castillo, en donde no había nada más que un piano en el centro de la habitación.

— No sabía que tocaras el piano — dijo el recolector.

— Se supone que una princesa adecuada debe tocar por lo menos tres instrumentos. Por su puesto, Elsa tiene más talento que yo, pero no lo hago del todo mal — comentó la chica en tanto se sentaba en el banquillo y empezaba a tocar una suave melodía.

Kristoff vio a Anna en todo su esplendor. La princesa parecía más lejana e imposible de lo que él hubiera pensado. Probablemente, ella ya se había olvidado de él, y de su confesión en el lago Lenn. A pesar de aquel deprimente pensamiento, el recolector decidió probar su suerte. Kristoff caminó hasta el banquillo y se sentó al lado de Anna. Muy lentamente, él depositó un beso en su mejilla, pero ella no dejó de tocar, por lo que siguió besando su cara hasta que bajó a sus hombros descubiertos. Ella no lo detuvo, así que él puso una mano en la parte descubierta de su espalda, y la otra bajo su quijada, mientras se inclinaba levemente para besarla en el cuello. Las violetas jamás olieron de una forma tan dulce como en aquella oportunidad.

— Anna… — suspiró Kristoff. Esta vez, la princesa dejó de tocar.

— ¿Mi hermana también te pago para que hicieras eso? — preguntó ella a modo de burla.

— ¿Qué? — exclamó Kristoff quien alejó los labios de su cuello y la miró a los ojos. El recolector sintió como si le hubiera caído un balde de agua fría.

— Ya me escuchaste — repitió la princesa sonriendo de una manera irónica — ¿el precio de mi hermana también cubría "eso"? — preguntó con una nota de desprecio.

— No, n-n-no, no yo no… — balbuceó el recolector más y más nervioso.

—No mientas, yo los escuché hablar hace un par de semanas — dijo Anna tranquilamente, en tanto tomaba las partituras, cerraba el piano y se levantaba del sillín. Kristoff permaneció en silencio, su cerebro le gritó una y otra vez que la detuviera, que dijera algo, pero sus labios seguían sin moverse.

— ¡Anna! — exclamó el recolector antes de que ella dejara la habitación. — espera, por favor, no quise ofenderte, yo quería decirte cuanto me gustas, y que creo que eres una persona…

— Kristoff — lo interrumpió la chica — sé hacía donde va todo esto, y me temo que no puede ser— dijo. El recolector sintió aquellas palabras como un golpe en la mandíbula. En especial, porque habían sido las mismas que él usó para rechazarla semanas atrás.

— Por favor, no te enfades, yo te juro que lo que siento por ti es real — dijo el recolector desesperado.

— No estoy enfadada— respondió Anna — si lo estuviera, no te habría dejado entrar al palacio. He pensado mucho, y a pesar de todo, tengo que reconocer que valoro mucho tu amistad, pero me temo que nunca podré darte más que eso — dijo la chica de manera calmada.

— Por favor, dame una oportunidad, yo…

— Es mejor que te marches.

— Anna — insistió Kristoff

— Por favor, márchate — pidió la chica con los ojos acuosos.

— Sí — asintió Kristoff, quien dio media vuelta y bajó por las escaleras de caracol hasta que llegó al recibidor del castillo, en donde se hallaba Elsa esperándolo. Kristoff se sorprendió, pues nunca se lo habría imaginado.

— ¿Cómo te fue? ¿Se puso feliz? — preguntó la reina reprimiendo su emoción.

— Elsa — comenzó Kristoff con el seño fruncido — ella lo sabe — dijo. Al escuchar aquello, los ojos de la reina se abrieron de par en par.

— No — murmuró Elsa mientras ponía las manos sobre su cara — No, no, no. No puede ser posible — negó una y otra vez.

— ¿Esta furiosa, no es verdad? — preguntó la reina asustada.

— No lo sé, es extraño, parece molesta, pero dijo que quería que siguiéramos siendo amigos— comentó Kristoff quien no acababa de entender.

— Anna no es rencorosa— comentó Elsa con un poco más de calma — y muy en el fondo, creo que ella entiende porque lo hice— dijo la reina.

— ¿Y yo? ¿Qué hago ahora? — preguntó Kristoff sonriendo amargamente — no quiero tener que enfrentarla nuevamente, pero me pidió que no me alejara porque soy su único amigo.

— No se que decirte — dijo la reina.

— Será mejor que me marche — contestó el recolector.

— Sí, eso será lo mejor — contestó la reina. — pero, te espero de vuelta en tres semanas — concluyó Elsa.

— ¿Por qué? — preguntó Kristoff.

— Es la coronación, y quiero que estés presente. Tu también eres mi único amigo — comentó la reina quien le dirigió una suave sonrisa.

— No me lo perdería por nada del mundo.

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— Anna— llamó Elsa desde la puerta. Ella estaba sorprendida de que las posiciones hubieran cambiado— Por favor ábreme.

— No, déjame en paz — pidió Anna con la voz temblorosa— hablaremos mañana. Por ahora, no quiero verte.

— Por favor hermana — pidió la reina.

— ¡Déjame tranquila!

— Anna — la llamó Elsa — te juro que nunca quise lastimarte, solo quería que fueras feliz, que tuvieras alguien con quien hablar.

— ¿Quieres que sea feliz? — preguntó Anna con un toque de veneno — entonces, abre las puertas, háblame tú misma, no le pagues a extraños para que lo hagan por ti — gritó.

— Por favor perdóname— pidió nuevamente la reina.

— ¿No entiendo qué es lo que te pasa? ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Qué es lo que quieres de mi? — preguntó Anna una y otra vez.

— Anna, lo lamento mucho, por favor perdóname— dijo. De repente, una gota de agua alcanzó la frente de la reina. Elsa levantó su vista al techo, y vio una fina capa de hielo sobre su cabeza.

— No puede ser — susurro la reina — no puede ser — repitió.

Elsa corrió a través del pasillo. Cuando Anna salió de su habitación no encontró más que un espejo de agua en el piso y el pasillo vacío.

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Tres semanas después, el humor de Anna había mejorado mucho. La princesa estaba impaciente por que comenzarán las celebraciones. Las ventanas se abrieron y la servidumbre comenzó a preparar el banquete de aquella noche, mientras que ella aprovechaba todo el movimiento para recorrer de arriba a abajo el castillo.

El reloj de la catedral marcó las nueve de la mañana. Anna corrió hasta la plazoleta frente al castillo, ya que era el momento de que las puertas se abrieran. La princesa contuvo la respiración al tiempo que las pesadas láminas de metal se movían una tras otra, dejándole ver el pueblo frente a ella. La chica corrió hacía el exterior, mientras que las personas que pasaban a su lado la miraban como una especie de maravilla. De seguro, todos aquellos nobles y citadinos habrían escuchado las leyendas acerca de las dos misteriosas princesas reclusas.

Anna corrió hacía el puerto. Ella estaba tan maravillada con el paisaje que no vio venir un poderoso caballo café que la empujó fuertemente hacía un bote colocado en el extremo del muelle. Por suerte, el animal detuvo el barco con su pata antes de que este cayera al mar.

— Hey — llamó Anna a su atacante.

— Como lo siento, ¿Te hiciste daño? — preguntó un apuesto aristócrata desde el caballo. Y fue en ese momento, en que Anna supo que estaba perdida.

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— ¡Kristoff! — exclamó Elsa aliviada al ver una cara amiga — gracias al cielo. Pensé que no vendrías, estoy tan nerviosa, no sé como lo soportaré — se quejó la reina, quien frotaba sus manos la una con la otra. El recolector de hielo rió suavemente y la tomó por los hombros.

— Estarás bien, pero debes calmarte. Recuerda lo que te dijo Gran pabbie: el miedo es tu peor enemigo. — comentó el recolector.

— Trataré de recordarlo — respondió la reina.

La ceremonia inició a la hora programada. El recolector de hielo fue ubicado en la parte de atrás, con los miembros de la servidumbre. El muchacho rió al ver el puesto asignado, ya que le recordaba las razones por las que no quería tener una relación con Anna. Kristoff jamás sería aceptado como un pretendiente serio.

Kristoff levantó su mirada hacía el altar, y vio a Anna a la derecha de Elsa. Ella se veía hermosa y alegre, casi no quedaba rastro de la mujer herida que dejó tres semanas atrás. Anna saludó a una persona entre el publico, y él moría por saber a quién.

El recolector movió la cabeza de un lado al otro buscando a la persona a quien Anna saludó, pero no la encontró. El coro terminó su canción, mientras que el obispo daba por terminada la coronación con una retahíla de frases que él no logró entender. Kristoff palideció al ver a la reina dudar antes de tomar el cetro. La muchacha estaba lívida por el miedo. Elsa apenas respiró durante su presentación como reina, pero al final todo salió bien.

Al terminar la ceremonia, la princesa y la reina volvieron a sus habitaciones para descansar antes del baile. Kristoff aprovechó este momento para buscar a Anna, quien se encontraba rodeada de mucamas que orbitaban a su alrededor, cortando hilos y arreglando cabellos fuera de lugar. Ella notó su presencia cuando él la llamó.

— Anna— dijo Kristoff — ¿Puedo hablar contigo un momento? — preguntó. Algunas mucamas cambiaron de color, y otras se molestaron. Ellas necesitaban darse prisa con el vestuario de la princesa.

— Por su puesto — respondió Anna amablemente. La princesa se dirigió a su personal y les pidió que la dejaran sola con el recolector.

— ¿Cómo me veo? — preguntó Anna nuevamente, en tanto daba una vuelta frente al espejo.

— Hermosa — respondió Kristoff sin dudar.

— Vaya, que caballero — se burlo Anna quien soltó una risita. La princesa dio media vuelta y comenzó a luchar con el broche de su collar.

— Anna— comenzó nuevamente el recolector — yo quería disculparme contigo…

— Por favor, abrocha esto ¿Quieres? — pidió Anna en tanto ponía el collar en sus manos.

— C-Claro — tartamudeó el muchacho. Kristoff tomó la joya con sus torpes dedos y la abrochó con mucha dificultad, pues el olor de las violetas lo distraía.

— ¿Qué estabas diciendo? — preguntó Anna.

— Te decía — continuo Kristoff — que lamento mucho lo que pasó el otro día. Tu me gustas, y… yo estoy enamorado de ti — dijo el muchacho.

— Escuché lo que le dijiste a mi hermana aquel día — comentó Anna muy seria — sé lo que sientes por mi. Yo ya no estoy molesta, pero eso no significa que pueda corresponderte.

— Pero, tu me dijiste que yo te gustaba, ¿Acaso no lo recuerdas? — preguntó Kristoff alarmado. — ya no existen secretos entre nosotros, podríamos estar juntos.

— No

— ¿Por qué no? — preguntó Kristoff molesto.

— Tu decidiste ponerte del lado de Elsa — murmuró Anna en una voz tan baja que Kristoff casi no pudo escucharla.

— Esto no es una pelea, Anna — respondió Kristoff. — Elsa solo quiere lo mejor para ti, ella…

— ¿Lo mejor para mi? — preguntó Anna ofendida — quiero que me expliques como apartarse y encerrarnos va a ser lo mejor para las dos. Tu sabes que es mentira — contestó la chica entre dientes.

Kristoff entendía a Anna. Ella no conocía el secreto de Elsa, y debía parecer sumamente raro y perturbador el comportamiento de su hermana. El recolector de hielo estuvo tentado a decirle la verdad, pero rápidamente se arrepintió. Aquel secreto le pertenecía a Elsa, y no tenía derecho de disponer de él.

— Yo sé que tu hermana no tiene malas intenciones — declaró el recolector.

— Eso es lo que tu dices, pero ¿cómo puedo estar segura? — preguntó Anna.

— Anna, por favor perdóname— dijo Kristoff tomándola por los hombros.

— Yo te perdoné Kristoff. Según lo que escuché en el despacho de mi hermana, tu eres sincero, y te considero mi amigo. Pero no me pidas que te quiera, no puedo hacerlo — murmuró Anna.

— Lamento lo que pasó en el salón del piano, nunca quise tocarte sin tu permiso — comentó Kristoff, quien comenzó a sentir mariposas y vacío en el estomago.

— No tienes porqué disculparte. Yo te dejé tocarme— respondió. La princesa se ruborizó al decir aquello.

— ¿Es en serio?

— Si.

— Podría volver a…

— No.

Kristoff se desanimó. Sin embargo, el recolector también estaba confundido. La princesa lo había dejado besarla, aquello significaba que él no le resultaba desagradable, y que existía la posibilidad de que le quisiera.

— Tengo que terminar de prepararme para el baile — dijo Anna.

— Sí, lo lamento. Será mejor que me retire— respondió Kristoff.

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Elsa se sentía culpable. Alejó a Anna de una forma horrible y humillante al principio del baile. Una parte de la reina hubiera querido ser lo suficientemente estúpida para hundir sus penas en alcohol. Después de todo, para algo le tenía que servir ser mayor de edad. Sin embargo, el ir y venir de la fiesta le hizo imposible cumplir sus deseos. Elsa prefirió sentarse en una de las mesas al extremo del salón a disfrutar su primera copa de champagne.

— Su majestad — dijo el encargado de protocolo y relaciones públicas de la corona, quien venía poco menos que saltando por la emoción. — ¿me permite unas palabras? — preguntó. Elsa hubiera querido negarse, pero no había forma de hacerlo.

— Por su puesto — respondió la reina fingiendo una sonrisa.

— Hace un momento vi a la princesa Anna bailando con el duque de Weselton, creo que sería…

— ¡No! — lo interrumpió Elsa. No necesitaba más palabras para saber hacía donde se dirigían las sugerencias del funcionario.

— Pero sería una excelente alianza y…

— ¡No!

— Él parecía divertirse, y no deja de hablar de…

— ¡He dicho que no! — negó Elsa por tercera vez — es repulsivo, y podría ser su abuelo.

— Es nuestro mayor socio comercial — señaló el encargado de protocolo menos emocionado que antes. — Si el rey estuviera vivo, la princesa Anna ya…

— ¡Pero no lo está! —respondió Elsa de una manera brusca. — No voy a casar a mi hermana con el primer noble que se aparezca por aquí enseñándonos su dinero. No pienso hacerle eso.

— Y si el noble fuera un recolector de hielo ¿lo haría? — preguntó el sujeto. Elsa lo miró sorprendida. De alguna manera, él se había enterado de la verdad.

— Los rumores son muy fuertes — comentó — me sorprende. Usted siempre es bastante reservada. Nunca pensé que fuera tan poco cuidadosa.

— No voy a darle explicaciones. Además, yo soy la reina. Lo que haga es únicamente mi decisión— contestó Elsa sin prestarle atención a si era grosera o no.

— Tiene razón — reconoció el funcionario — solo espero que usted y la princesa estén dispuestas a hacer lo mejor por el reino.

Elsa se quedó en silencio. Ella observó a los bailarines agruparse en la pista. No podía creer el atrevimiento del encargado de protocolo. Sin embargo, sabía que solo hacía su trabajo. Él estaba acostumbrado a llevar los asuntos de la corona de Arandelle como lo haría cualquier otro país del continente. La reina entendía como funcionaban las cosas. Anna y Elsa eran una especie de premio entre las casas reales, en especial ella misma. La reina era la vía directa para acceder a un trono. Y por aquella razón, había tenido que soportar a un sin numero de falsos pretendientes que pedían audiencia frente a ella, a los que raramente abría las puertas. Al punto, que ya sabía reconocer sus intenciones tan solo con una mirada a sus ademanes y comportamiento.

Puede que Anna no fuese la sucesora al trono. Pero, al ser tan solo dos hijas, ella tendría prácticamente toda la herencia de su mamá y la fortuna personal de su padre. La menor era el botín perfecto para cualquier casa fortunas. Elsa no estaba dispuesta a dejar que la presión de la nobleza las convirtiera en fichas del juego político que se libraba frente a sus ojos. Su hermana no serviría de alianza y para calentar la cama de algún aristócrata del continente. Puede que aquella fuera la tradición, pero Elsa la cambiaría.

— ¿Quién es él? — preguntó Elsa al ver a un guapo aristócrata bailando con Anna.

— Hans Westergard, treceavo príncipe de las Islas del Sur— dijo el encargado de protocolo quien curvó una ceja — ¿no lo recuerda? Llegó hace una semana a Arandelle. Pidió audiencia con usted. Vino a saludarla.

—Lo había olvidado — contestó la reina, quien comenzaba a recordar al príncipe. Él era uno de los tantos nobles que se presentaban frente a ella con intenciones dudosas y una cara bonita. Elsa tuvo el feo presentimiento de que el sujeto buscaba algo más.

Al igual que todos… — pensó la reina amargamente.

— No es la mejor opción, el duque sería más conveniente — comenzó nuevamente el funcionario — cuando mucho recibirá un titulo nobiliario menor. Pero la familia Westergard es muy rica. Tienen alianzas matrimoniales con todos en el continente. Él es un príncipe, mucho mejor que un recolector de hielo, sin lugar a dudas— comentó el hombre con un toque de ironía en la última frase. Elsa entendió el insulto velado que le lanzó.

— Es tan solo un baile. Estoy segura de que él no se atrevería a pedirle matrimonio esta misma noche. Es muy temprano para que usted cante victoria — bromeó Elsa, quien llevó la circunstancia al extremo, pues era absurdo que alguien pudiera hacer eso.

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Elsa le había pedido a Kristoff que se quedara hasta que comenzara el baile. Él no quería hacerlo, pero no se atrevía a ir en contra de los deseos de la reina. El recolector vio todo el espectáculo desde la esquina en donde los mayor domos esperaban para brindar sus servicios. No quería tener que mezclarse con una nobleza que no lo iba aceptar.

Con el pasar de las horas, el recolector comenzó a caminar lentamente por lo alrededores del salón, hasta que encontró el balcón. Kristoff salió, y agradeció poder tomar algo de aire fresco en aquella cálida noche de primavera. Las enredaderas de violetas adornaban la escena, Por lo que pensó que sería una buena idea tomar un ramillete para darselo a Anna antes de irse. Con mucho cuidado, quebró una rama, y tomó las flores. De seguro la princesa apreciaría el detalle.

Kristoff volvió al salón. Notó un par de personas bailando. Se trataba de Anna y un aristócrata desconocido. El recolector entornó los ojos al ver a la elegante pareja cruzar el salón al ritmo del vals. Se veían perfectos. Él no pudo dejar de sentir envidia por aquel noble, de la manera ágil y cadenciosa en que se movía con ella frente a todos, casi como se encontrara orgulloso de tenerla entre sus brazos. Esa era su diferencia con Kristoff, de seguro, aquel sujeto nunca se sentiría asfixiado como él, ni torpe, ni fuera de lugar.

Un negro y mezquino ataque de rabia llegó a Kristoff como una ráfaga. Él cometió el error que trató de evitar durante todo aquel tiempo. Dejó que ella tocara su corazón y ahora tenía que pagar por su descuido. El recolector fue ingenuo al pensar que había una parte secreta de Anna que le pertenecía a él, y a nadie más. La misma que tan solo se mostraba en el lago Lenn, o en las tardes soleadas bajo el sauce del jardín. Kristoff era un estúpido.

Rápidamente, el recolector cruzó el salón, mezclándose con la servidumbre y escondiéndose de las personas que lo rodeaban, hasta que llegó a la puerta del salón.

— Kristoff — gritó una voz que lo alcanzó cuando iba por el pasillo. Se trataba de Anna.

— Kristoff — repitió mientras corría hacía él — ¿te vas? — preguntó en tanto recuperaba el aliento.

— Sí, ya es tarde, y mañana quiero subir a la montaña — dijo el recolector.

— ¿Por cuánto tiempo estarás lejos? — preguntó Anna preocupada.

— No lo sé, probablemente una semana o dos — respondió.

— Kristoff… — comenzó Anna nerviosa — quiero que sepas que realmente no estoy molesta, ya no. Por favor, no nos olvides. Recuerda que nosotros somos tus amigas, Elsa y yo — dijo la chica en tanto tomaba su mano entre las suyas.

— No planeo hacerlo — contestó Kristoff sin despegar sus ojos de los de Anna. — pero… ¿quién era ese sujeto con el que estabas bailando? — preguntó el recolector. En ese momento, él se odio a sí mismo. Se había prometido permanecer impávido y frio como un bloque de hielo, y fingir que aquello no le afectaba, pero falló miserablemente.

— ¿Te refieres a Hans? — exclamó Anna. "Se llama Hans" pensó el recolector mientras que recordaba la escena de la princesa bailando con el aristócrata.

— Bien él es… él es… él es muy amable conmigo — concluyó Anna sin darle una verdadera respuesta.

— Sí, eso pude verlo — dijo Kristoff, quien se escuchó más malhumorado de lo deseado. — pero, no respondiste mi pregunta — insistió.

— Su nombre es Hans, es el treceavo príncipe de las Islas del Sur — respondió Anna. "Es un príncipe" pensó Kristoff con amargura.

— Supongo que te agrada — dijo el recolector, a lo que Anna respondió mordiéndose el labio.

— Sí, un poco — admitió la chica. — en realidad, me gusta bastante, y yo le gusto a él — concluyo. Eso fue todo lo que Kristoff necesitaba oír.

— Bien — respondió Kristoff con la boca seca — si él es inteligente, te conservará. — comentó. Anna respondió con una breve sonrisa.

— Me halaga que alguien como él me considere digna de su atención…

— No seas tonta — la interrumpió Kristoff bruscamente — ¿Cómo se te ocurre decir algo como eso?

— ¿Si mi hermana no te hubiera pagado, tu hubieras regresado? — preguntó Anna. Kristoff se quedó atónito. Su acuerdo con Elsa la había lastimado más de lo que pensó. En realidad, ella creía que no era digna de atención.

— Yo… claro que sí, que pregunta— mintió Kristoff de una forma poco convincente.

— No me mientas, los dos sabemos que no es así — negó Anna. Kristoff vio sus ojos tornarse acuosos en tanto sus labios comenzaban a temblar.

— Yo estoy aquí ahora, ¿no es así? — preguntó el recolector muy serio — mientras tu babeas por otro hombre — dijo. Anna notó que algo en la mirada del recolector se apagó.

— No voy a quedarme eternamente a esperar que gente que dice quererme llegue a sentir algo verdadero por mi. Tu y mi hermana son iguales. Ustedes tienen una forma muy peculiar de amar— soltó Anna, como si se hubiera tratado de veneno expulsado de una serpiente. Ella había contenido aquello por mucho tiempo.

— Ese sujeto es un completo extraño — respondió Kristoff subiendo el tono de voz y señalando hacía atrás, donde se encontraba el salón.

— Ese sujeto puede sacarme de aquí — respondió Anna. "Así que de eso se trata " pensó Kristoff. Todo se reducía al mismo punto en el que había iniciado todo aquel episodio. Ella aún quería escapar.

—Anna… — murmuró Kristoff sin saber que decir.

— Kristoff. Se que no hemos hecho otra cosa más que pelear durante las últimas semanas, pero quiero que sepas que no deseo que te marches permanentemente. Mi hermana tampoco lo desea — comentó Anna.

— Por supuesto — respondió — aún así, será mejor que me marche.

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Anna volvió al salón cabizbaja y deprimida. La verdad era que ella hubiera preferido pasar la velada obligando a Kristoff a bailar con ella, así hubiese sido lejos de los demás invitados. La princesa tuvo que reprimir una sonora carcajada, casi podía imaginarse al recolector de hielo trastabillando de un lado a otro torpemente. Pero lo que más la entusiasmaba, era la posibilidad de ver su cara cuando le brindara chocolate, pues estaba segura de que jamás lo había probado.

A pesar de todo lo anterior, Anna no pudo cumplir su deseo. Había decidido permanecer molesta con el recolector, y ahora pagaba las consecuencias.

— ¡Anna! — gritó Hans al otro lado del salón en tanto luchaba con la multitud para llegar hacía donde se encontraba ella.

— ¿Dónde te habías metido? — preguntó el príncipe— te he buscado por todas partes.

— Salí a despedirme de un amigo, eso fue todo — respondió la princesa amablemente.

— ¿Quieres salir del salón? — preguntó Hans — vi unos hermosos jardines y una cascada detrás del castillo, pero aún no he tenido la buena suerte de visitarlos.

— Yo te los enseñaré — se ofreció Anna emocionada. Hans y Anna emprendieron el camino hacía los jardines, mientras que la chica aprovechó el momento para pedirle concejo a su nuevo amigo.

— Es bastante bajo — opinó Hans mientras que cruzaban el sendero hacía la caída de agua — una reina no debería acudir a semejantes trucos, pero es aún más indigno que ese hombre se hubiera prestado para ello. Él tan solo es un ambicioso — opinó el príncipe.

— Kristoff no es malo — comentó Anna — sé que es una buena persona, aunque no puedo olvidar que toda nuestra relación se construyó sobre una mentira.

— Tienes razón — aceptó el príncipe. — yo opino que no deberías permitirle que volviera a poner un pie en el palacio. Él es un recolector de hielo — dijo Hans acaloradamente. A Anna no le gustó la última frase, parecía que insinuase que el recolector no era lo suficiente por el hecho de ser plebeyo.

— Kristoff puede ser solo un recolector de hielo, pero es una buena persona— contestó Anna molesta.

— Por su puesto que lo es — se apresuró a decir Hans, quien ya se había percatado de su error. — pero creo firmemente que tú necesitas alguien que verdaderamente te aprecie. No debes permanecer con ese impostor, que lo único que quiere es dinero — opinó en tanto se daba media vuelta, la enfrentaba y tomaba su mano entre las suyas. Anna se lamentó de no poder sentir su verdadera piel, que se hallaba escondida detrás de la fina tela de sus guantes blancos.

— Mi querida Anna — suspiró — tu te mereces a alguien mejor. Puede que yo solo sea un noble secundario, pero te aseguro que tu hermana no me pagó. Yo te escogí libremente. Te eres y siempre serás mi única opción — dijo el príncipe con gran inspiración.

— ¿De verdad? — preguntó Anna sobrecogida y halagada.

— Si — respondió —Anna, sé que esto parecerá un poco loco, pero mañana se cerrarán las puertas, y no tendré oportunidad para pedírtelo nuevamente. ¿Quieres ser mi esposa? — preguntó en tanto se ponía de rodillas. Anna quedó abrumada ante tal declaración. El recuerdo de Kristoff aún estaba grabado en su memoria, y no sería fácil sacarlo de allí.

— Anna — empezó nuevamente el príncipe— yo sé que puedo hacerte muy feliz. Jamás volverás a vivir tras puertas cerradas. Yo puedo sacarte de aquí para siempre. — aseguró. Anna escuchó las palabras que quería oír. Finalmente, sería libre.

—Acepto.


Hola a todos, como verán, mi obsesión con Frozen no se ha calmado ni siquiera un poco. A veces no me entiendo yo misma. Creo que soy una persona de pasiones fuertes. Pasé casi seis meses sin publicar ni una palabra, y ahora mírenme. Lo peor es que veo que cada vez somos menos y menos lectores en esta sección, pero no importa, esta es mi locura y estoy feliz con ella.

Aún no entiendo cual es mi problema con Anna. Me encanta, y no se porque, si soy muy diferente a ella. Recuerdan esa escena en que Hans le dice a Elsa: "su majestad, ¿puedo decirle unas palabras?" y ella contesta "No, no puedes, y ahora, te pediré que te marches". Sip, esa soy yo resumida en una línea. Me sentí espiritualmente conectada con esa escena. Pero aún así me fascina Anna, está llegando a un punto preocupante. El fin de semana pasado la hija de 4 años de mi jefe fue a la oficina y se emocionó de muerte al ver mi brillo labial, ¡El brillo labial que uso es de la princesa Anna! mis amigas usan Lancome, Channel, así sea Cyzone, pero yo uso uno marca Disney, y ¡soy un adulto! ¡por dios! Les juro que soy un adulto, y aún así tengo un serio problema con una peli para niños.

En fin… les agradezco como siempre sus comentarios y sus suscripciones y favoritos, sé que a veces soy muy descuidada respondiéndolos, pero me encantan que me digan lo que piensan, en especial en este fandom, donde tengo que admitir que siempre me sorprenden, por lo que comentarios, flamers y amenazas de muerte son bien recibidas, adiós.