El olor de las violetas

Cap3: El plan.

— Acepto — contestó Anna. Al escucharla, Hans se puso de pie.

— Entonces, será mejor que pidamos la bendición de tu hermana — dijo el príncipe.

— Sí, eso será lo mejor — respondió la chica. Anna no se sentía tan emocionada como debiera. Se suponía que aquel día sería el más feliz de su vida. Pero su pelea con Kristoff y el rechazo de Elsa, aún le daban un mal sabor de boca.

— Hans — empezó Anna sosteniendo firmemente su mano e impidiendo que continuara — ¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? — preguntó.

— ¿A que te refieres? — la cuestionó el príncipe, quien la miró preocupado.

— Siento que todo esto está pasando por mi culpa. No quiero que pienses que te estoy obligando — murmuro Anna. Hans se volteó hacia ella y acarició su mejilla con el dorso de su mano.

— Anna… — empezó suavemente — no me estas obligando. Te amo. Vamos a pedirle permiso a tu hermana. Estoy seguro de que ella nos lo dará.

Anna y Hans se abrieron paso a través del salón de baile. Ya no quedaban tantas personas como un par de horas atrás. Aun así, les fue difícil acercarse a la reina, pues ella se encontraba rodeada de funcionarios.

— ¡Elsa! — gritó Anna — Quiero decir, majestad — corrigió la chica, mientras hacía una leve y patética reverencia frente a ella — quiero presentarle al príncipe Hans de las Islas del Sur — dijo la chica en tanto entrelazaba su brazo con el del muchacho.

— Su majestad — saludó Hans.

— Nos gustaría… su bendición para nuestra boda— dijeron los dos al unísono, juntando sus cabezas.

— ¿Boda? — preguntó Elsa quien se sintió palidecer.

— Si— chilló Anna.

— Lo lamento, estoy confundida. — respondió Elsa mientras pensaba en diferentes formas para matar a su tonta hermana pequeña.

— Bueno, aún tenemos que planear la ceremonia. Serviremos sopa, guisado y helado— comentó Anna de una manera tan rápida que Elsa casi no podía seguirla. La reina cruzó una mirada con el famoso príncipe, se le veía alegre, y desagradablemente confiado.

— ¿Viviremos aquí? — preguntó Anna concentrando su atención en el príncipe.

— ¿Aquí?

—Claro que sí— dijo Hans tomándola de las manos.

—Anna… — comenzó la reina quien se sentía al borde de un desmayo.

— Invitaremos a tus doce hermanos al palacio. Hay suficiente espacio, aunque tal vez prefieran un poco…

—No, no, no. Anna, espera…

— ¡No! — negó Elsa — ningún hermano se quedará en el castillo, y nadie tendrá una boda. — continuó la reina tratando de mantener la calma.

— ¿Qué nadie que? — preguntó la princesa mirando a su hermana con resentimiento.

— ¿Puedo charlar contigo hermana? Las dos — preguntó la reina mientras se frotaba las manos la una con la otra. Elsa sintió que sus poderes querían salir por debajo de sus guantes.

— No. Lo que tengas que decir, lo escucharemos ambos — dijo la princesa en tanto volvía al lado de Hans. Elsa le dedicó una mirada cargada de resentimiento al sujeto. Él no era tan joven como su hermana. Con tan solo una mirada, Elsa pudo saber que no era precisamente "inexperto". Vestía un elegante uniforme militar, cubierto de estampas y condecoraciones, de seguro, había vivido más experiencias que cualquiera de las dos. Él estaba jugando con Anna.

— Bien, no te puedes enamorar tan pronto— dijo Elsa.

— Claro que sí, si es amor de verdad— arremetió Anna

— ¿Tal y como lo hiciste de Kristoff? — preguntó Elsa con un tono de veneno en su voz.

— No te atrevas…

— Pasaron varios meses antes de que tu pudieras decir que te habías enamorado de Kristoff. ¿Crees que ya me he olvidado de la manera como lo seguías por el castillo? — insistió la reina. Anna pasó su mirada de Hans a su hermana. No podía creer que se atreviera a hacerle aquello en frente de su prometido.

— Tienes razón — reconoció Anna. — hablemos en privado, los tres— añadió.

Elsa guió a Anna y a Hans al salón detrás del trono. El mismo en el que la reina se había preparado horas antes.

— Anna, no te puedes casar tan pronto — repitió Elsa. En ese momento, el sonido de golpes en la puerta las interrumpió.

— Majestad — llamó una voz desde el exterior. Elsa lo reconoció, se trataba del encargado de protocolo. La última persona a la que la reina hubiera querido ver.

— Estamos ocupad… — se apresuró a contestar la reina. Sin embargo, el desdichado príncipe fue más rápido y abrió la puerta de par en par.

— Lamento la interrupción— se disculpó el encargado de protocolo, quien venía acompañado de otro par de representantes del parlamento. Elsa los reconoció. Eran miembros de la oposición. — Todos en el salón escuchamos la importancia de la conversación, por lo que al ser un asunto de estado, creímos…

—¡Este no es un asunto de estado! — gritó la reina quien tenía verdaderos problemas para controlar sus poderes, a pesar de llevar puestos sus guantes.

— Esto es algo que mi hermana y yo solucionaremos juntas — sentenció Elsa.

— Me temo que no es cierto, majestad — dijo uno de los parlamentarios mientras entraba al salón. Elsa sintió su mirada sobre ella, como un lobo sobre su presa. — los rumores son desafortunados, y cada vez se vuelven más y más fuertes — comentó.

— ¿Qué rumores? — preguntó Anna quien lucía pálida y sorprendida por la escena frente a sus ojos.

— Su alteza — comenzó el parlamentario fingiendo amabilidad. Después, se sentó en el sillón junto a Anna, y tomó su mano. La princesa lo miró incomoda— todos hemos escuchado acerca de la forma en la que su hermana ha tratado de "emparejarla" con un recolector de hielo. Ciertamente, esta es una acción malintencionada.

— ¡Eso no es cierto! — negó Anna con fuerza mientras retiraba su mano de la del parlamentario. — Kristoff es mi amigo, solo eso. Y respecto a Elsa… ella no tiene malas intenciones.

— Su alteza— añadió el otro concejal que estaba en la sala — todos sabemos que ella le pagó al sujeto. Es una suerte que usted sea una mujer respetable, ¿usted sabe lo que según la ley le habría pasado a usted si hubiera continuado con esta relación? — preguntó.

— N-no… — contestó Anna asustada.

— Imaginémonos el peor escenario posible. Supongamos que usted hubiere quedado embarazada por culpa de esta relación ilícita. — comentó el que estaba sentado junto a ella.

— Yo no…

— Sólo es una suposición — dijo el sujeto mirándola a los ojos — la ley no es justa con las madres solteras, ¿lo sabía? Si una mujer huérfana llega a quedar embarazada por fuera del matrimonio, y es menor de edad, su guardián podría quedarse con toda su fortuna. En su caso, su guardiana es su hermana— concluyó el político. La princesa se sintió sobrecogida por la forma casi misteriosa en la que hizo esa peligrosa insinuación. Anna se paró asustada y corrió al lado de Hans.

—¿Cómo se atreve?— empezó la reina ofendida— esto podría considerarse una traición— advirtió Elsa, quien dio un paso adelante, mientras que se encontraba a segundos de congelar a aquel hombre. No podía creer el atrevimiento de su parlamento. La reina sabía que todos querían que Anna sirviera de alianza con otro país, pero de ahí a ponerla en su contra, había una gran distancia.

— Majestad — empezó el primer hombre dirigiéndose a la reina. En ese momento, Elsa casi pudo ver los engranes de su cabeza maquinar para voltear toda la situación a su favor. — Sé que usted aprecia a su hermana. Todos en esta sala conocemos su "inquietante" deseo por mantenerse dentro de las murallas de este castillo. Pero, deseamos que sea razonable — continuó en tanto se ubicaba entre Anna y Hans, tomando sus hombros con cada uno de sus brazos.

— Un matrimonio entre estos dos sería más que beneficioso para todos— concluyó — nosotros nunca hemos sido cercanos con un reino fuerte como las Islas del Sur— opinó.

la mirada de Anna encontró la de Elsa. ¿Seria posible que su hermana mayor la hubiera protegido de una situación como aquella? La princesa siempre había pensado en la reina como en una especie de enemiga. Pero, nunca se detuvo a pensar que había una razón detrás de todos aquellos actos.

— Yo no quiero que mi matrimonio sólo se de por conveniencia — respondió Anna.

—No lo será— dijo el parlamentario en un tono paternal— Ustedes se iban a casar. Nosotros solo queremos recordarle a su hermana que no hay necesidad de oponerse. Si no hubiese estado de por medio aquel recolector, no hubiéremos intervenido — comentó sonriendo. A Anna no le gustó todo aquel tono, como si fuera una amigable conversación de negocios.

— Anna, ¿acaso no quieres casarte conmigo? — preguntó Hans contrariado. Anna sintió culpa al ver la tristeza en sus ojos.

— S-si, claro que si, pero… — comenzó Anna.

— Anna— empezó Elsa preocupada — por favor, no dejes que todas estas personas te influencien — pidió la reina.

—Alteza, usted lleva mucho tiempo encerrada en este castillo. No conoce el mundo, tan solo ha conocido el hombre al que su hermana le pagó. Todos aquí creemos que sería una buena opción que pudiera ver el exterior de este palacio— opinó el segundo parlamentario. Elsa supo que era una batalla perdida. Con ese argumento, su hermana caería a sus pies. Sin embargo, la guerra aún no había terminado. La reina tendría que jugar sus cartas con delicadeza.

— Esta bien — aceptó Elsa — si quieres casarte con este extraño, dejaré que lo hagas. Pero, tengo una sola condición— dijo la reina. Todos en el salón se quedaron sorprendidos y expectantes.

— Debes esperar tres meses — comentó la reina — si después de tres meses aún quieres casarte con él, yo no me opondré.

— Su majestad — dijo el encargado de protocolo quien se había mantenido en silencio hasta ese momento — ¿por qué hace esto? ¿no sería mejor que se casaran lo más pronto posible?.

— Quiero que se conozcan antes de casarse — afirmó la reina. — no voy a permitir que te cases con un hombre al que acabaste de conocer.

— Me parece razonable— aceptó Anna.

— ¡Anna! — exclamó Hans— tu sabes que yo no puedo permanecer aquí. Tendré que pedir una licencia al ejercito.

— No hay problema — comentó la reina dirigiéndole una sonrisa mal intencionada — podrás quedarte en el castillo. Yo misma le enviaré una carta a tu padre pidiéndole la licencia. Solo serán tres meses— propuso Elsa.

La reina estaba orgullosa. Había ganado tiempo para deshacerse del falso pretendiente. Ninguno de los parlamentarios y concejeros podría negarse a su razonable condición. Ahora, solo hacía falta que Kristoff jugara a su favor.

— Si eso fue todo, creo que será mejor que se retiren — dijo Elsa.

— Si majestad — asintieron los presentes.

— Anna — llamó la reina antes de que la chica pudiera pasar por el umbral de la puerta — espera. Quiero hablar contigo. — ordenó. Anna se dio media vuelta y la miró sorprendida.

— Esto pudo haber terminado mucho peor — dijo la reina con una sonrisa.

— No puedo imaginarme como — respondió Anna fríamente. Se hallaba furiosa.

— Por favor, sé razonable. No puedo dejar que te cases con el primer sujeto que pase por aquí — dijo la reina.

— Y a pesar de todo, le pagaste a Kristoff — dijo Anna— ¿qué era lo que pretendías? — preguntó la princesa.

— Anna… — empezó Elsa ofendida—¿Cómo puedes creerles a esos sujetos? ¿Es que acaso no ves que todos tienen segundas intenciones? — preguntó la reina.

— Claro que lo veo — respondió Anna — pero tú también puedes tenerlas.

— ¡Anna! — exclamó la reina — yo soy tu hermana. Quiero lo mejor para ti— dijo desanimada.

— ¿Por qué habría de creerte? — preguntó Anna con voz temblorosa — No haces más que rechazarme. Le pagaste a Kristoff. ¡Le pagaste a Kristoff! — gritó la princesa apretando los puños.

— No lo hice con mala intención— dijo Elsa.

— No te creo — respondió Anna. la princesa caminó hasta la puerta, y cerró con un fuerte golpe. Y con todo, Elsa estaba convencida de que la noche hubiera podido terminar mucho peor.

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Kristoff se levantó muy temprano. Planeaba encontrarse en la cima de la montaña en dos días. El recolector de hielo alistó su maleta y colocó todas sus pertenencias encima de la cama de la posada en la que pasó la noche. De repente, un ramillete de violetas cayó al piso, se trataba de las flores que pensaba darle a Anna el día anterior. Olía hermoso, al igual que ella.

— Señor — llamó el posadero al otro lado de la puerta.

— ¿Sí? — preguntó Kristoff.

— Hay una señorita que quiere verlo.

— Por favor, dígale que no estoy disponible— respondió el recolector.

— Señor — empezó nuevamente el encargado — no creo que sea buena idea hacer eso. A esa señorita no se le puede decir que no. — comentó nervioso. Kristoff entendió de inmediato.

— Voy en un momento— respondió. Elsa estaba en aquella posada, y a Kristoff no le daba buena espina. La reina no dejaba su castillo a menos que fuera absolutamente necesario.

— Buenos días Kristoff — dijo la reina. Kristoff la miró de arriba a abajo, y no se le escaparon las bolsas debajo de sus ojos. Algo muy malo había ocurrido.

— Hola Elsa — saludó el recolector— ¿Qué sucede? — preguntó.

Elsa fue al punto. Ella al igual que el recolector, ellos no eran personas de muchas palabras. Tal vez, esa era la razón por la que se habían entendido tan bien desde el principio. Kristoff escuchó el relato de Elsa completamente horrorizado. Cuando él dejó a Anna, la noche anterior, ella no parecía tan afectada como para correr en brazos de aquel extraño.

— Esto se está saliendo de control — dijo Elsa — estoy segura de que todo hubiera sido más fácil si se hubiere solucionado entre Anna y yo.

— O pudo haber sido más caótico— opino Kristoff — quien sabe. Hubieras podido perder el control de tus poderes frente a todos, he incluso algo más grave, como congelar el reino.

— No seas exagerado — dijo la reina ante la absurda suposición del recolector. — no está entre mis planes traer el invierno eterno a Arandelle — bromeó Elsa.

— Sin embargo… — continuó Elsa — necesito encontrar una solución al problema de Anna.

— ¿Qué quieres que haga — preguntó el recolector.

— No te apartes de mi hermana. Sé que el príncipe idiota no soportará los tres meses. Y también sé que él no es más que un impostor— comentó la reina.

— Se veía perfecto para Anna — opinó el recolector a quien aún le dolía el recuerdo de la princesa en brazos del aristócrata.

— Demasiado perfecto — intervino la reina — como alguien que lleva mucho tiempo planeando y esperando aquel encuentro. Y considerando la familia de la que proviene, no me extrañaría que fuera así — concluyó. Kristoff la miró confundido.

— Hans Westergard es el hijo menor de Robert Westergard. Él es uno de los reyes más poderosos en el continente. Puede que yo sea joven, pero si algo he aprendido, es que en la política los ganadores no son siempre los mejores. El sujeto es un patán, y uno muy rico. Quien sabe que intereses pueda tener en Arandelle. A los políticos de este país les encantaría la idea de un tratado comercial con la Islas del Sur, pero la pregunta es: ¿cuánto nos va a costar? — preguntó la reina.

— Puede que él haga todo esto por cuenta propia. Puede ser que Hans de las Islas del Sur solo sea un caza fortunas común y corriente — sugirió Kristoff.

— No importa lo que sea, no voy a dejar que se salga con la suya — manifestó Elsa con determinación en su voz — debiste haberlo visto. Hace una semana llegó al castillo. Era todo amabilidad y coqueteo. Estoy segura de que trataba de cortejarme. Y ahora, él está detrás de Anna. Hans Westergard es un mentiroso.

— Voy a subir a la montaña. Volveré en una semana. Se me está acabando el dinero, y necesito vender un poco de hielo— dijo Kristoff. La reina no se atrevió a ofrecerle dinero a cambio de que se quedara en el reino, ni él se hallaba dispuesto a recibirlo. Los dos habían aprendido de sus errores pasados.

— Perfecto, te esperaré de vuelta en una semana. De lo contrario, te juró que te convierto en una estatua de hielo, y dejo que te derritas en el centro de la plaza donde todos puedan verte — lo amenazó la reina.

Kristoff le dio una última mirada al ramo de violetas que tenía sobre la mesa. Él volvería, no importaba cuanto doliese.

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Una semana pasó. Y para molestia de la reina, Anna y Hans seguían tan cercanos como el primer día. Sin embargo, Elsa podía sentir que su hermana albergaba más dudas de las que parecía. Al comienzo de la segunda semana, Kristoff volvió a mostrar su rostro por el castillo.

— Hola. — saludó Anna desde la entrada agitando sus brazos, en cuanto vio la carreta de Kristoff cruzar la plazoleta frente al palacio.

— Hola Anna — respondió el recolector. Estaba feliz de que la princesa lo recibiera con tal emoción.

— Bienvenido, bienvenido — repitió la chica en tanto corría hacía la carreta.

— Hola Anna — le respondió Kristoff sonriendo. El recolector se bajó de la carreta y le dio un fuerte abrazo, con tal fuerza que la levantó del suelo, sin importar que esto fuera adecuado o no.

— No, por favor, alguien podría vernos — dijo Anna apartándolo.

— Escuché las noticias acerca de tu compromiso — comentó Kristoff de manera seria y calmada. — solo dime algo ¿lo quieres? — preguntó el recolector.

— Quererlo… — empezó Anna sin saber que contestar — él es muy agradable, me gusta, es guapo y creo que podremos llevarnos bien— dijo sin responder la pregunta.

Anna sabía que de no haber conocido a Kristoff, probablemente, hubiera confundido el sentimiento que tenía hacía Hans con amor. El príncipe era encantador, amable y muy comprensivo. Pero a la princesa le era prácticamente imposible obligarse a sentir lo mismo que experimentó por el recolector, hacía un hombre al que tan solo conoció un par de semanas. De seguro, era un enamoramiento juvenil, pero nada más.

— No lo quieres — concluyó el recolector.

— Él puede sacarme de aquí— respondió Anna.

— Él te está usando — contestó Kristoff.

Todos me han usado hasta ahora. Estoy tratando de escoger el menor de los males— dijo la princesa haciendo énfasis en la primera palabra.

— Si te refieres a Elsa, te equivocas. Ella solo quiere lo mejor para ti — respondió el recolector.

— Cada día me queda más y más difícil creerlo.

— Es la verdad — insistió Kristoff.

— No quiero seguir hablando acerca de esto. ¿por qué no vamos a la cascada? ¿o mejor aún, pasemos el día en el viejo sauce? — preguntó Anna emocionada.

— No lo sé Anna. A tu prometido podría no gustarle — dijo Kristoff nervioso.

— Hans no está. Tuvo que viajar a Riverland. Él tiene negocios allí. Además, tu eres mi amigo, solo eso— comentó la chica.

— Pero, yo no quiero ser tu amigo — respondió el recolector, por lo que un incómodo silencio se impuso entre los dos.

— ¿Quieres acompañarme a la cascada? — preguntó Anna.

— Sí.

Kristoff y Anna pasaron el día en la cascada. Nuevamente, los recuerdos de sus tardes juntos golpearon a la princesa, quien no quería otra cosa que poder olvidar al recolector, y complacer a todos los que esperaban cierto comportamiento de su parte.

— Tengo la impresión de que te meteré en problemas — comentó el recolector mientras miraban el paisaje en la roca en lo alto de la caída de agua.

— Probablemente, así sea — contestó Anna sin emoción— pero no me importa.

— Anna— comenzó nuevamente Kristoff mirándola mientras ella mantenía su vista al frente — tienes que creerle a Elsa. Ese sujeto te está utilizando ¿De que otra manera crees que se atrevió a pedirte matrimonio el mismo día en que se conocieron, aun cuando todo el mundo cree que tu tienes una relación conmigo?

— Lo sé — respondió Anna— ¿no se te ha ocurrido que tal vez yo también lo estoy utilizando? — preguntó la princesa quien volteó su rostro hacía Kristoff. Anna tenía una sonrisa melancólica en los labios.

— Tu no eres así — contestó Kristoff pensativo.

— Yo ya no sé quien soy — dijo Anna— probablemente sea mejor así. Todos esperan que me case. Que yo sirva para los intereses de Arandelle. Tal vez, podría ganar algo de libertad en el camino— sugirió la chica.

— Es una locura. Elsa nunca quiso que tuvieras que hacer algo como eso — opinó Kristoff.

—No traigas a mi hermana a la conversación—dijo Anna amenazando con molestarse.

Al caer la noche Kristoff y Anna regresaron al castillo. Y una vez más, se encontraron el uno frente al otro, listos para despedirse.

— ¿Puedo besarte? — preguntó Kristoff.

— Sería mejor que no lo hicieras. Estoy comprometida — respondió Anna. Sin embargo, Kristoff dio un paso adelante.

— Eso no es importante. Sé que no te casarás— afirmó descaradamente. Por lo que Anna sonrió.

— ¿Cómo puedes estar tan seguro?

— Solo lo sé — respondió Kristoff encogiéndose de hombros — sé que al final me escogerás a mi.

— Estas muy confiado. Suenas como un patán petulante — atacó Anna sonriente.

— Me escucho más confiado de lo que me siento — concluyó el recolector — al final, me temo que yo seré el único que acabe con el corazón congelado. — dijo. Anna abrió los ojos ante esta afirmación. No sabía que debía pensar. Ella aún desconfiaba de él, pues se puso del lado de su hermana. Pero, una parte de la princesa se alegraba de que él aún la quisiera pues no podría olvidarse de Kristoff tan fácilmente. Su instinto le decía que era "el indicado".

— No lo creo. — contestó Anna.

— Entonces, termina tu compromiso. — propuso Kristoff.

— ¿Aún sigues del lado de Elsa? — preguntó Anna.

— Sí.

— Eso imaginé.

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Hans llegó de su viaje a Riverland al día siguiente. Cuando el príncipe entró al castillo se veía animado y alegre. Sin embargo, su humor cambió de repente. No fue sino hasta la cena que la princesa le preguntó la razón.

— ¿Es cierto que aún sigues frecuentando al recolector? — preguntó Hans.

— Él es mi amigo. No creí que fuese a ser un problema — contestó la chica.

— No lo es. — negó Hans.

La conversación se quedó en ese punto aquella noche. En cambio, los dos príncipes decidieron acabar su plato en silencio. Mientras que Hans veía el apagado ambiente a su alrededor. El palacio de Arandelle no era muy diferente al de las Islas del Sur, callado y solitario. Y sobre todo, con cierto aire a cárcel. La única diferencia era que aquí la reina era la carcelera, no su padre. Aún así, era un hermoso lugar. Él disfrutaría mucho siendo su rey cuando la hermana mayor hubiere muerto.

A Hans no le había costado trabajo darle a Anna lo que ella quería, atención, un par de cumplidos cursis que ablandaran su corazón, y lo más importante de todo, la promesa de dejar aquel castillo, y de ser libre de la autoridad de Elsa. Sin embargo. Él sabía que el corazón de la princesa no le pertenecía. ella parecía estar enamorada del recolector. En el fondo, tanto Anna como Hans estaban juntos por conveniencia, y a él lo tranquilizaba aquel hecho.

Sin embargo, existía un solo inconveniente. Hans escuchó de la existencia del famoso recolector desde el primer día de su llegada a Arandelle. Los políticos lo veían como una amenaza. El príncipe pensó que debía tratarse de un capricho. Todas las nobles pasaban por aquella etapa, por lo menos una vez en su vida, por lo que no era extraño que Anna también lo hiciera. Pero, con el pasar de los días, él entendió que la situación era más grave de lo que había planeado inicialmente. Ella estaba enamorada del sujeto. Hans debía deshacerse de él a como diera lugar, si quería llegar al final de los tres meses sin que Anna se arrepintiera.

Aquella tarde, Kristoff llegó al castillo de Arandelle. No se quedó tanto tiempo como solía hacerlo. Pero fue suficiente como para poner los nervios de Hans sobre aviso.

— ¿Qué estás haciendo? — preguntó Hans en tanto entraba al salón en el que a Anna le gustaba tocar el piano.

— Nada en especial — respondió la chica mientras le dirigía una sonrisa, y sin despegar sus agiles dedos del instrumento.

Nada en especial — repitió Hans — supongo que no te molesta si me siento a tu lado— comentó el príncipe.

— Por su puesto que no — contestó.

Hans caminó muy lentamente hacía ella. La escena era muy parecida a la que Anna había vivido casi un mes atrás con Kristoff. Aún así, había algo muy diferente, algo fuera de lugar.

— No eres muy hábil con el piano — señaló el príncipe.

— Lo sé, pero hago mi mejor esfuerzo — comentó Anna.

— Aún así, no eres muy talentosa — insistió Hans.

— Es por eso que tengo que practicar — contestó la princesa sin enfadarse. Hans tomó las manos de Anna en las suyas impidiéndole que siguiera tocando.

— Deberías venir esta noche a mi habitación y pasar la noche conmigo — le susurró al oído. Anna había leído un montón de novelas románticas en las que tenía lugar una escena parecida. Pero aquello no le erizó la piel por la emoción, solo la hizo sentir incómoda.

— No creo que sea buena idea — negó Anna. En aquel momento, la princesa notó que él comenzaba a sacar sus dedos de cada uno de sus guantes, y respiró profundamente por la emoción. Aquella sería la primera vez en que sentiría la verdadera piel de su prometido sobre la suya.

—¿Por qué no? — preguntó— según he oído, tu pasabas mucho tiempo con el recolector. De seguro, pasaste más de una noche en su compañía.

— Kristoff tan solo es un amigo — respondió Anna frunciendo el seño.

— Por la forma en la que lo miras, no parece serlo — comentó.

— Será mejor que me… — empezó Anna, quien quiso ponerse de pie. Pero, él la tomó firmemente por el antebrazo.

— ¡No! — insistió Hans — quédate conmigo— dijo. Anna resintió aquel gesto, se sentía demasiado forzado. Su agarre dolía, e incluso se preguntó si dejaría alguna marca en su piel.

— No quiero — respondió Anna quien nuevamente intentó levantarse, pero el la sostuvo por el otro brazo libre.

— No seas difícil Anna — la reprendió el príncipe. A ella no le gustó la forma en la que dijo aquello. La princesa no era una niña pequeña, ni su mascota, como para que la regañara como a un perro.

— Quiero marcharme — exclamó Anna desesperada.

— ¿Qué? ¿Te molestó que te dijera la verdad sobre tu recolector? — preguntó Hans con un extraño tono que Anna nunca le había escuchado utilizar — todos lo piensan. Y yo tengo que permanecer silencioso mientras él se pavonea frente a mi.

— Hans, ya basta, déjame— pidió Anna mientras sentía sus dedos enterrarse cada vez más en su piel.

— Espera un poco — insistió Hans— quédate conmigo — pidió. Anna sintió una mano aflojar el agarre de su brazo. Pero inmediatamente, pasó a su barbilla y la sostuvo fuertemente.

Anna apenas cerró los ojos y esperó el beso. Aquella experiencia no fue confusa y hermosa como la que tuvo con Kristoff un mes antes. Fue horrible. Sus labios se sellaron con los suyos, sintiéndose más como un insulto o una expresión de poder. De alguna misteriosa manera, Hans Westergard se las había ingeniado para hacerla sentir más ridícula de lo que ya se sentía. Su autoestima estaba por el suelo. Y el pensar que ella fuera a casarse con él, la hacía querer vomitar.

— No fue tan desagradable ¿no es verdad? — preguntó Hans dedicándole una desagradable sonrisa. — La próxima vez trata de relajarte — dijo, en tanto llevaba su mano hacía el botón del cuello de la camisa de Anna. Sus intensiones fueron claras.

— Déjame — gritó Anna, y se alejó de una manera tan fuerte y desesperada que tropezó con la pata del sillín y cayó hacía atrás. Hans estiró la mano para evitar que chocara contra el suelo. Pero, no fue lo suficientemente rápido.

Anna se levantó del suelo. Y dio unos cuantos pasos hacía atrás sin perderlo de vista.

— Anna — advirtió Hans — no entiendo porque te molestas, tan solo fue un beso, nada más.

— Pues no quiero que halla nada más — dijo Anna con resentimiento en su voz.

— En menos de tres meses nos vamos a casar. Aunque, si tanto lo deseas, podemos terminar el compromiso. Quédate aquí con tu loca y estúpida hermana, detrás de las puertas cerradas. — dijo el príncipe perdiendo la paciencia. Hans no pudo percatarse de lo que sucedía, tan solo sintió un fuerte dolor en su mejilla.

— No tienes derecho a hablar de Elsa de semejante manera — exigió Anna a quien le ardía la mano por la fuerte bofetada que le dio a Hans.

De repente, el sonido de la puerta los alertó.

— ¿Qué está pasado aquí? — preguntó Elsa. Un aire frio recorrió la sala.

— Solo tuvimos una pequeña pelea, nada más — respondió Hans. — si me disculpan, será mejor que me retire— el príncipe se despidió con una breve reverencia y salió dejando tras de sí un salón tan silencioso en el que podían escucharse cada una de sus pisadas.

La reina lo miró con resentimiento. Elsa sabía que Kristoff había visitado el castillo aquella tarde. Su parte perversa quería que aquello causara mella en la perfecta fachada del príncipe. De seguro, el muy idiota se sentiría amenazado y mostraría sus verdaderas intenciones. Elsa salió de su habitación esperando encontrar una guerra en los pasillos. Pero, nunca se imaginó que se enfrentaría con semejante escena.

— Anna— empezó Elsa.

— No quiero oírte — negó Anna, quien caminó rápidamente hacía la puerta.

— Pero lo vas a hacer— dijo Elsa — esta vez me vas a escuchar

— ¡No! — gritó Anna aún más furiosa. La princesa corrió hacía su habitación. Trató de cerrar la puerta con todas sus fuerzas, pero no logró hacerlo. Desafortunadamente, no pudo ver el trozo de hielo en la parte superior que se interponía entre la lamina de madera y el marco.

— No puedo creer que sigas con esta locura— comenzó Elsa, quien entró a la habitación y cerró con un fuerte golpe.

— Tengo que hacerlo — respondió Anna.

— ¿Por qué? — respondió la reina.

— Tengo que escapar. Tu nunca vas a abrir las puertas, ni siquiera a mi. No puedo seguir viviendo así— gritó Anna quien sentía las lagrimas acumularse en sus ojos.

— Hans no es la solución.

— ¡Ya sé que no lo es! — gritó Anna nuevamente — la verdadera solución es que tu me dirijas la palabra— siguió con la voz temblorosa.

— Anna… — murmuró Elsa.

— ¿Qué es lo que te pasa? ¿qué te hice para que me odies de semejante manera? — preguntó Anna perdiendo la compostura — por favor, dame dime la forma en la que puedo ayudarte — pidió.

— Será mejor que me vaya — dijo Elsa quien quería escapar antes de que la conversación se volteara en su contra.

— ¡No! — gritó la menor — ¿querías hablar? Pues vamos a hablar— dijo Anna quien dio un paso hacía adelante. Ella trató de tomarla de la mano. Pero su hermana fue más rápida y tan solo consiguió quitarle el guante.

— ¡Devuélveme mi guante! — gritó Elsa en tanto trataba de quitárselo de las manos.

— No — respondió Anna firmemente bloqueando la salida.

— Por favor Anna. Lo necesito — pidió la reina.

— No.

— Ya basta — insistió Elsa.

— ¡No!

— ¡He dicho basta! — gritó Elsa con todas sus fuerzas. Anna apenas pudo procesar lo que veían sus ojos. Un grueso muro de hielo se formó entre ellas. Tenía peligrosas espinas que se alzaban hasta el techo de su habitación.

— Elsa… — murmuro Anna mirándola con los ojos abiertos de par en par. En ese momento, todo fue claro para la princesa. Tenía frente a sus ojos la fuente de los miedos de su pobre hermana. El corazón de Anna se contrajo. Elsa debió sufrir mucho tratando de ocultar aquel secreto.

— Tienes que mantenerte lejos de mi. Soy peligrosa — insistió Elsa.

— No lo eres — contesto Anna.

— Mira esto— dijo la reina mientras señalaba el muro en el piso.

— No hay más que horror en estos poderes. No puedo controlarlos— confesó Elsa.

— Encontraremos la solución— respondió Anna.

— ¿Cómo? ¿qué poder tienes para controlarlos? ¿qué poder tienes para controlarme a mi? — preguntó Elsa desesperada.

— No lo sé, solo sé que lo lograremos, si permanecemos juntas — respondió Anna.

Aquella tarde fue la primera vez en años en la que Elsa le abría las puertas de su habitación a alguien. El cuarto de Anna estaba completamente inundado, por lo que ella ofreció el suyo para que se preparara para dormir. Sin embargo, la temida conversación surgió mientras que la menor que quitaba el vestido.

— Siempre me pregunté porque papá y mamá pasaban más tiempo contigo — creo que ahora tengo la respuesta— comentó Anna quien tan solo vestía su corset y sus enaguas.

— ¿Qué es esto? — preguntó Elsa al ver dos marcas negras en cada uno de los antebrazos de Anna.

— Nada— se apresuró a mentir la princesa.

— Son recientes — murmuró Elsa — ¿Qué fue pasó en la sala del piano? — preguntó, insegura de querer oír la respuesta.

— Nada— mintió Anna quien no quería volver a llamar la atención al tema de su compromiso.

— No puedes casarte con él — dijo Elsa furiosa.

Anna no logró encontrar las palabras indicadas para contestar. La verdad era que el descubrimiento de los poderes cambiaba mucho las cosas. Antes, ella pensaba que su hermana solo quería mantenerla en ese castillo por alguna especie de fijación bizarra. Pero, aquella noticia cambió radicalmente su opinión acerca de Elsa. La reina tenía una verdadera razón para temer al mudo exterior. Aunque no le gustara admitirlo, Anna tuvo serias dudas acerca de su compromiso.

— ¿Kristoff lo sabía? — preguntó Anna.

— Sí — respondió la reina.

— ¿Cómo se enteró? — insistió Anna. Elsa tomó una profunda bocanada de aire. A estas alturas, y después del fiasco de aquella tarde, no había razón para seguir guardando secretos. La reina le explicó lo que pasó la noche en que visitó a los trolls, y le contó todo acerca de su negocio con el recolector.

— Por eso él me descubrió — murmuró Anna contemplativamente.

— Aún sigo creyendo que me equivoqué — admitió Elsa — yo sé que él te ama— dijo la reina.

— Esto cambia todo— afirmó Anna.

— Dime que vas a cancelar el compromiso con ese patán— pidió la reina.

— No puedo — contestó.

— Eso está por verse.

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Elsa se sintió más libre después de que Anna se enteró de su secreto. Podía sentir el resentimiento de su hermana desaparecer, así como su simpatía por el príncipe. La reina sonrió frente a la ventana al ver a la princesa caminar en frente de Hans sin siquiera tomarse el trabajo de esperarlo. Al parecer, ella ya no estaba tan segura de su decisión.

Sin lugar a dudas, Hans cometió un error al dejarle ver su verdadera personalidad. Él asustó a Anna, y Elsa se aprovecharía de ello. Mientras tanto, las presiones de sus funcionarios aumentaban cada día más. De seguro, ellos sabrían que Kristoff seguía frecuentando el palacio. Pero aquello no importaba. Elsa no perdería.

— No lo haré — murmuró la reina con determinación.

Elsa caminó hacía el calendario que descansaba sobre su escritorio. Faltaba muy poco tiempo para que el plazo de los tres meses terminara, y Anna aún seguía sin romper el compromiso. La reina estaba perdiendo la paciencia.

— ¿Te has vuelto loca? — preguntó Anna estupefacta, mientras que veía a su hermana al otro lado del comedor.

Aquel día la reina se había comportado muy extraño. Para comenzar, bajó a cenar con Anna y Hans. Pero la princesa pensó que tendría un infarto cuando escuchó su propuesta.

—No, claro que no — respondió la reina — tu ya conoces el lago Lenn, pero yo no. Quiero salir de este castillo.

— Tu nunca quieres eso— respondió Anna.

— Bueno. No me vendría mal un cambio ¿no es verdad? — preguntó la reina quien estaba aterrada.

— Pues si eso es lo que quieres, no veo por qué habría de negarme— aceptó Anna en tanto sonreía emocionada. Aquello era lo que había esperado por años. Finalmente, su hermana se abría al mundo.

— ¿Tu que opinas Hans? — preguntó Anna dirigiéndose al famoso prometido.

— A mi me gusta viajar. Yo tampoco conozco el lago Lenn — aceptó Hans fingiendo una sonrisa. La miserable reina estaba planeando algo contra él, podía sentirlo.

— Le pedí a Kristoff que nos acompañe. Él aceptó — anunció Elsa.

— ¿Qué? — preguntó Hans alarmado — no estoy de acuerdo. Todo el mundo en este reino dice que él y Anna tienen una relación

— Eso no es cier…

— ¡Cállate Anna! — dijo Hans — ¿Cómo puede hacerme esto?

—En primer lugar, no quiero que le vuelvas a hablar así a mi hermana. En segundo, Sí tanto te molesta, rompe el compromiso— lo retó Elsa.

— Nada más quisiera usted, majestad. No le daré esa satisfacción — respondió Hans con resentimiento, quien rápidamente se percató de que Anna se hallaba escuchándolos

— Además. Yo amo a Anna. No me voy a rendir tan fácilmente — dijo Hans tomando la mano de Anna y besándola. Elsa encogió los ojos. Tenía que admitirlo, el sujeto era un mentiroso, pero sabía jugar como todo un maestro.

— Que galante— comentó Elsa sarcásticamente.

Anna permaneció en silencio, y aquello fue lo que más le molestó a Hans. Ella no parecía tener ninguna intención de ponerse en contra de su hermana, ni de deshacerse del recolector. El príncipe sabía que había cometido un error estratégico muy grave. Pero, él no tenía la intención de dejar las cosas libradas al azar nuevamente. Como el treceavo hijo de su familia, sabía que si quería algo en la vida, tendría que lucharlo.

— Bien. Iremos al lago, creo que podré soportarlo — dijo Hans, quien tomó una fuerte determinación: mataría al recolector.


Hola a todos. Creo que finalmente mi obsesión se está calmando, y eso me preocupa. Lo siento en mis huesos, estoy perdiendo el interés. Cuando yo pierdo el interés en algo ya no hay forma de que me vuelva a sentar a escribir. La última vez que me uní a un fandom, literalmente, dejé todos mis long fics inconclusos, y sé que no hay la mínima oportunidad de que pueda continuarlos. La verdad es que me avergüenza mucho admitirlo, porque no está bien. Por eso quiero terminar mis fics de frozen lo más rápido posible, sé que no quedamos muchos lectores en esta sección, cada día somos menos, y la pareja más popular es... eww no, simplemente no, (siempre que veo a Anna y a Elsa pienso en mi media hermana y en mi, no somos muy cercanas, pero no, eww, no) Pero voy a terminarlos lo más rápido posible antes de que la emoción se me acabe, por lo que no se les extrañe si ven muchas actualizaciones seguidas, hasta que termine.

Respecto al capitulo. Siempre he tenido el head canon de que Elsa es más astuta de lo que parece. Ustedes saben, al ser la reina debe tener la capacidad de ganarles a todos. Si estuviéramos en guerra de tronos, ella sería la ganadora. En la peli no se luce en este sentido. Pero a mi siempre me quedaron las ganas de que ella pudiera ser así, por lo que en "silencioso" y aquí le di ese aspecto. En segunda. Una vez en la universidad hice un trabajo sobre la evolución del derecho a la propiedad de la mujer. Y encontré la ley que puse en este episodio. Montones de fraudes debieron ocurrir por culpa de esas leyes. Si no estoy mal, era escocesa, no lo recuerdo bien, pero había montones de esas leyes por todo el mundo. En realidad, la facultad que tenemos las mujeres de administrar nuestros bienes una vez casadas es relativamente nueva, en muchos países no tiene más de cuarenta años. Según la ley, éramos como niños, literalmente.

En fin, Amenazas de muerte, comentarios y flamers, todos son bien recibidos. Adiós.