Recuerdo

España se ajustó el pañuelo de su cabeza y se llevó las manos a la cintura mientras contemplaba el desastroso y polvoriento desván donde guardaba (por no decir amontonaba) todos aquellos objetos y cosas que había ido acumulando a lo largo de los años. Sin duda, aquel sitio necesitaba una buena sesión de orden y limpieza.

En otras ocasiones le había pedido ayuda a Romano para realizar dicha tarea, a la que el italiano había accedido renuentemente y sólo por la promesa de que España le suministraría los mejores tomates de su huerta. Sin embargo, los intentos de limpieza siempre acababan de la misma manera: encontraban las antiguas casacas que el español utilizaba siglos atrás y se pasaban la tarde jugando a los piratas por toda la casa como si fueran un par de críos. Curiosamente era España quien siempre iniciaba el juego.

En fin, aquel día le tocaba poner orden y limpiar a él solo. Sería infinitamente más aburrido que con la "ayuda" de Romano, pero mucho más productivo.

O quizás no tanto, porque después de una hora el español apenas había avanzado en su cometido, pues se entretenía revisando los contenidos de cada caja que movía de sitio. Aun así había conseguido retirar un número considerable de cajas, dejando al descubierto un enorme y antiguo arcón de madera que reconoció como el que Romano tenía en su habitación cuando sus territorios todavía pertenecían al Imperio Español. Frotándose las manos con cierta emoción por lo que podría encontrar, España abrió el pesado y polvoriento baúl (suerte que tenía la llave puesta) entonando una cancioncilla mientras meneaba las caderas al ritmo.

―Buscando en el baúl de los recuerdos, uuuh…

Los ojos de España centellearon de emoción al descubrir todo lo que había en el interior del arcón: ropas antiguas, juguetes de madera (algunos que el propio España talló), una espada (regalo suyo también), hojas de papel amarillentas y algunas plumas.

Fue sacando primero las ropas poco a poco. Parecía mentira lo mucho que había crecido Romano desde que vestía algunas de aquellas prendas, ¡era tan pequeñajo! Y tremendamente lindo… hasta que abría su boquita para soltar quejas e improperios a diestro y siniestro, ¡menudo vocabulario se gastaba! Pero a España le hacía gracia, en el fondo sabía que nada de lo que Romano decía iba en serio. Y no se equivocaba, aquel no era más que un rasgo de su carácter.

Apartó las ropas a un lado con sumo cuidado, como si de un tesoro se tratase, y continuó revisando el baúl. Sacó la espada y los juguetes, recordando con una sonrisa el brillo en los ojos y la cara de absoluta felicidad de Romano cuando se los regaló, si es que ese niño lo expresaba todo con sus gestos más que con sus palabras. Suerte que no había cambiado.

Terminó por coger las hojas de papel que quedaban en el arcón y se puso a revisarlas. Algunas eran lecciones de español de cuando intentó darle clases para enseñarle su idioma; otras tenían escritos en italiano; y en otras había dibujos.

España fue pasando las hojas con los dibujos despacio, contemplando todos los detalles que había, hasta que ante sus ojos apareció una imagen que le hizo sonreír ampliamente y con ilusión: era un dibujo en el que aparecía él al lado de su toro. Prácticamente se había olvidado de que aquel dibujo existía, aunque recordaba perfectamente el día que Romano lo realizó.

Era un caluroso día de primavera del año… no, del año no se acordaba, le bailaban las fechas. Lo que sí recordaba es que era un día de primavera de los calurosos y él, para su desgracia, estaba encerrado en su despacho trabajando en lugar de disfrutar del sol en el jardín, pero es que no le quedaba más remedio que completar el trabajo si no quería recibir una regañina por parte de su jefe y los papeles que tenía que rellenar formaban una columna de medio metro sobre su mesa.

―¿Qué estás escribiendo, bastardo? ―dijo la voz del pequeño Romano a su lado.

―¡Hola, Romano~! ―se alegró España al ver a su subordinado―. Estoy muy ocupado trabajando, ¿qué quieres?

―Estoy aburrido. Haz algo, maldita sea.

―¿Que haga…?¿Qué quieres que haga?

―No sé, algo.

―Me encantaría ir a jugar contigo, pero tengo que terminar tooooodo este trabajo ―abrió los brazos enmarcando la mesa entre ellos―. ¿Por qué no le preguntas a Bel?

―Se ha ido al pueblo.

―¿Y por qué no te vas a jugar al jardín? Hace un día estupendo.

―¡Hace mucho calor, bastardo! ―replicó el italiano molesto―. ¡Piensa otra cosa!

―Huum ―se rascó la barbilla con la pluma―… ¿Qué te apetece hacer?

―¡No lo sé, bastardo!

―¿De verdad que no te quieres ir al jardín a jugar? ―Romano lo miró con odio entrecerrando los ojos, su respuesta era clara―. Pues a mí me encantaría estar fuera disfrutando del sol, yendo de paseo a visitar a mi torito, en vez de estar aquí encerrado trabajando.

―Pues a mí no, así que piensa en otra cosa.

―¿Quieres quedarte aquí haciéndole compañía al Jefe mientras trabajo?

―¡Eso es aburrido y tonto, bastardo! No quiero quedarme aquí mirándote hacer como que trabajas.

―¡Oye! ―exclamó ofendido―. ¡Estoy trabajando de verdad!

―Mentira. Seguro que estás diciendo que trabajas y en verdad estás haciendo dibujos y garabatos en los papeles.

A España se le encendió la bombilla.

―¿Quieres dibujar, Romano?

Sacó una hoja de papel en blanco y una plumilla fina. Romano no contestó, cogió lo que el español le ofrecía y salió disparado del despacho. España se rio, por fin había encontrado algo con lo que distraer a Romano y poder volver al trabajo.

España pasó bastante rato rellenando papeles y, cuando había reducido casi a la mitad su columna de trabajo, decidió que era un buen momento para descansar y picar algo de merendar.

Al bajar las escaleras, escuchó la risa de Romano proveniente del salón y fue a ver qué hacía su subordinado. El pequeño estaba tirado en el suelo delante de una ventana, con la plumilla en la mano izquierda mientras contemplaba sonriente lo que había dibujado.

―Jejeje, es perfecto.

España se acercó con sigilo al pequeño para ver el dibujo que había hecho, porque Romano nunca le mostraba sus creaciones por más que se lo pidiera. Los ojos del español se abrieron con sorpresa y centellearon de la emoción cuando vio que en aquella hoja de papel el italiano los había dibujado a él y a su torito.

―¡Oh, Roma~, me has dibujado a mí! ―exclamó emocionado.

―¡CHIGIIIIIIIIII!

El italiano se levantó asustado y le asestó un cabezazo en el estómago a su jefe antes de coger el dibujo del suelo y salir corriendo hacia su habitación.

España le pidió muchas veces a Romano que le enseñara aquel dibujo, pero siempre se encontró con una férrea negativa por parte del italiano, que se sonrojaba y ponía mil excusas para no acceder a su petición.

Y así España no pudo volver a ver aquel dibujo hasta que lo encontró aquella tarde limpiando el desván. Se alegraba muchísimo de que Romano lo hubiera conservado, pues para el español era una prueba evidente del gran afecto que su adorado italiano siempre había sentido por él a pesar de lo mucho que trataba de ocultarlo detrás de quejas e groserías.

No muchos días después, Romano fue de visita a casa del español y descubrió con sorpresa un dibujo hecho por él de pequeño, enmarcado y colgado en el despacho de su antiguo Jefe.

―B-Bastardo, ¿qué demonios es eso? ―preguntó Romano sonrojado señalando el cuadro.

España sonrió.

―Un recuerdo.