Latidos
Romano siempre se había caracterizado por ocultar sus sentimientos detrás de una barrera de hostilidad permanente. Para él, abrirse a alguien y manifestar lo que verdaderamente sentía implicaba mostrarse vulnerable y permitir que pudieran hacerle daño y no, no estaba dispuesto a ello.
Sin embargo, nunca contó con que cierto español muy insistente conseguiría atravesar aquella barrera que el italiano había impuesto. Le fue ganando poco a poco con su amabilidad y dedicación hasta conseguir hacerse un hueco en el corazón de Romano, aunque éste no lo fuera a admitir abiertamente.
Se creó entre ellos una buena amistad. Para Romano resultaba algo natural estar con España, se sentía cómodo en su compañía y era el único al que le tenía la suficiente confianza como para abrirse mínimamente.
No obstante, algo cambió.
Romano no entendía qué había ocurrido, pero últimamente todo era diferente cuando estaba con España, a pesar de que éste se comportaba exactamente igual que siempre. Romano ya no se sentía cómodo en su presencia, sino nervioso e inseguro como nunca antes, el corazón se le aceleraba sin sentido, se mostraba retraído y apenas hablaba, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para dirigirse a su amigo. Sin embargo, por más incómodo que se sintiera, el italiano no deseaba por nada del mundo alejarse del español.
Era esa simple razón la que hacía que Romano se encontrara en la casa de España, quien le había insistido fervientemente para que fuera a visitarlo. Pero aquel día había algo fuera de lo común en España, pues se mostraba serio y algo distante, nada que ver con su típico comportamiento alegre y cercano, lo que provocó que el corazón de Romano latiera haciéndole sentir una especie de punzada en él que se sumó a los nervios que lo invadían.
―Necesito que hablemos, Romano ―dijo España muy serio tomando asiento en otro sofá (otro latido con punzada dolorosa)―. ¿Qué he hecho mal?
Aquella pregunta descolocó a Romano.
―¿Q-Qué?
―Sé que he tenido que hacer algo mal o que te haya molestado, porque me he dado cuenta de que te pasa algo, no sé qué, pero últimamente te comportas de manera diferente conmigo ―había tristeza en la voz y los ojos de España. De nuevo, el corazón de Romano latió de forma dolorosa contra su pecho―. Dime, por favor, ¿qué he hecho mal?
Romano tragó saliva con suma dificultad. No sabía qué decir, ni él mismo entendía lo que le ocurría, ¿cómo podía siquiera pretender explicarlo? Pero España estaba allí, mirándole con ojos tristes e implorantes, esperando una respuesta de su parte. El corazón le latía velozmente y con fuerza, instándole a hablar.
―N-Nada ―dijo en voz muy baja―… N-No has hecho nada. S-Soy yo el que… el que…
―¿El que qué, Romano? ¿Qué es lo que te ocurre?
―¡No lo sé, maldita sea! ―gritó poniéndose en pie―. ¡No entiendo lo que demonios me pasa! Sólo sé que últimamente nada es igual cuando estoy contigo y no puedo evitarlo, simplemente me pongo muy nervioso y no sé qué decir ni cómo hablarte porque no me salen las malditas palabras. ¡Y lo odio! ―fijó su mirada en la verde y sorprendida de España―. Odio estar así y no entender por qué.
Romano sintió como si acabara de liberarse de una pesada carga, aunque su corazón latía más acelerado que nunca.
Incapaz de seguir mirando al español por más tiempo, Romano se marchó corriendo del salón para ir a encerrarse a su cuarto. Sin embargo, no llegó muy lejos, pues España lo tomó del brazo antes de que comenzara a subir las escaleras y lo hizo girar hasta ponerlo de frente. El corazón de Romano latió acelerado ante el roce de la mano del español contra su piel y su penetrante mirada verde.
―No huyas, Romano, ya sé lo que te ocurre ―dijo el español con una sonrisa tranquilizadora en sus labios, que consiguió que Romano y su corazón se relajasen un poco―. A mí me pasa exactamente lo mismo.
―¿D-De verdad? ―se sorprendió el italiano―. N-No, no es posible. T-Tú sigues i-igual que siempre.
―Porque desde el primer momento supe lo que me ocurría.
―¿Y qué es?
España abrazó a Romano de la cintura, acercándolo más a sí, y clavó sus orbes verdes en las del italiano, cuyo corazón latía tan fuerte por la expectación que podía escuchar sus propios latidos resonándole en los oídos.
―Que estoy enamorado de ti.
Los labios de España ratificaron sus palabras uniéndose con los del italiano en un apasionado beso. A Romano le dio un vuelco el corazón y aquello fue lo que hizo que todo cobrara sentido para él: estaba perdidamente enamorado del español.
