Segundo mejor
Había muchas cosas en el mundo que Italia Romano detestaba: quedarse sin pasta, los alemanes, no tener ingredientes para la pizza, los alemanes, los idiotas que no dejaban de molestarlo, los alemanes, las patatas… ¿había mencionado ya a los alemanes? Pero había algo que Romano odiaba sobre todas las cosas (más incluso que a los alemanes) y era que le recordasen lo fantástico que era su hermano Italia Veneciano.
Romano siempre sintió que estaba a la sombra de su hermano menor. Daba igual lo que hiciera o cuánto se esforzara, Veneciano lo superaba en todo: era mejor en el arte, en el comercio, limpiando, su parte del país estaba más industrializada… y por si eso fuera poco, además tenía muy buen carácter, era amable, simpático y amistoso, y siempre estaba rodeado de amigos; era totalmente opuesto a Romano, lo que conllevaba a que los compararan constantemente, enalteciendo la imagen de Veneciano y aumentando el complejo de inferioridad de Romano.
Y eso precisamente fue lo que ocurrió aquella tarde en la junta mundial.
Romano iba de camino a la sala de la reunión cuando justo en la puerta se cruzó con alguien al que no se solía ver por las juntas, Prusia (alemán para desgracia de Romano y muy molesto en su opinión). El germano abrió los brazos y se acercó sonriente al italiano para saludarlo.
―¡Hombre! Pero si es el hermano mayor de Italia, ¡cuánto tiempo!
Romano miró con odio a Prusia, aunque se conocían desde hacía tiempo y lo consideraba mucho más tolerable que a su hermano Alemania, ¿por qué demonios se refería a él como "el hermano mayor de Italia"? Siempre lo llamaba igual, joder, ¿acaso no se había aprendido su maldito nombre? Además, ¡él también era Italia!
―No te refieras a mí como el hermano del idiota de mi hermano, maldito bastardo patatero. A ver si te aprendes mi nombre de una vez, maldita sea.
―Joder, chaval, baja esos humos. Ya podrías parecerte un poco más a tu hermano y ser un poquito más amable.
―¡Imbécil!
Romano se metió en la sala de juntas, cerrando la puerta tras él en las narices del prusiano. Fue directo a sentarse en su sitio al lado de su hermano, sin mediar una palabra con nadie, la pequeña conversación con Prusia le había puesto de muy mal humor.
No obstante, buscó con la mirada por toda la sala al único que conseguía que se sintiera algo mejor, España, pero no lo encontró. De hecho, el país de la pasión llegó a la reunión con cinco minutos de retraso y agitó el brazo saludando fervientemente a Romano, que le devolvió el saludo haciendo un gesto con la cabeza.
La junta duró tres largas y aburridas horas que prácticamente se basaron en una serie de monólogos por parte de Alemania y América, discusiones y alguna que otra propuesta interesante, como las que realizaron los hermanos Italia y por las que algunos de los países se acercaron a felicitarlos tras la reunión. Corrección: se acercaron a felicitar a Italia por sus propuestas (aunque fueron ideadas en conjunto por los hermanos). Era el colmo para Romano, si lo de Prusia lo molestó, aquello lo cabreó más que nada.
―¡Iros todos a la mierda! ―gritó Romano abriéndose paso entre los países que lo rodeaban.
Se marchó corriendo de la sala de juntas y se encerró en el primer baño que encontró.
Descargó su enfado contra la pared a base de patadas, unas cuantas lágrimas se escaparon de sus ojos. Aquello era terriblemente frustrante e injusto, había trabajado tanto como su hermano, pero era Veneciano quien se llevaba todo el mérito, a nadie le importaba lo que hubiera hecho él.
Tocaron a la puerta de su aseo.
―¿Romano? ―era la voz de España. El italiano permaneció en silencio―. Romano, sé que estás ahí dentro. Ábreme, por favor.
Romano se limpió la cara como buenamente pudo y le abrió la puerta despacio a su antiguo Jefe, que le sonrió con dulzura.
―¿Qué te pasa, Romanito? ―preguntó España envolviendo al italiano entre sus brazos―. Cuéntaselo al Jefe.
Romano se dejó abrazar y recargó su cabeza en el hombro del español, se sentía algo más calmado ahora que se encontraba con él. España le dio un beso en la frente y se lo llevó a una pequeña sala vacía donde pudieran hablar sin ser molestados.
―Venga, Romano, cuéntame qué ha ocurrido.
―Nada.
―Por nada no se llora en el baño. Y mucho menos tú.
―¡Yo no estaba llorando!
Romano se cruzó de brazos, infló las mejillas y volvió la cara hacia un lado.
―Romano…
España tomó al italiano del mentón obligándole a mirarlo. A Romano se le hizo un nudo en la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas de impotencia que no consentiría que cayeran.
―Te conozco muy bien y sé que algo te ha ocurrido, a mí no me engañas. Cuéntamelo ―pidió España con voz suave.
―Pues… es… es que…
―¿Tengo que ir a preguntarle a Italia?
―¡No! ―gritó―. ¡Ese es el maldito problema, joder!
―¿Preguntarle a Italia?
―¡No, maldita sea! Veneciano es el problema.
―¿Por qué?
―¿Por qué va a ser?¡Por lo mismo de siempre! ―estalló sin poderlo remediar―. Da igual lo que diga, lo que haga o cuánto me esfuerce, ¡no le importa a nadie! Mi hermano siempre está por encima de mí, ¡Veneciano es mejor que yo en todo!
―Eso no es cierto.
―¡Claro que sí! ¿Es que no lo has visto? Veneciano es maravilloso y amable representante de Italia, el amigo de todos, el que se lleva los elogios y la atención de todo el mundo, el que…
―Sí, todo eso es verdad ―sentenció España muy serio y con la mirada clavada en la de Romano, que se sintió dolido por la afirmación del español―, pero eso de que a nadie le importa lo que dices, lo que haces y tus esfuerzos es mentira. A mí sí me importa, deberías saberlo.
Romano contuvo la respiración, notaba cómo su enfado y su frustración se iban disipando con las palabras del español.
―Y lo de que tu hermano siempre está por encima de ti también es falso.
España acarició las sonrojadas mejillas del italiano y unió sus labios con los de él en un beso cargado de amor.
―Para mí no hay nadie, absolutamente nadie, por encima de ti ni mejor que tú, mi amor, porque tú… eres único.
Se unieron en otro intenso y apasionado beso.
Puede que a Romano le fastidiara que su hermano lo superara prácticamente en todo, pero mientras tuviese a su lado a España que lo consideraba lo más importante, mejor y único del mundo, lo demás era secundario.
Perdón por el retraso, tuve un mal día.
Espero que merezca la pena la lectura.
