Hecho a mano
Romano estaba tirado en el sofá abrazando un cojín estrechamente. Soltaba insultos y maldiciones al aire, no podía sentirse más molesto y frustrado que en ese momento: debido a la enorme cantidad de trabajo atrasado que acumulaba, España canceló la visita que tenía previsto hacerle al italiano ese fin de semana. Romano se cabreó bastante con el español cuando éste se lo comunicó por teléfono tres días atrás, desde entonces no habían vuelto a hablar.
Romano se encogió y estrujó más el cojín. Hacía dos semanas que no veía a España y, siendo totalmente sincero (aunque jamás lo fuera a reconocer en voz alta), lo echaba mucho de menos. Extrañaba sus caricias, sus abrazos inesperados, sus besos, las palabras que le susurraba al oído, su cuerpo junto al suyo en la cama por las noches… ¡lo extrañaba todo de él!
Se colocó bocabajo y hundió la cara en el cojín, sonrojado y muerto de la vergüenza, él era todo un hombre hecho y derecho, pero ¡pensaba y se comportaba igual que una cría enamorada! ¿Cómo demonios había conseguido España meterse de esa forma en su mente?
Aun así, por más avergonzado que se sintiera por pensar de esa forma, el deseo y la necesidad de ver al español no disminuían, ¡quería estar con él! Pero no quería molestarlo ni interrumpirlo en su trabajo… ¡y no tenía por qué hacerlo! Simplemente le haría compañía, lo azuzaría para que se diera prisa en terminar y luego pasarían… a otras cosas más interesantes.
Se levantó del sofá decidido, iría al aeropuerto y tomaría el primer avión que saliera hacia España, ya se inventaría por el camino alguna excusa para justificar su improvisada visita al país de la pasión. Cogió su cartera y abrió la puerta para marcharse, encontrándose de frente con el sonriente España.
―¡Hola, Roma~!
―¡E-España! ―Romano estaba en shock―. ¿Q-Qué estás haciendo aquí?
―¿Qué va a ser? Pues venir a verte ―se rio―, menudas obviedades que preguntas.
España besó a Romano suavemente en los labios y entró a la casa. Llevaba una mano en la espalda, pero Romano no se percató de ello porque todavía seguía en shock por su repentina e inesperada aparición.
―Pe-Pero dijiste que no podías venir, que tenías trabajo.
―Sí, tenía trabajo, pero no dije que no pudiera venir.
―¡Claro que lo dijiste!
―Nooo… te dije que no podría venir AYER por el trabajo, pero te pusiste a gritarme enfadado y me colgaste el teléfono antes de que te pudiera decir que vendría hoy.
Romano se sonrojó avergonzado, a veces se dejaba llevar por su temperamento y sacaba conclusiones demasiado precipitadas, complicando las cosas innecesariamente.
―L-Lo siento ―se disculpó Romano en voz baja agachando la cabeza―. He sido un idiota…
―No pasa nada, mi amor.
―¿Y por qué no me volviste a llamar para contarme que venías?
―Porque imaginé que no querrías hablarme ―Romano se volvió a sonrojar―. Además, así podía darte una sorpresa.
España sacó la mano de detrás de la espalda, en ella sujetaba un ramo de rosas de papel que le entregó a Romano. El italiano no salía de su asombro.
―¿Y… Y e-esto?
―Es un ramo de rosas, las hice a mano yo mismo anoche ―dijo España orgullosamente―. Son mucho más duraderas que las de verdad.
―P-Pero… ¿por qué? M-Me enfadé contigo si-sin motivo y… y tú me regalas un rosas hecho por ti… No lo entiendo, ¿por qué?
―Bueno, pensé que si te enfadabas tanto porque no pudiera venir es que debo importarte muchísimo y no puedes pasar sin verme ―Romano se sonrojó y estuvo a punto de replicarle al español, pero éste le tapó la boca con la mano para que no lo interrumpiera―. Sé que es así, no intentes negarlo, y quiero que sepas lo mucho que eso me alegra, por eso te hice las flores.
Romano no replicó ni contradijo las palabras del español, sino que contempló el ramo de flores con una sonrisa, lo dejó con suavidad sobre el mueble del recibidor y, sin pensárselo, se lanzó sobre el español para besarlo, demostrándole con sus gestos que, efectivamente, estaba en lo cierto y le importaba muchísimo.
