Estrella del norte

Era la cuarta vez que España pasaba por la misma calle, reconocía aquel horrendo escaparate con ropas de colores chillones que ni él mismo se pondría por muy borracho que estuviera. Y en esos momentos lo estaba y también perdido.

Había pasado las últimas horas metido en un bar bebiendo con Francia y Prusia, pues aquella tarde había tenido una discusión con Romano tras la que el italiano se marchó muy enfadado, así que España fue a desahogarse con sus amigos y a meterse una ingente cantidad de alcohol en el cuerpo. Cuando consideró que no podía tolerar más bebida en su organismo, el español se despidió de sus amigos, que se quedaron a seguir bebiendo, y emprendió el camino de vuelta a casa.

O eso pretendía, regresar a su casa, pero acabó irremediablemente desorientado y perdido.

Harto de pasar una y otra vez por delante de aquella tienda hortera, España se sentó en un banco para pensar en un modo de regresar a su casa, aunque tener el cerebro nadando en alcohol no lo ayudaba a razonar.

Después de cinco minutos de cavilaciones, se le ocurrió la brillante idea de parar un taxi, ¿cómo pudo no pensarlo antes? Sin embargo, por aquella calle no se veía ni un alma, ni siquiera coches pasando y mucho menos taxis. Su gozo en un pozo, porque para colmo tampoco sabía el número de la compañía de taxis y no podía buscarlo pues su móvil se había quedado sin batería. Parecía que los astros se habían alineado en contra del pobre español aquel día.

Sintiéndose derrotado, España echó la cabeza hacia atrás y miró al oscuro cielo nocturno, descubriendo la brillante estrella del norte por encima de él. Se quedó un rato viendo el centelleo de la estrella y recordó sus tiempos como navegante en los que se ayudaba de ella para orientarse y llegar a su destino…

¡Claro! Eso era lo que haría para llegar a su casa, guiarse por la estrella del norte. Estar algo borracho no era un problema en lo absoluto, en más de una ocasión navegó con más ron en las venas que sangre ¡y llegó a su destino!

Así que el español se levantó de su asiento, contempló la bóveda celeste durante unos minutos más y determinó, más o menos, la dirección que debía tomar. Caminó con seguridad y sin dejar de mirar al cielo, estaba completamente seguro de que iba por el camino correcto.

Como a lo único que iba prestando atención era al cielo, el español acabó chocando con un transeúnte que andaba en sentido contrario al suyo.

―¡Me cago en la puta!

―Ahí va, lo siento ―miró a la persona con la que se había chocado―. ¡Romano!

―¡E-España!

―¿Qué estás haciendo aquí? ¿A dónde vas?

―Yo… ehm… yo iba ―Romano agachó la cabeza y se sonrojó, aunque las luces de las farolas no iluminaban lo suficiente para que se notara―… iba para tu casa… porque… porque… ¡Joder! Porque antes fui un idiota, ¿vale? ―saltó de repente―. Me enfadé sin motivo y quería… pedirte perdón, maldita sea…

España se lanzó a abrazar al italiano, incluso lo levantó del suelo y dio una vuelta con él entre sus brazos mientras lo besaba en las mejillas.

―¡Bájame, bastardo!

El español no le hizo caso de inmediato, dio un par de vueltas más con él en brazos.

―Maldito bastardo, ¿de dónde vienes? Apestas a alcohol, ¿ya has estado emborrachándote con los idiotas de tus amigos?

España se rascó la nuca y sonrió con culpabilidad, pero no respondió, aunque a Romano no le hacía falta para saber que la respuesta era positiva.

―¿Y a dónde demonios ibas?

―Pues a casa.

―¡¿Por aquí?! Joder, pues sí que tienes que estar bastante borracho…

―No lo estoy tanto, ¿por qué dices eso?

―¡Porque a tu casa se va en la otra dirección! ¡Vamos!

Romano agarró del brazo a España y lo condujo por el camino correcto.

Bueno, puede que España no se hubiera orientado del todo bien, pero sin duda la estrella del norte lo había conducido correctamente al lugar al que debía llegar, al lado de su amado italiano.


Y con esto se acaba la semana del spamano, espero que hayáis disfrutado con la lectura. Yo ahora me vuelvo con mis locos, que sé que más de uno los está esperando ;)

¡Muchas gracias por leer!