Notas: Huh, ¿lo siento? Perdón por haber tardado tanto en actualizar, pero soy realmente torpe -gotita- Pero entre los exámenes finales, médicos y preparar la maleta no tuve mucho tiempo (este parásito mío terminará con mi sueño nocturno, pero no me importa del todo -sonrisa-) Muchas gracias por vuestros reviews, si no fuera por ellos me habría tardado aún más. Aviso que el próximo capítulo también tardará, ya que mañana me voy de vacaciones y no creo poder escribir en la playa con mis padres delante, lo siento. Por cierto, atrasado pero, ¡feliz April fools' day!
Advertencias del capítulo: ¡Al fin este fic puede ser considerado con rate M! Sí, es lo que estais pensando, hay un intento de ¿lemon? ¿lime? Como sea, pero ya hay advertencia de lemon. ¿La extensión del cap. también puede contar como advertencia? Ya sabréis lo demás: OOC, cambios de POV, malas palabras… también me salió algo angst. Espero que lo disfrueis -sonrisa-
DISCLAIMER: D gray-man pertenece a Hoshino Katsura, no a mí. Si no fuera asi haría que Emilia presenciara a Kanda besando al Moyashi, para que se diera por enterada de que ya está con alguien y no se hiciera ilusiones, ugh.
Discípulo del pecado
5. Condenado al pecado
Pasó su mano izquierda por el espejo, limpiándolo del vaho que cubría el objeto en cuestión. Allen estaba enfrente del cristal reflectante, observando cómo su propia imagen le devolvía la mirada, con unas pequeñas bolsas bajo sus ojos. Se apartó los blancos cabellos mojados de la frente, adheridos a su rostro por la humedad. Su cabello blanco. Su cicatriz. Su brazo izquierdo. Eran solamente tres características, pero las suficientes como para señalar que era diferente a los demás; un bicho raro. Dejó caer su brazo sin fuerza, mirando al suelo sin pensar nada en especial. Se mantuvo un rato es esa absorbente suspensión, hasta que la razón le dijo que era suficiente y agitó la cabeza a ambos lados para regresar. Más exactamente era el continuo escozor de su hombro lo que le recordaba qué era lo que debía hacer, dirigiéndose hacia la puerta para salir del cuarto de baño, echándose un último vistazo en el espejo de refilón.
El camarote no era muy diferente a cómo era el anterior que tuvo; como mucho era más extenso… y solitario. La diferencia no se encontraba en las pertenencias que tenía antes y que ahora había perdido, ya que mantenía la semejanza de que antes tampoco poseía infinidad de cosas. Pero tampoco había necesitado más; Allen no podía decir que había sido completamente feliz, porque las deudas de su maestro eran algo importante a tener en cuenta que le complicaban la vida, pero con eso no estaba diciendo que si hubiera tenido algo más a lo que poder llamar suyo no le hubiera gustado; sino que le había sido suficiente.
Lo que en verdad echaba en falta era a su plumífero amigo Timcanpy. Si no le hubiese llevado con él no le habría ocurrido nada, y una vez hubiera terminado el viaje le habría vuelto a tener volando a su alrededor, como siempre. Pero no. El inglés decidió llevarlo con él porque Tim nunca se separaba de su lado y, además, no sabía a quién le habría podido dejar a cargo hasta que regresara. Esperaba que Timcanpy pudiese perdonarle allá donde estuviese. Al igual que Mana.
– ¿Ya terminaste? Toma asiento.
La voz que provenía de Bookman le sacó de sus recuerdos. Allen asintió y se dirigió dócilmente hacia la cama para sentarse, algo apenado al hacer esperar al hombre a que terminara de ducharse. Se sentó sobre las blancas sábanas, sintiendo un poco de frío al llevar el torso al descubierto para hacer más fácil el trabajo de curarle el hombro. Dando la espalda a Allen, Bookman tomó el desinfectante y las vendas, dejando los objetos a su lado para observar antes el daño sufrido.
Las huesudas manos inspeccionaron sin delicadeza la herida durante unos instantes, en los cuales el menor miraba ausentemente su cuarto. Los dedos del hombre estaban rodeados de un extraño material como metálico terminado en punta que no le gustó nada.
–La herida no es muy grave. Con desinfectar y vendar debe ser más que suficiente – le informó el hombre neutralmente, tomando un pequeño bote. El asqueroso olor del desinfectante le hizo arrugar la nariz, y la quemazón que sintió cuando el líquido entró en contacto con el tejido dañado le hizo saber que el hombre mayor se había puesto manos a la obra eficientemente.
Allen se sentía incómodo al tener su brazo izquierdo tan a la vista, a pesar de que el otro insistió en que no era ningún problema. Que él recordara, nunca antes había tenido su brazo tan al descubierto; siempre solía llevar manga larga y sus acostumbrados guantes blancos, incluso cuando era verano. Había intentado convencer al hombre de que le dejara mantener la ropa superior puesta, pero se opuso tercamente. Ahora, además, estaba perplejo pues no había hecho ningún comentario al respecto; ni siquiera su rostro había reflejado la asquead, el horror o la lástima que solían mostrar aquellas personas que vieran su mano sin cubrir.
El hecho de que pareciera que ni se extrañara por la deformidad de su miembro sólo hacía que el de cabellos blancos se preguntara cuánto sabría respecto a lo que a él se refería. Antes de entrar en el cuarto de baño, Allen le había preguntado acerca de las todas las dudas que tenía por si lo sabía. Pero lo único que Bookman le respondió fue que no le correspondía el solucionar sus dudas.
Una vez terminó de desinfectar, el chico vio como Bookman le aplicaba una pomada antes de vendar, después, ya sí comenzó a vendarle firmemente. Allen no esperó para ponerse la camiseta que le entregaba el hombre. Estaba claro que le estaría grande y holgada, de rayas grises y negras, por lo que no se preocupó en preguntar a quién pertenecía. Además, así mejor, porque las largas mangas ocultaban de sobra sus brazos, y como tanto su ropa como sus guantes estaban para lavar, le venía al pelo para ocultar su brazo de la vista. Aunque fuera lo de menos.
–Tu ojo parece estar maldito.
Allen cesó en su intento de acomodarse la camiseta y evitar que no fuera tan obvio lo grande que le quedaba, sorprendido de que supiera que eso era la marca de su maldición.
–Es una vieja herida…me la hizo mi padre cuando le convertí en un akuma, antes de matarle – ¿Qué mosca le había picado? Se suponía que no tenía ánimos ni valor suficiente como para hablar de eso con nadie. Ni siquiera con Lenalee. Y ahora, a alguien que no conocía de nada, se lo había dicho sin pensar ni dudar mucho.
Si la chica se enteraba, podía imaginar que terminaría enfadada con él. A veces es más fácil contar algo a alguien que acabas de conocer, ¿no? Ya no sólo para pedir ayuda y consejo, sino sólo por tener la esperanza de ser escuchado. Sin críticas y sin que hiciera falta que le comprendieran.
–Mientras te estabas duchando, me informaron de que te avisara sobre que te esperan en cubierta. Quiere hablar contigo.
"¿Quiere?" Lo había dicho en singular, por lo que se referiría específicamente a una persona, ¿no? La imagen del hombre llamado Kanda, descargando la katana contra él, rodeándole un aura amenazante, llegó a la cabeza del menor. Un escalofrío le recorrió la espalda. No era que le tuviera miedo; no exactamente. Parecía ser la típica persona detestable que sólo piensa en sí misma y en su superioridad sobre los demás, con carácter arrogante, terco y orgulloso. Las personas inconfundibles que no soportaba.
Cuando se encontraba con alguien así, el sujeto terminaba detestándole y él se sentía ligeramente inferior. Pero extrañamente, sentía un desconcertante placer cuando conocía a alguien con esa personalidad, pudiendo liberar parte de su lado oscuro. Pero si ese tipo se sentía especial por tratarle mal, ya podía ir bajándosele el ego porque no era el primero ni sería el último, seguramente. Había momentos en que se paraba a pensarlo y sí que le desanimaba un poco que en casi todo lugar al que fuera hubiera alguien que se sintiera con ganas de hacerle pasar malos tragos, pero excepto en esos momentos, prácticamente le era indiferente.
El gruñido de su estomago le sacó de sus pensamientos, perdiendo ya la cuenta de cuántas veces le había exigido por comida. Allen miró a Bookman con las mejillas ligeramente sonrojadas ante el bochorno de saber que había sido audible, acariciando su tripa como si pudiera calmarla de esa forma, sintiéndola gruñir. El de cabellos blancos miró al hombre de forma suplicante, rogándole con los ojos por ir a comer antes de ir a cubierta. Dios, ¡se iba a morir de inanición! Bookman debió comprender su mirada, pensándoselo unos segundos antes de aceptar.
–Sígueme, te llevaré a la cocina.
Si pudiera, a partir de ese momento Allen habría comenzado a desprender flores a su alrededor de la alegría que sentía. Casi hasta podía escuchar música. Bookman, sin esperar a que Allen regresara de su felicidad, salió de la habitación. El inglés tuvo que apresurar el paso para alcanzarle, pudiendo imaginar ya toda la comida que podría ingerir. Sabía que fuera lo que fuese no sería suficiente; nunca era suficiente, pero al menos podría disfrutar degustando un buen plato de comida y, ya de paso, acallar y aminorar las exigencias de su estómago.
Sí, un buen plato de comida…
Golpeó su pie contra la madera del suelo repetida veces, inquieto y definitivamente hasta los cojones de esperar. Miraba al mar con odio como si fuera la culpable de esa maldita espera. ¿Cuánto podría haber pasado ya? ¿Media hora? Si por él hubiese sido, no habría esperado ni cinco jodidos minutos; le habrían tenido que esperar. Pero el mocoso no debía saber que él era Yuu Kanda, y Yuu Kanda mandaba sobre toda la tripulación. Y si se decía a toda, se refería a toda; ya que Lavi era el segundo al mando. Ahora encima llegaba este niñito que claro, como no sabía quién era, le tocaba joderse y esperar a ese imbécil. Joder, estaba deseando largarse y que cuando se dignara a aparecer él no estuviera, dejándole tirado. Si lo hubiera sabido mucho antes, le habría hechor llamar cuando habló con Komui, y no ya avanzada la tarde, cuando ya había terminado de arreglar los problemas ocasionados por culpa de la pelea.
–Estúpido conejo, ¿en verdad le avisaste?
Se giró lo suficiente como para poder mirarle libremente de forma amenazante, dándole a entender lo que le ocurriría si el chico no llegaba. Lavi estaba caminando de un lado para otro, no muy lejos de la mujer. ¡Incluso la china había llegado antes! Y un enano, poco importante, se daba el lujo de tomarse todo el tiempo del mundo, como si se estuviera dando aires de superioridad.
–Que sí; le dije a Panda que le avisara. No tardará mucho más en llegar.
Ya, eso le había dicho cuando regresó de su supuesto aviso. Hace exactamente más de media hora. Maldijo a toda persona de la que se pudo acordar de seguido, empezando por el albino y siguiendo por Lavi. Por si fuera poco, no podía alegar ni echar en cara al conejo que se lo dijera de su parte Bookman, ya que si de algo estaba seguro era de que un bookman nunca olvidaría algo; menos una orden o, dicho de otra forma, un dato. Si hubiera sido un buscador, esos idiotas prescindibles, no sobreviviría mucho más; eso si no le hubiera matado ya. Pero en este caso a la única persona a la que deseaba matar era al inglés y a Lavi, pero lo de este último ya debía ser por rutina.
A Bookman por desgracia no podía matarle, no sólo por ser quien era, sino porque era el que más sabía de medicina, aun y aunque su especialidad fuera la acupuntura. Y si alguien resultaba seriamente herido, el único que podría encargarse de las heridas sería el abuelo del conejo.
Como tardara un poco más (y esto ya era una amenaza), él mismo iría a buscarle para traerle a base de puntapiés. Mugen reclamaba por sangre y él no estaba acostumbrado a negársela. Vale, si seguía por ese camino lo más seguro era que terminara habiendo sangre de por medio, por lo que Kanda tuvo que respirar profundamente en un último intento para relajarse, sintiendo cómo el viento mecía suavemente sus cabellos. No era tan difícil, al fin y al cabo había reprimido ya otras veces las ansias por esa sustancia roja; de otra forma no estarían desde hace mucho vivos ni Komui, ni Daisha, ni Lavi. Aunque si no había matado a ningún buscador todavía, era porque por alguna maldita suerte o chip protector implantado, siempre llegaba alguien a tiempo (algún estúpido) para salvar al desdichado buscador de una muerte lenta y horrorosa. Una lástima.
Los buscadores siempre se quejaban de su forma de ser tan antisocial, yendo a reclamar cada vez que les asignaban alguna misión a su lado. Kanda podía ser muchas cosas, las cuales no se complicaría en enumerar, pero entre todas no estaba la de ser estúpido. Bien sabía lo que opinaban de él, pero le era como decir misa; ¿para qué ofenderse si lo que él pensaba de ellos no era mucho mejor? Había intentado de variadas maneras convencer a Komui de que lo mejor era concederle las misiones solo, pero eso parecía ser prácticamente imposible. Por lo que sólo tenía una norma de supervivencia que la cumpliría sin hacer ninguna excepción:
Si alguien se interponía en su camino, él mismo lo mataría. Lo mismo que si resultaban heridos no podían esperar que Kanda se fuera a preocupar ni molestar en socorrerlos. Que cada uno se hiciera cargo de sí mismo.
Podía parecer algo egoísta e incluso desconsiderado, pero él nunca había pretendido aparentar algo en lo que no tenía intención de ser. Lo más importante era la misión, que era por lo que era exorcista, no para salvar a inútiles que entorpecieran y pusieran en peligro su trabajo y vida de otros. Los exorcistas no estaban para salvar, sino para destruir. Kanda nunca pediría ayuda absolutamente a nadie y esperaba lo mismo de los demás. Los sacrificios eran necesarios, inevitables, y lo que hiciera cada persona no era asunto suyo. Excepto cuando dichos asuntos le concernían, exactamente como ahora.
–Huh, lo siento. ¿Llego tarde?
Kanda se volvió hacia la dirección de esa voz, reprimiendo sus impulsos de gritar "¡Joder, aleluya!" Un poco más y en el mejor de los casos se habría puesto a rezar a todos los dioses por paciencia para evitar que, en el peor de los casos, hubiera ido en su busca, Mugen en mano, para arrancarle la cabeza. Después, y aunque no tuviera nada que ver en esto, habría tirado a la peliverde por la borda para justo seguido dirigirse hacia la Orden sin una pizca de remordimiento. Y una vez allí encargaría al cocinero lo mismo de siempre para comer. Claro, si hubiera tardado un poco más. O quizás no era tan mala idea; desde luego era tentadora. Ese crío se había vuelto un molesto grano en el culo en menos de un día.
No habría nada de malo en deshacerse de él, ¿no? Siempre podría hacerlo parecer un accidente…tuvo el impulso de planear un asesinato sutil, pero se distrajo cuando vio al albino a la luz de la tarde. Tenía puesta una de esas camisetas que ya no usaba por estarle algo pequeña, pero al menor le quedaba incluso ancha. Los grandes ojos plateados le observaban sobre un leve rubor, haciendo algo de contraste con la piel clara y el blanco cabello.
Si mal no recordaba, Komui le había dicho que la Inocencia se encontraba en el brazo izquierdo, oculto por las largas mangas. Los tipo parásito eran muy escasos; podría contarlos con los dedos de una mano y todavía le sobraban. A pesar de todo el chico resultaba ser algo valioso para la Orden, aunque fuera como arma. Su Inocencia era del tipo equipación, pero al igual que las de tipo parásito, también le reducía la vida. Por lo menos podría tener una mejor sincronización, ¿no?
Resopló cuando la peliverde se acercó al enano preguntándole si se encontraba bien. Qué idiotez; ni que le hubieran torturado. Detestables mujeres sentimentales.
– ¿¡Eh! ¿Abastecernos de comida otra vez? ¡Si a penas hemos estado de viaje con el depósito lleno, Panda!
Volteó a su lado rápidamente, centrando su atención en las palabras que la molesta boca del conejo había pronunciado. ¿Cómo que más comida? ¡Y una mierda! Cuanto antes llegara a la Orden asiática antes terminaría con esa jodida misión, y si tenían que estar parando en cada puerto cercano para comprar comida, no llegarían en la vida. Se negaba por completo a algo así.
–Ni hablar – murmuró captando la atención de todos –. Pararemos sólo cuando yo lo diga; no cuando sea necesario. Además, hay suficiente alimento para todos.
Qué se atrevieran ahora a no cumplir sus órdenes; estaba de tan mal humor que a la mínima conocerían el filo de Mugen. Bookman se acercó a él, como si quisiera aplacar su ira.
–La reserva está casi a la mitad, si no paramos en un puerto cercano la comida no durará mucho más. Menos ahora con un tipo parásito a bordo.
Kanda frunció el ceño sin comprender. ¿Qué relación podía tener el que un tipo parásito estuviera con ellos con la comida? A su parecer nada, aunque era Bookman quien lo decía, como si fuera la voz de la sabiduría la que hablara. Las probabilidades de que las palabras de un bookman fueran ciertas eran muy elevadas; siempre y cuando dicho bookman no se tratara de Lavi. Maldita sea, odiaba tener que dar la razón; pero si eso le recomendaba y aseguraba que pasaría, entonces él…carajo.
–Lo siento, es culpa mía…– la voz del mocoso se hizo sonar; ganándose ahora Allen todas las miradas, pero no debió darse cuenta por tener la vista clavada en el suelo, seguramente por querer esconder inútilmente el sonrojo de sus mejillas. ¿¡Así que él tenía la culpa de que ahora su viaje se hiciera más largo! Si estaba intentando morir por manos del samurái de forma lenta y dolorosa, pronto lo conseguiría.
– ¿Qué carajo dices, Moyashi?
– ¿Moyashi? – el aludido fijó su vista en él, parpadeando desconcertado, haciéndole parecer estúpido. Su rostro fue cambiando de la extrañeza al enfado – ¡Es Allen!
–Lo que ocurre – habló nuevamente Bookman regresando al tema principal –, es que los de tipo parásito al tener la Inocencia como parte de ellos, consumen mayor energía que un exorcista con la Inocencia de tipo equipación; por lo que necesitan alimentarse más que las personas normales. Por eso es necesario volver a abastecernos si queremos continuar el viaje sin problemas.
Estupendo. ¿El niñito era una molestia por naturaleza o se entrenaba para serlo? Lo que él quería era poder ir a una verdadera misión en la que terminara chorreando de sangre de akumas. No hacer de niñera por partida doble (o triple, si contaba al conejo). ¡Y el mocoso precisamente tenía que alargarle el tiempo, como si no fuera ya suficiente! A su favor podría alegar que era por culpa de la Inocencia que poseía, y que no tenía la culpa. Pero eso a Kanda no le importaba. Lo verdaderamente importante eran las consecuencias de ello.
Gruñó debatiéndose si para evitar un asesinato múltiple debía irse y que hicieran todos lo que les diera la gana, o si debía controlarse y cumplir con su deber. Su razón le decía que debía cumplir y no fallar una misión, pero su irracionalidad le decía que se dejara llevar por sus impulsos. Decidió cumplir con su deber. No fallaría una misión por culpa de nadie, y mucho menos por un niño maldito. Ese niño maldito.
–Como sea. Más tarde hablaremos acerca del recorrido que haremos.
–Perdón, pero ahora que estamos al fin todos… ¿podrían explicarnos qué es lo que pasa aquí? – Lenalee se llevó una mano al flequillo intentando mantenerlo en su lugar, rebelde por la brisa, como si fuera una pregunta casual. Kanda clavó la mirada en ella, taladrándola. Seguidamente la desvió a Allen, quien parecía estar de acuerdo con la peliverde y que también parecía querer saber. Su mirada chocó con esos grandes ojos plateados, manteniendo un silencioso duelo en el que se lanzaban miradas desafiantes. El ambiente se hacía más pesado conforme pasaban los eternos segundos y ninguno de los dos apartaba la vista del otro. Kanda sentía como si una atracción le obligara a no cortar el contacto, hasta que el inoportuno conejo interrumpió al hablar, desconcentrándoles.
–Bueno, Yuu. ¿Por dónde empezamos?
–Che, ¿y yo qué sé? Y no vuelvas a llamarme así, conejo – reaccionó tomando a Mugen por la empuñadura, a punto de atacar a Lavi en cualquier momento. Estaba hasta las mismas narices de que osara a llamarle por su primer nombre. Algún día le mataría por ello.
– ¿Qué es eso de Inocencia? – se apresuró a intervenir Lenalee advirtiendo una pelea.
Kanda exhaló un suspiro. Si explicaba lo de la Inocencia podría explicar todas las demás cosas seguidamente sin problemas. Pero una cosa era la teoría y otra la práctica; y él prefería la práctica a la pesada y aburrida teoría. Miró a Lavi dirigiéndole una mirada significativa. Él no sería quien lo explicara; era algo problemático y no tenía ningún interés. La orden consistía en que supieran las cosas que ignoraban, no que fuera él quien lo tuviera que explicar. Además, ¿no se supone que el conejo era el futuro sucesor a bookman? Pues adelante. Era su oportunidad de demostrar sus conocimientos y cuán bueno era un su trabajo. O algo así.
La mirada de Kanda cambió a una de advertencia cuando Lavi había empezado a negarse a ello, comprendiendo lo que pretendía de él, influenciado seguramente por la pereza. Y de seguro que el muy maldito pretendía divertirse a costa suya cuando el samurái comenzara a hablar de ello; cosa que obviamente no permitiría. Sólo necesitó fulminarle con la mirada durante unos segundos más para que el pelirrojo suspirara resignado.
–Todo empezó hace cien años cuando se descubrió un cubo, en cuyo interior había una predicción de hace muchos años…
Desconectó. No le importaba qué fuera o cómo surgiera, simplemente tenía que saber dónde buscar dicha Inocencia y ya. Varias veces había escuchado la misma historia y podía asegurar que siempre terminaba haciendo oídos sordos. Si alguna vez logró escucharlo entero debió ser cuando entró en la Orden; y de eso hacía tanto que ya ni recordaba. Podría explicar en qué consistía el trabajo de los exorcistas, científicos, buscadores…incluso cómo localizaban y encontraban la Inocencia; pero sólo por ser algo con lo que debía tratar desde hace años.
Durante todo ese tiempo Kanda había visto morir a tanta gente que ya le resultaba algo natural. Él no tenía miedo a la muerte. ¿Para qué? Moriría tarde o temprano, más bien temprano; pero mientras la misión resultara ser un éxito, podría morirse. Podría morir, porque en realidad no podía hasta encontrar a "esa persona". De hecho, si no fuera por esa maldita razón, seguramente estaría hace bastante tiempo incinerado. Coño. No era que estuviera deseando morir, eso le era algo indiferente. Sino que habían muerto ya tantos exorcistas, de los mejores, en misiones con él que dudaba mucho que un par de mocosos como esos sobrevivieran más de un mes.
La peliverde todavía, por ser la hermana pequeña del supervisor y porque parecía ser alguien a quien la Orden necesitaba. Pero el Moyashi no. Estaba seguro de que nada más llegaran a la Orden asiática, como mucho al día siguiente, le ordenarían ir a alguna misión. Sin saber su experiencia o capacidades en un combate. Lo mejor que le podría pasar entonces sería que no le tocara la misión con él, porque no dudaría en sacrificarle. Así que lo que el inglés podía rogar sería que su primera misión fuera con cualquier otro exorcista que no fuera Kanda, que se molestara en preocuparse acerca de su bienestar.
Al fin y al cabo, Kanda no era una de esas personas cándidas y llenas de una amabilidad desbordante. Él era un maldito sádico al que no le importaba absolutamente nadie.
–Entonces, ¿significa que somos exorcistas? – susurró Allen – ¿Que somos como vosotros?
Silencio.
No sabía qué estaba esperando exactamente de parte del otro, pero Kanda no respondió a la pregunta. Tampoco Lavi. El silencio en ocasiones era más útil que cualquier cosa que se pudiera decir con grandes palabras. Respuestas que sólo la ausencia de palabras podría revelar. Estuvo esperando alguna reacción por parte de los dos; la vida de esos dos mocosos había cambiado radicalmente y ellos les habían convertido en los soldados de una guerra que hasta hace poco no tenían ni idea. Los estaban condenando a una muerte segura, teniendo como única misión luchar.
–De acuerdo – respondió primero el albino –. Salvaré a esas pobres almas de akuma.
El samurái resopló. Era un mocoso estúpido que no sabía a lo que se enfrentaba. Y Kanda no entendía por qué eso le daba tanta rabia. No le dijo nada. Esperaba que el imbécil se diera cuenta de que lo que había dicho era una soberana estupidez. ¿Salvar a las almas de akuma? Qué hipócrita. Ellos no salvaban. Los exorcistas no estaban ahí para salvar a la gente, y mucho menos para salvar a las armas enemigas. Los mismos exorcistas eran armas que el Vaticano utilizaba a placer; unas armas destructoras de otras. Eran un estúpido Moyashi con aires de héroe trágico. Repugnantemente conmovedor.
–Yo…supongo que está bien; al menos si puedo seguir al lado de mi hermano.
Y ahora la niña sentimental. En fin, al menos no se habían resistido a algo a lo que estaban obligados a ser. Aunque en el fondo admiraba la entereza con la que habían aceptado las cosas. En especial la mujer, quien además se había debido enterar de que su hermano no sólo sabía todo, sino que era el supervisor de la organización religiosa para la que trabajaban.
– ¡Estupendo! – exclamó el pelirrojo alzando los brazos con fingidos aires de importancia exagerados – ¡Bienvenidos a la Orden Oscura!
Se volvió hacia Lavi, totalmente serio.
–Déjate de estupideces conejo. Tengo que hablar con ella.
– ¿Eh? ¿Conmigo? –preguntó Lenalee sorprendida. Hizo rodar los ojos cuando, cómo no, Lavi tuvo que hacer la gracia al soltar un silbido insinuante. Oh, no. Más que añadir, fue una orden a lo que se apresuró antes de dar tiempo al chico de decir alguna barbaridad de las suyas:
–A solas.
Fulminó con la mirada a Lavi, quien le sonreía burlón, pero que por suerte se ahorraba los comentarios. Era prácticamente imposible hacer que el aprendiz de bookman se estuviera callado, pero más le valía hacer caso de lo que decía; aunque por su falta de movimiento debía querer morir antes que su propio abuelo. De hecho, el primero en acatar sus palabras sin decir ni una palabra fue Bookman, quien antes de irse también lanzó una mirada de precaución a Lavi. Una vez se hubo ido, había comenzado en un último intento por quedarse a base de halagos estúpidos, quejas e insinuaciones; pero el samurái no rebajó su mirada amenazante ni dio su brazo a torcer.
Finalmente el aprendiz de bookman tuvo que admitir su derrota, dándose la vuelta y así irse, mascullando algo acerca de su crueldad. Pero Allen no se movía ni parecía querer hacerlo. Así fue cómo comenzó un nuevo duelo de miradas, en el que terminó retirándose el menor al ser llamado por Lavi. ¿Tal vez el novato había intentado desafiarle para que no hiciera nada a Lenalee o era sólo una especie de pedido? Maldición, ahora estaría más irritado por culpa de esa singular mirada neutral. Más aún. No obstante no podía afirmar que el niño le disgustara del todo: nadie se atrevía a desafiarle tantas veces sin ser un suicida. Quizás y sólo era un insensato. Aunque curiosamente ese mocoso tenía algo que le atraía.
–Bueno y… ¿qué querías decirme?
– ¿Qué es lo que sabes? – preguntó Kanda cruzándose de brazos. Lenalee le miró sin comprender, o eso o estaba haciéndose la tonta. No se creería tan fácilmente el que no supiera de qué le hablaba. La familia noé quería algo procedente de ella, y ella se lo diría por las buenas o por las malas.
Lenalee frunció el ceño, ladeando la cabeza a un lado.
– ¿Saber respecto a qué?
El pelinegro se acercó a ella en un par de rápidas zancadas, provocando que Lenalee retrocediera asustada como respuesta, sonriendo internamente para el regocijo de su ego. Pero ya era tarde. Estaba cansado de andarse con sutilezas que no iban de acuerdo con su personalidad; de modo que o le respondía sí o sí, o tendría que utilizar otros métodos para que hablara. Y seguro que esos métodos no le gustaría a nadie excepto a él.
– ¿Qué sabes para que tengas a la familia noé detrás de ti? – murmuró a modo de ultimátum.
– ¿La familia noé? No comprendo lo que…
–Che, desde luego que lo sabes – la interrumpió tomándola bruscamente del brazo para evitar que pudiese apartarse de él. Puede que lo que fuera a hacer fuera pasarse de la raya, pero teniendo en cuenta que el supervisor ya le estaría amenazando tan sólo por tomarla con tanta firmeza del brazo y que la respuesta a su pregunta afectaba la seguridad de todos los del barco, no le importaban las consecuencias –. Y evidentemente me lo vas a decir. Quieras o no.
–Pero ¿qué es lo que…? ¡Ah! – Lenalee gimió dolorosamente cuando el espadachín hizo más fuerza en su agarre. No le importaba lastimarla. Aunque por esa acción los ojos de la chica se abrieron con terror, seguramente recientemente asustada por su actitud agresiva y el estar ambos a solas, sin nadie que pudiera ayudarla – ¡Suéltame! ¡Exijo que me sueltes, ya!
Entrecerró los ojos con verdadera molestia, mientras Lenalee forcejeaba desesperadamente por liberarse de su agarre. ¿Ahora le daban los aires de importancia? Se atrevía a darle, a Yuu Kanda, exigencias acerca de lo que debía y no debía hacer. Muy bien. Ella podría darse todos los aires que quisiera, no le importaba: él los tenía. ¡Qué reclamara todo lo que quisiera!, porque no haría ni caso y al final se haría todo lo que él dijera.
–Lamento tener que informarle de que no se encuentra en disposición de exigir nada – masculló despreciativamente, ironizando su educación –, pues, ¿he de recordarle que usted es sólo un premio?
Exacto: Un premio. Un preciado premio para la Orden que él había capturado, como un simple pirata tras el abordaje. Y si se atenía a las normas del mar como debería, ahora ella le pertenecía. ¡Quién le iba a decir que Komui iba a ser tan estúpido como para dejar a su hermana irse y mandar a todos ellos para "hacerse cargo" de ella! Aunque bueno, no había errado tanto pues había mandado al chico maldito con ella; y ahora que lo pensaba, ese Moyashi también le pertenecía. Antes de que la peliverde pudiese decir algo o intentara liberar su brazo más arduamente, él ya la estaba tomando de la cintura para echársela al hombro, sin a penas sentir diferencia por el reducido peso del cuerpo. Esto le serviría para darle un buen susto.
– ¡Nhn, suéltame!
– ¿Te sigues negando a cooperar?
– ¡Allen-kun! –gritó Lenalee pidiendo ayuda. Debió estar abrumadoramente consciente de que estaba totalmente a su merced para haber decidido que sería mejor pedir ayuda que luchar contra él. Carajo, debía admitir que no se le podría haber ocurrido nada mejor – ¡Allen-kun, por favor ayúdame! ¡Allen-kun!
Había empezado a patalear para ayudarse en su propósito, aunque no conseguía alcanzar al samurái, sin dejar de llamar al idiota albino. Kanda comenzó a dirigirse a su camarote, arrastrando consigo a la chica gritona. Volvió a pensar que el asustarla como obviamente lo estaba haciendo al llevarla a la fuerza era algo ligeramente radical, al menos sin haberle dejado ninguna oportunidad para pensar en lo que le dijo. Pero él no daba oportunidades a nadie que no le importara; y podía asegurar que la peliverde no le importaba nada. Así que le interesaba bien poco si no se estaba comportando de la mejor de las maneras en esta porquería. Asimismo estaba seguro de que una vez estuviera en la cámara con ella, estaría tan intimidada que cooperaría sin dudar, dándole todo la información que quería saber. Pero tuvo que detener su camino al escuchar la voz conocida de Lavi junto a la de Allen. Debieron ir por el escándalo que estaba armando la chica.
– ¡Allen-kun,ayúdame: está loco!
– ¡Lenalee-chan! – exclamó la voz del inglés. Kanda se volvió hacia ellos dibujando una mueca de molestia. ¿Qué acaso no habían comprendido todavía el significado de "hablar a solas"? Quería dudar sobre que fueran tan imbéciles como para no saberlo, pero siendo ellos de quienes se trataba no podía asegurar nada. Un conejo y un Moyashi, ¿qué debería esperar?
Centró su atención en el menor, mirándole detenidamente. Tenía los ojos bien abiertos posados en Lenalee, y su rostro estaba perdiendo progresivamente el poco color que tenía ya de por sí. Rápidamente el chico se apartó del lado de Lavi para ir hacia ellos, tomando a Kanda del brazo que no mantenía sujeta a la chica. El samurái frunció el ceño mirando con desdén la blanca mano derecha que le asía de forma débil pero firme. No pudo evitar pensar nuevamente en la soberana idiotez de que el albino se fuera a convertir en exorcista. Esa pequeña mano de seguro nunca se habría visto cubierta de sangre del enemigo. Sería demasiado para él, y no entendía por qué ese pensamiento le molestaba y hasta fastidiaba.
Lentamente apartó la vista de esa mano que hacía contacto con él. Le estaba mirando. Allen le miraba con los grandes ojos en forma de suplica e insolencia. Odiaba esos ojos plateados, entre azules y grises. ¿Cómo se atrevía a mirarle de esa forma tan…estimulante? ¿Por qué maldita razón esa mirada que le plantaba cara estaba haciendo que regresara esa irracional atracción que había sentido antes? Mierda, ahora tenía un verdadero problema.
–Por favor – masculló el inglés casi a regañadientes – suelta a Lenalee, ella…
– ¿Qué ganaría si la soltara?
De un movimiento nada delicado Kanda se liberó de la sujeción del brazo, frustrándose más conforme esos ojos no dejaban de mirarle y la chica, a pesar de ya no chillar, continuaba forcejeando inútilmente para que la dejara en el suelo. El menor había comenzado a mirar a su alrededor como si de esa manera se le fuera a ocurrir, o mejor, aparecer la solución a su problema. Al ser obvio que nada de lo que había allí le podría interesar, ya que se podía decir que el barco le pertenecería durante el viaje y que era claro el desprecio hacia Lavi y su preferencia a ignorarle, el nuevo exorcista comenzó a desesperarse. Kanda dibujó una sonrisa socarrona más cercana a ser una mueca. Allen se mordió nerviosamente el labio volviendo a mirarle, sin respuesta a su pregunta. O eso creía.
–Por favor, por favor. Puedes hacerme lo que sea, pero a ella no le hagas nada.
Imposible. Desde luego que había debido escuchar mal. ¿Estaba diciendo que se sacrificaba, por ella? ¡Nadie en su sano juicio haría algo así por otra persona! No de una forma tan verbal, al menos. Alguna persona tan estúpida como para hacer eso sí que había conocido, pero dos de tres ya estaban muertos por eso. Razón de más por la que le parecía más idiota. Esa actitud de "a ella no pero a mí sí" sólo parecía querer probarle. Mocoso insolente, ¿intentaba demostrar que él hacía sólo las cosas de boquilla? Si el imbécil tenía tanta seguridad en que no se atrevería a tomarle la palabra era que no sabía quién era Kanda. Se le escapó una risilla irónica entre dientes al vaticinar la victoria. No duraría ni lo que restaba de día en retractarse de sus palabras.
– ¿Hasta qué nivel serías capaz de sacrificarte por alguien como ella? – se inclinó para pronunciar las palabras en el oído del menor, provocando a propósito el escalofrío que recorrió el cuerpo del otro cuando su aliento le golpeó. Hasta la niñata parecía estar más ocupada en prestar atención a la conversación que mantenían, porque había cesado en su empeño por golpearle.
–Puedes tener todo sobre mí.
La mirada determinada que ese niñato le dedicó sólo hizo acrecentar su ira. Su forma de mirarle como si fuera capaz de cualquier cosa no sólo por Lenalee, sino por todo ser humano o no humano. Como si esas palabras lo solucionaran todo. Como si el sacrificarse por cualquiera fuera a servir de mucho. Como si el ser un héroe trágico no conllevara consecuencias.
¡Cómo odiaba a la gente tan ingenua como él!
Con deseos irreales, ideales imposibles y sueños absurdos. No entendían que todas esas cosas al final no significaban nada, por mucho que se esforzara. Era un egoísta. Y lo único que hacía era enfurecerle cada vez más. Si le hubiera rogado quizás y hubiera accedido con la escusa de no seguirle escuchando, pero Allen se acababa de meter dentro de un juego creado por el samurái, sin conocer las normas ni la finalidad. Por si fuera poco, él era lo suficiente orgulloso como para negarse a aceptar que algo tan blandengue le derrotara. Si le seguía el juego, debería atenerse a las implicaciones de este. Jugar con fuego podía quemar.
Llevó la mano a la barbilla de Allen, tomando su rostro para poder intimidarle más con la mirada. Aunque sólo recibiera determinación de regreso. Para su satisfacción, las mejillas se le tiñeron ligeramente de rojo. Quería que mientras cerraba el acuerdo el Moyashi tuviera toda su atención centrada en él y no en la china. Sólo en él.
–Che. Te tomaré la palabra: tomaré tanto que cuando termine contigo no serás más que un juguete a mi merced.
Allen no hizo ningún intento de apartarse ni de escapar de él. Ni siquiera parpadeó cuando le respondió sin dudar:
–Así sea.
"Un completo Moyashi; tal y como lo suponía" sonrió cínicamente, ya casi hasta relamiéndose por la lección que le daría; incluso satisfecho de la respuesta obtenida "Ya me encargaré de hacer desaparecer esa mirada desafiante". El albino se enteraría de la crueldad que podían provocar unas palabras dentro de un juego muy peligroso. Especialmente si con quien se ha decidido jugar era con él.
En realidad no le gustaban los juegos, pero el otro era un crío. Y los enanos eran unos inocentes que aceptaban jugar sin saber. Además este sería diferente a todos los demás que había probado, ya que prometía ser entretenido para al menos uno de los dos. Siempre y cuando Allen no decidiera dar por terminado todo a medias y se rindiera. Lo que fuera a pasar sería sólo culpa del inglés; no suya. Aunque él no sería quien se negara. Cogió del mismo brazo que antes le agarró, fuertemente, soltándole la barbilla. Sintió la delgadez de ese miembro y la fragilidad de la que parecía estar hecho.
Alzó la barbilla cuando el Moyashi comenzó a mirarle como con soberbia, como si estuviera muy seguro de sí mismo y de sus palabras. Aunque eso le hizo afirmar más sus intenciones. Soltó finalmente a Lenalee, dejándola en el suelo; tenía que cumplir con lo acordado si quería que sus planes funcionaran. La chica se tambaleó, y Kanda tomó ventaja de eso para, con el brazo libre, empujarla hacia Lavi. El cuerpo de la peliverde chocó contra el del conejo, evitando la caída que habría tenido. Lavi ya la estaba sujetando antes de dejar siquiera que Allen respirara aliviado por lo logrado.
–Llévatela y haz lo que quieras. Si alguien me interrumpe, yo mismo me encargaré del asesinato –declaró apretando más el agarre sobre el inglés.
No. No le importaba lo que el conejo pudiera pensar, sólo estaba ahí para recopilar información acerca de ellos, como si fueran mera tinta. Estaba incluso de acuerdo con esa comparación, y mucho más con el que no se pudiera meter dentro de los problemas que pudiera haber. Por eso le valía mierda lo que pensara de todo esto. Eso también se aplicaba a toda la panda de payasos que formaban la organización, a excepción de los superiores.
Otras cosas no, pero sí que quería seguir con su inútil, peligroso y reemplazable trabajo. Le gustaba estar en continua batalla, con la vida en peligro y cubierto de sangre del contrario. No sólo era un gusto; sino que se había convertido ya en una necesidad. No podía imaginar la vida sin ser exorcista; su cuerpo se había acostumbrado hace años a la permanente tensión y alerta necesaria en la lucha. Era exorcista desde antes de alcanzar siquiera el metro y medio. Ser exorcista era su vida y sería su muerte. Y si no enseñaba al niñito que el ser un jodido mártir sólo sería peor para él, Allen terminaría seguro muerto en una de sus primeras batallas.
– ¡Me has mentido! –exclamó Allen infantilmente con una mirada más de odio que de reproche.
–Yo no seré el que le haga nada. Ni él tampoco. Eso depende de ti –añadió intencionadamente para hacerle sentir culpable si se atrevía a negarse luego. Se podría decir que con eso lo único que conseguía era obligarle. Tan fácil de manejar –. Vámonos.
Kanda tironeó de él, arrastrándole consigo al camarote. Tras él escuchaba la voz de Lavi llamándole insistentemente, pero ignoraba todo aquello que le estuviera diciendo, sin prestar atención ni teniendo interés en prestarla. Ahora mismo tenía que arreglárselas para solucionar un problema provocado por el menor. Maldita sea. Más le valía al chico, si quería librarse de esta, que no tardara mucho ni le permitiera llegar muy lejos; porque quizás y no pudiera resistirse y se dejara llevar, forzando al albino. Era uno de los riesgos a los que Allen se debería enfrentar una vez dentro de la boca del lobo. Y el menor era la pequeña presa inocente, engañada y que había caído en las redes del sádico pelinegro.
Sonrió para sí mismo con verdadera malicia. Allen no tardaría en echarse atrás. Seguro.
Kanda arrastraba al nuevo exorcista, quien mantenía el equilibrio a duras penas. Lenalee estaba aún entre sus brazos, sintiendo el calor que desprendía su cuerpo, tan desconcertada como lo estaba él. ¿Qué había pasado tan repentinamente? A penas unos minutos atrás, Allen estaba con él y Lenalee con Kanda. Ahora era la peliverde quien estaba con él, y el Moyashi con el japonés. Qué rápido cambiaban las tornas.
Comenzó a llamar al exorcista mayor, intentando que le hiciera caso y regresara. Indudablemente Kanda estaba muy enfadado. Debía admitir que no tenía ni idea acerca de lo que se proponía, pero sólo podía asegurar que temía por el futuro del chico. Estaba intentando asumir la acción tan repentina del samurái, a punto de reír por lo extraño de la situación. Sabía que no debía reírse frente a Lenalee, puesto que estaba visiblemente afectada y preocupada, y hacerlo sería una gran falta de respeto. Pero la sonrisa divertida era imposible de hacer desaparecer. La situación le divertía sobremanera. ¡Quién le iba a decir que Kanda actuaría de una manera tan imprudente!
Normalmente el japonés sólo se veía afectado cuando alguien se acercaba a él, por supuesto, para fastidiarle. Por lo demás, el pelinegro solía ser una persona seria que no se preocupaba ni molestaba en nadie. Ahora, aparecía un chico que había roto todos sus esquemas respeto a la personalidad de su compañero, ya que con sólo un par de palabras ya había hecho enfurecer al otro, y lejos de amilanarse le siguió desafiando. Sólo alguien tan suicida como él se abría atrevido a tal cosa. Cuando viera al chico, si no estaba muy mal herido, le daría unas palmaditas en la espalda y le felicitaría. La puerta del camarote fue cerrada con un golpe seco; tragándose a los protagonistas de la escena. Kanda no se había ni molestado en mirarles.
– ¿Qué va a hacer con él?
La chica se giró entre sus brazos, tomándole de uno de ellos como en busca de apoyo. Le miraba de forma angustiada, con los ojos violetas brillantes amenazando con llorar. La sonrisa divertida cambió a una que pretendía ser tranquilizadora, aunque su pregunta le hubiera puesto en un aprieto sin saber qué responder. Él mismo se preguntaba qué iba a hacer Kanda, y conociéndole no podía asegurar que el chico fuera a salir vivo. Negó con la cabeza lentamente, decidiendo ser sincero y decirle que no sabía, porque si respondía lo que creía ya veía a la chica irrumpiendo en la habitación. Y entonces a saber si alguien sobrevivía al apocalipsis. Era de Kanda de quien se trataba, después de todo.
Kanda era una persona que le llamaba bastante la atención por su personalidad simple pero al mismo tiempo complejo e inexplicable. Cuando se acercaba a él, podría decir con bastante exactitud cuál sería la reacción que recibiría por su comportamiento; pero en ocasiones ni su condición de futuro bookman ayudaba cuando le daban esos extraños cambios de carácter. Por eso se divertía tanto cuando estaba con el pelinegro, porque era como un niño pequeño que saltaba a la mínima que le decían. Y él sabía exactamente con qué podía picarle en cualquier momento sin romperse mucho la cabeza. Como llamarle por su primer nombre, por ejemplo. Tres de cada cuatro veces tenía la probabilidad de ser amenazado e intimidado por el aura maligna que desprendería, mientras que el uno restante era cuando desenfundaba directamente Mugen sin preliminares.
Esta vez debería ser su uno por ciento en el que actuaba de manera retorcida y extraña. Nunca habría imaginado que Kanda hubiera agarrado al nuevo compañero que tenían y menor de los exorcistas para llevárselo a su cuarto. Se alegraba de que Lenalee no le estuviera mirando, porque si le tuviera que explicar la razón de su sonrisa pervertida lo más seguro es que no se volviera a acercar a él. Se dio un golpe mental ante su estupidez. Debía mantener la cabeza fría y no dejarse llevar por sus estupideces.
Kanda nunca se atrevería a hacer algo como eso al menor, ¿no? Aunque su relación no había empezado de la mejor forma (él al menos no llamaría a que le atacara pensando que era el enemigo una presentación ideal). No quería pensar en lo que le haría exactamente al albino, pero la idea de esos dos encerrados en la misma habitación no reducía sus malos pensamientos, sino que los alimentaba más. Por muy mórbida que fuera la idea de esos dos juntos.
Su lado racional, o ese que había aparecido a causa de estudiar minuciosamente a las personas y la historia por ser el sucesor de Panda, le decía que era imposible que el japonés tuviese ese tipo de intenciones para el menor. Podía decir que para el espadachín en el fondo ese tipo de cosas le eran importantes; al menos mínimamente. En realidad no creía que se fuera a propasar con el albino, por mucho odio infundado que le tuviera. Pero al menos, gracias a esto, tenía una nueva escusa para tomar el pelo al espadachín.
–Ven conmigo – dijo a Lenalee, quien miraba ausente la puerta tras la que habían desaparecido, sin decir una palabra – ¡No te preocupes por el Moyashi-chan! Yuu no le hará nada; ladrará mucho, pero no morderá.
La peliverde le miró desconfiada. Estuvo unos segundos sin responderle, como meditando sus palabras y si era de confianza, hasta que de repente se separó de él con un ligero sonrojo. Al parecer habían estado tan concentrados en sus propios pensamientos que se habían olvidado por completo de que seguían abrazados. El ver a la chica con la mirada en el suelo avergonzada casi le hizo exclamar su típico "strike", pero logró controlarse a tiempo. Si Komui se enteraba de esto, terminaría muerto.
– ¡Vámonos Lenalee-chan!
Tomó la mano de la chica, llevándola con él en dirección contraria. Lo mejor sería mantenerse alejados del foco de peligro, no fuera a ser que saliera Kanda hecho una furia y lo pagara con ellos; especialmente con él. También debería avisar a los buscadores de que no entraran allí dentro si no querían morir de forma atroz. De repente la idea de hacerles entrar y que interrumpieran lo que Kanda se traía entre manos le resultó realmente tentadora. Pero fue desechada cuando se dio cuenta de que sería descubierto como el culpable y ejecutado por ello. Añadido a que eso podría considerarse como influir en la historia, y él estaba sólo para recopilarla. No; lo mejor desde luego era dejar las cosas estar y avisar a los demás del peligro que corrían.
Ya tendría después tiempo para divertirse.
Allen no sabía qué estaba pasando.
Había conseguido que Kanda liberara a Lenalee a cambio de sí mismo. No sabía bien qué era lo que pretendía hacer el mayor con él, pero cuando fue obligado a entrar y la puerta fue cerrada de un portazo la situación había empezado a gustarle muy poco. Estaba encerrado y no sabía el propósito de ello, pero ahora no podría salir hasta que Kanda terminara con lo que fuera que deseara. Y Lenalee dependía de él. No podía permitirse que le pasara nada; tenía la posibilidad de ser feliz y él era el único que estaba ahí para ayudarla, y no cedería por muy cruel que fuera lo que le esperaba. O de eso quería convencerse. Había prometido que la protegería y eso intentaría. La cuidaría tan bien como lo hizo su padre con él cuando era pequeño y actuaban juntos en circos ambulantes.
"Mana…"
Antes de poder reaccionar fue empujado por el pelinegro contra algo, tirándole por el brazo. Allen cerró los ojos esperando sentir un fuerte golpe en alguna zona de su parte trasera, pero en cambio sólo cayó sobre algo mullido. Sus manos se cerraron alrededor de una fina tela al intentar parar el golpe. Abrió los ojos dándose cuenta de que el pelinegro le había empujado a la cama. ¿La cama era suya? Sintió como el calor subía a sus mejillas, intentando incorporarse.
Se apoyó sobre los antebrazos, pero el cuerpo de Kanda le inmovilizó con su peso al colocarse sobre él, impidiendo que pudiera levantarse. Se mordió el labio avergonzado cuando fue consciente de la cercanía que tenían ambos rostros, sin darse cuenta de que eso sólo forzaría más a romper el autocontrol del otro. Los ojos oscuros le observaban con un brillo que le ponía la piel de gallina y una mueca a modo de sonrisa maliciosa que no le daba buena espina. Apartó el rostro fijando la vista en otro punto, encontrándose con su mano izquierda.
Fue entonces cuando descubrió con horror que su deforme miembro estaba a la vista, ya que no se había puesto al final los guantes. Pensó que no sería necesario por estar oculto bajo la manga, pero al parecer se había vuelto a equivocar. Si casi le habían matado por su cicatriz temía lo que le fueran a hacer por su brazo. Pero, no debería pasar nada, ¿no? Vamos, Lavi había dicho que tanto las botas de Lenalee como su brazo eran Inocencia, esa materia misteriosa que no había llegado a comprender del todo y que era tan valiosa y extraña. No sería lógico. De todas formas no le gustaba que fuera visible, por lo que intentó volver a esconder la mano con la manga, pero se sentía torpe y nervioso, perturbado por la cercanía del japonés. Se retorció bajo el cuerpo sobre él, desesperándose al no conseguir esconder la mano. Sabía que sus guantes estaban en el bolsillo derecho del pantalón; el problema era cómo hacer para ponérselos sin que el otro se diera cuenta o sospechara. Era algo imposible.
–No pareces tan confiado como antes, Moyashi –le murmuró Kanda de forma burlona. Por suerte, dentro de lo que cabe, pudo estirar la manga y ocultar su mano con ella.
Allen le miró, molesto de que se diera tantos aires de superioridad.
–Cállate.
A penas había sido sólo un susurro, pero fue lo suficiente como para darse cuenta de que había molestado más a Kanda. Al parecer el que no se rindiera debía ser un golpe para su orgullo o algo así; total, quién entendía a los samuráis y sus códigos extraños.
Kanda entrecerró los ojos con una sonrisa torcida, como planeando algo. Claramente no pudo hacer nada más que quedarse en shock cuando el otro, sin avisar, hizo algo que nunca habría imaginado: besarle.
Pensó que le amenazaría, sobornaría, pegaría, e incluso que le mantendría ahí encerrado hasta el final del viaje con a penas la suficiente comida como para que no se muriera de hambre. Pero nunca que se fuera a dar ese extraño roce de labios. En un principio parecía un beso algo torpe, pero enseguida la lengua húmeda del otro le estaba ordenando que abriera la boca. Llevó la mano derecha al pecho del mayor para separarle, mientras apoyaba todo su peso sobre el brazo izquierdo; pero no logró separarle de él. Al contrario, una de las manos del otro se posó en su nuca para evitar que pusiera mucha resistencia, sin parar de lamer insistentemente sus labios.
Allen no sabía qué era lo que le ocurría, pero ese beso era diferente al que había recibido de Road. Muy diferente. Ambos le habían tomado por sorpresa, pero al contrario del anterior que no significó nada, en este estaba sintiendo algo desconocido. La ligera presión le mantenía unido al pelinegro, y aunque continuara empujándole muy débilmente, el cosquilleo en sus labios y el cálido aliento le incitaron a hacer lo único que se le ocurrió, y fue entreabrir los labios. Cerró los ojos sintiendo el rostro arder cuando la lengua del otro se encontró con la suya, provocando que algo parecido a una corriente eléctrica le recorriera.
La presión sobre su nuca aumentó para hacer más profundo el beso. Muy tímidamente comenzó a corresponder a beso, como si una fuerza externa se hubiera adueñado de su cuerpo y su mente no fuera la que mandaba ahora. No sabía si por fortuna o por desgracia, el japonés finalmente le soltó, permitiéndole recuperar el aire. Ambos jadeaban, pero principalmente estaba más confundido que sin aire. ¿Le había correspondido, al menos un poco, al beso? Y por si fuera poco, a pesar de estar libre del agarre (aunque no del cuerpo sobre él) no se separaba, estando ambos rostros prácticamente sin distancia, por lo que ambas respiraciones entrechocaban.
Estaba tan aturdido que ya no sabía si su mano se mantenía en el pecho de Kanda para poner una distancia inexistente, o por el mero hecho de seguir con el contacto. Se estaba volviendo loco.
–No está tan mal, Moyashi – le dijo llamándole nuevamente por ese molesto y desconocido sobrenombre –. Aunque eres demasiado inexperto todavía.
Allen frunció el ceño; todo su aturdimiento se había intercambiado por enfado. ¿Cómo que inexperto? Ese maldito bastardo… ¡seguro que él no tendría tanta experiencia como de la que parecía estar fardando!
– ¡Ya te dije que es Allen! – masculló apartándole de encima con un brusco empujón al fin. Al menos esta vez había conseguido quitársele de encima. Ese imbécil sólo estaba jugando con él.
Lo que más le enfadaba era que, por muy despreciable que intentara ser, el cabrón besaba bien. ¿Eh? ¿Besar? ¿Bien? No, en realidad no le había gustado nada. Había sido forzado y demasiado…húmedo. Sí; no le había gustado porque había sido demasiado húmedo. Una escusa estúpida, pero serviría mientras le funcionara para afirmar que no había sido bueno. Porque no lo había sido. Ofendido, se levantó decidido a marcharse de la habitación, pero la mano de Kanda tomando la suya se lo impidió. Intentó que ese contacto no le afectara.
– ¿A dónde crees que vas, imbécil?
Estupendo. Ahora no quería dejarle marchar. Fantástico. ¿Qué demonios era lo que quería ahora? Se giró, muy seguro de sí mismo. Si Kanda pensaba que con esa actitud iba a conseguir hacerle desistir de su auto sacrificio por Lenalee, ya tendría que estar pensando en una diferente, porque así sólo conseguía lo contrario.
–Me voy. Ya terminaste de hacer lo que querías, ¿no? –intentó soltarse, pero Kanda no le liberaba. Tanto Kanda como Allen eran unos malditos cabezotas, y esto parecía ser un concurso de terquedad.
– ¿Terminar? Che. Aún ni he empezado, Moyashi – Kanda acercó su cuerpo al de Allen, abrazándole torpemente por la espalda. Su respiración chocaba contra su oreja y cuello, haciendo que cerrara los ojos sonrojándose por la cercanía y el calor que le estaba entrando –. Tú mismo te ofreciste, ahora no te resistas.
Una de las manos del mayor se coló entre su camiseta holgada, acariciándole el torso. Tragó saliva incapaz de pensar qué hacer ni lo que estaba pasando. Kanda tenía razón en lo de que él mismo se había ofrecido, pero no pensaba que fuera a ser de esta manera. Ni siquiera entendía el verdadero significa de "esta manera", así que, ¿cómo se suponía que debía reaccionar? Debería apartarse de las caricias de esa cálida mano que se restregaba contra su abdomen, pero no podía por su promesa. Y una parte de él, tampoco quería que cesaran. Soltó un suspiro cuando la lengua de Kanda se posó en su cuello, lamiendo y recorriendo. Un momento.
"¿Qué fue ese sonido? ¿Fui yo?" No se suponía que pasara eso. No tendría que estar suspirando como hacían las mujeres, en especial esas mujeres de los burdeles a los que iba su maestro. En aquellos momentos intentaba alejarse lo más posible de su maestro y dedicarse a conseguir el dinero que tanta falta le hacía; pero había momentos en que los sonidos de la mujer eran simplemente imposibles de no oír. Y eso que hacía lo imposible para evitarlos. ¿Ahora era él quien suspiraba como hacían ellas? No. No. empezó a retorcerse entre los brazos que le acariciaban, queriendo evitar esas sensaciones. ¿Qué diablos era lo que quería el exorcista? No podía ser que Kanda quisiera lo mismo que iba a buscar su maestro a esos lugares, ¿no? Vamos, él no era esa clase de personas.
Él no podía hacerlo. Pero debía recordar que era por Lenalee.
La mano del mayor comenzó a subir, dirigiéndose a su pecho. Ya era suficiente.
–Para. ¡Para! ¡Ya basta, déjame!
No funcionó. Como mucho lo que había conseguido era que el otro le agarrara más fuerte. Por suerte las caricias habían parado.
– ¿Quieres dejar el juego ya? Joder, pensé que aguantarías más – se mordió el labio confundido. Y nuevamente molesto. ¿Todo esto lo hacía entonces para humillarle? Maldición, sabía que era ya sólo por maldita cabezonería, pero no podía echarse atrás. Desde el principio se aseguraba a sí mismo que no importaba lo que le ocurriera, sino que gracias a esto Lenalee estaría bien. ¿Por qué se resistía entonces? Ojala pudiera volver a ser ese chiquillo que fue antes, cuando su mayor temor era perder a Mana. "No dejes de caminar". ¿No era eso?
– ¿Qué es lo que pretendes?
El mayor resopló.
– ¿Qué no está suficientemente claro aún? – no respondió. Por supuesto que no lo sabía, sino obviamente no habría preguntado. No sabía si lo que Kanda quería eran besos; o si era algo más. Giró el rostro para mirarle confundido, mientras que el mayor le dedicaba una sonrisa torcida. Sintió escalofríos –. Si te portas bien, te dejaré ser mi mascota.
¿Entonces lo que buscaba era eso? ¿Sexo? Él no era ninguna puta a la que pudiera utilizar para su placer. Y ese pensamiento le provocó verdadero pánico, ¿cómo se iba a escapar de esto? Se había entregado a sí mismo no bandeja no de plata, sino de oro. Lo peor era que sabía que debía hacer lo que Kanda quisiera. Debería romper la promesa que hizo respecto a que no le ocurriría nada, aunque desde un principio supo que esas palabras no iban a ser muy certeras. En realidad no le importaba el romperla; no del todo (si la peliverde se enteraba de esto, no le querría volver a dirigir la palabra), porque le daba mayor importancia a su misión.
Pero eso no significaba que no pudiera reclamar por lo que el destino le estaba deparando. Seguiría caminando, por supuesto, pero replicaría y lucharía por que durante su camino a recorrer no tuviera que pasar por esta situación.
– ¡No puedes hacer eso! Somos hombres, ¡no…!
Los labios se volvieron a posar sobre los suyos, bruscamente, cortándole a mitad de la frase. Cerró los ojos fuertemente intentando no dejarse dominar por las irresistibles ganas de corresponderle. No podía entregarse sin mostrar oposición, porque eso que hacían no estaba bien. Su maestro le dijo de pequeño que la Iglesia castigaba actos de ese tipo.
Actos pecaminosos.
Ambos eran hombres, y que dos hombres estuvieran juntos era algo extraño, fuera de lo normal.
Una aberración.
Y, por alguna razón desconocida, no le importaba.
Kanda puso la mano sobre su mejilla, y lo que en un principio interpretó como una caricia, se convirtió en una presión que le obligó a abrir la boca para introducirse en ella. ¿Había realmente alguna diferencia entre besar a un hombre de una mujer? Este era su segundo beso con Kanda, y podía asegurar que individualmente, ambos superaban con creces el de Road. ¿Eso le convertía en una mala persona? Pero es que ese intercambio de saliva, esa danza en la que salía victorioso el japonés, esa invasión ajena, esa corriente eléctrica y ese calor abrasador que le envolvía y se iba acumulando entre sus pantalones era demasiado bueno. No le parecía algo malo. Debía estar delirando, pero mientras Lenalee no se enterara de sus inmoralidades estaría bien.
Podría irse al infierno tranquilamente; ¿qué no lo tenía ya ganado por convertir a Mana en un akuma? Oh, si su padre le viera besando a Kanda ahora…
–Me importa una mierda que seas hombre o mujer; no soy cristiano(1) – le respondió a penas se separaron del beso. Allen no abrió los ojos, sabía que si le miraba en este momento perdería todo rastro de cordura que mantenía –. Además, tienes rostro de niña, Moyashi.
¡Tuvo que hablar el cretino al que nada más verle no pudo decir si era hombre o mujer! Debería mirarse al espejo y después criticar a los demás. Ese estúpido. Prefirió ahorrarse comentarios al respecto, ya que sólo harían que se pelearan y empeorara su situación que, de por sí (y nunca mejor dicho), estaba bastante jodida. Cuanto antes terminara mejor, porque por mucho que lo intentara ocultar tenía miedo. Lo único que sabía respecto a este tipo de sensaciones era que eran un pecado, y que los pecados eran castigados severamente por ese todopoderoso ente llamado Dios. Pero en cuanto a lo que consistía el sexo entre hombres no tenía ni idea. Tampoco estaba seguro de querer saberlo.
El japonés volvió a besarle, dirigiéndole lentamente hacia atrás. Mantenía el puño izquierdo fuertemente cerrado, sujetando la tela, a pesar de que los besos le distraían. Kanda empezó a inclinarse sobre él, sin separar los labios. El inglés abrió los ojos, aferrándose con la mano derecha al pelinegro cuando cayó sobre la cama por esa acción sutil, quedando como estuvieron al principio. El exorcista se separó un poco de él, liberando el largo cabello de la alta coleta en la que se lo había recogido, cayendo como una cascada por su espalda, con algunas hebras rebeldes pegándosele al rostro. Agitó la cabeza cuando se dio cuenta de que se le había quedado mirando como un estúpido, reteniendo el aliento.
Kanda se presionó sobre él, escapándosele al menor un gemido de la garganta cuando la entrepierna sobresaliente rozó por encima del pantalón la suya.
Se llevó una mano a la boca para evitar que se le escaparan esos vergonzosos sonidos. Debía evitar ser escuchado por gente que pudiera pasar por allí. Además, ¿qué pasaría si eran descubiertos? Si abrían la puerta en ese momento le verían medio tumbado con las ropas desordenadas bajo Kanda. Sería imposible negar lo que llegaran a ver, puesto que lo que pareciera directamente lo era. Si se diese el caso, aunque no pudiera mentir acerca de lo que estaban experimentando, al menos evitaría que descubrieran que su cuerpo temblaba a causa de las caricias que le provocaban las manos de ese hedonista sodomita. O esa era la teoría, fácil de decir, pero en la práctica el ocultar los suspiros era casi tan difícil como no estar en números rojos por las deudas de Cross.
Kanda se volvió a encorvar sobre él, cuidándose de no descansar su peso sobre el menor. Enterró el rostro en su cuello, lamiéndolo lentamente al mismo tiempo que le levantaba la camiseta. Se sintió un poco nervioso por ello, pero si no podía pensar mucho antes a causa de la extraña sensación que jamás había sentido, ahora podía mucho menos. Para su bochorno no alcanzó a ocultar el sonoro gemido cuando la áspera mano atrapó sus pezones. Se mordió el labio fuertemente, retorciéndose cuando los dedos empezaron a trazar círculos a su alrededor, pellizcándolos ligeramente de vez en cuando.
Sabía que estaba sonrojado, pero lo que más le frustraba de la situación era que cierta parte de su anatomía se diera el capricho de reaccionar por ese placer. No era por el hecho de que respondiera a las atenciones de un hombre, sino porque le estaba utilizando para su propia satisfacción, y no en contra de su voluntad, aunque tampoco es que pudiera negarse. Los dientes de Kanda se cerraron en la piel de su clavícula, aprovechando que la camiseta era amplia, sintiendo un poco de dolor cuando comenzó a succionar. Cerró un ojo con fuerza, soltando un quejido; o así lo quería interpretar, porque las caricias no le dejaban pensar las cosas detenidamente. Tímidamente, y seguro que nunca averiguará qué carajos le debió dominar, coló su mano derecha por debajo de la blusa blanca del japonés, a medio abrochar.
El mayor no le detuvo. De hecho, como si le complaciera su acción, volvió a besarle profundamente. Sus dedos trazaban torpemente la fuerte y marcada musculatura mientras se centraba en responder mínimamente a la demandante lengua del otro. Se desconcentró un poco cuando su tacto descubrió que, a parte de su piel fuerte y trabajada, había zonas en que la piel era blanda, como si se estuviera todavía recuperando de una profunda herida. Arqueó la espalda, separándose de los labios del otro para volver a gemir por culpa de los dos dedos que apretaron uno de sus pezones, rozando ambos miembros, provocando en Allen una enloquecedora fricción.
Pero, ¿cómo podía estar haciéndole esto si no hacía ni un día desde que había estado luchando? Inspiró fuertemente para recuperar el aliento.
– ¿Y tus heridas? – le preguntó jadeante, apartándole un poco.
Le escuchó resoplar, como irritado porque le hubiera interrumpido con algo que no quería recordar.
–Curan rápidamente – se limitó a responder –. Pero eso no te importa ahora, Moyashi.
Dios. En verdad era un maldito bastardo. Y ciertamente a él no debería importarle; ni ahora ni nunca. Pero como el estúpido que era, no podía ignorarlo. Kanda, como si le hubiera leído la mente y hubiera sabido que iba a insistir con ese tema, regresó a la partida. Allen ladeó el rostro ahogando un fuerte gemido cuando la mano se posó en el bulto entre sus pantalones. Sentía que si en ese momento el mayor se iba dejándole tal como estaba, desfallecería.
No quería que se detuviera, aunque se contradijera a sí mismo al repetirse como una obligación el que no debería sentir placer. Lo bueno era que no sólo era él quien padecía esa deliciosa tortura, porque los rápidos latidos del samurái chocaban contra la palma de su mano. Su pecho era cálido, al igual que las curtidas manos a causa de la práctica con la espada. Jadeó cuando Kanda movió la mano sobre su miembro, acariciando su erección.
–Vaya Moyashi, si estás bastante excitado. ¿Dónde se han quedado ahora tus prejuicios? – preguntó casi en un ronroneo burlón, atrayéndole más a él, tomándole de los glúteos.
Allen se sonrojó más por culpa de esas vergonzosas palabras que por las acciones.
–Ca-lla, Nhn…
Enterró el rostro en el hombro de Kanda cuando se empezó a frotar contra él, sujetándole. Sus miembros se frotaban, haciendo un ejemplo de penetración, pudiendo así percibir la rigidez que también tenía el pelinegro, casi mayor que la suya propia si no lo era ya. ¿Qué estaba mal en él? ¿Por qué su cuerpo reaccionaba tan cooperativamente? Dio un brinco soltando una exclamación cuando Kanda le desabrochó el cinturón y el pantalón. ¿Qué era lo que venía ahora? Se dedicó a lamer la oreja del menor, obligándole a dejar de pensar y que se entregara a sus caricias y lamidas.
Allen se aferró a ese cuerpo que le hacía temblar, con la absurda necesidad de sentirle cerca. Tenía miedo de que ahora, de repente, se alejara y no le volviera a querer tocar. La mayoría de las personas le golpearon o explotaron para pagar las deudas de su maestro (si no eran ambas cosas), y tenía miedo de que la única persona que le ha dado placer hiciera lo que precisamente le estaba haciendo: utilizarle.
Los brazos le sujetaron fuertemente, rodeándole para alzarle y poder liberar el miembro del menor. Allen abrió los ojos sorprendido, incapaz de evitarlo, sintiendo un sabor metalizado en el paladar.
Su entrepierna ardía y resultaba hasta doloroso, y cuando fue finalmente liberado tuvo que hacer su mejor esfuerzo para evitar que un sonido subido de tono se le escapara y pudiera incitar más al japonés, mordiendo sus labios hasta hacerlos sangrar. Kanda se acercó a lamerle las heridas, acariciándole al mismo tiempo sus muslos, degustando su sangre. La lengua del mayor saboreó su labio inferior como quien disfruta de un caramelo, provocándole cosquillas y haciendo que se preguntara si acaso le gustaba el sabor de la sangre. A él desde luego no le importaba, e incluso estaba deleitándose de su propia humillación. ¿Significaba que era masoquista?
Una sacudida le agitó cuando Kanda tomó su miembro, logrando ocultar el sonido de su garganta gracias a que la boca del samurái reclamaba la suya una vez más. Soltó un quejido de reclamo cuando se separó de él, enterrando el rostro en el pecho del albino, quien intentaba evitar mirarle por esa situación tan bochornosa. Hasta que la humedad de la boca no envolvió una de sus tetillas no comprendió la finalidad de eso.
La mano de Kanda comenzó a moverse de arriba hacia abajo, masturbándole, teniéndole todavía sujeto por la cadera. Sacudió la cabeza a ambos lados, incrédulo del placer que sentía. Las lágrimas se agruparon en sus ojos; la presión ejercida, el movimiento de muñeca que empleaba, el deslizamiento vertical y la vertiginosa destreza le hacían temblar frenético por el hedonismo de la masturbación. Le tomó del cabello cuando comenzó a mordisquearle el pezón, sin saber si apartarle o animarle. Santo cielo, iba a llorar del placer que sentía, y ya por mucho que se lesionara el labio había gemidos ineludibles que resonaban gravemente en sus oídos. ¿Por qué se sentía tan bien si lo estaba haciendo con un hombre?
Empezó a retorcerse cuando los movimientos se hicieron más rápidos. Algo dentro de él parecía estar a punto de explotar en cualquier momento.
–Kanda…
El aludido apartó la cabeza de su pecho para mirarle insistentemente, con los ojos negros observándole como lo haría un mendigo a un gran manjar, sin cesar en su masturbación con gran ímpetu.
Allen quiso avisarle; avisarle de que iba a explotar. Pero fue incapaz cuando finalmente se vino en la mano del mayor. Arqueó la espalda aferrándose a él como si fuera su salvación mientras que no sólo se deslizaron las lágrimas por su rostro, sino que también salió algo de su interior. Tan pronto como alcanzó ese éxtasis se esfumó sin compasión; y con él, sus fuerzas le abandonaron también. Se quedó inmóvil, incapaz de moverse, respirando por la boca, jadeante. Con los ojos entrecerrados distinguió la sonrisa maléfica de victoria de Kanda, quien se dedicaba a lamer su mano manchada con la verga del menor con indiferencia.
Huyó de la mirada obscena del pelinegro, profundizando su sonrojo por esa ferviente visión. Kanda le tomó del rostro obligándole a que le mirara, con esa sonrisa torcida.
–Estás muy femenino con ese sonrojo, Moyashi.
– ¡Es Allen, BaKanda! – replicó cortadamente, hastiado del sobrenombre.
Le chasqueó la lengua como respuesta, levantándose de encima de él.
–Como sea.
Se incorporó por fin de la cama teniendo el cuerpo tembloroso. No comprendía muy bien lo que había ocurrido, sólo que jamás se había sentido tan impropio. ¿Por qué era considerado como pecado? ¿Tan malo era sentirse de esa forma por alguien de tu mismo sexo? ¿O sólo era pecado cuando hacían lo que él acababa de hacer? La habitación le daba vueltas, pero pronto se le pasaría. Se giró hacia Kanda, viendo cómo se alejaba de él, dirigiéndose a una puerta perteneciente al cuarto.
– ¿A dónde vas? – preguntó intentando no sonar angustiado. Qué estupidez. Angustiarse por un tipo como él.
Kanda resopló, dándole la espalda. Se había quedado parado con la mano extendida para tomar el pomo y abrir la puerta. Esperó a que le respondiera, pacientemente, sin decir nada; pero para su desilusión el exorcista sólo decidió ignorarle, abriendo la puerta y marchándose a través de ella sin dirigirle una ultima mirada.
La habitación se había vuelto momentáneamente tétrica y solitaria, con una rapidez que le robó el aliento.
Kanda le había dejado tirado tras sólo haberle utilizado como su simple puta.
Otra vez se había quedado sin nadie. Se abrochó los pantalones y se volvió a tumbar en la cama, encogido sobre sí mismo.
No quería estar sólo.
"Mana…"
~Continuará~
(1)En el track 07 del Drama CD (Kuro no Kyoudan Christmas Party), Kanda afirma a Allen no ser cristiano…si no escuchasteis el Drama CD os lo recomiendo, es realmente divertido -gran sonrisa-
Notas finales: -saltos de alegría- ¡Sí, terminó el cap. cinco! Qué mono Lavi que no cree capaz a Kanda de ser tan cruel (graso error -gotita-) Espero que os haya gustado el ¿lemon? ¿lime? -risa- Bueno, ¡vacaciones finalmente! Me haríais muy feliz si cuando regresara veo mi bandeja de correo llena de reviews -mirada soñadora- Hasta el próximo capítulo.
¨Nishi¨
