Notas: Cielos, terminé al fin el capítulo seis. Este parásito me está sacando canas verdes -se seca el sudor-. Muchísimas gracias por vuestros reviews, no sé qué haría sin ellos -reverencias-. Bueno sí, seguramente habría hasta tardado más. Quiero agradecer desde aquí a una amiga que me hizo de beta corrigiéndome el cap. ¡Muchas gracias, este cap. es para ti! Creo que lo de tardar va a seguir, lo siento. Aunque admitiré que esta vez tardé más en continuar porque, a pesar de que regresé de mis vacaciones, mi mente se había quedado flotando en el mar y no salía a la superficie por mucho que escribiera. No volverá a pasar, espero.
Advertencias del capítulo: Sigue en rate M. los intentos de lemon continúan, al igual que los capítulos siguen extendiéndose. Un POV demasiado largo y tortuoso para mí (maldita cabeza tan complicada) ¿OOC? Sí, creo que en el Moyashi. Se salió de guión un momento e hizo lo que le dio la gana, en fin. No hay tantas malas palabras, pero sigue habiendo. En el intento de lemon se puede ver algo non-con, así que también estáis advertidos con eso. Y algo angst todavía. No sé si añadir una ligerísima insinuación de Kanda x Lenalee. Por si acaso.
DISCLAIMER: D gray-man con los personajes y demás pertenece a Hoshino Katsura, no a mí. Si no os aseguro que no estaría dándome de cabeza contra la pared por saber el pasado de Kanda y no estaría preocupada por cómo continuar el fic. Maldición.
Discípulo del pecado
6. Cautivo en lo irreal
Kanda azotó la puerta tras de sí, irritado. De sus labios se escaparon variadas maldiciones en inglés y en japonés, al tiempo que se apoyaba en la puerta y se llevaba la mano derecha al rostro. Necesitaba relajarse. Dios, ¿qué carajos le había pasado? Desde un principio no debió haberse dejado picar y actuar de esa manera tan impulsiva. Pero qué remedio; lo hecho, hecho estaba. Él nunca se arrepentía de sus decisiones o actos. Y ésta vez no sería la excepción. Cierto que le habría gustado que las cosas ocurrieran de otra manera, pero de ahí a arrepentirse había un largo camino entre medias. Ahora debería pensar en otras opciones.
Joder, ¡no era su culpa que el mocoso hubiera resultado ser más delicioso de lo que él pensaba que sería! Era el inglés quien había pecado por su inocencia. No él. Él había caído en el hechizo como Ulises cayó en la atracción de los cánticos de las sirenas. La diferencia residía en que él había sido dominado por los deliciosos gemidos ahogados y que no contaba con un grupo de hombres para evitarlo. Total, ni siquiera le interesaba ser uno de esos héroes mamonazos que le aburrían. Diablos, pensar en mitología. Ya mataría a su maestro por contarle esas estúpidas historias.
Pero, ¡ah, si hubiera esperado un poco más! Su mente no había querido funcionar, sino que fue su cuerpo el que actuó impulsado por el orgullo y la determinación de ver al menor rodeado por un placer agonizante mientras escuchaba sus desesperadas súplicas. Delicioso. Lo que no esperó fue que además su cuerpo se guiara cautivado por el deseo tan poderoso de poseer el pequeño cuerpo del albino. Estaba decidido a penetrarle de tal forma que lo único que invadiera tanto su cuerpo como su mente fuera él. Lo único que tenía, todavía, en mente era sumergirse en el interior de ese idiota hasta quedar saciado.
Afortunadamente, o de eso quería convencerse, en el momento en que el Moyashi susurró entre jadeos acalorados por el éxtasis su nombre, se abrió una pequeña rendija en su propósito por la que se introdujo un mínimo de racionalidad. Sino, justo después de que el menor se hubo corrido se habría arrancado los pantalones de un único movimiento, impaciente. Entonces le habría penetrado sin la menor preocupación, cuidado o delicadeza. Rápido y duro y profundo. Pura lujuria.
En verdad había necesitado reunir todo su autocontrol y fuerza de voluntad para apartarse del tembloroso cuerpo que silenciosamente le seducía. Le seducían los plateados ojos brillosos del placer que le provocaba. Le seducían las mejillas húmedas por el río creado por las lágrimas, de un color rojizo similar a la intensidad del matiz de la fruta más jugosa y madura de un manzano. Le seducían esos labios entreabiertos e hinchados por sus bruscos métodos de posesión. Le seducían esos sonidos guturales que le incitaban a continuar e ir a más a pesar de que el novato procurara con todo su empeño y bochorno que no fueran notables.
Le seducía todo en él; como si una fuerza sobrenatural le forzara a ello.
Y él, como un completo estúpido, había caído. Sí, había caído porque no tenía planeado lo que hizo. O quizás sí, ya no estaba tan seguro. Todo era una oposición entre su lado racional y el irracional. Y todo consistía en jodérselo o no jodérselo. Se debatía en ese gran dilema incluso aunque se hubiera alejado de Allen y estuviera en el cuarto de baño, sin verle. Pero le veía en su cabeza. Por eso necesitaba relajarse. Debía relajarse y dejar a un lado esa necesidad. Si los Comandantes se enteraban de que se había cogido a un exorcista, nuevo, por la fuerza, hombre y encima menor ya podía ir despidiéndose de su relativa tranquilidad en la Orden Oscura.
O quizás no pasara nada. En los tiempos que corrían se podía comprender un desliz de ese tipo, ¿no? Los exorcistas eran necesarios; por mucho que sean utilizados como armas, eran unas armas escasas y necesarias. Los Comandantes lo sabían y por eso mismo los creaban. No podían darse el lujo de perder a uno por tirarse a un mocoso. Mientras continuara con sus misiones eficientemente y dijera (siendo obviamente mentira) que nunca más volvería a pasar y que había sido por la famosa debilidad a la carne, no le ordenarían más que unos cuantos rezos rogando el perdón a Dios. Asunto olvidado.
Pero siendo realistas: ¿por qué deberían enterarse los Altos Mandos de que tenía un nuevo juguete? Si alguien del barco se llegaba a enterar simplemente le haría cerrar la boca. Por las buenas o por las malas. Como si tenía que hacer uso de Mugen; ¿y qué? No hay mejor forma para mantener una boca en silencio. Y si al Moyashi se le ocurría decir algo…
Un momento. ¿El Moyashi? ¿Decir algo? No era una opción. Estuvo a punto de ser violado sólo por su condición de mártir. Seguro que el mocoso era tan estúpido que ni siquiera delataría a su peor enemigo. Ya no sólo por encubrirle, sino también para que no se supiera lo de su dignidad ultrajada. Así que podría hacer lo que se le viniera en gana con él. Desafortunadamente aquí es cuando entraba su antítesis y su racionalidad (guiada por alguna estúpida norma ética que tendría que eliminar),quienes le impedían que tratara al enano como su juguete sexual.
Se separó finalmente de la puerta dirigiéndose a la ducha. Sacara la conclusión que sacara lo que sí que tenía bien claro era que por el momento no iba a regresar para continuar por donde lo había dejado. No se arrastraría como un perro en celo necesitado de joderse a lo primero que viera en movimiento. Agua fría. Lo único que necesitaba en este momento y con urgencia era agua bien fría. Mientras esperaba a que saliera la temperatura idónea, Kanda se quitaba la arrugada y algo pegada por el sudor camisa blanca, sin molestarse en desabrocharla. La dejó caer al suelo descuidadamente, sin interés de dónde caía.
Tal y como sabía, las heridas infringidas en las batallas habían sanado tan rápidamente como siempre, sin ningún problema. Apenas estaba la piel todavía algo débil como bien se había dado cuenta el imbécil, pero en un par de horas no quedaría ningún rastro. Con un siseo se retiró los pantalones junto a la ropa interior, dejándolos caer también donde fuera y pudiendo liberar al fin la dolorosa erección.
Lo mejor para combatir el calor era el frío. Esa era una enorme verdad universal. De manera que ya tenía la solución a la calentura que le exasperaba. Sin pensar mucho en ello se introdujo bajo el agua, evitando pensar en el frío y en la incomodidad por el cambio tan brusco de temperatura. Vale, no era la primera vez que pasaba por una situación igual (era de lo más lógico), por lo que ya estaba relativamente acostumbrado. Pero nunca había tenido que recurrir a estos métodos cuando la persona culpable de su excitación se encontraba tirada en su propia cama, recuperándose de un orgasmo.
Oh, no. No debía pensar en eso si no quería joderla más. Aunque como bien sabía, la ducha fría no tenía casi ningún efecto sobre él. No tenía más remedio entonces.
Tomó con la mano derecha su propio miembro, notando la dureza propia del momento. El japonés comenzó a mover la mano de arriba a abajo, bruscamente, con movimientos demasiado rápidos. Algunos malditos gemidos quedos se escaparon de sus labios, pero le traía sin cuidado. Lo importante era que no subieran a un tono en el que pudieran resultar audibles para el mocoso de su habitación. Si hubiera algo que pudiera hacerle sentir incomodo, o más bien enfadado, era que el niñito le descubriera y fuera consciente de cuál era el poder que poseía sobre su cuerpo. Bastante tenía ya con saber que era un tipo con las hormonas a tope que se estaba masturbando al pensar en el nuevo y más joven de los exorcistas.
Cometía nuevamente el pecado de proporcionarse placer a sí mismo. Pensando en un hombre. ¿Todavía podría concebir la idea del paraíso una vez estuviera muerto? Imposible. Y, por alguna retorcida razón, le atraía la idea de pasar la vida en el infierno. Nunca, anteriormente, había cometido tantos actos pecaminosos de seguido en tan poco tiempo. El albino le inducía a pecar.
– Jodido Moyashi – jadeó.
Ojo por ojo, diente por diente. Pudiera ser que Allen le hubiera convertido en un pecador compulsivo; pero él había arrastrado consigo al menor, como el buen diablo que era. "El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo." (1) Pues bien, este nuevo apóstol de Dios había sido inducido por él en el pecado. Estaba seguro (y pondría la mano en el fuego si no fuera por el aprecio que la tenía y la necesidad para utilizar a Mugen) de que el inglés era absolutamente ingenuo respecto a esto.
Movió más frenéticamente la mano, en una lujuriosa necesidad de terminar. El agua que caía sobre él ya no le producía una gran impresión, de hecho toda su concentración estaba puesta en hacer bajar su erección. El cabello suelto se adhería a su piel, la cual se estaba limpiando al mismo tiempo del sudor.
Dios, cómo deseaba que en vez de ser su mano la que le hiciera eso fuera la mano pequeña del imbécil. E incluso si era (y más si lo era) la portadora de la Inocencia. ¿Podría ser más sacrílego? Con la propia arma otorgada por Dios. Una idea completamente morbosa que sería la próxima a poner en práctica. Después de todo, la misión no iba a ser tan detestable. La próxima mano que tomara su miembro, que le atendiera, que le acariciara con las yemas de los dedos, que hiciera una ligera presión y que le satisficiera sería la "inocente" del idiota. Por mucho que se fuera a quejar y resistir; Kanda dominaría al niñito porque podía y quería.
Jadeó sintiendo cómo el final llegaba y se venía en su propia mano con una sacudida y un gruñido. Ya estaba. Problema resuelto. Puto mocoso que le provocaba esa agitación. Esta vez se había salvado, pero en la siguiente más le valía estarse preparado. Kanda dejó que el agua corriera un poco más, lo suficiente para que todo rastro de su semen desapareciera, antes de cerrar el grifo.
Se escurrió el largo cabello saliendo con una mueca de irritación: ahora tendría que lidiar con el enano. Tenía curiosidad acerca de lo que pudiese decirle por haber sido ¿forzado? Se quejaría todo lo que quisiera, pero eso no podía echárselo en cara. No del todo, al menos. El Moyashi tampoco era que hubiera sido muy indiferente a él. De algo de lo que sí se podría quejar sería de haberle dejado tirado. Le había utilizado como una ramera (aunque no había disfrutado de él, mierda) pero era eso en lo que se había convertido, ¿no? Para "salvar" a la china de él.
Tomó la única toalla que había para secarse un poco por encima antes de ponerse la ropa, sólo de cintura para abajo, mascullando insultos en su lengua natal. Dejó la camisa donde estaba: tirada en el suelo. Ya la lavaría cuando tuviera tiempo o ganas. Salió del cuarto de baño con el pelo chorreando, esperando encontrarse con un avergonzado mocoso con demasiada pena como para mirarle, o con un muy enfadado mocoso con demasiada rebeldía como para dejarle en paz. Pero Allen estaba profundamente dormido en su cama, encogido sobre sí mismo.
Acurrucado tal y como lo harían esos peludos mamíferos llamados gatos, sobre su lado derecho. Apenas se había acomodado en una pequeña parte de su cama (y eso que era una cama individual), o lo que podía, ya que a simple vista era obvio que estaba incómodo. Las grandes ropas estaban completamente desaliñadas, en clara señal de lo que habían estado haciendo ahí encerrados. La descolocada camisa dejaba a la vista gran parte de su hombro izquierdo, pudiendo ver la rugosidad en la piel a causa de su Inocencia. Esa que tanto parecía empeñarse en ocultar. No había podido ver su brazo detenidamente ya que el mocoso parecía ser muy cuidadoso en no dejarlo a la vista, cosa que no podía comprender porque no tenía razón.
Ya tendría tiempo más que suficiente para ver su Inocencia hasta la saciedad y conocerla como la palma de su mano, incluyendo que se daría placer con ella; así que no le importaba. Lo que sí le interesaba era el intentar comprender cómo pensaba el Moyashi. Qué era lo que tenía dentro de esa cabeza para actuar de esa forma tan incomprensible; porque no tenía ni pies ni cabeza que hubiera alguien tan estúpido como para sacrificarse por nada a cambio. Si alguien pudiera verle durmiendo, los ojos cerrados, respiración regular y pausada, cabellos desordenados cayendo en mechones sobre su rostro y extendiéndose sobre las sabanas, no creería que era una molestia con la mente en su propio mundo.
Kanda se acercó a la cama sentándose en ella, mirando fijamente la cicatriz de su rostro. Era un maldito niño maldito. Doblemente. No comprendía cómo después de lo que le hizo al inglés, aún seguía ahí, de hecho durmiendo, como si el cansancio le hubiera vencido tras haberle estado esperando. Cosa absolutamente imposible, desde luego. ¿Esperarle a él? ¿A su abusador? Definitivamente debió ser cosa del cansancio. Pues bien, él también estaba cansado, y no estaba dispuesto a dormir en el suelo de su habitación cuando tenía su cama. Le traía sin cuidado que estuviera medio ocupada. Había otro lado medio desocupado. Y era su cama. Cuando el imbécil despertara le dejaría bien claro ese hecho. Y de paso debería darle otra ropa, porque el menor no podría salir de su camarote con los pantalones manchados de semen. Aunque la idea de tenerle ahí encerrado era muy tentadora.
Pero eso sería más tarde. Ahora lo importante era dormir. Sólo dormir.
La luz iluminaba toda la estancia, haciendo saber que ya estaba bien entrada la mañana. En cambio, hasta que dicha luz no golpeó en el rostro al pequeño albino profundamente dormido, no le logró traer de regreso del mundo de los sueños.
Allen se revolvió escondiendo el rostro para evitar la molestia. Era, como se solía decir, hacerse el remolón. Agarrando la manta tiró de ella hasta taparse la cabeza, tumbándose boca abajo al sentir un pinchazo en el hombro por estar durmiendo sobre él. Seguro se habría abierto la herida, pero bueno. No pasaba nada si se quedaba un poco más durmiendo, ¿verdad? Había pasado la noche entera sin que el mundo se destruyera por estar durmiendo, así que podría mantenerse un poco más, sin problemas por que permaneciera cinco minutos extra entre las sabanas. Cinco minutos más; sólo eso. Cinco minutos en los que pudiera estar sin pensar en nada o preocuparse. Simplemente no hacer nada, tapado con la cálida manta.
Un momento.
¿Manta? No recordaba haberse tapado antes. De hecho, no recordaba haberse dormido. Abrió los ojos sentándose en un movimiento demasiado rápido. Cierto, no era su habitación. Más explícitamente, no estaba en el barco que debería estar. Joder, ¿qué había pasado? Miró a su alrededor pero no había nada que le pudiera hacer recordar. Aún tenía sus ropas, unas que no eran precisamente suyas, aunque arrugadas y descolocadas como las sabanas en las que había caído dormido.
"Si te portas bien te dejaré ser mi mascota"
Oh, cielos. Era verdad. Él había…Kanda le había…Vaya.
Las mejillas le comenzaron a arder, sintiéndose aturdido. La realidad le había golpeado duramente y sin piedad de que estuviera saliendo del sueño; y ahora sufría los efectos. No era un buen despertar. Se podía comparar con aquella vez en la que se despertó y lo primero que se encontró fue una nota de su maestro, quien había vuelto a huir y le había dejado nuevamente todas las deudas. Justo en ese preciso momento irrumpieron en la habitación un montón de personas, exigiendo el pago de lo debido. Desde ese pequeño incidente su cuerpo tomó la costumbre de siempre levantarse antes que su maestro (también echar el pestillo a la puerta cuando durmiera en una posada con Cross). Claro que desafortunadamente no siempre funcionaba, y el General directamente desaparecía.
Nada como aquel despertar tan horrible. Excepto este.
Empezó a sentir una especie de vacio dentro de sí que pudo reconocer como desasosiego. Sentía el cuerpo pesado, pero quizás eso sólo era por estar recién despierto. Pero por muy recién despierto que estuviera, el hecho de que había sido utilizado no desaparecía. Lo que en verdad le había parecido extraño era que, al contrario de lo que Allen creía que haría, el japonés le había humillado pero sin darse placer a costa de su cuerpo. Sino que el placer se lo había procurado a él. ¿Por qué? ¿Por qué razón justo después se marchó? ¿Por qué, aún estando en su habitación, Kanda no estaba por ningún lado? Allen no significaba nada para Kanda. Era una afirmación indiscutible por el simple hecho de que no tenía por qué significar algo para él. Y muchas razones para no tener que importarle.
Bueno, él ya había cumplido. Había permitido que el mayor hiciera con él lo que le viniera en gana (o algo así), de manera que había cumplido su parte. Ahora le tocaba al otro cumplir la suya. Tras la noche pasada no tendría puestas muchas esperanzas en las palabras prometidas; pero algo dentro de él le decía que podía confiar. Lástima que no quisiera escuchar la voz de la razón. Apretó los puños alrededor de la sabana, sintiéndose impotente.
Se sentía horriblemente mal. No era que lo de la noche le hubiera resultado desagradable, sino todo lo contrario. Era precisamente ese placer que sintió lo que le provocaba un mayor desasosiego. Si en vez de haberlo disfrutado el samurái le hubiera golpeado y maltratado, seguramente no se sentiría tan mal. Si hubiera sufrido, no sentiría tanto desprecio hacia sí mismo. No se estaría odiando.
Pero ya había terminado todo. Suspiró descargando la tensión acumulada en el poco tiempo. En cierto sentido estaba aliviado. Retiró las sabanas para levantarse de una buena vez, pero se dio cuenta de un ligero detalle: ¿cuándo se había arropado? Recordaba a la perfección que se había quedado dormido descuidadamente cuando Kanda (ese maldito bastardo) le había dejado solo. ¿Cómo, entonces, había despertado arropado? Una sonrisa entre divertida o burlona se dibujó en su rostro cuando se dio cuenta de que una imagen del espadachín arropándole tiernamente se había colado en su cabeza. Una imagen completamente distinta, irreal y que no se ajustaba a la personalidad de Kanda. Agitó la cabeza con una risilla divertida incapaz de hacer desaparecer la ridícula imagen mental.
Definitivamente habría sido algo digno de ver. Y desafortunadamente, algo imposible. Lo más seguro era que él mismo se hubiera tapado estando dormido. No era tan raro, después de todo.
Allen se incorporó finalmente, recordando que debía ir a buscar a Lenalee. No estaba tranquilo, y mucho menos sabiendo que el chico con parche la tenía a su cuidado. Cuando encontrara a la chica sabría qué la habían hecho. Aunque dudara ser capaz de mirarla a la cara. Le importaba más lo que ella pudiera pensar de lo que había hecho que el propio acto en sí. Es más, no comprendía la magnitud de la acción. Ni tampoco tenía interés en saberlo. Si algo no comprendía, simplemente lo dejaba.
Intentó arreglarse la ropa, pero no sabía si acaso conseguiría una mayor diferencia a cuando estaba durmiendo. Sus ojos captaron unas misteriosas manchas blancas en el pantalón. Allen lo reconoció de inmediato, sintiendo que sus mejillas se teñían de rojo. Manchas blancas de eso. Eso sí que era bochornoso. Y peligroso. Si salía de esa forma estaba claro que lo verían. Lenalee se enteraría de lo ocurrido y le comenzaría a detestar. El menor sabía que si volvía a pasarle como antes de conocer a Mana y era odiado por todos, sería imposible que pudiera volver a convertir su personalidad tal como lo fue entonces. Miró a su alrededor, abriendo los ojos grande al ver ropa colgada del cabecero de la cama. Esperanzado se acercó a ella sabiendo que aunque le iba a estar grande tenía algo con lo que poder cambiarse. Se preguntó si acaso Kanda la habría dejado ahí para él; sino, mala suerte. No estaba por ninguna parte, así que no podría evitarlo. Sin preocuparse innecesariamente por nada, se cambió rápidamente no fuera a ser que a alguien le diera por entrar. Más exactamente Kanda, prohibiéndole salir. No dudaba que fuera capaz de hacer tal cosa, era un bastardo después de todo.
Dejó la ropa sucia sobre una silla, inseguro de dónde dejarla. Volvió a mirar a su alrededor antes de salir de la habitación. Quizás Kanda se podría enfadar porque se hubiera marchado "sin su permiso", pensó haciendo rodar los ojos. Pero qué diablos; Allen podía hacer lo que quisiera cuando quisiera, de forma que abrió la puerta decidido a salir de esa triste habitación.
Nada más abrir, el húmedo viento salado acarició su rostro, revolviendo sus cabellos en el proceso. Inspiró profundamente llenando sus pulmones de ese aire puro, distinto al de las pocas ciudades en las que había estado. Cerró la puerta tras de sí viendo cómo los buscadores iban de un lado para otro haciendo Dios sabía qué. Las mangas le estorbaban, y como por alguna razón se había despertado sin importarle lo que pensaran de su brazo deforme, decidió remangarse mientras se daba cuenta de que no veía al moreno por ningún lado. Mejor así, no tenía ganas de tratar con un antisocial como él.
El mar estaba calmado dentro de lo que cabía esa definición, por lo que no había gran movimiento en el barco. El cielo era de un claro azul con algunas nubes limpias. No hacía calor, sino que incluso refrescaba un poco a causa de la ligera brisa. Un típico día en primavera. Allen sonrió ligeramente, sorprendiéndose al darse cuenta de que el día no era tan horrible como él pensó que sería en un principio. El día continuaba ajeno a todo lo malo que ocurriera. Su camino continuaba marcándose. Él sólo tenía que dejar de preocuparse en otras cosas y centrarse en recorrerlo.
– ¡Moyashi-chan!
Allen dio un brinco hacia atrás sorprendido, llevándose una mano al pecho sintiendo el corazón golpear frenético. El chico pelirrojo estaba colgado boca abajo, sujeto a una cuerda con el rostro a un palmo del suyo. Le sonreía ligeramente entre feliz y divertido por el susto que le había dado, como si estuviera acostumbrado a desplazarse entre las cuerdas del barco a su antojo.
– ¡Tú! – exclamó Allen señalándole acusativamente, con molestia en la voz – ¿Dónde está Lenalee?
– Qué maleducado. Ni siquiera me dejaste presentar – respondió soltándose de la cuerda para quedar erguido. Sus ojos brillaban con ese resplandor burlón reflejado en sus labios.
Allen le miró con desconfianza.
– Yo soy Lavi, el sucesor a bookman y el segundo al mando. Encantado de conocerte.
– Encantado de conocerte.
No se presentó. No creía que fuera necesario, pues casi parecía que sabía más de él que él mismo; y de todas formas se había quedado sin habla. Total, el cambio de la sonrisa complacida de Lavi parecía darle a entender que no le importaba. ¿Bookman? ¿Qué significaba? ¿Segundo al mando? ¿Quién era el primero? No podía ser aquel idiota orgulloso, ¿verdad? Porque sino, quien hubo elegido a Kanda como capitán, debía estar mal de la cabeza. Todo el mundo parecía cumplir con aquello que él dijera (como la maldita vez que ordenó que le encerraran. Ese cabrón) para mayor prepotencia del mayor. Normal que se pusiera furioso cuando él le llevó la contraria, porque no podría odiarle por otro motivo.
– Lenalee está bien – interrumpió sus pensamientos el aprendiz de bookman–. Estaba algo preocupada por ti. ¡Es un milagro que sigas vivo y sin un rasguño tras haber estado con Yuu-chan furioso! ¿Pues qué te hizo Yuu?
– ¿Yuu? – preguntó desorientado con un interrogante en el rostro. No conocía a ningún Yuu, que él recordara.
– ¿Huh? ¿No sabes? Bueno, es normal teniendo en cuenta que llevas aquí muy poco. Es el primer nombre de Kanda. Kanda Yuu.
– Ya veo – musitó contrariado –. Como todo el mundo le llama "Kanda"…
– Prueba a llamarle Yuu la próxima vez – le animó – ¡Seguro que se le salen los ojos de las órbitas!
"No creo que vaya a hacerlo…" pensó para sí Allen. Si todos le llamaban Kanda sería por algo; eso sin contar que el consejo se lo daba la persona a la que casi mata sin dudar el samurái. No, seguro que no sería bueno que le llamara por su primer nombre.
– ¿Entonces Lenalee está bien? ¿Puedo verla?
– ¡Claro! Pero antes tengo que darte una cosa. ¿Te parece bien si te la doy y después vamos a comer? ¡Despertaste muy tarde, Moyashi-chan!
– ¡Es Allen! – reprochó molesto. ¿Qué acaso ahora a todo el mundo le iba a dar por llamarle por ese estúpido sobrenombre? De todas formas, eso le sirvió de escusa para evitar responder.
Realmente prefería ir antes a ver a Lenalee y asegurarse de que habían cumplido con la promesa, pero era difícil negarse. Le picaba la curiosidad lo que podría ser esa "cosa", aunque le fastidiara. ¿Algo que tenía que darle? Como si el haber sobrevivido una noche en compañía del mayor le hiciera merecedor de un premio o algo. Era tan absurdo que podía resultar hasta ser real, ¿qué acaso todo lo que le estaba pasando no era absurdo?
– Por cierto, uhm – comenzó Allen volviendo a mirar a su alrededor. Le ponía nervioso el no saber dónde estaba el samurái y quizás cruzarse con él durante el camino –. ¿Sabes dónde está Kanda?
El pelirrojo arqueó una ceja.
– ¿Eh? No, no le he visto desde la reunión de esta mañana para ver el recorrido que haremos.
Entonces se lo podría encontrar en cualquier lado. Sintió un escalofrío al pensarlo.
Lavi comenzó a andar diciéndole que le siguiera. Allen se quedó inmóvil en el sitio. ¿Iba o no? Sólo el pelirrojo debía saber dónde estaba la chica, y si no quería perderse con grandes probabilidades de no encontrarla lo mejor era esperar a que lo llevara. Otra persona que podría saber dónde estaba era Kanda; pero de él mejor ni hablar. Todavía más, Lavi era el segundo al mando, y por mucho que sus palabras estuvieran acompañadas de una sonrisa y un tono casual, podían considerarse una orden. Todo lo anterior sólo le llevaba a la única opción de seguirle. Echando una última mirada de refilón por encima de su hombro a la puerta del camarote del moreno, se apresuró a acelerar el paso y alcanzar al pelirrojo.
Según avanzaba, todos los buscadores que pasaban por su lado se le quedaban mirando, algunos fijamente, otros incluso se giraban después para susurrar entre ellos. No alcanzaba a escuchar lo que decían, y cuando lo lograba era tal el murmullo que no lo entendía. Allen se preguntó si acaso Lenalee habría o aún seguía pasando por eso, porque desde luego era muy incómodo. Desde pequeño había atraído la atención de la gente (más exactamente su brazo), pero nunca tanta al mismo tiempo. Los únicos momentos en los que tenía captada la atención de todos era cuando estuvo en las actuaciones del circo o cuando era un payaso ambulante junto a Mana. Pero la chica nunca había captado la atención de esta forma que hasta a él le molestaba. Esperaba que no lo hubiera pasado muy mal. No fue hasta que dejó la cubierta que las miradas puestas en él desaparecieron y por fin pudo respirar en paz.
– ¿Cuántos años tienes, Allen? – la voz de Lavi casi y hasta le sorprendió. Estaba tan concentrado antes en ignorar las miradas y siendo algún que otro ruido y las voces ya dejadas arriba lo único que oía, que al romper el silencio regresó de su abstracción.
Tardó un par de segundos en que su mente comprendiera la pregunta.
– Como unos quince.
– ¡Ah, entonces yo soy mayor! Tengo dieciocho – exclamó señalándose orgulloso – ¿Cómo que "como unos quince"?
Allen lo esperaba. Lo esperaba porque sabía que iba a preguntarle algo como eso. Ya estaba preparado para la pregunta, así que no le tomó por sorpresa y sólo se mantuvo en silencio, ignorándolo. Era una pregunta lógica que se la hacía la mayoría siempre que respondía a la pregunta de su edad. A veces eludía su respuesta. Estaba convencido de que no iba a contar a alguien que no conocía bien su pasado, al contrario de lo que había hecho la última vez con Bookman (y aún se sorprendía de ello). En aquel momento fue como una imperiosa necesidad, pero ahora ya no.
¿Qué iba a decir? ¿Que sus padres le habían abandonado por su horrible brazo y que por eso no conocía su auténtica fecha de nacimiento? Se había asignado como referencia de cumpleaños el veinticinco de diciembre por todo lo que representaba ese día para él. La vida y la muerte. El principio y el fin. Tampoco era tan extraño que no supiera su edad con exactitud, de hecho había muchas personas que como él no lo sabían y eran huérfanos. Era sólo que ni le gustaba ni quería hablar de ello y hacer una montaña de un grano de arena. Mucho menos hablar de Mana. Nadie más que él tenía derecho a saber su relación con Mana. Si no tenían conocimiento de ella no podrían utilizarla en su contra, o separarle de su padre. Porque era a la única persona que amaba y amaría. De no ser así terminaría olvidándole. Le olvidaría de igual forma que ya le resultaba borroso su rostro; y se había impuesto a sí mismo el no olvidar a Mana.
Nunca habría nadie más importante para él que Mana.
– Quince, ¿huh? – subrayó para sí el aprendiz de bookman –. Al tener el pelo blanco no los aparentas, pareces mayor.
– Por el pelo blanco, ¿eh? – dijo Allen meditabundo. Observó los cabellos níveos que caían en su rostro y que eran seguramente lo más notable en él y lo que más atraía la curiosidad de la gente. Desde aquel veinticinco de diciembre.
Sin aviso, Lavi dejó de andar, haciendo que él también parara aunque no fuera al instante. El pelirrojo se volvió hacia él, acercándose. Como un acto reflejo él también se movió, pero hacia el lado contrario del otro, retrocediendo. Ante su mirada extrañada, Lavi extendió una mano hacia su rostro, retirando ligeramente unos mechones que caían por su frente. Le observaba detenidamente, como si algo captara totalmente su atención. Se preguntó si acaso tendría sucio o algo. El chico, al ver la mirada confundida de Allen, se separó con una sonrisa.
– Buena cicatriz.
Parpadeó confuso. El aprendiz de bookman se alejó continuando el camino, pero sólo dio unos cuantos pasos más para después exclamar:
– ¡Ya llegamos!
Se paró frente a una puerta normal y corriente. ¿Qué esperaba? Todas las puertas eran iguales. Confusamente iguales. ¿Así quién no se podía perder? Se asomó cuando el de ojos verdes abrió tranquilamente la puerta entrando directamente. Allen en cambio se quedó en el marco de la puerta, observando con los ojos bien abiertos el interior. Lo único más despejado que había eran las dos camas en litera, con la cama superior perfectamente hecha. A decir verdad, esa cama con unas sábanas dobladas pulcramente sobre ella era lo único ordenado. Las tablas del barco que formaban el suelo estaban completamente ocultas bajo un grueso manto de diversos papeles, como un océano de inmundicia; con excepción de un pequeño trozo al pie de la escalera para subir a la cama de arriba. Hojas de libros, algún que otro libro suelto, informes, muchísimos periódicos, etcétera.
Había apenas más o menos una pequeña mesa. Bueno, no podía decir si era realmente pequeña o si era grande. Imaginaba que era un escritorio, pero ni la menor idea ya que estaba enterrada entre los papeles. Había tales montañas que era materialmente imposible hablando que siguieran manteniéndose en pie. Lavi se dirigió directamente a la más grande de las montañas (donde debería estar el supuesto escritorio), sin molestarse en evitar pisar los papeles del suelo. Total, aunque lo hubiera intentado habría sido inútil porque no había ni un pequeño espacio. Allen siguió sin moverse del marco de la puerta, inseguro de si entrar o no. Lo mejor sería esperarle fuera si quería evitar la posibilidad que ser enterrado entre periódicos o de romper algún papel importarte. Aunque si fueran importantes no estarían por ahí tirados, ¿no?
– Vamos, pasa – le instigó el pelirrojo.
Bueno, si el otro se lo pedía tampoco tenía caso resistirse. Entró cuidadosamente, intentando al menos pisar plano y no arrugar las desmejoradas hojas. Lavi se encontraba revolviendo todavía más las hojas del montón, apartándolos para amontonarlos de forma descuidada a un lado. A ese paso el cúmulo colapsaría sobre ellos. Finalmente la curiosidad le venció y Allen preguntó algo apartado:
– ¿Por qué hay tantos papeles?
El futuro bookman siguió apartando los papeles sin mirarle, pero le había escuchado perfectamente.
– Panda –respondió con un encogimiento de hombros, como si fuera algo obvio –. Como en el barco no podemos obtener información, recogió todos los datos que pudo para ir recopilándolos durante el trayecto. Supongo que la edad comienza a afectarle. ¡Agh! ¿Dónde está…?
El menor sonrió nerviosamente. Observó la habitación y las paredes con diversos artículos clavados. En diversos idiomas y de temas diferentes, como señalando su importancia. ¿Todo eso lo había hecho Bookman? Porque con Panda se refería al hombre mayor que le curó el hombro, o eso intuía. Entonces esa era la habitación de ambos y una de las dos camas la del mayor. Y por cierto, Lavi era el sucesor de Bookman; pero, ¿en qué consistía exactamente? ¿En recaudar información? Qué interesante.
Sin embargo la gran cantidad de papeles le quitaban la gracia al asunto, porque si él tuviera que ponerse a leer todas esas letras, seguro que le darían ganas de suicidarse. La lectura no era uno de sus mayores placeres, aunque no le disgustaba; Allen prefería como diversión los juegos de cartas como el póker. Pero por mucho que pudiera gustarle o no, lo que estaba claro era el trabajo y aplicación que requería. Sin aviso le vino la pregunta de si el chico estaba haciendo eso porque le gustaba o por estar obligado. Lavi continuaba desenterrando lo que fuera que buscara, hasta que finalmente pareció encontrarlo entre todo ese revoltijo.
Canturreó feliz apartando un par de cosas más antes de poder sacarlo completamente. Allen le miró extrañado al ser visible un maletín negro mate, de esos que tenía todo el mundo en su casa. El del parche se separó de él y de la tambaleante pila de papeles para dejar el maletín sobre la cama. Se volvió sobre sí mismo llamando al níveo con un movimiento de mano presuroso. Con curiosidad se acuclilló al lado de Lavi, frente al contenedor del misterioso objeto.
– Es todo tuyo – le dijo – ¡Venga, ábrelo!
Se acercó más al maletín, titubeante, palpando la lisa superficie. Con un movimiento hacia arriba de los pulgares retiró el seguro, acompañando a su acción el ligero sonido en estéreo del típico 'clic'. Incluso ya subiendo la parte de arriba, Allen continuaba debatiéndose sobre si abrirlo o no. Cuando tuvo a la vista el interior, lo primero que se preguntó fue qué era esa cosa. Lo segundo si acaso era una broma.
La pequeña bola dorada, con alas y cola, descansaba ajena al desconcierto de su nuevo dueño. Tomó la bola brillante en su mano diestra, apreciando su reducido tamaño; tamaño aproximado al de una nuez grande. El final de la cola tenía forma de llama, y las alas se parecían a las de un pequeño pájaro. Doblaban en longitud al tamaño de la esfera; largas y elegantes.
– Se llama Timcanpy – dijo Lavi –. Era el golem del General Cross, pero como está actualmente desaparecido y todo exorcista tiene uno, tendrás el de tu maestro por el momento, ¿no es genial?
Timcanpy. La pequeña bola alzó sus alas, impulsándose con ellas. Comenzó a volar a su alrededor, como si estuviera analizándole. Ese maldito de Cross. Mucho que se quejó acerca de Timcanpy y su "ridículo nombre" y resulta que él mismo lo había utilizado para su golem. Sólo por eso, por tener el mismo nombre que su fallecida mascota, ya sentía cierta simpatía. A Timcanpy al parecer también le había caído bien porque había decidido posarse sobre su cabeza. Allen sonrió ligeramente para sí mismo. Era como si hubiera vuelto a recuperar a su compañero; no era lo mismo, pero al menos sabía que no estaba solo. Habría sido estupendo poder recuperar también a Mana de una forma tan fácil.
– Timcanpy fue creado por tu maestro, quien se supone que debería ser el capitán del barco, no Kanda – continuó Lavi.
Oh. Eso significaba que no estaba equivocado y que en verdad Kanda era quien mandaba ahí. Por eso le debió sentar tan mal que él no lo hubiera hecho. Bah, ese cínico japonés orgulloso tenía que aprender que no siempre tendría lo que quería. Tampoco habría mucha diferencia a estar con Cross; quizás e incluso era una suerte.
– ¿Debería? – preguntó sin comprender el porqué después de todo no lo era su maestro.
Lavi asintió.
– La Orden lleva cinco años sin recibir ninguna noticia suya. Hasta que no apareciste tú sólo sabíamos por Reever que seguía vivo, y de eso fue hace más de tres años – en otras palabras: su maestro huyó de la Orden Oscura tal como lo hacía de las deudas. Hace aproximadamente tres años fue cuando vio por primera vez a Reever, cuando su maestro fue a hablar con él. Pero no tardaron mucho en irse. ¿Se escapó también en ese momento? Lavi continuó –. Habríamos ido a buscarle con su golem, pero hubo muchas misiones. Por eso en esta lo es Kanda, porque es el segundo con más tiempo en la Orden.
– ¿Por qué buscabais a Lenalee? – preguntó analíticamente aprovechando el tema de la misión, sin importarle del todo que su maestro estuviera desaparecido. Después de todo, él mismo había sufrido en su propia piel eso.
Se sobresaltó al escuchar la risa nerviosa de Lavi. Sin dejar de reír tomó el maletín ahora vacío y lo cerró. Se dio la vuelta dando la espalda a Allen, quien le miraba desconcertado, volviendo a dejar el maletín donde estaba.
– ¡Será mejor que vayamos a comer! Nos hemos entretenido más de lo que pensaba en esto, ¡vamos!
Lavi echó a andar, sin darle tiempo a decir nada. A eso se le llamaba cambiar de tema descaradamente, negándose a responder. Podría obligarle a decírselo, pero prefería no hacerlo.
Decidió levantarse e ir deprisa tras el exorcista antes de perderle de vista. La comida le llamaba, después de todo. Recordó cuando el día anterior Kanda se enfadó tanto por enterarse de que tendrían que parar a causa de la comida. Su gran estómago siempre fue una gran carga, porque por su gran apetito Mana y él tuvieron que trabajar más arduamente. Cuanto más comiera, más trabajo. Si no hubiera sido de mucho comer seguro que no lo habrían pasado tan mal; e incluso Mana no se habría tenido que quedar sin comer alguna vez por él. Pero en aquellos momentos eso no era lo importante. Lo importante era que seguían juntos. Mana siempre le aseguró que no le importaba, que le quería y seguiría caminando a su lado. Con o sin comida. En cambio, Kanda no sentía ningún aprecio por él, así que era entendible que no quisiera cargar con eso. Tuvo suerte de que fuera a causa de su Inocencia.
Cuando llegaron al extraño comedor, no muy grande y con todas las mesas alargadas alineadas, se notaba que era la hora de la comida. Había muchos buscadores reunidos en diversas mesas, en grupos de amistad. Sus ojos comenzaron a buscar casi sin pensarlo a Lenalee. No le costó mucho distinguir la verdosa cabellera de la única mujer en la sala e incluso del barco. Una gran sonrisa se hizo presente al verla sin daños aparentes, perfectamente. Sin pararse a pensar, se dirigió con pasos presurosos a ella.
– ¡Lenalee-san!
La chica se volteó automáticamente sobre su hombro al escuchar su llamado. Con la vista pareció buscarle, pero era tan fácil encontrarle por sus blancos cabellos como lo había sido para él el verla. Se levantó de la silla de un brinco olvidando su comida, con los labios entreabiertos por la sorpresa. Allen no tardó mucho más en llegar a su lado.
– ¡Allen-kun!
– Lenalee-san, ¿estás…
– ¿Qué haces aquí, Moyashi?
…Mierda.
No podía ser. Esa grave voz con aparentemente siempre el tono de molestia le pertenecía a él. No se había percatado de que Lenalee estaba comiendo en su compañía. En compañía de Kanda. El mayor también se había incorporado de su sitio, al otro lado de la mesa. Bajo su ropa sintió el movimiento de Timcanpy, como si se hubiera dado cuenta de su inquietud.
En otras circunstancias lo más seguro habría sido que al verle hubiera rehuido de su mirada, mostrándose abochornado por lo ocurrido la última vez que le vio. Pero ahora sólo estaba enfadado. Es decir, después de que ayer le medio forzara y después abandonara en la habitación, ¿ahora le venían los aires de autosuficiencia por haberle sometido a tal humillación? ¿Se creía que iba a tenerle comiendo de su mano? No le había hecho ni dicho al final nada, así que no tenía derecho a sentirse, como el ególatra que era, con poderes sobre él. Qué pregunta más estúpida le había hecho. Lavi se acercó a ellos saludándoles, pero Kanda estaba esperando su respuesta y Lenalee intentando comprender lo que ocurría. El desafío entre ambas miradas era palpable en el ambiente.
– ¿Cómo que qué hago aquí? – masculló –. No sé, ¿para qué suele ir la gente al comedor, BaKanda?
– No te dije que pudieras salir de mi camarote – respondió Kanda de forma fría y altanera, cruzándose de brazos.
Allen tuvo que hacer su mejor esfuerzo para que no se le abriera la boca atónito. ¿Esto significaba que ahora le creía de su propiedad para hacer lo que quisiera con él? Pues lo sentía, pero no. Él no era ningún objeto que pudiera ser colocado donde y como Kanda quisiera para la contemplación de otros. Tampoco era ningún animal que esperara encerrado a su supuesto dueño. Haría lo que quisiera porque para eso tenía una personalidad propia. Si acaso pensaba que se iba a dejar utilizar y dejar de andar su camino por él estaba muy equivocado. La otra vez se dejó por Lenalee, pero esa escusa para manipularle ya la había utilizado. Como solían decir: Una y no más.
– ¡Y aunque me lo hubieras dicho! No pienso quedarme ahí.
Un gruñido. Kanda gruñó al mismo tiempo que Allen distinguía un tic nervioso en el ojo. Fugazmente se arrepintió del enfado que él mismo había provocado. Quizás no debió haberle replicado. Su falta de tolerancia era conocida, y él mismo había sufrido sus implicaciones. Sin decir una palabra, Kanda rodeó la mesa para plantarse ante él con una mirada fulminante. La mano del mayor le tomó fuertemente del brazo arrastrándole con él, exactamente igual a la otra vez. Se debió haber convertido en una manía.
– Kanda, ¿qué…? ¡Eh!
Lenalee, Lavi y todos los demás que estaban en el comedor se quedaron estupefactos, sin hacer nada, sólo viendo cómo era llevado en contra de su voluntad. Él que sólo quería comer y ya se estaba metiendo en el mismo problema que la otra vez. Genial.
Fue halado sin consideración alguna, apresurada y bruscamente. Sus pasos resonaban haciendo eco con los de Kanda, crujiendo la madera bajo sus pies. No se encontraron con nadie durante el camino, ni cruzaron palabra alguna. Gracias a los rápidos pasos no tardaron en llegar. Y ya estaba nuevamente en el camarote del moreno. Esta vez, antes de que el otro pudiera lanzarle contra la cama y se repitiera en un círculo infinito todo, se liberó del agarre desdeñosamente. Dando un par de pasos, retrocedió antes de decidirse a encararle. Mejor cuanta mayor distancia hubiera entre los dos; distancia de seguridad.
– ¿Qué demonios quieres ahora? – masculló intentando decirlo en el tono más neutral que podía, a pesar de que su enfado era notable.
Al igual que su temor.
Kanda se acercó a él con movimientos gatunos, provocativos. Los andares sinuosos y ese movimiento de caderas podrían ser inconscientes y sólo eran producto de su mente lasciva, o bien podrían ser intencionados. Fuera cual fuera, sus ojos habían sido capturados por el dinamismo exótico en su acercamiento.
– Che. No voy a joderte la sorpresa. Mejor descúbrelo.
Pareciera como si se estuviera burlando de él. El exorcista alzó una ceja, torciendo un poco la curvatura de los labios. En efecto: se estaba burlando de él. Intentó recuperar su autocontrol, aunque fuera difícil y le molestara. Se suponía que ya había tenido lo que quiso de él. Así que, ¿qué era lo que tenía que descubrir? No tenía caso intentar comprender lo que decía. Ya no.
– Tuviste lo que querías. Lárgate.
– Estúpido Moyashi – respondió entre dientes el otro tras una pausa –. ¿De verdad creías que ibas a ser mío sólo una noche?
– ¿Cómo dices?
Le escuchó volver a chasquear la lengua como cuando estaba molesto, exasperado o…directamente siempre.
– Lo dije anoche: te dejaré ser mi mascota. Disfrútalo –exactamente no supo cuándo se acercó, pero el mayor se las apañó para pronunciar las últimas palabras como si fueran una obscenidad en su oído.
Al darse cuenta de que se había quedado con la boca abierta, se apresuró a cerrarla en seguida. ¡Qué tipo más…! Era un canalla. Ni siquiera Cross era tan bajo. De hecho, una de las grandes diferencias al comparar su situación actual con las similares de su maestro, era que siempre fueron las mujeres quieres fueron tras el pelirrojo. Él, a diferencia, obviamente no era mujer (mucho menos como aquellas) ni tampoco se moría por los huesos de Kanda.
Nunca se enamoraría de nadie. Se prometió no querer a nadie más que a Mana. Siempre Mana. Por eso apartó de un empujón al japonés, con más delicadeza de la que hubiera querido.
– Olvídalo – enfatizó –. No pienso volver a dejar que me toquen. Mucho menos tú.
Se cruzó de brazos mirando a otro lado, cerrándose en banda y negándose a escuchar nada más. Por alguna razón podría tomarse como una acción un tanto infantil, pero no por eso iba menos en serio. No estaba bromeando.
– No necesito tu conformidad. Sólo constataba un hecho.
Allen frunció el ceño, incapaz de creer que existiera alguien con tan pocos escrúpulos y tanta altanería. Ese tipo de comportamiento le recordaba vagamente a aquella época antes de conocer a su padre. Fue un completo mocoso, vamos. El único método que pensó que funcionaría para protegerse del desprecio de la gente sería comportándose toscamente y a la defensiva. La persona que le logró cambiar fue su padre. Le enseñó a vivir incluso estando solo…pero cuando llegó el verdadero momento de volver a estar solo no supo que hacer. Fue inevitable que ocurriera aquello. Por eso no sentiría nada nunca más por nadie. Perder a la persona más importante era algo muy doloroso por lo que nunca volvería a pasar. Porque no habría nadie más como Mana.
– ¿Acaso crees que puedes hacer lo que te de la gana con la gente, imbécil? – le preguntó a modo de ultimátum.
El mayor alzó la barbilla prepotente, con absoluta seriedad.
– Sí.
– ¿Eh? Estás de broma, ¿no? – musitó consternado –. Pues lo siento, pero no tengo en mis planes el volver a estar con un flequillo recto como tú.
Se dio la vuelta para darle la espalda. Silencio. La actitud del mayor le molestaba lo increíble. Si no fuera poco el recordarle a determinado General por lo canalla que era, ahora también le recordaba por el orgullo. Por el orgullo, perversión y manipulación. Sólo le faltaba ser un descarado sinvergüenza adicto al alcohol, con muchísimas deudas e inconsecuente. El albino empezó a ponerse nervioso conforme el otro no decía ni hacía nada. Incluso llegó a preguntarse si se había ido. Pero no era así. Un resoplido tras él se hizo presente antes de que Kanda pronunciara con molestia:
– Tú escogiste. Voy a por Lee.
– ¿Q-Qué? – inquirió Allen exaltado, volviendo a encararle. ¿Cómo que iba a por Lenalee? Ella estaba con Lavi y todos los buscadores que había en el barco, así que no podía hacerle nada, ¿verdad? ¿Verdad?
– Ese fue el trato: Ella por ti. Si tú no quieres ser el sacrificio de ella no queda de otra.
Le sorprendió el tono de indiferencia que utilizó. Como si no le importara quién fuera la persona que estuviera en su cama mientras él pudiera divertirse. Arrastrar a alguien al pecado. "Me importa una mierda que seas hombre o mujer; no soy cristiano". A él se podía decir que, extrañamente, no le importaba. No que no le importara ser utilizado como una meretriz, sino que el si estaba pecando o no le era indiferente. Porque no era ninguna puta; o de eso quería convencerse. No lo era por tener que acostarse con alguien para salvar a otra persona. Era un poco justificación, como todo, pero era a lo único que podía aferrarse en ese momento. ¿Cómo sino justificaría lo que había hecho para aliviar su ansiedad? Kanda se dio la vuelta, al parecer decidido a ir a por Lenalee.
– Pe-pero yo… ¡Espera! – exclamó, o casi más bien pidió, angustiado.
Sólo imaginar a Lenalee en sus brazos le daba vueltas la cabeza. Al de cabellos blancos no le importaba hacer tal ofensa a Dios, pero si la chica lo hacía no se lo perdonaría nunca. Porque no podía, ¡no podía! Tomó del brazo a Kanda sintiendo una gotita de sudor resbalar por su rostro. Miró a los oscuros ojos del samurái de forma suplicante. No le salían las palabras, se le habían quedado atoradas en la garganta y se negaban a salir. No quería que se fuera con Lenalee. No quería por algún motivo egoísta que no comprendía. Imaginar al mayor haciendo a su amiga las mismas cosas que él le había hecho no hace más de un día le provocaba un desconcertante vacío en el estómago.
Kanda se inclinó tomándole bruscamente de la nuca, besándole. Los cálidos labios se posaron sobre los suyos, exigiendo la entrada a su boca. Tímidamente entreabrió los labios, colándose en el acto la experta lengua. No quería. No quería que Kanda besara a Lenalee como lo estaba haciendo ahora con él. Que la mano que le impedía retirarse fuera la que tomara la nuca de la de cabellos verdes. Que la hábil lengua recorriera la cavidad de ella en vez de la suya. Simplemente no. Deseaba imaginar que era una simple necesidad de proteger a Lenalee de este bastardo. Reever la esperaba, y tanto él como Komui le confiaron su bienestar. Por eso seguramente se negaba. Por eso seguramente sintió la imperiosa necesidad de corresponder a beso. Pero eso evitaría que fuera a por ella: tenía que recurrir a otros métodos.
– Che. Estás mejor callado, Moyashi – le susurró Kanda una vez dejó ir sus labios, pero al mismo tiempo la mano que no le tomaba de la nuca se posó más abajo de su cintura.
¿Pretendía humillarle como la otra vez y luego ir a por Lenalee? ¡Ni hablar! Una promesa era una promesa, y se suponía que Kanda no le haría nunca nada. Sino, no se habría dejado poner ni una mano encima. Y el muy bastardo quería corromperles a ambos. Mejor que ni se le pasara por la cabeza. ¡Encima le seguía llamando por ese molesto sobrenombre!
– ¡BaKanda! Suéltame, imbécil. ¡No puedes ir a por Lenalee-san! – se revolvió entre sus brazos sin querer que esas manos le asieran. Era un cretino. Si Allen no hubiera estado tan ocupado intentando interponer separación entre sus cuerpos, seguramente habría podido ver la mueca burlona del otro cuando pronunció aquellas palabras.
– ¿Y qué harás para evitarlo, Moyashi?
Dejó de resistirse. Sus mejillas se colorearon de rojo, por lo que desvió el rostro rezando por que el otro no se hubiera dado cuenta. ¿Hacer? ¿Qué podía querer ahora el otro a cambio? Ya le había dejado hacer lo que quisiera con él, ¿o iba a seguir utilizándole con la excusa de Lenalee? Independientemente de los pretextos no accedería a la posibilidad de que le hiciera algo. Seguía pensando en qué podía ofrecerle a cambio cuando el japonés volvió a hablar:
– "Puedes tener todo sobre mí", ¿recuerdas? – hizo una pequeña pausa –. Bien, pues eso es lo que quiero.
Abrió los ojos sorprendido. Por supuesto que recordaba. Se había ofrecido a cambio de ella. Y al parecer seguía en pie. Pero no era justo, ¡le había engañado!
– Pero… ¿eso no era p-para ayer? –titubeó. En su cabeza la pregunta no sonó tan estúpida a cuando la hizo en alto. Se decidió a mirar de reojo al mayor. Le observaba con una perfecta ceja arqueada, como si fuera lo más absurdo que le hubieran preguntado.
No era ningún estúpido, y su pregunta tenía cierto sentido, así que no comprendía a qué venía esa cara de incredulidad.
– Claro. En ese caso mi promesa de no hacer nada a esa mujer era también sólo para ayer. Si quieres que no le pase nada tendrás que pagarme por ello.
Increíble. ¡Pretendía utilizarle el viaje entero! Todo debía tener sus limites, y él estaba a punto de sobrepasarlos si no lo había hecho ya. Lo peor era que sus palabras tenían cierto sentido y que no se le ocurría otra cosa con la que pudiera hacer al exorcista cambiar de opinión. No tenía nada más que ofrecerle a cambio. Nada más que su cuerpo. Se mordió el labio nerviosamente. Sabía lo que iba a pasar ahora. Lo sabía. Aunque no quisiera, pasaría por su egoísmo de no permitir que Kanda hiciera nada con Lenalee.
El mayor volvió a besarle, haciendo que dejara de morderse el labio. Estaba siendo utilizado y aunque lo supiera y quería evitarlo no se le ocurría nada que pudiera ofrecerle que no fuera eso. O quizás era otra parte suya que… ¿que qué? Mejor cortaba ese pensamiento ahí antes de que se le fuera de las manos y pensara verdaderas sandeces. Apreció cómo Kanda había comenzado a subirle ligeramente la camisa, palpando su torso desnudo. Su piel se estremeció ante el frío roce, soltando un quejido entre los labios del otro. Allen se tensó al instante con ese contacto, comenzándole un dolor en el vientre. Siempre que se ponía nervioso le dolía irremediablemente el estómago por culpa del nudo que aparecía (o quizás ahora sólo era el hambre).
Si Kanda se dio cuenta de su nerviosismo, desde luego no lo demostró. La boca del otro se movía sobre la suya con tal ansia que resultaba hasta casi violento. Estaba claro que esta vez no iba a salir sin satisfacerle. Ya le resultaba extraño que la otra vez le hubiera dejado sin hacerle nada teniendo en cuenta todo lo que habría podido cometer.
En cuanto sus labios quedaron libres por una ligera separación entre los cuerpos, el de cabellos blancos aprovechó para inspirar profundamente y relajarse. Curiosamente el aroma del otro le ayudó.
Los húmedos labios empezaron a deslizarse en un sendero de descenso. Lamiendo la marca en su mejilla, besando su barbilla, mordisqueando su cuello. Paró en ese lugar jugueteando con su piel entretanto acariciaba su abdomen. En contra de la inseguridad del menor, sus labios comenzaron a dejar escapar suspiros de placer conforme estimulaba su cuerpo y sus dientes le estremecían placenteramente. Su cuerpo se estaba encendiendo.
Le sorprendía y se preguntaba a sí mismo cómo demonios podía ser tan sacrílego de disfrutarlo y no afectarle. Aunque el bastardo era bueno, y eso hacía que fuera realmente difícil no gozarlo. Según aumentaba, el calor también lo hacía, y de la misma manera se iba relajando y entregándose; como una cadena. Sus brazos, colgando a ambos lados, se decidieron a rodear al otro en un extraño abrazo, percibiendo bajo la camiseta negra y ajustada de tirantes la fuerte musculatura de su espalda. Ahogó un gemido cuando Kanda le acercó a él para que volviera a ser consciente de la erección encerrada en los pantalones. Era increíble lo dura que se sentía en tan poco tiempo. La otra mano dejó su abdomen para comenzar a ascender, deslizándose hasta uno de sus pezones sin dejar de atender su cuello; pero antes de llegar a su destino retiró la mano rápidamente, siseando.
– ¿Pero qué jodidos…? Moyashi, ¿qué es esta mierda? – la voz le devolvió a la realidad, entreabriendo ligeramente los ojos. Se sonrojó al instante, apenas apartándole de él.
– ¿Qué?
– Esto – indicó mostrándole la mano. Timcanpy estaba colgando de ella, mordiendo con sus afilados dientes al mayor –. ¿Qué coño haces tú con esto?
– ¡Timcanpy! ¡No hagas eso! – se apresuró a regañar, cogiéndole para que soltara a Kanda antes de que se fuera a enfadar seriamente y hubiera un holocausto.
La marca de la dentadura había dejado el dorso de la mano de Kanda marcado con heridas sanguinolentas. Ahora sí podría temer la reacción de Kanda. No era culpa suya, pero de todas formas terminaría pagando los platos rotos. A Tim no le podía pasar nada (en este momento le gustaría ser golem), al igual que a Lenalee; y Lavi no estaba presente para que recayeran sobre él las culpas. Estaba solo ante una bestia a la que habían interrumpido. Sujetó entre sus manos al culpable para evitar que se escapara, rogando por que no le diera por morderle ahora también a él, y apresurándose a disculparse antes de la explosión.
– Lo siento. Era de mi maestro y…
Dejó de hablar ante la mirada de Kanda y un chasqueo como primera respuesta.
– Ya sé toda esa mierda. ¿Quién te lo ha dado?
Pensó la respuesta antes de responder.
– Lo encontré. Lavi me dijo que me lo quedara porque todo exorcista necesita uno. ¿Qué haces?
Kanda le arrebató con fuerza a Timcanpy y ahora se dirigía con él sujeto por la cola hacia el escritorio. Se estiró para ver cómo abría un cajón y encerraba la pequeña bola, agitando las alas como un colibrí intentando escapar, pero el moreno no le dio oportunidad. Hizo bien en mentirle respecto a cómo consiguió a Tim, porque seguro que si le hubiera dicho la verdad, Lavi habría muerto a lo largo del día. No todas las cosas las hacía completamente mal, ¿no?
– Jodida bola del diablo – despotricó entre dientes volviendo hacia Allen.
Estuvo a punto de reclamarle, pero a sus palabras no les dio tiempo de ver la luz por ser ahogadas por la boca del otro antes de nacer, volviendo a retomarlo por donde lo dejaron. Un poco sí que le había molestado el que tratara con tal desagrado a su nuevo amigo. O más bien el reemplazo de su amigo perdido. Bueno, ya hablaría después sobre el no insultar a Timcanpy, porque ahora había algo más importante de lo que tenía que ocuparse. Kanda, como si fuera lo más importante que tuviera que hacer, volvió a juntar ambas bocas, moviendo los labios desesperadamente.
Él sólo cerró los ojos, decidido a que lo mejor sería dejarse llevar. Al fin y al cabo no había tantas diferencias entre un hombre y una mujer, así que sólo intentaría sacar algo bueno de la situación (si es que lo había). El otro cuerpo se presionó contra el suyo, interponiendo una de las piernas entre las suyas. El menor le miró algo cohibido. Le tenía en sus manos sin darle la oportunidad de escapar; y aunque tuviera la posibilidad, en este momento no estaba seguro de que fuera a alejarse.
El calor derretía su cuerpo, entregándose a sus brazos. No estaba tan mal de momento. Sólo de momento; porque la misteriosa sonrisa de satisfacción no le daba muchas esperanzas de que fuera a salir de una pieza, sino de dos. Oh, no quería imaginar eso, gracias. Lo difícil no era el librarse de su situación actual, sino el librarse de eso durante todo lo que le quedaba de trayecto. Por muy placentero que pudiera ser, no dejaba de pensar que al fin y al cabo el otro le veía exclusivamente como un objeto; todo se reducía al desahogo. Pero a él no le importaba.
No, a Allen Walker no le importaba.
¡Ni le importaría!
El mayor enterró el rostro en su cuello, chupando. Gimió levemente, cerrando los ojos. Siempre podía imaginar otras cosas. Como que quien le mordisqueaba era Timcanpy. Qué anti-erótico. Pero sólo abrir los ojos y ver a Kanda volvía a rehacer en menos de un segundo lo deshecho por su mente. Kanda ascendió, posando besos y lamidas por el camino, deteniéndose en su oreja. Allen agudizó el oído al sentir la respiración chocar como si fuera a hablar, pero no escuchó nada. En cambio le mordisqueó suavemente el lóbulo, comiéndole la oreja y lamiendo por dentro.
Sus mejillas comenzaron a arderle más al darse cuenta de que la situación estaba comenzando a subir de tono y que sus gemidos no querrían tardarse en aparecer. La camisa comenzó a ser desabrochada sin dejar su aurícula de ser atendida. No le parecía justo. Ya comenzaba a ser como la vez anterior en la que el otro mantuvo su ropa prácticamente intacta. Obviamente no le gustaba quedarse ahí, sin nada de ropa, solo; pero no iba a ser él quien desvistiera a Kanda. Estaba humillado pero no hundido, mucho menos vencido. Se quedaría sin hacer nada, sólo dejándolo estar. Incluso si le obligaba a yacer como Dios le trajo al mundo en medio de un escenario, lo haría si con ello salvaba a alguien. Sino, ni en sus pesadillas, porque se sentía un actor interpretando un pésimo papel.
Las manos terminaron de desabrochar los botones, dejando al descubierto su lampiño pecho. Allen volvió a jadear cuando el mayor se deslizó hasta uno de sus rosados pezones, y la lengua comenzaba a estimularlos ahora con lamidas circulares. Su cuerpo reaccionó con un ligero sobresalto cuando los dientes mordisquearon con suavidad. Mordió su labio posando una mano en la cabeza de Kanda. Sus dedos siguieron el recorrido que los cabellos formaban, dirigiéndole a la alta coleta, debatiéndose si debía tirar de ella hasta que se separara de él o si podría perjudicar a Lenalee. Ante la duda, mejor no arriesgarse. Un estremecimiento ya conocido agitó su cuerpo cuando mordisqueó un punto determinado en su pecho. Con terror se dio cuenta de que los pantalones comenzaban poco a poco a apretarle más y más.
Apenas sin respiración, Kanda se incorporó, desafiante y tentador, tomándole de la mano para que le soltara. Se sentía realmente cálida, en contraste a su fría personalidad. Algo que nunca habría imaginado, aunque sabía que el tender a pensar que las personas frías lo serían también de cuerpo era una tontería ahora comprobada de primera mano. Admitía que siempre había tenido ideas un tanto diferentes. Como la de que su mano pequeña en comparación a la del mayor no se veía tan mal en ese agarre. Como la de que los ojos negros no eran tan impertérritos como creyó. Como la de que…
¿Huh? Kanda le tomó también de la mano izquierda. El albino intentó soltarse, temiendo la reacción que pudiera tener el samurái por su deforme brazo. Pero no le soltó. Ni siquiera pareció importarle la textura o su desagradable estructura, por curioso que fuera. Kanda observó detenidamente su mano izquierda, sin mostrar nada en su rostro neutral. Allen le miró esperando alguna reacción, y la única que recibió fue que le mirara y juntara nuevamente los labios con los suyos. Soltó sus manos colocando una apoyada en la pared al lado de su rostro, y la otra la sintió deslizándose por su cuerpo hacia abajo.
El menor se agitó jadeando en la boca de Kanda cuando su mano se posó en cierta parte. Apartó el rostro poniendo fin al beso del mayor, turbado. Se negaba a pasar la misma vergüenza con respecto a eso. Si se atrevía a hacer el más mínimo comentario, esta vez no dudaría en darle un tirón de pelo bien merecido. Por suerte (dentro de la cantidad de burlas que podría haberle dicho) sólo curvó los labios con vanidad. Allen entrecerró los ojos mirándole como si no le afectara. El moreno sonrió con más desdén desabrochando su pantalón. Con una destreza que no hubiera creído, el exorcista le bajó toda ropa inferior antes siquiera de abrir la boca para reclamar, dejando libre su falo erecto. Cerró los ojos desviando la mirada, sintiéndose totalmente avergonzado por estar tan expuesto a la vista; que él recordara, siempre había hecho lo posible para que nadie le viera desnudo. Especialmente por su brazo, así que lo que más deseaba en este momento era que la tierra se lo tragara.
Y directamente se sintió morir cuando Kanda se agachó frente a su miembro. Se apoyó contra la pared al sentir sus piernas temblar a causa de la vergüenza que estaba sufriendo.
– ¿Q-qué haces?
Como toda respuesta el otro sopló ligeramente en la punta de su hinchado miembro. Le provocó un gemido que ahogó con la ayuda de sus manos. Le sopló un par de veces más, y aunque él no quisiera, no pudo decir nada más por estar ocupado en respirar y no gemir. En la habitación sólo se escuchaban sus ahogados gemidos. Sus ojos se empañaron con lágrimas, dando un bote mayor cuando sintió algo húmedo rozarle. Miró al moreno con temor, quien le observaba desde abajo con un perturbador brillo en las orbes negras. Incapaz de decir algo, necesitó todo su esfuerzo para no gemir sonoramente cuando la lengua lamió toda su extensión. Esto era demasiado…demasiado. El placer que le proporcionaba era proporcional a la vergüenza que sufría.
– Bas-ta. Para… – suplicó fatigosamente. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. No sabía si eran de placer, si de vergüenza, o si eran por lo frágil que se sentía en los brazos del otro.
Kanda continuó con lo suyo, ignorando sus palabras. Las había susurrado débilmente, sí, pero Allen sabía que el bastardo las había escuchado e ignorado completamente. Tembloroso, llevó una mano al rostro de Kanda, tomando uno de los mechones que caían por su lado y esta vez sí tirando de ellos con fuerza para que se apartara.
– ¡Arg! Maldito Moyashi, suéltame si no quieres morir.
– Pa-ra…ya – repitió sin dejar de tironearle del cabello, con los ojos cerrados deseando que las saladas lágrimas dejaran de deslizarse.
Escuchó un chasquido de molestia acompañando a algo parecido a una maldición en japonés. El moreno volvió a tomarle de la mano para que le soltara, incorporándose. Allen siguió sin soltar el mechón tercamente, frotándose el rostro con la manga del otro brazo. Qué humillación. Qué humillación, qué humillación, ¡qué humillación! Lo había intentado, pero no sabía bien qué era lo que le había pasado para no llegar hasta el final. ¡Joder! Debía decirle a Kanda que continuara y olvidara lo que había dicho antes de que se arrepintiera y fuera de verdad a por Lenalee. Él no era así. Se supone que era terco y orgulloso, que no lloraba sin razón. Debía seguir, pero los malditos sollozos ahogaban sus palabras.
– Diablos. ¡Deja de llorar, idiota!
– ¡No estoy…llorando, BaKanda!
Obviamente no se debió tragar la mentira, y seguramente le estaría mirando incrédulo y con prepotencia. ¡Seguro que hasta se sentía orgulloso de provocarle hacer estas cosas tan degradantes! Poco a poco fue soltando el cabello del otro, restregándose cada vez con más fuerza el rostro. La otra mano del mayor le tomó del brazo, retirándoselo del rostro para verle. Entre las lágrimas se cruzó con la mirada de Kanda. Pudo notar ¿arrepentimiento? ¿pesar? No exactamente, sino algo parecido a consternación; o algo así. Al menos no parecía satisfecho. Entreabrió los labios para preguntarle a qué venía esa mirada, pero como las anteriores veces, aprovechó para robarle un beso. Excepto que este beso fue lento, tranquilo e incluso agradable. Seguía siendo el mayor quien llevaba el control y recorría su boca con deseo, como si mereciera la pena molestarse en algo como eso. Él lo único que pudo hacer fue corresponder, temeroso de que una vez se separara se volviera a ir y le dejara otra vez solo. Por eso llegó a desear que no terminara nunca el beso, en contra de toda lógica.
Pero terminar, terminó.
No abrió los ojos. Le daba miedo que, aunque sintiera los dedos del otro trazando sus hinchados labios por el brusco trato de los anteriores besos y sintiera el calor de su cuerpo rodeándole, cuando los abriera se encontrara con la soledad de la habitación. Le lamió los labios provocándole un poco de cosquillas. Se aferró a la camiseta de Kanda para evitar que se separara, y al fin mirarle. Entonces, se dio cuenta de que había parado de llorar. ¿Le había besado para que dejara de llorar? ¿Podría…? Vale, dejando de soñar. No le podía haber besado por eso ya que no tenía porqué.
Y Kanda se apartó. Se soltó de su mano alejándose de él. Allen se quedó apoyado en la pared, con la mano temblorosa en dirección a él. Su corazón latió fuerte en su pecho, pero se relajó al ver que se sentaba en la cama, con las piernas abiertas, mirándole penetrantemente.
– ¿Qué haces ahí parado? Ven aquí, Moyashi.
Parpadeó ofuscado, mirándole unos instantes. ¿Que fuera? ¿No se iba a ir? Bueno, si él lo decía mejor ir antes de que se arrepintiera. Dio un paso y estuvo a punto de caer al olvidársele de que tenía la ropa inferior enganchada entre sus piernas. Con el rostro ardiendo, se subió la ropa, afligido por habérsele olvidado su obvia semidesnudez. Se acercó al mayor con la camisa sin abrochar, al igual que el cinturón. Si hubiera podido se habría sonrojado todavía más al verle soltándose la coleta, sentado con las piernas separadas y un bulto prominente bien visible.
– Agáchate – le ordenó. Allen frunció el ceño pero después de todo le hizo caso. Kanda se acercó a él dándole un superficial beso, como preparándole –. No creas que te vas a librar de todo, idiota. Esta vez no me vas a dejar con la maldita erección entre las piernas.
Lo supuso. Anoche no le dio placer, por lo que el único que llegó hasta el final fue él. Sabía que debió haberse ido con la erección, y seguro que eso le irritó lo indecible. Pero él no podía. No podía ser que fuera a hacerle eso, ¿verdad? No pudo evitar el titubeo al preguntar:
– ¿Qué quieres que…haga?
Tuvo ganas de incorporarse y salir corriendo del camarote cuando le vio sonreír con verdadera malicia. Sin embargo no se movió ni cuando Kanda dirigió sus manos al pantalón, desabrochándolo lo suficiente para liberar su miembro. Rápidamente Allen desvió la mirada, incómodo al tener un primer plano de esa parte hinchada y alzada dirección al cielo. Era un poco infantil no querer mirar, pero ¡bah! Por ahora podía sentirse como quisiera; ya que si había algo que no permitiría era que el moreno se apropiara de sus sentimientos.
– Tócame.
Allen arqueó una ceja.
– ¿Cómo dices?
Kanda le tomó de la mano derecha como las anteriores veces, dirigiéndola a su miembro. Se resistió un poco, abochornado, pero después de todo se lo permitió. Decidió que no era plan de negarse cuando habría otros métodos para darle placer y que seguramente no le gustaría hacer. La idea era que Kanda terminara, ¿y de qué otra forma menos vergonzosa podría? Tomó suavemente esa dureza escuchando la fuerte respiración del otro acompañando a un suave jadeo. Apartó la mano instantáneamente. No había sido brusco ni nada por el estilo, así que el jadeo era indudablemente de placer. ¿Lo había…provocado él?
– Venga, idiota – le oyó mascullar irritado, volviendo a colocarle la mano en su miembro.
Comenzó a mover la mano lentamente, sin hacer mucha presión, todavía abrumado. Kanda soltó un gemido quedamente. Se mordió el labio decidiendo hacer una ligera presión que el otro recibió con un jadeo entrecortado. No creía lo que estaba haciendo; lo que estaba haciendo a Kanda. Tenía al supuesto capitán del barco, capaz de matar con una mirada, jadeante por lo que le estaba haciendo con su mano. Siguió moviéndola de arriba hacia abajo, lentamente. Las caderas de Kanda se movieron como incitándole a hacer movimientos más rápidos, pero él estaba demasiado abochornado como para aumentar la velocidad. Al ver que no lograba su cometido, la mano de Kanda comenzó a guiar la suya, haciendo una mayor presión y movimientos más rápidos.
El sonido de los gemidos aumentó considerablemente, y él estaba absorto viendo la cara de placer del otro. Los labios entreabiertos. La mirada turbada. La frente perlada de sudor. Los cabellos sueltos a su alrededor. Formaba una imagen creada por y para el propio pecado. Allen se preguntó si la otra vez él mostraba una imagen tan indecorosa como aquella. La mano de Kanda le hizo aumentar el ritmo, sin molestarse en ocultar los gemidos. Parecía como si quisiera que todos, en especial él, se dieran por enterados del placer que le sacudía. Masculló alguna que otra vez ese maldito sobrenombre de una forma tan sensual que no le hacía más que sonrojar. Parecía como si estuviera bastante excitado, porque no tardó mucho en correrse.
Kanda se liberó con un largo gemido, sin romper el erotismo de la imagen. Sus manos quedaron manchadas del tibio semen, e incluso su rostro fue manchado. El mayor se apartó los cabellos de la cara, echándoselos hacia atrás sin romper el contacto visual con Allen. Se relamió acercándose a su rostro, lamiendo las manchas de semen que le habían salpicado encima.
– ¡K-Kanda!
El mayor se separó mirándole con lascivia, tomando esta vez su mano manchada para comenzar a lamer. Allen le miró atónito, con la boca entreabierta. ¿Estaba lamiendo su propio semen? Tragó duro sintiendo la boca reseca. La lengua lamía sus dedos, chupando e introduciéndolos en su boca. Que Dios le ayudara, porque era la escena más sucia que había visto y pudiera recordar de lo que llevaba vivido.
Los labios se posaron sobre los suyos, introduciendo la lengua casi al instante. Apreció el gusto de un sabor extraño, de entre los cinco sabores esenciales era más cercano al amargo. La mano del espadachín acarició levemente sus cabellos. Como siempre, Allen intentó llevar el ritmo; y como siempre, Kanda era el que llevaba la voz cantante.
Apenas se separaron para recuperar el aire, jadeantes. El mayor se incorporó abrochándose de nuevo sus pantalones, como si nada hubiera ocurrido. El albino se quedó sentado en el suelo, sin poder hacer que bajara el sonrojo de sus mejillas. Inspiró profundamente, pensando que al fin había terminado por el momento, al tiempo que Kanda se recogía el largo cabello en la conocida coleta alta. No llevaba casi nada en el barco, pero Allen ya había descubierto algunas cosas típicas en el comportamiento de Kanda.
– Algo has mejorado, Moyashi. Pero todavía eres un aficionado – dijo burlón el moreno.
– Cállate idiota. ¡Y es Allen! – le repitió cansinamente.
Antes de comenzar una nueva pelea, el estómago de Allen gruñó sonoramente haciéndoles recordar su fracasado intento de comer. Se sobó la tripa como queriendo aplacarla con caricias.
– Che, estúpido mocoso. Vámonos al comedor. Y abróchate la camisa si no quieres que hagan preguntas – le recordó señalándole lo dicho y el cinturón también en el mismo estado.
Allen alzó la vista viéndole dirigirse a la puerta. Se levantó de un salto con una gran sonrisa, apresurándose a abrochar y que pareciera que en realidad no había pasado nada entre ellos cuando se fueron. Kanda seguía siendo un maldito bastardo, de eso no había duda. Pero aunque lo que hacían cuando le encerró esas ya dos veces no era precisamente hablar, sentía como si en cierta forma estuviera más cerca de Kanda.
Aunque la realidad era distinta, y Allen sólo era su mascota.
Caminaba sin prisas por la calle totalmente blanca. Era agradable el contraste que se creaba entre las casas impolutas y el despejado cielo de un perfecto azul. Sus pasos aburridos no le dirigían a ninguna parte en especial. Debería estar haciendo su trabajo, uno de los dos al menos; pero estaba desganado. Se llevó la mano con el cigarrillo a la boca, calándolo. En cuanto terminara el cigarro se dirigiría a comer con sus amigos humanos. Sí, algo de pescado; no era mala idea.
– ¡Tyki!
Alzó la mirada hacia uno de los balcones de las casas. Road le observaba con cara de aburrimiento, apoyada en la barandilla con el blanco vestido que resaltaba su oscura piel de Noé.
– Oh, Road. ¿Qué haces ahí?
Aprovechando que no estaba muy alto, Road saltó hacia él. Se retiró el cigarrillo, expulsando el grisáceo humo. La chica hizo un puchero molesta. Seguro que aun estaría irritada por no haber podido jugar con los exorcistas la última vez.
– ¿Sabes, Tyki? El Conde sigue enfadado y aún no puedo salir.
– ¿Todavía sigue enfadado? – se retiró el pelo hacia atrás. Quizás si el Conde estaba aún molesto con ellos no debería salir.
– Dime, ¿qué vamos a hacer ahora? ¿Cuándo vamos a ir a por Allen?
¿Allen? Ah, el chico aquel, cierto. Aquel que les había provocado tantos problemas y se les había escapado de entre los dedos. Por culpa de aquella mujer y su falsa información. Hicieron bien en matarla.
– Pronto. Ya sé hacia dónde van, y sé exactamente cuándo vamos a aparecer. Ese chico no escapará de nosotros.
Claro que no iba a escapar. Nadie escapaba a no ser que él quisiera; y si esa vez no hubiera habido la confusión de persona tampoco se habría escapado. Podía decir que tenía un asunto personal pendiente con él. Y también con aquel samurái. Si no se hubiera metido en medio de su camino habría capturado sin problemas al chico. Entonces el Conde no estaría enfadado con ellos por tener que esperar para conseguir eso. Aunque a él no le pareció que estuviera muy enfadado cuando se lo dijeron.
– Oye, Tyki. Iré contigo también a por Allen, ¿verdad? – le preguntó la niña con una gran sonrisa –. Quiero ver su cara de angustia cuando nos vea. También quiero saludar a Lenalee.
–Claro, Road.
A veces Road le daba más miedo que incluso el mismo Conde. El amor que sentía la chica por la sangre y por el dolor ajeno era extraordinario. Sólo esperaba que el chico estuviera preparado y le ofreciera una buena resistencia. Nunca le gustaron las luchas demasiado fáciles.
~Continuará~
(1) I Juan 3:8
Notas finales: Pobre Tim, le olvidaron encerrado en el cajón, omg. Bueno, supongo que quienes lamentaron su muerte se alegrarán de que vuelva. Un Allen sin Timcanpy no es un Allen completo -sonrisa- El Moyashi es complicado, o estoy atenta a él o me saldrá OOC, espero que no se note demasiado (al que por cierto, por si las dudas, sí. Kanda le dejó con la erección entre las piernas -gotita-). Intentaré actualizar en cuanto pueda, pero aún me espera una cita con el libro del Quijote -llora-. En cuanto pueda actualizaré, lo juro. De momento me iré a blasfemar por el hiatus de Hoshino y la marihuana. -suspiro- Me habría encantado poner el típico "Shōnen" de Tyki. Que lástima.
¨Nishi¨
