Notas: Eehmm, ¿hola? Sigo viva, después de tanto tiempo. ¿Sigue habiendo gente por aquí? Antes que nada, ¡lo siento! -inclinación de 180º- ¡Siento mucho haber tardado tanto en subir un capítulo! Por desgracia, tampoco puedo asegurar si subiré el siguiente capítulo dentro de poco o no, menos aún el mantener un ritmo. ¡Pero hice este capítulo extra largo como compensación! Sé que no es mucho, pero no sé de qué otra forma disculparme. Tampoco he empezado a escribir el siguiente, porque decidí subir este nada más terminarlo. Es cierto que no tengo pensado dejar esta historia en la estacada (es mi pequeño parásito, al fin y al cabo), así que aunque tarde una vida me esforzaré en continuarlo. ¡Lo siento de nuevo!

Advertencias del cap.: No hay mucha cosa, a decir verdad. Muchas palabrotas, OOC, cambios de POV… Lo de siempre, a decir verdad. Quizá notéis que mi estilo de escritura ha cambiado, he intentado que no se note y adaptarme a como escribía antes, pero si lo notáis algo raro o diferente estáis avisados. También espero no tener muchos errores ortográficos, esto de estudiar idiomas hace que olvides el tuyo. Por último pero no menos importante, hago mención como siempre a partes del manga y del anime, ¡así que cuidado! Pero también en esta ocasión a una de las novelas en las que salen Allen y Madre juntos. En D Gray-man: Reverse I, Capítulo 1, Clérigo de ida. No hago ningún spoiler, pero sí menciono una situación, aunque no sea muy importante.

Ah, tampoco he estado nunca en Francia, así que todo es imaginación mía.

DISCLAIMER: Como ya se sabe, D Gray-man pertenece a Hoshino Katsura, y obviamente no soy ella. Si lo fuera estaría dibujando y haciendo canon el Yullen, no escribiendo estas perversiones cada mil años.

Discípulo del pecado

8. Deshilando el mañana

Hacía frío, más frío de lo que esperaba. Nunca había pensado que Francia fuera un sitio tan frío, aunque realmente nunca antes había estado allí. Además estaban en la costa, lo cual lógicamente acrecentaba la humedad y la sensación de frío.

Se acurrucó con resignación en un intento de acumular todo el calor que le podía brindar su fina y gastada chaqueta. Por suerte le estaba grande, por lo que le cubría más de lo que lo haría una de su talla. No importaba lo vieja que fuera, siempre sería mejor que nada. Intentó pensar en el suave calor primaveral mientras metía sus gélidas manos en los agujereados bolsillos. Ese clima que en teoría debería hacer. Si se imaginaba bajo el cándido sol y se concentraba lo suficiente quizá podría incluso sentirlo.

Momo siempre le decía que cuando quisiera algo sólo tenía que imaginarlo. Quizá no pudiera tenerlo en ese momento, quizá incluso nunca pudiera tenerlo, pero sí que podía ser suyo dentro de su cabeza, y de ahí nadie se lo podía arrebatar. Por eso le gustaba imaginar que el frío no existía, que podía comer todo lo que quisiera sin tener que volver a robar, y que podía compartirlo con su familia. Bueno, no su familia sanguínea, ya que a esa no la conocía, pero que no compartieran ese tipo de lazo no significaba que no fuera n igualmente su familia.

Tampoco podía decir que actualmente tuviera que robar para comer. Por fortuna, ya no. Ahora tenía a Momo, a Tyki y a Clark a su lado, quienes se encargaban de darle lo que necesitaba, dentro de lo posible. Era más de lo que podía pedir. Más de lo que nunca hubiera podido pedir.

Siempre estuvo solo, y tuvo que hacer un montón de cosas de las que no se enorgullecía precisamente, todo con el fin de sobrevivir. La vida en la calle no era fácil, menos para alguien pequeño que estaba solo, huérfano desde que tenía uso de razón. Pero sabía demasiado bien que dentro de lo malo el ser un niño jugaba a su favor, ya que tenía más posibilidades de que la gente se apiadara de él. Y, por supuesto, él sabía cómo aprovecharse de ello. Sin embargo, esa era un arma de doble filo, y al igual que tenía un lado bueno había otro malo, y era que al ser sólo un niño era un blanco fácil.

Agitó la cabeza de un lado a otro, intentando alejar esos pensamientos del pasado. No debía recordar, ya no tenía por qué volver a eso, así que lo mejor era olvidar. Ahora no estaba solo, ni lo volvería a estar.

Movió los entumecidos dedos dentro del bolsillo, desesperado por algo de calor. Debía de estar enfermo otra vez, pero no le dio mayor importancia. Sólo necesitaba entrar en calor, y eso ocurriría cuando se volviera a juntar con ellos. Sus dedos entonces buscaron dentro del bolsillo, pero solo se aferraron alrededor del vacío. Un sudor frío que no tenía nada que ver con la temperatura le recorrió por toda la espalda al mismo tiempo que abría los ojos con sorpresa y se le escapaba un doloroso latido a su corazón. No cabía duda de que el bolsillo estaba vacío, cuando no, no debería estarlo.

Miró a su alrededor, por el suelo, pero no parecía haberlo perdido cerca. Suspiró con preocupación, dando la vuelta con el propósito de hacer el mismo camino hecho, ahora en el sentido contrario. Debió de habérsele caído por alguno de los agujeros del bolsillo durante el camino, despistado por sus propios pensamientos. Aún tenía tiempo para buscar antes de volver, aunque quizá se quedara un poco justo de tiempo. No quería preocuparles, pero tenía que recuperarlo como fuera.

Observó con desconfianza la oscura calle por la que había salido momentos antes, y aunque no le hiciera gracia volver a pasar por ahí, se adentró de nuevo con decisión. Quizá era incluso su mejor opción ya que casi todas las calles le parecían iguales, y teniendo en cuenta que era nuevo en el lugar tenía casi todas las papeletas para perderse, cosa que era mejor evitar a toda costa. No debería de haberse alejado y decidido recorrer la ciudad por cuenta propia, pero era un aburrimiento tener que esperar a que llegaran a un acuerdo con la venta del carro. O mejor dicho, compra. De todos modos, el lugar no era nada fuera de lugar, ni siquiera tenía nada destacable más allá del mar, y ni siquiera era como si fuera la primera vez que lo veía. Pero era mejor eso a escucharles su infinito regateo.

Se le escapó una tos seca, notando un débil pinchazo en el pecho. Ya estaba acostumbrado, y no tenía que preocuparse mientras no se resfriara y pasara a mayores. Esperaba que su cuerpo decidiera no darles más problemas de los que ya daba de por sí. No estaría bien que por su culpa llegaran tarde al trabajo, y retrasarse no era una opción muy viable en ese caso. No al menos si querían ser pagados y poder comer y dormir bajo techo. Esas cosas que sólo se pueden hacer si se tiene dinero.

— ¿Cuánto crees entonces?

Se detuvo al escuchar a alguien cerca. Acababa de darse cuenta de que no parecía haber nadie por esas calles, pero quizá podría acercarse a esas personas y preguntar a ver si tenía la suerte de que otros lo hubieran encontrado. Si no, siempre podía preguntar a la siguiente persona con la que se cruzara.

— Una docena de monedas como mínimo. Parece caro. A ver, déjame ver.

Escuchó a una segunda voz responder. Aceleró un poco el paso, encontrándose con un par de hombres al girar la calle. Estaban parados en la mitad de la vía, y parecían estar discutiendo por algo. Los hombres, sin reparar en su presencia, siguieron con su conversación.

— Y una mierda, ¿te crees que soy retrasado? Seguro que te lo quedas — gruñó el más fornido de los dos, con una maraña de pelo castaña que se fundía con la descuidada barba.

— Pero qué dices, ¡fui yo quien lo encontró! — respondió indignado el otro que, a pesar de ser menos voluminoso, superaba al otro en altura. Su pelo era más corto, y parecía tener mejor aspecto que su compañero.

Aguzó el oído y su corazón latió con mayor rapidez al escuchar eso. ¿La causa de la pelea era algo que se habían encontrado? Era muy posible que fuera lo mismo que estaba buscando, sería mucha casualidad sino, más siendo el mismo camino por donde lo debió extraviar. Sin pensárselo dos veces decidió acercarse a ellos, sin titubear, aunque según se acercaba se daba cuenta de lo imponentes que resultaban ser en comparación a él, al igual que empezó a distinguir una cicatriz que desfiguraba el rostro del hombre que al principio pensó que tenía mejor aspecto. A pesar de eso no dio marcha atrás, por preguntar no pasaba nada, ¿no?

— ¡Que tú lo encontrastes, dices! Mira, no me jod- — Se cortó a mitad de la frase, mirando hacia donde estaba mirando distraído su compañero, reparando finalmente en la presencia del chico, en quien pareció caer toda la atención — ¿Y tú quién eres?

El pequeño se detuvo frente a ellos, manteniendo una distancia prudente, y con una mirada franca respondió con decisión, pero sin tampoco olvidar sus modales.

— Perdón por molestar. He perdido algo y me preguntaba si quizá lo habían visto.

Ambos hombres le observaron extrañados para después mirarse el uno al otro. Ambos se sonrieron antes de soltar una carcajada que parecía estar casi tan ensayada como falsa. El chico, lejos de perturbarse, mantuvo su mirada seria, esperando impasible mientras estos dos dejaban de reírse.

Ah, ¿te refieres a esto, mocoso? — indicó el hombre de las greñas, levantando el puño y dejando a la vista su colgante. Resplandeció como si le estuviera llamando, rogando volver a su descosido bolsillo, del cual nunca debería de haberse caído.

Los ojos le brillaron al verlo pendiendo de la mugrosa mano, reflejando su tenue resplandor que contrastaba con la suciedad de la callosa piel. Aunque su mirada habló por él, se mantuvo inmóvil, sólo observando, hasta que desvió la mirada al hombre que parecía estar evaluándole. Asintió dos veces seguidas antes de hablar.

— ¿Me lo podría devolver?

Hubo unos momentos de silencio en los que el hombre levantó una ceja, mirándole de arriba a abajo, sin dejar de observarle y juzgarle. Entonces sonrió de medio lado, casi divertido.

— Por supuesto — respondió, dando un par de pasos adelante hasta estar frente a frente con el chico. Le tendió la mano con el colgante en ella, a un palmo de sus narices —. Aquí tienes.

Se asomó una ligera sonrisa de alivio, oculta tras la máscara que siempre solía llevar puesta, y alzó la mano para coger su pertenencia. Sin embargo, antes de que sus dedos pudieran tocar la dura plata, el hombre apartó de un rápido movimiento el abalorio lejos de su trayectoria y en cambio le sujetó con fuerza de la muñeca. No se sobresaltó ni intentó resistirse. Podía ser un niño, pero sabía perfectamente por ese agarre de acero que si el hombre no quería, no sería capaz de zafarse. El hombre, entretenido, se agachó quedando a la par con él, acercando su cara y echándole el aliento directamente. En ocasiones así agradecía el llevar puesta la máscara, porque gracias a ella no le molestó demasiado la acción.

— Pero antes, dime, ¿qué nos darás a cambio?

— ¿A cambio? — repitió. Tenía sentido. Antes estaban hablando de que podrían sacar... ¿Cuánto era? ¿Doce monedas? En el caso de venderlo. Si se lo daban se quedarían con las manos vacías, y de algún modo tenía que agradecérselo. Estuvo unos momentos en silencio, pensando, antes de responder —. Podéis quedaros con mi chaqueta.

— ¿Ese jirón de tela? ¿Y para qué demonios íbamos a querer ese saco viejo y roto?

— Sí, eso no nos sirve ni para hacer un fuego.

Miró hacia atrás. ¿En qué momento el otro hombre se había puesto detrás de él? El agarre en su mano se hizo dolorosamente más fuerte, pero no se quejó. Notó un tirón y lo siguiente que supo era que las piedras del suelo se estaban aproximando peligrosamente a su cara. Con apenas tiempo paró el golpe de la caída con las manos, escuchándoles hablar de nuevo a su espalda.

— Será mejor que te vayas antes de que decidamos otros métodos de obtener dinero también contigo.

Empezó a escuchar los pasos alejándose. No. No podía irse sin el colgante. Se giró, aún en el suelo, y antes de poder decir nada para detenerlos, escuchó otra voz hablar, interrumpiendo lo que se quedó en un intento.

— Eso no ha sido muy amable por vuestra parte.

Giró de nuevo, esta vez sobresaltado. No esperaba que hubiera nadie más. Menos que fuera a ponerse de su parte (porque así era, ¿no?). Y menos aún que fuera un chico joven con el pelo tan blanco como la nieve. O al menos parecía joven, porque con el pelo de ese color era difícil de decir. Aunque su aparición quizá debiera calmarle le provocó todo lo contrario, de hecho. No parecía ser muy fuerte, e incluso diría que estaba un poco escuchimizado, por lo que no podía evitar preguntarse si le sería de mucha ayuda frente a esos dos. Estaba preocupado por ese el chico, hasta que observó el brillo de sus ojos.

Plata reluciente, igual que su colgante.


Verde. El color brillante que emitían sus botas era un verde claro, como un fuego de color esmeralda. Las botas que heredó de su madre resultaron ser mucho más de lo que pensaba que serían; mucho más. Y ahí estaba ella, intentando comprender y descubrir más de su vida. De su nueva vida. Era como un remolino de emociones e información en el que giraba todo lo que le habían dicho.

Inocencia, exorcistas, akuma, Noé.

Un nuevo mundo completamente. Una guerra en la que se estaba viendo envuelta del día a la mañana. Lo único que podía hacer actualmente era aprender más. Saber cómo controlar el nuevo poder que tenía, por mínimo que fuera. Incluso si lo único que conseguía era activar sus botas, ya era algo.

Tenía suerte de contar con la ayuda de Lavi, quien se había ofrecido amablemente a ayudarla. Gracias a él podía decir que tenía noticias de Allen a diario, y en sus momentos libres, siempre que coincidiera con el pelirrojo, se ponían a practicar con su inocencia. Era una ardua tarea; no resultaba tan fácil como le pareció el día que les salvaron, o cuando Lavi le hacía alguna demostración.

Activar la inocencia no resultaba tan sencillo, al igual que tampoco lo era el mantenerla. Necesitaba concentración y energía, y por supuesto saber controlarla o sino sería inútil. Sin embargo, el pelirrojo le había asegurado que no tenía porqué ponerse nerviosa o impacientarse, que todo llevaba su tiempo y que aunque ahora le pareciera algo difícil, cuando estuviera en alguna batalla enfrentándose con algún akuma, la activación resultaba ser algo más bien instintivo.

No dudaba que tuviera razón, pues si lo pensaba detenidamente eso mismo fue lo que le ocurrió la primera vez. Si tenía que explicar cómo lo hizo, no sería capaz de hacerlo; era como si el poder fluyera por sus venas y simplemente supiera las cosas que era capaz de hacer. Aunque, por supuesto, nunca en su vida habría imaginado que de uno o dos saltos llegaría hasta el mástil de un barco. Pero así eran las cosas ahora.

Por eso lo único de lo que tenía que preocuparse era de saber controlar la inocencia, utilizarla como ella quisiera. De lo demás ya se encargarían sus botas.

Por fácil que pudiera parecer, las cosas en realidad no lo eran. Tenía demasiados sucesos en la cabeza que asimilar, dándoles vueltas continuamente, lo cual estorbaba a la hora de poder concentrarse adecuadamente en su tarea. E irónicamente, ésta requería lo que no conseguía al cien por cien: concentración.

"Tú no te preocupes por las cosas que no puedes evitar". Eso le había aconsejado Lavi, y aunque le hubiera dicho que le haría caso, era más fácil decirlo que hacerlo.

No sabía exactamente cómo estaba llevando Allen toda esta situación. Sí, había conseguido hablar con él hacía relativamente no mucho tiempo, aunque no le sirvió de gran cosa. El albino se veía bien, aunque mortalmente preocupado por ella. Ya le había dicho que no tenía porqué angustiarse, la gente le trataba bien, eran muy agradables con ella y no tenía ningún problema. Aunque el menor no parecía estar muy convencido de sus palabras.

Iba a empezar a preguntarle por él cuando Lavi les interrumpió, avisando de que Kanda regresaba. No pudieron hablar más.

Kanda era un hombre un poco extraño, aunque no hubiera podido tratar mucho con él. No era un hombre social, ni tampoco podía decir que fuera mínimamente cordial, pero al menos no tenía tan mala impresión de él como aquella vez que quiso hablar con ella a solas el primer día. Sin duda era un hombre extraño.

Muchas de las veces que iba al comedor, por no decir siempre, estaba sentado solo, por lo que alguna vez decidía sentarse a su lado para hacerle algo de compañía. El moreno no la echaba, aunque tampoco es como si hiciera alguna señal que indicase si se había dado cuenta de que se había sentado ahí o no, sólo seguía comiendo impasible. Las veces que intentó mantener una conversación con él también resultaron inútiles. Se limitaba a responder, si eso, con el menor número de palabras posibles, evasivo.

No sabía si era porque le caía mal o no, porque la verdad con las únicas personas que más le vio tratar fueron Lavi y Allen. Y no es como si irradiara felicidad en esos momentos, más bien todo lo contrario.

Allen también parecía molesto siempre que estaba con el moreno, pero al mismo tiempo se le veía más vivo que otras veces o tratando con otras personas. Más pasional que con nadie más. Podría decir que con Kanda pasaba lo mismo, había un ligero cambio en la actitud de ambos, era como si el resto desapareciera una vez estaban en presencia del otro. Pero se despreciaban porque el uno hacía sentir al otro más vivo que nunca.

O algo así.

Un día intentó hablar con Lavi sobre la impresión que tenía de ellos dos, recibiendo una enigmática sonrisa. "Tú no te preocupes por cosas que no puedes evitar". Se preguntaba qué significaba todo aquello, y qué es lo que ocurría entre Allen y Kanda cuando estaban encerrados en el mismo camarote a solas, porque con el carácter de esos dos la situación podía acabar muy mal.

Unos suaves golpes en su puerta hicieron que Lenalee regresara a la realidad, respondiendo a la llamada mientras desactivaba la inocencia. Sin darse cuenta la había mantenido activa más tiempo del planeado, pero esas eran buenas noticias después de todo. Más que físicamente, pensaba que el controlar la inocencia era un proceso mental.

Lavi apareció por el marco de la puerta, con una enorme sonrisa bobalicona dibujada en el rostro. Le hizo sonreír, alegrándose de ver a su amigo pelirrojo, quien era una de las principales razones por las que le había sido más fácil sobrellevar todo. Lavi entró en la habitación, con un montón de bolsas entre los brazos. Lenalee se apresuró a ir a su lado y ayudarle.

— ¡Gracias, Lena chan! Uf, pesarán poco, pero es una lata cargar con todas al mismo tiempo.

— ¿Qué es todo esto? — le preguntó llevada por la curiosidad. Ya estaba acostumbrada a que Lavi entrara y estuviera tranquilamente en su habitación, no era la primera ni sería la última vez. Si su hermano lo supiera se subiría por las paredes llorando y gritando; y a saber qué es lo que sería de Lavi.

Intentó dejar de seguir el camino por el que estaban yendo sus pensamientos antes de que fuera tarde y se deprimiera por la ausencia de su hermano. Tenía esperanza en que no faltara mucho tiempo para ver a Komui, o se consolaba con que al menos según pasaban las horas estaba más cerca de él. Se sentía como si no le hubiera visto en años.

Ya sabía que quizá exageraba demasiado, pero así es como ella era. No podía evitar echar demasiado de menos a la gente que le era importante. Komui le dijo una vez que no se preocupara tanto, que no era bueno para ella preocuparse por la gente más de lo normal, que él siempre estaría ahí para ella. Pero no podía evitarlo. Y Komui no estaba ahí para impedírselo.

— ¡Un regalo! Ya que teníamos que atracar en este puerto para rellenar la despensa aproveché para comprarte ropa. ¡Para Allen también! — respondió dejándose caer sobre su cama, sin borrar esa enorme sonrisa de la cara —. No podías estar llevando la ropa de los demás durante todo el viaje, ¿no?

— No, claro que no… — murmuró con un leve rubor mirándose la ropa.

En realidad lo que llevaba puesto era de uno de los buscadores, ya que al ser la única mujer abordo sólo podía tomar prestada ropa de hombre. Desde luego seguía poniéndose su vestido, ¡pero no podía llevarlo puesto todos los días, a todas horas! Las ropas le estaban grandes y anchas, pero no podía pedir nada más. Bastante agradecida estaba por todas las molestias que debía de estar ocasionando.

Lo bueno era que no podía quejarse de la tripulación, pues a decir verdad todos ellos eran muy amables con ella. Le ofrecieron ayuda cuando todavía no se lo había ordenado Kanda, preocupados por el rudo comportamiento de éste. Recordaba cómo la animaron y reconfortaron cuando Kanda se llevó por primera vez a su amigo albino, tranquilizándola mediante palabras "perro ladrador, poco mordedor", y que aunque no lo pareciera, el capitán era en realidad muy considerado. Eso esperaban, al menos.

Incluso tras el tiempo que llevaba ahí no sabía muy bien qué opinar. Bien era cierto que tras aquella pésima primera impresión el moreno no se había vuelto a comportar con ella de forma tan violenta, aunque sin llegar nunca a ser amable. Podía decir que se comportaba con ella con una brusca cordialidad forzosa, pero nada es menos.

Lo que no le hacía ni una pizca de gracia era el no poder ver a Allen. El par de veces que estuvo en presencia del capitán había intentado (infructuosamente) sacarle el tema, pero cada vez que lo intentaba Kanda le fulminaba con la mirada, cortándola en el acto.

Era cobarde, lo sabía, ¡pero tenía la impresión de que ese hombre no la soportaba! No era que la odiara, no creía ni esperaba que fuera eso; pero en ocasiones sentía esos ojos oscuros clavados en su nuca, ¡como si esperara averiguar algo! No entendía nada. Por suerte contaba con la presencia de Lavi y la compañía de los "buscadores".

— ¿Lenalee? — la voz de su amigo pelirrojo le devolvió al mundo, encontrándose con un brillante ojo verde escudriñándola a un palmo de la cara. Su cuerpo se inclinó automáticamente hacia atrás, poniendo algo más de distancia entre ambos cuerpos.

— P-perdón, ¿decías algo?

— Te ves cansada, Lena chan, ¿no te gustan las ropas? — casi chilló. Fijándose, se dio cuenta de que Lavi había empezado a sacar la ropa una tras otra de las bolsas, resultando en un pequeño montón de telas acumulado encima de la cama y algunas ya desperdigadas por el suelo.

— ¡No, no es eso! — exclamó sin estar muy segura, sintiéndose ligeramente mal por haberse sumergido tanto en sus pensamientos hasta el punto de ignorar a Lavi.

El de ojo verde la observó fijamente con concentración antes de abrir la boca.

— ¡Has estado practicando otra vez con la inocencia! — adivinó acertadamente con tono de reproche —. Ya te dije que no te esforzaras demasiado. Cuando llegue el momento verás que es algo casi instintivo.

— Ya, pero… — musitó.

La verdad era que no estaba del todo convencida, aquella noche estaba un poco caótica en su cabeza, por lo que no recordaba bien cómo sucedió todo. Fue como que en un abrir y cerrar de ojos todo había sido hecho, habiendo sido destruido el akuma frente a ella.

— ¿Pero? — instigó Lavi.

— No estoy del todo segura de cómo lo hice aquella vez. ¿Qué pasa si no lo consigo en la próxima? ¿Qué pasa si fracaso? Puede que realmente no sirva como exorcista…

Stop, stop! ¡Relájate, Lena chan! No seas tan negativa; además, ¿no eres tú quien nos dice que no carguemos solos con todo? Tú también debes apoyarte en nosotros, ¡estamos aquí! — dijo el chico vivamente, dándose un suave puñetazo en el pecho —. ¿Qué importa si sale mal? Lo importante es mantenernos unidos.

Lavi le dedicó una sonrisa bobalicona bailando en sus labios de oreja a oreja. Pero a decir verdad eso no era todo. Había algo fuera de lugar en los rasgos de Lavi, como una sombra que no compartía con nadie más ni debía ser vista. Supuso que se debió de dar cuenta de la mirada inquisitiva y curiosa de la chica, pues ladeó la cabeza rascándose la nuca con fingida vergüenza.

— Lavi, tú…

Un fuerte golpe resonó, supuso, por todo el barco, sobresaltándoles. Miró hacia el techo de madera con preocupación. Llevaba un rato escuchando golpes, y sin duda provenían de alguna parte del barco. ¿Qué sería eso? Quizá alguien había salido herido y necesitaba ayuda. Se puso en pie preparada para subir a cubierta y ver qué pasaba cuando la estrepitosa risa de Lavi resonó por todo su camarote. Lenalee se giró a mirarle con extrañeza, casi con reproche. Un accidente no era algo para tomarse a broma, y sin duda algo estaba pasando.

— Creo que puse a Yuu de demasiado mal humor. Y si estuvo con el Moyashi estará de peor genio incluso. ¿Quizá me sobrepasé un poco? — susurró, más para sí mismo que para la chica.

— ¿A qué te refieres con que está de mal humor? — inquirió Lenalee con preocupación. Recordó cómo aquellos ojos oscuros se volvieron prácticamente negros y sus facciones se endurecieron agresivamente aquella vez. ¿Eso quería decir que los golpes eran provocados por él?

— Fui con él a la ciudad hace un rato — comenzó —, y como estaba un poco aburrido decidí tomarle un poco el pelo. Quizá me sobrepasé un poco. Pobre Moyashi, seguro que ha terminado discutiendo con él y ahora está por ahí destrozando algo del barco. Pero bueno, ¡en el fondo les encanta!

La alegría de Lavi le sacó un poco fuera de lugar.

— ¿Cómo puede ser algo bueno que Allen discuta con Kanda? — cuestionó con un ligero tono de entre pánico y reproche. No quería ni imaginar a su amigo contra el mayor, rememorando con un escalofrío cuando Kanda le agarró del brazo, arrastrándole consigo.

— Es verdad, tú no los has visto discutir — hizo una pausa —. Te aseguro que es de las cosas más divertidas que puedas ver. A esos dos realmente les encanta picarse y al final no cumplen ninguna de sus amenazas. Cada vez más ingeniosas, por cierto.

Lenalee abrió la boca para replicar, sin entender del todo qué había de divertido en eso. Sin embargo una grave voz la interrumpió antes de siquiera empezar a hablar.

— ¿Qué mierdas hablas de mí y de ese mequetrefe?

Se volvió con rapidez sobre sí misma, no le había escuchado entrar, pero ahí estaba el moreno, de pie al lado del marco de la puerta. Realmente parecía estar enfadado, siendo una gran prueba su muy marcado ceño fruncido, fulminando a Lavi con una mirada letal. Lavi volvió a reírse, despeinándose casualmente los rojizos mechones con aspecto despreocupado.

— ¡Vaya, Yuu chan! Sabía que eras tú el autor de esos sonidos celestiales que hacían temblar el barco entero.

Había ocasiones en las que Lenalee incluso se preguntaba acerca de la cordura de su amigo. De las últimas cosas que ella misma se plantearía hacer sería provocar más al de pelo largo, más sabiendo de antemano que estaba de malhumor. Sin embargo, eso era parte del encanto de Lavi. O eso quería pensar. Al menos el malhumorado moreno debía de estar ya acostumbrado en cierta manera al pelirrojo, pues de no ser por la mirada profunda, como retándole a que criticara sus acciones, habría jurado que no le había escuchado.

— Lárgate. Tengo que hablar con ella.

Su tono de voz no dejaba lugar a quejas; al menos ella no lo haría. Pero un momento. ¿Qué tenía que hablar con ella? ¿A solas? Eso no le gustaba nada. Menos estando el chico ya enfadado. Ella no sabía nada, ¡ya les contó todo lo que pudo! Kanda sabía muy bien que no iba a conseguir nada, así que ¿de qué querría hablar? No se le ocurría nada, debía ser acerca de algo que tuvieran en común, ¿pero qué…?

Allen.

Debía ser acerca del chico, ¿qué sino? Ojalá no hubiera pasado nada. Sabía que su amigo era fuerte, pero no hasta qué punto. Siempre le aseguró firmemente que era más fuerte de lo que aparentaba, y se lo demostró varias veces. Pero también era muy emocional. Fue muy cruel el no haber podido preguntarle qué pasó cuando le vio en la cubierta, porque ella no le vio nada bien. Y podía asegurar conocer a Allen bastante, pese a poder parecer pretenciosa y a pesar de la temporada en la que no tuvieron ningún contacto.

— Ya sabes, Lena chan — le llamó Lavi antes de salir —, si Yuu intenta algo raro, tú sólo grita.

Soltó una risita por lo bajo mientras el chico le guiñaba un ojo con diversión, saliendo rápidamente antes de que el golem de Kanda se estrellara contra su cara, golpeando la puerta en su lugar. Se había vuelto a perder algo mientras soñaba despierta, aunque lo más seguro es que hubiera sido Lavi remoloneando. Odiaba estar tan cansada.

Se fijó en el susodicho "Yuu", quien la contemplaba con los brazos cruzados sobre el pecho, impasible. Se removió incómoda mientras se sentaba en su acolchada cama, escuchando un pequeño crujido bajo ella, como reclamándole su movimiento y resonando por el silencio de la habitación. Se sentía cohibida, pero no apartó la vista de los oscuros ojos. No iba a ceder ante él. Era cierto que era más fuerte que ella, pero no por eso se iba a amedrentar. Esperó pacientemente hasta que el de pelo largo decidió hablar finalmente.

— Hace un par de días contacté con el estúpido supervisor — la grave voz retumbó. ¿El estúpido…?

— ¿Komui niisan? — preguntó poniéndose de nuevo en pie, tomando al otro con una mano del bíceps — ¿Has hablado con él? ¿Cómo está?

Kanda le miró con molestia, soltándose de su agarre con un brusco movimiento. Chasqueando la lengua se apoyó contra la pared más cercana, sin descruzar los brazos. Sinceramente, no conseguía entender a este hombre. Tampoco lo que sentía. Es decir, cuando estaba a su lado su cuerpo temblaba y no le respondía como ella quería.

Se sentía intimidada, eso era. No era miedo ni nada parecido, era solo que la presencia de este hombre era muy fuerte y se sentía un poco vulnerable. Pero al mismo tiempo se sentía de algún modo segura. No protegida, sino segura. Era bastante contradictorio, y ese sentimiento le hacía sentir algo inestable, y no terminaba de gustarle. Estaba segura de que Allen se sentía de algún modo igual que ella, eran bastante parecidos en eso. Aunque Allen… era un tonto sentimiento, pero desde aquel día que se vieron en la cafetería sentía que Allen no sentía sólo eso.

Su amigo sin duda era muy emocional, más que ella. Sabía que sentía las cosas con una fuerza mayor, y aunque se dio cuenta del desprecio que sentía hacia su "secuestrador", no era eso sin más. Nunca le vio comportarse de esa forma con nadie. Reclamar automáticamente, sin pensar. Sin esa cordialidad que en ocasiones resultaba hiriente. Resistiéndose con esa resolución. Actuando tan vivo.

— Está de camino hacia donde vamos. No puedo asegurar nada viajando por mar, pero si no hay complicaciones llegaremos antes que él.

La chica se llevó una mano al pecho sintiendo la calidez que desprendía. Sabía que su hermano estaba ahí con ella, nunca lo había dudado, pero el saber que estaba de camino le hizo sentirle más cerca. Sabía que Kanda no tenía porqué haberle dicho eso, y que seguramente echó a Lavi fuera porque ya habría comentado algo acerca de "¡Yuu ha dicho dos oraciones seguidas!" o "¡Ay, estás hecho un buenazo!". Algo típico del chico.

Pero ella realmente se lo agradecía. Podía ser que tuvieran razón los demás y que a pesar del pésimo humor y brusco comportamiento, en realidad fuera bastante considerado. Eso sí, debías fijarte bien en sus actos y saber más o menos cómo era normalmente para darte cuenta de que eso era algo fuera de lo normal. E incluso con ese comportamiento que se gastaba hacía que fuera muy difícil asegurar nada. En especial viéndolo gruñir algo entre dientes que estaba bastante segura no querría oír.

Sin decir nada más, vio cómo el moreno se giraba agarrando el pomo, dispuesto a salir.

— ¡Kanda! — le llamó sin pensar. "Tonta, Lenalee tonta. No te metas donde no te llaman". Pero no iba a poderse callar. Lo supo cuando vio a Kanda detenerse, con la mano en el pomo, pero tampoco abriendo la puerta para salir. Escuchó un gruñido indicándole que estaba esperando para lo que fuera que le había llamado.

Comenzó a balbucear inevitablemente. Se sentía como una tonta, nunca, desde un principio, debió haberle llamado. Pero ya no importaba, lo hecho, hecho estaba. Y en realidad estaba deseando poder preguntarle, así que antes de que el mayor decidiera irse, habló:

— ¿Ha pasado algo con Allen? — preguntó. Si no sacaba él el tema, lo haría ella.

La mano que estaba sobre el pomo se apretó visiblemente, al igual que su espalda se tensaba bajo la oscura camiseta. Lenalee esperó. Algo. Con suerte una respuesta, como mínimo que se fuera. Pero en cambio no se movió, se quedó inmóvil durante unos tensos segundos que parecieron eternos, sin mirarla. Claramente algo sí que había pasado. No importaba que lo negara, ni que se hiciera el loco. No conocía bien al chico y no había podido saber de Allen, pero no era tonta. Sabía que algo estaba sucediendo.

— No te importa.

La grave voz retumbó en sus oídos, haciendo las palabras eco en su cabeza, burlándose de ella. Le vio girar el pomo de nuevo, dispuesto a salir, pero no podía permitirlo. No ahora que había reunido el valor para hablar y estaban a solas.

— Claro que sí, tiene todo que ver conmigo — replicó —. Así que quiero saber qué ha pasado — endureció la mirada, queriendo verse incluso más firme. No podía dejar que las cosas siguieran así.

Esta vez Kanda sí que se volvió para encararla, pero se negó a amedrentarse o a dar un paso atrás. Por poco que le gustara al mayor, no iba a salir de su habitación a menos que le dijera algo, incluso si era algo tan absurdo como que Allen estaba hambriento y se habían peleado por un trozo de calabaza. Siguieron retándose con la mirada un rato, pero esperó sin dar su brazo a torcer. Kanda parecía estar sopesándolo.

Che. Eres casi tan testaruda como ese idiota — Gruñó frunciendo más el ceño. No parecía querer decir nada más, así que debía intentarlo de otras formas.

— Ya sabes, puede que sea de las personas que más le conozcan. Aquí sin duda lo soy — dijo escuchando al otro bufar —. Si pasa algo, quizá pueda echaros una mano.

Esto pareció no funcionar tan bien como le hubiera gustado. Le vio volver a hacer el amago de irse, y no pudo evitar preguntar lo que su actitud le daba a entender.

— ¿Por qué siempre estás huyendo? — le vio pararse súbitamente en seco, como si no terminara de entender cómo había sido capaz de preguntarle algo así.

— ¿De qué mierda hablas? — dijo el chico bruscamente.

Sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo y que no debía provocarle, pero algo dentro de ella le decía que era el momento adecuado. Parecía que venía de una pelea con el chico, por lo que estaba irascible. Debía aprovecharlo, quizá con suerte no todo salía tan mal como creía que saldría.

— Es lo que parece, Kanda — se explicó —. Cada vez que hablo de Allen te vuelves aún más esquivo de lo normal y, o bien te vas, o bien cambias de tema.

— ¿Qué jodidos quieres saber de ese maldito mocoso? No tengo nada que decir.

Debía intentarlo, ¿no? Sólo preguntando directamente podría saber lo que pasaba en realidad, con suerte. Era un asunto en el que era o todo o nada. Arriesgarse parecía ser la única una opción.

— ¿Qué pasa entre tú y Allen? No entiendo por qué está en tu habitación, y si sale no puedo verle, pero Lavi sí.

Hubo un breve silencio en el que el moreno parecía meditar qué responder.

— Solo es un mierda, caprichoso e idealista que no sabe nada del mundo. Me saca de quicio.

Lenalee le miró fijamente. Había algo fuera de lugar. El fulgor en sus ojos no era de odio, sino de algo más. Algo que no llegaba a entender o situar del todo. Se notaba el desprecio en sus palabras, de lejos. Kanda no le había mentido, pero tampoco le había dicho toda la verdad. Notó hasta una pizca de cautivación en su voz. No le dijo que odiara al de pelo blanco, cosa que todo el mundo le afirmaba sin duda. Entonces lo vio. La mejilla de Kanda estaba enrojecida y ligeramente hinchada.

— ¿Os habéis peleado? — pensó en voz alta, haciendo ademan de tocarle la cara al malhumorado chico. No tenía aspecto de ser demasiado doloroso ni que fuera siquiera a dejar moratón, pero seguro debía sentir la molestia y le duraría un par de días.

Antes de poder rozarle la piel Kanda se alejó de ella, evitando que le tocara. Sin duda el moreno era esquivo con la gente, y Lenalee de algún modo quiso poder ser más cercana a él, saber qué le pasaba por la cabeza.

— Ya he dicho que no te importa.

— Pero al parecer a ti sí — respondió Lenalee, atreviéndose a compartir con él un fragmento de sus pensamientos. Daba igual que le pusiera esa mirada de incredulidad, ella sabía que era así. Sin embargo, Kanda ni se inmutó. Algo dentro de ella le decía que le había sorprendido, aunque el rostro del chico no mostrara ninguna reacción más que incredulidad.

— ¿Por qué debería? Solo es un crío imbécil e impulsivo. Si no fuera por el idiota de tu hermano ya sería alimento para los peces.

Lenalee sonrió. Sabía que tras sus palabras Kanda realmente pensaba en su amigo albino. El ceño del otro se hizo más profundo, seguramente disgustado por la felicidad creciente en la chica. Debía sentirse frustrado por no conseguir otra reacción por su parte.

— Esto es una pérdida de tiempo — dijo chasqueando la lengua.

— ¡Espera, Kanda! — llamó al ver que tenía la puerta a un palmo —. Dime, ¿tú-?

— ¡Yuu!

La puerta se abrió de par en par, con un sonoro retumbo. Lenalee temió que se hubiera podido romper, pero no le preocupó mucho en ese momento. Contra el marco de la puerta se encontraba Lavi, jadeante y con las mejillas ligeramente rojas, como si hubiera corrido lo más rápido que pudo hasta ahí, contrastando con la palidez de su rostro. Lo que sí le preocupó fue la cara seria de Lavi, con un deje de confusión y un poco de ansiedad.

— ¿¡Cuantas jodidas veces tengo que decir que-!?

— ¡Hay problemas! — gritó el pelirrojo interrumpiéndole — ¡Tienes que venir, ahora!

— Lavi, ¿qué ha pasado? — preguntó intranquila. Esto no le gustaba nada.

— Es Allen. ¡No está!

"Sin duda," pensó Lenalee, "Allen ha cambiado."


No podía creérselo. No podía. Estaba fuera. En la ciudad, en tierra. Lejos del barco y del maldito japonés. No hacía buen día, en realidad estaba nublado y parecía que iba a caer una tormenta en poco, pero para él hacía un día espléndido. La gente parecía andar con algo de prisa debido a la climatología, pero él observaba todo encantado. No es como si fuera la primera vez que estaba en una ciudad, ni mucho menos. Viajaba muy a menudo con Cross, así que había visto muchos sitios. Pero después de haber estado a saber cuánto tiempo encerrado, el estar rodeado de tanta gente le emocionaba.

Las casas pequeñas y grises se apelotonaban una tras otra. La gente, en parejas, en grupos o por individual hacía su ya rutinario día a día. El suelo empedrado tenía un aspecto antiguo y gastado pero robusto. Las tiendas abarrotadas vendían todo al mayor precio posible. La muchedumbre, el alboroto, la vida. Parecía estar tan lejano a todo eso que volver a encontrarse en medio de algo tan habitual y ordinario le parecía increíble, un sueño.

Y nunca mejor dicho, pues Allen no estaba seguro de poder relacionar un lugar con la palabra hogar, al contrario de lo que este parecía serlo para la multitud. Desde que tenía memoria (y ahora una más completa, debía añadir), siempre había estado viajando. Nunca llegando a asentarse del todo en un mismo sitio, nunca llegando a conocerlo del todo. Ni a la gente. Por eso le gustaba ver a la multitud e imaginarse lo que era tener un hogar.

Pero no estaba bien.

Aunque le gustaría conocer el lugar esta vez tampoco podría ser. No debía de estar tan a la vista. Sentía algunas miradas sobre él, ya conocía bien esa sensación, así que no era nada nuevo que le pillara por sorpresa. Ya sabía que no pasaba desapercibido por su aspecto físico, cosa de la que no se encontraba nada cómodo. Al menos no tenía su brazo al descubierto, si no estaba muy seguro de que ya le hubieran encontrado. Debía alejarse de la gente, otra persona podría pasar inadvertida, pero ese no era para nada su caso. Debía alejarse de la ciudad, del barco. Regresar a Inglaterra.

No parecía tarea fácil, en especial porque no tenía absolutamente nada ni sabía dónde estaba. Pero debía de hacer las cosas poco a poco, de una en una y de forma segura. Y lo primero era encontrar cómo salir de ahí y alejarse. Ya sabía lo que tenía que hacer, también que lo mejor era no meterse en líos porque eso sólo conllevaría llamar más la atención y que pudieran dar con él antes. Pero se recordó a sí mismo que de momento nada le había salido según el plan.

— ¿Dónde aprendiste a jugar así?

Allen sonrió, olvidando lo que estaba pensando e intentando reprimir los malos recuerdos que ahora querían salir a flote por esa simple pregunta. No era el momento de pensar en ciertas vivencias, no muy agradables, durante su convivencia con el maldito de su maestro Cross. El chico a su lado además terminaría asustándose, y no era lo que pretendía.

Debía tener unos once años, era bastante adorable y parecía ser un poco tímido y reservado al principio, pero muy amable. Y al parecer, el inglés se había ganado su confianza sin siquiera proponérselo.

La verdad es que al principio no pensaba meterse en una pelea que no era la suya (y ni por esas, la verdad), pero no pudo evitar involucrarse al final. E incluso debía de dar las gracias, porque les había ido mejor de lo que esperaba. Sólo había necesitado echar un par de partidas al póquer para que le devolvieran al chico lo que le habían quitado y marcharse los dos sin mayor problema. Aún no podía creer su suerte, seguro que había agotado su cuota anual.

Sin embargo, eso no significaba que no estuviera en alerta dado el caso de que decidieran volver tras ellos, aunque no creía que fuera a pasar. Era cierto que había sido muy arriesgado por su parte el haberse apostado a sí mismo a cambio del objeto robado, pero después de eso el chico parecía tenerle por un héroe. Claro, no tenían por qué saber que él nunca perdía. Obviamente, esos dos tipos tampoco podían saberlo cuando aceptaron jugar, por mucho que pactaron tener un juego limpio. Seguramente pensaron que al ser dos tenían la victoria asegurada, más al ser varias partidas, pero en realidad había sido demasiado fácil para él.

— Digamos que no me quedó de otra- respondió de forma un poco ambigua, con una sonrisa nerviosa. El muchacho a su lado no le debió dar mucha importancia a la falta de información, sino que incluso pareció sonreírle detrás de la máscara que llevaba puesta.

Llevaban un rato caminando juntos. Según le había dicho tenía que encontrarse con unos amigos, y Allen había decidido acompañarle hasta que se reunieran. Quizá incluso podrían decirle qué camino debía tomar, y así de paso se aseguraba de que el chico no se topara con más problemas por el camino. Tampoco parecía encontrarse muy bien, lo que le tenía preocupado.

— ¿Te encuentras bien? — le preguntó, viendo cómo sus pasos se volvían cada vez más inestables.

El niño sólo respondió con un leve asentimiento, no muy convincente. Allen se detuvo delante de él apartándole los mechones rubios para ponerle la mano en la frente y tomarle la temperatura. Sin duda tenía fiebre, no era mucha, pero si seguía andando en ese estado sólo conseguiría ponerse peor.

— Ven, sube — decidió, agachándose frente a él, dándole la espalda para que se subiera encima.

Allen esperó pacientemente, sin saber qué expresión estaría haciendo el chico. No estaba seguro de si aceptaría subir, pero no podía dejarle así, y esperaba que el otro lo entendiera. Así irían también más rápido, lo cual el chico también debía querer.

Decidió echar un vistazo por encima del hombro, siendo clara la duda en los ojos del rubio. No debía querer causarle molestias, pero si no aceptaba su oferta irían sin duda más lentos y se podría poner peor. El inglés le sonrió intentando animarle y tranquilizarle, lo cual pareció funcionar. Titubeante, el menor posó sus pequeñas manos en sus hombros, acercando su cuerpo. Allen abrazó su calidez poniéndose de nuevo en pie, con los dorados mechones rozándole la mejilla provocándole unas suaves cosquillas.

Escuchó al chico susurrarle un agradecimiento con tono de pena, a lo que respondió con un asentimiento y una sonrisa.

Pesaba un poco más de lo que esperaba, o quizá era sólo que se sentía un poco débil. Al fin y al cabo no había comido nada, y aún notaba el hombro un poco entumecido en el sitio donde había sido herido hacía a saber cuánto. No era dolor exactamente, de hecho podía decir que estaba prácticamente curado, era sólo que aún le quedaba un poco por recuperarse del todo. Si hubiera descansado apropiadamente seguro que no le estaría pasando esto ahora, pero le había sido un poco difícil por culpa de cierto japonés irritante.

Ah no, no. No iba a volver a tocar ese tema. No iba a pensar en ese... Ese. Mejor pensar en cosas útiles. Como qué iba a hacer a partir de ahora, sin nada de dinero encima. Ya no sólo dinero, sino que no tenía absolutamente nada. Se dio un golpe mental, sabiendo que en parte su situación era culpa suya. Debería haber previsto algo como esto y llevar algo consigo, aunque le pareciera inútil podría haberlo vendido y obtener algo de dinero.

Total, habría cogido algo de la habitación de malhumorado capitán, lo cual le habría servido de lección. Sólo imaginar la cara que hubiera puesto le alegraba el día. Estaba seguro de que sólo con la chaqueta del uniforme se habría sacado un buen dinero. Pero no pensó mucho y en cuanto vio la oportunidad se largó lo más rápido que pudo. No sabía cuánto tardaría en volver el moreno al camarote, y obviamente no iba a arriesgarse para averiguarlo. Si Kanda pudiera verle ahora mismo estaría disfrutando de lo lindo mientras le dedicaba algún insulto a su inteligencia. Y lo peor es que se lo había ganado a pulso.

Chasqueó la lengua con molestia al darse cuenta de que estaba pensando de nuevo en ese imbécil, ganándose una mirada de curiosidad del chico a su espalda. Tenía que pensar en su situación actual, y ahora mismo sus mayores problemas eran comer y huir. No era ese el orden necesario de prioridad, ya que por desgracia debía centrarse en lo segundo, pero sí era una preferencia determinada por su estómago. Reprimió un triste suspiro para no perturbar al muchacho de nuevo, pero realmente lloraría de felicidad si alguien le ofreciera algo de comer. Salivaba con simplemente pensar en un plato de mitarashi dango.

Pero ya se las apañaría. Es decir, consiguió sobrevivir con Cross, ¿hace falta añadir algo más? No se puede estar peor que estando con él, ni siquiera ahora. Y parte de su supervivencia se la debía al póquer. Lo que comenzó como una forma de ganar movilidad y control sobre su brazo había terminado ayudándole innumerables veces. Al parecer esta vez también tendría que hacer uso de su "prodigiosa buena suerte" en las cartas para salir adelante.

— Es ahí enfrente — le sorprendió la voz del chico a su lado, amortiguada por la máscara.

El albino se quedó parado, mirando la tienda que le señalaba su nuevo y breve compañero. No tenía ni idea de qué era, pero al parecer estaba cerrada. Tampoco parecía haber nadie cerca, de lo que también debió darse cuenta el chico a su espalda al notar cómo se movía inquieto en su espalda. Frunció un poco el ceño con preocupación, preguntándose a dónde podrían ir o si lo mejor era esperar ahí con él. No tenía tiempo que perder, y lo que menos le convenía era quedarse parado en medio de la calle, tan cerca de donde estaba el barco.

Pese a eso, no iba a dejar solo al muchacho. Pero cuando fue a abrir la boca para calmar y alentar al menor se vio interrumpido antes de poder siquiera intentarlo.

— ¡Eeez! ¿Dónde te habías metido?

Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo hacia donde procedía la voz. Y ahí estaban tres hombres parados, llamando su atención. O más bien la del chiquillo a su espalda. No parecían llevar mucha cosa consigo, y por sus ropas y aspecto, Allen dudaba que la pequeña maleta que llevaba cada uno estuviera llena de dinero. Los tres, al igual que el rubio, estaban vestidos con ropas bastante usadas y simples que les quedaban holgadas. Se preguntaba si debían tener frío, en especial uno con gafas pasta, que iba directamente sin chaqueta.

Allen dejó al chico en el suelo, quien nada más bajar se acercó rápidamente a sus compañeros. Él, en cambio, no se decidió a moverse, prefiriendo mirar desde lejos. Al fin y al cabo el chico, Eeez si mal no había escuchado, ya estaba a salvo. Dudaba que esos dos tipos de antes volvieran a intentar meterse con él mientras estuviera con esos tres, por muy vagabundos que fueran. Le vio suavizar las facciones y su lenguaje corporal también se volvió más relajado estando en la compañía de esos hombres, mientras se decían algo que no alcanzaba a escuchar. Así estaba bien. Sabía que podía irse, y realmente debía hacerlo, cuanto antes mejor. Justo iba a darse la vuelta cuando se fijó en que la atención de uno se centró de repente en él.

— ¿A quién nos has traído, Eeez? — inquirió el que tenía los ojos clavados en él, el único que llevaba un gorro de lana, de color oscuro.

Se movió en el sitio cambiando el peso a la otra pierna, sintiéndose incómodo cuando todas las miradas se centraron súbitamente en él. Sonrió con dificultad, sin saber muy bien qué decir. ¿Y si pensaban que era alguien sospechoso? Tironeó conscientemente de la manga izquierda de su camisa, asegurándose de que su brazo estaba íntegramente oculto. No podía hacer nada con su pelo y su cicatriz, pero sí podía evitar que le vieran como una amenaza por ese feo brazo deforme. Tan concentrado estaba en esa tarea que dio un inevitable respingo al escuchar al de lentes gritar estupefacto.

A favor del albino, debía decir que no fue el único. Los otros tres compañeros también se sobresaltaron, preguntándole qué demonios le pasaba. Esto sólo le hizo sentirse más consciente de sí mismo, al verse analizado de pies a cabeza por ese hombre, quien sólo le observaba boquiabierto.

— ¿¡Tú…!? ¿Qué haces aquí?

Sintió cómo la sangre abandonaba su rostro y su cabeza empezaba a palpitar, escuchando unas sirenas de alarma retumbar en su interior. No podía saber que había escapado del barco, ¿verdad? Es decir, era absurdo. No podía tener tan mala suerte de toparse precisamente con uno que supiera quién era y que no debía estar ahí precisamente. Y si lo sabía, cuando él no le conocía de nada, era bastante seguro que conociera a Kanda y a Lavi.

No, no. No podía ser. No le sonaba de nada, y tampoco parecía ser alguien de la tripulación. Es decir, iba con esos dos hombres y el niño. Si él era de la tripulación, los otros también lo serían, y estaba seguro de que no había ningún chiquillo en el grupo. Dio un paso hacia atrás, casi imperceptible, dispuesto a salir corriendo si era necesario. No tenía pensado volver a ese barco. No al menos todavía, y mucho menos así.

— ¿Qué pasa, os conocéis? — escuchó decir al tercer hombre, rubio con el pelo lacio.

El joven quiso decir que no, pero no se atrevió. Sólo miraba fijamente al otro, no sabía si con desconfianza o con extrañeza, seguramente una mezcla de las dos. Estaba atento a todo lo que pasaba, como si alguien de la tripulación fuera a aparecer en cualquier momento, señalándole y gritando su nombre y paradero. Era absurdo, lo sabía, pero no se dejaría atrapar por una tontería así. De todos modos intentaba que no se notara su nerviosismo, porque entonces sí que sabrían que estaba ocultando algo. Por eso recompuso su perfecta sonrisa, girando la cabeza a un lado haciéndose el inocente. Era verdad que no le conocía de nada, por lo que tampoco era muy difícil fingir.

El otro, sin embargo, se veía contrariado. Se pasó una mano por los oscuros cabellos, retirándose los mechones del rostro. Así, Allen veía claramente la mueca de inquietud pintada en su rostro, como si se estuviera debatiendo contra algún dilema o conflicto interno. No entendía nada, pero al parecer eso era algo que compartía con el de lentes ya que su cara parecía decir que no entendía nada, aunque posiblemente fuera por razones completamente diferentes.

Fue entonces cuando una sutil voz interrumpió las cavilaciones y escrutinio entre los dos, adentrándose en la batalla de miradas que el inglés ni era consciente de haber comenzado. El más pequeño de todos llamó la atención del moreno en especial, tironeándole de la camisa.

— Unos hombres me quitaron tu regalo y él me ayudó a recuperarlo.

Allen les vio intercambiar miradas, aunque la del de las gafas se veía más perturbada incluso. Realmente estaba pasando algo raro, y sólo le confundió más el hecho de que el mayor de repente comenzara a reír, estallando en una carcajada que parecía más sonora por la reverberación en la vacía calle.

— Esto es interesante… — musitó el de lentes, intentando recuperarse de la risa.

¿Interesante? No veía nada de interesante al asunto, aunque el hombre parecía estar algo trastornado. Excepto Eeez, todos parecían pensar que se estaba comportando de forma incomprensible, lo cual no terminaba de decidir si era bueno o no. Siguió sin apartar la mirada del curioso hombre, pero éste parecía que se había aislado en sus pensamientos, llevándose distraídamente a la boca un cigarrillo que Allen ni se había dado cuenta que tenía.

Fuera como fuese, podía relajarse un poco. Al menos ahora sabía que no tendría que salir corriendo ni debían considerarle como sospechoso, no después de lo que había dicho Eeez. Los otros dos también decidieron dejar de prestar atención a su amigo, ignorando lo ocurrido, y volver a centrarse en el chiquillo de pelo blanco que tenían delante.

— Si lo que dice Eeez es cierto entonces nos gustaría agradecértelo.

— ¡Oh, no, no! No hace falta, de verdad — hizo una pausa, pensando que quizá sí que podrían ayudarle. Los otros, al ver que dudaba esperaron impacientes —. Aunque… si me pueden decir cómo puedo salir de este sitio sería de mucha ayuda.

Se miraron entre ellos, al parecer llegando a un silencioso acuerdo y a una misma decisión.

— Puedes venirte con nosotros — ofreció el de pelo lacio —. También tenemos algo de comida, si quieres.

Dicho eso, Allen no necesitó escuchar nada más.


Iban a morir. Sin ninguna duda, tal y como pintaban las cosas, todos morirían.

Lavi siempre pensó que moriría de una forma misteriosa que le haría más interesante. Un asesinato sin resolver. ¿No han muerto muchas personas importantes por asesinatos aparentemente inexplicables? O un misterioso e ilógico suicidio. Eso sí, esperaba que ocurriera ya bien entrado en edad. La verdad es que siendo el sucesor de Bookman tenía muchas posibilidades de morir como lo imaginaba, ya que había mucha gente hambrienta de conocimiento. Él obviamente se negaría a decir nada, a pesar de todas las torturas a las que pudiera ser sometido. Pero claro, ahora mismo estaba en la flor de la vida, y lo que menos le atraía era morir ya. Pero si no les mataba Komui, los mataría Kanda.

Sí, un Kanda rabioso y lívido.

Al menos sí que tenía posibilidades de morir asesinado.

No había pensado en que quizá no debería haberle dicho al oriental acerca de la desaparición de su amigo albino. Fue corriendo a advertirlo sin pensar en que ahora Kanda iría a reclamar su cabeza. Y como para no, se la acababa de poner en bandeja de plata. Sin duda no había caído en las consecuencias a las que le llevarían sus actos al correr frenético hacia la habitación de Lenalee.

Bookman no querría perder a su sucesor, pero tampoco podría hacer nada, pues Kanda era, a pesar de su carácter, un preciado exorcista. Como todos los demás, claro está, pero exorcista de todos modos. Bueno, quizá no como todos los demás, pero eso no venía al caso. El punto es que era uno de los que la Orden menos preferiría perder, por lo que no le caerían represalias muy duras. Pero él, Lavi, no tenía forma de librarse. De hecho, la mirada de Kanda al enterarse habría hecho que el Conde se enamorara de él por tanto odio acumulado.

"Eso sí que habría sido grotesco"

Sin embargo, lo mejor ahora era centrarse en Lenalee, quien parecía estar completamente perdida. Kanda había salido disparado hacia su camarote para asegurarse de que no era una broma de las suyas, y ahí estaban los dos, frente a la puerta del camarote de Kanda, sin saber qué hacer o qué decir.

Podía hacerse una idea de lo que pasaba por esa verdosa cabeza respecto a su amigo. No había estado llevando demasiado bien el estar separada de Allen, de eso se había dado cuenta hasta Kanda, el más denso de todos. Pero ahora debía estarse sintiendo sola, en un mundo completamente diferente del que creía haber estado viviendo todos esos años. Por eso era su deber esperar con ella fuera hasta que saliera el japonés de su escondrijo, como una forma de apoyo moral. Estaba seguro de que al entrar y ver que no estaba el menor decidió llamar a Komui, razón por la que se estaba demorando tanto.

Ya sabía lo que le diría, lo que estaba realmente esperando era que saliera y comenzara a dar órdenes. Lenalee debía de estar esperando lo mismo, al parecer metida profundamente en sus pensamientos. Y no era para menos. Él también estaba ligeramente preocupado por el estado del chiquillo. A saber qué estaba haciendo en ese momento. No le extrañaba lo ocurrido, de hecho se lo veía venir ya dado el estado de descontento en el que estaba el peliblanco, quien se lo había hecho saber en alguna de las múltiples conversaciones que habían compartido.

Aún así esperaba que no se atreviera a escapar en esta ciudad precisamente. Tenía sentido que lo hubiera intentado pues aún no estaba demasiado lejos de Inglaterra, pero este mismo barco venía de una misión no muy lejos de la costa, antes de ir a buscarles y tener otra batalla en el barco del que rescataron a esos dos. No podía asegurar que la zona fuera segura, menos para un exorcista. Y menos para uno sin experiencia, porque estaba seguro de que Kanda, siendo él, no se habría molestado ni en enseñarle cómo activar su inocencia en caso de necesidad.

Entonces volvía al tema de estar preocupado por Allen. Porque, hablando por experiencia, los akuma no eran los peores demonios con los que se podía encontrar en este mundo. Juntando a eso lo estúpidamente inocente que era el albino, esperaba que no llevara nada de dinero con él si no quería quedarse sin nada al poco rato. O quizá debería llevar, porque se podía hacer una idea de a qué recurrirían en caso de estar desesperados por tener algo que vender.

Lavi se pasó una mano por la cabeza, sintiendo un par de mechones enredarse entre sus dedos por los nudos. Retuvo un suspiro de exasperación, no queriendo complicarse de más pensando en las miles de posibles situaciones en las que Allen podría verse envuelto. Porque no serviría de ninguna ayuda.

Escuchó un chirrido y vio la puerta abrirse al fin, con Kanda saliendo de su camarote prácticamente desprendiendo ira por los poros. Podía jurar que fue capaz de hasta casi decir qué tipo de tacto tenía ese odio cuando pasó al lado de ellos dos, de lo compacto que era. Pasó sin decir una sola palabra ni mirarles, con zancadas rápidas y largas. Iba a hablar cuando Lenalee se le adelantó.

— ¿Qué fue lo que le hiciste?

Lavi clavó la mirada en ella, fijándose en su esbelta figura llena de firmeza. Al contrario de lo que pensaba, la chica habló tranquilamente, sin rompérsele la voz ni dejar escapar una pizca de tristeza o de ira. Sólo firmeza, y quizá resentimiento.

— Terminad de guardar las provisiones. Cuando hayáis terminado alzad el ancla y extended las velas — ordenó Kanda a todos en general, con una voz profunda, sin reparar en la chica.

Lenalee se acercó a él, seguramente en busca de respuestas, y esta vez no parecía que fuera a contentarse con una vaga. Se preguntaba de qué hablaron en su ausencia, porque la actitud de la chica parecía ser más segura de lo que era antes. O quizá era debido al coraje por la fuga del inglés.

— Responde, ¿por qué se ha ido Allen del barco? — le escuchó preguntar otra vez, más específicamente, tomándole esta vez del brazo en un intento de evitar que se vaya y la ignore — ¿Qué es lo que vas a hacer?

Lavi aprovechó la mirada de desprecio que le dirigió Kanda a la chica para acercarse él también e intentar ayudar a su compañera. Él también estaba ansioso de saber, de no ser así nunca habría decidido ser un Bookman.

— ¿Vamos a partir y dejar al chico atrás, Yuu?

La mirada de Kanda se dirigió entonces a él. Lo había dicho con un tono ligeramente burlón, pero completamente serio. Y el moreno lo sabía.

— Es su problema si ha decidido irse, no el mío.

Le vio soltarse bruscamente del agarre de Lenalee, y antes de que pudiera irse, volvió a hablarle.

— ¿A pesar de ir en contra de las órdenes de Komui?

Lenalee le miró con sorpresa. Seguramente aún no se había acostumbrado a la posición que ocupaba su hermano y la importancia de sus órdenes. Y eso que aún le faltaban cosas por saber. Había ciertos aspectos en los que quizá era realmente mejor vivir siendo ignorante. Pero él no era quien debía decidir eso respecto a los demás, menos cuando él mismo escogió el conocimiento por encima de sí mismo. Como ahora. Sabía que no era buena idea tocarle más la moral al japonés, pero era tan divertido. Más cuando le veía reaccionar, como ahora, que se había parado en seco maldiciendo en su idioma natal.

— Ese maldito supervisor sólo lo hace por joder.

Lavi ocultó una sonrisa. Ahora decidía cambiar de tema. Sabía que iban a ir a buscar al chico. Kanda debía obedecer quisiera o no. Y quizá sólo necesitaba una excusa para actuar.

— No te hagas el duro, Yuu. Todos sabemos que te mueres de la preocupación.

Una mordaza. Eso era lo que necesitaba. No sabía por qué tenía que decir eso sabiendo que le llevaría a su muerte. Además no podía borrar la sonrisa de su cara, como si su propio cuerpo quisiera tentar la paciencia del japonés. Por supuesto vio fuego en sus ojos, y sin llegar a ver sus movimientos ya se encontraba el chico delante suya, con un puño fuertemente cerrado alrededor del cuello de su camiseta. No es como si eso fuera a hacerle cambiar de opinión, porque ambos sabían que era verdad. Más o menos.

No quería decir que a Kanda le gustara a Allen (ni viceversa, a decir verdad), pero sabía que sí tenía un cierto interés por el inglés. Un interés un tanto destructivo, cabe decir, pero eso no quita el hecho de que no eran indiferentes el uno al otro. Realmente se preguntaba si Kanda habría sido capaz de irse de no ser por la orden de Komui. Seguramente por él sí, aunque no tenía caso pensar en ello, ya que si no hubiera sido por el supervisor, cualquier otra persona se lo habría impedido. No se hubieran ido sin Allen, en cualquier caso.

Todos sus pensamientos debieron verse reflejados en su ojo, enfrentando a Kanda sin poder borrar la sonrisa. Escuchaba de fondo hablar a Lenalee, seguramente pensando que lo último que necesitaban ahora era una pelea innecesaria. Y realmente tenía razón. Pero no tenía caso, sabía que Kanda estaba al límite de su nivel de cabreo, y mejor que lo pagara con él antes que con ella.

El moreno debió llegar a la misma conclusión de que una pelea ahora no era lo más adecuado, por lo que le soltó con un molesto chasquido. Lavi no pudo evitar ensanchar la sonrisa.

— No digas gilipolleces — le advirtió con una mirada furiosa, antes de volverle la espalda.

— ¿Estás bien? — escuchó decir a Lenalee a su lado, con voz preocupada.

— Bien, bien — le aseguró — ¡Sin problemas!

La chica dejó escapar un suspiro de alivio, para al segundo siguiente endurecer la mirada. El pelirrojo abrió el ojo con sorpresa, y anticipándose a lo que iba a venir, tragó saliva. Lenalee abrió la boca dispuesta a comenzar con la regañina, pero por suerte se vio interrumpida por Kanda, modificando las anteriores órdenes.

— Vosotros dos — indicó refiriéndose a dos buscadores que Lavi reconoció como Toma y Buzz, aunque no es como si Kanda supiera sus nombres, seguro —, recorred todos los alrededores. Con esas piernas cortas no habrá ido muy lejos. El resto continuad con las provisiones. Zarparemos en cuanto vuelva el imbécil — añadió lanzando una última mirada de advertencia a Lavi, quien le respondió con una amplia sonrisa.

— Pero... — musitó la chica — ¿Qué pasa con nosotros? ¿No vamos a ir a buscarle también?

Kanda desvió la mirada, y Lavi supo que se estaba conteniendo. Con qué, no estaba seguro, pero sí sabía que era un hecho. Sin el propósito de responder, se dirigió de nuevo a su camarote, donde estaba seguro de que despotricaría sobre todos. Lenalee, obviamente desconforme, quiso ir detrás de él pero entonces decidió intervenir. No consideraba que fuera lo más seguro ahora mismo, para nadie. Y la verdad es que quien tenía más que perder era Allen.

— Déjalo, Lena chan- le llamó, haciendo que se detuviera a medio camino —. Yuu tiene razón. No debe de estar lejos, y no es buena idea ir sin conocer el lugar. Tampoco podemos dejarte sola en el barco cuando aún no dominas la inocencia, en caso de que hubiera un ataque — le vio sonrojarse, sabía que la chica debía sentirse consciente de su propia impotencia. Lavi le sonrió tranquilizadoramente —. No te preocupes, seguro que el Moyashi está bien.

O al menos eso esperaba. No podía tener tan mala suerte, ¿no?


— ¡Escalera real! — exclamó dejando sus cartas al descubierto.

Allen les dedicó una suave sonrisa, observando con prudencia los rostros de los dos hombres. Poco a poco parecían asimilar que, en efecto, sus cartas formaban una inconfundible escalera real, desde el as de tréboles hasta el diez de ese mismo palo.

Sabía que sacar esta combinación era muy arriesgado, no hacía falta hacer cálculos para saber las pocas probabilidades que hay de tener estas cartas. Sin jugar sucio, por supuesto. Pero el inglés no podía evitarlo. No se jugaba nada, y esos dos cometieron el grave error de tomárselo con calma contra él, tomándole por un simple novato. Ya no era sólo el hecho de que hacer trampas era parte de su naturaleza, una acción ya casi involuntaria, sino que esta vez se lo estaban poniendo demasiado fácil, igual que hacía unas horas atrás. La tentación era alta, y Allen parecía tener cierta facilidad para dejarse llevar por ella.

Sin embargo, tenía que controlarse un poco, no debía olvidarse de que obviamente no debía empezar una pelea. Además, eran partidas amistosas, y así debía continuar, era lo mejor.

— Es…escalera…real — musitó uno de ellos.

— No me lo puedo creer… — comentó otro, llevándose la mano a la cabeza.

El albino siguió con su imperturbable sonrisa, recogiendo las cartas para volver a barajarlas. Sabía que habría otra partida, y como bien esperaba los otros no le indicaron lo contrario, a pesar de todas las manos perdidas y ropas arrebatadas, acumuladas en un pequeño montón junto a su orgullo hecho añicos. Aunque quizá es que aún estaban asimilando su enorme derrota. Era cierto que no se jugaba nada, no al menos metafóricamente hablando. Nunca perdería, de eso estaba seguro, y además ahora mismo sólo apostaba las pertenencias que esos hombres se habían jugado previamente. O antiguas pertenencias, mejor dicho.

Les observó hablar entre ellos, en murmullos. No alcanzaba a escuchar sus palabras, pero tampoco hacía falta. No había que ser un genio para saber que era obviamente de él de quien hablaban. Sólo por ponerlos más nerviosos y ver su reacción decidió comenzar a barajar las cartas de una forma bastante vistosa y profesional antes de cedérselas a Eeez para que repartiera a cada uno cinco cartas.

No podía negar los mucho que le gustaba ver las caras de todos con los que jugaba una vez se daban cuenta de que no era como aparentaba ser. Y después de todo fueron ellos quienes quisieron probar su habilidad tras escuchar la historia del chiquillo rubio. Tampoco tenía nada mejor que hacer mientras llegaban al siguiente pueblo, yendo en el carro que esos tres habían alquilado. Quizá debería descansar un poco, pero dadas sus circunstancias sabía que no podría pegar ojo, menos con el ruidoso traqueteo de las ruedas contra el irregular suelo. Además, así mantenía la mente ocupada en otras cosas, lejos de ciertas facciones asiáticas y de su culpabilidad por dejar a Lenalee detrás.

Resistió las ganas de fruncir el cejo, manteniendo su rostro impasible. Se descartó de tres cartas, haciéndose con otras dos. Antes de que se dieran cuenta se habría deslizado una de sus cartas por su manga y los otros pensarían que de momento sólo tendría una pareja. Sabía que era un truco de lo más básico, aunque por eso le gustaba usarlo, en especial con principiantes. Recordaba que la última vez que usó ese truco, en cambio, le pillaron enseguida. Pero era de Madre de quien estaba hablando al fin y al cabo. Estos eran como unos niños pequeños en comparación. Tan fácil como robar un caramelo.

Eso de que ganar o perder a las cartas era cuestión de suerte era un pensamiento absolutamente infantil, y él mismo había aprendido esa lección antes de lo que quizá debería. Pero la realidad era que el resultado de una partida de cartas era algo inevitable. En especial en póquer, y más una en la que él participase. La vida era igual, al fin y al cabo eso era lo que le empujó a perfeccionar sus habilidades, sin darse cuenta de que al mismo tiempo estaba aprendido lo que era la vida en sí. Si tenía que fiarse de su propia suerte no llegaría muy lejos. Por desgracia Dios no parecía haberle querido otorgar ese don, por lo que debía trabajar por sí mismo sin depender de nadie más. Ni siquiera de Ese que proclamaban que era todopoderoso.

El albino sabía que la gente podría decir que este era su lado oscuro, pero aunque no lo negara sabía que no era así. No tenía caso el hacerles ver lo contrario, ya que eso era precisamente lo que él quería que pensasen. Sólo Mana sabía que este lado suyo era su auténtica personalidad, la de un niño respondón y malhablado, tramposo y con mal genio. Un chiquillo que no debía mostrarse ante los demás, oculto por esa máscara que él mismo se había creado casi sin darse cuenta. Aunque ni él sabría decir si era algo que se obligaba a mantener o si por el contrario ya formaba parte de él. El hablar tal y como lo hacía Mana.

— ¡Call! — escuchó exclamar al hombre de las gafas, dando por finalizada la partida. Vio un destello brillar a través de los cristales, lo que le hizo saber que sus ojos debían brillar con anticipada emoción. — ¡Trío!

Efectivamente, mostró las cartas revelando un perfecto trío: Qd-Qt-Qc-5c-Ap.

Tsk, maldita sea… — musitó el otro hombre, dejando caer con resignación sus cartas, dejando ver una pareja: Kp-Jd-9c-4p-4d. Aún así, dibujó una larga sonrisa sabiendo que su compañero había ganado en su lugar. O al menos eso era lo que pensaban, hasta que Allen les interrumpió al verles extender las manos para recuperar sus pertenencias.

Full House.

Los dos hombres centraron su vista en él con los ojos como platos, concentrándose en las cartas que les mostró: Kt-Kd-Kc-7d-7p. Allen reprimió las ganas de sonreír más ampliamente al verles gritar con exasperación, tirando las cartas al aire. Eeez, a un lado, ni dijo nada ni se mostró sorprendido esta vez. Debió de darse cuenta del error que cometieron sus amigos al tomarle a la ligera.

— ¡No me lo puedo creer! ¡Pensé que ésta sería la nuestra!

Eh, ¿ya habéis terminado de hacer el ridículo? — interrumpió el tercer hombre, asomando su rubia cabeza desde el asiento del conductor.

— Como si tú no hubieras perdido antes… — le recordó con un tono de reproche el moreno con gafas, sacando un cigarrillo y llevándoselo a la boca, aunque sin encenderlo. Debía de estar siendo considerado con el menor del grupo al estar dentro del carro, a pesar de que su cuerpo seguramente estaría reclamando su dosis de nicotina.

Bah, venía a avisaros de que dentro de poco va-

Si llegó a terminar la frase o no era algo que a Allen no le quedó muy claro, pero tampoco era algo que le importase mucho en ese momento. Por alguna razón el carro tembló débilmente mientras se escuchaba de fondo un ruido muy fuerte similar al de una explosión. Fue una sola, pero fue suficiente para llamar la atención de los cinco, quienes salieron para mirar desde fuera qué había pasado.

Miró a su alrededor hasta que dio con el lugar, observando una cortina de humo oscura que se formaba cada vez mayor, ascendiendo al cielo. Frunció el cejo con preocupación, eso estaba demasiado cerca de ellos. Resonó otra explosión, en un punto diferente pero centrado en el mismo lugar.

— Parece que ese pueblo está siendo atacado… — musitó el del gorro de lana.

— ¿Atacado? ¡Pero si no hay absolutamente nada! ¿No será un accidente? — replicó el rubio, receloso. No parecía estar muy seguro de sus palabras, y obviamente Allen sabía que eso no debía tratarse de un accidente, lo cual quedó claro cuando a esas dos explosiones les siguieron otras dos, de nuevo en puntos distintos.

— Esto es problemático… — dijo como para sí mismo el de las gafas, espirando el humo de su cigarrillo, ahora sí encendido. Eeez a su lado le observaba con intriga, y no era de extrañar ya que parecía ser el único no preocupado —. Será mejor irnos, estamos demasiado cerca.

— Sí, mejor no involucrarnos… — acordó el rubio, el cual parecía estar más intranquilo que los demás.

Les vio darse la vuelta para volver al carro, pero Allen en vez de moverse volvió la mirada al pueblo ese. Ya había visto ese tipo de explosiones antes, cómo olvidarlo. No era para nada un accidente, debían ser esas cosas otra vez. Akuma. Sólo recordar el nombre le provocaba un vacío en el estómago y un cosquilleo en su brazo izquierdo. Cerró los puños con fuerza al mismo tiempo que ocurría otra explosión. Sabía que no habría uno solo, ni dos o tres. Todas esas explosiones indicaban que habría varios de ellos. Y si había tantos quizá estaban esas personas de nuevo. La familia Noé.

El moreno tenía razón, lo más sensato era irse lo antes posible. No sólo por el peligro, sino porque sabía que si iba le matarían. No sería la primera vez que lo intentaban, y aún recordaba el cuerpo de Tim hecho cenizas en la madera. Ir sería un suicidio. Si supiera utilizar su inocencia todavía tendría posibilidades, pero no así. Además, el humo se extendía bien alto por segundos, seguro que los del barco podrían verlo desde allí, pese a la distancia. Ellos vendrían a combatir, por lo que no debía preocuparse. No al menos por deshacerse de los akuma, porque él por su parte corría peligro. Si Kanda y Lavi aparecían sabía que no tendría forma de volver a escapar una vez le vieran.

Debían irse ahora.

Debía ser discreto y mantenerse alejado de los problemas.

Debía-

— ¡Argh…!

Su ojo izquierdo reaccionó, activándose. Se llevó rápidamente una mano al ojo, ocultándolo de la vista de los otros. Le dolía bastante, y supo lo que eso significaba.

— ¿Estás bien, chico?

Allen le ignoró. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Por qué dudaba? Sabía lo que era ser atacado por los akuma, la impotencia, el dolor y el miedo. En ese pueblo había gente sufriendo, muriendo en este mismo instante, mientras él sólo se mantenía ahí de pie, pensando en irse y en abandonar a los demás. Él, al contrario de los habitantes de ahí, tenía un arma con la que defenderse. Puede que no supiera utilizarla aún, pero era mucho más de lo que ellos tenían, algo que desearían tener. Y en cambio, mientras se derramaba sangre inocente, él estaba ahí. Sin salvar a nadie, ni a los akuma ni a los humanos, sólo a sí mismo.

De verdad, ¿qué estaba haciendo?

¿Para qué vivía?

Fue culpa suya lo que le pasó a Mana, por eso le maldijo, por eso le castigó con ver las pobres almas dentro de esas armas del Conde. Por eso ahora le estaba recordando qué era lo que realmente debía hacer. Debía redimirse, salvar a aquellos akuma que se lo suplicaban y no tenían a nadie más para auxiliarles, invisibles al resto. Era su deber. Su vida. Su redención. Aunque supiera que nunca obtendría el perdón, algo con lo que estaba conforme. No quería ningún perdón por lo que había hecho, pero debía cumplir con su promesa a Mana, debía continuar adelante. Y eso era lo que tenía ahora delante de sus ojos, su nuevo camino.

Sabía lo que pasaría si iba, claro que lo sabía. Pero nada de eso importaba ya.

— Chico, ¿nos vamos?

Allen se giró, con el ojo aún oculto, encarando a los cuatro que habían sido sus breves compañeros de viaje. Ahora ya sabía lo que iba a hacer, cuál era su deber y propósito en la vida. No había marcha atrás.

Aunque todo el mundo pensase que era una locura.

E incluso si le costaba la vida.

Porque era un exorcista.


Nada. No había ni una pista de dónde se había metido el maldito idiota ese. No podía creérselo. Es decir, ¿qué tan inútiles podían ser esos dos buscadores? Era imposible que un crío con el pelo blanco, media cara cruzada por una cicatriz y un brazo deforme pudiera pasar totalmente desapercibido. Alguien tenía que haberle visto, y el lugar tampoco era tan grande. A no ser que se hubiera ido de ahí ya. No, aún así alguna pista tenía que haber.

— Volved a buscar — ordenó a los dos hombres frente suya, y sin dejar lugar a réplicas se dio la vuelta para irse. Les escuchó decir algo ininteligible a sus espaldas, pero de seguro que sólo se estaban quejando. Lo mejor era no tocarle mucho los huevos, porque se estaba rifando un vuelo por la borda, directo al mar, y desde hacía ya bastante rato.

Se volvió a encerrar en el camarote, dejándose caer pesadamente sobre la cama y fijando su furioso ceño fruncido en el techo. De verdad que no podía creer lo que le estaba pasando. Era el típico día en el que una persona piensa en que lo mejor habría sido no levantarse, pues lo único que parecía tener era mala suerte. Aunque claro, Kanda no era una persona con un razonamiento que se pudiera comparar y definir como parecido al de otras personas. Lo único que se le pasaba por la cabeza eran formas de castigar al enclenque y evitar otras futuras huidas.

Aún no podía activar la inocencia, así que no descartaba la opción de tenerle atado. Quizá es lo que debería de haber hecho desde un principio. Todavía estaba averiguando cómo demonios había conseguido irse si siempre que le dejaba solo le cerraba la puerta con llave, la cual no había perdido de vista. Y además, se había ido sin ser visto por nadie. Sin duda había subestimado al inglés, pero a decir verdad tampoco se había esperado que se fuera sin la chica a la que tanto proclamaba querer proteger. Esperaría a poder irse con ella, o poder volver y así huir juntos.

Qué asquerosamente trágico.

También podía estar pensando en pedir ayuda para "rescatarla". Sea cual fuese la idea, el mocoso también le estaba subestimando. De acuerdo, era culpa suya que hubiera podido escaparse, pero eso no seguiría así por mucho más tiempo. O ese era el plan inicial, de no ser porque la panda de inútiles a los que había encomendado su búsqueda llevaba todo el día detrás de alguna pista y aún no le habían visto ni el pelo. Literal.

¿Qué más podía pasar ahora? Si tuviera al imbécil delante ahora mismo le estaría haciendo una lista innombrable de cosas que harían que se arrepintiera de haberse ido. Sin duda, cuando le pusiera las manos encima le iba a quitar todas las ganas de volver a intentarlo en el futuro.

Lo que más le molestaba no era el que se hubiera ido. De hecho, en cierta forma le aliviaba. El mocoso no era más que un dolor en el culo, y podría decirse que con su huída le había cedido la victoria a Kanda. Lo único que hacía era joder con sus pensamientos, hablando de gilipolleces idealistas que sólo le ponían enfermo y agravaban su odio hacia la humanidad. El albino no debía de tener ni zorra idea del mundo, o no hablaría ni pensaría de esa forma tan jodidamente empalagosa y falsa. Y cuanto más hablaba, mayor se hacía la mentira. Aunque para el niñato no lo fuera.

Esa era la diferencia: Allen aún tenía fe en la humanidad, Kanda no.

Y ese contraste de opinión era algo que no podía soportar. Una parte suya le decía que tenía que enseñarle la verdad oculta de la gente, mientras que otra parte suya decía: "Que le jodan". Así, sin el problema, mucho mejor. Por eso lo que le jodía no era el hecho de que no estuviera. Lo que realmente le tocaba los cojones y le hacía hervir la sangre era el hecho de que hubiera podido y él no se lo hubiera visto venir. Sí, podía haberse rendido, pero le había ganado en ese otro sentido, dándole el esquinazo; y eso era algo que no podía permitir.

"Todos sabemos que te mueres de la preocupación."

Jodido conejo. De lo que se moría de ganas era de degollarle. Casi sentía a Mugen palpitar a su lado y todo, coincidiendo con él. Cuanto antes le encontraran, antes podía ponerle las manos encima y decirle: "¿Cuánto tiempo creías que iba a tardar en encontrarte, Moyashi?". Pero los ineptos esos no le encontraban. Iría él mismo a buscarle y traerle de los pelos, pero no podía. Sería incluso mucho peor el hecho de que el inglés volviera a buscar a la pesada de las botas mientras él no estaba y se fueran los dos. Lo que le faltaba ya.

Ni muerto iba a dejar que eso pasara.

— ¡Kanda!

Maldijo en alto, viendo la puerta abrirse con un sonoro golpe seco. Cerró los ojos con fuerza. De verdad que quería que todos se fueran a la mierda. A tomar por culo ya. Estaba claro que iban a ser malas noticias. Sí, no es novedad que cierto pelirrojo entre en su camarote sin avisar y dando un portazo, lo raro era que no viniera con ganas de joder. No al menos con alevosía.

— ¿Qué coño pasa ahora? — gruñó llevándose una mano a la sien, notando un palpitante e incipiente dolor de cabeza. Sólo tenía ganas de estar tumbado hasta que el enano volviera y pudiera matarlo con las manos desnudas.

— Hay problemas.

Por supuesto. Cómo no. Kanda gruñó por lo bajo, sin moverse un ápice, esperando a que el otro hablara, pero no decía nada más. Sabía que estaba ahí sin necesidad de mirar, así que estaría esperando que le respondiera algo. ¿De verdad tenía que mirarle para que hablara? Molesto.

— ¿Y a qué mierda esperas para hablar? — replicó al fin.

— Tienes que venir a verlo.

"Joder". No supo si lo dijo en alto o si sólo lo pensó para sí mismo, pero sin duda alguna esa palabra se reflejó por toda su cara mientras se levantaba bruscamente. No tenía ganas de que le hostigaran más, y supuso que, por la ausencia del característico tono bromista en la voz del conejo, el tema era serio. Eso no quitaba el hecho de que Kanda pudiera maldecir a todos los dioses. Ojalá no se lo tuvieran muy en cuenta, aunque cualquiera aseguraría que ese no era el caso debido al día de perros que llevaba. Lo mejor era acabar con todo, cuanto antes mejor.

— ¿Qué demonios pasa? — masculló mientras salían afuera. Sólo esperaba que todo esto no fuera una broma, o en ese mismo momento echaría a todo el mundo del barco y partiría él solo.

— Pues… quizá no tenga nada que ver pero… no, seguramente sí, por eso están todos inquietos — respondió, o más bien meditó en alto Lavi.

— ¿De qué mierda hablas? — replicó el japonés. Nada de lo que decía tenía sentido para él. Para eso habría sido mejor no preguntar, ni responder.

— Mira allí — le vio indicar un punto en el horizonte según salían a cubierta.

Había mucha gente reunida en esa zona, en el lado que Lavi le acababa de señalar. Todos parecían estar asomándose por la borda a mirar, entre un suave murmullo de desasosiego. En cuanto retumbaron sus pasos en la madera todos se giraron hacia ellos dos, centrando toda su atención en Kanda, quien sólo acrecentó su ceño fruncido dando largas zancadas. Vio a uno de los buscadores acercarse a él apresuradamente, frenético, intentando buscar las palabras adecuadas.

— ¡Kanda dono! — Según se acercaba se fijó en que era un buscador con vendas en la boca y la capucha del uniforme puesta. Si mal no recordaba, era uno a los que les había encargado la tarea de buscar al inglés —. La gente en el pueblo empezó a comentar algo de unas explosiones, así que volv-

— Y tú qué coño haces aquí — le interrumpió con voz grave, reteniendo su ira. Ahora todos parecían hacer lo que les salía de los cojones, sin hacerle ni puto caso. Kami sama, lo que agradecería que aparecieran unos akuma para tener una excusa y poder matar antes de tomarlo con los de la tripulación. Vio al buscador dudar por unos momentos, seguramente tomado desprevenido por Kanda refunfuñando sin darle oportunidad a explicarse.

— Mira hacia allí, Yuu — repitió el pelirrojo interviniendo, volviendo a indicar la zona a la que debía mirar.

Kanda decidió ignorar al buscador dirigiéndose al borde. Escuchó a varios llamarle, pero decidió ignorarles también. No le hizo mucha falta buscar, ya que era fácil distinguir un poco en la lejanía una nube de humo ascendiendo, de un color gris oscuro casi negro. Fuego, y uno muy reciente. Además, fuera lo que fuera, seguía ardiendo. Se podían incluso distinguir destellos más a ras del suelo, como si hubiera una serie de explosiones. Unas que aseguraba conocer demasiado bien.

— ¡Tenemos que ir! ¡Allen kun podría estar allí! — exclamó Lenalee a su lado, preocupada. No se había dado cuenta de que la chica estaba ahí, aunque era lógico que estuviera.

Sin embargo, en vez de mirarla a ella, fijó su vista en Lavi, quien parecía estar pensando lo mismo que él, pero esperando su respuesta.

Sopesando las probabilidades, no parecían ser muy favorables. No al menos para cierta persona. Ambos sabían que ese fuego no era casual, sino que era debido a los akuma. La razón por la que había explosiones debía ser por una batalla, eso era seguro. Ahora, nada les aseguraba que el chico pudiera estar involucrado en ella, y si realmente lo estaba, lo más seguro era que ya estuviera muerto, caído con el primer ataque. En cambio, las posibilidades de que hubiera un Noé sí que eran muy altas. No era como si no estuviera deseando patear el culo de alguno de esos seguidores del conde, pero debía pensar fríamente, sin dejarse llevar.

Miró a la chica, quien le mantuvo la mirada seria. Su misión como exorcista, en teoría, era matar a los akuma, pero no en esta ocasión. Sí, su deber seguía siendo el mismo, pero en esta ocasión le habían ordenado delegarlo a un puesto secundario, priorizando la misión de proteger a esa niña mimada. Si ella era el corazón, el Conde iría a por ella de cabeza, y por la cercanía de los akuma lo más seguro es que estuvieran detrás suya. No deberían haber parado en ese puerto, estaba cerca de la anterior batalla y obviamente había sido muy fácil rastrearlos.

Ahora no podía permitirse el arriesgar a la china por la posibilidad de encontrar un cadáver.

— Fin del descanso. Partimos ya.

Esta vez ninguno de los buscadores parecía estar en contra de sus órdenes ni se demoraron en obedecer, todos sabiendo lo que debían hacer. Era obvio que todos eran una panda de cobardes que sabían que si iban a la batalla, tendrían muchas posibilidades de morir. Lavi tampoco dijo nada. Se limitó a asentir sin un asomo de sonrisa en la cara. No obstante, tal y como ya veía venir, la chica no estaba nada dispuesta a obedecer.

— ¡No! — gritó deteniendo a todos, sin importarle toda la atención que se estaba enfocando en ella. Se veía la furia reflejada en sus ojos y en sus encendidas mejillas, pero Kanda no iba a ceder — ¡No nos vamos! ¡Allen kun podría estar allí, no nos iremos sin él!

— Mira, mocosa malcriada — siseó Kanda sin poder contenerse, plantándose frente suya. Aún así resistió las ganas de agarrarla del cuello del vestido, cerrando con fuerza los puños a sus lados. No debía olvidar que era una chica, más aún la hermana del supervisor. No quería ni imaginar lo que le vendría jodiendo por hablarle así, ni hablar entonces si la tratara con brusquedad —. Mi misión es mantenerte a salvo. Me importa una mierda lo que quieras, no arriesgaré tu vida por los restos de un maldito fiambre.

Claro y directo. Eso era todo lo que había, le gustara o no. No le estaba pidiendo ni su opinión ni su consejo, era algo que ya estaba decidido, y la chica lo sabía. Quizá por eso mismo sus ojos brillaron rabiosos. Hasta que una chispa de entendimiento y decisión cruzó por su cara. Le sonrió presuntuosa, pero Kanda no cambió su expresión. No le importaba que armara un escándalo, montara una pataleta o decidiera amenazarle. Si acaso intentaba escapar sabía que no podría, ya que estaba acorralada.

— ¿Así que tu misión es protegerme y no cambiarás de opinión? ¿De verdad crees que te saldrás con la tuya? — preguntó con un deje entre desafiante e insolente en la voz. Lenalee se alejó andando hacia atrás, sin dejar de encararse a Kanda. Este no dijo nada, pero sí frunció más el entrecejo, desconcertado. Por alguna razón no le gustaba a donde estaba yendo esto.

— ¡Lena chan! ¡No! — exclamó el pelirrojo detrás suyo. Kanda le miró perplejo. ¿Qué demonios le pasaba? Le vio dirigirse hacia ella rápidamente, intentando detenerla. ¿De hacer qué? No tardó mucho en averiguarlo al volver la vista a la chica y ver cómo activaba su inocencia. No le dio casi tiempo a reaccionar cuando la chica se le adelantó.

— Intenta detenerme entonces — fue lo último que dijo antes de dar una patada al suelo y alejarse con un relámpago verde resplandeciente tras de sí.

Estaba jodido, pensó mientras perdía de vista el haz verde y escuchaba al conejo y a otros gritar el nombre de la china. Sabía que se la había jugado, pero no esperaba que la chica hubiera podido dominar su inocencia en los días que llevaban ahí. ¡Ni esperaba que pudiera activarla! Cómo iba a pensar entonces que iba a saber incluso utilizarla. Puta mierda. Cagada enorme. Sabía que era su culpa, otra vez, y ahora sí que no les quedaba de otra más que ir. ¿Pero cómo demonios iba a llegar allí si no sabían ni dónde era? La chica podría ver desde arriba, pero ellos obviamente no.

— ¡Joder! — profirió dando un puñetazo a la barandilla, sintiendo la madera astillarse bajo su puño. Sintió un agudo dolor en uno de sus dedos, y desvió la mirada al ver una esquirla incrustada en la piel. Jodidamente perfecto. Por alguna razón no pudo evitar pensar en el condenado Moyashi y en su puto golem, quien parecía tener un fetiche enfermizo por morderle las manos. Todo era culpa de ese imbécil, si no se hubiera ido nada de esto estaría pasando. Ya llevarían más de medio día navegando, de no ser porque-

Un momento.

— Coño, cómo no lo pensaron antes esos inútiles.

— ¿Eh?

Kanda casi había olvidado que Lavi estaba a su lado, aún aturdido por la huida de la chica. Fue entonces cuando reparó en la inocencia del chico, la cual colgaba a un lado de su cintura. Maldijo internamente. Debía ser un genio, pero no le hacía ni puñetera gracia. Al menos miraría el lado positivo: dentro de poco podría descargar la mayor parte de su ira en una prometedora batalla.

— El golem del idiota nos debería llevar hasta él, ¿no? — reflexionó haciéndole partícipe al otro de su plan—. Voy a por él, cuando vuelva ten ese trasto preparado.

Lavi desvió la vista a su inocencia, captando de inmediato la idea. Kanda atinó a captar una radiante sonrisa antes de dirigirse rápidamente a su camarote para liberar a la detestable bola dorada. Sólo esperaba que el niñato estuviera a donde se dirigía la china, ya fuera vivo o muerto.

~Continuará~

Nota final: ¿Soy la única a la que le hace gracia el imaginar a Kanda en la borda con el pelo al viento y todo lo orgulloso de estar completamente solo en el barco? Tipo: "Hmph, debería de haberles echado antes". Y a los demás de fondo, en la bahía, gritándole: "¡BaKanda, imbécil! ¡Quién te va a hacer soba ahora!" "¡Yuu, que no sabes leer el mapa!" "¡Kanda, más te vale volver!" "¡Kanda dono…!" -sonrisa- ¿Soy la única?

Por cierto, por si las dudas, nunca he jugado al póquer. He tenido que "estudiar" para poder escribir eso, y aún así es más complicado de lo que creía. Lo siento si hay alguien que sepa y he escrito algo mal -sudor frío- De todos modos, aquí tenéis la correspondencia de lo que puse:

Qd-Qt-Qc-5c-Ap: Reina de diamantes, Reina de tréboles, Reina de corazones, Cinco de corazones y As de picas.

Kp-Jd-9c-4p-4d: Rey de picas, Jota (o Jack, como prefiráis) de diamantes, Nueve de corazones, Cuatro de picas y Cuatro de diamantes.

Kt-Kd-Kc-7d-7p: Rey de tréboles, Rey de diamantes, Rey de corazones, Siete de diamantes y Siete de picas.

También, Kami sama es Dios, just in case.

Con esto, ya doy por terminado el capítulo. Espero que os haya gustado, si queréis mandarme mensajes de odio o de amor ya sabéis, ¡reviews! Es gratis y podéis despotricar… ¡o animarme, preferiblemente!

¨Nishi¨