Notas: ¡Hola a todos! Esta vez no he tardado tanto en subir el nuevo capítulo, ¿eh? ¿verdad? ˗sonrojo˗ También me ha quedado un poco más corto que el anterior, espero que no os importe. Me puse estos días en serio para celebrar el regreso de D Gray (¿Soy la única que se ha quedado todo lo loca con ese cap. 219? Ya veré si lo puedo adaptar o si seguiré con mi idea original para este amado parásito mío, ay), así que, ¡espero que os guste!
Advertencias del cap.: Poco Yullen (para mí esa es una advertencia bastante importante ˗risa˗), aunque espero que esto cambie en el siguiente cap. Por lo demás ya sabéis, algún spoiler (nada serio, aunque vuelvo a hacer una muy leve mención a una de las novelas, en esta ocasión al capítulo dos de Fragmentos perdidos en la nieve), cambios de POV, OOC, Allen noob (y culpándose continuamente, así que… ¡sí, angst!) y un Kanda cabreado.
Ah, y no sé francés. Les pedí ayuda a unas amigas que sí estudiaron, pero no son nativas. Si está mal escrito, ¡os pido perdón y que me lo hagáis saber! Además, lo que escriba en otros idiomas lo dejaré sin traducir, ya que el pobre Allen tampoco lo entiende, y así nos solidarizamos con él ˗risa˗ Podéis usar el traductor de Google o algo así si os morís de la curiosidad, though!
DISCLAIMER: D Gray˗man no me pertenece. Es de Hoshino Katsura, y si yo fuera ella no sólo el Yullen ya sería oficinal (como no me cansaré de decir), sino que no estaría rompiéndome la cabeza con qué demonios va a pasar ahora en el manga.
Discípulo del pecado
9. Aprendiendo a errar
"Ya sabes que fui yo quien se comió el bollo de Adèle. Seguramente ella también lo sepa, pero no ha sido capaz de regañarme. Ella sí que se merece más que yo el que la escuches. Pero por favor, debes curar a mamá. Si ella no está, Adèle estará sola, por eso, Dios˗"
— ¿Lys?
La chica abrió los ojos, sorprendida por esa voz a su espalda. Ya sabía quién era sin necesidad de girarse, por lo que no se movió. Era la razón por la que estaba ahí rezando. La razón por la que estaba arrodillada frente al altar de la Iglesia, hablando a alguien que no sabía si estaría escuchando su petición. La misma razón por la que había la había desobedecido y había ido sola. Su hermana mayor.
Adèle ya debía saber que era una niña mala, porque sólo se acordaba de Dios cuando lo necesitaba. Por eso su madre siempre le decía que era una "enterisada" o algo así. Una insolente que iría al infierno.
Reprimió un escalofrío de sólo pensar en esa palabra. Ese terrorífico lugar al que nadie querría ir y al que era tan fácil de acceder.
Nadie la conocía mejor que Adèle, así que seguramente sabía que si estaba ahí, a pesar de que no debía, era por algo importante. Por eso no insistiría. Lys escuchó los suaves pasos resonar por todo el frío lugar. Tuvo la hermosa idea de que con cada paso que daba iba dando color y calidez al lugar, extendiéndose por el sonido que provocaban sus zapatos contra el pavimento. Como pequeñas luces doradas elevándose al cielo. Parecido a las luciérnagas que tanto le gustaban.
Le escuchó sentarse a su lado, esperando pacientemente a que terminara. Tuvo que pensar unos minutos por dónde se había quedado, pero como no podía recordarlo bien decidió seguir sin más.
"La cosa es que mamá está muy enferma. Ella misma dice que está bien pedir por uno mismo, pero que cuando se pide por otros el deseo es más fuerte. Esta vez no pido por mí, ni siquiera tendré en cuenta el que la última vez no me escucharas si en esta ocasión me haces este favor. Así que, por favor, no nos separes. Es regañona y exigente, seguramente no la necesitas aún a tu lado, por eso permítenos tenerla más entre nosotros. A cambio…"
¿Cómo seguía? Había una palabra que su pequeña familia decía mucho cuando rezaban…
—Adèle... ¿Cómo se decía eso de... algo como sacrificarse en favor de Dios? —susurró intentando no molestar a los demás.
— ¿Eh? Pues... No es que tenga mucho sentido eso de˗ ah, espera, ¿dices hacer penitencia?
— ¡Sí, eso!
— ¿Para qué querías saber eso? Lys... —su tono de voz cambió a uno como de advertencia —. Deberías saber ya que hay que tener cuidado con lo que se dice...
Pero la niña ya no estaba escuchando, y aunque lo hubiera hecho no habría respondido de todos modos. Su hermana no tenía por qué saberlo, si estuviera al tanto suspiraría como si fuera tonta e intentaría hacerla entrar en razón. Pero daba igual lo que dijera, aún si dicho Dios no existía valía la pena intentarlo. Sólo por si acaso.
Si en su casa la escucharan decir eso en alto montarían tal escándalo que no querría volver a poner un pie en la calle de la vergüenza que pasaría. La llamarían hereje, o algo similar.
Aunque aún no supiera muy bien lo que significaba sí que llegaba a entender que era algo muy malo. Esa gente moría con mucho dolor y se iban al infierno, o algo así le habían dicho. Ella tampoco comprendía muy bien de dónde venía esa idea, ya que, según ella, si esas personas eran 'herejes' lo serían por algo, ¿no? Quizá Dios tiene hijos favoritos y a otros los tiene más abandonados, y por eso dudan de Él. Si era así (cosa que veía normal ya que es algo que en todas las familias pasa), estaba segura de que ella sería de ese grupo de hijos olvidados. Al igual que en la suya.
Dándose cuenta de que se había empezado a ir por las ramas, la chiquilla decidió dejarlo ahí. Dios ya debería saber lo que quería sin necesidad de decírselo o de rezarle, así que ¿para qué tanta insistencia? ¿Que acaso no era Todopoderoso? También podría ser un invento de la gente, como ese de que si tiras una moneda a un pozo se te cumple un deseo.
Ahogó una risilla al imaginar a Dios todo desesperado, en su espléndido trono del cielo, exclamando un "¡No sé por qué creen que puedo hacer cualquier cosa! Sólo decidí crear el mundo porque me aburría, ¡y ahora todos se piensan que puedo hacer lo que se me venga en gana!"
— ¿Ya has terminado? —inquirió su hermana al ver que efectivamente se estaba distrayendo de su tarea inicial.
Solo respondió con un movimiento de cabeza, aún batallando con esa rebelde sonrisa. No tenía de qué preocuparse, sabía que Dios no la separaría de su familia. Por eso se levantó resuelta, dispuesta a irse, no sin antes hacer rápidamente la señal de la cruz, tal y como le había tenido que recordar su hermana con voz suave.
Le tomó de la mano susurrando un dejado "Amén".
Su hermana también se despidió de Dios haciendo una gran cruz sobre su cabeza y pecho, dibujados en el aire. Si mal no recordaba lo llamaba persignarse (1), y seguidamente lo acompañó con una genuflexión. Lys le vio mover los labios, murmurando algo que no alcanzó a escuchar, pero no le dio importancia. Salieron en silencio, sin querer perturbar a los creyentes que estaban concentrados en sus quehaceres cristianos.
La niña soltó la mano que la tenía sujeta, adelantándose con premura a la salida. Imaginaba que mucha gente se sentía bien al ir a la Iglesia, quizá ella también debería sentirse así, pero a decir verdad lo que más le gustaba de ir era precisamente el irse. Ahí dentro se sentía encerrada, aprisionada. El ambiente era raro, y el olor a incienso estaba tan concentrado como agarrotado entre esos cuatro muros. Por eso cada vez que abría las puertas y veía el exterior se sentía más viva que nunca. Los rayos del sol brillaban con más intensidad, dándole una cálida bienvenida. Incluso respiraba mejor, rodeada de oxígeno. Por eso estiró los brazos tomando una larga bocanada de aire, como intentando abarcar el mundo con todo su pequeño cuerpo.
Se giró para observar a Adèle, quien cerraba la puerta de la parroquia con cuidado, y no pudo retener una jovial risotada. Dio un par de giros, como si alguien invisible para los demás la hiciera girar en un alegre arrebato.
—Pareces más animada de lo que me imaginaba —comentó la mayor, caminando hasta su lado.
— ¡Sí! Porque esta vez Dios me ha hecho una promesa.
— ¿Oh? Pensaba que estabas enfadada con Él por n˗
— ¡Ahh! ¡Mira! ¡Ese nubarrón tiene forma de estrella! —interrumpió la niña, señalando un punto en el cielo con su pequeño dedo.
— Hmph, vale, vale. Cuidado con las escaleras, mira por dónde andas —le reprendió con preocupación, tomándole del brazo de todos modos— ¿Y qué es lo que te ha prometido?
— ¿Eh? ¡Eso es secreto! Si te lo cuento no se cumplirá —argumentó, prestando atención a medias, aún concentrada en mirar al cielo—. Pero mira, hay algo ahí que brilla.
— ¿Eso no pasa sólo con los deseos? Si es una promesa no pasa nada —sonrió, decidiendo dejar el tema y mirar a lo que indicaba la menor— ¿Qué es eso?
Ambas se detuvieron, concentradas en mirar la luz, la cual parecía cada vez mayor.
— ¡Es una estrella fugaz! ¡Viene hacia aquí! —exclamó Lys emocionada. Comenzó a dar brincos en el sitio, alterada, alternando rápidos vistazos entre su pariente y el cielo— ¡Date prisa, pide un deseo!
Adèle sin embargo no parecía estar igual de emocionada. Más bien se veía turbada, angustiada. Lys dejó de saltar al notar que la presión en su brazo, como si fuera una ligadura, se cerraba con más y más ahínco en su piel. Con el ceño ligeramente fruncido, abrió la boca para quejarse, pero antes de poder formular sonido alguno, se vio interrumpida por una no tan amable sacudida.
— ¡Vámonos a la Igl˗!
Ahogaron una exclamación al tiempo que empezaron a dar vueltas. O más bien, todo empezó a moverse, como si la tierra se estuviera retorciendo, estremeciendo todo lo que estaba sobre ella. Esos segundos en los que Lys tardó en darse cuenta de que era la tierra la que temblaba y no ella, fueron los mismos segundos que hubo de silencio antes de verse oprimido por un potente estruendo.
Lys se agachó instintivamente en un intento de mantener el equilibrio y no caer, a pesar de estar todavía sujeta por su hermana. La conmoción apenas duró medio minuto, aunque a ella le pareció que nunca iba a terminar. No tardaron en hacerse oír algunos gritos, aunque no podía decir exactamente de dónde procedían.
— ¿A˗dèle…?
No sabía si su hermana la habría escuchado, siendo sus palabras apenas un débil murmullo, pero enseguida tuvo toda su atención.
— ¿¡Lys!? ¿Estás bien?
Asintió titubeante. Más que una respuesta fue un acto reflejo, ya que no estaba realmente segura de lo que le había preguntado. Tampoco tuvo mucho tiempo para recapitular la pregunta en su cabeza cuando escuchó la voz de una mujer por encima del alboroto que se había originado en un instante.
— ¡Por ahí!
Se giró para ver a la señora y seguir la línea imaginaria que marcaba su brazo. Advirtió una oscura telaraña de humo negro que se alzaba como si el cielo hubiera cerrado un telón, marcando el siguiente acto.
"La estrella se ha debido caer por el peso de los deseos", pensó Lys con una triste sonrisa.
El ambiente estaba rodeado de confusión. Todo el mundo se había quedado paralizado sin saber muy bien cómo reaccionar. Nadie sabía qué había sido eso, ¿debían acercarse o alejarse? ¿Preocuparse o asustarse? ¿Huir o esconderse? Lys no entendía muy bien por qué la gente tampoco hacía nada, nadie reaccionaba, pero había un cierto murmullo silencioso y expectante que no se atrevía a romper para preguntar. Tampoco hizo mucha falta, ya que como siempre, después de la calma, viene la tempestad. Y esta vez vino en forma de otro estallido.
En esta ocasión sí se dejaron escuchar los gritos, y casi sin esperar a que la tierra dejase de temblar, la gente comenzó a correr en pánico. No había sido tan cerca, así que el temblor no le pareció tan fuerte como el anterior. O quizá es que en esta ocasión había estado alerta y no le había pillado por sorpresa. La gente que antes estaba orando ahora se precipitaba sin piedad por las escaleras, chocándose entre ellos al bajar.
Su hermana, en cambio, no parecía volver en sí, aún sin responder a pesar de que la gente pasaba alborotada a su lado. La menor se puso delante de ella para verle directamente a los ojos, ya que parecía que el pavimento del suelo la tenía hechizada.
— ¡Tenemos que ir a buscar a mamá! —chilló, aunque de nuevo no supo realmente si la había escuchado entre todo el ajetreo— ¡Adèle!
El nombre de su hermana se perdió entre el estruendo de otra explosión, sin ninguna opción a vencer esa batalla. Lys desvió la mirada para ver dónde había caído esta vez, pero según giraba hubo otra explosión que siguió a la anterior, continuando el eco del estallido. En esta ocasión cayó alarmantemente cerca, lo cual provocó que casi todo el mundo perdiera el equilibrio por tan esplendorosa convulsión. Las dos hermanas no fueron una excepción, pero al menos eso pareció traer de vuelta a Adèle de su ensoñación.
— ¡Tenemos que ir a la Iglesia, ahora! Ahí estaremos protegidas, ¡vamos!
La vio levantarse de un brinco, con una rapidez que Lys jamás imaginó que tuviera. En seguida extendió un brazo con intención de levantarla a ella también, pero la menor sólo respondió dando una bofetada al dorso de dicho miembro.
— ¡No! ¡Tenemos que ir a buscar a mamá!
¿Por qué Adèle no lo entendía? ¿O no le había escuchado la primera vez? Su madre estaba postrada en la cama, y si caía una de esas estrellas no tendría oportunidad de escapar. Tenían que volver y escapar las tres juntas. Su padre le dijo que cuidara de su madre, así que aunque estuviera asustada iba a ir. Sino su padre no volvería a casa nunca.
Adèle lo sabía, así que la pequeña no entendía por qué le decía de ir a la Iglesia. Además, tenía que ser ahí otra vez. Ahora que había salido no iba a volver a entrar.
— ¡Mamá estará bien! ¡Venga, levant˗ ah!
Una explosión más, esta vez unos metros por detrás de la llamada casa de Dios. Lys pensó que era una señal advirtiéndoles de que no entraran, así que ahora con más razón se mantendría alejada de ese edificio. Si su hermana quería entrar, que fuera, pero ella iba a volver a casa. Así, aprovechando que la inestabilidad del suelo mantenía ocupada a su hermana para no volver a caer, se puso en pie con cuidado, y dándose unos segundos antes de pausa, echó a correr calle abajo.
Le pareció escuchar su nombre a sus espaldas, pero había tantas voces y gritos que su mente lo podría haber imaginado. No le importaba ir sola, sabía que su hermana podía cuidarse sin su ayuda, al contrario que su madre. Llevaba días sin siquiera comer, así que no debía de tener fuerzas.
Se sorprendió cuando se escucharon a lo lejos otras tres explosiones, sobreponiéndose entre sí. Lys se preguntó cuántas estrellas iban a caer, y si acaso eso era lo que una noche su padre le explicó. Sin duda debía de serlo, pues no creía que hubiera un nombre mejor para definirlo que lluvia de estrellas para lo que estaba pasando. Sin embargo, no era tan hermoso como ella había imaginado que sería. La gente tampoco parecía estar muy maravillada, a decir verdad. Más bien era todo lo contrario.
Escuchó una serie de gritos cerca suyo, todos en sincronía, como una orquestra macabra cantando en un ensayo.
— ¡Se va a caer!
Hubiera seguido adelante de no ser por esa voz que captó su atención y la de mucha otra gente. Esto provocó que una oleada de gente se apresurara como un rebaño frenético hacia donde estaba ella.
Antes siquiera de averiguar qué estaba cayendo, se encontró tirada en el suelo. Sólo sintió una fuerte embestida en el hombro izquierdo que le hizo irse de bruces. Lys hubiera querido quejarse a quien le empujó, pero esa persona estaría ya alejándose cada vez más por segundos. Y la verdad, corría más peligro por el hecho de que ahora la gente no podía verla al estar desplomada. Se hizo un ovillo protegiéndose la cabeza, quedándose inmóvil. No porque quisiera, sino porque su cuerpo no quería reaccionar. Aunque sintiera varios golpes se quedó paralizada en el sitio.
La gente comenzó a tropezarse con ella, al mismo tiempo que escuchaba el ensordecedor estrépito de algo enorme cayendo, escupiendo guijarros a su alrededor. La gente comenzó a vociferar con pavor, a tal volumen que se alegró de tener la cabeza escondida y los oídos amortiguados.
Tras lo que a ella le pareció como un par de minutos, cuando dejó de notar a la gente chocarse contra ella, se atrevió a levantar la vista. Fue entonces cuando vio una sombra oscura enorme, saliendo de entre un edificio frente suyo. Literalmente, ya que parecía haberlo atravesado, llevándoselo por delante en el proceso.
La sombra tenía forma de huevo, con una serie de protuberancias en forma de tubo, y entrecerrando los ojos podía vislumbrar entre el polvo algo como una cara. O más bien una cabeza de la que salían un par de cuernos.
La chica se quedó paralizada en el sitio, a pesar de que todos sus pelos se pusieron de punta y sus poros gritaban peligro. No sabía qué era esa cosa, y realmente no estaba segura de querer saberlo. Sólo sabía que era peligroso. Y fuerte, demasiado fuerte para ella si había sido capaz de convertir un edificio en meros pedruscos sólo llevándoselo por delante. Algo así debía sentirse un insecto en una situación parecida.
Era terroríficamente enorme, y no ayudó el comparar esos tubos con cañones, porque al menos eso era lo que le parecían. Aún escuchaba de fondo las explosiones continuas, pero todo pareció quedarse en silencio cuando los ojos en blanco de esa cosa se quedaron fijos en la niña. No sabía si estaba intentando decirle algo o no, pero no le quedaba duda alguna de que eso era el culpable de lo que estaba pasando.
Los gritos debieron llamar la atención de lo que fuera que tenía delante, porque decidió olvidar que estaba ahí y dirigirse a donde estaba el resto del mundo corriendo. Por supuesto, ella no se movió del sitio, ni aunque hubiera querido habría podido hacerlo. Ni siquiera desvió la mirada por si eso decidía que volvía a ser digna de su atención. No iba a arriesgarse. Así que sólo se quedo ahí plantada, con la vista clavada en la nada, pero para ella era como si todavía estuviera ahí, desprendiendo ese fuerte olor a pólvora.
— ¡Lys!
Sintió una temblorosa calidez rodeándole por todo el cuerpo, trayéndole poco a poco a la realidad. No se había dado cuenta de lo fría que era la vida hasta que sintió cómo su cuerpo recuperaba el aliento. No tenía ninguna duda de que esa voz que escuchaba de fondo era la de su hermana. No dejaba de hablar atropelladamente, pero no entendía ni una palabra. O quizá su cerebro aún tenía que recordar cómo se vivía. Sólo sabía que su hermana estaba temblando.
— ¡Dios mío, gracias! No voy a volver a soltarte ni por un momento, señor, no puedo creer que haya pasado esto. Tengo que llevarte lejos de aquí, esto es una locura.
Su hermana se puso en pie, intentando levantarla consigo al mismo tiempo, pero entonces se dio cuenta de quien temblaba incontrolablemente era ella. Tanto que dudaba poder mantenerse en pie por sí misma mucho tiempo. Adèle por supuesto se dio cuenta, manteniéndola firmemente sujeta por la cintura. Parecía que su cuerpo no se había dado cuenta de que seguía con vida. Estaba como apagado. Pero no era el momento para eso.
—Venga, Lys, muévete, no puedo hacerte esto yo sola—escuchó a la mayor implorar.
Estaba llorando. No se había dado cuenta hasta ahora de las gruesas lágrimas que recorrían el rostro de Adèle. Debía de estar tan aterrorizada como ella, y de hecho, conociendo a su hermana no sabía cómo no se había desmayado todavía. Adèle, la que se ponía histérica por ver un poco de sangre. Adèle, la que se ponía a llorar cuando era sorprendida. Adèle. La misma Adèle que estaba ahora mismo arrastrándola con ella entre cuerpos inertes y las ruinas de lo que había debido de ser una casa hasta hacía unos minutos atrás. La misma Adèle que no le estaba dejando a su suerte y estaba no sólo luchando por su propia vida, sino por la de las dos.
Tenía razón, no podía hacer esto ella sola. No cuando eran ellas dos. No podía permitir que el pánico la dominara; no ahora. No cuando no era sólo su vida la que dependía de sus acciones. Y menos porque su cuerpo se negara a reaccionar, ya que al fin y al cabo ella debía ser quien mandara sobre él, y no al contrario.
— ¿Adèle? ¿Lys?
Ambas detuvieron el paso, girando a ver quién las llamaba con esa suave voz. Sabía que la conocía. Por supuesto que reconocería esa voz donde fuera. Pero lo que menos se esperaba era encontrar ahí, en esas circunstancias, a su madre.
Su hermana la agarró con más fuerza, ninguna de las dos se movieron. Por una fracción de segundo sintió el impulso de lanzarse a los brazos de su madre y llorar, como las noches en las que se despertaba de un mal sueño. Pero debía ser por la situación y por no poder controlar bien cuerpo que ahora se detenía a pensar las cosas con un poco más de sangre fría. Y la verdad es que era imposible que su madre estuviera ahí.
— ¿Qué ocurre? ¿No me reconocéis?
Quizá era un fantasma que había tomado su aspecto. Realmente no se veía muy bien, pero su madre no podía ni moverse de la cama sin ayuda. Y ahora ahí estaba plantada, delante de las dos como si nada. En otro momento habría sentido una alegría inimaginable, pero por algún motivo, al verla supo que Dios no había cumplido con su petición. Otra vez.
Sus ojos se encontraron con los que fingían ser los de su madre, y entonces lo supo. Antes de que ocurriera, ella ya lo sabía. No tenía ninguna prueba, pero lo sintió en su interior. La misma sensación que tuvo hacía unos minutos atrás. Su lado racional decía que no tenía ningún sentido y que ni siquiera se parecía mínimamente a la cosa de antes. Pero todo su ser tembló, leyendo el peligro en el ambiente. Y esta vez decidió reaccionar. No se iba a quedar inmóvil de nuevo. No iba a dejar a su hermana sola.
— ¿Y así…?
No se dio el lujo de asustarse al ver que la cara de su madre se desfiguraba creando un grotesco cañón con su piel, saliendo de una enorme boca inhumana. Ni siquiera titubeó al ver que el fondo de ese cañón comenzaba a brillar. No quiso pensar en eso como su madre, porque su voz no desprendía la calidez tan característica suya. Ni sus ojos brillaban con el amor que solían mostrar al verlas. Eso no era algo que conociera, aunque supiera sus nombres. Y aún así, algo le decía que tampoco dejaba de ser su madre.
— ¿Qu˗?
Antes de que Adèle terminara de hablar, Lys reunió todas sus fuerzas para que su cuerpo se moviera, y así fue como descargó toda su fuerza en un enérgico empujón. En ese momento no pensó en el dolor que le iba a provocar a su hermana, eso era lo de menos. Sabía que tenía que alejarla de ahí, lo más lejos posible. Pero sus temblorosas piernas no iban a soportarla mucho más en pie. En una situación así sólo iba a ser una carga, y antes de arrastrar a su hermana con ella, preferiría desaparecer sola.
Cuando escuchó el disparo, una parte suya lo sabía. Sabía qué iba a pasar cuando le diera el proyectil, y aún así no pudo moverse. Sentía impotencia, pero al menos su hermana no terminaría como ella.
Lo último que Lys alcanzó a pensar fue que nunca la oscuridad le había estrechado con tanta calidez.
Allen observaba cómo todo se había convertido en un caos. No le había tomado mucho tiempo el llegar al pueblo, pero sí el suficiente como para ver la destrucción ocasionada y el pánico en las calles.
Debía parecer un trabajo fácil el encontrarse con los akuma, pero el poder distinguirlos no significaba que tuviera un radar (2), y por desgracia aún no se había topado con ninguno. Por eso en cuanto vio a un grupo de gente correr despavorida no dudó ni un instante en mezclarse entre ellos y correr en sentido contrario. Era un poco complicado, como nadar en un río que te arrastra hacia una catarata, pero sin duda sabía que iba en la dirección correcta. Sentía su ojo latir fuerza como si se anticipase a un ansiado encuentro. Aunque no tan ansiado para él.
Había dejado de contar las explosiones. Quizá realmente no eran tantos akuma, pero los que fueran debían de estar disparando al azar. Con el simple propósito de destruir. O esperando que las ratas salieran de su escondrijo. No dudaba esa posibilidad, pero si era así ya se había decidido a dar la cara. Si lo que querían eran exorcistas, ahí estaba él. No iba a permitir más muertes en vano.
Y aunque eso fuera lo que quería, no se quedaba en más que en un pensamiento. Los cadáveres por los que pasaba parecían acusarle en silencio, como un secreto con el que debía cargar él solo a partir de ahora. Un peso con el que debía convivir hasta que le llegara la hora. Una parte dentro del albino quería convencerle de que no era culpa suya, pero sabía que no era así. Dentro de su cabeza resonaban voces acusándole incesantemente. Si sólo no se hubiera perdido en la calle anterior. Si sólo hubiera corriendo un poco más rápido. Si sólo no hubiera dudado en ir…
Era inútil pensar en eso ahora. Esas personas ya estaban muertas, y estaba seguro de que su culpabilidad no les haría sentir mejor. No iba a traerles de vuelta a la vida, al fin y al cabo.
Sintió a su ojo reaccionar, como si quisiera decirle un "céntrate en lo importante y mira al frente", así que así lo hizo. Y ciertamente lo vio. Un poco por delante había un akuma con forma de mujer, parado frente a dos personas. Corrió con todas sus fuerzas, sabiendo que la vida de esas personas dependía de que llegara un segundo antes.
Un segundo antes, para evitar que se hubieran encontrado cara a cara.
Intento gritar para avisarles, pero no tenía tiempo para tomar el aire necesario.
Rápido, para evitar lo que estaba por venir.
Un segundo antes, para interrumpir la transformación del akuma.
Tan cerca. Sólo un poco más. Vio a la más pequeña empujar con vigor a la otra, cayendo sin ningún miramiento al suelo. Sus ojos se dilataron, fijándose en el inminente disparo y la pequeña figura inmóvil, temblorosa, a su merced. Extendió los brazos al frente, deseando alcanzarla.
Un segundo antes. Inocencia. Su brazo palpitó, como si estuviera tan deseoso como lo estaba su ojo izquierdo por ese encuentro, y fue como si todo ocurriera a un ritmo más lento. Vio el disparo, cómo el misil salía proyectado al mismo tiempo que su brazo derecho apresaba el frágil cuerpo contra el suyo con firmeza. No podía apartarse, era demasiado tarde.
Sólo un segundo antes.
Así, y sin tiempo a pensar en lo que hacía, decidió agarrar con fuerza el misil con su brazo libre, el de la inocencia. Le vino a la cabeza la imagen de Tim en cenizas, pero el saber que pronto se convertiría en lo mismo le importó menos de lo que imaginaba. Sujeto con más fuerza a la persona en sus brazos, viéndose impulsado por la brusquedad del proyectil pero asegurándose de mantenerlo a distancia de ellos. Escuchó un agudo grito, seguramente de la otra persona tirada en el suelo. Pero no debía preocuparse, aunque él fuera a morir no permitiría que la otra persona le acompañase.
Recibió de lleno el golpe en su espalda contra algo sólido, deteniendo su trayectoria. Quizá era la adrenalina, pero sin duda le dolió menos de lo que quizá debería. La cabeza le daba un poco vueltas, pero a pesar de la confusión se aseguró de que no tenía nada roto. Tomó una gran bocanada de aire, aunque con ello inspiro más polvo que oxígeno, y entonces miró al bulto encogido en su pecho.
—Ehh…—musitó, preocupado a ver que no se movía, pero sin duda estaba con vida— ¿Estás bien?
Sintió a la pequeña persona dar un respingo, enterrando con fuerza los dedos en su camisa. Lentamente comenzó a moverse, hasta encontrar unos enormes ojos bañados en lágrimas, que le observaban sorprendidos tras los oscuros cabellos.
—Où suis-je?—dijo con voz débil. (3)
—Eehh…
Se sintió como si le hubieran dado una bofetada de realidad, e incluso sintiéndose algo imbécil. Era cierto que se encontraba en Francia, pero como todo el mundo a su alrededor le había hablado en inglés no se había percatado de ello hasta ahora. No le había entendido nada, obviamente, y al parecer la niña tampoco le había entendido a él. Pero sin duda parecía estar bien.
La cara de confusión de la niña fue mayor cuando se fijó en el brazo izquierdo de Allen, dejando al descubierto su deformidad y con el misil en ella. Lo dejó con cuidado en el suelo. Sabía que no le debía quedar mucho, ¿quizá unos segundos? Vio su mano derecha asomándose bajo la manga, en la que empezaban a oscurecerse unas manchas negras con forma de estrella. No dudaba que su cuerpo entero estuviera a estas alturas lleno de ellas. Volvió la vista a la niña, quien le miraba con la boca abierta. Era consciente de que no iba a entenderle ni una palabra, pero debía advertirla de todas formas. Quizá al menos entendiera lo que quería decir.
—Lo siento, debes de haberte asustado mucho —sonrió—. Pero tenéis que iros de aquí. Es peligroso, buscad un sitio seguro y no salgáis hasta que todo se haya calmado.
La niña siguió mirándole casi sin siquiera parpadear, con los ojos como platos. Dudaba que le hubiera escuchado aun si le hubiera hablado en su propio idioma. Se apartó el pelo de la cara, preguntándose qué hacer. No sentía ningún dolor y todavía estaba de una pieza, así que podía volver a intentar hacerse entender. Estaba pensando qué palabras usar cuando la niña le sonrió.
Le vio alzar una de sus pequeñas manos a su mejilla, esa marcada con la maldición de Mana, con una suavidad a la que Allen no estaba acostumbrado. Incluso sus ojos brillaban como si le acabaran de hacer el mejor regalo que iba a recibir en toda su vida.
—Une étoile…
Fue entonces que su inocencia comenzó a brillar. Una luz verde esmeralda, iluminando sus rostros. También se dio cuenta de que ese brazo no mostraba señal alguna del veneno o de lo que fuera. Era como si le estuviera diciendo que todo estaba bien y lo que tenía que hacer. Como si no tuviera que hacer preguntas ni dudar, sólo dejarse llevar. Casi como si fuera la inocencia la que le usaba a él y no al contrario. Quizá no era cuestión siquiera de quién usaba a quién, sino que era algo mutuo.
Así que se dejó llevar, centrándose en su inocencia, la cual a su vez parecía centrada en expulsar ese veneno de su cuerpo. Y nunca mejor dicho, porque se dio cuenta de que era como si un humo negro estuviera saliendo de sus poros, hasta que no quedó rastro alguno de las estrellas en su piel.
— Lys!
La chica en sus brazos volvió a dar un respingo, como si hubiera vuelto al mundo real. Se repuso con la misma rapidez que le tomó el darse la vuelta y levantarse de un salto. Le escuchó gritar el nombre de la otra mujer, corriendo a sus brazos. Allen también se puso en pie, buscando con sus ojos el akuma, quien en ese período había tomado su forma original. Se acercó con cuidado, con su brazo aún brillando. Todavía no había terminado. Aprovechó el breve momento que tenía para volverse hacia las dos chicas.
—Alejaos de aquí. Tened cuidado en el camino —les dijo suavemente con una sonrisa.
Les escuchó hablar rápidamente en francés entre ellas, por lo que no les prestó atención. De reojo mantenía su atención en el akuma, el cual parecía estar ya listo para el ataque. Fue pensarlo cuando lo vio disparar hacia otro edificio, en el lado contrario a ellos. Ya no debía haber nadie vivo ahí cerca, así que solo debió hacerlo por mera destrucción. Sin embargo, las dos chicas no se movían.
—S'il te plaît—dijo la menor refiriéndose a Allen, con voz rota. Miró al akuma durante un segundo antes de volver a centrar su mirada en el chico de nuevo—Aide ma maman, s'il vous plaît.
Allen sólo le volvió a sonreír, asintiendo tranquilamente antes de darles la espalda y centrarse ya sí en el alma que pedía su atención.
Se encontró pensando en que no sabía por qué le pedían ayuda, o eso es lo que le pareció. Era triste que se lo tuvieran que decir, porque eso significaba que no era algo que una persona haría normalmente. Y si no era así, no le encontraba el sentido a su vida. No podía concebir a alguien que, si pudiera ver lo que él veía, ignorase lo que pasaba delante de él. Ya fuera una niña pequeña o el alma de un akuma lo que le pedía ayuda.
Sólo ver el sufrimiento en los rostros atrapados era suficiente para hacer que se le encogiera el corazón. No sabía qué hacer, pero sí cómo actuar; por lo que se dejó llevar, consciente de que de algún modo le saldría bien.
Porque no estaba solo.
Inocencia.
Como respondiendo a su llamada, su brazo respondió. Esta vez sí, transformándose en el enorme brazo blanco de garras afiladas que había visto en sus recuerdos. Aquel que le había salvado, tanto a Allen como a Mana, y ahora iba a salvar la de ese otro hombre encerrado. La verdad, en toda su vida había escuchado muchas cosas, y eso que ni siquiera podía decir que había vivido mucho. Se podría decir que apenas estaba comenzando a vivir. Pese a eso, había una cosa de la que estaba completamente seguro. Y ahora, atravesando el akuma sin piedad, sólo estaba afirmando más esa creencia.
Allen no sabía mucho de esta guerra en la que se estaba viendo involucrado, pero no le cabía ninguna duda de que esas almas estaban sufriendo. Estaban atrapadas, siendo un mero juguete del llamado Conde del milenio. Y él estaba condenado a verlas. Desde un principio no debería existir algo tan horrible, por eso iba a destruir a todos los akuma.
Una vez atravesado, su destrucción era inminente, y así ocurrió a los pocos segundos con una explosión.
—Ojalá se salve tu alma, pobre akuma.
— ¿Exorcista?
El inglés miro a uno de sus lados, viendo a otro akuma recién llegado, flotando a unas cabezas por encima de él, y otro un poco más alejado pero que se acercaba por momentos. Sonrió con amabilidad, aunque internamente sabía que era una sonrisa para sí mismo. Al fin captó la atención, ahora parecía que podía dejar de perseguirlos y que en cambio serían ellos los que iban a empezar a ir a por él.
Cuanto más ruido hiciera más irían, y menos gente sería atacada.
El akuma no se hizo esperar y comenzó a dispararle sin vacilar. El peliblanco inició una carrera con el propósito de acercarse. El mayor problema era que él peleaba cuerpo a cuerpo, y al contrario que Lenalee, él no tenía una súper fuerza en las piernas que le hiciera volar. Debía ser rápido, pero sabía que si usaba su brazo para impulsarle y luego atacaba con él podría conseguirlo.
Así, corriendo, aprovechó para acercarse a una zona más despejada, y sin pensarlo dos veces se propulsó con fuerza. Aún no controlaba muy bien su potencia, pero sabía que de algún modo lo conseguiría. Sintió el aire en la cara, y se dio cuenta de lo indefenso que se encontraba en esos momentos en el aire. Por suerte el akuma era lento en reaccionar, por lo que no tuvo ningún problema en acercarse y cortar su cuerpo en el trayecto. Antes de que explotara decidió utilizarlo como soporte para volver a impulsarse, esta vez sobre el otro akuma.
En esta ocasión no funciono tan bien, ya que viéndolo venir de lejos, el akuma ya estaba disparando casi sin siquiera apuntar. Puso su brazo izquierdo a modo de muro protector, protegiéndose lo mejor que pudo de los proyectiles. Era un autentico alivio el saber que no tenía que preocuparse por la infección de ese veneno, ya que a estas alturas se estaba dando cuenta de lo despistado y desordenado que era a la hora de pelear. Pero eso no significaba que no doliera, junto al golpe que estaba por venir contra el suelo.
Sin nada a lo que agarrarse, el impacto fue inevitable, cayendo nada ceremonialmente sobre su lado derecho. Se mantuvo a cubierto con la inocencia hasta que los disparos cesaron, y entonces aprovechó esos segundo de pausa para agarrar un trozo del edificio a su espalda, tan grande como cinco personas, y se lo lanzó como quien lanza un guijarro. Era completamente consciente de que eso no haría mucho, pero sí que era la distracción que necesitaba para acercarse de otro empujón y volver a atacar, esta vez sin ningún problema.
— ¡Allen-kun!
El chico se giró justo al mismo tiempo que el herido akuma explotaba. Varios pensamientos cruzaron en ese momento por su cabeza, pero los principales fueron lo estúpido que era por no pensar una vez más en la caída y que era imposible que Lenalee estuviese ahí.
Obviamente volvió a caer de golpe, recibiendo el impacto en la cadera.
— ¡Allen-kun! ¿Estás bien?
—Lena˗ oouh, ouch —masculló incorporándose, pero sin levantarse. Su amiga, literalmente, aterrizó a su lado con una gracilidad envidiable, con las botas brillando igual que aquel día en el barco. No sabía hasta qué punto la chica tenía control sobre ellas, pero Allen no pudo evitar sentir un poco de envidia y admiración.
Aunque eso no era lo principal ahora.
— ¿Estás bien? Te vi luchando mientras venía hacia aquí y me acerqué lo más rápido que pude.
— ¿Lenalee? No deberías de estar aquí, ¿por qué has venido?
Una pequeña voz en su cabeza le decía que eso era lo mejor que le podía haber pasado, ya que ahora que estaban juntos era el mejor momento para huir. Pero no era así. Esto no era lo que pretendía. El sitio era peligroso, y además tenía la obligación de destruir a los akuma.
¿A quién debía prestar más atención? ¿A Lenalee o a los akuma? ¿Tenía más peso una promesa hecha o una auto impuesta? Ambas eran importantes, pero precisamente por eso no podía elegir.
—No —vio a la chica endurecer la mirada—. La pregunta es qué haces tú aquí. ¡Te fuiste del barco, nadie sabía nada! Han estado buscándote, ¿y estabas aquí, peleando? No tienes ni idea de lo preocupada que estaba.
Allen se quedó sin saber qué decir. Lenalee tenía toda la razón para enfadarse con él. No podía decirle tampoco las cosas que había hecho con Kanda, y a decir verdad comenzaba a dudar de sus motivos para escapar. En parte, por no decir toda, era culpa suya lo que había pasado con el japonés. No podía decir que éste no fuera un maldito capullo, pero él también se había dejado provocar, enfureciendo a su vez más al otro chico.
Se dio cuenta de que se había estado resguardando tras la idea de que lo hacía por salvar a Lenalee. Pero, ¿salvarla de qué? Si había podido conocer a los de la tripulación es porque estos fueron a salvar a la chica. Y él, con la excusa de querer ayudarla, sólo la había puesto en peligro. Alejándola de Kanda y de Lavi, atrayéndola a una ciudad atestada de akuma.
Ante la imposibilidad de decir nada a su favor, Allen se mantuvo en silencio, apartando la mirada de la inquisitiva de la chica. Ésta suspiró resignada, observando que no iba a conseguir nada por parte del inglés.
—Venga, tenemos que volver al barco —dijo poniéndose en pie y tendiéndole la mano. Allen en cambio no se movió, pareció meditar un par de segundos antes de dedicarle una tan suave como falsa sonrisa.
— ¿Podrías adelantarte tú? —se llevó una mano a la cabeza, nervioso. Sabía que no iba a funcionar, pero quería intentarlo de todos modos—. Yo… aún tengo algo que hacer aquí.
Lenalee le mantuvo la mirada una vez más, pero esta vez parecía estar triste. Allen no entendió muy bien lo que pasaba por esa cabeza verdosa, pero como supuso que estaría preocupada decidió volver a hablar:
—Estoy bien. Te prometo que una vez termine volveré con todos.
—Yo también me quedo.
La voz seria de la chica no dejaba lugar a dudas de que no iba a titubear en su decisión. Allen se puso en pie, pero antes de que pudiera decir algo en contra, la chica continuó.
—No voy a dejarte solo. Además, yo también quiero pelear.
Cuando iba a replicar se volvió a ver interrumpido por una explosión demasiado cerca de ellos. En seguida se puso en guardia, con la china a su lado. No recordaba si había llegado a desactivar la inocencia, pero sin duda su enorme brazo blanco se mantenía dispuesto para el combate. Lo más extraño de todo era que no podía decir lo mismo de su ojo.
Esto le causó un mayor malestar, pero más que por no poder ver o percibir el alma del akuma, era por lo que significaba eso. Y era algo tan sencillo como que eso que venía no era un akuma.
Noé.
No sabía si habría más de los que conoció aquel día, pero sin duda no quería averiguarlo. Todavía no estaba seguro de cómo combatir contra ellos, ni si era correcto por el hecho de que ellos también eran humanos. Y lo peor es que en esta ocasión no estaba solo.
Se preguntó si dada la situación lo mejor sería irse rápido y evitar una confrontación que, sin duda, no tenía pinta de terminar nada bien.
Una grave voz le sacó enseguida de sus dudas, poniéndole los pelos de punta.
—Juro que un día de estos te voy a arrancar esa sonrisa bobalicona a hostias.
Su primer impulso fue correr. Cómo no iba a reconocer esa voz y esa forma tan tosca de hablar. Sólo se mantuvo en su sitio por el shock y porque no quería verse aún más estúpido de lo que realmente se debía de ver después de haber huido.
—Venga Yuu, esta vez la idea ha sido tuya, ¡no me eches las culpas a mí!
— ¿¡Qué has dicho!?
Ni Allen ni Lenalee se atrevieron a decir palabra alguna, o quizá tampoco sabían muy bien qué decir. Lo que más le confundió al inglés fue el hecho de que Lenalee parecía estar entre sorprendida e incómoda. Sólo esperaba que no hubiera pasado nada mientras él no estaba, ya conociendo el genio del japonés.
—Ah… ¿chicos?—les llamó Lenalee titubeante.
Allen vio a los dos girarse rápidamente, captando su atención. Por alguna razón se mostraron más sorprendidos de lo que ellos mismos debieron sorprenderse, y es que quizá no tenían planeado el encontrarles con tanta facilidad. Allen al menos lo hubiera preferido así.
—Tú…—gruñó Kanda fijando su oscura mirada en Allen, y éste pensó que de algún modo se veía más siniestro incluso de lo normal. El japonés se acercó a él a pasos apresurados, con una ira tan palpable que le hizo dar un paso atrás sin darse cuenta. Le vio dirigir su mano hacia la katana, lo cual fue una señal de que esto se iba a ir de las manos si no andaba con cuidado. Era como un déjà vu.
El inglés levantó ambas manos a modo de paz, o para detener al otro, dado el caso. Tenía la inocencia desactivada, pero estaba listo para usarla si Kanda se decidía a atacarle de verdad.
—Ehm… ¿qué tal?—dijo sin pensar con una risa nerviosa.
Nada más decirlo se arrepintió, ya que al parecer por la cara del otro sólo había empeorado las cosas. Enseguida le tuvo enfrente, y como sabía que resistirse sólo sería peor, se dejo agarrar con fuerza de la camisa. Allen se vio pegado de un tirón al mayor, teniendo que ponerse ligeramente de puntillas y con el rostro del japonés a un palmo. Estaba demasiado cerca, e intentó no ponerse a contemplar el rostro del otro en una situación así, a pesar de que era capaz de sentir la respiración agresiva del moreno en su cara. Sin embargo, no pudo evitar pensar en lo envolventes que eran esos ojos, en especial cuando mostraba tanto enfado.
— ¿De qué coño vas? —siseó con veneno.
Esta vez decidió no decir nada, porque dijera lo que dijera sólo lo iba a empeorar. Únicamente siguió sosteniéndole la mirada mientras dibujaba una apenada sonrisa de lado. No era triste realmente, sino más bien resignada. Sabía que lo hecho ya no tenía caso.
Podía ver a Lenalee de reojo, parecía estarles diciendo algo, pero ninguno de los dos hizo caso alguno. Dándose cuenta de que Kanda no tenía ninguna intención de hablar, el albino decidió cortar el silencio.
— ¿Te importaría soltarme?
Durante unos momentos dudó que lo fuera a hacer. Y estaba seguro, por la mirada del otro, de que el moreno también lo dudaba. Juraría que incluso según lo decía, el otro apretó más el agarre, pero al final le soltó. La tensión era palpable, aunque ya no hubiera esa cercanía física, sí que seguía esa mirada de odio al pie del cañón, lo que creó un silencio incluso más incomodo que el anterior. No podía ser otra persona más que Lavi quien se decidiera hablar.
— ¡Bueno, bueno! ¿Por qué no lo dejamos para más tarde? Ya podremos celebrar la reunión más tarde, ¿qué tal si por ahora vamos a patear un par de traseros mecánicos?
Kanda siguió con la mirada fija en Allen, como debatiéndose si debía matarle en ese momento o dejarlo estar. No parecía haber escuchado a Lavi, pero sin duda lo hizo. Apareció un brillo sanguinario que le dio bastante mal augurio al inglés, y pensó que lo más seguro era que el otro estuviera imaginándole derrotado por un akuma. Allen frunció el ceño ligeramente, aunque aún manteniendo la tan falsa como conciliadora sonrisa.
—Sólo te lo voy a decir una vez, para que quede claro —señaló el japonés, refiriéndose obviamente a Allen—. Me importa una mierda si estás a punto de morir, si eres un estorbo te dejaré atrás. No somos compañeros, esto es una guerra.
Allen borró la sonrisa de una vez. No era como si le hubiera molestado, no le podía disgustar algo que ya se esperaba, pero no tenía caso mantener una apariencia delante del otro cuando parecía poder ver tras esa mascara sin ningún problema.
—No comparto ese pensamiento, pero no esperaba más de ti.
Sólo se mantuvieron un par de segundos más la mirada antes de que Kanda se diera la vuelta bruscamente. Su largo cabello se agitó al mismo tiempo, como si también compartiera parte de su enojo y pensase en Allen como una molestia. Por supuesto, el japonés se alejó sin decir nada más.
Menudo imbécil. Aunque sabía que esta vez se había buscado que le tratase así. Incluso pensó que sería peor. Pero no podía ni quería pensarlo, no fuera a ser que luego se arrepintiera de ser tan ingenio de pensar eso una vez de vuelta en el barco.
—Yo iré con él —dijo Lavi—. Yuu enfadado puede hacer muchas tonterías. ¿Estaréis bien? Sería mejor que volvieseis al barco.
Lavi les miró inquisitivamente, pero Allen le sonrió, esta vez una sonrisa de verdad, asintiendo con calma.
—Creo que corres más peligro tú, Lavi. —el pelirrojo rió despreocupadamente.
—No creas, detrás de esos gruñidos se esconde un tierno cachorrillo —rió más fuerte. Allen intentó no hacerlo también, era demasiado absurdo como para tomarlo seriamente. Sólo imaginarlo se le hacía raro, el día que viera a Kanda sin el cejo fruncido pensaría que algo muy malo estaría por llegar.
—Por cierto, esto es para ti—volvió a hablar Lavi, extendiéndole la mano.
Nada más abrirla le brillaron los ojos al menor.
— ¡Tim! —exclamó, viendo a su pequeño amigo volar hacia él, emocionado. O más bien enfadado, porque empezó a enseñarle los dientes y a intentar morderle. Se preguntaba cuántas personas faltaban que estuvieran enfadadas con él.
—Esta vez no te vayas, ¿eh? Sin Tim habría sido más difícil dar contigo.
Al menos Lavi parecía no guardarle rencor, de hecho parecía hasta divertido. Allen por su parte no veía lo gracioso de la situación, así que sólo se sentía abochornado. Por suerte, antes de que pudiera hacer ningún otro comentario, se escucharon lo que podía reconocer como disparos.
—Mejor me voy ya, Yuu no parece estar por la labor de esperar —dijo apresuradamente dando un par de pasos en dirección a donde se había ido el espadachín—. Y por cierto, si quieres contactar con Yuu o conmigo díselo a Timcanpy, ¡nos vemos luego!
Si Allen tenía alguna duda no tuvo tiempo para replicar. El pelirrojo habló tan apresuradamente como salió corriendo.
— ¿Vamos? —habló suavemente Lenalee detrás de él. Allen se giró hacia ella, sintiendo a Timcanpy acomodarse en su hombro. Vio la mano tendida de la chica y la tomó sin dudar. Sabía que este era un nuevo comienzo, y aunque no supiera si estaba preparado para ello, ya lo había aceptado.
—Vamos.
Fue decirlo y al segundo siguiente se encontraba volando por el cielo. O más bien era la chica quien volaba. Le impresionó más de lo que esperaba, a decir verdad, pero no en el mal sentido. Tampoco se había detenido a pensar en cómo se sentiría, pero al contrario de cuando se impulsaba con su brazo, esto era menos brusco. La chica parecía intentar controlar la fuerza y la velocidad a la que iban, además de poder controlar la dirección. Ella estaba al mando.
Sintió un poco de envidia, ya que eso era algo que le era imposible con ese feo brazo.
Pero entonces se imaginó con las mismas botas que Lenalee y decidió que se prefería así, sin lugar a dudas.
—Mira, allí —le indicó la chica sacándole de su ensimismamiento.
Allen entrecerró los ojos para fijarse bien, activándose en el proceso su ojo maldito, como si quisiera ayudar.
—Son tres. ¿Uno para cada uno y el último juntos?
Aunque no miró supo que la chica estaba de acuerdo, y en unos segundos ya estaban encima de los akuma. Allen esperó no marearse debido a la inesperada velocidad, porque no estaba mentalizado para ello. Se soltó de la chica, cayendo encima de uno de los tres. Mientras caía tuvo el tiempo suficiente como para preparar su inocencia y atacar. Cuanto menos tiempo titubeara menos posibilidades de que el otro contraatacara, y por ende, menos posibilidades de resultar herido.
Escuchó la explosión de su akuma siendo destruido, escuchando justo después el de la chica. Antes de tocar el suelo, ya estaba ella a su lado sujetándole en el aire.
Iba a agradecerle, pero como el tercer akuma decidió atacar tuvieron que apartarse rápidamente. Esquivaron, o más bien Lenalee esquivó, la trayectoria de las balas, y en seguida se dirigieron al armatoste. Atacaron al mismo tiempo, y una parte dentro de Allen pensó en si no se habrían sobrepasado.
Se fijó en el alma según era liberada, mostrando un rostro mucho más pacífico, como si realmente le hubiera liberado del dolor. Le vio mover los labios, y aunque podía ser su ingenuo anhelo, quería pensar que le había dado las gracias.
Pisó el suelo al fin, y nunca se había alegrado tanto de ello. Por suerte no se había mareado, a pesar de tanto movimiento. Debía ser que su cuerpo ya estaba acostumbrado, después de haber estado tantos años actuando como payaso.
Allen giró a ver a Lenalee, quien parecía querer decirle algo, pero de nuevo no tuvieron mucho tiempo, apareciendo otros dos akuma casi de la nada. Fue corriendo directamente, sin querer estar de nuevo tan pronto por los aires, y aunque no supo cómo, se dio cuenta de que su brazo se hizo más grande, como escuchando su deseo de poder alcanzar al alma desde el suelo. El peso era exactamente el mismo, se sentía como siempre a pesar lo de gigantesco y pesado que debía parecer para quien lo viera. Así no tuvo ningún problema de deslizar sus afiladas garras por el resistente cuerpo del akuma y deshacerse de él. Pero a pesar de no haber tenido ningún problema, no podía relajarse. Algo estaba mal.
Se fijó en su compañera, quien también estaba a punto de destruir al siguiente akuma que había entrado en acción. No había nada raro, hasta que lo vio.
El problema no estaba en esa batalla, sino a unos metros más lejos de ella, donde había un akuma demasiado cerca de la chica, a punto de atacar. Salió corriendo hacia Lenalee, esperando llegar a tiempo. Aunque gritase no iba a escucharle por encima de la explosión del akuma que estaba derrotando, y sabía que ese otro era peligroso.
No tenía ningún parecido a los que estaban derrotando con la forma de huevo, más bien parecía una mariposa mecánica deforme y grotesca. Pero lo peor era el alma. Esa alma.
No sabía qué podía haber pasado para que estuviera así, tan… horrible. Estaba más podrida, más triste, más desesperada. Más inhumana. Sin duda, no estaba bien.
— ¡Lenalee…!
Aunque gritó parecía ajena a su voz. No iba a poder hacer como antes con la chica y detener la bala, porque esta vez no era un único cañón el que apuntaba, y no iba a poder detener tantas con una mano. Sólo había una manera.
El akuma al fin fue destruido con una sonora explosión, y fue en ese momento que el otro decidió disparar. Lenalee tocó el suelo con gracilidad, girándose para ver a Allen. Ahí es cuando se dio cuenta de lo que iba a pasar, pero era demasiado tarde para que reaccionase. El chico se puso delante de ella y sabiendo que no había otra forma, decidió usar su inocencia para proteger a la chica.
No supo si gritó o no, aunque lo más seguro fue que sí. Los proyectiles en sí no fueron el mayor problema, sino su ojo. Ese ojo izquierdo que le hacía ver el mundo en blanco y negro. Lo único que sintió fue dolor, así que automáticamente se llevó la mano libre a él para protegerlo de más daño. No podía enfocar bien con su ojo sano tras las lágrimas que amenazaban con escapar, pero fijó la vista en el akuma.
Ahora no iba a poder ver el alma. En cierto sentido lo agradecía, pero el que no lo pudiera ver ahora mismo no quitaba el hecho de que realmente estuviera ahí y le hubiera implorado ayuda instantes antes.
— ¡Allen-kun! ¡Tu ojo!
—Estoy bien, no te preocupes —respondió sin mirarla. Por supuesto era una mentira que no pensaba que la chica fuera a creer, pero realmente no quería que se preocupara.
— ¿Cómo que estás b˗? ¡Ah!
Lenalee había actuado rápido, sujetándole con fuerza y saltando hacia el cielo antes de que la segunda ronda de disparos pudiera alcanzarlos. Se quedaron en la parte de arriba de un edificio, algo alejados del akuma, pero aún teniéndolo en su punto de mira. Éste parecía sorprendido, mirando a todos lados, buscándoles. Parecía estar frustrado, cuando empezó a llamarles a gritos.
— ¿Qué pasa con ese akuma? Se le nota… diferente —musitó Allen.
Sin duda era diferente. No sólo en la ya mencionada forma física y el estado del alma, sino que al contrario de los akuma con los que había luchado hasta entonces, éste parecía tener sentimientos. Mientras que los otros no cambiaban de expresión, ese estaba gritando, enfadado.
—Debe de haber evolucionado… —comentó la chica. Allen se giró a ella sorprendido—. Me encontré con uno así aquel día, en el barco. La primera vez que activé la inocencia.
Eso significaba que los akuma, de alguna forma, subían de nivel o algo así. Y cuanto más lo hicieran, más sufría esa alma en su interior. No quería pensar en cómo era posible algo así, aunque se podía hacer una idea. Una idea demasiado horrible como para querer pensar en ella. Estaba demasiado ocupado pensando en esto cuando se vio otra vez volando, y el edificio en el que estaban momentos antes, derrumbándose.
— ¡Exorcistas~ !
Era más fuerte que los otros. También parecía ser más inteligente y rápido, yendo tras ellos en vez de atacar a cualquier cosa. Miró a la chica, recordando lo que había dicho antes.
— ¿Luchaste contra uno así? —gritó para hacerse escuchar sobre el sonido del viento. Lenalee mantuvo la mirada en su espalda, observando con cuidado al akuma mientras comenzaba a descender nuevamente.
—No, bueno… No podría decir que luché, más bien escapé.
Se preguntó qué más habría pasado mientras él estaba encerrado en aquel mundo al que Road lo había llevado. En ese momento no pensó en cómo estaría Lenalee, lo cual le hizo avergonzarse de sí mismo.
—Allen-kun, deberíamos avisar a Lavi e irnos de aquí. Esto es peligroso, y tu ojo˗
— ¡No! —bramó, interrumpiendo a la chica. A través de su ojo sano vio a la de pelo verde quedarse callada, mirándole entre preocupada y herida. Tomó aire intentando tranquilizarse. No debió gritar así, ya que sabía que la chica estaba inquieta, y en el fondo tenía razón. Era demasiado peligroso. Pero…
—Lo siento, pero yo… no puedo irme. Tengo que destruir ese akuma.
Lenalee le miró como si no entendiera nada. Era normal, ni él mismo lo comprendía del todo bien. La chica estaba siendo, en cierta forma, obligada a ser parte de esa llamada Orden Oscura, pero él había decidido por sí mismo ser parte de ese grupo. Si su propósito era destruir akuma, entonces él se uniría a ese fin. Porque de esa manera tendría una razón por la que vivir. Una razón por la que le hizo algo tan horrible a Mana.
El akuma se puso frente a ellos una vez más, y empezó a reír.
— ¡Vamos, exorcistas!
No necesitó escucharlo una segunda vez, lanzándose hacia él. Sólo tenía que destruirle. Darle una vez con la inocencia y se purificaría. Pero por supuesto no iba a ser tan fácil.
El akuma no sólo era más inteligente, sino también más rápido. Alejándose para mantener la distancia con Allen, agitó las alas creando un fuerte viento, como cuchillos transparentes. Iba a usar su inocencia cuando vio a Lenalee ponerse en medio, contra-atacando el viento con más viento. Timcanpy se había agarrado al hombro de la chica, al parecer disfrutando más que nadie de ese viaje por los aires.
— ¿¡Le˗Lenalee!?
— ¡Yo también lucharé!
No tenía caso discutir, así que no dijo nada. Sería egoísta por su parte decirle a la chica que no lo hiciera cuando él mismo no le había hecho caso a sus mismas palabras. Cuanto antes lo derrotaran, antes podrían irse. Y a decir verdad, dudaba estar en condiciones de ganar él solo.
Vio a la chica volar rápidamente hacia el akuma dispuesta a atacar, pero éste esquivó la patada que le iba dirigida y golpeó a la joven, lanzándola hacia el suelo. Allen intentó no distraerse y centrarse únicamente en destruir a esa criatura, así que no dudó en aprovechar el momento para acercarse él también. Debía acortar la distancia. Su arma requería cercanía, al contrario que los ataques de ese bicho. Si se acercaba no podría hacerle nada para defenderse.
Pronto se dio cuenta de su error cuando, impulsándose para estar cara a cara con el akuma, y dispuesto a atacar, éste le escupió una humareda violácea a la cara.
Supo enseguida que era veneno, pero no sabía de qué tipo. Por la sorpresa tomó una gran bocanada, lo que le hizo toser al no conseguir aspirar nada de oxígeno; y antes de siquiera darse de que estaba cayendo, Lenalee ya le había agarrado. Se tapó la boca y la nariz con la manga de la camisa, aunque dudaba que fuera a hacer mucho, y miró hacia arriba. La chica le tenía sujeto por el cuello de esa misma prenda, aguantando como podía la respiración.
Fuera lo que fuera, no debía ser veneno exactamente, porque entonces dudaba de si aguantar la respiración ayudaría en algo. Su preocupación sólo aumentó cuando se dio cuenta de que comenzaban a caer. La chica les había vuelto a subir a duras penas a lo alto de un edificio, y ahora parecía incapaz de tomar tierra con naturalidad.
— ¿Lenalee? —llamó, pero en ese momento la chica pareció perder todo el conocimiento y cayeron en picado. Serían unos cuatro metros de caída, en los que se aseguró de que la otra no sufriera más daño.
Cayó de espaldas, dejando escapar todo el aire restante. Intentó recuperarlo con otra profunda inspiración, pero sólo consiguió tener un ataque de tos. Su cuerpo debía de estar intentando expulsar lo aspirado, y el esfuerzo le mandó punzadas de dolor al ojo herido.
Ignoró el daño y apartó de sí a la chica, observando su estado. Lo primero que hizo fue tomarle rápidamente el pulso. Era muy débil, pero ahí estaba. Su pecho también se movía casi imperceptiblemente, pero respiraba.
Volvió a llamarla. No parecía tener ninguna herida física, pero no reaccionaba. Escuchó una risa tras suya que le tocó la fibra sensible.
— ¡Es inútil! ¡No puedes hacer nada, exorcista !
Sintió odio, ira, desprecio. Frustración, impotencia, desesperación. Una voz sonó en su cabeza, una voz que sabía que veía de muy lejos, durmiendo en un recuerdo de hace muchos años.
"Tú…cabrón… ¡sólo eres un inútil!"
Era débil y no sabía casi nada. Quería destruir. Quería salvar. Lo único que tenía era ese deseo. Ese deseo de matar y de liberar. De ser más fuerte. Su inocencia, de nuevo, parecía reaccionar a él. Se estaba transformando. Debía alcanzar a ese akuma a como diera lugar. No pensaba en nada más, sólo en la rabia que sentía. Pero rabia no hacia esos pobres seres, sino rabia por el Conde, por haberlos creado; rabia por sí mismo, por la impotencia de querer destruirlos a todos.
Su brazo parecía estar tan inconsistente como sus propios sentimientos. No se creía capaz de dominarlo, pero si la inocencia reaccionaba a él, lo primero que debía hacer era controlarse a sí mismo. Pero tampoco se dio tiempo para ello cuando ya se estaba lanzando contra el akuma.
Un arma a larga distancia.
Su brazo estaba tomando la forma de un cañón, uno similar a los akuma de nivel uno. Apuntó con él, deforme y sin darle tiempo a transformarse del todo. Sentía el cuerpo caliente, y la inocencia le indicaba qué hacer, así que sin pensarlo dos veces disparó.
El akuma gritó sorprendido, alejándose del ataque, pero Allen aprovechó ese momento para ser él quien se acercara con unas rápidas zancadas. Le golpeó con su inocencia, pero no fue suficiente. Aunque se llevó el golpe, el akuma bloqueó la mayor parte disparando al mismo tiempo.
— ¿Creías poder derrotarme con eso? —chilló el akuma, contra-atacando rápidamente y lanzando a Allen hacia una pared.
El chico mantuvo la mirada fija en el akuma. Aunque no lo viera, sentía los gritos de agonía del alma encerrada. Era como si fuera parte de él, y aunque no pudiera verlo, lo sentía dentro de sí mismo. Ahora que se había alejado de Lenalee podía atacar sin ningún problema. El akuma, ofuscado, se precipitó sobre él. Pero no se puso nervioso. Comenzó a cargar toda la energía que podía reunir en su brazo izquierdo. Toda su fuerza en un solo ataque. Venía directo a él, así que no podría esquivarlo, y cuando estuvo a una distancia decente, descargó todo el poder acumulado.
Le vio agitar las alas con fuerza, intentando desviar el ataque con el viento, pero era inútil. Allen gritó, manteniendo su brazo firme con el otro, sintiendo su inocencia arder entusiasmada. Escuchó al akuma gritar también, debiendo verse vencido. Pero de repente todo cambió.
Sintió un fuerte pinchazo en el pecho, provocando que su inocencia se desactivara automáticamente. Tosió llevándose una mano a la boca, y no supo si era sangre lo que escupió o si la sangre era por haberse tapado antes el ojo. Una risa le hizo levantar la vista, viendo cómo el ataque anterior se estaba volviendo ahora contra él.
Cerró los ojos. Intentó llamar a su inocencia, pero lo único que consiguió fue que todo su cuerpo se retorciera de dolor de nuevo. Volvió a toser, esta vez sí estuvo seguro de que había escupido sangre, viendo su rastro sobre el suelo. Debió haber pensado que su cuerpo no soportaría el poder de la inocencia hasta tal extremo.
Vio una sombra negra pasar por delante suyo, y con ello escuchó un fuerte ruido metálico resonar en sus oídos, algo chocando contra algo. Jadeando, volvió a alzar la vista al frente, viendo a Kanda parado a unos centímetros de él, desviando el ataque lejos.
— ¿¡Kan˗da!?
Le escuchó chasquear la lengua debido a la cercanía de su cuerpo. Tenía el pelo suelto y algo revuelto junto a alguna magulladura, pero no parecía tener ninguna herida seria. Sí que tenía el uniforme manchado de sangre por varias zonas, pero dudaba siquiera que fuera del chico. Apenas había terminado de desviar el ataque cuando se giró para gritarle.
— ¡Tú, Moyashi inútil! ¿¡Qué coño te crees que haces ahí tirado!?
— ¿Qué haces aquí? —preguntó a su vez Allen. Era cierto que debía verse horrible, pero no debía ser algo que le importase al mayor. No era como si esperase que a Kanda le importara. De hecho no esperaba nada de su parte, menos cuando no lo merecía. Por eso le extrañaba tanto su repentina aparición.
—Juro que odio cómo hacen las cosas los ignorantes como tú —farfulló con odio, volviendo a adoptar una posición de ataque—. Pero lo que más odio son los tipos que no cumplen sus jodidas promesas.
Allen le vio lanzarse sobre el akuma sin dudar. Por supuesto. Sabía que había defraudado a Kanda en cierta forma. O quizá no al japonés, más bien a sí mismo. Ya se esperaba esta actitud del otro, pero…
—De todas formas… —jadeó—, haga lo que haga me vas a odiar igualmente —pensó para sí mismo con una triste sonrisa.
Y esa era una realidad que por alguna razón le creaba un vacío en el estómago.
O quizá sólo era hambre.
— ¡Allen!
Lavi se acercaba a él, con Lenalee en brazos. Sus ropas también estaban descolocadas, lo cual era un claro indicio de que también había estado dándolo todo en la batalla. Aún así se acercó a él animadamente, pero con cuidado de la chica.
— ¡Uwah! Te ves horrible. Una dura pelea, ¿eh?
Reprimió una mueca de molestia al escucharle decir eso. No sabía cómo se lo podía tomar con tan buen humor cuando Lenalee no recobraba la conciencia, y todo por su culpa. Debía de estar ya acostumbrado a estas cosas, pero Allen no. Y tampoco estaba seguro de querer acostumbrarse.
— ¿Cómo sabíais que…? —se cortó sin terminar la frase. No quería admitir que necesitaban su ayuda, aunque era más que obvio que así era. También sabía que Lavi le entendería sin necesidad de añadir nada más, así que decidió no continuar la pregunta.
—Lena-chan contactó con nosotros —respondió mirando a la chica. Allen se dio cuenta de que su sonrisa dudó unos segundos—. Y ese es el último que queda ya.
¿El último? Allen miró de nuevo a Kanda, esta vez fijándose bien en él. No sabía cuántos akuma debieron ser en total, pero si ya habían terminado con todos… Debían de ser increíbles. Así que se centró en observar a Kanda pelear. Además, era la primera vez que veía a un exorcista luchar, mucho más experimentado que Lenalee o él, por supuesto. Más aún, era la primera vez que veía a Kanda luchar en serio, y no pudo evitar sentir algo de fascinación por él.
No era envidia. Estaba demasiado ocupado admirando su desenvoltura en la batalla como para pensar en algo tan trivial como eso. Y es que a pesar de todo, no creía que se pudiera cansar de ver a Kanda así.
Todos sus ataques parecían rudos y barbaros, pero en realidad sabía que no era así. Detrás de cada fuerte estocada estaba un movimiento bien calculado, equilibrado y grácil. Todo el cuerpo parecía responderle con cada ataque. Cada salto, cada patada, cada corte. Tenía un aire salvaje, pero aún sin perder la sangre fría. Se veía vivo. Agresivo, pero ciertamente fascinante. Y se encontró a sí mismo pensando que quizá Kanda, detrás de esa grosera actitud, era en realidad tal y como se mostraba ahí.
Con esa idea en mente le vio deslizar con un certero movimiento la katana por el akuma, dividiéndolo limpiamente en dos. Se preguntó si acaso todo este rato sólo había estado jugando con el akuma mientras el otro le atacaba en serio. No pudo evitar fruncir el cejo pensando en que eso era lo mismo que hacía con él.
— ¿Nos vamos ya o qué? —y ahí estaba de nuevo esa arrogante actitud.
Se puso en pie, sin decir nada, rogando porque sus piernas no le fallaran. Kanda ni siquiera había posado la vista en él, como diciendo que ignorarle era la mejor opción.
— ¿Qué demonios le pasa?
Allen miró a Kanda, quien a su vez estaba con la mirada fija en Lenalee. Sin duda él también se preguntaba lo mismo. Lavi sólo se encogió de hombros despreocupadamente.
—Le ha debido de afectar la habilidad de ese akuma. Parece que está bien, pero ya nos dirá Panda cuando volvamos.
—Che.
Otro chasqueo de lengua. Esta vez Kanda sí que le miró, pero con todo el desdén con el que seguramente podía mirar a alguien. Por su parte, el inglés siguió sin decir nada. Ya se había repetido innumerables veces que todo era culpa suya, y de hecho, si todo esto hubiera pasado por el moreno, él no se comportaría de forma distinta. Y aún sabiendo eso, sintió un malestar insoportable recorrerle por todo el cuerpo.
—No te preocupes —dijo Lavi a su lado, posando la mano libre sobre su hombro—. Ya verás como no es… Allen, ¿estás˗? ¡Oi!
No prestó atención a lo que estaba diciendo el pelirrojo. Estaba demasiado ocupado en mantenerse en pie. El malestar sólo aumentó, y al parecer su cuerpo estaba demasiado cansado como para luchar contra ello. Se dejó caer, todavía manteniendo algo de consciencia que no le duró mucho más. Lo último que escuchó antes de desfallecer fue ese molesto sobrenombre en la lejanía.
~Continuará~
(1) En realidad se está santiguando. Para persignarse hay que signarse y luego santiguarse, cosa que Adèle no hizo. Sólo para evitar confusiones de términos.
(2) Debo decir que el ojo de Allen, por lo que me he dado cuenta, al principio es un poco inútil ˗risa˗ En los primeros capítulos no podía ver las almas a no ser que las tuviera en sus narices, y encima tardaba lo suyo. Esto es así hasta que le evolucionó; así que sí, sé que el Allen de D Gray-man tiene un "ojo-radar" muy útil, pero este Allen aún no.
(3) Como dije, no voy a traducirlo, pero debo añadir que como friki que soy de los idiomas me molesta un poco que no se vea en D Gray-man este tipo de diferencias (bueno, miento, cuando Miranda le escribe una nota a Allen, ésta estaba en alemán (aunque sólo en el anime, cap. 12)… Pero para mí, Allen sólo sabe inglés). Por lo tanto, asumiré que todos pueden hablar en ese idioma a pesar de la variedad de nacionalidades. Pero cuando no hablen en un idioma en común (según el POV), intentaré ponerlo en el idioma original.
En el caso de Kanda es lo mismo, si éste le dice o escribe algo a Allen en japonés adrede para que no sepa lo que significa, lo escribiré con sus kanji, hiragana o katakana (Si es el POV de Allen, claro). El nombre de 'Moyashi' no cuenta, ya que aunque Allen no sepa lo que significa, sí que entiende que no es "guapo", precisamente. Oh, y el '˗san', '˗kun', '˗chan', etc. lo incluyo porque creo que es importante ver cómo se tratan entre ellos. Y 'akuma' porque Allen ha aprendido directamente que "esos seres" se llaman así. Aunque 'BaKanda' se podría decir que es la excepción ˗risa˗ Eso, o supongamos que aprendió la palabra de 'Baka' en algún sitio (coffCrosscoff).
Notas finales: He escrito tanto en las anotaciones que ahora no sé qué decir ˗risa˗ Espero que os haya gustado y que me deis vuestra opinión con… ¡reviews! Siguen siendo gratuitos y podéis escribir lo que queráis, ¿no son maravillosos? ˗sonrojo˗
¨Nishi¨
