Capítulo 2

Más de catorce años habían pasado desde que los Bonnefoy adoptaron a la pequeña Madeleine. El paso de los años había conseguido que la niña olvidase el dolor causado por la muerte de sus padres y con el paso del tiempo acabó olvidándolos… Sólo recordaba pequeños fragmentos, escenas, momentos que habían sido importantes para ellas. Pero sólo guardaba unos pocos. Muchas cosas las había olvidado, lo que le producía tristeza, pero no podía hacer nada por evitarlo.

El tiempo había ido forjando la personalidad de Madeleine. Se había vuelto una chica hermosa e inteligente, con ideas bien asentadas en la cabeza. Al igual que su personalidad, sus relaciones con los miembros de su nueva familia habían ido cambiando también. Su trato con sus padres era bastante bueno. Éstos se habían encargado de que a la chica no le faltase nunca nada desde que comenzó a vivir con ellos y habían conseguido hacerla muy feliz. Madeleine les estaba muy agradecida por todo, aunque tenía presente el hecho de que no eran sus padres biológicos, pero les quería como si lo fueran. Por otra parte, estaban sus hermanos. Monique había madurado con el tiempo. Se había vuelto más tranquila, y comparada con cómo era cuando Madeleine llegó a la familia, era totalmente distinta. Había dejado atrás lo de ser una chiquilla pesada obsesionada en arrastrar con ella a Madeleine a todos sus extraños juegos. Por el contrario, la Monique de ahora era más refinada, calmada y sus intereses estaban centrados en los chicos y en los hombres. Estaba en edad de casarse y en consecuencia, obsesionada con encontrar al marido perfecto.

Francis también había cambiado. Sin embargo, no de la manera que a Madeleine le hubiese gustado. Era sabido por todos que el primogénito de los Bonnefoy siempre había sido un chico de gran belleza. Con los años, había quien decía que se había vuelto más guapo. El joven estaba al tanto del furor que despertaba entre las jóvenes de su edad, y sacaba partido de ello. También en edad de casarse, Francis se había convertido en un dandy. Había adoptado esa forma de vida al entrar en la veintena, y disfrutaba saliendo con sus amigos las noches de sábado para ir a lugares que sus padres, definitivamente, no aprobaban. También hay que señalar que Francis había desarrollado un miedo al compromiso cuyos orígenes quizás estuvieran en aquella ocasión en la que sus padres le presentaron a una muchacha, no muy agraciada ni de su gusto, y posteriormente le confesaron que debía casarse con ella. Inmediatamente Francis se rebeló y evitó ese casamiento. Desde ese momento, el mayor de los hermanos Bonnefoy no había aceptado a ninguna mujer con la que casarse. No porque no le gustaran ni nada parecido; de hecho, le encantaban. Sin embargo, no quería que fuesen sus padres quienes hicieran las decisiones en su vida. Quería ser él quien eligiera a la mujer con la que pasaría el resto de su vida. Alguien que le agradase y le gustase. Quería un matrimonio por amor, no por conveniencia.

Y luego, estaba Madeleine… La chica tenía veinte años en aquellos momentos, y al igual que sus hermanos estaba en edad de casarse. Sin embargo, ella tenía muy claro con quien quería casarse… Aunque sonase descabellado.

¿Cuándo encontró a esa media naranja, otra mitad, compañero del alma, o cualquier otro nombre que se precie para referirse a su enamorado? Para ello habría que mirar atrás en el pasado, concretamente cuando era una niña de seis años y sólo Monique quería jugar con ella en las fiestas de sus padres. Bueno, no sólo Monique… Él también quería jugar con ella, y lo hacía, siempre y cuando sus amigos no lo necesitaban. Madeleine se había ido enamorando poco a poco de Francis desde que era una cría. Al principio no sabía qué era lo que sentía, ni qué nombre darle. Lo que sentía por Francis no era lo mismo que pudiese sentir por Monique, que era solo mera amistad, o por sus padres, cuyo amor era totalmente familiar. Lo que sentía por Francis era algo distinto a todo lo que conocía, y de lo que estaba totalmente segura era de que le hacía feliz y sentir bien. No fue hasta que llegó a la adolescencia que Madeleine supo ponerle nombre a este sentimiento. Y la chica deseó no haberlo descubierto… Se pasó muchos días sin saber qué hacer. Tenía dos opciones: O seguir las normas sociales y olvidarse de Francis, ya que el que contrajera matrimonio con él estaría visto como incesto; o seguir su corazón, con la firme idea de que ella y Francis no eran hermanos de sangre, por no decir que nunca había visto a Francis como su hermano mayor. Sin embargo… también estaba el hecho de que no conocía la opinión de Francis al respecto. A pesar de que en sus sueños de día Madeleine siempre se creaba sus historias, en las que Francis y ella tenían su final feliz, sabía que la realidad estaba bastante alejada de eso y no había más que ver la actitud con la que Francis la trataba para darse cuenta de que éste solo la veía como a una hermana pequeña.


La lluvia no amainaba. Llevaba toda la mañana así y no parecía que fuese a parar por lo pronto.

Madeleine suspiró, sentada en su cama, mirando por la amplia ventana de la habitación cómo el agua caía con fuerza y golpeaba los cristales.

―He tenido que cancelar los planes de esta tarde.

La voz de Monique rompió el silencio momentáneo que se había formado en la habitación. La chica, sentada con las piernas cruzadas en la alfombra, miraba a su hermana pequeña, haciendo una mueca de tristeza.

―Lo raro sería que no lo hubieras hecho―bromeó Madeleine, sonriendo de lado. Monique había concertado una especie de cita con unos chicos que habían conocido hacía un par de semanas en un baile, y el lugar elegido había sido Hyde Park. Había planeado que dieran un paseo y más tarde hicieran un picnic, pero visto lo visto eso iba a ser imposible.

―Argh, cállate―sonrió Monique, medio fulminando con la mirada a Madeleine, quien se rió ligeramente―. Les he mandado decir que cuando haya otra vez buen tiempo saldremos.

―Pues eso es un poco difícil, teniendo en cuenta que estamos en Londres.

―Bueno, cuando no llueva. Me has entendido―repuso la mayor, rodando los ojos.

Durante el resto de la tarde, la lluvia siguió cayendo con fuerza. Las dos hermanas aprovecharon y pasaron el resto del día en su habitación, charlando sobre temas que a ambas les preocupaban, como por el ejemplo el cambio que había dado Francis en tan poco tiempo. Ya no era el chico dulce y amable que era. Había cambiado y se había transformado en un hombre cuyas amistades eran poco fiables, al igual que lo eran los lugares que solía frecuentar.

―Va a acabar mal―suspiró Monique, tumbándose en la alfombra con las manos tras la cabeza.

―Ya se lo hemos dicho todos, pero parece que no nos escucha…―se lamentó Madeleine, a quien este tema realmente le daba escalofríos.

―Es un imbécil. Cuando se dé cuenta de que la ha cagado y nos venga llorando no pienso tener piedad de él.

―¿No crees que estás siendo demasiado dura con él?

―No. Simplemente me porto con él de la misma manera en la que él se porta conmigo.

Madeleine hizo una mueca de disconformidad, pero dejó de presionar. Sabía que la relación entre Francis y Monique nunca había sido muy modélica, y la tensión en el ambiente era palpable cuando ambos hermanos tenían que interactuar. Pero al menos se soportaban…o así era la cosa antes de que Francis adoptara ese estilo de vida.

―Por cierto.―Monique se incorporó, apoyando los codos en el suelo. Captó la atención de Madeleine, quien le miró a la espera de que siguiera hablando― ¿Qué te parece Govert?

―¿Govert?

―Sí, Govert. El chico que te sacó a bailar en la fiesta―Monique rodó los ojos, desesperada por el despiste de la otra joven.

―Claro que me acuerdo de quién es. Sólo me sorprende que saques eso.

―¿Por qué?

―¿No estábamos hablando de Francis?

―Sí, pero paso de seguir gastando saliva en él.

Madeleine hizo los ojos en blanco.

―Bueno, ¿qué pasa con Govert?

―Que qué te parece.

―Bueno…―Madeleine se mantuvo pensativa unos segundos―. Parece buen chico. Es amable y educado, aunque su porte intimide.

―Es un buen chico, por lo que Henri me ha contado―sonrió la mayor.

―No, si eso no te lo niego. Sólo que cuando lo ves sólo, con esa mirada tan gélida y su rostro inexpresivo, te dan escalofríos. Parece que está enfadado, y no me da buen rollo. Sin embargo, la cosa cambia cuando hablas con él… Es atento y caballeroso, y a veces sonríe y todo. Bueno, o al menos así fue conmigo.

Monique escuchó las palabras de Madeleine con una sonrisa de lado, burlona.

―¿Y… qué, te parece atractivo?

―Bueno. Feo no es, pero no es el tipo del hombre que me gusta a mí―reflexionó Madeleine, recordando a Govert. De hecho, le parecía bastante atractivo. Sin embargo, su corazón ya estaba comprometido con otro hombre. Otro hombre que quizás jamás la correspondería, pero ella no era quien había decidido enamorarse de su "hermano". Si Francis no estuviese por medio, posiblemente Govert le interesaría. Después de todo, tenía todos los atributos para ser el hombre "ideal" (calmado, al igual que ella, serio, formal, educado, aunque sin sentido del humor, pero fiable).

―Pues si él no es tu tipo de hombre no sé quién lo será―repuso Monique rodando los ojos―. ¿Entonces no planeas que suceda nada entre tú y Govert? Por que si es así―

―¿Por qué tanta presión? No lo sé, Monique. Deja que las cosas fluyan y sigan su curso, no las fuerces. No sé si las cosas entre Govert y yo irán a mejor en algún momento y cambie de opinión, así que simplemente no hagas planes sin consultarme si me metes en ellos.

―No tienes por qué ponerte así, Maddie. Solo digo que si no estás segura con lo de Govert mejor no vengas a la cita del próximo día. Será incómodo tanto para ti como para él.

Madeleine suspiró, odiando que Monique fuese tan radical.

―Mira, Monique. Esa cita es la única manera de saber si las cosas entre Govert y yo pueden ir a mejor o no. Simplemente no hagas nada, ¿vale? Iremos a esa cita las dos, tú con Henri y yo con Govert y al final de la jornada nos contaremos la una a la otra cómo nos ha ido. Y ya te enterarás de si lo mío con Govert tiene futuro o no.

―Está bien, lo haremos a tu manera―suspiró Monique.

De repente, la puerta de la habitación se abrió y entró sin previo aviso la Señora Bonnefoy.

―¡Monique! ¿Qué haces desparramada por el suelo? ¡Esas no son formas de una señorita! ¡Levántate!

―Vaaale, vaaale―dijo la chica, levantándose perezosamente.

―La cena estará lista en breve. Pero venía a preguntaros que qué vais a hacer al final con esos chicos que conocisteis en el baile.

Las dos jóvenes se sonrojaron, y Monique decidió tomar la palabra.

―Hemos quedado en que cuando no llueva volvemos a vernos, en Hyde Park, como teníamos previsto.

―Pero… ¿son del gusto de ambas? Porque no me extrañaría que volvieras a arrastrar a Madeleine a otra de tus locas ideas, Monique.

―Sí, a Maddie le gusta Govert, por eso el próximo día va a ver si las cosas entre ella y él realmente funcionan o no.

Madeleine frunció el ceño. Eso no era lo que ella había dicho. Monique había cambiado totalmente sus palabras, lo cual no era nada nuevo, en realidad, pero no por eso le molestaba menos.


No fue hasta una semana más tarde que finalmente las hermanas pudieron ir a la cita. Era una mañana soleada de principios de mayo. Quién hubiera dicho que la semana anterior había sido tan lluviosa… Aprovechando el buen tiempo, Madeleine y Monique estrenaron los vestidos que se habían comprado hacía un par de semanas. Tras un buen rato de preparación, que incluía a Monique embadurnando la cara de la menor con maquillaje que luego ésta se arreglaba, y peinados bastantes elaborados, las dos hermanas salieron a la entrada de la casa, nerviosas por lo que les iba a acontecer.

―¿Estás nerviosa?―preguntó Monique mientras esperaban a que los criados les terminaran de preparar el carruaje.

―Bueno…―Madeleine se mordió el labio, con visible nerviosismo―. Lo que realmente me inquieta es que la cosa no vaya cómo habíamos pensado.

―Ya verás que sí―Monique le quitó importancia al asunto con la mano.

El carro estaba ya listo, y las dos hermanas se dirigieron hacia la calle, dónde les estaban esperando. Madeleine subió primero, seguida de Monique, a quien se le enganchó el vestido y tuvo la mala suerte de hacerse un jirón.

Madeleine se llevó las manos a la boca en señal de preocupación, tan sorprendida como su hermana, que se había quedado en una especie de shock.

―M-Mi vestido… se ha roto.

―Bueno, a ver si se puede arreglar―dijo Madeleine acercándose a ella, quien se había quedado de pie en la escalerilla del carro―. Ven, entra.

Madeleine la tomó del brazo y la hizo subir al vehículo, para que este pudiera ponerse en marcha de una vez.

―Anda, no seas exagerada―dijo la menor, mirando de cerca el pequeño jirón que Monique le había dado al vestido―. Esto se puede disimular.

―No estés tan segura…―murmuró Monique, con una expresión de terror viendo el estropicio que había causado―. Así no puedo ir a la cita…

―No digas tonterías. Esto se remete por aquí…―murmuraba, arreglando, o al menos intentándolo, la raja del vestido―… Y esto por aquí… Ya está.

Monique, quien se había cubierto la cara con las manos, no se atrevía a ver lo que Madeleine había hecho. ¿Y si lo había dejado peor? ¿O igual? Oh dios, eso era una tragedia… ¿Por qué tenía que ocurrirle eso a ella justo el día que tenía una cita?

―Mira, Monique. A ver qué opinas de cómo ha quedado.

La mayor tomó aire y apartó con un ligero temblor las manos de su cara. Dirigió la mirada hacia el lugar en el que había ocurrido el accidente, y alzó las cejas sorprendida al ver que Madeleine había sido capaz de solucionarlo.

―Oh, vaya…―murmuró Monique, observando con mejor perspectiva la zona―. Eres increíble, Mad…

La menor sonrió, orgullosa de su trabajo.

―¿Ves? No era para tanto…

―Tienes razón. Pero ya me conoces, soy una histérica sin remedio…

Madeleine sonrió, sabiendo que esas palabras eran muy ciertas, y estaba segura de que a Monique, la orgullosa Monique, le había costado pronunciarlas.

Justo en ese momento comenzó a poderse ver por la ventanilla Hyde Park. Madeleine sonrió, y se giró a su hermana para decirle.

―Ya hemos llegado, Monique.

―Vale… sólo espero que al caminar tu arreglo no se caiga ni nada―Monique expresó su preocupación mirando también por la ventanilla, con la pequeña esperanza de vislumbrar a Henri.

Cuando el carruaje finalmente paró, cerca de la entrada de Marble Arch, las dos jóvenes se miraron con una mirada cargada de sentido antes de poner los pies en el suelo.

―¿Estás lista?―preguntó Monique a su hermana, tomándola de las manos.

―Sí, ¿y tú?

―No puedo esperar para ver a Henri…

Madeleine le sonrió y ambas se bajaron del carruaje. Monique fue quien se encargó de explicarle a los criados de a qué hora tenían que ir a recogerlas, mientras que Madeleine tomó la cesta del picnic del interior del vehículo.

―¿Vamos?―preguntó Monique a la menor una vez hubo despachado a los criados.

Madeleine asintió con la cabeza, y las dos se pusieron en camino hacia el parque.

―¿Cuál es el punto de encuentro?―preguntó la menor, mirando a todas partes disimuladamente.

Speaker's Corner―respondió Monique, con una sonrisa de lado y la mirada dirigida al lugar que acababa de mencionar.

Madeleine también dirigió su vista hacia allí, pero no logró distinguir a Henri y Govert entre las personas que allí estaban.

Como su nombre indicaba, había una persona dando un discurso en el lugar, y parecía que tenía un amplio público, la mayoría hombres, escuchando.

―Allí están―susurró Monique en el oído de Madeleine.

La menor dirigió la vista en la dirección que Monique le había dicho. En efecto, ahí estaban los hermanos Van der Leden, escuchando desinteresadamente el discurso que se estaba llevando a cabo. Intercambiaban algún que otro comentario, y Henri, el hermano menor, sonreía de vez en cuando. Govert, por su parte, se mantuvo todo el rato serio.

―Ven, vamos a acercarnos―dijo Monique tomando a Madeleine del brazo, y las dos comenzaron a caminar a paso no muy ligero hacia el par de hombres.

―Por cierto, ¿por qué tengo que llevar yo la cesta? Llévala tú―le susurró Madeleine con el ceño fruncido a su hermana, quien le dirigió una mirada de superioridad.

―Porque yo soy la hermana mayor y tú la pequeña, que me obedece. Y no hay más que hablar.

Madeleine quiso replicarle, pero estaban llegando ya junto a los hermanos Van der Leden, y no quería montar ningún numerito que seguramente acabaría perdiendo, así que se tragó sus palabras y fingió una sonrisa, medio enfadada, después de que Monique hubiese llamado la atención de los hombres.

Henri fue el primero que se giró, y nada más ver a Monique sonrió ampliamente, sin reparar ni siquiera en la presencia de Madeleine. Comenzó a andar hacia ella, seguido de cerca por Govert. La única reacción por parte de este había sido un alzamiento de cejas al ver a Madeleine, a quien esto simplemente la enojó más. ¿Por qué el hombre con el que iba a tener una cita no se alegraba de verla, pero su hermano sí se alegraba de ver a Monique?

―Buenos días―dijo Govert cuando estuvo cara a cara con Madeleine, quien le seguía sonriendo, aunque ya sin entusiasmo.

―Buenos días, Govert.

Durante unos momentos ninguno dijo nada. Govert se la quedó mirando, estoico como siempre, y ella apartó la mirada de sus profundos ojos verdes a los pocos segundos, intimidada. Decidió mirar de reojo a su hermana, a ver si a ella le iba igual, y sintió cierta envidia al notar que tanto ella como Henri estaban riendo por algo que el segundo acababa de decir.

―Maddie, querida. ¿Qué te parece dar una vuelta por separado y a la una en punto nos encontramos justo aquí para comer?

Monique se había agarrado del brazo de Henri, sonriente, y por su propuesta estaba más que claro que no iban a estar todos juntos durante la cita, que era lo que había esperado Madeleine. La menor sintió entonces como un escalofrío le recorría la espalda, haciéndose a la idea de que tendría que estar sola con Govert.

―E-Está bien. Pero―

―Perfecto, nos vemos―la cortó Monique, sin darle opción de replicar nada más, y se fue con Henri sin que Madeleine pudiese hacer nada.

La chica tragó saliva con dificultad, antes de girarse y encarar a Govert, que la seguía mirando con la misma expresión seria de siempre.

―B-Bueno… Nos hemos quedado solos―susurró la joven, sin saber qué conversación podría mantener con ese hombre.

―Ya―fue lo único que respondió Govert.

Madeleine no sabía cómo manejar esa situación. El otro día, en el baile, había sido más fácil, ya que Govert llevaba varias copas de alcohol encima, y hasta había reído con ella. Sin embargo, en esos momentos, totalmente sobrio, era un tipo muy distinto. Apenas sonreía, y su estado natural era el de estar serio.

―¿Quieres ir a algún lugar en especial?

La pregunta de Govert interrumpió el tren de pensamiento de la chica, pillándola desprevenida.

―¿Perdona? No te estaba escuchando―se disculpó Madeleine, sonrojándose al ser pillada en su mundo.

―Preguntaba que si querías ir a algún lugar en concreto―repitió Govert con un suspiro, lo que le hizo pensar a Madeleine que quizás el holandés tenía muy poca paciencia, o que tal vez ella no era de su agrado.

―Ah. Bueno, me da igual. Podemos dar un paseo y dejar que nuestros pies sean los que nos guíen.

Govert se encogió de hombros, conforme con la idea, y comenzaron a caminar sin rumbo.

―Perdona por no haberte estado prestando atención antes―dijo Madeleine, al cabo de unos minutos en silencio total. Govert ladeó la cabeza hacia ella, escuchándola interesado―. Simplemente me había acordado de una cosa que me dijo Monique antes.

―No te preocupes―la voz de Govert fue suave, como una caricia, al pronunciar esas palabras. Se giró a mirarle y Madeleine pudo ver en su mirada que el hombre parecía estar tranquilo, en paz, realmente sin darle importancia a ello.

Madeleine se sintió halagada, y comenzó una nueva conversación con Govert. Esta vez, la cosa fue más larga y tendida. Madeleine le contó su historia, ahorrándose algunos detalles, y luego Govert hizo lo mismo. Provenía de una importante familia holandesa. Se había mudado a Londres hacía menos de dos años, lo que explicaba que aún tuviese acento holandés mal disimulado, ya que nunca antes había hablado inglés. Poco a poco, Madeleine se fue viendo envuelta en un ambiente más romántico y más natural que el que había al principio, cuando Monique y Henri les dejaron solos.

Cuando llegó la hora de reunirse para el picnic, Madeleine se sorprendió al ver que las dos parejas se llevaban bastante bien. De hecho, Henri estuvo hablando un rato con ella, lo cual la sorprendió, ya que el joven apenas si había reparado en su presencia por la mañana.

―Hemos pasado un buen rato―dijo Monique, llevándose a la boca un scone―. Hemos ido a la zona del lago y allí hemos estado viendo a los críos alimentando a los patos. Me han entrado ganas de hacerlo a mí también, pero claro, entonces he recordado que eras tú quien llevaba la cesta del picnic―señaló a Madeleine acusatoria, y esta no pudo más que sonreír con cierta malignidad al ver que el karma se había encargado de Monique y sus aires de hermana mayor.

―Una pena, cielo―Madeleine se encogió de hombros―. Además, ¿con qué ibas a alimentarles? ¿Con nuestra comida? No seas ridícula.

Monique frunció el ceño, queriendo rebatirle, pero se abstuvo. No quería montar una escena con los hermanos Van der Leden delante, quienes por cierto se habían quedado callados, observando la pequeña disputa entre las dos.

―Monique―dijo Henri, al ver que el peligro había pasado. La mencionada chica giró el rostro hacia él, intentando sonreírle pero sin conseguirlo, aún con la rabia contenida―. Dentro de dos semanas habrá otro baile. Es en casa de los Grey. ¿Irás?

―No había sido informada de eso…

―Bueno, la verdad es que yo me he enterado por mi padre, no me lo han dicho directamente. El punto es que me han invitado, y me dejan llevar acompañante, así que me preguntaba si querrías ir conmigo.

Henri terminó de hablar con un leve rubor en las mejillas, sonriendo embelesado a la mayor de las Bonnefoy. Esta reprimió un grito de alegría y acabó por asentir, con la emoción contenida.

―Me encantaría, Henri…

El menor de los Van der Leden sonrió aún más, y Madeleine tuvo la impresión de que tanto ella como Govert sobraban en aquel lugar. Y hablando del Rey de Roma, la chica miró de reojo a Govert, y sintió decepción al ver que éste seguía comiendo los pasteles que habían traído. ¿Es que acaso no se iba a molestar en invitarla al baile de los Grey? ¿Tan poco valía la pena, como para apenas ser invitada a un baile por la persona con la que se suponía que se estaba emparejando?

―Madeleine.

Govert había alzado la cabeza y la estaba mirando directamente a los ojos, con una mirada que hasta ese momento la joven no había presenciado.

―¿Sí?―preguntó Madeleine sintiendo cómo todas las esperanzas volvían a ella, preparada para escuchar la propuesta del baile y responder humildemente.

―¿Me pasas una servilleta?

Madeleine sintió como todas las esperanzas se esfumaban de nuevo, y frunció el ceño, frustrada de que todo le saliera tan mal. O al menos no tan perfecto como a Monique.

―Aquí tienes―gruñó después de tomar una servilleta de las varias que habían traído y que estaban justo a su lado, depositándola de mala manera junto a Govert.

―Ehm... gracias―Govert dudó al responder, sin entender el repentino cambio de humor de la muchacha―. ¿Estás bien?

―Claro que estoy bien. Todo va perfecto, ¿no?

Sintió ganas de estrangular al holandés al ver que este asentía ante esa (falsa) afirmación.

―Pues entonces no pasa nada. Todo bien, no hay más que hablar―dejó zanjado el tema dándole un gran mordisco al sándwich que tenía en la mano, de peor humor. Monique, por su parte, no se había enterado de nada, demasiado absorta hablando con Henri, quien también se había evadido del mundo y sólo tenía ojos para Monique.

Durante el resto de la cita todo fue igual. Henri absorto totalmente por Monique, a quien le prestaba toda su atención, y viceversa, y Madeleine convenciéndose cada vez más de que Govert no era el mejor partido para ella.