Capítulo 3

Francis se quitó el sombrero al llegar al umbral de la puerta de su casa. Por lo que se podía ver a través de las ventanas, había actividad en la casa, lo que le extrañó. Monique y Madeleine estaban en una cita, lo que significaba que no había alboroto por parte de su hermana de sangre.

Con una par de golpes secos llamó a la puerta, y casi enseguida le abrió un criado, que le ayudó a quitarse la capa y colgarla en el perchero que había tras la puerta.

―Ya estoy aquí―anunció con voz alta y potente Francis, dirigiéndose hacia la sala de estar, dónde suponía que estaban sus padres.

Supuso bien. Alain Bonnefoy se encontraba sentado en un sillón leyendo el periódico mientras que su mujer, Elaine, estaba sentada en otro sillón cercano, cosiendo.

―Vaya, hijo. Llegas realmente temprano hoy―le saludó el hombre, bajando el periódico. Una sonrisa se escapó de sus labios. No todos los días podía ver a Francis por la casa, ya de vuelta, a las seis de la tarde, y eso le alegraba.

Elaine dejó de hacer lo que estaba haciendo y también sonrió al ver a su hijo. Se levantó y se acercó hacia él para darle un beso en la mejilla.

―¿Cómo es que estás tan pronto en casa, cielo?―preguntó la mujer, haciéndole un cariño en la mejilla.

―En realidad he venido para hacer tiempo hasta esta noche.

Elaine soltó un suspiro y apartó la mano de la mejilla, derrotada. Alain, por su parte, soltó un bufido.

―Francis, ya te tenemos dicho que no nos gusta nada esa nueva vida tuya en la que te pasas toda la noche fuera, y gran parte del día.

―Más bien es al revés―le corrigió Francis, carraspeando.

―Como sea. Hijo, escucha―dijo el hombre, levantándose de su asiento, acercándose al menor―. ¿Sabes? Ya tienes 23 años. Eres ya un adulto, y este comportamiento tuyo últimamente se asemeja más al que tendría un crío de 15, no un hombre hecho y derecho como tú.

Francis tragó saliva, mirando desafiante a su padre a los ojos. No era la primera vez que tenían esa charla sobre su forma de vida, y estaba ya harto de los sermones de su padre.

―Padre, tengo edad suficiente para hacer lo que quiera con mi vida.

―¡Pues por eso mismo te digo esto!―exclamó enfurecido Alain―. No quiero que hagas cosas de las que más tarde te arrepientas, Francis…

―Lo único de lo que me arrepiento es de no haber conocido esto antes―siseó Francis con frialdad.

―¿Esto?

―La vida que llevo. Soy mucho más feliz que antes, y nada de lo que me digáis lo va a cambiar.

Elaine y Alain intercambiaron miradas. La mujer lucía bastante preocupada, sin saber qué hacer. No sabía que más decirle a su hijo para que se enderezase de nuevo y dejase la vida nocturna. Alain se veía cansado. Agotado de discutir una y otra vez con Francis por lo mismo.

―¿Y no has pensado en casarte?―preguntó Elaine, como último recurso. Si Francis se casaba, tendría que dejar ese mundillo de la noche.

―¿Casarme? ¿Yo?―preguntó el joven antes de estallar en risas, lo cual hizo que una vez más sus padres intercambiaran miradas―. Por favor, yo casado. Eso sí que es gracioso.

Francis continuó riendo un rato más, hasta que sus risas cesaron, y volvió a ponerse serio.

―En fin. Esta noche vuelvo a salir. Antonio ha descubierto un lugar nuevo, y vamos a ir. Él, Gil y yo. No me esperéis despierto, como ayer, y antes de ayer, y el día de antes de ayer… Estaré en mi habitación, si me necesitáis.

Y dicho eso abandonó la estancia, sin darle tiempo a ninguno de sus padres a decir nada más. Iba a paso rápido y al llegar a la esquina del pasillo se chocó con alguien. Ese alguien era mucho menos fuerte que él y cayó al suelo.

―Mira por dond…―Francis se calló al ver que la persona con la que se había topado era Madeleine, quien se había llevado una mano a la cadera―. ¡Maddie! No sabía que eras tú. ¿Te has hecho daño?―preguntó agachándose, poniéndole una mano a su "hermana" en el hombro.

―Estoy bien, no te preocupes―respondió Madeleine, sobándose aún la cadera.

―Mira tú por dónde vas.

Una tercera voz hizo acto de presencia. Francis no la había notado, pero Monique había estado ahí todo el tiempo. De pie, detrás de Madeleine, le miraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

―Y está claro que le has hecho daño. Mírala, con la mano en la cadera, donde se ha golpeado al caer.

Francis dirigió la mirada hacia donde la otra joven había dicho y se dio cuenta de que sí, Monique estaba en lo cierto. Madeleine parecía haberse hecho daño en la cadera.

―Vaya, cuánto lo siento, Maddie―susurró Francis, con sinceridad.

―No es nada―le repitió de nuevo Madeleine, esta vez poniéndose en pie, con un poco de trabajo―. ¿Ves? No ha sido nada. Estoy bien.

Francis la tomó de los brazos al ver que se incorporaba, ayudándola, queriendo hacer algo por ella.

―¿Y cómo es que tú estás ya recogido?

Una vez más la voz de Monique les interrumpió. Francis rodó los ojos con molestia, soltando a Madeleine, al ver que la chica ya podía tenerse de pie, y soltó un resoplido.

―No estoy recogido. Simplemente hago tiempo en casa para irme más tarde.

Esta vez fue el turno de Monique de rodar los ojos, quien tomó a Madeleine del brazo y comenzó a dirigirse en dirección contraria a la de Francis, como iban hasta que se chocaron él y la menor.

―Veo que sigues siendo un imbécil con una vida de vagabundo. Cuando madures avísanos, por favor―Monique prácticamente escupió las palabras, y no le dio chance a Madeleine de poder decirle algo más al otro joven, quien fulminó con la mirada a su hermana.

―Vete a la mierda, Monique―gritó Francis, asegurándose de que todos los que estaban cerca le oyeran, incluido la misma Monique.

Contrario a lo que Francis esperaba, Monique no le respondió nada. Simplemente siguió su camino, con Madeleine del brazo, y se dirigió escaleras arriba, probablemente en dirección a su habitación.

Francis rodó los ojos y se fue a su habitación, donde nadie le molestaría ni le daría ningún sermón. ¿Por qué era todo tan difícil? ¿Por qué les costaba tanto a los demás aceptar su nueva manera de vida? Tumbándose en su cama, situada junto a una ventana, Francis contempló como el cielo londinense se volvía cada vez más y más oscuro. Suspiró con pesadez, recordando las palabras que le había dicho hacía un rato su madre. "¿Y no has pensado en casarte?". Casarse. Él. Ni hablar. Desde aquella vez que sus padres intentaron casarle con una muchacha a la que nunca antes había visto en su vida y que no le llamaba para nada la atención, había decidido que no. Nunca se casaría. Sin embargo, esto era más bien un acto de rebeldía contra sus padres más que algo que él quisiera. Aunque para ser sinceros, nunca había amado realmente a ninguna mujer. Por supuesto que había estado con alguna. Sabía lo que era un beso, y había tenido experiencias sexuales, pero nunca desde el amor romántico comúnmente concebido, sino simplemente como capricho. Se encaprichaba de una chica, tenía una pequeña relación con ella que a lo sumo duraba un mes, y así se repetía el ciclo.

Siguiendo su tren de pensamiento, Francis terminó por quedarse dormido. No supo cuánto tiempo hubo estado en los brazos de Morfeo, sólo que cuando unas manos suaves le zarandearon con cuidado, no quiso despertar.

―Déjame, vete―ronroneó, aún medio dormido. Estaba teniendo un buen sueño, en el que volvía a ser un crío, junto a Monique y Madeleine, y no quería que eso acabara. Le encantaban esos sueños, y realmente se ponía furioso cuando alguien les sacaba de ellos―. ¿Qué quieres?―preguntó insolente, esta vez ya más lúcido y despierto, girándose a la persona que había osado despertarle. Sin embargo, el rostro contraído por el enfado de Francis cambió por completo al ver que era Madeleine quien le había despertado. Sentada en la orilla de la cama, aún tenía puesta una mano en su hombro.

―Francis, perdón por despertarte, pero vamos a cenar ya. ¿Vienes?

El hombre asintió, incorporándose. Se refregó una mano por los ojos, cansado y sin tener ninguna gana de bajar ahí abajo y enfrentar a su familia. Y por supuesto, muchas menos ganas tenía de salir aquella noche. Pero ya no podía echarse atrás; les había prometido a Antonio y Gilbert que les acompañaría a ese nuevo salón de juego que habían abierto hacía un par de semanas en Regent Street.

―¿Sabes? Si tan cansado estás no tienes por qué venir. Padre y madre lo entenderán―susurró Madeleine, haciéndole una muy leve caricia en el hombro antes de apartar la mano y ponerse en pie.

―No. Está bien. Bajo y ceno. Sólo dadme un par de minutos―dijo Francis poniéndose también en pie, soltando un bostezo.

Madeleine asintió, y se dirigió hacia la puerta para salir. Sin embargo, Francis no supo por qué lo hizo, pero le agarró del brazo, impidiendo que se fuera.

―Por cierto…―murmuró, soltándola. La joven le miró con curiosidad, girándose hacia él―. ¿Cómo te fue la cita de hoy?

―Bueno―suspiró Madeleine, sonriendo derrotada―. Podría haber estado mejor. El tipo era majo y amable, pero era muy soso. Muy distinto de su hermano, quien sí que ha hecho muy buenas migas con Monique.

―¿Quiénes eran?

―Los Van der Leden. ¿Les conoces?

―He oído hablar de ellos, pero nada serio. Sé que son hijos de un importante dueño de una fábrica que importa algodón, pero poco más.

―En fin―susurró Madeleine, quien de repente se veía muy cansada―. Me voy. Te estamos esperando en el comedor.

―De acuerdo―asintió Francis, esta vez sin impedir la marcha de la joven.

Se preparó en poco tiempo y bajó al comedor, donde ya estaba toda su familia reunida alrededor de la mesa. Aún no habían empezado, le estaban esperando. Cuando se sentó en su asiento, enfrente de las dos chicas, Monique le echó una mirada retadora y triunfal. Francis supuso que su hermana había estado hablando con sus padres sobre El Tema y decidió no darle más importancia.

Comenzaron a comer y, prestando poca atención al coloquio de la noche, Francis se preguntó si realmente tenía que salir esa noche. No le apetecía en lo absoluto, y la verdad, ya estaba harto de tener que hacerse el interesante con cada chica que se le acercaba. Francis sabía que era atractivo, que su físico hacía que muchas jóvenes (y no tan jóvenes) se le acercaran coqueteando, pero ya había llegado un momento en que eso le agobiaba y sólo quería decir basta. Esa era otra de las razones por las que no quería casarse. Pocas, por no decir ninguna, de las mujeres con las que había estado, le habían apreciado por ser realmente quien era, y no por lo que era.

La cena terminó en buenos términos. Sus padres no le repitieron ninguna advertencia de las que le habían dicho en la tarde, y Francis tampoco se molestó en recordárselo. Subió a su habitación, se cambió de ropa y bajó a la entrada, tomando su capa del perchero. Se dispuso a abrir la puerta, pero nada más tocar el picaporte escuchó una voz tras él.

―Francis.

El nombrado se giró, encontrándose a Madeleine con una expresión de preocupación en el rostro.

―¿Qué pasa, Maddie?

La joven dudó su respuesta, como si no estuviese segura de podérsela decir a Francis. Al final se acabó decantando por algo que no parecía ser lo que tenía en mente desde un primer momento.

―Ten cuidado ahí fuera, por favor.

El hombre sonrió cariñosamente. Alzó una mano y la llevó a la mejilla de Madeleine, haciéndole una caricia.

―No te preocupes; lo tendré.

Madeleine sonrió con tristeza. Eso hizo que a Francis se le rompiese un poco al corazón. Odiaba verla triste, y más aún si era por su culpa.

―Adiós―suspiró Francis, apartando la mano. Se dio media vuelta y sin medir palabra salió por la puerta, internándose en la oscuridad de la noche.

El camino hacia Regent Street no era largo, por lo que se fue caminando hacia allí. Quiso pensar que esa noche sería increíble y genial… pero su mente se había quedado estancada en esa última expresión de dolor de Madeleine. Esa cara… No solía verla a menudo. Madeleine era una chica alegre y feliz, y casi nunca la había visto triste. Solo en contadas ocasiones, como cuando se fue a vivir con ellos. Francis lo recordaba bastante bien, y tenía muy presente el hecho de que no eran hermanos de sangre. Y la verdad era que nunca había podido ver a Madeleine como una hermana. Desde que la conoció, la hija de los Williams había sido para él una compañera de juegos, una amiga, aunque por causas de la vida tuvo que empezar a llamarla hermana y verla como tal. Sin embargo, era algo superior a él. Su hermana era Monique, con la que peleaba, discutía y hacía todo eso que hacen los hermanos. Sin embargo, había una especie de barrera entre Madeleine y él que le impedía tratarla como tal. Y le daba la impresión de que a Madeleine le pasaba lo mismo. Que tampoco ella había podido verle nunca como a un hermano.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas cuando puso un pie en el salón de juego. Había mucho ruido y nada más entrar vio cómo su amigo Gilbert se acercaba a él con una copa en la mano.

―Buenas noches, Gil.

―Llegas tarde―repuso éste dándole un trago a su copa―. Como sea, ven, aún estás a tiempo de ver como Antonio comete el mayor error de su vida―dijo sonriendo con malicia y tomando al rubio del brazo, arrastrándole prácticamente a una zona en la que había mesas de ruleta. En una de ellas se encontraba Antonio, quien tenía el ceño fruncido y parecía bastante concentrado.

―Mira a quién tengo por aquí, Toño―graznó Gilbert, empujando a Francis para que quedara al lado del hispano, quien sonrió al ver a su otro amigo.

―Francis, qué bien que por fin hayas llegado―dijo en voz alta, con tono de reproche.

―Me he quedado… no importa. El caso es que he venido.

Antonio no le dio más importancia a Francis y tiró los dados. Por lo que Gilbert le iba explicando, Francis se enteró de que Antonio había apostado una gran cantidad de dinero que apenas tenía, y que como fallase estaría perdido. Antonio agarró la mano de Francis y la apretó con fuerza, viendo como el azar y el destino se unían mientras la rueda giraba, hasta que comenzó a ir más lenta y su dado cayó en una casilla roja, justo la que él había apostado.

Los tres amigos estallaron en un griterío de alegría y fogosidad, mientras Antonio suspiraba realmente aliviado. Estaba tan aliviado que no se dio cuenta de la fortuna que había ganado hasta que Gilbert lo mencionó, con gritos apabullantes.

―¡Eres millonario, Toño! ¡Eres millonario!―exclamaba mientras veía cómo le era entregado a su amigo todo el dinero que acababa de ganar en efectivo.

―¿Qué vas a hacer con todo eso?―preguntó Francis con curiosidad, sin poder evitar sonreír contagiado por la felicidad del hispano.

Antonio se quedó mirando los fajos de billetes que le iban entregando, sin responder nada. Parecía estar sopesando sus opciones para con su recién adquirido premio.

―¡Vayámonos de viaje!―gritó el hispano girándose a sus amigos, con una sonrisa llena de ilusión.

―¿Qué?―preguntó Francis, sonriendo también―. ¿Cómo que nos vamos de viaje?

―¡Sí!―chilló Gilbert, pasándole un brazo a cada uno de sus amigos por encima del hombro y atrayéndolos hacia sí en un abrazo―. ¡Vámonos por ahí!

―Vale. Tenéis que calmaros―dijo Francis, soltándose del agarre del albino―. Hay que pensar en esto con claridad.

―No seas aguafiestas, Francis―le cortó Antonio, aún agarrado de Gilbert―. Mañana a las siete de la mañana en mi casa. Nos fugaremos a París.

―¡Sí! Venga, Fran, no me digas que no te apuntas.

―Claro que me apunto, solo no estoy seguro de si hacer esto así de forma tan impulsiva sea buena idea…

―No le des más vueltas a esto, Fran―Antonio hizo un gesto con la mano, tomando todo su dinero que pudo con las manos―. Somos jóvenes, tenemos que disfrutar.

―Exacto. Hazle caso a Toño―le secundó Gilbert.

Francis suspiró, pero acabó por aceptar a ir a esa empresa. Pensaba que era una locura, pero aún era joven y debía aprovechar mientras tanto, ¿no?

Sin embargo, decir adiós no le fue tan fácil como pensaba. Decidió que lo mejor sería irse de madrugada, sin despertar a nadie, pero dejando una nota. La noche la pasó mal, pensando en que todo eso era una locura. Literalmente, su vida había cambiado de la noche a la mañana. Iba a pasar de vivir en Londres con su familia, que tanto le reclamaba sobre sus costumbres, a vivir en París con sus dos mejores amigos, quienes eran los que realmente le incitaban a hacer locuras (como esa misma de irse a la capital francesa).

Apenas había salido el sol cuando Francis se despertó y se puso en marcha. Metió en una maleta todo lo que necesitaría en ese tiempo y tomó algo de dinero, aunque en teoría era Antonio con su premio de la noche anterior quien pagaba todo. Pero nunca se sabía.

Escribió en un folio sobre su viaje, muy por encima, y lo dejó encima de su cama. Le habría gustado despedirse de sus padres, en especial de su madre, pero sabía que si lo hacía ya sí que no sería capaz de irse.

Sin embargo, algo en su corazón hizo que se despidiese de al menos una persona. Dejando su maleta junto a la puerta de salida, Francis volvió a subir las escaleras, con mucho cuidado de no hacer ruido con sus zapatos y entró sigilosamente a la habitación de sus hermanas. Allí, dormida en la cama más cercana a la puerta, se encontraba Madeleine. Se la veía tranquila, plácida, teniendo un buen sueño. Francis anduvo prácticamente de puntillas hasta estar junto a ella. Cuando llegó la observó durante unos momentos. Realmente era hermosa. No entendía cómo todavía no había llegado ningún hombre a su padre pidiéndole la mano de Madeleine. Aunque tampoco es que Madeleine hiciera mucho para integrarse en la sociedad. La joven era introvertida y a las fiestas a las que iba era arrastrada por Monique, a quien sí que le gustaban los acontecimientos sociales. Pero así era mejor. Madeleine era muy buena chica, y Francis pensaba que debía encontrar a alguien que estuviese a su altura para desposarse. Y no muchas personas estaban a su altura, al menos desde el punto de vista de Francis.

Agachándose con suavidad, Francis depositó un beso en la mejilla de la joven. Tuvo la suerte de que Madeleine no le notó, y siguió durmiendo tan tranquila. El hombre se quedó así unos segundos hasta que se decidió por darle otro beso, éste más cerca de los labios. De repente, tuvo el impulso de besarla en los labios. Total, estaba dormida, no se enteraría nunca. Habiendo abandonado todo pensamiento racional, Francis se fue acercando cada vez más a los labios de la chica, hasta que sus labios rozaron los de ella. En ese momento, se dio cuenta de lo que realmente estaba haciendo y se puso de pie rápidamente, negando con la cabeza. Estaba enfermo. Era su hermana, ¿no? O al menos eso se suponía.

Con paso ligero, olvidando un poco el asunto de no hacer ruido, Francis se fue hacia la puerta y tomó su maleta. Suspiró antes de abrir la puerta, recordando lo que había estado a punto de hacer. No sintió asco ni nada. Quizás, era posible que le gustase Madeleine. No como amiga, sino como algo más. Como ese algo que sus padres querían que se buscara… Pero era imposible. Madeleine era su hermana, y sus padres no permitirían que se casaran. Lo mejor sería irse a París y empezar, o al menos intentarlo, una nueva vida allí, con Gilbert y Antonio.