Capítulo 4

Francis se fue de la noche a la mañana. Dejó una nota encima de su cama en la que decía a dónde iba, y que no se preocuparan por él. Volvería en varios meses, y que no se molestaran en buscarle; no le encontrarían.

Cuando Elaine y Alain Bonnefoy encontraron la nota a la mañana siguiente estallaron en cólera, sobre todo el segundo. Se fue en busca de su hijo a casa de Antonio. Al no encontrar nada se fue a la de Gilbert. Se llevaba bastante bien con los Beilschmidt y se sorprendió al saber que a ellos les había pasado lo mismo con su primogénito.

La reacción de Elaine divergió un poco de la de su marido. La mujer se sumió en una gran tristeza, pero salió para adelante. Después de todo, su hijo ya era bastante mayorcito como para saber qué hacer con su vida.

Monique dijo que lo eso ya sabía. Sabía que en algún momento Francis se acabaría yendo de casa, aunque no esperaba que fuese tan pronto. Estaba bastante enojada, al igual que su padre. Le daba coraje que su hermano hubiese sido tan débil mentamentel como para haber acabado haciendo eso. ¿Irse de casa? Por favor, ¿qué era, un adolescente rebelde? Tenía ya 23 años, y con esa edad lo normal era que se independizase, sí, que se fuera de casa… ¡Pero no de madrugada como un ladrón, sin avisar a nadie! Al menos se había ido con sus amigos…Lo cual era algo.

Finalmente, estaba Madeleine. La joven no había expresado en voz alta su opinión acerca de la marcha de Francis. Desde el momento en el que una de las sirvientas había encontrado la nota en la cama de Francis cuando estaba limpiando su habitación, los ánimos de Madeleine habían caído en picado.

―Nada. Al parecer no hay rastro de Francis ni de sus amiguitos―proclamó Monique sentándose junto a Madeleine.

Se encontraban en el césped del jardín. Madeleine estaba tumbada, viendo las nubes pasar y cambiar de forma, y apenas respondió a las palabras de la otra chica.

―¿Es que no piensas decir nada al respecto?―le espetó Monique con irritación. Desde que su hermano se había ido, Madeleine no había hecho ningún comentario sobre el tema. ¿Tan poco le importaba?

Madeleine se incorporó hasta quedar sentada, y la miró con el ceño fruncido.

―¿Qué esperas que te responda? ¿Que muy bien? ¿Vale?

―Al menos quiero saber que qué piensas de esto. No has dicho nada del tema desde que Francis se largó.

―Obviamente no necesito decir nada porque se sobreentiende que estoy mal, ¿entiendes?

Monique fue la que frunció el ceño esta vez.

―Pues si no lo dices no lo sabemos. No somos adivinos.

Madeleine rodó los ojos, molesta.

―Pero es normal que me sienta mal cuando mi… un miembro de mi familia ha desaparecido.

Monique apartó la mirada de los ojos de la menor, cruzándose de brazos. La relación entre ella y Madeleine no podía ser más tensa. Desde la partida de Francis, las dos jóvenes se habían vuelto bastante irascibles, en especial Monique. Saltaba a la primera de cambio, poniéndose a la defensiva y con ganas de pelea.

Los días pasaron, y el jaleo por Francis se fue apagando poco a poco. Monique se calmó a las pocas semanas, pero a sus padres les tardó un poco más, en especial a Alain.

Una cálida mañana de julio, casi un mes después de que Francis se hubiese ido en la noche de casa, Madeleine recibió una carta. No se molestó en mirar quien era el remitente, suponiendo que sería alguna invitación para algún baile o evento social. Subió a su habitación y tomó el abrecartas, disponiéndose a abrir la carta. Se sentó en su cama y abrió la carta. Cuando reconoció la letra a mano del remitente, alzó las cejas, muy sorprendida, y se dispuso a leer rápidamente.

30 de junio de 1903

Querida Madeleine.

Espero que mi súbita marcha no haya sido origen de conflictos. Creo que todos sabíamos que esto acabaría pasando. Londres se me ha quedado pequeño y necesito ver mundo, ahora que soy joven. No os preocupéis por mí, Antonio y Gilbert están conmigo. Voy bien acompañado. La vida aquí es diferente. Es algo mejor que la otra, en la que a cada movimiento que hacía me cuestionaban sobre a dónde iba a ir y con quién.

Por otra parte, me sentía agobiado en casa con el tema de buscar pareja. Tú y Monique lo teníais más fácil. Los chicos se acercaban a vosotras y empezabais a conversar. Yo tenía que ser quien se acercase a las chicas y las sedujera. Sin embargo, nunca encontré a nadie que estuviera a mi altura. Espero que tú encuentres a alguien que realmente te merezca, Madeleine. ¿Fuiste al baile de los Grey con el mayor de los Van der Leden al final? ¿O el muy imbécil no te invitó? Me enteré de que el hermano invitó a Monique, pero nunca me dijeron que Govert te hubiese invitado…

PS: Je t'aime.

A Madeleine se le iban llenando los ojos de lágrimas a medida que iba leyendo. Sin poderlo evitar las lágrimas se le iban escapando de los ojos, y rápidamente se las secaba con las manos. Se levantó una vez hubo terminado de leer, dispuesta a contarle a sus padres. Sin embargo, un pensamiento cruzó su mente e hizo que la chica se parase en seco justo cuando ya había salido de su habitación. Esa carta era para ella, de parte de Francis. De alguna manera, era algo personal, únicamente de ella.

Madeleine dobló la carta y las escondió en un lugar que Monique jamás encontraría: Bajo un trozo de madera suelto de su habitación. Estaba situado justo junto a su cama, y Monique nunca había reparado en él. Era lo suficientemente grande como para que entrase el folio doblado. Madeleine lo colocó ahí y puso después el trozo de madera con cuidado, asegurándose de que quedaba bien colocado.

Sonriente, Madeleine se dispuso a responder a la carta de Francis con ansias. Tomó papel y pluma y pensó en cómo empezar. No fue hasta que escribió la primera línea de la carta que se dio cuenta de que Francis no le había dejado ninguna dirección a la que responder, lo que significaba que él sería el único que enviaría cartas…

Eso deprimió a Madeleine. Se moría de ganas de poderle escribir al mayor; de contarle cómo habían cambiado las cosas desde que él se había ido; de cómo Govert había acabado por invitarla al baile de los Grey el mismo día del evento, pocas horas antes de que empezase.

Los días pasaron, hasta que una semana más tarde Madeleine volvió a recibir otra carta de Francis. En ella decía que se lo estaba pasando bien y le contaba un par de anécdotas en las que participaban sus amigos Antonio y Gilbert. Al final, había dos postdatas. La primera era la misma que en la carta anterior. Le decía que la quería. En la segunda se disculpaba por haber sido un despistado y no haberle dejado una dirección a la que responder la carta y entre paréntesis indicaba la dirección a la que debía mandar sus respuestas.

Ese día Madeleine se encontró bastante contenta. Respondió a escondidas a las dos cartas. Le contaba todo lo que había pasado en la casa desde que se fue y también le escribió sobre cómo le fue en el baile de los Grey. Nada interesante. Govert volvió a ser el mismo hombre que las otras veces. Serio, educado y muy soso. Apenas bailaron 3 canciones seguidas antes de que Govert se fuese a la sala de hombres a fumarse un puro y la dejase completamente sola en la sala del baile, viendo a las demás parejas, incluida Monique con su amado Henri, bailar.

Cuando terminó de escribir la extensa carta que le ocupó varios folios, Madeleine buscó un sobre en el que guardarlo y se esperó a un día en el que iba con una sirvienta a comprar ropa para mandar la carta. Le hizo prometer a la sirvienta, una joven de su misma edad o incluso un par de años menor, que no contaría nada de lo que había visto.

Esto se fue volviendo rutina para Madeleine. Aproximadamente, cada semana recibía una carta de Francis. A veces relataba cosas realmente importantes o divertidas, aunque en otras ocasiones eran cosas sin importancia lo que decía.

Fue en una de esas veces, en las que Madeleine se encontraba escribiendo una carta de respuesta a Francis, en la que se produjo algo que probablemente cambiaría su vida para siempre. O al menos, fue el detonante.

Mientras terminaba de escribir el segundo folio que conformaba la carta, el timbre de la casa sonó. Madeleine pegó la oreja, interesada, queriendo saber quién era. No era nadie de su familia, ya que sus padre estaban en la sala de estar y Monique se encontraba tocando el piano en la sala de al lado.

Escuchó como Monique dejaba de tocar de golpe y cómo alguna sirvienta abría la puerta antes de que voces masculinas se mezclasen. Pudo reconocer la de su padre, pero no las otras. Se encogió de hombros y volvió a retomar la escritura, aunque a los pocos minutos se vio interrumpida por unos toques en la puerta.

―¿Sí?

―Señorita Madeleine, su padre la requiere en la sala―informó una criada, al otro lado de la puerta.

―Voy―respondió la joven, terminando de escribir la carta en pocos momentos y guardándola bajo su almohada.

Salió de su habitación recolocándose el peinado, que consistía en un sencillo lazo, y caminó a paso relajado hasta la sala en la que la estaba aguardando su padre.

―¿Me llamabais?―preguntó, entrando. Sin embargo, ahí no estaba solo su padre. Sentadas en un sofá estaban su madre y Monique, esta última echándole miradas significativas a su hermana; y de pie, a pocos pasos de ella, su padre y un par de hombres a los que no conocía (o eso pensaba).

―Esta es mi hija menor; Madeleine―presentó Alain a los dos hombres, que echaron una mirada de arriba abajo a la joven, quien agachó la mirada levemente avergonzada―. Madeleine, déjame presentarte a los Kirkland. George, y su hijo Arthur. Te acuerdas de él, ¿verdad? Solíais jugar de pequeños.

Madeleine miró con más atención al joven y alzó las cejas al reconocer a Arthur Kirkland, aquel chico con el que tanto había jugado años atrás. Había cambiado bastante físicamente, razón por la cual le había costado reconocerle. La estaba mirando con interés, con un leve atisbo de sonrisa en los labios.

―Sí, sí que me acuerdo―asintió, sin romper el contacto visual con Arthur―. Solíamos jugar con Francis cuando…―al darse cuenta de que había dicho la "palabra prohibida" se calló de golpe, recibiendo una mirada cargada de reproche por parte de Monique, quien apretó los labios sintiéndose incómoda―. E-Es decir, cuando éramos pequeños e í-íbamos a…

―Sí, tranquila, te hemos entendido―salió Arthur a su rescate, sonriendo con seguridad―.También yo me acuerdo de ti… y de tu hermana―añadió―. No habéis cambiado mucho.

No supo cómo reaccionar ante eso, por lo que simplemente sonrió.

―Gracias, supongo…―añadió en voz baja, aunque apenas se le escuchó, ya que George Kirkland cambió radicalmente de tema y excluyó a Madeleine de él. Ésta fue a sentarse junto a su hermana, quien en susurros le explicó la situación de los Kirkland, aunque no prestó mucha atención.

Una vez los Kirkland se hubieron ido, Monique y Madeleine fueron hacia su habitación. Aún quedaba un rato para la cena, y la hermana mayor se moría por contarle a Madeleine el cotilleo.

―Escucha ―la paró Monique del brazo, en mitad de las escaleras, hablándole en susurros―. Me ha dicho mamá cuál ha sido realmente la razón de visita de los Kirkland.

Madeleine levantó las cejas, sin esperarse eso. ¿No era para saber cómo estaban después de lo de Francis?

―¿Cuál es?

―Eres tú.

Monique sonrió, como si se tratara de algo divertido, antes de seguir subiendo hasta llegar al piso.

―¿C-cómo? P-pero…

Madeleine tartamudeaba, atónita, aunque dejándose tirar por su hermana.

―Al parecer Arthur se ha interesado en ti y han decidido que es mucho mejor él que Govert para ti ―siguió explicando la mayor, entrando en la habitación y cerrando tras ellas.

―¿Interesado en mí?

―Al parecer te vio en el baile de los Grey y ahí fue que se dio cuenta del cambio que habías pegado. Habló con su padre y por eso han venido hoy. A ver si realmente valías la pena para él.

La menor arrugó la nariz.

―No hables así de mi.

―Así es como han hablado los adultos. Yo solamente soy una mera informadora ―repuso.

Las hermanas siguieron con la conversación, aunque no fue nada realmente destacable. Hablaron de suposiciones que aclararían en la cena con sus padres. Hasta entonces solamente podían hacer conjeturas.

―Sé sutil, ¿vale? ―le aconsejó Monique, recolocándose la trenza―. No vaya a ser que papá te vea el plumero y se dé cuenta de que ya sabes algo.

Madeleine asintió, antes de bajar junto a la mayor al comedor. Necesitaba saber la verdad, por muy disparatada que fuera. Después de todo, daba igual si sus padres tenían pensado emparejarla con Arthur. No lo amaba, y dudaba que llegara a hacerlo alguna vez; al igual que tampoco había llegado a amar a Govert.

―¿Qué hacían los Kirkland aquí? ―preguntó Madeleine cuando se sentaron a cenar los cuatro.

―Estaban de paso… Y también querían hablar con nosotros de unos asuntos―respondió Alain con indiferencia.

―¿Cuáles asuntos? ―preguntó Monique, interesada. Intercambió una mirada significativa con su madre, antes de apresurarse a añadir―. Si es que podemos saber.

―Querían saber de nosotros, lo típico―hizo un movimiento de mano―. Sobre todo después de que las cosas hayan cambiado últimamente.

Madeleine y Monique se miraron, entendiendo al instante que se refería a lo de Francis.

―Y… ¿qué opinan? ―se aventuró a preguntar la menor.

―Nada relevante. Lo que todos comentamos―repuso con simpleza, sin querer entrar en el asunto―. El caso es que nos han invitado a ir el sábado al teatro.

―¿A vosotros dos únicamente? ―quiso saber Monique, cada vez más interesada en el tema.

―No, a los cuatro.

La mayor de los Bonnefoy sonrió ampliamente. Le encantaba salir al teatro o cualquier otro sitio público, en especial cuando no iba solamente con su familia. Madeleine también estaba conforme con la idea. A pesar de que no era tan aficionada a socializar como su hermana, no le molestaba la idea de ir al teatro. Después de todo, no solía ir demasiado.

―Madeleine―El hombre sacó a la chica de sus pensamientos―. Creo que Kirkland se ha interesado en ti, por lo que te pido que pases la velada con él.

Madeleine sintió cómo los colores se le subían, y tartamudeó, descolocada.

―¿C-cómo? ¿Fijarse en mí? ―preguntó, sintiéndose el foco de atención, lo cual era una sensación que detestaba.

―¡Claro, mujer! ¿No ha sido obvio?

Monique se rio por lo bajo, llevándose la servilleta a los labios para esconder su sonrisa.

―P-pero… ¿qué va a pasar con Govert?

―¿Govert? ―esta vez fue el turno del adulto de estar descolocado.

―El mayor de los Van der Leden ―ayudó Monique, aguantando la risa.

―Ah, ese―asintió―. Tampoco era especialmente destacable, ¿no?

Madeleine se encogió de hombros.

―Era buena persona. Callado y serio, pero simpático después de todo.

Alain arrugó la nariz.

―Pero no despertaba mucha ilusión en ti ―dictaminó―. Creo que Arthur será mejor para ti.

Madeleine asintió, sumisa, sin objetar nada más. Lo que su padre decía iba a misa, y nadie podía hacerle cambiar de opinión.

Govert no era mal chico. Dejando de lado las veces en que estaba callado, era buena compañía. Pero Arthur… A pesar de ser bien parecido, hacía años que no hablaba con él, y Madeleine no estaba segura de qué tipo de persona había llegado a ser. El sábado lo averiguaría.


Cuando la criada terminó de arreglarle el vestido, Madeleine salió de la habitación con paso decidido. A pesar de sentirse nerviosa, estaba dispuesta a ir a ese evento. Si lo pensaba fríamente, no tendría que interactuar demasiado con Arthur, lo cual era un alivio. Su padre le había dicho que pasara la velada con él, pero una buena parte la pasarían dentro del teatro. El hombre le caía bien, pero había algo en él que no le terminaba de gustar… Quizás fuera la enemistad que éste había sentido siempre hacia Francis, lo cual no le dejaba en una posición especialmente favorable.

―¿Estás lista? ―preguntó su madre, al pie de las escaleras. Madeleine asintió, pasándose una mano por el pelo. Estaban todos ahí abajo menos Monique, quien decía que ya bajaba a gritos.

―¡No grites! ―la reprendió su madre cuando llegó junto a ellos―. No es propio de alguien como tú.

Monique asintió, aunque rodó los ojos.

Subieron al carruaje hablando del tema de la noche: Los Kirkland.

Madeleine asentía a lo que sus padres decían. Algunas cosas eran consejos y otras eran simplemente datos sobre Arthur.

―Y recuerda―dijo su padre. El carruaje acababa de llegar al teatro, y les quedaban poco tiempo para reunirse con los dos hombres―. No seas muy previsible. George me ha dicho que a Arthur no le gustan ese tipo de mujeres .

Monique ahogó una carcajada, mientras que la menor intentaba disimular su risa con tos.

―Lo tendré en cuenta―aseguró, intentando no reírse al hablar.

Su padre asintió, antes de bajarse del vehículo, siendo seguido por su mujer.

―Recuérdalo, Maddie―se mofó Monique una vez se quedaron las dos solas en el interior del carro―. Sé poco evidente.

Y tras eso estalló en carcajadas, bajándose del carro.

Madeleine la siguió, sonriendo divertida.

―Buenas noches ―saludó Arthur, haciendo una reverencia. Se había acercado a ella la primera a grandes zancadas. ¿Y le decían que no fuera ella la previsible? Rodó los ojos mentalmente y miró de reojo a su hermana, sin saber qué hacer o cómo reaccionar, y esta le indicó en un rápido movimiento que le sonriera, y así hizo-. Te ves bien―Arthur sonrió con seguridad, irguiéndose.

Madeleine le devolvió la sonrisa, poco natural.

―G-gracias. Tú también te ves bien.

Arthur sonrió, soltando un "gracias", y le ofreció el brazo para que se agarrara. Madeleine se lo tomó incómoda, sintiendo eso muy forzado.

Mientras Arthur hablaba de cosas de la industria de la seda que a ella le importaban bastante poco, Madeleine intercambió alguna que otra mirada con su hermana mayor. Monique la animaba al ver las caras que hacía la menor, y en un momento dado se unió a la conversación. Sin embargo, la velada fue como la chica se había temido: Un total aburrimiento, y para colmo de males, Arthur sacó el tema de Francis y lo enfocó de mala manera.

―Hay que ser realmente un bastardo para irse así de casa.

Madeleine frunció el ceño, pero se abstuvo a decir nada.

―¿Es que no piensas darme la razón?―preguntó el otro, algo sorprendido.

―Él tenía sus motivos―repuso tensa.

―¿Le... defiendes? ―preguntó, atónito esta vez.

―Solo digo que no se fue así como así.

―Lo cual es defenderle.

Madeleine apretó los labios, cabreándose más.

―No exactamente―

―Sí, al decir eso.

―Tú no lo entiendes. E-es decir, él...

Arthur soltó un bufido.

―Quién no lo entiendes eres tú. Yo conozco a Francis más que tú. A ti siempre te ha mostrado su lado bueno; sus sonrisas, son buenos modales, lo que uno muestra a la familia―Madeleine le iba a replicar pero se quedó callada al darse cuenta de que el rubio llevaba razón―. Sé cómo es Francis en las malas, y sé muchas cosas que cambiarían radicalmente tu imagen de él si te las contara. Pero no lo haré, porque es tu hermano y no sería bonito que vuestra relación se viese afectada por mi.

Madeleine asintió, cayendo en la cuenta de que Arthur tenía razón. Había muchas cosas de Francis que no conocía...

―P-puede que tengas razón―concedió―. Yo... siempre he visto a Francis con buenos ojos. Pero no sé si quiero conocer esa faceta suya. Esa que solo conoces tú.

Arthur suavizó su expresión.

―Solamente digo que tu hermano ha cambiado mucho y que me parece fatal lo que os ha hecho a todos. Aunque quién sabe, quizás regrese dentro de poco...

―Lo dudo―suspiró la chica, recordando las cartas―. Me parece que su ida va a ser para largo.

Y, sin saberlo, Madeleine no podía estar más en lo correcto.