Capítulo 5
La carta llegó una fría mañana de diciembre. Realmente Francis no quería recoger el correo ese día. Solo quería quedarse en su cama y dormir durante todo el día. Pero Gilbert y Antonio le animaron a que saliera a por el correo y de paso comprase vino, por lo que el rubio acabó cediendo. No le decía que no a un buen vino francés.
Nada más salir a la calle el viento helado le golpeó de lleno. Soltando un bufido, Francis se fue a la oficina de correos donde se sorprendió al ver que tenía más de una carta. Todas eran de Madeleine, lo que le inquietó más. ¿Habría pasado algo y le requerían en casa? Quiso abrir todas las cartas y leerlas, pero se esperó. Prefería abrirlas en la casa, para leerlas con más tranquilidad, no en medio de la calle.
Lo que si le tomó más tiempo fue encontrar un buen vino. Todos los que vendían en las tiendas cercanas eran realmente basura, o al menos esa era la opinión de Francis. Era muy selecto para los vinos, y no se conformaba con cualquiera, a diferencia de Gilbert y Antonio. Cerca de las Tullerías logró encontrar un lugar en el que vendían un vino que estaba "a la altura". Volvió rápidamente a la casa, con el pensamiento de las cartas taladrándole la cabeza.
―Ya estoy aquí―Francis anunció su llegada en voz alta al entrar por la puerta de la casa.
Las voces de Antonio y Gilbert le respondieron desde el salón. Sin embargo, él no tuvo tiempo de unírseles, sino que se encerró en su habitación y sacó del bolsillo interior de su gabardina las cartas y comenzó a abrirlas por orden de llegada.
16 de Noviembre de 1903
Querido Francis.
He ido con Arthur a la fiesta de los O'Brien. Sé que no te cae bien, pero es un buen muchacho. A diferencia de Govert, quien también estuvo, Arthur es mucho más hablador y se ríe más, aunque su humor a veces es difícil de pillar. Estuvimos toda la velada juntos. Y… todo fue bien. Muy bien. De hecho… Arthur me ha ayudado mucho. Me ha ayudado a luchar contra los fantasmas de mi pasado y a pasar página. No te reprocho nada, Francis. Solo… Creo que hubiera sido bonito que te hubieras fijado en mí. Que yo hubiera sido la chica perfecta que tanto buscabas… Pero sé que no te puedo obligar a quererme, y he estado esperando demasiados años. Lo siento, Francis, pero además influye el hecho de que ya no estés aquí en Londres… Como sea, Arthur me pidió matrimonio y le respondí que sí. ¿Crees que he hecho bien? Oh, estoy tan confusa… Ojalá estuviese aquí para ayudarme y aconsejarme.
PS: De todas formas no podía haberle dicho que no. Es un matrimonio por conveniencia.
A medida que Francis iba leyendo su ceño se iba frunciendo más, hasta que cuando terminó de leer esa carta se dirigió corriendo a abrir la siguiente, sin poder procesar lo que estaba leyendo.
21 de Noviembre de 1903
Querido Francis.
La boda está programada para el 30 de diciembre. Me encantaría que pudieras venir, aunque sé que lo más seguro es que no lo hagas…
La verdad es que Arthur me hace muy feliz, pero… no tanto como me lo hacías tú, y eso que ni siquiera éramos pareja. En fin.
Todo esto está pasando demasiado rápido y aún no me lo creo. ¿Sabes? Tendrías que ver a Monique. Está histérica. Por una parte se alegra mucho por mí y se está encargando de gran parte de la boda, pero por otra está súper enfadada de no ser ella la primera en casarse de la familia. Y Henri está un poco acojonado… Sabe que Monique ahora solo espera que él le pida matrimonio a ella, pero no parece que él quiera ir tan rápido.
Mamá y papá están muy ilusionados por mí. Todos lo están. Aunque te echo de menos… Si al menos volvieras, quizás unas cuantas cosas podrían cambiar. Dime, ¿podrías verme como una mujer a tu altura, o no seré más que una vulgar chiquilla?
La tercera carta era más corta, con apenas cinco líneas.
11 de Diciembre de 1903
Querido Francis
Te necesito aquí, a mi lado. No me gusta esto de que me faltes en uno de los momentos más importantes de mi vida. Dime, ¿vendrás a la boda? No me has respondido a las otras cartas. ¿Estás enfadado conmigo por irme a casar con tu archienemigo? Espero que no, de corazón.
La cuarta y última carta tenía una textura rara, como si se hubiera mojado de gotas de agua… sólo que no era de agua precisamente de lo que estaba mojada.
24 de Diciembre de 1903
Querido Francis
Veo que tampoco te dignas a aparecer por aquí por Navidad… Tenía la ilusa esperanza de que sí. Ya sabes, siempre he tenido mucha fe y nunca he perdido la esperanza hasta el final… Pero esta vez, creo que debería hacerlo, por primera vez en mi vida. Perder toda esperanza de que vendrás a mi boda… Es en seis días, y no estoy preparada para esto. Sin embargo, si tan solo vinieras y me dijeras que me amas, tanto como yo te amo a ti, cancelaría la boda y me quedaría solo contigo, Francis. Si tan solo me amaras…
¿Si tan solo le amara? ¡Por favor, si estaba enamorado de ella! Francis guardó las cuatro cartas de nuevo en su bolsillo de la gabardina y se puso en pie, dándose cuenta de que quedaban tres días para la boda. Sintió como la desesperación y el agobio le inundaban de golpe, y se fue corriendo al salón, avisando a sus amigos.
―Me vuelvo a Londres ahora mismo.
Dejando al par de hombres extrañados, preguntándole que qué ocurría, Francis volvió a su habitación y se dispuso a hacer su equipaje, metiendo lo necesario e imprescindible para volver.
―¿Qué ha pasado? ¿Por qué te vas?―preguntó Antonio entrando en la habitación, quedándose apoyado en el marco de la puerta.
―Las cartas estaban extraviadas y las encontraron ayer. Son del mes pasado. Al parecer Kirkland le pidió matrimonio a Maddie y ella ha aceptado, aunque dice que si volviera se casaría conmigo.
―¿Y es por eso que te vas tan de repente para allá?―rio Antonio.
―No―respondió Francis, girándose hacia él, dejando de hacer por un momento lo que estaba haciendo―. Me voy ya porque en tres días es la boda.
Antonio se quedó sin habla, y a los pocos segundos reaccionó, acercándose a Francis y ayudándole a meter el resto de sus pertenencias en la maleta.
Sin perder tiempo, el trío de amigos se las ingenió para conseguir billetes para un tren que salía hacia Calais esa misma tarde. La travesía hasta Londres duró en total 3 días, el mismo número de días que quedaban para la boda de Madeleine. El 30 de diciembre por la mañana llegaron a la capital del Imperio Británico. Fue gracias a que fueron preguntando a casi todas las personas con las que se cruzaron que consiguieron encontrar la iglesia en la que se celebraba la boda.
Los invitados ya estaban dentro, y al parecer la ceremonia ya había dado comienzo. Francis se coló, junto a Antonio y Gilbert. El rubio sintió que desfallecía al ver que llegaba el momento del "Sí, quiero".
―¡Fran!―susurró una voz a su espalda.
El nombrado se giró y vio cómo Antonio le miraba con el ceño fruncido y una expresión de enfado.
―¡¿Es que no piensas hacer nada?! ¿¡Nos traes corriendo desde París para ver como el amor de tu vida se va con tu archienemigo!?
Eso pareció activar los mecanismos dentro de Francis, quien frunció el ceño y se puso en pie.
―¡ALTO!
Toda la iglesia se quedó silenciosa de repente, mirando al fondo. Francis comenzó a caminar hacia el altar, desde donde le observaban Madeleine y Arthur. La chica había soltado las manos de Arthur y miraba a Francis caminar hacia ellos con una gran muestra de sorpresa. ¡No se lo podía creer! ¡Francis había ido! Aunque la manera de comportarse no era la más adecuada dada las circunstancias… Por otro lado, Arthur miraba con odio a Francis. Si las miradas matasen, Francis ya habría sido más que rematado por el hombre de espesas cejas.
―¿Qué haces aquí, Bonnefoy?―preguntó Arthur en voz alta, tomando de nuevo las manos de Madeleine.
―Evitar que Maddie cometa el mayor error de su vida―respondió Francis en el mismo tono, sabiendo que todo el mundo les estaba observando con total atención, en especial sus padres, a quienes no se había girado a ver.
Madeleine no supo cómo reaccionar ante eso. ¿Francis quería arruinarle su boda? ¿Qué estaba haciendo?
―Francis, ¿qué…?―murmuró la joven, dando un paso hacia Francis. Sin embargo, fue silenciada por la potente voz de Arthur, quien directamente comenzó a andar hacia Francis, amenazante.
―Vete por donde has venido, Bonnefoy. No pintas nada aquí.
Francis sonrió de lado, socarrón, llegando justo a la misma altura que Arthur. Vio cómo el ceño de éste se fruncía más, lo que le hizo sentirse un poco mejor.
―No sabes cuán equivocado estás…―susurró Francis, pasando su mirada de Arthur a Madeleine, quien seguía en el altar y les miraba atónita, sin saber qué hacer. Francis sonrió al verla ahí, tan hermosa, con ese vestido blanco. Parecía un ángel, y sintió que necesitaba estar cerca de ella. Que la quería a su lado para siempre, que ella era la mujer ideal con la que se debía casar que sus padres tanto le insistieron en encontrar.
Dejando a Arthur a un lado, Francis comenzó a caminar hacia la joven, cuya sonrisa se hacía mayor al verle ahí, y cuando estuvo a pocos pasos de ella fue la misma Madeleine quien se echó a sus brazos, escondiendo la cara en su cuello. Él la sostuvo, apretándola con fuerza junto a él.
―¿Estás bien, Maddie?―preguntó en un susurro, al notar que la chica había comenzado a sollozar suavemente.
―S-sí.
Francis alzó la mirada, girándose un poco, y vio que nadie decía nada. Les miraban con curiosidad. Dirigió su mirada hacia Arthur, quien le miraba con rabia contenida en los ojos, pero no hacía nada.
―Viniste.
Al escuchar de repente la voz de Madeleine, Francis se giró a ella, pasándole una mano por los suaves cabellos. La joven se separó de él, limpiándose los ojos con la mano, y Francis le sonrió.
―¿Qué has dicho?
―Que viniste. Te lo pedí hace tiempo y pensé que no lo harías… pero has venido.
―Tus cartas se extraviaron y me llegaron todas hace tres días―confesó Francis soltando un suspiro―. Nada más leerlas, en especial la última, vine corriendo hacia aquí. No sabes la de cosas por las que he pasado para llegar hasta aquí a tiempo. Antonio y Gilbert pueden corroborarlo si no me crees.
―¿De verdad? Oh, vaya. Pensé que era porque te habías enfadado…
―Jamás podría enfadarme contigo…―murmuró Francis, pasando un dedo por la mejilla de la chica, acariciándola.
La chica sonrió, sintiendo cómo sus mejillas se coloreaban, antes de volver a ser abrazada por el mayor.
Lo que vino después fue un gran revuelo del que Madeleine posteriormente solo recordaría pocas cosas. Como que la boda fue pospuesta para pocos días después, lo cual realmente era un alivio, ya que el que Francis estuviera de vuelta cambiaba muchas cosas; o que su hermana y su madre la acompañaron de vuelta a casa rápidamente, mientras que Francis se quedó atrás con su padre a dar explicaciones.
Esa noche, después de que hubiese dado explicaciones a sus padres y hubiesen estado reunidos un largo rato en el salón, Francis se dirigió hacia el cuarto de sus hermanas. Monique estaba en la sala de lectura, por lo que no sería interrumpido.
―¿Puedo entrar? ―preguntó dando un golpecito a la puerta.
Pocos segundos después Madeleine abrió, asintiendo.
―Claro. ¿Qué ha pasado? ¿Has hablado ya con?―
―Sí―respondió suspirando, sentándose en la cama de Monique.
Madeleine dudó antes de sentarse a su lado, dejando un espacio pequeño entre ambos.
―¿Y cómo ha ido?
―Pues, teniendo en cuenta que he "arruinado" tu boda, mejor de lo que pensaba―admitió con una sonrisa pícara.
Madeleine sonrió contagiada, pasándose una mano por el pelo.
―¿Te han pedido muchas explicaciones?
―No realmente―se encogió de hombros―. Yo les he contado, así que…
Se quedaron en silencio durante unos momentos, hasta que el hombre retomó la conversación.
―Escucha... ¿Realmente quieres casarte con Arthur?
―¿P-por qué preguntas eso ahora?
―Dímelo. ¿Es eso lo que quieres?
La joven tragó saliva.
―Yo… lo quiera o no, es lo que tengo que hacer.
Francis sacudió la cabeza.
―No, claro que no. Debes seguir tu corazón.
Madeleine se sonrojó más, negando con la cabeza.
―Mi corazón… yo… No puedo hacer eso.
―¿Estás enamorada de alguien?
Tartamudeó, sin poder responder nada realmente.
―Puedes contarme cualquier cosa, mon amour. No se lo diré a nadie―le prometió, acercándose lentamente hacia ella.
―L-la cosa es… que… realmente...―tartamudeaba, acercándose también ella al mayor.
Francis se fue acercando más a la chica, quien seguía balbuceante, poniéndose nerviosa al saber qué era lo que venía, hasta que por inercia ambos acabaron juntando sus labios y consumando por fin el beso que tanto habían querido darse desde hacía tanto. Fue tal y como Madeleine se había imaginado; dulce y cariñoso. El hombre profundizó el beso hasta que se separaron al cabo de un rato, que no sabían si había durado unos pocos segundos o unos buenos minutos.
―Dime―pidió Francis relamiéndose, con una sonrisa en los labios.
Madeleine le miró descolocada, sin saber a qué se refería, aún embotada por el beso.
―¿Eh?
―Que de quién estás enamorada―repuso soltando una carcajada el mayor.
―¿Es estrictamente necesario? ―preguntó sonriendo sonrojada como respuesta, recogiéndose un mechón tras la oreja.
Francis soltó una risita. No podía apartar su mirada de los ojos amatistas de Madeleine y sintió que no; no estaba equivocado. Madeleine era la mujer a la que tanto había estado buscando y que por fin había encontrado.
―Je t'aime.
Esa confesión de amor tan de ellos se escapó de los labios del hombre, quien bajó sus manos lentamente hasta la cintura de ella, rodeándola en un abrazo.
―Perdóname por haber sido un estúpido y no haberme dado cuenta antes de todo esto…―murmuró cerrando los ojos y agachando la cabeza, derrotado, sintiéndose ligeramente estúpido por haber negado durante tanto tiempo sus evidentes sentimientos hacia la chica.
―No pasa nada. Lo importante es que has venido―sonrió Madeleine, poniéndole una mano en el mentón y obligándole a mirarla. Así lo hizo, clavando sus profundos ojos azules en los suyos, mirándola con total atención―. Je t'aime aussi. Pero... supuestamente somos hermanos―añadió, dándose cuenta de que eso era un problema importante.
―Supuestamente. Nunca te he visto como tal, sino como una amiga. Una compañera de juegos, pero nunca como a una hermana―confesó con naturalidad, pasándose una mano por el pelo.
―Para ser honestos yo tampoco te he visto nunca como a un hermano. Pero la gente dirá cosas...
―La gente dice cosas siempre―frunció el ceño, entendiendo bien a qué se refería la menor―. No debes dejarte influir por lo que digan de ti. Si van a decir cosas de todas formas, al menos haz lo que a ti te guste, ¿no? Pero ya verás como solucionaremos esto. Te lo prometo
Madeleine sonrió, confiando en la palabra de su amado, quien volvió a besarla, esta vez en un beso más apasionado que el primero. Después de todo, Francis nunca rompía sus promesas, por muy difíciles que fueran.
FIN
Hasta aquí. Espero que les haya gustado la historia y gracias por leer, especialmente a quienes han dedicado parte de su tiempo a dejar comentarios, que me alegran bastante ^^ ¡Nos vemos en el próximo fic!
