Tan seguro como que te amo
Miyako sintió las obvias intenciones de Takaki por tomar su mano y eso de alguna manera le fue incómodo. Se cruzó de brazos y se detuvo fingiendo pensar o recordar algo. Ya le era costumbre querer salir huyendo de las personas, ya no soportaba a nadie cerca incluso había perdido un poco de su amabilidad e inocencia.
- Lo siento Takaaki, tengo algo que hacer, nos vemos luego - intentó sonar serena.
- De acuerdo - no quiso presionarla -. Miyako...
Con lo que no contó fue que él la tomaría del brazo y la acercaría a su cuerpo para plantarle un beso en los labios, pero ella giró el rostro justo a tiempo para evitarlo. Takaaki frunció el ceño indignado, se suponía que era su novio desde hace un mes y Miyako no tenía el más mínimo interés por la relación.
- Sigues pensando en él - afirmó -. Miyako, no siempre puedes aferrarte a ese recuerdo.
- Te equivocas Takaaki, además creo que ya no puedo seguir fingiendo que me gustas, esperaste mucho tiempo para pedirme que sea tú novia sabiendo de sobra que mi corazón ya le pertenecía a otra persona - le fastidiaba repetirle lo mismo una y otra vez, él no parecía comprender la situación.
- Has cambiado, mucho - ignoró el comentario -, tú no eras así.
- Por supuesto que he cambiado, perdí a las cuatro personas más importantes para mí ¿y quieres que viva en el mismo cuento de hadas que tú? - soltó con acidez -. Lo siento, terminamos y punto.
No esperó respuesta, salió corriendo lo más rápido que pudo hasta donde sus pies la llevaran y no tardó mucho en llegar a un pequeño parque cerca del lugar. Se dejó caer en una banca pensando en lo estúpida que se sentía por haber aceptado una relación cuando no lo ameritaba, menos cuando trataba de ver en él alguien que nunca llegaría a ser, nunca alcanzaría a ser como...
- Hola - una inocente voz interrumpiendo sus pensamientos.
- Hola pequeña - saludó amablemente.
- ¿Estás triste?
- No, ¿por qué?
- Porque estas llorando.
No se dio cuenta cuando comenzó a llorar, se secó las lágrimas con el dorso de su mano derecha y sonrió. No entendía porque se sentía tan ofuscada. Acarició la rubia cabellera de la niña que no se veía mayor a ocho años y se fue del lugar, con el recuerdo de si misma cuando vivía su mundo color de rosa, sonrió por haber sido ingenua mucho tiempo, gran parte de su vida.
Regresó a su casa donde hace más de dos años nadie la esperaba, dejó las llaves en la mesita de la entrada y se quitó los zapatos. Deshizo la trenza que se había hecho en la mañana antes de ir a la universidad y se dirigió a su cuarto, para dormir un poco y olvidarse de todo el mundo.
Al día siguiente despertó de mal humor, normalmente Kaoru sería la amargada durante las mañanas y ella intentaría hacerle ver el lado positivo pero desde que se separaron, había cambiado de manera radical que le era casi imposible ver algo bueno en su vida. Se lavó dientes y cara y se metió a la ducha. Luego de veinte minutos ya se encontraba fresca y vestida con una playera sencilla color azul y unos shorts blancos que se ajustaban a sus sensuales piernas. Aún no tenía hambre así que decidió sentarse en el sofá con toda la intención de leer su libro favorito: "Sombras de la noche." Quería terminarlo pronto porque en un par de semanas se estrenaría la película basada en el libro y tenía que ir a verlo sin duda, la trama la había atrapado y tenía que comparar libro-película.
Estaba por comenzar la parte donde revelarían el ritual principal pero el timbre de la casa resonó en sus oídos y soltó un suspiro fastidiada. De seguro era el cartero, se levantó con pereza y fingió una amable sonrisa, por un momento se sintió hipócrita pero qué podía hacer. Ya no podía ser sincera como antes, se sentía a desfallecer todos los días pero sobretodo se sentía sola. Abrió la puerta con tranquilidad y se sorprendió de no ver a nadie, frunció el ceño ante la idea de ser víctima de una broma de mal gusto e iba a azotar la puerta pero inconscientemente bajó la mirada encontrando una caja de un azul cielo que reposada sobre la entrada de la casa. Asomó la cabeza y vio a ambos lados de su puerta encontrándose completamente sola en el lugar. Se agachó lentamente y con curiosidad estudio el objeto, lo tomó entre sus manos con toda intención de abrirla pero decidió entrar.
Se sentó en el sofá y dejó la caja frente a ella en la mesita de centro. No la abrió al instante, algo le dijo que disfrutara el momento, que memorizara la situación. Recargó sus brazos en sus rodillas y luego recargó el rostro sobre sus manos, sin darse cuenta que por primera vez en mucho tiempo reflejaba la inocencia, pureza y curiosidad que había perdido tiempo atrás. Sonrió inconscientemente y se dio con la tarea de abrirla. Se deshizo de la tapa y la dejó a un lado de sus piernas, sobre el sofá.
Se sorprendió de ver un hermoso vestido blanco strapless, elegante y sencillo, ajustado de los senos cayendo libremente hasta el suelo con una abertura desde el muslo izquierdo hasta donde terminaba el vestido. Era muy hermoso a decir verdad y a su medida, pero eso le asusto. Lo depositó de nuevo en la caja completamente aturdida y se acurrucó en el sofá abrazando sus rodillas. Sin embargo, una hoja de papel que sobresalía de la caja llamó su atención, estiró el brazo y con las yemas de los dedos lo alcanzó, la desdobló y leyó. Abrió los ojos expectante:
"Te preguntarás quién te ha enviado el presente que sé vas a aceptar, a pesar del tiempo tu gusto por la moda sigue intacta. Solamente deseo que lo guardes y cuando llegue el momento lo vas a usar, te lo prometo. Este es mi primer regalo aunque preferiría darte otro tipo de presente. En el transcurso de la semana, es decir, los siguientes siete días, al igual que hoy te llegarán presentes que espero sean de tu total agrado. Como sabrás al finalizar ese tiempo será el día de San Valentín y hasta ese día podremos vernos.
Considérame un admirador secreto que te conoce bien, no lo malinterpretes, no soy un acosador simplemente tu belleza me sigue cautivado.
Atte: San Valentín."
No le apartó la vista sumida en sus pensamientos, repitiendo cada palabra en su mente y preguntándose si debía temer o no. Sonrió, tal vez algo nuevo en su vida no le haría daño, pero se estaba arriesgando a que posiblemente alguien afuera la estuviera espiando. Algo le dijo que se equivocaba, guardó la hoja y el vestido junto con la caja, en un armario de su habitación. Se dejó caer en la cama y suspiró, hace mucho tiempo que no se escuchaba suspirar así por algo, como enamorada. Tal vez el peligro y el misterio se le hacía excitante hasta el punto de arriesgarse. Aunque esperaba con ansias los demás presentes pero principalmente esperaba el día de San Valentín para conocerlo. Esperaría emocionada el día de mañana así como todo el resto de la semana.
Lunes
Esta vez había sido un par de zapatillas negras de marca, de quince centímetros de alto y muy hermosas, acompañado con otra carta:
"Faltan pocos días para reunirnos, espero que hayas tenido un excelente día de clases en la universidad. Cuando desayunes en la cafetería intenta no sentarte cerca de los hombres, siempre te devoran con la mirada. Me encantaría ser él único que tuviera el honor de apreciar tu bello rostro pero cuando haces gestos somnolientos eres un encanto, mejor no te duermas en clases que el maestro es estricto. Por cierto, la falda que llevaste hoy es muy corta, casi se eleva con el viento.
Siempre tuyo: San Valentín."
Hizo lo mismo que con la otra caja y lo guardó. Cepilló su cabello y se recostó en la cama, cayendo en los brazos del morfeo junto a una agradable sonrisa.
Martes
Abrió la caja cuadriculada dejando a la vista una gargantilla delgada de oro puro con un dije en forma de burbuja que contenía un pequeño diamante en su centro, a ambos lados un par de pendientes largos del mismo material sujetados a otro par de diamantes que relucían a la luz de su lámpara de noche junto a su cama. Le pareció muy hermoso pero sobretodo elegante, a pesar de tener un poco de dinero sabía que no era suficiente como para pagar la joyería que su admirador secreto le había regalo.
"Combinan con tus hermosos ojos celestes, cuando lo vi supe de inmediato que era para ti. Me dí cuenta de tu apatía por la sociedad, ¿sucede algo? También me sorprendió tu manera fría de tratar a las personas, pero sabes, te hace ver extremadamente sexy aunque la Miyako que normalmente es linda, bondadosa, sincera y amable es mucho mejor. Sonríe, no hace falta decir que tienes una hermosa sonrisa y es un desperdicio que te la guardes sólo para ti.
Por siempre tuyo...
San Valentín."
Sonrió, tal vez haría caso al consejo pero lo que su admirador no sabía era que con sus cartas lograba hacerla sonreír lo suficiente como para todo el resto del día.
Miércoles
Sobre sus piernas reposaba un álbum de fotos vacío y en su mano derecha cargaba una cámara instantánea. Se le hico un poco raro, intentó relacionar los regalos pero no encontraba una razón lógica.
"Falta muy poco para nuestro encuentro y sé que con la intriga también esperas ese día, lo curiosa te delata. Solamente espero sorprenderte ese día. Hoy te ves más cansada de lo normal, pero ánimos ya terminaron las fechas de exámenes y la maestra de diseño halagó todos tus diseños. Ese sueño aún sigue intacto y sé que con tu buen gusto por la moda, lo lograrás.
Siempre tuyo...
San Valentín."
Se sintió levemente indignada, la hacía ver como una chismosa pero al final sonrió después de soltar un suspiro. Alguien la alentaba a seguir su sueño. Desde que Momoko y Kaoru dejaron de verla, nadie más le había dado ánimos para seguir luchando por ese pequeño e insignificante sueño que era como una pequeña chispa de vida en sus días monótonos.
Jueves
Entre el dedo índice y pulgar, colgaban un juego de llaves. Eso era todo lo que le había dado en ese día.
"Bonito detalle ¿no? Todo a su tiempo pequeña Miyako, no seas impaciente. Vi como trataste a la pobre jovencita que tardó en servirte tu café el día de ayer por la tarde pero te ves tan sexy enojada y más con tus mejillas rojas. Son como dos pequeñas fresas frescas. Felicidades por tus excelentes calificaciones.
Siempre tuyo...
San Valentín."
Se sonrojó.
Viernes
Se sonrojó fuertemente ante el presente. Eso era muy descarado de su parte, cómo se atrevía a regalarle dos juegos de lencería, demasiado sexy a decir verdad. Uno era negro, el brasier era parte del pijama siendo sujeta en medio de los senos cayendo la fina tela libremente por el cuerpo hasta por debajo de los muslos pero era como un saco pues solo se sujetaba en esa parte y a partir de ahí se abría dejando al descubierto el vientre, acompañado con unas panties de encaje reveladoras y pequeñas pero perfectamente ajustadas a su cuerpo.
El otro juego era un brasier de un azul cobalto muy sexy y una panty cachetero de encaje del mismo color. Se los había probado y en verdad era muy revelador y vergonzoso. Los guardo en la caja blanca de donde las había tomado y leyó la nota.
"Sé que te parecerá degenerado pero tómalo con mis mejores intenciones, es imposible de creer que alguien de tu edad no las utilice. Después de la burla que recibiste hoy de parte de tu compañera por usar ropa interior aniñada ya no será necesario sentirte poco atractiva, lo eres y punto final. Mañana es el gran día esperado. Siempre tuyo...
San Valentín."
Dejó caer la cabeza sobre su almohada con la caja a su lado y abrazó la hoja de papel, sintiéndose halagada aunque no sabía si eso debía ser bueno o malo.
Sábado
Suspiró frustrada, no podía creer que ese día tendría que estar ahí por una actividad por parte de la universidad para animar a los estudiantes. Qué creían que eran, ¿unos niños? Se propuso escapar pero al final cerró con fuerza su casillero y recargó la cabeza sobre este. Suspiró de nuevo dejando escapar el poco humor con el que había despertado, tal vez escapar no era tan mala idea. Tomó su bolso y se dirigió a la entrada, bajó las escaleras con rapidez pero no espero que un chico de cabellos castaños y cuerpo musculoso la jalara del brazo y la atrajera hacia su cuerpo.
- Miyako - se sintió asqueada de escucharlo decir su nombre -, ¿qué te parece si celebramos juntos este día en mi cama?
Lo reconoció como Andrew, un chico rico, presumido y arrogante que creía que ninguna mujer se le resistía, muchas veces se le había insinuado pero esta vez se había pasado del límite. Intentó soltarse pero no pudo.
- No lo creo Andrew - intentó alejar su rostro de los labios del castaño -, ahora si no es mucho pedir, suéltame.
- Oh vamos Miyako, no te arrepentirás.
- No.
La soltó bruscamente e intentó darse la vuelta pero al hacerlo sintió una nalgada tan fuerte que tuvo que ahogar un gemido de dolor. Se giró dispuesta a enfrentarlo, pero él la atrajo de nuevo y comenzó a besar su cuello. No había nadie cerca y rogó tener de nuevo su cinturón de transformación para salir de esa situación fácilmente. Andrew apretó agresivamente sus muslos y gimió de nuevo pero de dolor.
- No, por favor - suplicó -, suéltame.
Él la siguió besando, y ella siguió empujando. Soltó una lágrima del susto, había pasado mucho tiempo desde que no sentía miedo, desde que no se sentía tan débil pero esta vez de alguna u otra forma se había derrumbado. Se sintió sucia de ser tocada por él, sintió desprecio por ella misma, por no ser capaz de alejarlo de su cuerpo.
- Por favor - sollozó -, Boo...
- ¡Suéltala! - gritaron detrás de ella con un tono de voz enojado -. ¡He dicho que la sueltes...!
Sintió como alguien la apartaba fuertemente de Andrew pero sin lastimarla, y lo único que pudo ver fue la cabellera rubia de su salvador, los anchos hombros y su pequeña cintura. Era alto, demasiado a comparación suya que incluso podía decir que le llegaba por debajo del hombro. Los vaqueros oscuros se ajustaban a la retaguardia y la playera blanca remarcaba sus trabajados brazos.
- ¿No te enseñaron a no interrumpir cuando los ajenos están en otros asuntos? - retó Andrew.
- ¿Y a ti no te enseñaron a respetar a las señoritas? - su defensor parecía tomarlo personal - ¿Sobre todo si no quieren que las toques?
- No te metas que fácilmente te...
El puño de su salvador impacto contra el rostro de Andrew, y así como el primero, más puñetazos le proporcionó en todo el cuerpo. Él no esperó a que terminara su frase estúpida de matón, el rubio era de acciones no de palabras. Golpe tras golpe, la sangre comenzó a escurrirle de las manos y le salpicó una que otra gota en la playera como clara evidencia de lo sucedido. Se aferró a su brazo para que no siguiera golpeando a su oponente o de lo contrario terminaría por matarlo y este se tuvo que contener. Miyako lo apartó del castaño llevándoselo lo más lejos que pudo. Varios chicos comenzaron a salir de la Universidad y murmuraban, sorprendidos, como habían dejado al chico más presumido de la escuela.
- Gracias - evitó el contacto visual, las manos temblorosas dejaban en evidencia su miedo - déjame curar tu mano.
De su bolso sacó un pañuelo blanco y la enrolló alrededor de la mano del rubio para que dejara de sangrar. No se atrevió a levantar la vista e iba a volver a hablar para agradecerle de nuevo pero él salió corriendo de ahí. Observó su espalda alejarse de ella y suspiró. Se dio la vuelta para encontrar a Andrew sangrando de su cara completamente hinchada. Un profesor llegó a verlo y le proporcionó los primeros auxilios, se giró sobre sus talones para irse pero chocó con el fuerte pecho de alguien. Subió la mirada encontrándose con unos hermosos ojos azul cobalto, y abrió los propios consternada e inconscientemente soltó un pequeño gritó, todos los presentes voltearon a verla curiosos.
Se llevó ambas manos a la boca completamente sorprendida y retrocedió dos pasos.
- Miyako - su ronca voz le trajo miles de recuerdos - ¿cómo has estado?
No respondió pero él le extendió una rosa roja frente a ella. Con ese simple gesto, reaccionó y con un manotazo alejó a la inocente flor de su vista. La miró sorprendido, sinceramente no se esperaba eso de parte de ella.
- ¡¿Quién te crees?! - atacó roja de la ira -. ¡Aléjate!
- Miyako, déjame explicarte...
- No hay nada que explicar Boomer, me abandonaste - gritó al borde del llanto.
- Lo siento, sólo déjame explicarte lo que sucedió.
Miyako lo ignoró e intentó retirarse lo más rápido que pudo pero Boomer le impidió el paso.
- Quítate de mi camino.
- No, hasta que me escuches.
- Quítate Boomer, te doy hasta tres.
- Miyako...
- Uno.
- No funcionará.
- Dos, te juro que te puedo patear donde más te duele.
- No lo creo.
- ¡Tres!
Elevó el pie derecho para patear las partes bajas de Boomer pero él fue más rápido y la cargó sobre su hombro derecho, inmovilizándola en el instante. Se avergonzó en el momento que sintió el aire rozar sus muslos y más cuando él colocó la mano en su retaguardia para evitar que se eleve la falda blanca. Se dio la vuelta y observó como todos la miraban entre divertidos y sorprendidos. Reaccionó y comenzó a retorcerse dificultando la tarea de Boomer de controlarla. Al parecer Miyako se había vuelto agresiva con el paso de los años. Caminó hasta un auto deportivo azul, lujoso y al parecer nuevo. La bajó de su hombro y ella cruzó los brazos indignada con el ceño fruncido.
- Si sigues así - tocó su ceño -, te arrugarás rápidamente.
Boomer rió divertido pero con buenas intenciones y ella se sonrojó, volver a verlo sonreír era muy... Agradable.
- Si me arrugo es mi problema - contestó de mala gana -, me retiro.
Intentó pasar a su lado pero la tomó de ambos brazos y la elevó como una pequeña muñequita, esa era una desventaja de ser tan esbelta y pequeña.
- Tranquila enana gruñona - se burló -, es día de San Valentín y no te he dado mi regalo.
La bajó con delicadeza y abrió la puerta del copiloto.
- Cierra los ojos - pidió amablemente.
Miyako lo observó sospechosa, entrecerró los ojos y Boomer sonrió. Al final rodó los ojos y los cerró sintiendo las pestañas maquilladas chocar con sus pómulos. Escuchó los pasos de Boomer acercarse a ella y un aroma exquisito llegó a su nariz, era relajante y casi familiar.
- Ya puedes abrirlos.
Lo hizo y lo primero que vio fue rojo, parpadeó un par de veces confundida hasta que enfocó el ambiente. Más de dos docenas de tulipanes se extendían frente a ella, hermosas y delicadas como siempre le había encantado. Sonrió ligeramente, Boomer aún recordaba sus flores favoritas y eso la conmovió. Fingió seriedad de nuevo y subió la mirada hacia él que con el brazo derecho abrazaba un enorme oso de peluche blanco y esponjoso, que le pareció muy lindo.
- ¿Qué? - soltó indiferente.
- Son para ti - por el tono de voz supo que estaba emocionado -, quería pedirte perdón por los últimos cinco años. Por haberte...
- ¿Abandonado? - completó - ¿Crees que con más de una docena de tulipanes y un gran oso de peluche va a cambiar el hecho de que me abandonaste por muchos años?
Boomer hizo una mueca de arrepentimiento y bajó la mirada. Miyako pasó a su lado alejándose lo más posible del lugar, pasó frente a la universidad y observó que algunos seguían murmurando sobre Andrew, aún seguía en el suelo con la nariz sangrando. Sus miradas se cruzaron por un momento y el castaño fue el primero en apartarla, asustado.
- ¡Miyako!
Soltó un largo suspiro y sobre el hombro observó que Boomer caminaba hacia ella aún con los detalles en manos.
- Miyako, por favor acéptalas - pidió triste.
Lo observó por unos segundos y un minuto después sus compañeros gritaron:
- ¡Miyako acéptalas! ¡Acéptalas !¡Acéptalas!
Se sintió como una cobarde huyendo de la mirada de Boomer, así que lo encaró dándose la vuelta pero antes de poder abrir la boca, él la interrumpió.
- Solo acéptalas y te prometo que desapareceré de tu vista para siempre, solamente quería que...
No pudo terminar la oración pues Miyako lo jaló del cuello de la playera y le plantó un suave y delicioso beso en los labios. Algo dentro de ella le dijo que no podía seguir haciéndole eso, lo quería y realmente deseaba regresar a su lado. Desgraciadamente su baja estatura no ayudó para profundizar el beso y se apartó avergonzada pero no borró la sonrisa de su rostro.
- Eres un estúpido Boomer, ¿cómo podré vivir sin verte un día más?
Se sonrojó, era difícil de creer que él podía animarle el día con su sola presencia y sólo él regresaba a la antigua Miyako. Boomer sonrió y esta vez aún con los regalos en manos, la apretó entre sus fuertes brazos para elevarla y darle su beso tan esperado. Se separaron y chocaron sus frentes tiernamente.
Ahora todo tenía sentido: el vestido, el juego de joyería, los zapatos, la cámara, el álbum, incluso la lencería, sin embargo había preguntado para qué eran las llaves y Boomer había evitado el tema. Todos habían sido regalos de Boomer y justo en ese momento cenaban en el restaurante más lujoso de todo Tokio, pero por una extraña razón Boomer le dijo que aún no usara el vestido. Se llevó a la boca el último trago de vino tinto y sonrió satisfecha.
- Miyako, ¿estarías dispuesta a pasar el resto de tú vida junto a mí?
La inesperada pregunta de Boomer la sorprendió pero no lo demostró completamente. Al principio no entendió pero cuando observó los ojos cobaltos brillar esperanzados, algo dentro de ella no la hizo dudar.
- Estaría más que dispuesta Boomer.
Cuando él pagó la cena, se le hizo raro tanto dinero pero no preguntó. Al final la llevó al mirador de la ciudad donde juntos terminaron el día de San Valentín con un reencuentro anhelado.
Pasaron juntos el resto de la semana, contando todo lo que se habían perdido el uno del otro y al fin se enteró que Boomer había estado trabajando, ahorrando y estudiando. Se había superado a sí mismo y eso de alguna manera la hizo sentir orgullosa. También mencionó que habría querido regresar por ella pero primero tenía que ahorrar un dinero. Ella también le contó la muerte de su abuelita y la separación de las PPGZ.
- Miyako - lo volteó a ver curiosa -, ¿te acuerdas cuando éramos pequeños y te dí un anillo de compromiso?
- Cómo olvidarlo, me dijiste que te querías casar sin saber lo que era - y rió, pero se arrepintió al ver la cara avergonzada de su novio -. Lo siento, es que fue tan lindo que me lo hayas propuesto como los típicos caballeros de telenovela y más porque después te asustaste cuando te dije que estarías por el resto de tu vida junto a mí.
- Bueno, no mentí cuando dije que si me quería casar - su voz sonó segura que no dudó de sus palabras -, Miyako ¿aceptarías ser mi esposa?
La repentina propuesta la sorprendió al principio pero luego asintió feliz. Boomer sacó una cajita aterciopelada de un azul tan oscuro parecido al negro y la abrió frente a ella, le colocó el anillo y la besó. Tal vez se apresuraba al tener esos pensamientos o tomar esas decisiones a sus dieciocho años pero sentía que era feliz y nada podría arruinarlo...
- ¿Tienes todas las cosas que te dí la semana pasada?
Ella asintió y todo hizo un clic, el vestido blanco, la lencería, las llaves...
- ¿Para que son las llaves?
Curiosamente era lo único que no había encajado en su imaginación.
- Son de tu auto y de nuestra nueva casa.
- ¿Y la cámara y el álbum?
- Son para guardar las fotografías de nuestra boda - su voz sonó aterciopelada, como si aquello fuese un sueño -. Por cierto, ¿qué te parece hacerlo justo ahora?
- Boomer...
Y ahí se encontraban, dando sus votos de amarse y respetarse hasta que la muerte los separe frente a el sacerdote y el acólito, como únicos testigos de su unión. Había pedido que el acólito tomara las fotos de la boda y gustoso lo había hecho.
Se besaron, uniendo sus vidas para siempre. Se subieron al auto deportivo y Boomer manejó hasta la zona más lujosa de todo Tokio. Se estacionaron y Boomer la cargó como toda novia la noche de bodas. La llevó hasta la entrada de una enorme casa blanca con un gran jardín y una bonita piscina. Ingresaron y tan rápido como sus pies le permitieron la depositó con suavidad sobre la cama.
- Te amo Miyako y la felicidad de volverte a ver, reconquistar anónimamente y casarnos fue lo mejor que me ha pasado en la vida.
- Boomer, creo que San Valentín nos volvió a unir - le acarició la mejilla suavemente -, agradezco todo lo que has hecho por mí con detalles pequeños que dicen más que cualquier día célebre.
- No precisamente tiene que ser un día célebre para conquistarte, todos los días de mi vida prometo que te haré sonreír como nunca.
- Ya lo haces, con tu sonrisa, con tu presencia - ambos se sonrojaron -, ¿qué hubieras hecho si no aceptaba las rosas?
- Te habría conquistado, como todos los días del año.
- ¿Y si no cedía?
- Te hubiera amado, con el dolor de no tenerte cerca pero te seguiría amando.
Y se besaron con ternura, recordando que años atrás se habían prometido amor mutuo a escondidas de sus amigas y hermanos, respectivamente.
- Por cierto, como sé que estás en la escuela nuestra luna de miel se tendrá que posponer hasta cuando salgas de vacaciones.
- ¿Qué tienes planeado? - enterró los dedos entre las hebras rubias de su esposo.
- Un viaje a Milán seguido de París, sé lo mucho que sueñas con visitarlos algún día pero no te preocupes que no será la última vez que lo harás.
- Hablas muy seguro.
- Tan seguro como que te amo.
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Neith5
