La brillante luz del sol se colaba en la habitación, forzando a Arthur a abrir sus ojos. Gruñó sonoramente y se arrojó la sábana sobre la cabeza para bloquearla. Las semanas anteriores habían sido de días nublados y justo este día tenía que ser soleado. Arthur tomó firmemente su cabeza entre sus manos, tratando de evitar que ésta explotara. ¿Por qué demonios se sentía tan…? Los recuerdos de la noche previa le llegaron de repente, como un puñetazo, y su estómago se revolvió violentamente. ¿Qué había hecho? ¿Qué había dicho? Oh Dios, ¿cómo había terminado en su cama sin sus zapatos y…? Arthur se palmeó en su parte baja y afortunadamente su ropa estaba intacta, aunque había perdido su corbata, delantal y zapatos en algún momento de la noche. Enterró la cabeza en la almohada e intentó no gritar. Bueno, esa sería la última vez que vería al maldito estadounidense… pero eso era algo bueno ¿cierto? El sólo pensarlo hacía que Arthur se sintiera mal. Pero quizá se debía a la abundante cantidad de ron que había bebido la noche anterior. ¿En qué demonios estaba pensando?
Bueno, para ser completamente honesto, él sabía en lo que estaba pensando. Estaba pensando en que Alfred era el hombre más atractivo que había visto. Estaba pensando en que nadie en el mundo se reía como él, hablaba como él, sonreía como él. Se preguntaba por qué demonios un piloto de combate tan atractivo, seguro y popular como Alfred perdía su tiempo hablando con un cantinero viejo y aburrido como él. Y había bebido tal cantidad de ron para poder entender y darle sentido a la situación, obviamente ahuyentando a Alfred en el proceso.
Tratando de sacar todos los pensamientos de su mente, Arthur se arrastró fuera de la cama para así prepararse para el día que le esperaba. No era que nunca hubiese lidiado con una resaca anteriormente, sino que los recuerdos seguían llegándole repentinamente, sin ser invitados… Alfred sonriendo y guiñándole el ojo, Alfred inclinándose hacia él, Alfred riendo, Alfred cargándole… "¡AGH!", gritó Arthur, sacudiendo la cabeza para esfumar las memorias innecesarias. Aun así, seguían llegando a su mente, repitiéndose una y otra vez. Arthur decidió que no podía hacer más nada que vestirse, bajar para trabajar, y olvidar que alguna vez conoció a un piloto de combate llamado Alfred Jones.
La mañana pasó sin incidentes. Algunos estadounidenses llegaron por una comida temprana con chicas locales entre sus brazos, pero el lugar estaba calmo. Arthur agradeció por la tranquilidad y pasaba el tiempo intentando no mirar hacia cierta mesa cerca de la ventana, pasando un paño frío por su frente cuando nadie le miraba.
Al mediodía, Arthur estaba detrás de la barra con el paño sobre su frente, tratando de borrar esa semana pasada de su mente cuando todo se fue al carajo con dos palabras.
"Howdy, Arthur!"
Arthur se sobresaltó sorprendido, dejando caer el paño al suelo. Alzó la mirada para ver a Alfred, con su cara empapada y su corazón repentinamente acelerado. Todo lo que pudo decir fue, "Por Dios hombre, ¿tienes que gritar tan fuerte?"
Alfred parecía entretenido. "Yo no grité…"
Arthur continuó, un poco avergonzado. "Pues resulta que tengo un maravilloso dolor de cabeza…"
"Oh, sí. No me sorprende," dijo Alfred, riendo. Arthur le miró con obstinación y Alfred aclaró su garganta. "En fin," continuó, inclinándose sobre la barra, "Estaba pensando que, para que esta relación funcione, será mejor que nos veamos durante el día."
"¿Relación?" La cabeza de Arthur aún se sentía rara… debió haber escuchado mal.
"¡Muéstrame los sitios interesantes de Londres!", Alfred estaba vuelto intensidad y ansiedad, vestido inmaculadamente en su uniforme militar y gorro junto con la omnipresente chaqueta de bombardero. Arthur intentó ocultar el efecto que las palabras tuvieron sobre él y en vez, trató de mostrarse indignado.
"¿Qué? Estoy trabajando. Yo… yo…"
Alfred sonrió. "Hay un hermoso día soleado allá fuera, ¿lo pasaras aquí dentro, con un paño en tu cara?"
Arthur cerró sus ojos. ¿Por qué no podía resistirse a esa maldita sonrisa? "Very well," contestó, apretando los dientes. "Déjame buscar mi saco."
Una hora después no habían visto nada de interés según Arthur, pero Alfred daba pequeños saltos de emoción. Se encontraban en la cubierta de un bote mientras cruzaba el Támesis y Arthur se sentía un poco avergonzado por las miradas que recibía el estadounidense enérgico de los demás pasajeros.
"Wow, wow, ¡oh, por Dios! ¿Cómo es que llaman a esa cosa?".
Arthur miró de reojo a Alfred, quien señalaba alocadamente. "London Bridge."
"¡Wow!" La cara de Alfred se iluminó cual árbol de Navidad mientras estiraba el cuello para alzar la mirada.
Arthur no podía entender por qué Alfred estaba tan impresionado. "…Es sólo un puente."
"¡Es el puente de LONDRES!", gritó Alfred emocionado. "¡Como aquella canción! Ya sabes… London Bridge is falling down, falling down, falling down, London Bridge is…"
"Sí, sí, está bien, por todos los cielos…" dijo Arthur, tratando de calmar a Alfred ya que su cantar estridente atraía miradas entretenidas y sorprendidas por parte de los demás pasajeros. "Conozco la maldita canción."
"Entonces ¿nos bajaremos del otro lado del río? ¿Hacia dónde vamos después? ¿Podemos ver el puente más de cerca? Te digo, caminar tanto hace que me dé hambre." Alfred sacó algo de su bolsillo y comenzó a desenvolverlo. Arthur gruñó al notar que era una barra de chocolate. Se llevó una mano a la cabeza, exasperado, deseando que los demás pasajeros no lo hubiesen notado.
"Alfred."
"¿Hmm?"
"Estás comiendo chocolate."
"Lo sé. ¿Quieres un poco?" Alfred le ofreció la barra.
"No… Yo…" Arthur no sabía cómo explicarle a Alfred que estaba siendo algo grosero considerando que en Bretaña estaban bajo racionalización de dulces desde hacía años. Se inclinó y le susurró al oído. "Aquí estamos en guerra desde hace un tiempo. Cosas como ésas son difíciles de encontrar para nosotros."
"Ohhh…" suspiró Alfred, con mirada de sorpresa. Ojeó alrededor, con culpa. "Tengo más, ¿debería ofrecerles un poco a todos?"
Arthur comenzó a reírse pero se detuvo rápidamente al percatarse de que Alfred iba en serio. "Espera, Alfred, ¿qué estás…?"
"¡Saludos, gente!" Alfred volteó y llamó alegremente a los pasajeros detrás de ellos. Arthur estaba horrorizado mientras todos miraban a Alfred, obviamente inseguro de qué hacer con ese estadounidense ruidoso y extraño. "¡Soy el Teniente Alfred Jones, vengo de los Estados Unidos de América, y sólo quiero decir que estoy honrado de estar en su maravillosa ciudad! Espero que ustedes, queridas personas, puedan ayudarme con un pequeño problema que tengo. Verán, pronto partiré a pelear contra los krauts en Italia y tengo todas estas golosinas ¡pero no sé qué hacer con ellas!" Alfred sacó un puñado de barras de chocolate, atrayendo inmediatamente la mirada de varios niños pequeños que se acercaron más.
"¿Golosinas?" preguntó una niña pequeña, inclinando su cabeza en confusión.
Alfred volteó a ver a Arthur inquisitivamente. "Dulces," logró murmurar Arthur, con expresión confusa.
Alfred se volvió hacia la niña, rió estruendosamente y le explicó "¡Así es como le decimos a los dulces en Estados Unidos! Pues, no sé qué pasaría si me llevo todos estos dulces para Italia conmigo…"
Un niño inhaló, sorprendido, y exclamó, "¡Los krauts podrían robárselos!"
Alfred imitó la sorpresa del niño, una expresión de horror simulado en su rostro. "¡Podrían hacerlo, sí! Bueno, no podemos dejar que eso pase ¿verdad?"
Los niños negaron con la cabeza, moviéndose lentamente hacia Alfred, con la mirada fija en los chocolates. Arthur se congeló con una expresión de shock en su rostro, al igual que algunos pasajeros. Otros, sin embargo, estaban sonriendo, varias mujeres reían entre sí, y los niños estaban cautivados.
"¿Creen que podrían ayudar a un aliado a deshacerse de ellos?" preguntó Alfred, ofreciéndoles las barras de chocolate a los niños y sonriendo ampliamente. "Es muy rico… Hershey's, ¡de América!" Cada uno tomó una barra, soltando risitas, antes de reunirse con sus padres. Alfred inclinó su gorro hacia la audiencia atónita. "¡Tengan un buen día, compañeros!" Se dio la vuelta y le guiñó un ojo a Arthur.
Arthur negó lentamente. "Estás bastante loco."
Alfred sólo se rió, entonces sacó otra barra de su bolsillo. "Guardé la última para ti."
Arthur no pudo evitar que sus labios esbozaran una sonrisa. Trató en vano de fruncir el ceño y de borrar dicha sonrisa de su rostro. "Bien." Tomó la barra de chocolate y la guardó en uno de sus bolsillos.
"Eso me gusta," dijo Alfred, mirando a Arthur.
"¿Qué?" preguntó Arthur enfurruñado. Era jodidamente irritante no poder controlar sus expresiones faciales cuando estaba cerca del estadounidense.
"Cuando sonríes."
Arthur conservó la mirada en el río, la sonrisa finalmente desapareciendo de su rostro y sus mejillas sonrosadas por el calor. Se mantuvieron en silencio pero pudo sentir la mirada de Alfred sobre él durante el resto del corto viaje.
"¿Qué es aquel puente de allá?" preguntó Alfred luego de que habían bajado en el puerto al otro lado del río y habían caminado un poco cerca de la orilla. Era el día más estupendo que había visto en meses, el sol estaba en todo lo alto y una suave brisa resoplaba. Era difícil de creer que estaban en invierno – Arthur no podía recordar otro día mejor en Londres.
"Ese de allá es el Tower Bridge."
La cara de Alfred se iluminó nuevamente. "¡Ese es fabuloso!"
"Y esa es la Torre de Londres," dijo Arthur apuntando al otro lado de la calle.
"¡Oh, fantástico!" exclamó Alfred. Se detuvieron mientras observaban los imponentes edificios. "¿Qué hay allí?"
"Actualmente, prisioneros de guerra alemanes. Y traidores, y espías enemigos." Arthur se devanaba los sesos pensando qué más había en la torre. "Y, uh… cuervos."
Alfred parecía fascinado. "¿Cuervos? ¿De verdad?" Miró alrededor animosamente. "¿Hay alguna manera de que podamos entrar allí?"
"Pues, hay una." Alfred alzó sus cejas inquisitivo y Arthur sonrió maliciosamente. "Traicionar a Bretaña."
El rostro de Alfred expresaba decepción. "Oh. Creo que no quiero hacer eso. Ni siquiera para ver a los cuervos."
"Oh, los cuervos no son lo más interesante de la torre," dijo Arthur.
"¿En serio?" preguntó Alfred, intrigado. "¿Qué más hay allí?"
"Fantasmas" dijo Arthur perversamente. Observaba la torre mientras hablaba. "La Torre de Londres es el lugar más embrujado de Bretaña, si no del mundo. Hay docenas de fantasmas allí… Lady Juana Grey, los Príncipes en la torre, Sir Walter Raleigh…" Arthur encontraba estas historias de fantasmas fascinantes, y siempre había amado las de la torre. "Se dice que, en noches tormentosas, el fantasma de Ana Bolena camina por la torre, vestida toda de blanco, cargando su cabeza cercenada debajo de su brazo…" Arthur volteó para descubrir que Alfred ya no estaba a su lado. Miró a su alrededor, confundido. "¿Alfred?" Caminó un poco antes de encontrar a Alfred calle abajo, inclinándose sobre un árbol y con cara de no poder respirar. Arthur se sorprendió y corrió hacia él. "Vaya, ¿te sientes bien?" preguntó, preocupado por el color verde pálido que se había apoderado del rostro de Alfred.
Alfred le miró, sus ojos abiertos como platos, agarrándose el pecho y con su frente cubierta de sudor. "¡No… me… gustan… los… fantasmas!"
Arthur trató de evitarlo, pero estalló en una risa histérica. Rápidamente se fueron, alejándose por un insistente Alfred, quien volteaba temerosamente de vez en cuando como si el fantasma de Ana Bolena estuviese detrás de él. Arthur habría estado feliz de caminar cerca del río, pero Alfred estaba desesperado por irse de allí, lo más rápido posible, y fue directamente a la parada de autobús más cercana. Arthur no podía evitar reír… el escandaloso, temerario y presumido americano le temía a los fantasmas.
Sin embargo, Alfred pareció deshacerse de su terror rápidamente y silbaba mientras el autobús rojo de dos pisos se detenía en la parada. "¡Wow! ¡Es uno de los que son muy altos!" dijo, al columpiarse en la plataforma. "Howdy, Miss." Alfred inclinó su gorro hacia la linda y joven conductora, quien soltó una risilla y le sonrió. Ella apenas notó a Arthur cuando éste compraba los boletos.
Arthur se adentró en el autobús lleno de gente. Al encontrar un asiento vacío, estuvo a punto de sentarse cuando se dio cuenta de que Alfred, una vez más, había desaparecido. "¿Y ahora qué?" murmuró, luego hizo una mueca cuando escuchó una fuerte voz familiar gritarle desde las escaleras.
"¡Oye Arthur! ¡Hay otro autobús acá arriba!"
Arthur sintió que todos los pasajeros le miraban fijamente. Sonrió, a manera de disculpa. "Perdonen. Uh… él es estadounidense." Arthur subió las escaleras corriendo. El inglés pasó todo el viaje intentando hacer que Alfred se sentara, disculpándose con los demás pasajeros y, en una ocasión, teniendo que halar hacia dentro del autobús al estúpido yankee, quien se había asomado por la ventana para gritarles saludos a unos soldados estadounidenses que se encontraban en la acera. Arthur se sintió aliviado cuando finalmente llegaron a su destino, aunque quizás no tan aliviado como los demás viajeros.
Era difícil mantener el ritmo de Alfred. Arthur no sabía de dónde obtenía tanta energía, pero era interminable. Trató de seguirle el paso a Alfred, quien caminaba rápidamente por las calles concurridas, zigzagueando entre las masas de peatones, hablando sin parar mientras lo hacía.
"Jamás había estado en una ciudad tan grande como ésta, you know? ¡Este lugar es inmenso! Digo, estuve en Nueva York pero no por mucho tiempo, fue antes de que partiéramos. ¡Esa sí que era una ciudad enloquecida! Te llevaré allá después de la guerra, Arthur. Lo veremos todo juntos. Y luego te enseñaré donde vivo. Es sólo un pueblo pequeño… no tenemos cosas sofisticadas como acá, pero te encantará, Arthur. Yo sé que sí."
"Yo… yo…" Arthur estaba un poco desconcertado, incapaz de creerle a Alfred e inseguro de querer hacerlo. "Eso es mucho camino que recorrer, ¿no crees?"
"¡Nah, estaremos bien! Te llevaré volando en Lady Beth."
Arthur alzó ambas cejas, escéptico. "No creo que tu avión pueda lograr ir desde Inglaterra hasta Estados Unidos."
"¡Por supuesto que lo logrará!" Alfred le sonrió y aún en la brillante, ocupada calle de Londres, Arthur creyó quedarse sin aliento. Esa maldita sonrisa.
"¿Y cómo… um… podrá hacerlo?" preguntó Arthur, haciendo caso omiso del tráfico que por poco los evitaba.
"Magia." Alfred le guiñó. Arthur se quedó mirándole, paralizado, hasta que Alfred desvió la mirada y exclamó. "¡Ooh, ooh!" Alfred prácticamente patinó hasta que se detuvo, sus ojos fijos en lo alto. "¡Yo conozco éste!", chilló. "¡Es Big Bob!"
El hechizo se rompió y Arthur volvió a reír fuertemente. "Ben."
"¿Cómo?"
"¡Se llama Big Ben!" explicó Arthur. "Bueno, en realidad, la torre no se llama Big Ben… ese es el nombre de una de las campanas."
"¿De verdad? Huh. Sabes muchas cosas, Arthur." Alfred se mantuvo en ese lugar, en medio del sendero, mirada fija sobre la torre. La atareada multitud se incrementaba a su alrededor, pero él no se movía.
"¿Alfred?" Arthur esperó por unos momentos, pero Alfred seguía sin reaccionar. "¿Qué estás haciendo?"
"Esperando a que suene." Alfred lo dijo como si fuese algo obvio.
Arthur sabía que Alfred no se movería, así que simplemente se quedó allí mientras los peatones que pasaban les miraban extrañados y se alejaban de ellos. Observó cómo Alfred miraba el reloj hasta que, después de unos minutos, sonó marcando la hora.
"¡Ja, ja! ¡Fantástico! Muy bien, ¿hacia dónde vamos ahora? Ooh, ¿podemos ir hacia ese edificio extraño que está allá?" Y Alfred 'despegó' calle abajo, hacia la Abadía de Westminster. "¡Vamos, anciano!"
Arthur frunció el ceño. "¿Discúlpame?" le dijo, apresurando el paso. Sin embargo, agradeció el pequeño descanso. Realmente comenzaba a sentirse como un anciano.
Una vez dentro de la oscura abadía, Alfred inmediatamente perdió su alegre sonrisa. Se movía lentamente, mirando a su alrededor sospechosamente, manteniéndose muy cerca de Arthur. Arthur no pudo evitar sentirse fascinado por ello.
"Este lugar es tenebroso," susurró Alfred nervioso cuando pasaban lentamente cerca de los féretros de piedra. "No habrán muertos en esas cosas, ¿o sí?"
Arthur no estaba seguro de si lo dijo seriamente. Eran ataúdes después de todo. "Oh, no," dijo sarcásticamente. "Son completamente de piedra por dentro."
"Oh." Alfred dio un suspiro de alivio. "Está bien entonces," dijo.
Arthur miró a Alfred de manera interrogante. De seguro no se lo tomó en serio… "Son ataúdes, Alfred, por supuesto que hay cuerpos…" se detuvo al ver como Alfred volvía a tensarse. Al parecer, sí lo hizo. "Oh, sólo olvídalo, Alfred."
Alfred estaba bastante insistente en salir de allí después de eso. "Ustedes británicos tienen algo por los edificios grandes y tenebrosos, ¿eh?," dijo, apresurándose por la calle. Una vez más, Arthur no pudo evitar reír.
El tráfico de peatones se reducía al ir bajando por la calle. Alfred comenzó a aminorar el paso y al final se detuvo frente a un sitio bombardeado que estaba acordonado. Sólo una pared del edificio continuaba en pie, se encontraba en un ángulo peligrosamente inclinado; el resto de la estructura vuelta sólo escombros a su alrededor. Alfred silbó. "Whew, los krauts le dieron duro a este."
Arthur asintió. "Bastante. Aún tenemos unos cuantos sitios que quedaron como éste. Por el Blitz, you know." Repentinamente Arthur notó cuán joven se veía Alfred, parado allí, impactado, mirando fijamente las ruinas.
"Las personas inocentes no deberían pasar por esto," dijo Alfred, sacudiendo su cabeza como si no entendiese. "Las mujeres, los ancianos, los niños y así. Simplemente no está bien." Se volteó y miró a Arthur con ojos brillantes y amplios. "Por eso es que estoy haciendo esto ¿sabes?" Alfred hizo un gesto hacia los restos. "Voy a detener esto para que ya no pase aquí ni en mi casa ni en ningún otro lugar. Porque somos los buenos, Arthur. Iré a Europa para darle fin a esto, ya verás. ¡Salvaré a Londres!"
Y Alfred sonaba igual de joven… como si honestamente creyera que podía contra el mundo. El corazón de Arthur se sintió pesado a pesar de todo. ¿Por qué Alfred tenía que ser tan ingenuo, tan bueno, tan… estúpido? "Vamos Alfred. Hay un hermoso parque calle arriba que quiero enseñarte."
"¡Oh, genial!" Alfred se reincorporó al lado de Arthur, volviendo a su buen ánimo; pero ya no tenía ese mismo brinquillo en el paso como antes.
Alfred finalmente se detuvo cuando llegaron al Parque Saint James. El aire se estaba volviendo frio mientras caminaban sin rumbo pasando los árboles, jardines y a las parejas que daban una caminata vespertina. Al pasar por una banca bajo un frondoso y denso árbol, Alfred tomó ligeramente el brazo de Arthur y lo llevó hasta ella. Arthur sintió como el toque le recorrió todo el cuerpo y se sorprendió por el nerviosismo que éste le provocaba. El inglés se sentó y pudo sentir que algo le apretaba en el bolsillo. Confundido, metió la mano en éste y sacó la barra de chocolate que Alfred le había dado antes. "Oh," dijo al darse cuenta. "Vaya, lo había olvidado."
"¡Pruébalo!" dijo Alfred fervientemente. "¡El chocolate americano es el mejor chocolate del mundo!"
Arthur hizo una mueca y rodó los ojos. "Con que sí."
"¡Sí! ¡Pruébalo! ¿Acaso no te gusta el chocolate?"
Arthur suspiró, destapó la barra y le dio una mordida. Hizo una pausa, sorprendido. En realidad era bastante bueno. Arthur se encogió de hombros. "Está pasable, supongo."
"Pasable."
"Mm-hm."
"Por eso es que lo estás devorando todo."
Bollocks. Arthur miró a Alfred con desdén. Terminó de masticar la porción que había tomado con rapidez.
"Así que es difícil conseguir golosinas aquí, ¿eh?"
Arthur se encogió de hombros, discretamente guardando el resto del chocolate en la envoltura. "Bueno, vivimos a base de raciones. Todo es difícil de conseguir ahora."
Alfred suspiró y apoyó la espalda en la banca, colocando ambos brazos sobre el espaldar. Arthur dio un brinquillo de nerviosismo al sentir la mano de Alfred tocar su espalda. "La han tenido difícil desde hace algunos años, eh…"
Arthur casi rió con incredulidad. Alfred no tenía ni idea. "Londres ha cambiado en sólo algunos años. Tanta destrucción. Después del Blitz…" Arthur se estremeció, aún abrumado por recuerdos horrorosos. El pavor al llegar el anochecer, el mal de las señales de ataque aéreo, esos horripilantes momentos de estar agachado en refugios, incapaz de dormir por el ruido. El terror que rápidamente dio paso a una fría aceptación; el jamás saber que quedaría en pie y quien estaría respirando en la mañana. Arthur sintió un breve roce de la mano de Alfred contra la suya.
"Recuerdo haber visto un filme sobre eso en mi casa hace algunos años," dijo Alfred quedamente. "Un docmentol."
Arthur intentó no reír. Era una distracción bienvenida. "Documental."
"Sí, uno de esos." Alfred sacudió su cabeza y alzó la mirada al cielo. "La gente apiñada en los refugios, las sirenas disparándose, y docenas de bombarderos Heinkel sobrevolando y convirtiendo edificios en escombros – como ese que estaba en la calle ahora. Parecía que de verdad la habían tenido difícil."
"Así ha sido. Así sigue siendo." Entonces Alfred sí sabía un poco de los inicios de la guerra después de todo. Sus palabras le traían recuerdos muy rápidamente. "Pero somos fuertes. Pudimos sobrevivir entonces y podremos sobrevivir ahora. Somos británicos, después de todo."
Alfred sonrió. "Estoy empezando a ver un poco más de lo que son ustedes, Brits."
"¿Y al estadounidense le gusta lo que ve?", preguntó Arthur.
"Yes", dijo Alfred suavemente, sus ojos intensos mientras miraba a Arthur. "Realmente le gusta."
Arthur sentía como su rostro se calentaba a pesar del viento fresco y bajó la mirada hacia sus pies.
"Pues, estoy impresionado," dijo Alfred, su voz regresando al volumen usual. "Tu ciudad es fantástica."
Arthur alzó la mirada hacia el rostro sonriente de Alfred y sonrió de igual manera. "Lo sé."
El aire estaba casi helado y el sol descendía velozmente en el cielo para cuando pasaban quedamente por las verjas del Palacio de Buckingham. Alfred, como siempre, se veía emocionado y fascinado. Arthur no podía entender cómo seguía tan enérgico.
"¡Oh, Dios! ¡Oh, wow! ¡Allí es donde vive el rey!"
Arthur asintió cansadamente. "Sí, Alfred."
"¿Podemos verle?"
Arthur frunció el ceño, desconcertado. "¿Al rey?"
"Yeah!"
"Oh sí, por supuesto. Sólo entraré y veré si el viejo Jorge puede tomar el té de la tarde con nosotros ¿está bien?"
Alfred lucía atónito. "¿Puedes hacer eso?"
Arthur sacudió su cabeza, en parte entretenido, en parte exasperado. Obviamente Alfred tenía un pequeño problema con el concepto de sarcasmo. "¿Por qué no volvemos al Emerald Lion y tomamos el té allá?"
"¿Con el rey?" preguntó Alfred emocionado. Arthur sólo le miró. "Oh, quieres decir, obviamente… cierto." Alfred tosió y Arthur escondió una pequeña sonrisa con su mano. "Pues seguro, Art. Eso suena bien. Sólo que, yo no tengo que beber té, ¿verdad?"
"No. Y ¿Alfred?"
"Yeah?"
"Es Arthur."
"Por supuesto que lo es."
Pero Arthur no pudo sentirse enojado. Seguro, estaba un poco cansado, ligeramente desesperado, y aún confundido del por qué Alfred insistía en pasar tiempo con él. Pero también estaba muy feliz, más de lo que podía recordar en años. Y acababa de pasar el mejor día de su vida, en la ciudad más grandiosa del mundo, con los restos de una resaca y junto al más interesante, maravilloso y jodidamente frustrante americano que jamás había conocido.
Continuará...
London Bridge is falling down: Canción de cuna, famosa en los países anglosajones.
Kraut: Término despectivo que utilizaban durante las guerras mundiales para referirse a los alemanes. Proviene de sauerkraut, platillo alemán que consiste en repollo troceado fermentando en su propio jugo con sal.
Los dulces en Estados Unidos: La confusión de la niña se debe a que, mientras en Gran Bretaña les dicen 'sweets', en Estados Unidos les dicen 'candy'.
El Blitz: Fueron los intensos bombardeos que sufrieron las ciudades británicas por la Fuerza Aérea Alemana (Luftwaffe) entre 1940 y 1941 durante la II Guerra Mundial, específicamente durante la Batalla de Inglaterra. Parte de la denominada 'Blitzkrieg' de Europa del Norte. ('Guerra relámpago').
