Domingo 26 de marzo, 1944
Mi querido Arthur,
Bonjourno! (Significa hola en italiano, ¿sabías?) Esta carta será enviada por cortesía de la resistencia italiana. El mundo suele funcionar de maneras extrañas y maravillosas.
No había pasado ni un día después que te envié mi última carta cuando Matthew y yo conocimos a un grupo de amigables italianos mientras visitábamos el pueblo. Allí estábamos, conversando tranquilamente, cuando noté que uno de ellos me parecía conocido… me tomó un momento recordar de dónde lo había visto antes. ¡La foto del alemán! ¡Él era el chico de los ojos oscuros y el cabello alocado! Lo llevé a un lado y le pregunté si conocía a un piloto de combate alemán llamado Ludwig. Oh, Arthur. Su mirada de sorpresa, luego de alegría y luego de completo desespero. Obviamente lo conocía… y obviamente sabía lo que significaba que yo también lo conociera.
Su nombre es Feliciano, forma parte de la resistencia italiana y habla muy bien el español… no como su hermano Lovino, quien suele gritarnos cosas en un italiano muy fuerte y enojado. Su abuelo (a quien lo conocen como Roma) es el líder del movimiento y tienen grandes estrategias para llevar a los prisioneros aliados hasta España, desde donde pueden regresar a casa. Feliciano no parece entusiasmarse tanto por la causa como su abuelo o su hermano, pero es realmente alegre y dulce; sólo parece estar un poco asustado. Cuando lo conocimos dio un salto y empezó a ondear frenéticamente una pequeña bandera blanca mientras gritaba "Me rindo" en cuatro idiomas diferentes.
Feliciano conoció a Ludwig cuando los alemanes estuvieron apostados cerca de su pueblo e inmediatamente se enamoró de él. Se olvidó de los lados y lealtades… tan rápido como lo conoció, lo amó. Y era mutuo. Feliciano nos ayuda mucho pero al mismo tiempo sabe que yo ayudé a derribar a Ludwig y a encarcelarlo… y aun así, Feliciano estuvo peleando contra los alemanes durante todo este tiempo. Parece que no existen lados cuando se trata del amor.
Este pueblo es realmente hermoso. Algún día, cuando todo esto haya terminado, regresaremos y lo veremos todo juntos… sin los tanques, los edificios en ruinas y los campos en llamas.
Te extraño tanto. Todos los días los paso pensando en que no puedo esperar para regresar por ti. Eres el único, Arthur – el único con quién quiero pasar cada día de mi vida. Y mientras más tiempo estoy aquí, más fuerte crece esa convicción. Te amo. ¡Se siente tan bien el poder escribir esas palabras!
Quizás las cosas no salgan perfectamente pero me aseguraré de regresar por ti, Arthur. ¡Después de todo, soy El Mago!
Mi amor por siempre, Alfred.
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Arthur recorrió delicadamente la carta con su mano, la dobló y la colocó cuidadosamente junto con las demás en el cajón más alto de su vestidor. Esa era la última carta que había recibido de Alfred, había llegado la mañana después de escuchar aquella noticia devastadora. La fecha de la carta era de unos días antes de que se supiera esa horrible noticia. Alfred debió haberla escrito tan sólo horas antes de ser capturado.
Durante días Arthur intentó detener esos terribles pensamientos que atacaban su mente; pero fue imposible. ¿Qué le había hecho la SS a Alfred? ¿Había hablado? ¿Había gritado? ¿Estaría asustado? ¿O acaso se había reído desafiantemente y había jugado al héroe que siempre creyó ser? Arthur trataba desesperadamente de ahuyentar sus temores. Pero Dios, ¿por qué Alfred? ¿Por qué la persona más honesta, alegre y maravillosa que él había conocido? ¿Por qué esa persona en el mundo que menos lo merecía?
Nuevamente, Arthur recobró la compostura y se dirigió escaleras abajo para trabajar. Fingió una sonrisa mientras entraba al pub y uno de los clientes regulares asintió en su dirección mientras pasaba. "¿Cómo te estás sintiendo, muchacho?"
Arthur agitó una de sus manos. "Estoy bien, el médico dijo que era sólo agotamiento."
"¡Ah, es que trabajas demasiado! Tienes que calmarte ¡o te enfermarás como la última vez!"
Arthur rió y asintió. Logró que su reacción a la transmisión de radio se hiciera pasar por un desmayo debido a trabajo excesivo. Nada más. Todos lo habían aceptado, y así la vida continuó.
Arthur ojeó el pub mientras se colocaba detrás de la barra. Ya no había tantos soldados estadounidenses, para su bienestar. Tan sólo el sonido de un acento americano era suficiente para que Arthur sintiera una punzada en su corazón tan fuerte que le hacía pensar que se lo destrozaría. Cada soldado que le sonreía y le pedía un bourbon lo despedazaba en dos otra vez. Cada joven estadounidenses con esas visiones idealistas totalmente absurdas y esos pensamientos ingenuos le hacían recordar a Alfred y tiraban a la basura todas esas horas que Arthur había pasado tratando de olvidar. Pero ese día estaba tranquilo, y él lo agradecía.
Arthur llegó al final del día de la misma manera, como siempre lo había hecho. Y así, cada día después de ese. Y durante cada uno de ellos, Arthur intentaba no pensar, no recordar, no sentir. La vida continuaba y Arthur trataba de seguirle el paso. Hora por hora, día por día, semana por semana, mes por mes. Todos se mezclaban entre sí, un día con el siguiente. Mantuvo su compostura y continuó de la misma manera que antes. Les sonreía a los clientes. Servía las bebidas. Limpiaba las mesas. Hacía su trabajo.
Pero de alguna manera, todo parecía gris. Arthur no había notado cuán triste era su vida antes de conocer a Alfred. Alfred era vida: vibrante y real. A pesar de que sólo había estado en la vida de Arthur durante unas cortas semanas, rápidamente se había convertido en la mejor cosa en ella. Él era el brillo del sol, la realidad, la belleza. Y ahora se había ido. Así que la vida continuaba. Gris, simple y vacía. Y a pesar de que Arthur pasaba todos los días intentando en lo posible olvidar, todas las noches sacaba esa última carta y leía esos últimos párrafos una y otra vez, esos que ya había memorizado palabra por palabra.
"Te extraño tanto. Todos los días los paso pensando en que no puedo esperar para regresar por ti. Eres el único, Arthur – el único con quién quiero pasar cada día de mi vida. Y mientras más tiempo estoy aquí, más fuerte crece esa convicción. Te amo. ¡Se siente tan bien el poder escribir esas palabras!
…Me aseguraré de regresar por ti, Arthur."
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Otoño, 1944
Londres, Inglaterra
Una noche más terminó de la misma manera de siempre, con Arthur sin saber exactamente qué había pasado con el tiempo ni qué había hecho con él. Se ocupaba de limpiar las mesas y cuando llegaba a la mesa junto a la segunda ventana frontal, la mesa de Alfred, intentaba limpiarla tan rápido como podía. Después de todos esos meses, las remembranzas aún lo abrumaban, Alfred allí sentado con una sonrisa, lanzándole guiños y alzando su vaso de bourbon para que le sirviera de nuevo. Arthur trataba de sacudir esos recuerdos de su mente. Alzó la mirada cuando escuchó el sonido de la puerta principal abriéndose.
Un golpe de sorpresa lo recorrió tan fuertemente que era casi doloroso. Alfred estaba entrando al pub. El corazón de Arthur retumbaba en su pecho mientras apretaba dolorosamente el paño en su mano. Su cabeza nadaba en una repentina ola de ilusión. Alfred le sonrió tristemente pero había algo extraño en él. Su cabello estaba demasiado largo. Sus ojos eran demasiado oscuros. Tenía un oso polar enganchado en una de sus solapas. Arthur sintió que el estómago se le hundía, llegando hasta sus pies. Continuó limpiando la mesa y volvió a la actitud a la cual se había acostumbrado en esos últimos meses. Calmo. Con compostura. Sin emociones.
"Hello, Matthew."
"Hola, Arthur. ¿Cómo estás?"
"Jodidamente genial. ¿Y tú?"
Matthew se encogió de hombros. "Casi igual."
"Oh, bien." Arthur sintió una pequeña punzada de culpa por recibirlo tan fríamente, pero una irracional ola de enojo la suprimía. ¿Por qué el amigo y compañero de Alfred tenía que volver? ¿Por qué había regresado para hacer que Arthur recordara, cuando todo lo que él quería hacer era olvidar?
"¿Ibas a cerrar?" preguntó Matthew mientras caminaba hacia la barra y ojeaba alrededor.
"Sí," dijo Arthur mientras le seguía para posicionarse detrás de ella y arrojar el trapo sobre ésta. Al examinar el pub, notó que estaba vacío y él no había caído en cuenta de ello. Tomó la botella de ron y sirvió dos vasos, entregándole uno a Matthew y bebiendo velozmente el otro. Se sirvió uno más.
Matthew asintió agradeciéndole mientras tomaba el vaso. "Yo supongo que tú… digo, ha pasado tanto tiempo, debes haber oído…"
"Yes," dijo Arthur, salvándose del dolor y evitándole a Matthew el tener que completar la frase.
"Oh." Matthew tomó un gran trago de ron. "¿Cómo? Si no te molesta mi…"
"Radio," interrumpió Arthur. "Una de las transmisiones informativas de nuestro amigo Haw Haw."
"Oh, lo siento." Matthew lucía genuinamente consternado. "¿Qué oíste?"
Arthur suspiró profundamente y tomó una gran bocanada de ron. ¿Realmente tenía que decirlo en voz alta…? "Lo derribaron. Capturado casi sin vida. Tomado por la SS para ser…" Arthur sacó la última palabra con dificultad. "…interrogado." Las palabras estaban grabadas en su memoria.
Matthew bajó la mirada hacia su vaso. "Lo siento," dijo nuevamente. "Lo derribaron detrás de las líneas enemigas. No hemos sabido nada desde entonces, y como ha pasado tanto tiempo… hay muy poca esperanza."
Arthur asintió. Él ya lo sabía. Lo que no sabía era por qué Matthew estaba allí para vociferar los miedos de Arthur y hacerlo todo más difícil.
Y Matthew continuó. "Fue una trampa. Estaba rodeado. Pero él estuvo genial… ninguno de nosotros habíamos visto algo así. Derribó a siete de ellos. Eso es algo nuevo. Desvió el fuego del resto de nosotros, y…"
Arthur no podía soportarlo. "¿Es aquí donde me dices que fue un héroe que luchó y murió valientemente y que debería estar muy orgulloso? Ya estoy enterado de ello. Y no es como si yo fuera su viudo. Quizá deberías decirle todo eso a su familia."
Hubo un momento de silencio mientras una expresión de dolor se plasmó en el rostro de Matthew. Arthur desvió la mirada, sintiéndose culpable. "Lo siento, Matthew."
"Está bien." Matthew se mantuvo en silencio por un momento. "¿Sabes? Él realmente no tenía familia. Él no tenía a nadie. Hasta que llegaste tú." Arthur no podía soportar las palabras… por qué Matthew seguía hablando… "Eras lo único sobre lo que hablaba. Arthur esto y Arthur lo otro…" Matthew sonrió tristemente. "'Haré que Arthur suba en Lady Beth algún día… Apuesto que a Arthur le encantaría este pueblo… cuando termine la guerra, llevaré a Arthur a conocer América…'" Matthew estuvo a punto de reír. "Te diré algo, casi me volvió loco con eso." Arthur cerró sus ojos fuertemente. "Él te amaba, Arthur. Por favor, nunca lo olvides."
Arthur tomó un respiro profundo antes de finalmente abrir sus ojos. "No. Creo que nunca lo haré."
"Lo siento. Mi visita sólo te ha causado dolor." Matthew llevó una mano a uno de sus bolsillos y sacó algo. Arthur dio un grito ahogado cuando vio lo que era. Matthew lucía casi devastado mientras se lo entregaba. "Lo encontramos entre los restos."
Arthur sentía que su mano estaba hecha de plomo al tomar el pañuelo. Tragó con dificultad y, al ser incapaz de articular una palabra, tan sólo asintió. Bajó la mirada hacia el pañuelo bordado, el regalo que él le había dado a Alfred para que fuera su amuleto de la suerte. La ironía era demasiado cruel.
"Y una cosa más." Arthur sintió que su corazón se iba a salir de su pecho cuando Matthew le entregó un sobre maltratado. "Él escribió esta la mañana antes de… bueno, tú sabes. Nunca tuvo oportunidad de enviarla. Perdóname por haber tardado tanto pero pensé que debía entregártela personalmente."
Con un nudo en la garganta, Arthur asintió nuevamente. Allí estaba Matthew tratando de hacerle sentir mejor, tratando de ayudar, y Arthur había sido un maleducado. Quería disculparse pero simplemente no podía hablar.
"Nos dirigiremos a Francia pronto. Vendré a despedirme antes de partir." Matthew terminó su bebida, colocó el vaso en la barra y se dirigió hacia la puerta.
"Matthew," Arthur finalmente pudo hablar. Matthew volteó. "Thank you."
Matthew sonrió y asintió, luego se fue.
Arthur bajó la mirada hasta el pañuelo, lo recorrió con los dedos, y luego lo sostuvo frente a su rostro. Inhaló profundamente, aferrándose desesperadamente al pañuelo en busca del más mínimo rastro de Alfred que pudiese tener el pequeño pedazo de tela. ¿Habría tocado la piel de Alfred? ¿Sus labios? ¿Acaso Alfred estuvo sosteniéndolo cuando su avión se estrelló? Arthur detuvo los oscuros pensamientos y destrozó el sobre para leer la carta.
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Mi querido Arthur,
He hecho algo. Puede que haya sido algo increíblemente estúpido. Puede que haya sido traición.
No sé si estuvo mal. No se sintió mal… pero ahora no sé qué será de mí. Todo lo que sé es que no me arrepiento.
Arthur… si regreso por ti o no… siempre te amaré.
Mi amor por siempre, Alfred.
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Arthur mantuvo la mirada fija en la página, totalmente inseguro de qué entender de esas palabras. Las leía y sentía que era la centésima vez que lo hacía. A la larga hizo lo único que podía hacer. Se sirvió un vaso de bourbon, lo bebió y se sirvió otro. El bourbon era la bebida de Alfred. Se sentía apropiado.
Arthur caminó lentamente hacia la repisa de la chimenea y colocó cuidadosamente el vaso lleno sobre ésta. Los recuerdos no deseados empezaron a colmar su mente. La primera vez que este piloto estadounidense estuvo frente a la barra, sonriendo ampliamente y pidiendo un bourbon… Bourbon, directo sobre el hielo… ustedes tienen bourbon aquí ¿verdad? La primera vez que se presentó… Alfred F. Jones, héroe estadounidense, ¡estoy aquí para salvar Inglaterra! La primera de las tantas veces que le preguntó a Arthur si podía beber con él… ¡Nunca he bebido con un inglés! Esa fatídica vez en la que lo convenció… Arthur, buddy, ¿qué tal si por fin me concedes esa bebida que me prometiste? Y por supuesto, la noche en la que Alfred intentó arrebatarle un vaso de whisky escocés a uno de los clientes justo en esa repisa, aterrorizado por la historia del fantasma del Emerald Lion.
Arthur rió mientras observaba el solitario vaso de bourbon sobre la repisa. Alfred siempre fue tan fanático, tan apasionado, tan enérgico en todo lo que hacía. Arthur sacudió su cabeza al mismo tiempo que su sonrisa desaparecía. "Alfred, bastardo… me prometiste que regresarías."
Sólo tomaron unos segundos para que la compostura de Arthur se cayera en pedazos. Todo su meticulosamente construido auto-control se destruyó y su desespero finalmente lo colmó por primera vez desde aquellos momentos cuando escuchó esa terrible noticia. No podía quedarse en esa habitación. Los recuerdos eran demasiado abrumadores. La alcoba sería mucho peor. Sin ningún lugar a dónde ir, Arthur finalmente huyó escaleras abajo hacia la bodega, y se dirigió hacia las hileras de bourbon. Tomó una botella de bourbon del estante y la observó por un momento, luego en un repentino ataque la lanzó tan fuerte como pudo contra la pared de piedra. Quería destruir los recuerdos, destruir el dolor. Observó mientras la botella se rompía en millones de pedazos brillantes. Justo como su corazón.
Y entonces Arthur finalmente dejó que todo saliera. Tomando dos botellas más del estante, ni siquiera pausó para pensar antes de arrojar ambas contra la pared, una detrás de la otra. ¿Por qué tuvo que empezar esa maldita guerra? ¿Por qué tuvo que conocer a alguien tan maravilloso sólo para que después lo arrancaran de su vida? ¿Por qué tuvo que descubrir esa clase de felicidad sólo para después perderla y así saber para siempre de lo que se estaba perdiendo? ¿Por qué no había ni una maldita respuesta para estas preguntas?
Arthur gritó, chilló, lloró. Quería que esa sensación desapareciera. Quería a Alfred de regreso. Lo quería tanto que le dolía. Ni siquiera notó que uno de los fragmentos de vidrio voló hacia él y le cortó la mejilla. Solamente tomó más botellas y continuó lanzándolas contra la pared tan fuerte como le fuera posible. Volteando para tomar otra botella, finalmente cayó al suelo, le quitó la tapa y bebió. En tan sólo segundos bebió una botella completa de bourbon y luego tomó otra. En ningún momento se detuvo. Cuando una estaba vacía, él agarraba otra.
Probablemente había pasado una hora. Quizás un día. Quizás más. Las personas podrían estar hablando de él, pero Arthur los ignoraba. Él simplemente buscaba más bourbon. Lo oscuro se volvía claro y luego volvía a ser oscuro. Arthur alcanzó más del vacío líquido. Oscuridad. Bendito olvido.
Arthur estaba soñando. La suave melodía de 'We'll Meet Again' danzaba en el aire. Alfred estaba allí… sonriendo, guiñando, riendo. "¡Te lo enseñaré todo, Arthur!" "¡Realmente te encantará!" "Eso me gusta… cuando sonríes…"
El aire se sentía grueso y el suelo de la bodega frío y duro debajo de él. Arthur finalmente abrió los ojos… y allí estaba, justo delante de él. Ese cabello dorado, esa piel dorada, esos vibrantes ojos azules. Arthur alzó la mirada hacia el hermoso rostro de Alfred y sonrió. "Sabía que volverías a mí."
Y entonces el olvido volvió a tomar el control.
Continuará...
